Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 27 de marzo de 2025

Juan Pablo II, el Papa de la soberanía ucraniana – Arzobispo de Kiev-Galicia, Sviatoslav Shevchuk

 


San Juan Pablo II jugó un gran papel en la creación de la identidad nacional ucraniana y la libertad espiritual de nuestra nación, fue el Papa de la soberanía ucraniana – de esta manera, la vida y los logros del Papa polaco para los ucranianos fueron resumidos el 26 de marzo en Poznań por el Arzobispo Mayor de Kiev-Galicia, Sviatoslav Shevchuk, quien participo en una conferencia interdisciplinaria de dos días "Juan Pablo II: Leyendo la historia, creando la historia", organizada en la Universidad Adam Mickiewicz, que se desarrolló en el formato de varios paneles dedicados a diversas dimensiones del ministerio del Papa polaco.

El líder de la Iglesia greco-católica ucraniana ( IGCU ) participó en varias reuniones de debate. Durante el panel de la mañana, dijo, entre otras cosas, que para él y sus compatriotas "Juan Pablo II no es solo una figura histórica, sino que su carisma y su mensaje son una realidad cotidiana y un llamado a la verdadera libertad en el futuro, una libertad que debemos defender al precio de nuestra propia sangre". 

 

El orador recordó el momento de la elección del cardenal. Karol Wojtyła como Papa después de escuchar las noticias en la televisión soviética cuando era niño. “Para los ucranianos, ese momento marcó el comienzo de cambios importantes”, dijo el arzobispo. Añadió que "Juan Pablo II fue el Papa de la soberanía ucraniana" y señaló que fue él quien "empezó a hablarnos en ucraniano en un momento en el que se nos negaba el derecho a hablar este idioma".

 

“Te saludo, Ucrania, testigo valiente y tenaz de adhesión a los valores de la fe. ¡Cuánto has sufrido para reivindicar, en momentos difíciles, la libertad de profesarla!” expreso Juan Pablo II en sudiscurso (en ucraniano) al llegar a Kiev el sábado 23 de junio de 2001.  

El Obispo Shevchuk destacó el significado especial del viaje del Santo Padre aUcrania en 2001, que marcó un punto de inflexión en la historia de la nación de este país, que entonces celebraba el décimo aniversario de su independencia. El orador recordó las palabras de Juan Pablo II a la juventud ucraniana: “No tengan miedo de ser una nación libre. Os realizaréis plenamente y contribuiréis a la construcción de un mundo más solidario y justo… vuestro pueblo está viviendo una transición difícil y compleja del régimen totalitario, que lo oprimió durante tantos años, a una sociedad finalmente libre y democrática. Pero la libertad exige conciencias fuertes, responsables y maduras. La libertad es exigente y, en cierto sentido, cuesta más que la esclavitud.”

Palabras que "siguen siendo relevantes hoy, cuando los jóvenes de Ucrania siguen defendiendo su libertad en los momentos difíciles de la guerra", señaló el jefe de la UGCC.

 

Luego destacó que Juan Pablo II fue también el Papa de la solidaridad y de la reconciliación: polaco-ucraniana y europea. "Probablemente fue el primero en decir a los europeos que Europa no es solo un concepto geográfico o económico" y en este contexto el panelista de Ucrania señaló que "a veces la palabra 'Europa' se asocia solo con la Unión Europea", mientras que "Kiev, Ucrania, nuestra cultura son parte de la cultura europea".

El arzobispo Shevchuk también intervino en la segunda reunión del panel con la participación de varios cientos de estudiantes, intelectuales y representantes del gobierno. En su discurso se centró en la importancia de Juan Pablo II como el "Papa de los jóvenes".

Destacó que el Santo Padre siempre ha prestado atención al papel de los jóvenes en la configuración del mundo futuro y ha creído en su capacidad para cambiar la realidad. “Para él los jóvenes eran más importantes que los encuentros con presidentes o con personas mayores”, afirmó con convicción el jerarca greco-católico ucraniano.

 

Al finalizar la mesa redonda, el arzobispo Szewczuk dijo a los jóvenes presentes en el aula universitaria: «Si Su Santidad Juan Pablo II estuviera entre nosotros hoy, les diría a los estudiantes y jóvenes: 'No tengan miedo. No tengan miedo de abrir la puerta a Cristo y no tengan miedo de cruzar el umbral de la esperanza. El mensaje de Juan Pablo II es un mensaje de esperanza. No tengan miedo, construyan su futuro'».

 

A la reunión en la Universidad de Poznań asistieron, presencialmente o a distancia, destacados historiadores, teólogos, filósofos, sociólogos y representantes de las humanidades y las ciencias sociales, entre ellos: el prof. Norman Davis, Hans-Gert Pöttering, George Weigel, prof. Hanna Suchocka, profesora. Krzysztof Zanussi y el ex presidente de la República de Polonia Lech Wałęsa. A las conferencias asistió el arzobispo mayor de la Metrópoli de Poznań, Mons. Stanisław Gądecki..

