Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 5 de junio de 2026

Corpus Christi y la primera visita del Papa Juan Pablo II a la Argentina

 


En la Argentina celebramos la Fiesta de Corpus Christi el próximo domingo 7 de junio. 

Desde aquí acompañamos a España y a todo el pueblo español a la espera de la visita del Papa Leon XIV.  En 1982, Juan Pablo II fue el primer papa que vino a España y luego repitió visita en 1984, 1989, 1993 y 2003. Benedicto XVI estuvo en 2006, 2010 y 2011… Ahora, cuando llega León XIV, surge una gran pregunta: ¿qué queda del país que se encontraron Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger respecto al que ahora abrazará Robert Prevost? Se pregunta Miguel Ángel Malavia y agrega. Entonces, “la Iglesia aún era una referencia relevante para amplios sectores de la población, aunque ya comenzaba una secularización que marcaría las décadas siguientes” Invito leer el articulo. 

Aquí nosotros recordamos aquel 10 de Junio de 1982 cuando vivíamos en vísperas de una visita algo inesperada, pero no por eso menos ansiada,  después de la carta que Juan Pablo II dirigió el25 de mayo a los fieles de la Argentina. 

Estuvo con nosotros tan solo dos días el11 y el 12 de junio de 1982, que recordamos con cariño y devoción y su homilía allí frente al monumento a los españoles - en un acto difícilmente repetible en la Argentina, pues fueron momentos únicos de emociones fuertes, honda preocupación y entusiasmo a la vez por la visita del Santo Padre. 

Hacia el final de su homilía en la Misa para la Nación Argentina Juan Pablo II nos dejaba  un mensaje de paz valedero para todos los tiempos y todas las generaciones: 

(Particularmente en estos momentos de tantos desencuentros y escenas de discordia en todo el mundo)

 “Queridos amigos: Ustedes han estado constantemente en mi ánimo durante estos días. He apreciado de manera particular su acogida y actitud. He visto en sus ojos la ardiente imploración de paz que brota de su espíritu.  Únanse también a los jóvenes de Gran Bretaña, que en los pasados días han aplaudido y sido igualmente sensibles a toda invocación de paz y concordia. A este propósito, muy gustoso les transmito un encargo recibido. Ya que ellos mismos me pidieron, sobre todo en el encuentro de Cardiff, que hiciera llegar a ustedes un sentido deseo de paz.

No dejen que el odio marchite las energías generosas y la capacidad de entendimiento que todos llevan dentro. Hagan con sus manos unidas - junto con la juventud latinoamericana, que en Puebla confié de modo particular al cuidado de la Iglesia - una cadena de unión más fuerte que las cadenas de la guerra. Así serán jóvenes y preparadores de un futuro mejor; así serán cristianos.”

Era sábado 12 de junio de 1982 y allí en Palermo celebrábamos por anticipado la Fiesta de Corpus Christi (del día siguiente domingo 13 de junio). La homilía del Santo Padre se centro en la conmemoración del misterio del amor del Cuerpo y Sangre del Señor, “el Santísimo Sacramento de la Nueva Alianza. El mayor tesoro de la Iglesia. El tesoro de la fe de todo el Pueblo de Dios.”

 “La solemnidad de este día – decía el santo Padre - nos invita a volver al cenáculo del Jueves Santo “¿Dónde está el lugar, en que pueda comer la Pascua con mis discípulos?”. Así preguntaron los discípulos de Jesús de Nazaret a un hombre que encontraron por el camino. Lo hicieron siguiendo las instrucciones del Maestro. Y también según las instrucciones “prepararon la Pascua”. Mientras comían, Jesús “tomó el pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo . . .”.

En aquel momento, al obrar según su orden, ¿aparecerían quizás en su memoria las palabras que Jesús pronunció un día cerca de Cafarnaúm: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan vivirá para siempre”?

Aquel día santo, en el Cenáculo, ¿se dieron quizá cuenta de que había llegado el tiempo del cumplimiento de aquella promesa hecha junto a Cafarnaúm, promesa que a tantos parecía muy difícil de aceptar?

Cristo dice: “Tomad, éste es mi cuerpo . . .”, dándoles a comer el Pan. Este Pan se convierte en su Cuerpo, Cuerpo que al día siguiente será entregado en el sacrificio de la cruz. Cuerpo martirizado que destilará Sangre.

