La liturgia … nos propone la página del evangelio de san Juan
que pone a Cristo ante una mujer sorprendida en adulterio. El Señor no la
condena; por el contrario, la salva de la lapidación. No le dice: no has
pecado, sino: yo no te condeno; anda, y en adelante no peques más (cf. Jn 8, 11). En
realidad, sólo Cristo puede salvar al hombre, porque toma sobre sí su pecado y
le ofrece la posibilidad de cambiar.
Este pasaje evangélico enseña claramente que el perdón cristiano no es sinónimo de simple tolerancia, sino que implica algo más arduo. No significa olvidar el mal, o peor todavía, negarlo. Dios no perdona el mal, sino a la persona, y enseña a distinguir el acto malo, que como tal hay que condenar, de la persona que lo ha cometido, a la que le ofrece la posibilidad de cambiar. Mientras que el hombre tiende a identificar al pecador con su pecado, cerrándole así toda vía de salida, el Padre celestial, en cambio, envió a su Hijo al mundo para ofrecer a todos un camino de salvación. Cristo es este camino: muriendo en la cruz, nos ha redimido de nuestros pecados.
A los hombres y mujeres de todas las épocas, Jesús les repite: yo no te condeno; anda, y en adelante no peques más (cf. Jn 8, 11).


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