 

George Weigel comenta en su libro The end and the beginning (Doubleday, 2010) que Karol Wojtyla de alguna manera fue una excepción dentro del clero polaco, un patriota con profunda simpatía con las aspiraciones nacionales de Ucrania, sentimiento que no era compartido por el resto del clero.       

 

Fuente: Ekai 

Invito leer un articulo en Aceprensa  Ucrania, un viaje de alta tensión para Juan Pablo II – Diego Contreras, Ignacio Aréchaga

También en Aciprensa  Iglesia dedicada a San Juan Pablo II es el “oasis” de los refugiados en Ucrania


martes, 25 de marzo de 2025

El Magnificat de Karol Wojtyla / Juan Pablo II

 


La trayectoria mariana de Karol Wojtyla marcada por el Magnificat de Maria tuvo sus orígenes en su Wadowice natal y se fortaleció en Cracovia.

Fue recién en la primavera de 1939,  despues de haber pasado por la escuela de espiritualidad de Jan Tyranowski y antes de ingresar al seminario, que volcó en palabras de poeta su amor a Ella, su Madre, en “Magnificat” que comienza así:

“Adora, alma mía, la gloria de tu Señor,
el Padre de la gran Poesía - tan lleno de bondad.

Él fortificó mi juventud con ritmo admirado,
mi canto, en yunque de roble, ha forjado.

Resuena, alma mía, con la gloria de tu Señor,
Hacedor del Saber Angelical - benévolo Hacedor.
- - -
Apuro hasta los bordes la copa de vino, con gratitud,
en Tu fiesta celestial -cual un siervo orante-,
porque embelesaste extrañamente mi juventud,
porque de un tronco de tilo tallaste una forma rozagante.

¡Tú eres el Maravilloso, el Escultor de santos tallados!
- Por mi camino hay muchos abedules y robles numerosos.
- Soy como un surco soleado, un campo sembrado,
como una arista joven y brusca de los Tatras rocosos. ”

El soneto permaneció desconocido durante muchos años; en español fue publicado en Madrid por la Fundación Universitaria CEU, en traducción del profesor Bogdan Piotrowski,  presentado y leído en Madrid durante la VII edición del Congreso Católicos y Vida Pública en noviembre de 2005.

Un Magnificat siempre vivo y presente en todos los senderos de la vida de Karol Wojtyla: cuando niño de rodillas ante Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, ante Ella en Kalwaria Zebrzydowska, el Santuario más importante de Cracovia; siempre presente en su corazón Nuestra Señora de Jasna Gora.


Maria, aquella que “nos acerca a Cristo: que nos dirige hacia el, si vivimos su misterio en Cristo” (Don y Misterio) contemplada como «signo de consuelo y de esperanza», que “correspondió plenamente con su «sí» a la voluntad divina” y “elevada al cielo, nos indica el camino hacia Dios” siempre invitándolo a seguir la preciosa estela de aquel “testamento espiritual”.


“En el Magníficat María celebra la obra admirable de Dios, inspirándose en la tradición del Antiguo Testamento, celebra con el cántico del Magníficat las maravillas que Dios realizó en ella”, decía el Santo Padre en la Audiencia general del 6 de noviembre de 1996.

El 28 de marzo de 1987 nos regaló la Encíclica Redemptoris Mater sobre la Bienaventurada Virgen Maria en la Vida de la Iglesia peregrina con 15 referencias al Magnificat.

En la Audiencia del 15 de febrero de 2006 el Santo Padre Benedicto XVI en relación directa al “largo itinerario que comenzó, hace exactamente cinco años, en la primavera del año 2001, mi amado predecesor el inolvidable Papa Juan Pablo II” (serie de catequesis sobre salmos y cánticos que comenzaba con la Audiencia del 28 de marzo de 2001) se refirió en preciosas palabras al “Cántico con el que se concluye idealmente toda celebración de las Vísperas: el Magníficat (cf. Lc 1, 46-55)”, que había sido cantado por el coro de la Capilla sextina, y en la Audiencia explicó “la estructura íntima de ese canto orante”

«Magníficat anima mea Dominum!» (Lc 1, 46)

 

Invito visitar:
Homilía de Juan Pablo II Clausura del XX Congreso Mariológico-Mariano Internacional
Cantico de la Virgen Maria «Magníficat» (Lc 1, 46-55)
Redemptoris Mater


 

 

viernes, 21 de marzo de 2025

La fe supone la razón

 


Según el pensamiento de santo Tomás, la razón humana, por decirlo así, "respira", o sea, se mueve en un horizonte amplio, abierto, donde puede expresar lo mejor de sí. En cambio, cuando el hombre se reduce a pensar solamente en objetos materiales y experimentables y se cierra a los grandes interrogantes sobre la vida, sobre sí mismo y sobre Dios, se empobrece. La relación entre fe y razón constituye un serio desafío para la cultura actualmente dominante en el mundo occidental y, precisamente por eso, el amado Juan Pablo II quiso dedicarle una encíclica, titulada justamente Fides et ratio, Fe y razón. También volví  a  abordar  recientemente  este tema en el discurso que pronuncié  en  la Universidad de Ratisbona.

