(esta
segunda parte la retranscribo completa)
La segunda
parte del Concilio es mucho más amplia. Aparecía con gran urgencia el tema:
mundo de hoy, época moderna, e Iglesia; y con ello los temas de la
responsabilidad en la construcción de este mundo, de la sociedad;
responsabilidad por el futuro de este mundo y esperanza escatológica;
responsabilidad ética del cristiano y dónde encuentra su orientación. Y después
la libertad religiosa, el progreso y la relación con las demás religiones. En
este momento, entraron realmente en discusión todas las partes del Concilio, no
sólo América, los Estados Unidos, con un gran interés por la libertad
religiosa. En el tercer período, éstos dijeron al Papa: «No podemos volver a
casa sin tener, en nuestro equipaje, una declaración sobre la libertad
religiosa votada por el Concilio». El Papa, sin embargo, tuvo la firmeza y la
decisión, la paciencia de trasladar el texto al cuarto período, para encontrar
una madurez y un consenso bastante completo entre los Padres del Concilio.
Digo: no sólo entraron con gran fuerza en el dinamismo del Concilio los
americanos, sino también Latinoamérica, conociendo bien la miseria del pueblo,
de un continente católico, así como la responsabilidad de la fe por la
situación de estos hombres. Y también África y Asia, vieron la necesidad del
diálogo interreligioso; se habían desarrollado problemas que nosotros alemanes
—debo decir— no habíamos visto al comienzo. No puedo ahora describir todo esto.
El gran documento «Gaudium
et spes» analizó muy bien el problema entre
escatología cristiana y progreso mundano, entre responsabilidad por la sociedad
del mañana y responsabilidad del cristiano ante la eternidad, y así ha renovado
también la ética cristiana, los fundamentos. Pero creció, digamos
inesperadamente, fuera de este gran documento, un texto que respondía de modo
más sintético y más concreto a los desafíos del tiempo, y es la «Nostra
aetate». Nuestros amigos judíos estaban
presentes desde el comienzo, y dijeron, sobre todo a nosotros alemanes, pero no
sólo a nosotros, que después de los tristes sucesos de este siglo nacista, del
decenio nacista, la Iglesia católica debía decir una palabra sobre el Antiguo
Testamento, sobre el pueblo judío. Dijeron: «Aunque está claro que la Iglesia
no es responsable de la Shoah, los que cometieron aquellos crímenes
eran en gran parte cristianos; debemos profundizar y renovar la conciencia
cristiana, aun sabiendo bien que los verdaderos creyentes siempre han resistido
contra estas cosas». Y así aparecía claro que la relación con el mundo del
antiguo Pueblo de Dios debía de ser objeto de reflexión. Es comprensible
también que los países árabes —los obispos de los países árabes— no fueran tan
entusiastas con esto: temían un poco una glorificación del Estado de Israel,
que naturalmente no querían. Dijeron: «Bien, una indicación verdaderamente
teológica sobre el pueblo judío es buena, es necesaria, pero si habláis de
esto, hablad también del Islam; sólo así estamos en equilibrio; también el
Islam es un gran desafío y la Iglesia debe aclarar también su relación con el
Islam». Algo que nosotros, en aquel momento, no habíamos entendido mucho, un
poco tal vez, pero no mucho. Hoy sabemos lo necesario que era.
Cuando
comenzamos a trabajar también sobre el Islam, nos dijeron: «Pero hay también
otras religiones en el mundo: toda Asia. Pensad en el budismo, el hinduismo…».
Y así, en lugar de una Declaración inicialmente pensada sólo sobre el antiguo
Pueblo de Dios, se creó un texto sobre el diálogo interreligioso, anticipando
lo que treinta años después se mostró con toda su intensidad e importancia. No
puedo entrar ahora en este tema, pero si se lee el texto, se ve que es muy
denso y preparado verdaderamente por personas que conocían la realidad, y con
pocas palabras indica brevemente lo esencial. Así también el fundamento de un
diálogo, en la diferencia, en la diversidad, en la fe sobre la unicidad de
Cristo, que es uno, y no es posible para un creyente pensar que las religiones
son todas variaciones de un mismo tema. No, está la realidad del Dios vivo que
ha hablado, y es un Dios, es un Dios
encarnado, por tanto una Palabra de Dios, que es realmente
Palabra de Dios. Pero está la experiencia religiosa, con una cierta luz humana
de la creación y, por tanto, es necesario y posible entrar en diálogo, y así
abrirse el uno al otro y abrir a todos a la paz de Dios, de todos sus hijos, de
toda su familia.
