Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 29 de mayo de 2026

Pablo VI y Juan Pablo II


Giovanni Battista (Enrico Antonio Maria) Montini
 , nació en Concesio, cerca de Brescia, Italia, el 26 de septiembre de 1897. En 1954, el Papa Pío XII lo nombró Arzobispo de Milán, donde debió enfrentar grandes retos, y seria conocido como el "Arzobispo de los obreros". En diciembre de 1958 fué creado Cardenal por S.S. Juan XXIII quien, al mismo tiempo, le otorgó un importante rol en la preparación del Concilio Vaticano II al nombrarlo asistente.

Al morir el Santo Padre Juan XXIII, Montini, a los 66 años, fue elegido Papa el 21 de junio de 1963.

En su primer mensaje al mundo el nuevo Santo Padre Pablo VI se comprometió a continuar los trabajos comenzados por Juan XXIII. Creó el Sínodo de los Obispos en 1965, y naturalmente quedó profundamente vinculado al Concilio Vaticano II que heredó y llevó a feliz término. El Concilio que habia sido inaugurado por decisión de Juan XXIII el 11 de octubre de 1962 concluyó solemnemente el 8 de diciembre de 1965.

De las 7 Encíclicas de Pablo VI la controvertida Humanae vitae del 24 de julio de 1968 fue la última.

Si bien no viajó tanto como Juan Pablo II, tambien él fue llamado en su momento “el papa viajero” y fue el primer Papa en viajar fuera de Europa.

Su relación con Polonia comenzó cuando en 1923 fué enviado a Varsovia a la Nunciatura, pero debido a su delicado estado de salud, que el crudo invierno polaco no favorecia, retornó a Roma comenzando alli su carrera diplomática al servicio de la Santa Sede.

Tuvo intenciones de regresar a Polonia ya como Pablo VI para las ceremonias del milenio en Jasna Gora, el 3 de mayo de 1966, pero las autoridades de entonces no se lo permitieron, hecho que Juan Pablo II citó en su visita al Santuario de Jasna Gora el 4 de junio de 1997 diciendo “Quisiera ahora citar las palabras de mi predecesor en la sede de Pedro, Pablo VI, el Papa que amaba a Polonia y quería participar en las ceremonias del milenio en Jasna Góra, el 3 de mayo de 1966, pero al que las autoridades de entonces no se lo permitieron. «Amad a la Iglesia. Ha llegado la hora de amar a la Iglesia con corazón fuerte y nuevo. (...) Los defectos y las flaquezas de los hombres de Iglesia tendrían que volver más fuerte y solícita la caridad de quien quiere ser miembro vivo, sano y paciente de la Iglesia. Así hacen los hijos buenos, así hacen los santos. (...) Amarla (a la Iglesia) significa estimarla y ser felices de pertenecer a ella, significa ser denodadamente fieles; significa obedecerle y servirla, ayudarla con sacrificio y con gozo en su ardua misión»

En su Audiencia del miércoles 25 de junio de 2003 Juan Pablo II recordando los cuarenta años de la elección a la Cátedra de Pedro de Pablo VI y los 25 años de su muerte expresó : “Al sucederle en la Cátedra de Pedro, me he esforzado por proseguir la acción pastoral que había iniciado, inspirándome en él como en un padre y maestro”….. Pude apreciar personalmente el empeño que Pablo VI puso siempre con vistas a la necesaria actualización de la Iglesia a las exigencias de la nueva evangelización. Pablo VI, apóstol fuerte y amable, amó a la Iglesia y trabajó por su unidad y por intensificar su acción misionera….. Con prudente sabiduría supo resistir a la tentación de "adaptarse" a la mentalidad moderna, afrontando con fortaleza evangélica dificultades e incomprensiones, y en algunos casos también hostilidades…. Su magisterio es rico y, en gran parte, está orientado a educar a los creyentes en el sentido de Iglesia.. Entre sus numerosas intervenciones, me limito a recordar, además de la encíclica Ecclesiam suam, publicada al inicio de su pontificado, su conmovedora profesión de fe, conocida como el Credo del pueblo de Dios, que pronunció con vigor en la plaza de San Pedro el 30 de junio de 1968…. sus valientes tomas de posición en defensa de la vida humana con la encíclica Humanae vitae, y a favor de los pueblos en vías de desarrollo con la encíclica Populorum progressio, para construir una sociedad más justa y solidaria” .

 

La relación del Santo Padre Pablo VI con Karol Wojtyla tuvo varios momentos importantes que se fueron fortaleciendo en el tiempo: desde las tres campanas enviadas para la parroquia de San Florian en Cracovia, confiscadas por las autoridades pero luego entregadas, a la beatificación de Maximiliano Kolbe durante el II Sinodo de Obispos en Roma.

Karol Wojtyla fue nombrado Arzobispo y creado cardenal por Pablo VI. Además durante las arduas negociaciones con el régimen para construir una iglesia en Nowa Huta recibió de Pablo VI un regalo especialmente simbólico: la piedra basal que formaría parte de la Iglesia Arka Pana en Nowa Huta. Karol Wojtyla iba ganando cierta admiración por parte del Santo Padre Pablo VI y su activa y entusiasta participación en el Concilio Vaticano II habría intensificado esa relación. En 1976 el Santo Padre Pablo VI llamó al Cardenal Wojtyla al Vaticano para que predique los ejercicios espirituales de Cuaresma para el Pontífice y la Curia. El tema elegido por Wojtyla fué : "Signos de contradicción", reflexiones que más tarde serían publicadas en varias lenguas.

El 29 de mayo de 1970 Wojtyla y otros sacerdotes polacos participan en Roma de las celebraciones por el 50º aniversario de sacerdocio de Pablo VI y al dia siguiente de la Santa Misa y la audiencia especial. El 30 de mayo de 1970 el Santo Pare Pablo VI dirige un  discurso a los sacerdotes de Polonia por la XXV liberacion de los campos de concetración.

De Pablo VI llamado a veces el “papa olvidado”  Juan Pablo II dijo:  "El Señor había dado a Pablo VI dotes incomparables, que él hizo fructificar estupendamente, con una delicadísima modestia: el corazón lleno de comprensión y longanimidad; la inteligencia aguda, lúcida, sintética; la mirada viva y penetrante; la voluntad diamantina sin compromisos; la fuerza y la belleza de la expresión hablada y escrita; los monumentos de sus encíclicas y de sus discursos; el ardor de sus viajes que él inició, el primero en este siglo a escala internacional, en el ansia que le urgía en su interior de proclamar la verdad, de anunciar a Cristo, de hacer amar a María, Madre de la Iglesia, de hacer conocer la misma Iglesia. Su inteligencia y cultura le dieron un sentido agudo de la grandeza y de la miseria del hombre en una situación contradictoria como aquella de nuestra generación: pero su fe y caridad le inspiraron aquella «civilización del amor» sin la cual, hoy como nunca, la humanidad difícilmente podrá encontrar la solución a los problemas que la turban profundamente. Comprendió al hombre porque lo miró con los ojos de Cristo. Ayudó al hombre, porque lo amó con el amor de Cristo. Sirvió al hombre, porque le indicó la verdad de Cristo en toda su plenitud"

 

Invito leer:  

San Pablo VI y esa invitación, siempre vigente, a ser “cultoresdel hombre” – Amedeo Lomonaco – Vatican News

martes, 9 de septiembre de 2025

“Subtilĭtas” en la sucesión de los Papas - De Pablo VI a Juan Pablo I /Juan Pablo II


Como son elegidos los Papas?  El Papa “en ejercicio” intenta preparar a quien elegiría como  posible sucesor?   Previo Conclave algunos candidatos han respondido que es obra del Espíritu Santo. Se dice también que quien entra como Papa sale cardenal. Y esto ha ocurrido en este último Conclave.  El Cardenal Robert Prevost era el menos mencionado ante tantas apuestas firmes.

En 1997 Joseph Ratzinger entrevistado por la televisión bávara sobre la responsabilidad del Espíritu Santo en la elección del Papa, decía: “Yo diría que el Espíritu no toma exactamente el control del asunto, sino que más bien, como buen educador, por así decirlo, nos deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos por completo. Por lo tanto, el papel del Espíritu Santo debe entenderse en un sentido mucho mas elástico, no que el dicte el candidato por el que uno debe votar. Probablemente la única garantía que el ofrece es que la cosa no quede totalmente arruinada.” (Georg Gänswein, en “Nada más que la verdad” p 67)

Hay quienes afirman que cuando un pontífice enferma comienzan los debates internos del Vaticano en torno a su sucesión y se comienza a vivir un tiempo pre Conclave. Las sorpresas en estos tiempos fueron Juan Pablo I, muerto súbitamente y la inesperada renuncia de Benedicto XVI.

A la muerte de Juan Pablo I,  el Cardenal Karol Wojtyla se preguntaba “No sabemos que significa esta muerte para la cátedra de Pedro” y  “no hablaba nunca ni siquiera en privado de la sucesión del Papa  Luciani” (Dziwisz).  Cuando su chofer Mucha, durante el desayuno  fue a darle la noticia de la muerte del Papa Juan Pablo I comento que,  al retirarse,  escucho un ruido extraño,  como si se le hubiera caído algo al cardenal  Karol Wojtyla, y más tarde cuando el cardenal partia para Roma, al saludo de Mucha “hasta pronto señor cardenal”,  Karol Wojtyla le respondió  “nunca se sabe”.

Al dejar Cracovia para asistir al  Conclave las autoridades comunistas le quitaron el pasaporte diplomático…. para verlo volver al año siguiente vestido de blanco…

Enseptiembre 2003 Gianni Cardinale de 30 giorni (que ha dejado de publicarse) le preguntaba al cardenal Joseph Ratzinger.  de quien decía era “sin duda el más conocido de los 21 purpurados del Sagrado Colegio que participaron en los dos cónclaves de 1978”,   acerca del 2do conclave y el cardenal respondía….. Pero que la Providencia hubiera dicho que no a nuestra elección fue de verdad un duro golpe. Aunque la elección de Luciani no fue un error. Esos 33 días de pontificado han tenido una función en la historia de la Iglesia. Cual? Le preguntaba Cardinale y Ratzinger respondia: : No fue sólo el testimonio de bondad y de una fe gozosa. Esa muerte imprevista abrió también las puertas a una opción inesperada. La de un Papa no italiano”.


De alguna manera es un escalofriante misterio pensar que el Papa Juan Pablo I fue elegido el día que Polonia celebra a su santa Patrona,  Nuestra Señora de Jasna Gora,  y  su papado duro  tan solo 33 dias (33!) para ser sucedido por un hijo de Polonia!

Recordamos también las misteriosas palabras de Wanda Półtawska en  Diario de  una amistad, La familia Połtawski y Karol Wojtyła,  “La noticia de la muerte de Juan Pablo I fue una sorpresa para todos, y él me dijo: «Pensaba que tendría más tiempo».

Ensu primera aparición el 16 de octubre de 1978 y su primer saludo breve,  Juan Pablo II,  el  “llamado de un país lejano...”,  recordaba a su antecesor Juan Pablo I,   reconociendo haber  “sentido miedo al recibir esta designación, pero lo he hecho con espíritu de obediencia a Nuestro Señor Jesucristo y con confianza plena en su Madre María Santísima.”. Al dia siguiente en un mensajeradiofónico,  ya mas explicito y extenso “en el que se mezclan indisolublemente los recuerdos y los afectos, la nostalgia y la esperanza” y ante “la inmensa carga y función que se nos ha confiado” recordaba a su antecesor el Papa Juan Pablo I y como fiel discípulo del Concilio Vaticano II, reivindicaba el magisterio pastoral y citaba varios de los documentos,  que siempre tuvo presente en su patria y en su pontificado.


En la homilía del inicio de pontificado, dirigia su saludo al mundo, a Roma y a Polonia  “este Obispo que no es romano. Un Obispo que es hijo de Polonia, pero desde este momento, también él se hace romano. Si, ¡romano! También porque es hijo de una nación cuya historia, desde sus primeros albores, y cuyas milenarias tradiciones están marcadas por un vínculo vivo, fuerte, jamás interrumpido, sentido y siempre vivido, con la Sede de Pedro; una nación que ha permanecido siempre fiel a esta Sede de Roma. ¡Oh, el designio de la Divina Providencia es inescrutable!” 

