“Hay un lugar en la provincia belga de Namur, a medio camino entre Bruselas y Luxemburgo, donde cada día se trabaja en silencio para unir a los cristianos: es el monasterio de Chevetogne. 

Rasgo peculiar de la comunidad es de hecho la apertura a las grandes tradiciones de oración litúrgica de Oriente y de Occidente, aunque al sonido de las campanas que llaman a la oración, ortodoxos y católicos entren cada grupo en una iglesia distinta unos en la latina de paredes desnudas y otros en la bizantina profusamente pintada al fresco. Gestos que se repiten desde la recitación matutina de laudes a las vísperas de la tarde, para terminar, entrada la noche, con la oración de completas. Gestos que, sin embargo, no hablan de separación. Simplemente los monjes de esta congregación de rito eslavo son contrarios al proselitismo: su objetivo s eliminar toda hostilidad, mientras se sigue siendo lo que es. […]Estructuras separadas, pero con el único objetivo del abrazo ecuménico, reconocido por el Concilio como una de las principales metas (Unitatis redintegratio) “un camino irreversible” según dijo Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint.
Todo comenzó en los años veinte, cuando en l Colegio Pontificio San Anselmo de Roma, el padre Lambert Beaudoin, monje de la abadía de Mont Cesar de Lovaina, atraído por la espiritualidad del Oriente cristiano, pensó en crear un monasterio que tuviese como objetivo la aproximación de las Iglesias.. […] Cuarenta años de diálogo… que no obtuvieron su reconocimiento hasta 1965. En esa fecha, el Concilio ofreció al mundo los documentos en los que se entregaba a la causa del ecumenismo, y éstos dieron relieve al compromiso del padre Beaudoin, aquel que, anticipándose había sabido ver lejos, creyendo posible la unificación el pueblo de Dios.”
(tomado del articulo Chevetogne, respirar la unidad entre silencio y oración de Mariaelena Finessi, publicado en la la revista Totus Tuus Nro 5 sept/oct 2009