Cristo en el cenáculo toma el cáliz, y después de haber dado gracias se lo da a beber diciendo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos”.

Bajo la especie del vino los discípulos reciben la Sangre del Señor, y al mismo tiempo participan de la nueva y Eterna Alianza, que es estipulada con la Sangre del Cordero de Dios.

La fiesta del “Corpus Christi” - solemnidad de la Eucaristía - es, al mismo tiempo, la fiesta de la Nueva y Eterna Alianza, que Dios ha sellado con la humanidad en la Sangre de su Hijo.”

 

(de la Misa para la Nación Argentina – homilía de  Juan Pablo II - BuenosAires, 12 de junio de 1982)

 

jueves, 4 de junio de 2026

La última procesión del Corpus Christi de Juan Pablo II

 


El 10 de junio de 2004, durante la última procesión del Corpus Christi que presidió, el Papa Juan Pablo II rogaba, una y otra vez, poder arrodillarse ante el Santísimo, ante a la negativa de sus acompañantes, que temían un accidente del anciano Pontífice. Al final lo consiguió, con grandes dificultades físicas y mucha ayuda. Así lo contó su ceremoniero pontificio, monseñor Konrad Krajewski, en la edición especial de L’Osservatore Romano con motivo de la beatificación.

Cuando era mi turno de asistirlo durante las celebraciones, quedaba siempre conmovido por lo que ocurría en la sacristía, antes y después de la celebración. Cuando el Papa venía, se ponía de rodillas o, en los últimos años del pontificado, permanecía en su silla y rezaba en silencio. Parecía que el Pontífice no estuviera presente entre nosotros. En un momento dado, alzaba la mano derecha, y nosotros nos acercábamos para comenzar a revestirlo en absoluto silencio. Estoy convencido de que Juan Pablo II, antes de dirigirse a la gente, pedía a Dios poder ser su imagen viva delante de los hombres. Lo mismo ocurría después de la celebración: en cuanto se quitaba los ornamentos sagrados, se arrodillaba en la sacristía y oraba.

¡Aquí está Jesús! Por favor…

 

Durante la última celebración del Corpus Christi, presidida por el Papa, ya no podía caminar. El maestro de celebraciones y yo lo habíamos alzado con la silla sobre la plataforma del coche, expresamente preparada para la procesión: delante del Papa, sobre el reclinatorio, estaba puesto el ostensorio con el Santísimo Sacramento. Durante la procesión, el Pontífice se dirigió a mí en polaco, pidiendo poder arrodillarse. Me quedé desconcertado, porque físicamente el Papa no estaba en condiciones de hacerlo. Con gran delicadeza, le sugerí la imposibilidad de arrodillarse, dado que el coche oscilaba durante el trayecto, y habría sido muy peligroso. El Papa respondió con su famoso dulce murmullo. Transcurrido un poco de tiempo, repitió de nuevo: ¡Quiero arrodillarme!,y yo, con gran dificultad al tener que repetir el rechazo, sugerí que sería más prudente intentar hacerlo en las cercanías de Santa María la Mayor; de nuevo escuché el murmullo. Sin embargo, después de unos instantes, al llegar a la Curia de los padres redentoristas, exclamó con determinación, casi gritando, en polaco: ¡Aquí está Jesús! Por favor… El maestro de celebraciones fue testigo de aquellos momentos. Nuestras miradas se encontraron, y, sin decir nada, comenzamos a ayudarlo a arrodillarse. Lo hicimos con gran dificultad, y prácticamente sujetándolo nosotros sobre el reclinatorio. El Papa se aferraba al borde del reclinatorio y trataba de sostenerse; pero las rodillas no lo soportaban, y tuvimos que volver a colocarlo en la silla, entre dificultades que no eran sólo físicas, sino que se debían también al obstáculo de los ornamentos litúrgicos.

Asistimos a una gran demostración de fe: aunque el cuerpo ya no respondía a la llamada interior, la voluntad permanecía firme y fuerte. El Pontífice había demostrado, no obstante su gran sufrimiento, la fuerza interior de la fe, que quería manifestarse a través del gesto de ponerse de rodillas. No contaban para nada nuestras sugerencias de no llevar a cabo aquel gesto. El Papa siempre sostuvo que, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento, hay que ser muy humilde y expresar esta humildad a través del gesto físico.