En realidad, el desarrollo moderno de las ciencias produce innumerables efectos positivos, como todos podemos ver; es preciso reconocerlos siempre. Pero, al mismo tiempo, es necesario admitir que la tendencia a considerar verdadero solamente lo que se puede experimentar constituye una limitación de la razón humana y produce una terrible esquizofrenia, ya declarada, por lo que conviven racionalismo y materialismo, hipertecnología e instintividad desenfrenada.

Por tanto, urge redescubrir de modo nuevo la racionalidad humana abierta a la luz del Logos divino y a su perfecta revelación, que es Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre. Cuando es auténtica, la fe cristiana no mortifica la libertad y la razón humana; y entonces, ¿por qué la fe y la razón deben tener miedo una de la otra, si encontrándose y dialogando pueden expresarse perfectamente? La fe supone la razón y la perfecciona, y la razón, iluminada por la fe, encuentra la fuerza para elevarse al conocimiento de Dios y de las realidades espirituales. La razón humana no pierde nada abriéndose a los contenidos de la fe; más aún, esos contenidos requieren su adhesión libre y consciente.

 (Ángelus de Benedicto XVI,  28 de enero de 2007)

Comprender para creer


 El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean « recuperadas » sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias.

Cada uno, al creer, confía en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensión significativa: por una parte el conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas.

Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relación interpersonal no pertenecen primariamente al orden fáctico o filosófico. Lo que se pretende, más que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfección del hombre no está en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el otro le manifiesta.

¡Cuántos ejemplos se podrían poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo en el testimonio de los mártires. El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, desde el momento en que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la fuerza de expresar.

 

jueves, 20 de marzo de 2025

La santidad un don de Dios pero también un deber del hombre – Slawomir Oder

 


¡Ser santos! Pensar en esta realidad, tomar conciencia de lo que significa la llamada bautismal me recuerda siempre el bellísimo cuadro de Caravaggio que se encuentra en la iglesia de San Luis de los Franceses, en Roma: La llamada de Mateo. Jesús que entra en la habitación donde Mateo, con un grupo de hombres inclinados sobre una mesa, están en pleno debate. Mateo se da cuenta de esta presencia y percibe la mano que Jsús tiende hacia ellos. Sorprendido casi perturbado, se señala a si mismo al mismo tiempo que su gesto y y su mano expresan elocuentemente una pregunta: «me lo dices a mi? ¿me llamas a mi precisamente?» Toda la dinámica del encuentro entre el Maestro y el publicano contiene el sabor delo increíble. Mateo está sorprendido, intrigado, confndido. Atónito, consciente de su propia culpa, que como un abismo lo separa de Jesús, se siente, por otro lado, atraído irresistiblemente por la bondad de  quien le ofrece su confianza y su amistad. ¡Es el comienzo de una gran aventura!

Como dijo Juan Pablo II e 1997 en la homilía durante la Misa de beatificación de Karolina Kózkówna en Tárnow (Polonia), en nuestra vida el encuentro con un santo hace surgir en nosotros sentimientos de vergüenza y de esperanza. Sentimos vergüenza por nuestras propias faltas y la distancia entre la santidad y nuestra vida real: esperanza, porque no hay santo que no haya experimentado la misma insuficiencia y no haya luchado y combatido contra su propia debilidad alzando el vuelo hacia lo alto con la ayuda de la gracia de Dios.  Los santos son la prueba más clara de la veracidad delas palabras del arcángel Gabriel a María: «Nada es imposible para Dios!»

La santidad es, por lo tanto, un don de Dios, pero es también un deber del hombre. La constante y diaria superación de si mismo y de sus propios límites, la sorprendente pregunta:«Me lo dices a mi?» en boca de Mateo, que nos hace sonrojar. Una pregunta que hace sentirnos revestidos de la confianza de Dios, que nos asusta pero a la vez nos da alas…. He aquí el esfuerzo de ser hombre y el fascinante desafío de vivir como santo.  En la práctica, el esfuerzo por superarse a si mismo por perseverar en el bien y reencontrar la fuerza diaria en Aquel que nos renueva su confianza se exterioriza en el cumplimiento de las virtudes. Todo retrato de santidad es un mosaico de virtudes, es un confluir de la fe, la esperanza y la caridad, abundante prudencia, justicia, fortaleza, templanza, y una competición entre pobreza, castidad, obediencia y humildad.