Y recordamos sus inolvidables palabras, que fueron “el motor de su vida y la línea maestra de su pontificado” (Dziwisz) No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!...¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!,“«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Estas palabras fueron pronunciadas por Simón, hijo de Jonás, en la región de Cesarea de Filipo. Las dijo, sí, en la propia lengua, con una convicción profunda, vivida, sentida; pero no tenían dentro de él su fuente, su manantial: «...porque no es la carne, ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Eran palabras de fe. Ellas marcan el comienzo de la misión de Pedro en la historia de la salvación, en la historia del Pueblo de Dios. Desde entonces, desde esa confesión de fe, la historia sagrada de la salvación y del Pueblo de Dios debía adquirir una nueva dimensión: expresarse en la histórica dimensión de la Iglesia. Esta dimensión eclesial de la historia del Pueblo de Dios tiene sus orígenes, nace de hecho, de estas palabras de fe y sigue vinculada al hombre que las pronunció: «Tú eres Pedro —roca, piedra— y sobre ti, como sobre una piedra, edificaré mi Iglesia».  (…)  

”Era su programa de vida, el programa de su corazón, de su piedad y al mismo tiempo el programa del servicio pastoral que, como sucesor de Pedro, estaba iniciando en la Iglesia Universal”. Lo que dijo aquel domingo de octubre formaba parte de su memoria, de su historia, del patrimono religioso y cultural que se había llevado consigo desde su patria hasta la catedra de San Pedro.  (Dziwisz -  Una vida con Karol, Conversación con Gian Franco Svidercoschi ,La esfera de los libros, 2008)

El Papa Pablo VI nunca había viajado a Polonia como pontífice, pero Giovanni Battista Montini había cumplido en Varsovia un breve periodo en la Nunciatura después de haber ingresado muy joven a la Secretaria de Estado Vaticano.  Luego sucedió al Papa Juan XXIII y continúo con el Concilio Vaticano II iniciado por el Papa Juan,  de quien había sido asistente en la preparación del Concilio.  Si bien tuvo intenciones de regresar a Polonia,  cuando ya era Papa,  las autoridades de entonces no se lo permitieron.  Y fue Montini cuando ya Papa Pablo VI quien nombro cardenal a Karol Wojtyla  en 1967, quien iba ganando cierta admiración por parte del Santo Padre debido a su activa y entusiasta participación en el Concilio,  que se habría intensificado en 1976 cuando lo llamo para que predicara los ejercicios espirituales de Cuaresma para el Pontífice y la Curia dándolo a conocer públicamente.



El autor Cándido Pozo comentaba de la participación de Karol Wojtyla en el Concilio “ …  La insistencia en su deuda personal con el Concilio y en su trayectoria de Pastor preocupado por responder a ella, ya como Arzobispo de Cracovia y, por tanto, mucho antes de su elección al Sumo Pontificado, me llamaron poderosamente la atención.

Comprometido de alguna manera con Wojtyla y con Polonia el Papa Pablo VI en octubre de 1971 (como novedad) oficio personalmente el rito de beatificación del mártir polaco de Auschwitz, Maximiliano Maria Kolbe en una Santa Misa concelebrada con el Cardenal Wyszynski y obispos polacos (Karol Wojtyla presente).

En algún momento Juan Pablo II expreso que Pablo VI había comprendido como pocos la situación de la Iglesia en Polonia y en los países del este. 

Al recordar los 25 años de su fallecimiento Juan Pablo II en la Audiencia Generaldel  25 de junio de 2003  expreso:   Al sucederle en la Cátedra de Pedro, me he esforzado por proseguir la acción pastoral que había iniciado, inspirándome en él como en un padre y maestro”…confianza mutua inspiradora.

El Cardenal Stanisław Ryłko en  su conferencia en la  Universidad Católicade San Antonio Murcia, 16 de abril de 2010 Juan Pablo II: el Papa llamado a introducir a la Iglesia al tercer milenio recordaba:

«El periodista y ensayista francés André Frossard describía así el día de la inauguración de su pontificado: «Aquel día de octubre en que apareció por primera vez sobre la escalinata de San Pedro con un enorme crucifijo puesto ante sí, sosteniéndolo con ambas manos como una espada, al resonar en la plaza sus primeras palabras “¡No tengáis miedo!”, en ese mismo momento todos entendieron que algo se había movido en el cielo y que, después del hombre de buena voluntad que había abierto el Concilio (Juan XXIII), después del grande del espíritu que lo había cerrado (Pablo VI), después de un intermedio dulce y fugitivo como un vuelo de paloma (Juan Pablo I), Dios nos enviaba un testigo. Se sabía que venía de Polonia. Yo tenía la impresión más bien de que había dejado las redes a la orilla de algún lago y que, tras las huellas del apóstol Pedro, había llegado directamente de Galilea. Nunca me había sentido tan cercano al Evangelio. Porque, sin duda alguna, aquel “¡No tengáis miedo!” estaba dirigido a un mundo donde el hombre tiene miedo del hombre, miedo de la vida como de la muerte y quizá más de la vida que de la muerte, miedo de las locas energías que tiene presas, miedo de todo, de nada y a veces de su miedo mismo»    

Con maestría y con palabras de una densidad espiritual poco común, Frossard resalta en este pasaje la dimensión más profunda de la personalidad de Karol Wojtyla, gran testigo de la fe en tiempos que se ven inundados de secularización y de modelos de vida sin Dios; en un mundo en que los hombres viven como si Dios no existiese – testigo hasta derramar la propia sangre, en aquel inaudito atentado del 13 de mayo de 1981 en la plaza San Pedro. Gran testigo de esperanza en medio de una humanidad que busca desesperadamente razones para vivir.

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jueves, 4 de septiembre de 2025

Juan Pablo II: Mis conversaciones con Pablo VI

 


“El primero de estos encuentros tuvo lugar durante la primera sesión del Concilio Vaticano, cuando el Santo Padre Pablo VI aun era cardenal….Arzobispo de Milán.  Me dirigí a el por un tema muy especial.  Como vicario capitular de la Arquidiócesis de Cracovia, le llevaba un pedido de la parroquia de San Florián – encargado por su pastor – solicitando el obsequio de campanas para la iglesia.  Serian un símbolo de unidad y lazos entre iglesias.  El Cardenal Montini enseguida comprendió y comenzó a hablar de sus recuerdos de Polonia, donde había vivido como parte del personal de la nunciatura en Varsovia.  El había sido testigo de la devolución de las campanas retiradas durante la primera guerra mundial y luego traídas para su reconocimiento.   Las campanas habían sido donadas por la parroquia de Seregno…

Recuerdo particularmente bien nuestros encuentros previos a mi nombramiento al cardenalato. Era abril de 1967. Nunca olvidare lo que entonces dijo el Papa en conexión a la preparación del documento que un año más tarde aparecería como la encíclica Humanae vitae.  Como yo era miembro de un comité especial no había podido participar en aquella reunión en junio de 1966 y entonces le envié mi opinión al Santo Padre por escrito. El Papa comenzó una discusión sobre el tema de inmediato….  Y comprendí entonces la gravedad de los problemas a los cuales se estaba enfrentando Pablo VI como maestro y pastor de la iglesia. Nuestras reuniones trataban de temas variados.   La mayoría eran reuniones privadas en las cuales me encontraba a solas con el Santo Padre. Pero también hubo reuniones grupales. 

