Con la XII Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, somos conscientes
de haber tocado en cierto sentido el corazón mismo
de la vida cristiana, en continuidad con la anterior Asamblea sinodal sobre la Eucaristía como fuente y culmen de la vida y de
la misión de la Iglesia. En efecto, la Iglesia se funda sobre la Palabra de
Dios, nace y vive de ella.[2] A lo largo de toda
su historia, el Pueblo de Dios ha encontrado siempre en ella su fuerza, y la
comunidad eclesial crece también hoy en la escucha, en la celebración y en el
estudio de la Palabra de Dios. Hay que reconocer que en los últimos decenios ha
aumentado en la vida eclesial la sensibilidad sobre este tema, de modo especial
con relación a la Revelación cristiana, a la Tradición viva y a la Sagrada
Escritura. A partir del pontificado del Papa León XIII, podemos decir que ha
ido creciendo el número de intervenciones destinadas a aumentar en la vida de
la Iglesia la conciencia sobre la importancia de la Palabra de Dios y de los
estudios bíblicos,[3] culminando en el
Concilio Vaticano II, especialmente con la promulgación de la Constitución
dogmática Dei Verbum, sobre la
divina Revelación. Ella representa un hito en el camino eclesial: «Los Padres
sinodales... reconocen con ánimo agradecido los grandes beneficios aportados
por este documento a la vida de la Iglesia, en el ámbito exegético, teológico,
espiritual, pastoral y ecuménico».[4] En particular, ha
crecido en estos años la conciencia del «horizonte trinitario e histórico
salvífico de la Revelación»,[5] en el que se
reconoce a Jesucristo como «mediador y plenitud de toda la revelación».[6] La
Iglesia confiesa incesantemente a todas las generaciones que Él, «con su
presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre
todo con su muerte y resurrección gloriosa, con el envío del Espíritu de la
verdad, lleva a plenitud toda la revelación».[7]
De todos es
conocido el gran impulso que la Constitución dogmática Dei Verbum ha dado
a la revalorización de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, a la
reflexión teológica sobre la divina revelación y al estudio de la Sagrada
Escritura. En los últimos cuarenta años, el Magisterio eclesial se ha
pronunciado en muchas ocasiones sobre estas materias.[8] Con la
celebración de este Sínodo, la Iglesia, consciente de la continuidad de su
propio camino bajo la guía del Espíritu Santo, se ha sentido llamada a
profundizar nuevamente sobre el tema de la Palabra divina, ya sea para
verificar la puesta en práctica de las indicaciones conciliares, como para
hacer frente a los nuevos desafíos que la actualidad plantea a los creyentes en
Cristo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario