Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

sábado, 24 de octubre de 2026

¿Matar en nombre de Dios? (Stanislaw Dziwisz/Gian Franco Svidercoschi – 1 de 2

 


(Svidercoschi)

No era tarea fácil borrar, olvidar siquiera, catorce siglos de conflictos, de prejuicios, de «guerras santas». Desde el nacimiento del islam, la historia de sus relaciones con el cristianismo – salvo rarísimas excepciones – ha sido siempre una historia de antagonismos, de mutuos intentos de dominación, cuando no de aniquilación. De un lado, las cruzadas. Del otro, las invasiones de Europa. De un lado, la cruz de Cristo en los estandartes, del otro, el nombre de Alá grabado en las cimitarras, en los fusiles.

Luego, el vuelco. El Concilio Vaticano II también había mostrado una actitud positiva con respecto a la religión musulmana. Se habían ido relajando, poco a poco, las tensiones de antaño. Se habían  producido declaraciones conjuntas para condenar actos de violencia, como los sucedidos en Argelia. Pero fue sobre todo con Juan Pablo II con quien empezaron a cambiar las cosas. Incluso escribió «la civilización católica», ningún otro Papa le había prestado personalmente «tanta atención» a las relaciones con los musulmanes.

(Dziwisz) La experiencia acumulada durante los viajes a países musulmanes fue de una importancia decisiva. El Santo Padre se convenció cada vez mas de que la Iglesia católica tenía que multiplicar sus esfuerzos para ampliar lo antes posible los espacios de diálogo y de la colaboración con el islam. El mundo – decía – también saldría beneficiado de la existencia de unas buenas relaciones entre las dos grandes tradiciones religiosas.

Al final de un largo viaje por África, en la primavera de 1985, el Pontífice se detuvo en Marruecos, donde recibió una acogida excepcional para tratarse de un país musulmán. El rey Hasan II se había ocupado personalmente de los preparativos,  hasta la decoración del altar. Pero el momento culminante fue el encuentro, en Casablanca, con el menos ochenta mil jóvenes musulmanes. Una esplendida mancha blanca que recubría el estado y el prado. «Tenemos que respetarnos»  dijo Juan Pablo II, y su franqueza conquisto el auditorio.

Se presentó como lo que era, el obispo de Roma, la cabeza de la Iglesia católica, y nada más empezar explicó que estaba allí para hablar de Jesucristo nada de camuflajes, ni subterfugios. Pero, sobre todo,  se presentó como un creyente en Dios que estaba ante otros creyentes en Dios. Simplemente, quiero ofrecerosaquí el testimonio de aquello en lo que creo. 

Era extraordinario comprobar cómo los jóvenes aplaudían en los momentos en que había que hacerlo. No podían conocer de antemano el texto del discurso, ni estar preparados.  No había más remedio que deducir que estaban atentos, interesados por lo que les decía el Santo Padre: cristianos y musulmanes, en cuanto hijos de Abraham, creen en el mismo Dios, el único Dios, tienen muchas cosas en común, como creyentes y como hombres, y especialmente hoy, en un mundo cada vez más secularizado y más ateo, cristianos y musulmanes tienen que dar testimonio común de sus valores espirituales.

Fue realmente un encuentro inolvidable. Muchos periódicos publicaron crónicas positivas. 

Al año siguiente se celebró en Asís la Jornada de oración por la Paz, a la que acudieron también algunos representantes musulmanes: o, al menos, vinieron los representantes del islam más espiritual, más moderado, dado que esta religon – de más de mil millones de seguidores – se caracteriza porque está extremadamente fragmentada en sus posturas, sus comportamientos.



Además, justo en esa época, la gran variedad de posturas estaba saliendo a la superficie, de un lado, por el recrudecimiento del conflicto árabe-israelí, ocasionado por el problema palestino; del otro, por el progresivo aumento de los grupos integristas y de los Estados dominados por la sharia, es decir, por la subordinación de las leyes civiles a los preceptos religiosos. O por casos como el de Arabia Saudí, donde no está permitido que haya un solo lugar sagrado para el culto católico.