He participado varias veces de las reuniones que Pablo VI mantenía con el Consejo para los Laicos en las cuales participe como asesor del Consejo, también en las audiencias con la Secretaria General del Sínodo de Obispos. Y finalmente reuniones grupales con los obispos polacos.  Recuerdo con particular emoción la reunión mantenida en noviembre de 1973, cuando junto con el Cardenal Primado y nuevo Arzobispo metropolitano  de Wroclaw, y los obispos residentes de Opole, Gozow, Szcezin, Koszalin, Gdansk y Warmia,  agradecimos por la institución definitiva de una jerarquía regular de la Iglesia polaca para los territorios del oeste y el norte.  

Durante su pontificado de quince años, mantuvimos  tres visitas ad limina, 1967/68, 1972, y 1977. Siempre admire como se preparaba el Santo Padre para sus audiencias. Era emocionante escucharle hablar de temas eclesiales – a veces también acerca de la Iglesia en Italia y en Roma, cuando lo que decía correspondía a sus reflexiones personales. … Quienes participaban en estas conversaciones se sentían particularmente agradecidos por poder ser parte de este sollicitudo ómnium Ecclesiarum paulista…..Era una persona muy cálida – muchas veces extendía sus reuniones más allá del horario programado,  aun cuando se le notificaba que el tiempo había terminado…. Nunca rechazo recibir a los sacerdotes acompañantes, aunque traté de no aprovecharme de esta disposición. 


Naturalmente, recuerdo muy vivamente aquella reunión excepcional con Pablo VI a la cual me invitara durante la Cuaresma de 1976. Fue un retiro…. Me agradeció el ultimo día recibiéndome en audiencia privada….. Podríamos hablar mucho acerca de los tantos obsequios recibidos de él, en las varias reuniones.  Mencionare tan solo uno,  una particularmente importante: fue durante el Concilio Vaticano. El Santo Padre estaba muy interesado en el tema de la iglesia de Nowa Huta. Recuerdo cuando le hablaba sobre como los parroquianos asistieron a la Santa Misa…. escuchándome me interrumpió y me pregunto en polaco: “mroz”? (frío) si dijo,  recuerdo esta palabra de cuando conocía mejor vuestra lengua. El final de estas conversaciones fue que Pablo VI bendijo personalmente la piedra angular de la iglesia de Nowa Huta…. La última vez que vi a Pablo VI fue el 19 de mayo de 1978. Fue en una audiencia con el Consejo de al Secretaria General del Sínodo de Obispos…y aquella fue la ultima reunión.  El 11 de agosto el obispo Andrzej Deskur me llevo directamente del aeropuerto a la Basílica. Alli me arrodillé, rece y mire ese rostro que había visto tantas veces en mis conversaciones. Aquellos ojos tan vividos ahora estaban cerrados… Ahora ya no puedo  hablar con el. Está en otra dimensión.  Ahora el mira a otro Rostro. “  

(Fuente:  Adam Boniecki: Kalendarium of the Life of Karol Wojtyla, Marians of the Immaculte Conception, 2000)


 

Pablo VI – perfil biográfico (1897-1978)l

 


Segundogénito de Giorgio y de Giuditta Alghisi, Giovanni Battista Montini nació en Concesio, Brescia (Italia), el 26 de septiembre de 1897. De familia católica muy comprometida en el ámbito político y social, frecuentó la escuela primaria y secundaria en el colegio Cesare Arici de Brescia dirigido por los jesuitas, y la concluyó en el instituto estatal de la ciudad en 1916.

En otoño de ese año ingresó en el seminario de Brescia y cuatro años más tarde, el 29 de mayo de 1920, recibió la ordenación sacerdotal. Después del verano se trasladó a Roma, donde estudió filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana y letras en la universidad estatal, obteniendo luego el doctorado en derecho canónico y en derecho civil. Mientras tanto, tras un encuentro con el sustituto de la Secretaría de Estado Giuseppe Pizzardo en octubre de 1921, fue destinado al servicio diplomático y por algunos meses de 1923 trabajó en la nunciatura apostólica de Varsovia.

Comenzó a prestar servicio en la secretaría de Estado el 24 de octubre de 1924. En ese período acompañó a los estudiantes universitarios católicos reunidos en la fuci, de la que fue consiliario eclesiástico nacional de 1925 a 1933. Mientras tanto, a comienzos de 1930, fue nombrado secretario de Estado el cardenal Eugenio Pacelli, del que llegó a ser progresivamente uno de sus más estrechos colaboradores, hasta que en 1937 fue promovido a sustituto de la Secretaría de Estado. Función que mantuvo también cuando a Pacelli —que fue elegido Papa en 1939 tomando el nombre de Pío XII— le sucedió el cardenal Luigi Maglione. Ocho años más tarde, en 1952, fue nombrado prosecretario de Estado para los asuntos ordinarios.



Fue él quien preparó el borrador del extremo aunque inútil llamamiento de paz que el Papa Pacelli lanzó por radio el 24 de agosto de 1939, en vísperas del conflicto mundial: «Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra».

El 1 de noviembre de 1954 recibió inesperadamente el nombramiento como arzobispo de Milán, donde inició su ministerio el 6 de enero de 1955. Como guía de la Iglesia ambrosiana se comprometió plenamente a nivel pastoral, dedicando una especial atención a los problemas del mundo del trabajo, de la inmigración y de las periferias, donde promovió la construcción de más de cien nuevas iglesias.

Fue el primer cardenal que recibió la púrpura cardenalicia de manos de Juan XXIII, el 15 de diciembre de 1958. Participó en el Concilio Vaticano II, donde sostuvo abiertamente la línea reformadora. Tras fallecer Roncalli, el 21 de junio de 1963, fue elegido Papa y tomó el nombre de Pablo, con una referencia clara al apóstol evangelizador.

En los primeros actos del pontificado quiso destacar la continuidad con el predecesor, en particular con la decisión de retomar el Vaticano II, que volvió a abrirse el 29 de septiembre de 1963. Condujo los trabajos conciliares con atenta mediación, favoreciendo y moderando la mayoría reformadora, hasta su conclusión que tuvo lugar el 8 de diciembre de 1965 y precedida por la mutua anulación de las excomuniones surgidas en 1054 entre Roma y Constantinopla.

Se remonta también al período del Concilio los primeros tres de los nueve viajes que durante su pontificado le llevaron a los cinco continentes (diez fueron, en cambio, sus visitas en Italia): en 1964 visitó Tierra Santa y luego India, y en 1965 Nueva York, donde pronunció un histórico discurso ante la asamblea general de las Naciones Unidas. Ese mismo año inició una profunda modificación de las estructuras del gobierno central de la Iglesia, creando nuevos organismos para el diálogo con los no cristianos y los no creyentes, instituyendo el Sínodo de los obispos —que durante su pontificado tuvo cuatro asambleas ordinarias y una extraordinaria entre 1967 y 1977— y reformando el Santo Oficio.

Su voluntad de diálogo en el seno de la Iglesia, con las diversas confesiones y religiones y con el mundo estuvo en el centro de la primera encíclica Ecclesiam suam de 1964, seguida por otras seis: entre estas hay que recordar la Populorum progressio de 1967 sobre el desarrollo de los pueblos y la Humanae vitae de 1968, dedicada a la cuestión de los métodos para el control de la natalidad, que suscitó numerosas polémicas incluso en ambientes católicos. Otros documentos significativos del pontificado son la carta apostólica Octogesima adveniens de 1971 para el pluralismo del compromiso político y social de los católicos, y la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de 1975 sobre la evangelización del mundo contemporáneo.

Comprometido en la no fácil tarea de aplicar las indicaciones del Concilio, aceleró el diálogo ecuménico a través de encuentros e iniciativas importantes. El impulso renovador en el ámbito del gobierno de la Iglesia se tradujo luego en la reforma de la Curia en 1967, de la corte pontificia en 1968 y del Cónclave en 1970 y en 1975. También en la liturgia realizó un paciente trabajo de mediación para favorecer la renovación pedida por el Vaticano II, sin lograr evitar las críticas de los sectores eclesiales más avanzados y la oposición de los conservadores.

Con la creación de 144 purpurados, la mayor parte no italianos, en seis consistorios remodeló notablemente el Colegio cardenalicio y acentuó su carácter de representación universal. Durante el pontificado desarrolló, además, la acción diplomática y la política internacional de la Santa Sede, comprometiéndose en favor de la paz —gracias a la institución también de una especial jornada mundial celebrada desde 1968 el 1 de enero de cada año— y prosiguiendo el diálogo con los países comunistas de Europa central y oriental comenzado por Juan XXIII.

En 1970, con una decisión sin precedentes, declaró doctoras de la Iglesia a dos mujeres, santa Teresa de Ávila y santa Catalina de Siena. Y en 1975 —tras el jubileo extraordinario que tuvo lugar en 1966 para la conclusión del Vaticano II y el Año de la fe celebrado entre 1967 y 1968 con ocasión del XIX centenario del martirio de los santos Pedro y Pablo— convocó y celebró un Año santo.

Murió el 6 agosto de 1978, por la tarde, en la residencia de Castelgandolfo, casi improvisamente. Tras el funeral que se celebró el 12 en la plaza de San Pedro, fue sepultado en la basílica vaticana.

El 11 de mayo de 1993 se inició en la diócesis de Roma la causa de canonización. El Papa Francisco autorizó a la Congregación para las causas de los santos la promulgación del decreto relativo al milagro atribuido a su intercesión.

Pablo VI fue beatificado el 19 de octubre de 2014 por el Papa Francisco..

Fue canonizado por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro el 14 de octubre de 2018.

lunes, 25 de agosto de 2025

Los Papas del Concilio Vaticano II – (5 de 8) Pablo VI – Luis Marin de San Martin, OSA

 


PABLO VI, EL TIMONEL DEL CONCILIO

 (El texto correspondiente al Papa Pablo VI es muy extenso. He tratado de  no saltear ningún punto importante. De todas maneras cualquier duda  sugiero referirseal texto original,  verdadero tesoro que expone y analiza minuciosamente preparativos, desarrollo y resultados (Pre Concilio, desarrollo y Post Concilio) de esta magnifica obra que el Papa Juan Pablo II llamara "la gran gracia de la que se ha beneficiado la Iglesia en el siglo XX” y el Papa Benedicto XVI  “nuevo Pentecostes”.  

El cónclave para decidir la difícil sucesión de Juan XXIII comenzó el 19 de junio de 1963 y concluyó a mediodía del 21 con la elección del cardenal Giovanni Battista Montini como nuevo papa con el nombre de Pablo VI. Aun siendo el candidato más claro, hicieron falta seis votaciones en un cónclave no tan fácil como cabría suponer y en el que la minoría conciliar intentó condicionar los necesarios dos tercios. La gran pregunta era sí el nuevo papa iba a continuar el Vaticano II y desde qué perspectivas. Para responder es preciso analizar la actitud del cardenal Montini respecto al Concilio. Cuando Juan XXIII anunció su decisión el 25 de enero de 1959, Montini fue uno de los primeros en reaccionar. En efecto, un día después publicó un artículo en el periódico milanés L’Italia en el que expresaba de forma inequívoca su pensamiento: «El anuncio dado por Su Santidad Juan XXIII, el papa felizmente reinante, sobre la próxima convocatoria de un Concilio ecuménico resuena con ecos tan elevados y potentes en la Iglesia de Dios, en las comunidades cristianas separadas, en el mundo entero, que no necesita de nuestra voz para que todos, sacerdotes y fieles, hombres de pensamiento y de acción, lo acojamos con atención y emoción. Se trata de un acontecimiento histórico muy grande [...]. La Iglesia, ciudad sobre el monte, se colocará en la cumbre de los pensamientos y acontecimientos humanos, y, una vez más, aparecerá con su espléndida y misteriosa luz, como mensajera de las palabras divinas y orientadora de los destinos humanos»49. Aquí tenemos ya dos rasgos de importancia crucial: el apoyo entusiasta al Concilio y la idea de la Iglesia como eje central del mismo. En cuaresma de 1962 publicó una carta pastoral titulada Pensemos en el Concilio, en la que iba precisando su pensamiento en la necesidad de aprovechar la posibilidad que se abría y de orientar el Concilio hacia la renovación y revitalización eclesial y que influirá de forma clara en el discurso inaugural del Concilio, pronunciado por Juan XXIII el 11 de octubre. Montini consideraba urgente profundizar en el misterio de la Iglesia, como manifestación de la auténtica catolicidad y avance en el desarrollo de la colegialidad. También fueron muy importantes cuatro conferencias pronunciadas por el cardenal de Milán en este tiempo previo a la inauguración del Vaticano II: Los Concilios ecuménicos en la vida de Iglesia, en agosto de 1960 a los alumnos de la Universidad Católica de Milán; El Concilio ecuménico en el cuadro histórico internacional, el 27 de abril de 1962 en el Instituto de Política Internacional; Los Concilios en la vida de la Iglesia, también en la Universidad Católica de Milán en 1962; Roma y el Concilio, el 10 de octubre de 1962, víspera de la inauguración del Vaticano II, en el Campidoglio de Roma.

(…)

Juan XXIII designó a Montini miembro de dos Comisiones preparatorias: la Central y la Técnico-Administrativa53, desarrollando en ella un trabajo concienzudo y discreto, sin liderar ningún grupo, pero siempre activo desde una actitud renovadora. Cabe señalar que, por expreso deseo de Juan XXIII, durante el Concilio residió dentro del recinto Vaticano. Durante la primera sesión conciliar Montini sólo intervino dos veces. La primera fue el 22 de octubre de 1962 a propósito de la discusión del esquema sobre la Liturgia y en ella resaltó que el hecho de que la gente mostrara tanto aprecio por el esquema era debido a que la liturgia era para el pueblo y no al revés, por eso la renovación conseguiría una mayor eficacia pastoral. La segunda, de más calado, fue el 5 de diciembre a propósito del esquema sobre la Iglesia.

(…)

 

El proyecto Montini Sin embargo, la aportación más destacada de Montini tuvo lugar el 18 de octubre de 1962, con el Vaticano II ya inaugurado, cuando escribió una carta al secretario de Estado, cardenal Amleto Giovanni Cicognani, para pedir una estructura más precisa y coherente en el desarrollo de los trabajos conciliares, un tanto desbordados, insistiendo, en la línea del cardenal Suenens, en que el Concilio debía centrarse en el tema de la Iglesia. (ver texto original donde se detallan los puntos completos bajo el titulo El proyecto Montini) file:///C:/Users/SP/Downloads/Dialnet-ConcilioVaticanoII-652294.pdf

 

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No cabe duda de que Giovanni Battista Montini tenía una idea clara y precisa sobre lo que debía ser el Concilio, tanto respecto al hilo conductor (la Iglesia) como respecto al modo de proceder en su estudio y desarrollo.

 

Reanudar el Concilio. Al día siguiente de su elección, Pablo VI disipó todas las dudas respecto a la continuidad del Concilio: «La prosecución del Concilio Vaticano II, al cual vuelven sus ojos todos los hombres de buena voluntad, reclama, y con razón, las primicias de nuestro pontificado, Esta será nuestra tarea más importante y en la cual estamos prontos a consumir todas nuestras fuerzas». En efecto, el papa fijó la fecha del 29 de septiembre de 1963 para el inicio de la segunda sesión y tomó varias disposiciones, que mejoraran el aspecto organizativo y que fueron anunciadas el 13 de septiembre.

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 ¿Qué podemos decir sobre esta segunda etapa? Principalmente que el Concilio encontró una clara orientación, manifestada ya en el discurso inaugural pronunciado por el papa Pablo VI, en el que fijó cuatro objetivos para el Concilio: perfilar la teología de la Iglesia; renovación interna; promoción de la unidad de los cristianos; diálogo con el mundo contemporáneo. El papa mantuvo una postura no tanto de neutralidad cuanto de enorme respeto, dejando total libertad en las discusiones y sin imponer su presencia en el aula, a pesar de ser, como papa, presidente del Concilio. Sus intervenciones en esta segunda etapa las encontramos en los retoques al Reglamento y en los encargos enviados a las Comisiones, además de las audiencias, viajes y gestos, que deben leerse desde la perspectiva conciliar. Durante esta etapa el Concilio alcanzó su edad adulta y, al finalizar, estaba en curso un debate de gran altura teológica a propósito del esquema sobre la Iglesia y más en concreto sobre el tema de la colegialidad, que comentaremos más adelante y que ocasionó una significativa intervención del papa.

 

(…) Gestos y signos . Hacia la renovación de la Curia A Montini se le había considerado siempre dentro de la línea reformista y abierta, ligado a los episcopados centroeuropeos y con gran influencia francesa en su formación, de ahí los recelos que su elección ocasionaba en ciertos ambientes de la Curia, que habían logrado de Pío XII su alejamiento a Milán en 1954. Verle retornar como papa ocasionaba algunas desconfianzas (…)  Desde los primeros momentos como papa, Pablo VI intentó ser «puente»; él mejor que nadie podía lograr atraer a la Curia Romana y a la minoría conciliar a implicarse en el Vaticano II de modo que nadie se sintiera excluido.

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Pablo VI procurará ser el timonel de este aggiornamento, que él entendía desde la vinculación con Cristo.

 

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 El papa que besó la tierra.  Los viajes al extranjero fueron un gesto de excepcional importancia encuadrados en la vivencia conciliar. En el discurso de clausura de la segunda sesión, pronunciado el 4 de diciembre de 1963, Pablo VI anunció su intención de viajar a Tierra Santa: «Después de madura reflexión y de largas oraciones, hemos determinado dirigirnos  en peregrinación a la patria de Nuestro Señor Jesucristo».

 


(…) El viaje a Tierra Santa del 4 al 6 de enero de 1964 tuvo un marcado contenido ecuménico, al encontrarse en Jerusalén con el patriarca de Constantinopla, Atenágoras I y debemos inscribirlo dentro de la apertura de la Iglesia hacia los cristianos no católicos y hacia las otras grandes religiones que marcará el Concilio.

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La nueva sensibilidad ecuménica traerá consigo un gesto de gran significado: el levantamiento simultáneo de los anatemas y excomuniones entre Roma y Costantinopla el 7 de diciembre de 1965, poco antes de concluir el Concilio Vaticano II.

Si el viaje a Tierra Santa supuso en encuentro con los hermanos separados y con las otras dos religiones del Libro (judaísmo e islamismo), el siguiente viaje del papa Montini, que besaba la tierra de cada país al que llegaba , avanzó en el diálogo religioso, en la tarea misionera y en la apertura de la Iglesia a los más desfavorecidos. La ocasión fue el XXXVIII Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Bombay (India). Así, el 2 de diciembre de 1964, concluida ya la tercera sesión conciliar, Pablo VI llegó a la India. Allí estuvo hasta el 5 de diciembre. En conjunto, podemos decir que este viaje quiso ser testimonio de la universalidad de una Iglesia servidora que ha sabido encontrar el lenguaje común del corazón. Así lo comentó después a su regreso

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El tercer viaje conciliar fue a la sede de la ONU, en Nueva York, durante la cuarta sesión del Vaticano II. El papa indicaba así la necesaria apertura al mundo y la apuesta inequívoca de la Iglesia por la paz. Fue una visita rapidísima, ya que Pablo VI salió de Roma el 4 de octubre de 1965 y regresó al día siguiente, pero muy intensa y de un gran significado, en la línea de la constitución Gaudium et spes del Concilio, ya casi a punto de finalizar. Suponía culminar la apertura de Juan XXIII a todos los hombres de buena voluntad y el luminoso contenido de la encíclica Pacem in terris. Al dirigirse a la Asamblea General Pablo VI pronunció un discurso denso y bellísimo, pronunciado en lengua francesa. Declaró que se dirigía a los representantes de las naciones como hombre y como hermano, con sencillez y humildad, llevando el saludo del Concilio reunido en Roma, expresión de una Iglesia servidora y experta en humanidad. E hizo un vehemente llamamiento a la paz: «¡Nunca jamás los unos contra los otros; jamás, nunca jamás!». Y fue aún más lejos: «Si queréis ser hermanos, dejad que caigan de vuestras manos las armas. Es imposible amar con armas ofensivas en la mano».

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 Cuestiones teológicas y doctrinales. Pensar la Iglesia En octubre de 1963, durante la segunda etapa del Concilio, se había comenzado a discutir el esquema sobre la Iglesia, presentado el 30 de septiembre por el cardenal Alfredo Ottaviani. Además, a iniciativa del cardenal Suenens, que había informado al papa, se adjuntaba una propuesta para cambiar el orden de los temas, anteponiendo el capítulo sobre el pueblo de Dios al capítulo sobre la jerarquía. Al no haber acuerdo, acudieron a Pablo VI, pensando cada grupo contar con su apoyo. La respuesta del papa Montini fue significativa: «De hecho, mi opinión privada es la de Ottaviani; pero cuando usted [Suenens] abogó a favor de la inversión, no dije nada, dejando abierta la cuestión a la libre discusión conciliar [...]. En verdad, debo decir que no estoy convencido del cambio deseado». Sin embargo, dejó hacer y la propuesta se aprobó por gran mayoría. Pronto surgieron dos temas principales de discusión: la doctrina del Colegio Episcopal y la reintroducción del diaconado permanente. Respecto al primer asunto se produjo un apasionado debate en el que se quiso involucrar al papa.

 

La crisis de noviembre Un año después, en noviembre de 1964, encontramos otra importantísima intervención del papa Pablo VI, no exenta de profundas consecuencias. En efecto, el 16 de noviembre se inició lo que algunos comentaristas, probablemente de manera un tanto excesiva, han definido como «semana negra». Ese día el secretario del Concilio, monseñor Pericle Felici, presentó a los padres la Nota explicativa previa, añadida al texto definitivo de la constitución sobre la Iglesia. Se trataba de un añadido por orden de Pablo VI («de la autoridad superior», se decía en el texto), que había sido preparado dentro de la Comisión Teológica y según el cual debía explicarse y comprenderse el capítulo III (constitución jerárquica de la Iglesia).

(para detalles ver texto original) file:///C:/Users/SP/Downloads/Dialnet-ConcilioVaticanoII-652294.pdf

 

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La tensión creció con una segunda decisión del papa. El 19 de noviembre el cardenal Tisserant comunicó a los padres que se aplazaba la votación del documento sobre libertad religiosa… El trasfondo era una petición de un 10 % de padres conciliares, en su mayoría italianos y españoles, que habían pedido más tiempo para estudiar el texto. Ni la recogida de firmas, ni la expresa petición a Pablo VI por parte de los cardenales norteamericanos Meyer y Ritter consiguieron que se volviera sobre la decisión adoptada. Tan sólo la concesión de que la libertad religiosa sería el primer tema a tratar el siguiente año. El tercer golpe tuvo lugar el mismo día 19 de noviembre de 1964 cuando el, arzobispo Felici comunicó la introducción, por parte del Secretariado para la Unidad, de 19 modificaciones en el esquema sobre ecumenismo, para una mayor claridad del texto. Pronto se supo que Pablo VI, presionado por varios padres de la minoría conciliar, había enviado la víspera al Secretariado para la Unidad 40 modos de entre los cuales debían seleccionar los que mejor podían armonizarse con el texto del esquema.

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La cuarta decisión del papa fue sobre Mariología. En la sesión de clausura de la tercera etapa conciliar, el 21 de noviembre de 1964, tras promulgar la constitución dogmática Lumen gentium, Pablo VI proclamó a María Madre de la Iglesia: «Para gloria de la Virgen María y consuelo nuestro, declaramos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, de todo el pueblo cristiano, tanto fieles como pastores, que la llaman Madre amantísima, y decretamos que con este dulcísimo nombre, ya desde ahora, todo el pueblo cristiano honre e invoque a la Madre de Dios». Esta decisión no fue entendida por algunos, que acusaron al papa de entorpecer de forma gratuita el incipiente ecumenismo, además de provocar confusión ya que parecía colocar a María por encima de la Iglesia. Esto era lo que había movido a la ComisiónTeológica a evitar que se incluyera este título en el texto definitivo de la Lumen gentium y a explicar otro título polémico como el de Mediadora.

 

La libertad religiosa De signo distinto fue la intervención de Pablo VI respecto al documento sobre la libertad religiosa, reelaborado en profundidad, que se debatió del 15 al 21 de septiembre de 1965. Era un tema especialmente querido para el papa, que se había reunido el 6 de mayo con el arzobispo Felici, secretario del Concilio, y con el teólogo Carlo Colombo para hablar del tema. Pablo VI escribió de su puño y letra un memorandum de cinco páginas en el que sintetizaba su pensamiento sobre la libertad religiosa, sólidamente fundamentado en la Sagrada Escritura.

