Desde ese “santo lugar, consagrado por la memoria de Moisés””con renovada gratitud a los Frailes Menores de la Custodia por su presencia secular en estas tierras y su gozosa fidelidad al carisma de san Francisco” el Papa Benedicto XVI nos recordaba:
Es
apropiado que mi peregrinación comience en este monte, donde Moisés contempló
desde lejos la Tierra prometida. El magnífico escenario que se abre desde la
explanada de este santuario nos invita a considerar cómo la visión profética
abarcaba misteriosamente el gran plan de la salvación que Dios había preparado
para su pueblo. Por eso, en el valle del Jordán, que se extiende bajo nosotros,
en la plenitud de los tiempos Juan Bautista vino a preparar el camino del
Señor. En las aguas del río Jordán Jesús, después de ser bautizado por Juan,
fue revelado como Hijo predilecto del Padre y, ungido por el Espíritu Santo,
inauguró su ministerio público. También desde el Jordán se difundió el
Evangelio, primero mediante la predicación y los milagros de Cristo, y luego,
después de su resurrección y de la venida del Espíritu en Pentecostés, fue
llevado por sus discípulos hasta los confines de la tierra.
Aquí, en
las alturas del monte Nebo, la memoria de Moisés nos invita a "elevar los
ojos" para abrazar con gratitud no sólo las grandes hazañas realizadas por
Dios en el pasado, sino también para mirar con fe y esperanza al futuro que él
nos tiene reservado a nosotros y al mundo entero. Como Moisés, también nosotros
hemos sido llamados por nuestro nombre, invitados a emprender un éxodo diario
desde el pecado y la esclavitud hacia la vida y la libertad, y se nos da una
promesa inquebrantable para orientar nuestro camino.
En las
aguas del Bautismo hemos pasado de la esclavitud del pecado a una nueva vida y
a una nueva esperanza. En la comunión de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, gozamos
anticipadamente de la visión de la ciudad celestial, la nueva Jerusalén, en la
que Dios será todo en todos. Desde este santo monte Moisés orienta nuestra
mirada hacia lo alto, hacia el cumplimiento de todas las promesas de Dios en
Cristo.
Moisés
contempló desde lejos la Tierra prometida, al final de su peregrinación
terrena. Su ejemplo nos recuerda que también nosotros formamos parte de la
peregrinación sin tiempo del pueblo de Dios a lo largo de la historia.
Siguiendo las huellas de los profetas, de los Apóstoles y de los santos,
estamos llamados a caminar con el Señor, a proseguir su misión, a dar
testimonio del Evangelio del amor y de la misericordia universales de Dios.
Estamos
llamados a acoger la venida del reino de Cristo mediante nuestra caridad,
nuestro servicio a los pobres y nuestros esfuerzos por ser levadura de
reconciliación, de perdón y de paz en el mundo que nos rodea. Sabemos que, como
Moisés, en el arco de nuestra vida no veremos el pleno cumplimiento del plan de
Dios; y, sin embargo, confiamos en que, haciendo lo poco que está de nuestra
parte, con la fidelidad a la vocación que cada uno ha recibido, contribuiremos
a preparar los caminos del Señor y acoger el alba de su Reino. Sabemos que el
Dios que reveló su nombre a Moisés como prenda de que estaría siempre con
nosotros (cf.Ex 3, 14) nos dará la fuerza para perseverar en gozosa
esperanza incluso entre sufrimientos, pruebas y tribulaciones.”
(Invitoleer la homilía completa en el sitio de la Santa Sede)


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