Por tanto,
estos dos documentos, libertad religiosa y «Nostra
aetate», conectados con «Gaudium
et spes», son una trilogía muy importante,
cuya importancia se ha visto sólo en el curso de los decenios, y todavía
estamos trabajando para entender mejor este conjunto entre unicidad de la
Revelación de Dios, unicidad del único Dios encarnado en Cristo, y la
multiplicidad de las religiones, con las que buscamos la paz y también el
corazón abierto por la luz del Espíritu Santo, que ilumina y guía hacia Cristo.
Quisiera
ahora añadir todavía un tercer punto: Estaba el Concilio de los Padres —el
verdadero Concilio—, pero estaba también el Concilio de los medios de
comunicación. Era casi un Concilio aparte, y el mundo percibió el Concilio a
través de éstos, a través de los medios. Así pues, el Concilio inmediatamente
eficiente que llegó al pueblo fue el de los medios, no el de los Padres. Y
mientras el Concilio de los Padres se realizaba dentro de la fe, era un
Concilio de la fe que busca el intellectus, que busca comprenderse
y comprender los signos de Dios en aquel momento, que busca responder al
desafío de Dios en aquel momento y encontrar en la Palabra de Dios la palabra
para hoy y para mañana; mientras todo el Concilio —como he dicho—se movía
dentro de la fe, como fides quaerens intellectum, el Concilio de
los periodistas no se desarrollaba naturalmente dentro de la fe, sino dentro de
las categorías de los medios de comunicación de hoy, es decir, fuera de la fe,
con una hermenéutica distinta. Era una hermenéutica política. Para los medios
de comunicación, el Concilio era una lucha política, una lucha de poder entre
diversas corrientes en la Iglesia. Era obvio que los medios de comunicación
tomaran partido por aquella parte que les parecía más conforme con su mundo.
Estaban los que buscaban la descentralización de la Iglesia, el poder para los
obispos y después, a través de la palabra «Pueblo de Dios», el poder del
pueblo, de los laicos. Estaba esta triple cuestión: el poder del Papa,
transferido después al poder de los obispos y al poder de todos, soberanía
popular. Para ellos, naturalmente, esta era la parte que había que aprobar, que
promulgar, que favorecer. Y así también la liturgia: no interesaba la liturgia
como acto de la fe, sino como algo en lo que se hacen cosas comprensibles, una
actividad de la comunidad, algo profano. Y sabemos que había una tendencia a
decir, fundada también históricamente: Lo sagrado es una cosa pagana,
eventualmente también del Antiguo Testamento. En el Nuevo vale sólo que Cristo
ha muerto fuera: es decir, fuera de las puertas, en el mundo profano. Así pues,
sacralidad que ha de acabar, profano también el culto. El culto no es culto,
sino un acto del conjunto, de participación común, y una participación como
mera actividad. Estas traducciones, banalización de la idea del Concilio, han
sido virulentas en la aplicación práctica de la Reforma litúrgica; nacieron en
una visión del Concilio fuera de su propia clave, de la fe. Y así también en la
cuestión de la Escritura: la Escritura es un libro histórico, que hay que
tratar históricamente y nada más, y así sucesivamente.
Sabemos en
qué medida este Concilio de los medios de comunicación fue accesible a todos.
Así, esto era lo dominante, lo más eficiente, y ha provocado tantas
calamidades, tantos problemas; realmente tantas miserias: seminarios cerrados,
conventos cerrados, liturgia banalizada… y el verdadero Concilio ha tenido
dificultad para concretizarse, para realizarse; el Concilio virtual era más
fuerte que el Concilio real. Pero la fuerza real del Concilio estaba presente
y, poco a poco, se realiza cada vez más y se convierte en la fuerza verdadera
que después es también reforma verdadera, verdadera renovación de la Iglesia.
Me parece que, 50 años después del Concilio, vemos cómo este Concilio virtual
se rompe, se pierde, y aparece el verdadero Concilio con toda su fuerza
espiritual. Nuestra tarea, precisamente en este Año de la fe,
comenzando por este Año de la fe, es la de trabajar para que el
verdadero Concilio, con la fuerza del Espíritu Santo, se realice y la Iglesia
se renueve realmente. Confiemos en que el Señor nos ayude. Yo, retirado en mi
oración, estaré siempre con vosotros, y juntos avanzamos con el Señor, con esta
certeza: El Señor vence.
Gracias.
(Fuente: Sitio de la Santa Sede)


No hay comentarios:
Publicar un comentario