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La notas escritas Pablo VI expresó también su voluntad por medio de textos escritos. Entre ellos podemos destacar, por su particular importancia, tres cartas escritas durante el último período de sesiones del Concilio. La primera, enviada al cardenal Tisserant y al secretario del Concilio, monseñor Felici, fue leída a los padres el 11 de octubre. En ella el papa expresaba su deseo de que no se debatiera públicamente el tema del celibato sacerdotal, dentro del debate del esquema sobre el ministerio y vida de los presbíteros, ya que era un tema que requería suma prudencia. Personalmente manifestaba su deseo no sólo de mantener el celibato en la Iglesia latina, sino de reforzar su observancia, ya que con esta ley los sacerdotes pueden consagrar todo su amor sólo a Cristo y dedicarse totalmente al servicio de las almas.

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El 18 de octubre el papa envió otra carta a la Comisión a través de la Secretaría de Estado para matizar varios puntos discutidos en el esquema sobre la Divina Revelación.

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El 24 de noviembre de 1965, durante una reunión de la Comisión mixta encargada de trabajar en el esquema sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, el P. Sebastian Tromp leyó una carta enviada por el secretario de Estado, cardenal Amleto Giovanni Cicognani, sobre algunos asuntos relacionados con el matrimonio y la familia. Comunicaba el deseo del papa de que se citara explícitamente la Casti connubii de Pío XI y se rechazaran claramente los anticonceptivos, pues los silencios y las dudas sobre el tema podían confundir a la opinión pública. La carta incluía también cuatro modos o enmiendas.

Los auditores laicos escribieron otra carta a Pablo VI manifestando su temor de los efectos que tendría en los fieles una mera reafirmación de la encíclica del papa Ratti. La carta la entregó el cardenal Maurice Roy al sustituto de la Secretaría de Estado, monseñor Angelo Dell’Acqua98. El papa respondió por escrito que no había sido su intención imponer una fórmula definitiva ni tampoco zanjar el tema de la regulación de la natalidad, que estaba estudiando una Comisión nombrada por el propio Pablo VI. Al final se introdujeron las modificaciones indicadas por el papa, pero con fórmulas mucho más suaves y, en algún caso, de compromiso.

 

Hacia el final del Concilio  El papa del consenso Pablo VI había ido evolucionando desde la no intervención durante el segundo período de sesiones hasta la frecuente expresión de indicaciones y sugerencias en el cuarto período, pasando por las claras tomas de postura habidas durante el tercero. Muchos se sorprendieron porque, con muchas de estas decisiones, el papa pareció separarse de la mayoría renovadora y, sobre todo, por el hecho de que algunas, como las de noviembre de 1964, fueran impuestas desde arriba sin la participación del Concilio.

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¿Cuál era el Montini verdadero? Son conocidas las presiones que Pablo VI padecía por parte de los distintos grupos conciliares, que intentaban atraerlo a sus filas o, al menos, utilizarlo para respaldar su particular modo de concebir el Concilio y la Iglesia. Como se ha escrito con acierto, Giovanni Battista Montini, «si era un renovador de inteligencia, era también un equilibrado de estilo». Y, podemos añadir, también de carácter. En los difíciles forcejeos conciliares, muchos se sintieron decepcionados con el papa porque no respondía sus previsiones, porque no se adaptaba al Pablo VI que habían imaginado, en perfecta correspondencia con sus propios intereses, sin dejarse convertir en un mero instrumente de facciones.

(…)  Advertía el peligro de que la mayoría conciliar monopolizara el Vaticano II y que sectores significativos de la Iglesia se sintieran excluidos. Por eso procuró integrar y buscar.

(…) De aquí arrancó su imagen de hombre fluctuante, que no contentaba a nadie, sin una línea definida: un hombre de carácter vacilante, perplejo, indeciso Fue el gran drama de Pablo VI, que le acompañó durante todo su pontificado y del que él fue siempre muy consciente.

 

El principio de muchas cosas El 8 de diciembre de 1965 se clausuró solemnemente el Concilio Vaticano II. El papa pronunció una breve homilía, ya que el verdadero discurso de clausura lo había tenido el día anterior en la basílica Vaticana durante la última sesión pública. Comenzaba su reflexión desde una perspectiva netamente religiosa: «¿Podemos decir que hemos alabado a Dios, que hemos buscado su conocimiento y su amor, que hemos avanzado en el esfuerzo de su contemplación, en el ansia de su celebración y en el arte de anunciarlo a los hombres que nos miran como pastores y maestros de los caminos de Dios? Nos creemos sinceramente que así es». Pasaba luego a exponer el tema conductor del Concilio, que había sido «la consideración sobre la Iglesia, su naturaleza, su estructura, su misión ecuménica, su obra apostólica y misionera». Volverse sobre sí misma ha permitido a la Iglesia comprender mejor la palabra de Cristo y avanzar en la vivencia de la fe y del amor para comunicarla a todos los rincones de la tierra. Por eso, en el Concilio, la Iglesia ha sentido la necesidad «de conocer la sociedad que le rodea, de acercarse a ella, de comprenderla, de penetrar en ella, servirla y transmitirle el mensaje del Evangelio y de aproximarse a ella siguiéndola en su rápido y continuo cambio». Esta atención del Concilio y su juicio sobre el hombre ha sido fundamentalmente optimista, rechazando los errores desde el respeto y el amor a la persona y procurando siempre su prosperidad. Por eso la Iglesia, servidora de la humanidad, no ha querido definir dogmas, sino proponer su autorizado magisterio con amor pastoral. Concluía el papa haciéndose una pregunta y expresando un deseo y una convicción: «¿No nos enseña finalmente el Concilio a amar al hombre de un modo simple, nuevo, solemne, para amar a Dios? Amar al hombre no como instrumento, sino como fin primero para llegar al fin supremo que trasciende las cosas humanas.

(…)Comenzaba el tiempo del posconcilio, fecundo, agitado, rico, lleno de contrastes y tensiones. El viento del cambio y de la renovación sacudió la Iglesia, que se sintió viva y joven, pero también provocó excesos y falsas interpretaciones. El papa Montini vivió esos años con sufrimiento, buscando la reforma, sí, pero desde la tradición; sin rupturas, evitando heridas, tendiendo puentes de participación

(…)Viajó por el mundo, inaugurando un modo de apostolado itinerante seguido y desarrollado por sus sucesores. Hombre de finísima sensibilidad, el papa Montini no siempre fue escuchado ni comprendido, aunque él procuró servir siempre, amar siempre. Hasta el final. Pablo VI, el timonel del Concilio, murió en Castelgandolfo a las 21,40 del domingo 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración.

 Eneste enlace puede leerse el texto completo de

Concilio Vaticano II 40 años después  - Centro Teologico San Agustin