Este rico
patrimonio mariano del Carmelo se ha convertido con el tiempo, mediante la
difusión de la devoción del santo escapulario, en un tesoro para toda la
Iglesia. Por su sencillez, por su valor antropológico y por su relación con el
papel que desempeña María con respecto a la Iglesia y a la humanidad, el pueblo
de Dios ha acogido profunda y ampliamente esta devoción, hasta el punto de
encontrar expresión en la memoria del 16 de julio, presente en el
calendario litúrgico de la Iglesia universal.
Con el signo del escapulario se manifiesta una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes, haciéndolos sensibles a la presencia amorosa de la Virgen Madre en su vida. El escapulario es esencialmente un "hábito". Quien lo recibe se une o se asocia, en un grado más o menos íntimo, a la Orden del Carmen, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia (cf. Fórmula de la imposición del escapulario, en el "Rito de la bendición e imposición del escapulario", aprobado por la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, 5 de enero de 1996). Por tanto, quien se reviste del escapulario se introduce en la tierra del Carmelo, para "comer sus frutos y sus productos" (cf. Jr 2, 7), y experimenta la presencia dulce y materna de María en su compromiso diario de revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad (cf. Fórmula de la imposición del escapulario).
Así pues, son
dos las verdades evocadas en el signo del escapulario: por una parte, la
protección continua de la Virgen santísima, no sólo a lo largo del camino de la
vida, sino también en el momento del paso hacia la plenitud de la gloria
eterna; y por otra, la certeza de que la devoción a ella no puede limitarse a
oraciones y homenajes en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir
un "hábito", es decir, una orientación permanente de la conducta
cristiana, impregnada de oración y de vida interior, mediante la práctica
frecuente de los sacramentos y la práctica concreta de las obras de
misericordia espirituales y corporales. De este modo, el escapulario se
convierte en signo de "alianza" y de comunión recíproca entre María y
los fieles, pues traduce de manera concreta la entrega que en la cruz Jesús
hizo de su Madre a Juan, y en él a todos nosotros, y la entrega del apóstol
predilecto y de nosotros a ella, constituida nuestra Madre espiritual.
Un espléndido
ejemplo de esta espiritualidad mariana, que modela interiormente a las personas
y las configura a Cristo, primogénito entre muchos hermanos, son los
testimonios de santidad y sabiduría de tantos santos y santas del Carmelo,
todos crecidos a la sombra y bajo la tutela de la Madre.
También yo llevo
sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen. Por el
amor que siento hacia nuestra Madre celestial común, cuya protección
experimento continuamente, deseo que este año mariano ayude a todos los
religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fieles que la veneran
filialmente a acrecentar su amor y a irradiar en el mundo la presencia de esta
Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la misericordia,
Madre de la esperanza y de la gracia.


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