(Slawomir Oder, Postulador de la causa de beatificacion y canonización de Juan Pablo II, Totus Tuus Boletin mensual de laPostulacon Nr 1 enero 20008 - Editorial)

 

miércoles, 19 de marzo de 2025

San José Obrero

 


El 1ro de mayo de 2005 – Memoria de San José Obrero - el Santo Padre Benedicto XVI se dirigía por primera vez a los fieles desde la ventana - cito sus palabras -
“que la amada figura de mi predecesor ha hecho familiar a innumerables personas en el mundo entero. Y pensamos también en la otra ventana. De domingo en domingo, Juan Pablo II, fiel a una cita que se transformó en una amable costumbre, acompañó durante más de un cuarto de siglo la historia de la Iglesia y del mundo, y nosotros seguimos sintiéndolo más cercano que nunca. Mi primer sentimiento es, una vez más, de gratitud a quienes me han sostenido con la oración durante estos días, y a cuantos, desde todas las partes del mundo, me han enviado mensajes de felicitación.”


[…]
Al hablar de San José obrero agregaba:
“Hoy iniciamos el mes de mayo con una memoria litúrgica muy arraigada en el pueblo cristiano, la de San José Obrero. Y, como sabéis, yo me llamo José. Fue instituida por el Papa Pío XII, de venerada memoria, precisamente hace cincuenta años, para destacar la importancia del trabajo y de la presencia de Cristo y de la Iglesia en el mundo obrero. Es necesario testimoniar también en la sociedad actual el "evangelio del trabajo", del que habló Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens. Deseo que jamás falte el trabajo, especialmente a los jóvenes, y que las condiciones laborales sean cada vez más respetuosas de la dignidad de la persona humana.


Pienso con afecto en todos los trabajadores, y saludo a los que están reunidos en la plaza de San Pedro, pertenecientes a numerosas asociaciones. En particular, saludo a los amigos de las Asociaciones cristianas de trabajadores italianos (ACLI), que este año celebran el sexagésimo aniversario de su fundación, y les deseo que sigan viviendo la opción de "fraternidad cristiana" como valor que es preciso encarnar en el ámbito del trabajo y de la vida social, para que la solidaridad, la justicia y la paz sean los pilares sobre los que se construya la unidad de la familia humana.


Por último, dirijo mi pensamiento a María: a ella está dedicado particularmente el mes de mayo. Con la palabra, y más aún con el ejemplo, el Papa Juan Pablo II nos ha enseñado a contemplar a Cristo con los ojos de María, especialmente valorando la oración del santo rosario. Con el canto del Regina caeli encomendemos a la Virgen todas las necesidades de la Iglesia y de la humanidad.”


Invito visitar post del año pasado: San José Patrono de la Iglesia Universal – Papa Francisco

San José: «José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mt 1, 24);

 


En las palabras de la «anunciación» nocturna, José escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este hombre «justo», que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor.

«José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mt 1, 24); lo que en ella había sido engendrado «es del Espíritu Santo». A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5) configura de modo perfecto el amor humano? Este amor de Dios forma también —y de modo muy singular— el amor esponsal de los cónyuges, profundizando en él todo lo que tiene de humanamente digno y bello, lo que lleva el signo del abandono exclusivo, de la alianza de las personas y de la comunión auténtica a ejemplo del Misterio trinitario.

«José ... tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo» (Mt 1, 24-25). Estas palabras indican también otra proximidad esponsal. La profundidad de esta proximidad, es decir, la intensidad espiritual de la unión y del contacto entre personas —entre el hombre y la mujer— proviene en definitiva del Espíritu Santo, que da la vida (cf. Jn 6, 63). José, obediente al Espíritu, encontró justamente en El la fuente del amor, de su amor esponsal de hombre, y este amor fue más grande que el que aquel «varón justo» podía esperarse según la medida del propio corazón humano.

En la liturgia se celebra a María como «unida a José, el hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo de amor»[31]. Se trata, en efecto, de dos amores que representan conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, la cual encuentra en el matrimonio de María y José su propio símbolo. «La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»[32], que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.

Por otra parte, es precisamente del matrimonio con María del que derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús. «Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella»[33].

(de la Exhortacion Apostolica Redemptoris Custos de Juan Pablo II sobre la fitura y la mision de San Jose en la vida de Cristo y de la Iglesia)

 

Invito visitar post del año pasado : San José Patrono de la Iglesia Universal – Papa Francisco