La autorrevelación de Dios, que ha alcanzado su plenitud en Jesucristo, es la fuente de la fe cristiana: es decir, de ese "Credo" al que la Iglesia da expresión en los Símbolos de Fe. Sin embargo, en el ámbito de esta fe cristiana se han verificado a través de los siglos varias fracturas y escisiones. "Todos se confiesan discípulos del Señor, pero (las Comuniones cristianas) sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido (cf. 1 Cor 1, 13)". "Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo" (Unitatis redintegratio, I ), en divergencia con las otras y principalmente con la Iglesia católica, apostólica, romana.
A decir
verdad, ya desde los tiempos apostólicos se lamentan
divisiones entre los discípulos de Cristo, y San Pablo reprende severamente a
los responsables como merecedores de condena (cf. 1 Cor 11,
18-19; Gál 1, 6-9; cf. 1 Jn 2,
18-19; cf. Unitatis
redintegratio, 3). Las divisiones no faltaron
tampoco en los tiempos post-apostólicos. Una atención especial merecen las que
"ocurrieron en Oriente, por la contestación de las fórmulas dogmáticas de
los Concilios de Efeso y Calcedonia" (Unitatis
redintegratio, 13), referentes a la relación
entre la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesucristo.
Sin
embargo, se deben nombrar aquí sobre todo las dos divisiones mayores, la
primera de las cuales interesó al cristianismo sobre todo en Oriente, la
segunda en Occidente. La ruptura en Oriente, el llamado cisma
oriental, vinculado a la fecha del 1054, ocurrió "por la ruptura de la
comunión eclesiástica entre los Patriarcados orientales y la Sede Romana"
(Unitatis
redintegratio, 13). Como consecuencia de esta
ruptura existen en el ámbito del cristianismo la Iglesia católica
(romano-católica) y la Iglesia o Iglesias ortodoxas, cuyo centro histórico se
halla en Constantinopla.
"En
Occidente acaecieron las otras (divisiones), después de más de cuatro siglos, a
causa de los sucesos comúnmente conocidos con el nombre de Reforma.
A partir de entonces muchas Comuniones, ya nacionales, ya confesionales,
quedaron separadas de la Sede Romana. Entre aquellas en las que las tradiciones
y estructuras católicas continúan subsistiendo en parte, ocupa lugar especial
la Comunión anglicana. Sin embargo, estas diversas separaciones
difieren mucho entre sí, no sólo por razones de origen, lugar y época, sino,
sobre todo, por la naturaleza y gravedad de los problemas que se refieren a la
fe y a la estructura eclesiástica" (ib.).
No se
trata pues sólo de divisiones referentes a la disciplina. Es el contenido mismo
del "Credo" cristiano el que resulta herido. Un teólogo protestante
moderno, K. Barth, ha expresado esta situación de división con la frase
siguiente: "Todos creemos en un solo Cristo, pero no todos de la misma
manera".
El
Concilio Vaticano II se pronuncia así: "Esta división contradice
abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la
causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres" (Unitatis
redintegratio, 1).
Los cristianos de hoy deben recordar y meditar con una sensibilidad especial las palabras de la oración que Cristo Señor dirigió al Padre la noche en la que iba a ser traicionado: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21).
El vivo
eco de estas palabras hace que, especialmente en la situación histórica actual,
estemos invadidos, al recitar el "Credo" cristiano, por un
ardiente deseo de la unión de los cristianos hasta la plena unidad en
la fe.
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