DON KAROL, PÁRROCO DEL MUNDO
Estas páginas que ahora siguen han nacido de una
vibración «kerigmática», de primer anuncio, de «nueva evangelización»; al
acercarse a ellas, el lector se dará cuenta de por qué no quise añadir mis
irrelevantes notas y comentarios a palabras tan cargadas ya de significado,
llevadas casi al colmo de la pasión, precisamente esa passion de convaincre
que, siguiendo a Pascal, tendría que ser el signo distintivo de todo cristiano,
y que aquí caracteriza profundamente a este «Siervo de los siervos de Dios».
Para él, Dios no sólo existe, vive, obra, sino que
también, y sobre todo, es Amor; mientras que para el iluminismo y el
racionalismo, que contaminaron incluso cierto tipo de teología, Dios era el
impasible Gran Arquitecto, era sobre todo Inteligencia. Con un clamor tras
otro, este hombre -sirviéndose de las páginas aquí recogidas- quiere hacer llegar
a cada hombre el siguiente mensaje: «¡Date cuenta, quienquiera que seas, de que
eres amado! ¡Advierte que el Evangelio es una invitación a la alegría! ¡No te
olvides de que tienes un Padre, y que cualquier vida, incluso la que para los
hombres es más insignificante, tiene un valor eterno e infinito a Sus ojos!»
Un experto teólogo, una de las poquísimas personas
que han podido hojear este texto todavía manuscrito, me decía: «Aquí hay una
revelación -directa, sin esquemas ni filtros- del universo religioso e
intelectual de Juan Pablo II y, en consecuencia, una clave para la lectura e
interpretación de su magisterio completo.»
Aventuraba incluso el mismo teólogo: «No sólo los
comentaristas actuales sino también los historiadores futuros tendrán que
apoyarse en estas páginas para comprender el primer papado polaco. Escritas a
mano, de un tirón -con esa manera suya que algún pacato podría calificar de
"impulsiva", o quizá de generosa "imprudencia"-, estas
páginas nos dan a conocer, de modo extraordinariamente eficaz, no sólo la mente
sino también el corazón del hombre a quien se deben tantas encíclicas, tantas
cartas apostólicas, tantos discursos. Aquí todo va a la raíz; es un documento
para hoy, pero también Para la historia.»
Me confiaba
un colaborador directo del Pontífice que cada homilía, cada explicación del
Evangelio -en cada Misa que él celebra- está siempre, y toda, escrita de su
mano, de comienzo a fin. No se limita a poner sobre el papel algunos apuntes
que señalen los temas que deben ser desarrollados; escribe cada palabra, tanto
en una liturgia solemne para un millón de personas (o para mil millones, como
ha sucedido en ciertas emisiones televisivas) como en la Eucaristía celebrada
para unos pocos íntimos, en su oratorio privado. Justifica este esfuerzo
recordando que es tarea primordial e ineludible, no delegable, de todo
sacerdote el hacerse instrumento para consagrar el pan y el vino, para hacer
llegar al pecador el perdón de Cristo, y también para explicar la Palabra de
Dios. De este mismo modo parece haber considerado estas respuestas. Hay, pues,
aquí también una especie de «predicación», de «explicación del Evangelio» hecha
por «don Karol, párroco del mundo».
Digo «también» porque el lector no encontrará
solamente eso, sino una singular combinación a veces de confidencia personal
(emocionantes los trozos sobre su infancia y juventud en su tierra natal), a
veces de reflexión y de exhortación espirituales, a veces de meditación
mística, a veces de retazos del pasado o sobre el futuro, a veces de especulaciones
teológicas y filosóficas.
Por tanto, si todas las páginas exigen una lectura
atenta (detrás del tono divulgativo, quien se detenga un poco podrá descubrir
una sorprendente profundidad), algunos pasajes exigen una especial atención.
Desde nuestra experiencia de lectores «de preestreno», podemos asegurar que
vale del todo la pena. El tiempo y la atención que se empleen recibirán amplia
recompensa.
Se podrá
comprobar, entre otras cosas, cómo al máximo de apertura (con arranques de gran
audacia: véanse, por ejemplo, las páginas sobre el ecumenismo o las otras sobre
escatología, «los novísimos») va unido siempre el máximo de fidelidad a la
tradición. Y que sus brazos abiertos a todo hombre no debilitan en nada la
identidad, católica, de la que Juan Pablo II es muy consciente de ser garante y
depositario ante Cristo, «en cuyo nombre solamente está la salvación» (cfr.
Hechos de los Apóstoles 4,12).
Es bien sabido que en 1982 el escritor y periodista
francés André Frossard publicó -tomando como título la exhortación que ha
llegado a ser casi la consigna del pontificado: ¡No tengáis miedo!- el
resultado de una serie de conversaciones con este Papa.
Sin querer quitarle nada, por supuesto, a ese
importante libro, excelentemente estructurado, puede observarse que entonces se
estaba al comienzo del pontificado de Karol Wojtyla en la Sede de Pedro. En las
páginas que siguen está, en cambio, toda la experiencia de quince años de
servicio, está la huella que ha dejado en su vida todo lo que de decisivo ha
ocurrido en este tiempo (basta pensar solamente en la caída del marxismo), la
huella dejada en la Iglesia, en el mundo. Pero lo que no sólo ha permanecido
intacto sino que parece incluso haberse multiplicado (este libro da de ello
pleno testimonio) es su capacidad de generar proyectos, su ímpetu de cara al
futuro, su mirar hacia adelante -a ese «tercer milenio cristiano» con el ardor
y la seguridad de un hombre joven.
(Texto completo en pdf del libro “Cruzando el umbral de la esperanza” Plaza & Janés Editores S.A.1994, (traducción de Antonio Urbina) se encuentra en Mercaba.org


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