 Desde que Juan Pablo II regresó a la Casa del Padre, he sugerido a distintas personas que vayan a la tumba del Beato a rezar. Porque él se superaba a sí mismo. Superaba su propio cuerpo, sus propios sufrimientos. Mediante mi sencillo servicio al Romano Pontífice, también yo me he vuelto mejor, como hombre y como sacerdote.

Konrad Krajewski

La Iglesia vive de la Eucaristía – Solemnidad de Corpus Christi

 


"Ecclesia de Eucharistia vivit":  La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza”

Son palabras tomadas de la carta encíclica sobre la Eucarística  Ecclesia de Eucharistia que el Papa Juan Pablo II firmaba el “Jueves santo, durante la misa in Cena Domini” . Esta solemnidad – decía con ocasión de la Fiesta de Corpus Christi  elaño 2003 recuerda aquella sugestiva celebración,  haciéndonos  revivir,  al  mismo tiempo, el intenso clima de la última Cena.

 

"Tomad, esto es mi cuerpo. (...) Esta es mi sangre" (Mt 14, 22-24). Escuchamos nuevamente las palabras de Jesús mientras ofrece a los discípulos el pan convertido en su Cuerpo, y el vino convertido en su Sangre. Así inaugura el nuevo rito pascual:  la Eucaristía es el sacramento de la alianza nueva y eterna.

[…]

La santísima Eucaristía, resquicio del Paraíso que se abre aquí en la tierra, penetra las nubes de nuestra historia. Como rayo de gloria de la Jerusalén celestial, proyecta luz sobre nuestro camino (cf. Ecclesia de Eucharistia, 19).

 

"Ave, verum corpus natum de Maria Virgine":  ¡Salve, verdadero cuerpo de Cristo, nacido de María Virgen!

 

El alma se llena de asombro adorando este misterio tan sublime.

"Vere passum, immolatum in cruce pro homine". De tu muerte en la cruz, oh Señor, brota para nosotros la vida que no muere.

 

"Esto nobis praegustatum mortis in examine". Haz, Señor, que cada uno de nosotros, alimentado de ti, afronte con confiada esperanza todas las pruebas de la vida, hasta el día en que seas viático para el último viaje, hacia la casa del Padre.

 

"O Iesu dulcis! O Iesu pie! O Iesu, fili Mariae!", "¡Oh dulce Jesús! ¡Oh piadoso Jesús! ¡Oh Jesús, Hijo de María!". Amén.”

 


 

Corpus Christi: Iglesia santa alaba a tu Señor

 


“ La Iglesia ha escogido, desde hace siglos, el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad como día dedicado a una especial veneración pública de la Eucaristía: el día del Corpus Domini. (En la Argentina hace años - como el jueves es dia laborable - la solemnidad se ha trasladado al sábado o domingo siguiente.)

La celebramos… deseando asociar a ella toda la fe y todo el amor de Pedro y de los Apóstoles, los cuales, el Jueves Santo, antes de Pascua, participaron en la última Cena, es decir, en la institución de este Sacramento, que fue siempre considerado en la Iglesia como el más santo: el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor. El sacramento de la Pascua divina. El sacramento de la muerte y de la resurrección. El sacramento del Amor, que es más poderoso que la muerte. El sacramento del sacrificio y del banquete de la redención. El sacramento de la comunión de las almas con Cristo en el Espíritu Santo. El sacramento de la fe de la Iglesia peregrinante y de la esperanza de la unión eterna. El alimento de las almas. El sacramento del pan y del vino, de las especies más pobres, que se convierten en nuestro tesoro y en nuestra riqueza más grandes. "He aquí el pan de los ángeles, convertido en pan de los caminantes" (secuencia), "...no como el pan que comieron los padres y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 58).

¿Por qué ha sido escogido un jueves para la solemnidad del Corpus Domini?... Esta solemnidad se refiere al misterio ligado históricamente a ese día, al Jueves Santo. Y tal día es, en el sentido más estricto de la palabra, la fiesta eucarística de la Iglesia. El Jueves Santo se cumplieron las palabras que Jesús había pronunciado una vez en la sinagoga de Cafarnaún; al oírle, "muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían", mientras los Apóstoles respondieron por boca de Pedro: "¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 66-68). La Eucaristía encierra en sí el cumplimiento de esas palabras. En ella la vida eterna tiene su anticipo y su comienzo.

