Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 4 de junio de 2026

La última procesión del Corpus Christi de Juan Pablo II

 


El 10 de junio de 2004, durante la última procesión del Corpus Christi que presidió, el Papa Juan Pablo II rogaba, una y otra vez, poder arrodillarse ante el Santísimo, ante a la negativa de sus acompañantes, que temían un accidente del anciano Pontífice. Al final lo consiguió, con grandes dificultades físicas y mucha ayuda. Así lo contó su ceremoniero pontificio, monseñor Konrad Krajewski, en la edición especial de L’Osservatore Romano con motivo de la beatificación.

Cuando era mi turno de asistirlo durante las celebraciones, quedaba siempre conmovido por lo que ocurría en la sacristía, antes y después de la celebración. Cuando el Papa venía, se ponía de rodillas o, en los últimos años del pontificado, permanecía en su silla y rezaba en silencio. Parecía que el Pontífice no estuviera presente entre nosotros. En un momento dado, alzaba la mano derecha, y nosotros nos acercábamos para comenzar a revestirlo en absoluto silencio. Estoy convencido de que Juan Pablo II, antes de dirigirse a la gente, pedía a Dios poder ser su imagen viva delante de los hombres. Lo mismo ocurría después de la celebración: en cuanto se quitaba los ornamentos sagrados, se arrodillaba en la sacristía y oraba.

¡Aquí está Jesús! Por favor…

 

Durante la última celebración del Corpus Christi, presidida por el Papa, ya no podía caminar. El maestro de celebraciones y yo lo habíamos alzado con la silla sobre la plataforma del coche, expresamente preparada para la procesión: delante del Papa, sobre el reclinatorio, estaba puesto el ostensorio con el Santísimo Sacramento. Durante la procesión, el Pontífice se dirigió a mí en polaco, pidiendo poder arrodillarse. Me quedé desconcertado, porque físicamente el Papa no estaba en condiciones de hacerlo. Con gran delicadeza, le sugerí la imposibilidad de arrodillarse, dado que el coche oscilaba durante el trayecto, y habría sido muy peligroso. El Papa respondió con su famoso dulce murmullo. Transcurrido un poco de tiempo, repitió de nuevo: ¡Quiero arrodillarme!,y yo, con gran dificultad al tener que repetir el rechazo, sugerí que sería más prudente intentar hacerlo en las cercanías de Santa María la Mayor; de nuevo escuché el murmullo. Sin embargo, después de unos instantes, al llegar a la Curia de los padres redentoristas, exclamó con determinación, casi gritando, en polaco: ¡Aquí está Jesús! Por favor… El maestro de celebraciones fue testigo de aquellos momentos. Nuestras miradas se encontraron, y, sin decir nada, comenzamos a ayudarlo a arrodillarse. Lo hicimos con gran dificultad, y prácticamente sujetándolo nosotros sobre el reclinatorio. El Papa se aferraba al borde del reclinatorio y trataba de sostenerse; pero las rodillas no lo soportaban, y tuvimos que volver a colocarlo en la silla, entre dificultades que no eran sólo físicas, sino que se debían también al obstáculo de los ornamentos litúrgicos.

Asistimos a una gran demostración de fe: aunque el cuerpo ya no respondía a la llamada interior, la voluntad permanecía firme y fuerte. El Pontífice había demostrado, no obstante su gran sufrimiento, la fuerza interior de la fe, que quería manifestarse a través del gesto de ponerse de rodillas. No contaban para nada nuestras sugerencias de no llevar a cabo aquel gesto. El Papa siempre sostuvo que, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento, hay que ser muy humilde y expresar esta humildad a través del gesto físico.

 Desde que Juan Pablo II regresó a la Casa del Padre, he sugerido a distintas personas que vayan a la tumba del Beato a rezar. Porque él se superaba a sí mismo. Superaba su propio cuerpo, sus propios sufrimientos. Mediante mi sencillo servicio al Romano Pontífice, también yo me he vuelto mejor, como hombre y como sacerdote.

Konrad Krajewski

lunes, 2 de enero de 2023

Konrad Krajewski: La vida de Juan Pablo II estaba entretejida de oración

 


Estar con Juan Pablo II quería decir vivir en el Evangelio, estar dentro del Evangelio.

En los últimos años de mi servicio a su lado me di cuenta de que la belleza siempre va unida al sufrimiento. No se puede tocar a Jesus sin tocar la cruz: el Pontífice estaba tan probado, se puede decir martirizado por el sufrimiento, pero así era sumamente bello, en cuanto que con alegría ofrecía todo lo que recibió de Dios y con alegría devolvía a Dios todo lo que de él había recibido. De hecho, la santidad – como decía la madre Teresa de Calcuta – no significa solo que nosotros ofrecemos todo a Dios, sino también que Dios toma de nosotros todo lo que nos ha dado.

Juan Pablo II no se avergonzaba del Evangelio. Vivía según el Evangelio. Resolvía según el Evangelio todos los problemas del mundo y de la Iglesia. Según el Evangelio construyo toda su vida interior y exterior.

El misterio de Juan Pablo II, es decir, su belleza, se expresa muy bien a través de la oración del Papa Clemente XI que se encontraba en los antiguos breviarios: «Quiero todo lo que quieres tu, lo quiero porque lo quieres tu, lo quiero como y cuando lo quieres tu» Quien pronuncia estas palabras con el corazón llega a ser como Jesus que, humilde, se esconde en la hostia y se ofrece para ser consumido. Quien hace suyas estas palabras comienza a vivir con espíritu de adoración al Santísimo Sacramento.

Trece días después de su elección, el Papa se dirigió, con algunos de sus colaboradores, a la Mentorella,  cerca de Roma, donde se encuentra el santuario de la Madre de las Gracias. Pregunto a sus compañeros de viaje: «¿Qué es mas importante para el Papa en su vida, en su trabajo?» Le sugirieron: «Quizás la unidad de los cristianos, la paz en Oriente Medio, la destrucción del telón de acero…»  Pero el respondió: «Para el Papa lo más importante es la oración»

En mi país existe este proverbio:« El rey está desnudo ante los ojos de sus servidores.» Cuanto más íbamos conociendo a Juan Pablo II, tanto más convencidos estábamos de su santidad, lo veíamos en todo momento de su vida. El no ocultaba a Dios.

Si quisiera indicar lo que es mas importante para la vida sacerdotal y para cada uno de nosotros, mirándolo a el podría decir no ocultar a Dios en la propia vida, sino, al contrario, mostrarlo y ser signo visible de su presencia. A Dios nadie lo ha visto jamás, pero Juan Pablo II lo hizo visible a traes de su vida.

Cuando oraba yo tenía la impresión de que se arrojaba a los pies de Jesus. Cuando oraba, en su rostro era visible su abandono total en Dios. La vida de Juan Pablo II estaba entretejida de oración. Siempre tenía entre sus dedos el rosario, con el que se dirigía a Maria confirmando su Totus tuus.

 

( parcial del  artículo publicado en L Osservatore Romano 1 de mayo 2011)