La peregrinación-viaje apostólico (sería injusto llamarlo simplemente viaje) del Papa León a Francia, que acaba de concluir, entra en una sola palabra”magnifique” (magnificus, magnifica). Los impecables preparativos, las multitudes, el entusiasmo, el orden, los rostros emocionados! Toda la potencia de la Iglesia de Francia; en sus miembros y quienes acompañaron y otros que quizás no forman parte pero que lo han apreciado, late a partir de esta visita una vida nueva. La columna vertebral sanada y renovada de la nueva Francia, desempolvada, redescubierta. Hablando de cifras decían 600, 700, 800 mil, ahora las últimos números parecen indicar que hubo hasta 1.200.000 personas. Pero en esas cantidades las cifras ni siquiera son importantes, lo fundamental es que los franceses se sintieron unidos, conscientes que son muchos más de los que se habla.
Si
bien son momentos diferentes, un
polaco comparó la Francia de hoy con su
patria y escribió “los franceses se vieron...recuerdo lo que paso en casa.
Junio de 1979. Juan Pablo II en Varsovia…El papa dice: “¡Descienda tu Espíritu! ¡Y renueve la faz de la tierra! ¡De
esta tierra!” …y cada polaco descubre algo sencillo: no estoy solo… Una multitud que reza regresa a casa sabiendo que es numerosa … Vive Francia un despertar semejante?”
Francia,
uno de los países mas secularizados acaba de vivir un pequeño milagro. Al
estilo de Polonia con la visita de Juan Pablo II? No lo sabemos pero el Papa
entonces removió los cimientos que eran
firmes, pero permanecían casi ocultos. Y ya
nunca mas fue lo mismo…
Eva Fernández de COPE destacaba que entre los momentos más emocionantes de la visita podemos incluir "esas imágenes de los Campos Elíseos, la plaza de la Concordia", el rosario con la procesión de las antorchas en el santuario de Lourdes y el recibimiento tan impresionante en Metz.
La
sola vista de la multitud a lo largo de Champs Elysees, las filas para las confesiones,
los coros, los jóvenes, los emotivos momentos vividos con enfermos y sufrientes,
el pueblo todo, la cantidad de
sacerdotes y religiosos no pueden ser los mismos después de haber estado allí,
haber formado parte y escuchado las
palabras del Santo Padre:
Desde esta hermosa ciudad de París,
rezo con fervor para que el agua viva del Espíritu Santo se derrame sobre toda
Francia. Pienso en ustedes, queridas familias, quienes, a pesar de las
múltiples dificultades que enfrentan a diario, perseveran valientemente en su
misión. Les agradezco de corazón por todo el bien que se realiza a través de
ustedes; que nunca se agote en sus vidas la presencia concreta de Jesús. Pienso
en ustedes, queridos jóvenes: son la Iglesia de hoy. ¡Qué hermoso es ver su
entusiasmo, su dinamismo, su compromiso y la alegría que llevan a las
comunidades cristianas! Pienso también en ustedes, queridos catecúmenos y
neófitos, que emprenden el camino de la fe, de la conversión y de la iniciación
cristiana. Que puedan dar testimonio, a quienes los rodean, del camino que
están recorriendo y motivarlos a que, a su vez, se planteen preguntas. Que el
don del Espíritu Santo los convierta en testigos vivos, dispuestos a difundir a
su alrededor la civilización del amor.
(…)
Al verlos aquí
reunidos, hermanos míos, herederos de una larga y hermosa historia de santidad
en Francia, les digo: sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el
Corazón de Jesús traspasado. Sí, tienen sed de Dios, de vida, de verdad, de
unidad, de paz, de comunión, de felicidad. Aspiren a redescubrir un horizonte
luminoso, a construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por
la fe. No guarden esta fe en Jesucristo sólo para ustedes, más bien dejen que
se desborde para saciar y colmar a las personas con las que se encuentran. Les
corresponde a ustedes llevar la esperanza allí donde reinan el desánimo y la
sequía espiritual.