"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo le resucitaré el último día" (Jn 6, 54). Eso vale ya para el mismo Cristo, que inicia su triduo pascual el Jueves Santo con la última Cena, es condenado a muerte y crucificado el Viernes Santo, y resucitará al tercer día. La Eucaristía es el sacramento de esa muerte y de esa resurrección.

En ella, el Cuerpo de Cristo se transforma verdaderamente en comida y la Sangre en bebida para la vida eterna, para la resurrección. En efecto, el que come ese Cuerpo eucarístico del Señor y bebe en la Eucaristía la Sangre derramada por El para la redención del mundo, llega a esa comunión con Cristo, de la que el Señor mismo dice: "Permanece en mí y yo en él" (Jn 15, 4). Y el hombre, permaneciendo en Cristo, en el Hijo que vive del Padre, vive también, mediante El, de esa vida que constituye la unión del Hijo con el Padre en el Espíritu Santo: vive la vida divina.

Celebramos, por tanto, la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo el jueves después de la Santísima Trinidad, para poner de relieve precisamente esa Vida que nos da la Eucaristía. Mediante el Cuerpo y la Sangre de Cristo permanece en ella un reflejo más completo de la Santísima Trinidad, de modo que la Vida divina es participada, en este sacramento, por nuestras almas. Este es el misterio más profundo, más íntimo que asumimos con todo nuestro corazón, con todo nuestro "yo" interior. Y lo vivimos en la intimidad, en el recogimiento más profundo, sin encontrar ni las palabras justas, ni los gestos adecuados para corresponder a él. Las palabras más exactas quizá sean éstas: "Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo..." (Mt 8, 8), unidas a una actitud de adoración profunda.

Sin embargo, existe un único día —y un determinado tiempo— en el que nosotros queremos dar, a una realidad tan íntima, una especial expresión exterior y pública. Esto sucede precisamente hoy. Es una expresión de amor y de veneración.

Cristo pensando en su muerte, de la que dejó su propio memorial en la Eucaristía, ¿no dijo acaso una vez "Padre, glorifícame cerca de Ti mismo, con la gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo existiese" (Jn 17, 5)?

Cristo permanece en esa gloria después de la resurrección. El sacramento de su expoliación y de su muerte es al mismo tiempo el sacramento de esa gloria en la que permanece. Y aunque a la glorificación, de que goza en Dios, no corresponda ninguna expresión adecuada de adoración humana, es justo sin embargo, que con la Eucaristía del Jueves Santo se enlace también esa liturgia especial de adoración, que lleva consigo la fiesta de hoy. Este es el día en que no solamente recibimos la Hostia de la vida eterna, sino que también caminamos con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena.

Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo, trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones, allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos tienen o pueden tener en sí la vida (cf. Jn 6, 52 Y para que respeten esa nueva vida que hay en el hombre.

¡Iglesia santa, alaba a tu Señor! Amén.

 

(JuanPablo II Homilía en la Misa de la solemnidad del Corpus Christi Domingo 8 de juniode 1980)

 

lunes, 23 de junio de 2025

Cuando Dios reina el hombre es liberado de todo mal – Papa Leon XIV



 (..) es hermoso estar con Jesús.

 La compasión de Jesús por quienes sufren manifiesta la amorosa cercanía de Dios, que viene al mundo para salvarnos. Cuando Dios reina, el hombre es liberado de todo mal. Sin embargo, incluso para aquellos que reciben la buena nueva de Jesús, llega la hora de la prueba. En aquel lugar desierto, donde las multitudes han escuchado al Maestro, cae la tarde y no hay nada para comer (cf. v. 12). El hambre del pueblo y la puesta del sol son signos de un límite que se cierne sobre el mundo, sobre cada criatura: el día termina, al igual que la vida de los hombres. Es en esta hora, en el tiempo de la indigencia y de las sombras, cuando Jesús permanece entre nosotros.

Justo cuando el sol se pone y el hambre crece, mientras los propios apóstoles piden despedir a la gente, Cristo nos sorprende con su misericordia. Él tiene compasión del pueblo hambriento e invita a sus discípulos a que se ocupen de él, porque el hambre no es una necesidad que no tenga que ver con el anuncio del Reino y el testimonio de la salvación. Al contrario, esta hambre está vinculada con nuestra relación con Dios. Sin embargo, cinco panes y dos peces no parecen suficientes para alimentar al pueblo, porque los cálculos de los discípulos, aparentemente razonables revelan, en cambio, su poca fe. Ya que, en realidad, con Jesús contamos con todo lo necesario para dar fuerza y sentido a nuestra vida.

En efecto, a la urgencia del hambre, Él responde con el signo del compartir: levanta los ojos, pronuncia la bendición, parte el pan y da de comer a todos los presentes (cf. v. 16).

 (…)

Para multiplicar los panes y los peces, Jesús divide los que hay: sólo así hay suficiente para todos, es más, sobran. Después de haber comido ―hasta saciarse―, con lo que sobró, llenaron doce canastos (cf. v. 17).

Esta es la lógica que salva al pueblo hambriento: Jesús actúa según el estilo de Dios, enseñando a hacer lo mismo.

Hoy, en lugar de las multitudes que aparecen en el Evangelio, hay pueblos enteros, humillados por la codicia ajena aún más que por el hambre misma. Ante la miseria de muchos, la acumulación de unos pocos es signo de una soberbia indiferente, que produce dolor e injusticia. En lugar de compartir, la opulencia desperdicia los frutos de la tierra y del trabajo del hombre.

Especialmente en este año jubilar, el ejemplo del Señor sigue siendo para nosotros un criterio urgente de acción y servicio: compartir el pan, para multiplicar la esperanza, proclama la venida del Reino de Dios

 (Del Ángelus del Papa León XIV 22 de junio 2025 - Leer completo en el sitio de la Santa Sede) 

viernes, 20 de junio de 2025

Corpus Christi – la profundidad del misterio de Cristo

 


"Tantum ergo sacramentum veneremur cernui":  "Adoremos, postrados, tan gran sacramento".

En la santa Eucaristía está realmente presente Cristo, muerto y resucitado por nosotros.

En el pan y en el vino consagrados permanece con nosotros el mismo Jesús de los evangelios, que los
discípulos encontraron y siguieron, que vieron crucificado y resucitado, y cuyas llagas tocó Tomás, postrándose en adoración y exclamando:  "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28; cf. 20, 17-20).

En el Sacramento del altar se ofrece a nuestra contemplación amorosa toda la profundidad del misterio de Cristo, el Verbo y la carne, la gloria divina y su tienda entre los hombres. Ante él no podemos dudar de que Dios está "con nosotros", que asumió en Jesucristo todas las dimensiones humanas, menos el pecado, despojándose de su gloria para revestirnos a nosotros de ella (cf. Jn 20, 21-23).

En su cuerpo y en su sangre se manifiesta el rostro invisible de Cristo, el Hijo de Dios, con la modalidad más sencilla y, al mismo tiempo, más elevada posible en este mundo. A los hombres de todos los tiempos, que piden perplejos:  "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21), la comunidad eclesial responde repitiendo el gesto que el Señor mismo realizó para los discípulos de Emaús:  parte el pan. Al partir el pan se abren los ojos de quien lo busca con corazón sincero. En la Eucaristía la mirada del corazón reconoce a Jesús y su amor inconfundible, que se entrega "hasta el extremo" (Jn 13, 1). Y en él, en ese gesto suyo, reconoce el rostro de Dios.

(de la homilía delPapa Juan Pablo II en la solemnidad de Corpus Christi – Basilica San Juan deLetran 14 de junio 2001)

jueves, 8 de junio de 2023

Corpus Christi - La fiesta de la Eucaristía

 


En la Argentina celebramos la fiesta del Corpus Christi el domingo siguiente a la Santísima Trinidad, segundo después de Pentecostés.


“Es una solemnidad que desde el medioevo alarga el día del Jueves Santo, concentrando la devoción y el amor del pueblo fiel en el culto público y solemne al Santísimo Sacramento” decía el Venerable Juan Pablo II en la Audiencia general del 13 de junio de 1979. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1979/documents/hf_jp-ii_aud_19790613.html

Era la primera vez que tenia la alegría de celebrar la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Ciudad Eterna, “en la que Pedro, de generación en generación, responde en cierto modo a Cristo: "Señor..., Tú sabes que te amo... Señor, Tú sabes que te amo" (Jn 21, 15-17).”, veneración y amor a la Eucaristía que había aprendido en su tierra natal. “Allí he aprendido – decía - el culto al Cuerpo del Señor. En la fiesta del Corpus Domini se tienen, desde hace siglos, las procesiones eucarísticas, en las que mis compatriotas trataban de expresar comunitaria y públicamente lo que representa la Eucaristía para ellos”

“Se puede hablar de varias maneras sobre la Eucaristía – agregaba -. Se ha hablado de diversos modos sobre ella en el curso de la historia. Es difícil decir algo que no se haya dicho ya. Y, al mismo tiempo, cualquier cosa que se diga, desde cualquier parte que nos acerquemos a este gran misterio de la fe y de la vida de la Iglesia, siempre descubrimos algo nuevo. No porque nuestras palabras revelen esta novedad. La novedad se encuentra en el misterio mismo. Cada tentativa de vivir con ella en espíritu de fe, comporta nueva luz, nuevo estupor y nueva alegría.

La Eucaristía nos acerca a Dios de modo estupendo. Y es el sacramento de su cercanía en relación con el hombre. Dios en la Eucaristía es precisamente este Dios que ha querido entrar en la historia del hombre. Ha querido aceptar la humanidad misma. Ha querido hacerse hombre. El sacramento del Cuerpo y de la Sangre nos recuerda continuamente su Divina Humanidad.

La Eucaristía es el sacramento de la comunión. Cristo se da a Sí mismo a cada uno de nosotros, que lo recibimos bajo las especies eucarísticas. Se da a Sí mismo a cada uno de nosotros que comemos el manjar eucarístico y bebemos la bebida eucarística. Este comer es signo de la comunión. Es signo de la unión espiritual, en la que el hombre recibe a Cristo, se le ofrece la participación en su Espíritu, encuentra de nuevo en Él particularmente íntima la relación con el Padre: siente particularmente cercano el acceso a Él.

La comunión es un vínculo bilateral… no sólo recibimos a Cristo, no sólo lo recibe cada uno de nosotros en este signo eucarístico, sino que también Cristo recibe a cada uno de nosotros. Por así decirlo, Él acepta siempre en este sacramento al hombre, lo hace su amigo, tal como dijo en el Cenáculo: "Vosotros sois mis amigos" (Jn 15, 14). Esta acogida y la aceptación del hombre por parte de Cristo es un beneficio inaudito. El hombre siente muy profundamente el deseo de ser aceptado. Toda la vida del hombre tiende en esta dirección, para ser acogido y aceptado por Dios; y la Eucaristía expresa esto sacramentalmente. Sin embargo, el hombre debe, como dice San Pablo, "examinarse a sí mismo" (cf. 1 Cor 11, 28), de si es digno de ser aceptado por Cristo. La Eucaristía es, en cierto sentido, un desafío constante para que el hombre trate de ser aceptado, para que adapte su conciencia a las exigencias de la santísima amistad divina.”

jueves, 7 de julio de 2022

Juan Pablo II: La Eucaristía , misterio de luz

 «Les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (Lc 24,27)




“ El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?

Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina. En una feliz intuición, el célebre icono de la Trinidad de Rublëv pone la Eucaristía de manera significativa en el centro de la vida trinitaria.

 (…)

La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental de su misterio a la declaración de la dimensión propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos de Emaús Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (cf. Lc24,29).




Los Padres del Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium
establecieron que la «mesa de la Palabra» abriera más ampliamente los tesoros de la Escritura a los fieles.[9] Por eso permitieron que la Celebración litúrgica, especialmente las lecturas bíblicas, se hiciera en una lengua conocida por todos. Es Cristo mismo quien habla cuando en la Iglesia se lee la Escritura.[10] Al mismo tiempo, recomendaron encarecidamente la homilía como parte de la Liturgia misma, destinada a ilustrar la Palabra de Dios y actualizarla para la vida cristiana.[11] Cuarenta años después del Concilio, el Año de la Eucaristía puede ser una buena ocasión para que las comunidades cristianas hagan una revisión sobre este punto. En efecto, no basta que los fragmentos bíblicos se proclamen en una lengua conocida si la proclamación no se hace con el cuidado, preparación previa, escucha devota y silencio meditativo, tan necesarios para que la Palabra de Dios toque la vida y la ilumine.”

 

(Juan Pablo II Carta Apostolica Mane Nobiscum Domine)

 


miércoles, 15 de junio de 2022

Karol Wojtyla - Cracovia, fiesta del Corpus Domini 1976

 


Palabras del Cardenal Karol Wojtyla, previas a la procesión de Corpus Christi en Cracovia, 1976 en plena época de comunismo en Polonia.

“Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra”. Palabras que pronuncio Jesucristo. Y con estas palabras hoy nosotros junto a Cristo en el Sacramento de la Eucaristía, bajo la especie del pan, salimos a las calles de Cracovia para proclamar a Dios. “Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra!”


Esta proclamación es un deber nuestro particular, pero también es una necesidad particular de nuestro espíritu. Vivimos en tiempos en que se olvida a Dios, en tiempos que no se lo reconoce, que se le quita lugar en publicaciones, libros y vida pública. Un mundo privado de Dios, privado de principio y de fin: un mundo que ha extirpado a su Creador, es esta la imagen, esta la ideología que se busca inculcar de diferentes maneras al hombre de hoy: un mundo sin Dios.


Y precisamente debido a estos proyectos nace la necesidad de nuestro encuentro con Cristo que dice “Te reconozco, Padre, Señor del cielo y de la tierra!”. La necesidad de proclamar a Dios es un signo peculiar de los tiempos que vivimos, de estos tiempos en que se intenta borrar el nombre de Dios en lo más profundo del alma humana. Y esto es algo terrible desde el punto de vista de nuestro sentido cristiano de la realidad. Dios de hecho significa Creador y Padre. Arrancarse del Creador, anular a Dios: que le queda a la criatura? Que queda del hombre?


Y es precisamente en el ámbito de esta lucha por la presencia de Dios en nuestra vida que adquiere particular significado que nosotros salgamos junto a Cristo por las calles de Cracovia y junto a El digamos “Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra!”. Reconozco! Cristo es el primer testimonio del Dios vivo y Cristo es también el Maestro de todos sus discípulos. El llama al hombre a ser discípulo. No puede ser un hombre tibio, neutro: debe ser confesor, porque en la profesión de fe se expresa la relación plena con la verdad, con Dios que es la verdad.


Nuestros tiempos tienen especial necesidad de confesores y crean confesores. Citare un ejemplo que ha llegado a mis manos en estas últimas semanas y que se encuentra entre las actas de la Curia Metropolitana. Se trata de un hecho doloroso pero por otro lado extremadamente constructivo.


Un joven que asistía a la escuela profesional llevaba como la mayoría de los cristianos, jóvenes o ancianos, una cruz sobre el pecho. Le fue ordenado quitarse la cruz y no asistir mas a la escuela con aquella cruz, no presentarse a las clases con ella. El joven respondió que no. Fue expulsado de la escuela y se convoco a la madre. Al presentarse la madre se trato de convencerla que el comportamiento de su hijo era inapropiado y ella respondió: estoy orgullosa de mi hijo!


Recordamos también el caso de los niños polacos en Wrzesnia que eran perseguidos y expulsados de la escuela porque rezaban en polaco!
Hace falta poner un freno. Estamos en presencia de una clase de personas que buscan construir su propia carrera violando la libertad de conciencia y de religión. Hace falta poner un freno. Tenemos una constitución que hoy como en el pasado se expresa sobre este tema de manera inequívoca y que prevé sanciones para aquellos que ofenden los sentimientos religiosos y buscan impedir la practica religiosa. Portar una cruz es una práctica religiosa y nadie puede prohibirla.


Si por un lado este episodio suscita pensamientos dolorosos, por el otro sin embargo es edificante. No vivimos solamente en una época de oportunistas, vivimos también una época de confesores, madres e hijos, padres e hijos.


Al hablar de esto querido hermanos y hermanas, pienso en todos los niños que al fin del año escolar se irán de vacaciones, a una colonia, a un campamento. Pensamos con angustia si también le arrancaran las cruces del pecho. Si les prohibirán ir a la iglesia. Es necesario que madres y padres apoyen a sus hijos, como aquella madre que exclamo: Estoy orgullosa de mi hijo!


Y otro ejemplo: en una gran ciudad fuera de Cracovia, se construyo un nuevo barrio. Junto al barrio se sintió la necesidad de contar con un espacio para catequesis. Obviamente la Curia metropolitana, los párrocos, en estos casos hacemos lo imposible para conseguir un lugar para el servicio divino, para el catecismo, para la iglesia. Estad seguros que siempre lo hacemos siguiendo los caminos legítimos. Pero nuestros esfuerzos quedan sin respuesta.


Entonces en la ciudad que mencionaba, había una pequeña casa particular que contaba con una habitación libre porque los jóvenes de la familia residían en otra parte. Por lo tanto la dueña de casa, de acuerdo con el esposo, la ofreció como espacio para catequesis. Y al ser convocada y amenazada con ser castigada declaró: El Señor Dios no me abandonara. Si me suspenden iré a limpiar. Y la habitación finalmente tuvo su uso. Tenemos necesidad de este testimonio de fe viva, de la fe valiente de esta mujer intrépida y de su marido y de sus hijos porque en aquel lugar en aquel nuevo barrio y recordémoslo, en todo nuestro país nacen nuevos barrios con la intención de ser lugares sin Dios y que no existan lugares para la catequesis donde los niños junto a su sacerdote y por su intermedio junto a Cristo puedan decir “Te reconozco, Padre, Señor del cielo y de la tierra!”.


“…estas palabras fueron reveladas a los humildes…”


Y quizás en este ultimo caso se confirma otro paso de las palabras de Cristo “Haz revelado estas palabras a los humildes”. Una mujer humilde, una mujer pequeña ha tenido una visión esplendida, digna de los grandes genios, de la verdad sobre Dios! Y lo ha testimoniado tal como lo habían hecho el niño y su madre.


Hermanos y hermanas, vivimos en una época de confesores. En otras épocas la Iglesia registraba estos hechos en el libro de los mártires, Acta Martyrum. Mártir es una palabra que nos viene del griego y significa testimonio, confesor delante de todos. También hoy es necesario escribir estas Actas Martyrum contemporáneas, documentos de confesores, para alentarnos mutuamente, para saber unos de otros, para que una repentina injusticia hacia alguien debido a sus convicciones, o por motivos de su fe o de su conciencia se convierta también en un asunto nuestro. A veces se enfadan conmigo porque digo estas cosas. Pero como podría no hablar? Como podría no escribir? Y como podría no intervenir? Cada caso, de cada niño, de cada madre, de cada uno de nosotros, modesto o culto, profesor universitario o estudiante, cada caso es algo que atañe a todos nosotros. Y yo obispo debo ser el primero en ponerme al servicio de esta causa! De esta gran causa del hombre! Porque la causa de la libertad espiritual del hombre, la causa de la libertad de conciencia, de la libertad de religión, es la gran causa del hombre! Del hombre de todos los tiempos, del hombre de nuestros tiempos!


Hermanos y hermanas, mientras permanecemos aquí por la gracia de Dios reunidos alrededor de Cristo, en torno a la Eucaristía, mientras junto a el nos congregamos en la unidad de la profesión de fe, pensemos en todos nuestros hermanos y hermanas en cualquier parte del mundo que comparten nuestra comunión de fe pero no tienen la posibilidad de confesarla públicamente y son perseguidos y maltratados por este motivo. Pensemos en toda la humanidad, en todo el mundo, porque Cristo esta en el centro de la entera familia humana y en nombre de toda la familia humana le dice a Dios ”Te reconozco Padre, Señor del cielo y de la tierra”.

La confesión de fe necesidad de este momento


La confesión de la fe es una necesidad peculiar de nuestros tiempos. El reconocimiento de Dios es la fuente de la libertad del hombre. Satanás, el príncipe de las tinieblas ha tratado desde el comienzo mismo de erradicar a Dios del hombre. Desde el principio el príncipe de las tinieblas se ha empeñado en satisfacer al hombre con el espíritu de este mundo como si este mundo pudiese bastarle al hombre. El corazón del hombre no tiene paz hasta que no descansa en Ti exclamo San Agustín. Esta es la gran verdad sobre el hombre. Este es el gran fundamento de la libertad cuya fuente se halla en Dios.
Queridos hermanas y hermanos, no permitamos que nos quiten a Dios! No permitamos que a ningún costo se le quite Dios a nuestros niños, a nuestros jóvenes cualquiera fuese el precio. Seamos testimonios de Jesucristo. Sea El nuestro alimento..


El sale en procesión con nosotros bajo la especie del pan para decirnos ante todo que es nuestro alimento. Quiere ser el alimento de cada hombre envuelto en la tempestad, en las vicisitudes del mundo, que no logra encontrar a Dios, que lo ha perdido de vista, que piensa que el mundo le puede bastar, que pueden satisfacerle autos y construcciones, fabricas y grandes empresas industriales, conquistas espaciales y otros adelantos: que piensa que todo esto le basta….


Cristo es el alimento de nuestras almas, para que seamos confesores de Dios, testimonios de Dios y de El mismo. Es el quien ha dicho: “Al que me reconozca ante los hombres, