En el Ángelus del domingo 24 de mayo de 1989 el Papa Juan Pablo reflexiono sobre el don de la fortaleza:
1. "Veni,
Sancte Spiritus!". Esta es, muy queridos hermanos y hermanas, la
invocación que hoy, solemnidad de Pentecostés, se eleva insistente y confiada
desde toda la Iglesia: Ven, Espíritu Santo, y "reparte tus siete dones según la fe de tus
siervos" (Secuencia de
Pentecostés).
Entre estos
dones del Espíritu hay uno sobre el que deseo detenerme esta mañana: el don de la fortaleza. En nuestro
tiempo muchos exaltan la fuerza física, llegando incluso a aprobar las
manifestaciones extremas de la violencia. En realidad, el hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente
en el campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones
internas y a las presiones que sobre él ejerce el ambiente circundante.
2. Precisamente
para resistir a estas múltiples instigaciones es necesaria la virtud de la fortaleza, que es una
de las cuatro virtudes cardinales sobre las que se apoya todo el edificio de la
vida moral: la fortaleza es la virtud de quien no se aviene a componendas en el
cumplimiento del propio deber.
Esta virtud
encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica
tanto del ceder y del acomodarse como la del atropello y de la dureza en las
relaciones económicas, sociales y políticas. La timidez
y la agresividad son dos formas de falta de fortaleza que, a menudo,
se encuentran en el comportamiento humano, con la consiguiente repetición del
entristecedor espectáculo de quien es débil y vil con los poderosos, petulante
y prepotente con los indefensos.
3. Quizás nunca
como hoy la virtud moral de la
fortaleza tiene necesidad de ser sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la
fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en momentos
dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de
dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios;
en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente,
incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la
honradez.
Cuando
experimentamos, como Jesús en Getsemaní, "la debilidad de la carne"
(cf. Mt 26, 41; Mc 14, 38), es decir, de la naturaleza
humana sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos que invocar del
Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el
camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: "Me complazco en
mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las
angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy
fuerte" (2 Co 12, 10).
4. Son muchos
los seguidores de Cristo -Pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos,
comprometidos en todo campo del apostolado y de la vida social- que, en todos
los tiempos y también en nuestro
tiempo, han conocido y conocen el martirio del cuerpo y del alma, en
intima unión con la Mater Dolorosa junto
a la cruz. ¡Ellos lo han superado todo gracias a este don del Espíritu!
Pidamos a María,
a la que ahora saludamos como Regina
coeli, nos obtenga el don de la
fortaleza en todas las vicisitudes de la vida y en la hora de la
muerte.
Invito también
visitar el Sitio de la Santa Sede donde además de los textos correspondientes a
la celebración de Pentecostés 2010 (y durante el pontificado de Benedicto XVI)
se han recopilado valiosos documentos, catequesis, reflexiones y mensajes de
años anteriores correspondientes a varios Pontífices, al Catecismo de
la Iglesia Católica y del Concilio Vaticano II .
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