Esta era una preocupación que afloraba cada vez con más frecuencia en las reflexiones que el Santo Padre hacía con sus más estrechos colaboradores. Era preciso hacer cuanto estuviera en manos de la Santa Sede para impedir que estallasen guerras en Oriente Próximo y, sobre todo, que estas guerras tuviesen la mas mínima apariencia de conflicto religioso.

La fe en Dios no podía conducir, de ninguna de las maneras, a que los poblemas se resolvieran mediante un conflicto armado. ¡Sería una blasfemia pensar lo contrario! He aquí porque  –difundiendo el espíritu de Asís – era necesario hacer todo lo posible para profundizar el diálogo entre las religiones monoteístas, pero también con otras religiones.

Para el año 2000, Juan  Pablo II tenía proyectada una peregrinación jubilar siguiendo las huellas de Abraham, de Moisés, de Jesús y de Pablo. Casi un regreso a los  orígenes de la historia del cristianismo y a los mismos lugares en los que Dios había dejado su «huella». Pero la primera etapa, la de Ur de los caldeos, en Irak, se la impidieron hacer,  el Papa tuvo que empezar su peregrinación en el Vaticano  con una solemne conmemoración de Abraham.

Estaba disgustado por la negativa, obviamente. Pero lo estaba todavía más porque no se hubiera comprendido que su deseo era seguir las huellas de aquel que es el padre común también para los musulmanes.

Una negativa extraña. El cardenal Echegaray había ido a Irak a organizar el viaje. Las fuerzas multinacionales le habían hecho saber que podían garantizar la seguridad. Y, en cambio, después de una larga espera, llegó aquel no de Sadam Husein. Muy educado, entendámonos aduciendo problemas con la seguridad, ¿pero era verdaderamente el motivo? Para que resultase menos amarga aquella negativa, los obispos iraquíes le llevaron de regalo un ladrillo de la casa de Abraham. Yél: «Y pensar que siempre he creído que Abraham vivía en una tienda…»

De todas formas, durante la peregrinación, Juan Pablo II pudo recorrer también los «caminos» del mundo musulmán. Fue a El Cairo, al Sinaì, a Jordania, al monte Nebo, a Palestina, a Belén, a Jerusalén, a la Cúpula de la Roca, uno de los lugares más sagrados para el islam. ¿Quién hubiera podido imaginar lo que iba a ocurrir al año siguiente?



Debo decir que, tres meses antes del viaje del Santo Padre a Siria, todavía no se sabía nada. Ni siquiera se había hablado de ello. Y no sólo en aquella ocasión sino tampoco en las precedentes en El Cairo, en Jerusalén, nadie había invitado al Papa a entrar en una mezquita. No sé, quizás, no lo habían hecho por delicadeza, pensando que lo iban a poner en una situación embarazosa. Y el Papa, ciertamente, no podía pedirles que le llevaran. Y de repente, llegó aquella invitación procedente de Damasco. La idea era, un poco, del Gobierno sirio, y otro poco de los círculos islámicos. Al final, todos de acuerdo. Muy contentos por haber pensado en ello. Y por haber tomado la iniciativa.

Así el 6 de mayo de 2001, el jefe de la Iglesia católica entró por primera vez en una mezquita: la mezquita Omeya, donde se conserva el memoria de San Juan Bautista. Ésta también fue una gran página de la historia religiosa. No solo por lo que significaba con respecto a un turbulento pasado, sino, sobre todo, por el compromiso, por parte de cristianos y musulmanes, de no «abusar» más de la religión para justificar la violencia y el odio, de redescubrir los fundamentos comunes. EN resumen, como entonces se dijo, de no regatear esfuerzos para presentar a ambas religiones no enfrentadas, como ya había ocurrido demasiados veces, sino colaborando entre ellas.

Parecía que era el inicio de un periodo de convivencia pacífica, constructiva. El santo Padre no escondía la esperanza de que el mundo, también gracias al clima espiritual propiciado por el Jubileo, fuese a encontrar una cierta tranquilidad. Y que, por lo tanto, se pudiese llegar a una paz más estable, más difundida, y con ello, a una ampliación del espacio de la justicia…

 (Dziwisz Estanislao /  Svidercoschi Gian Franco 2008 UNA VIDA CON KAROL capitulo 11, «Abrid las puertas a Cristo» páginas 235/238, La Esfera de los Libros)

 

No hay comentarios: