(Svidercoschi)
No era tarea
fácil borrar, olvidar siquiera, catorce siglos de conflictos, de prejuicios, de
«guerras santas». Desde el nacimiento del islam, la historia de
sus relaciones con el cristianismo – salvo rarísimas excepciones – ha sido
siempre una historia de antagonismos, de mutuos intentos de dominación, cuando
no de aniquilación. De un lado, las cruzadas. Del otro, las invasiones de
Europa. De un lado, la cruz de Cristo en los estandartes, del otro, el nombre
de Alá grabado en las cimitarras, en los fusiles.
Luego,
el vuelco. El Concilio Vaticano II también había mostrado una actitud positiva
con respecto a la religión musulmana. Se habían ido relajando, poco a poco, las
tensiones de antaño. Se habían producido
declaraciones conjuntas para condenar actos de violencia, como los sucedidos en
Argelia. Pero fue sobre todo con Juan Pablo II con quien empezaron a cambiar
las cosas. Incluso escribió «la civilización católica», ningún otro Papa le
había prestado personalmente «tanta atención» a las relaciones con los
musulmanes.
(Dziwisz) La experiencia acumulada durante los
viajes a países musulmanes fue de una importancia decisiva. El Santo Padre se
convenció cada vez mas de que la Iglesia católica tenía que multiplicar sus
esfuerzos para ampliar lo antes posible los espacios de diálogo y de la
colaboración con el islam. El mundo – decía – también saldría beneficiado de la
existencia de unas buenas relaciones entre las dos grandes tradiciones
religiosas.
Al
final de un largo viaje por África, en la primavera de 1985, el Pontífice se
detuvo en Marruecos, donde recibió una acogida excepcional para tratarse de un
país musulmán. El rey Hasan II se había ocupado personalmente de los
preparativos, hasta la decoración del
altar. Pero el momento culminante fue el encuentro, en Casablanca, con el menos
ochenta mil jóvenes musulmanes. Una esplendida mancha blanca que recubría el
estado y el prado. «Tenemos que respetarnos»
dijo Juan Pablo II, y su franqueza conquisto el auditorio.
Se presentó como lo que era, el obispo de Roma, la cabeza de la Iglesia católica, y nada más empezar explicó que estaba allí para hablar de Jesucristo nada de camuflajes, ni subterfugios. Pero, sobre todo, se presentó como un creyente en Dios que estaba ante otros creyentes en Dios. Simplemente, quiero ofrecerosaquí el testimonio de aquello en lo que creo.
Era extraordinario comprobar cómo los jóvenes
aplaudían en los momentos en que había que hacerlo. No podían conocer de
antemano el texto del discurso, ni estar preparados. No había más remedio que deducir que estaban
atentos, interesados por lo que les decía el Santo Padre: cristianos y
musulmanes, en cuanto hijos de Abraham, creen en el mismo Dios, el único Dios,
tienen muchas cosas en común, como creyentes y como hombres, y especialmente hoy,
en un mundo cada vez más secularizado y más ateo, cristianos y musulmanes
tienen que dar testimonio común de sus valores espirituales.
Fue realmente un encuentro inolvidable. Muchos
periódicos publicaron crónicas positivas.
Al
año siguiente se celebró en Asís la Jornada de oración por la Paz, a la que
acudieron también algunos representantes musulmanes: o, al menos, vinieron los
representantes del islam más espiritual, más moderado, dado que esta religon –
de más de mil millones de seguidores – se caracteriza porque está
extremadamente fragmentada en sus posturas, sus comportamientos.
Además,
justo en esa época, la gran variedad de posturas estaba saliendo a la
superficie, de un lado, por el recrudecimiento del conflicto árabe-israelí,
ocasionado por el problema palestino; del otro, por el progresivo aumento de
los grupos integristas y de los Estados dominados por la sharia, es decir, por
la subordinación de las leyes civiles a los preceptos religiosos. O por casos
como el de Arabia Saudí, donde no está permitido que haya un solo lugar sagrado
para el culto católico.
Esta era una preocupación que afloraba cada vez
con más frecuencia en las reflexiones que el Santo Padre hacía con sus más
estrechos colaboradores. Era preciso hacer cuanto estuviera en manos de la
Santa Sede para impedir que estallasen guerras en Oriente Próximo y, sobre
todo, que estas guerras tuviesen la mas mínima apariencia de conflicto
religioso.
La fe en Dios no podía conducir, de ninguna de
las maneras, a que los poblemas se resolvieran mediante un conflicto armado.
¡Sería una blasfemia pensar lo contrario! He aquí porque –difundiendo el espíritu de Asís – era
necesario hacer todo lo posible para profundizar el diálogo entre las
religiones monoteístas, pero también con otras religiones.
Para
el año 2000, Juan Pablo II tenía
proyectada una peregrinación jubilar siguiendo las huellas de Abraham, de
Moisés, de Jesús y de Pablo. Casi un regreso a los orígenes de la historia del cristianismo y a
los mismos lugares en los que Dios había dejado su «huella». Pero la primera
etapa, la de Ur de los caldeos, en Irak, se la impidieron hacer, el Papa tuvo que empezar su peregrinación en
el Vaticano con una solemne
conmemoración de Abraham.
Estaba disgustado por la negativa, obviamente.
Pero lo estaba todavía más porque no se hubiera comprendido que su deseo era
seguir las huellas de aquel que es el padre común también para los musulmanes.
Una negativa extraña. El cardenal Echegaray había
ido a Irak a organizar el viaje. Las fuerzas multinacionales le habían hecho
saber que podían garantizar la seguridad. Y, en cambio, después de una larga
espera, llegó aquel no de Sadam Husein. Muy educado, entendámonos aduciendo
problemas con la seguridad, ¿pero era verdaderamente el motivo? Para que
resultase menos amarga aquella negativa, los obispos iraquíes le llevaron de
regalo un ladrillo de la casa de Abraham. Yél: «Y pensar que siempre he creído
que Abraham vivía en una tienda…»
De
todas formas, durante la peregrinación, Juan Pablo II pudo recorrer también los
«caminos» del mundo musulmán. Fue a El Cairo, al Sinaì, a Jordania, al monte
Nebo, a Palestina, a Belén, a Jerusalén, a la Cúpula de la Roca, uno de los
lugares más sagrados para el islam. ¿Quién hubiera podido imaginar lo que iba a
ocurrir al año siguiente?
Debo decir que, tres meses antes del viaje del
Santo Padre a Siria, todavía no se sabía nada. Ni siquiera se había hablado de
ello. Y no sólo en aquella ocasión sino tampoco en las precedentes en El Cairo,
en Jerusalén, nadie había invitado al Papa a entrar en una mezquita. No sé,
quizás, no lo habían hecho por delicadeza, pensando que lo iban a poner en una
situación embarazosa. Y el Papa, ciertamente, no podía pedirles que le
llevaran. Y de repente, llegó aquella invitación procedente de Damasco. La idea
era, un poco, del Gobierno sirio, y otro poco de los círculos islámicos. Al
final, todos de acuerdo. Muy contentos por haber pensado en ello. Y por haber
tomado la iniciativa.
Así
el 6 de mayo de 2001, el jefe de la Iglesia católica entró por primera vez en
una mezquita: la mezquita Omeya, donde se conserva el memoria de San Juan
Bautista. Ésta también fue una gran página de la historia religiosa. No solo
por lo que significaba con respecto a un turbulento pasado, sino, sobre todo,
por el compromiso, por parte de cristianos y musulmanes, de no «abusar» más de
la religión para justificar la violencia y el odio, de redescubrir los
fundamentos comunes. EN resumen, como entonces se dijo, de no regatear
esfuerzos para presentar a ambas religiones no enfrentadas, como ya había
ocurrido demasiados veces, sino colaborando entre ellas.
Parecía que era el inicio de un periodo de
convivencia pacífica, constructiva. El santo Padre no escondía la esperanza de
que el mundo, también gracias al clima espiritual propiciado por el Jubileo,
fuese a encontrar una cierta tranquilidad. Y que, por lo tanto, se pudiese
llegar a una paz más estable, más difundida, y con ello, a una ampliación del
espacio de la justicia…
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