(Como intelectual humilde y persona buena, ante las incomprensiones que padeció, de Lubac no tenía otra defensa que escribir y explicarse)
Por
voluntad de Juan XXIII, Henri de Lubac (1896-1991) llegó en 1960 a Roma para
participar en la comisión preparatoria del Concilio Vaticano II. Fueron años
muy ricos que fue anotando puntualmente en sus cuadernos, publicados
póstumamente en dos estupendos tomos (Carnets
du Concile, 2007). Estaba en una situación paradójica. A sus 64 años, con
una obra importante y con el aval de su nombramiento por Juan XXIII, era una
personalidad. Por otra parte, había sido puesto en cuestión, a veces de manera
muy dura; especialmente, a propósito del debate sobre lo sobrenatural. Y
precisamente por algunos de los que estaban en aquella Comisión. No le faltaron
desplantes. Pero era una persona extraordinariamente educada e incapaz de
maltratar a nadie. Prefería resolver las cosas estudiándolas.
Libros influyentes.
En
los años que estuvo en Roma se publicaron, uno tras otro, los cuatro volúmenes
de su monumental Exégesis medieval,
que le dieron una fama de erudito sin par. Sobre todo, eran una reivindicación
de la seriedad de la exégesis espiritual de la Escritura en la tradición de la
Iglesia. Se mostraba la continuidad de muchas fórmulas que nacían en la
antigüedad patrística (a veces, en la misma Biblia) y atravesaban toda la
teología medieval, expresando la vivencia sacramental del misterio cristiano.
Era un complemento muy importante y necesario a la exégesis habitual,
exclusivamente filológica, de la Escritura, y recordaba las riquezas espirituales
de la Iglesia. Aunque a de Lubac, como siempre le pasaba, le parecía un trabajo
incompleto y defectuoso, no había nada parecido en la producción teológica.
Claro es que todo el mundo teológico no leyó los cuatro tomos, pero tomó nota
de que existían. Era muy conocido su libro Catolicismo.
Benedicto XVI recordó en varias ocasiones la profunda impresión de haberlo
leído en sus años de formación. Era muy conocido El drama del humanismo ateo, libro que cualquiera mencionaba
entonces y menciona ahora, para decir que un humanismo sin Dios se vuelve
contra el hombre. Y era muy conocido Meditación
sobre la Iglesia, libro muy hermoso que desarrolla algunos temas apuntados
en otro anterior, más pequeño y menos conocido (pero muy hermoso también): Corpus Mysticum: La Eucaristía y la Iglesia en la Edad Media (1944). Teniendo en
cuenta el cambio de sentido de la expresión “Cuerpo Místico”, referido primero
a la Eucaristía, y después a la Iglesia, relacionaba profundamente los dos
misterios. Todo el mundo recordará las frases: “la Iglesia hace la Eucaristía”
y “la Eucarístía hace la Iglesia”.
Ataques
y defensas.
Era
un intelectual notablemente humilde y una buena persona perfectamente
inhabilitada para cualquier tipo de maniobra. De manera que, ante las incomprensiones
que padeció a lo largo de su vida, no tenía otra defensa que escribir y
explicarse. Y eso hizo abundantemente, redactando memoriales y archivando
cartas y documentación. Además de los cuadernos sobre el Concilio, que no
estaban destinados a publicarse, con los recuerdos y papeles recogidos en todos
estos años, escribió una larga y magnífica Memoria
con ocasión de mis escritos (1981), donde cuenta el contexto histórico de
sus conflictos y sus obras (y procura dejar lo mejor posible a todo el mundo).
De lectura muy entretenida, aunque requiere un cierto conocimiento del medio.
En la edición francesa (obras completas) se le añade unas interesantes memorias
de juventud. También defendía a sus amigos. Le apenaba la suerte del P.
Valensin (1879-1953), muy amigo de Blondel y, por eso mismo incomprendido, y
olvidado tras su muerte prematura. Pensaba que le debía mucho y, por eso, editó
su correspondencia anotándola (3 volúmenes) y algunas de sus obras. Lo mismo
haría con otros profesores y compañeros (Monchanin, Fessard) o con el propio
Blondel.
Teilhard
de Chardin.
Además,
la Compañía de Jesús y el episcopado francés le animaron a defender a Teilhard
de Chardin. En esos años su obra estaba en cuestión y en la misma comisión
preparatoria del Concilio, había quienes querían que el Concilio lo condenase
expresamente (y algunos, también al propio de Lubac). El propósito había salido
en varias reuniones bastante tensas. Y sólo se acabó cuando Juan XXIII en la
sesión inaugural declaró que no esperaba condenas del Concilio, sino una
expresión más viva y fiel de la fe cristiana. De Lubac congeniaba poco con el
estilo grandilocuente y un tanto visionario de Teilhard, pero (quizá viéndose
retratado) se sintió obligado a defender su honestidad cristiana y a responder a
las críticas más injustas (algunas furibundas). Admiraba el deseo de Teilhard
de combinar ciencia y teología, aunque probablemente lo sobrevaloraba en este
punto, donde de Lubac se sentía muy inexperto. Dedicará un esfuerzo muy notable
y persistente, y sacará varios pequeños libros. Gilson, que le había apoyado
totalmente en la cuestión de lo sobrenatural, se distanció en esto y publicó Las tribulaciones de Sofía, donde hacía
un discernimiento sobre Teilhard.


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