En
el Concilio.
Después
de los años paradójicos e incómodos de la Comisión Preparatoria (1960-1962),
llegó el Concilio. De Lubac era un perito muy reconocido, aunque habían sido
nombrados 201 peritos en 1962, y llegaron a ser 434 al final. Mientras otros se
convertían en estrellas mediáticas (Küng) o construían plataformas (Rahner) o
impulsaban orientaciones (Congar), de Lubac prefería la segunda fila. Trabajó
en bastantes comisiones y ayudó a preparar votos de obispos, especialmente
africanos, porque se lo pedía otro jesuita, Gustave Martelet, autor después de
un conocido libro sobre los grandes temas del Concilio. Tenía un fuerte sentido
del misterio cristiano y nunca trataba las cosas de la fe como si fueran
“temas”. Le molestaban los enfoques demasiado sociológicos (Schillebeeckx) y
los esfuerzos por “adaptarse al mundo” como si hubiera que abandonar lo más
específico del cristianismo para ser más fácilmente aceptado. Tuvo la alegría
de hacer muchos y buenos amigos. Ratzinger, que era entonces un teólogo muy
joven, recuerda la deferencia con que le trató
enseguida. Hicieron buena amistad. También fue para él una gran alegría
el encuentro con Karol Wojtyla, después Juan Pablo II, en los trabajos de Gaudium et spes. Se llegaron a apreciar
mucho; y de Lubac impulsó la edición francesa del libro de Karol Wojtyla
(entonces desconocido en Francia) Amor y
responsabilidad, escribiéndole el prólogo. En una entrevista posterior,
durante el cónclave en que salió elegido, llegó a decir que era su candidato,
aunque la parecía imposible. Pero de Lubac estaba presente en el Concilio sobre
todo por sus libros y su teología, conocida por los redactores. Influyó en la
expresión del misterio de la Iglesia en Lumen
Gentium. Incluso la solución de dedicar el último capítulo a la Virgen,
icono de la Iglesia, recordaba el último (y precioso) capítulo de su Meditación sobre la Iglesia. Su idea
sobre la íntima relación de las fuentes de la revelación . y Tradición) está
muy presente en Dei Verbum. Sus
análisis sobre el ateísmo inspiran los números de Gaudium et spes. Y, sobre todo, está allí consagrada la idea de que
sólo hay un fin para toda la humanidad, eco y fruto del debate acerca del
sobrenatural y también de la apologética de Blondel.
El
“para-concilio”.
Muy
pronto observó que, junto al Concilio, surgía un “para-concilio” (expresión
suya), ajeno al trabajo de los obispos y a la construcción de los documentos
que era el verdadero objeto del Concilio. Tuvo una relación complicada con
Mons. Marty, arzobispo de Reims y presidente de varias comisiones conciliares,
y después arzobispo de París y presidente de la Conferencia Episcopal francesa
en el posconcilio. Marty le tomaba el pelo diciendo que parecía el “ángel
guardián del Concilio”, tan en serio se lo tomaba. Pero después, de Lubac tuvo
muchas ocasiones de quejarse de lo poco en serio que se tomaba el Concilio en
Francia, y de las manifiestas desviaciones con respecto a los propósitos
conciliares. Siempre defendió a Pablo VI que, aparte de la consideración que le
merecía por ser el Papa, le parecía una persona honesta y con un alto sentido
de su deber, mientras sectores integristas franceses lo deslegitimaban; a
veces, de una manera feroz. Y sectores progresistas lo consideraban superado y
lo despreciaban (como al propio de Lubac). No le gustaba, como a Ratzinger, que
los teólogos se convirtieran en “magisterio paralelo”. Y, por esa razón,
abandonó la revista Concilium
(promovida por Rahner y Schillebeeckx) y, junto con Ratzinger y Von Balthasar,
puso en marcha la revista Communio. Concilium intentaba ser la mente
teológica directiva de la Iglesia, más allá de la letra del Concilio y
convertida ella misma en una especie de Concilio permanente (de teólogos).
Mientras Communio quería defender la
comunión en la fe, una teología de la comunión y una teología en comunión.


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