Giovanni Battista (Enrico Antonio Maria) Montini , nació en Concesio, cerca de Brescia, Italia, el 26 de septiembre de 1897. En 1954, el Papa Pío XII lo nombró Arzobispo de Milán, donde debió enfrentar grandes retos, y seria conocido como el "Arzobispo de los obreros". En diciembre de 1958 fué creado Cardenal por S.S. Juan XXIII quien, al mismo tiempo, le otorgó un importante rol en la preparación del Concilio Vaticano II al nombrarlo asistente.
Al morir el Santo Padre Juan XXIII, Montini, a los 66 años, fue elegido Papa el 21 de junio de 1963.
En su primer mensaje al mundo el nuevo Santo Padre Pablo VI se comprometió a continuar los trabajos comenzados por Juan XXIII. Creó el Sínodo de los Obispos en 1965, y naturalmente quedó profundamente vinculado al Concilio Vaticano II que heredó y llevó a feliz término. El Concilio que habia sido inaugurado por decisión de Juan XXIII el 11 de octubre de 1962 concluyó solemnemente el 8 de diciembre de 1965.
De
las 7 Encíclicas de Pablo VI la
controvertida Humanae vitae del 24 de julio de 1968 fue
la última.
Si bien no viajó tanto como Juan Pablo II, tambien él fue llamado en su momento “el papa viajero” y fue el primer Papa en viajar fuera de Europa.
Su
relación con Polonia comenzó cuando en 1923 fué enviado a Varsovia a la
Nunciatura, pero debido a su delicado estado de salud, que el crudo invierno
polaco no favorecia, retornó a Roma comenzando alli su carrera diplomática al
servicio de la Santa Sede.
Tuvo intenciones de regresar a Polonia ya como Pablo VI para las ceremonias del milenio en Jasna Gora, el 3 de mayo de 1966, pero las autoridades de entonces no se lo permitieron, hecho que Juan Pablo II citó en su visita al Santuario de Jasna Gora el 4 de junio de 1997 diciendo “Quisiera ahora citar las palabras de mi predecesor en la sede de Pedro, Pablo VI, el Papa que amaba a Polonia y quería participar en las ceremonias del milenio en Jasna Góra, el 3 de mayo de 1966, pero al que las autoridades de entonces no se lo permitieron. «Amad a la Iglesia. Ha llegado la hora de amar a la Iglesia con corazón fuerte y nuevo. (...) Los defectos y las flaquezas de los hombres de Iglesia tendrían que volver más fuerte y solícita la caridad de quien quiere ser miembro vivo, sano y paciente de la Iglesia. Así hacen los hijos buenos, así hacen los santos. (...) Amarla (a la Iglesia) significa estimarla y ser felices de pertenecer a ella, significa ser denodadamente fieles; significa obedecerle y servirla, ayudarla con sacrificio y con gozo en su ardua misión»
La
relación del Santo Padre Pablo VI con Karol Wojtyla tuvo varios momentos
importantes que se fueron fortaleciendo en el tiempo: desde las tres campanas
enviadas para la parroquia de San Florian en Cracovia, confiscadas por las
autoridades pero luego entregadas, a la beatificación de Maximiliano Kolbe durante
el II Sinodo de Obispos en Roma.
Karol
Wojtyla fue nombrado Arzobispo y creado cardenal por Pablo VI. Además durante
las arduas negociaciones con el régimen para construir una iglesia en Nowa Huta
recibió de Pablo VI un regalo especialmente simbólico: la piedra basal que
formaría parte de la Iglesia Arka Pana en Nowa Huta. Karol Wojtyla iba ganando
cierta admiración por parte del Santo Padre Pablo VI y su activa y entusiasta
participación en el Concilio Vaticano II habría intensificado esa relación. En
1976 el Santo Padre Pablo VI llamó al Cardenal Wojtyla al Vaticano para que
predique los ejercicios espirituales de Cuaresma para
el Pontífice y la Curia. El tema elegido por Wojtyla fué : "Signos de
contradicción", reflexiones que más tarde serían publicadas en varias
lenguas.
El
29 de mayo de 1970 Wojtyla y otros sacerdotes polacos participan en Roma de las
celebraciones por el 50º aniversario de sacerdocio de Pablo VI y al dia
siguiente de la Santa Misa y la audiencia especial. El 30 de mayo de 1970 el
Santo Pare Pablo VI dirige un discurso a los sacerdotes de Polonia por
la XXV liberacion de los campos de concetración.
De Pablo VI llamado a veces el “papa olvidado” Juan Pablo II dijo: "El Señor había dado a Pablo VI dotes incomparables, que él hizo fructificar estupendamente, con una delicadísima modestia: el corazón lleno de comprensión y longanimidad; la inteligencia aguda, lúcida, sintética; la mirada viva y penetrante; la voluntad diamantina sin compromisos; la fuerza y la belleza de la expresión hablada y escrita; los monumentos de sus encíclicas y de sus discursos; el ardor de sus viajes que él inició, el primero en este siglo a escala internacional, en el ansia que le urgía en su interior de proclamar la verdad, de anunciar a Cristo, de hacer amar a María, Madre de la Iglesia, de hacer conocer la misma Iglesia. Su inteligencia y cultura le dieron un sentido agudo de la grandeza y de la miseria del hombre en una situación contradictoria como aquella de nuestra generación: pero su fe y caridad le inspiraron aquella «civilización del amor» sin la cual, hoy como nunca, la humanidad difícilmente podrá encontrar la solución a los problemas que la turban profundamente. Comprendió al hombre porque lo miró con los ojos de Cristo. Ayudó al hombre, porque lo amó con el amor de Cristo. Sirvió al hombre, porque le indicó la verdad de Cristo en toda su plenitud"
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