Ningún sacerdote ni religioso puede quedar indiferente ante las palabras de la máxima autoridad de la Iglesia, de su Iglesia aunque hayan sido especialmente dirigidas a los Obispos de la Conferencia Episcopal.
(…) La historia de la
Iglesia en Francia es rica, inmensamente rica. Es hermosa y fecunda; y es
importante recurrir a ella para construir el futuro de sus comunidades, así
como el de su país. La Iglesia ha sido testigo, e incluso ha contribuido a la
progresiva edificación de esta nación; hoy en día sigue, en gran medida,
formando parte de su cultura, de su identidad y de su vocación en favor del mundo.
Por eso, la palabra de la Iglesia tiene su lugar en el debate público en
Francia; posee, por naturaleza, una autoridad profética. Aunque no siempre sea
escuchada, es esperada. Aunque no sea seguida, sobre todo en las cuestiones
esenciales que afectan los fundamentos de la civilización, es necesaria; ¡no lo
duden! Conozco la determinación y el valor que ustedes tienen —lo han
demostrado claramente en los recientes debates sobre el final de la vida— y los
invito a perseverar, junto con todas las personas de buena voluntad que
defienden los mismos valores.(…)
Puede parecer paradójico que
este fenómeno de tantas personas que redescubren el Evangelio y abrazan la fe
se produzca en el contexto de una sociedad como la francesa, marcada por una
cultura fuertemente secularizada. Su experiencia y su testimonio, queridos
catecúmenos y neófitos, son un signo tangible de la obra de la gracia de Dios,
que supera los análisis estadísticos y sociológicos. Este fenómeno, que
contradice toda actitud derrotista y aquello que el Papa Francisco llamaba el
«pesimismo estéril» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 84-86), debe ser
acogido con espíritu de responsabilidad.
,Me parece importante mencionar también el lamentable descenso de las vocaciones a la vida consagrada, en particular a la vida contemplativa. He recibido con dolor la noticia del cierre, reciente o inminente, de antiguas y prestigiosas comunidades monásticas que han tenido una gran influencia a lo largo de la historia. Entregar la propia vida al seguimiento de Jesús por un camino tan estrecho supone, además de la obra de la gracia, una generosidad especial, un sólido arraigo en la fe, una vida interior sostenida y una cercanía privilegiada con Él. Estas condiciones se dan con mayor frecuencia en las familias cristianas, que merecen la mayor atención y el más grande apoyo. Sin duda, la profundización y consolidación de la vida de fe en el seno de las familias es una clave que permitirá resolver muchas de las crisis que atraviesan la Iglesia y nuestras sociedades. En efecto, es en el seno de las familias donde se aprende a convivir, a respetar al otro, a aceptar la diversidad, a apoyarse mutuamente, a ser generosos, a entregarse desinteresadamente y a tener espíritu de sacrificio. Quizá este sea el principal reto al que debemos enfrentarnos: ¡Que Jesús viva plenamente en las familias católicas de Francia y las ilumine con su presencia…(Encuentro con los obispos de la Conferencia Episcopal de Francia)
En los últimos años, ustedes han afrontado con determinación la dolorosa lacra de los abusos a menores cometidos por miembros del clero o en el contexto eclesial. Han adoptado medidas valientes para hacerle frente, a través de la escucha, la búsqueda de la verdad, la justicia, el perdón, la reparación y un compromiso firme a favor de una cultura de la prevención y protección frente a estos delitos. Les agradezco lo que han hecho, y sé que algunos momentos han sido muy difíciles para su Conferencia. Es necesario continuar por el camino emprendido, manteniendo la máxima vigilancia. Al mismo tiempo, su clero necesita apoyo y ánimo; sé que es objeto de solicitud paternal de ustedes. Para que surjan vocaciones sacerdotales, el sacerdote debe ser esperado, acogido y amado, y su identidad —configurada en Cristo— debe ser clara y bien comprendida en el seno del Pueblo de Dios, para la alegría del Evangelio y el servicio de su misión. …(Encuentrocon los obispos de la Conferencia Episcopal de Francia)
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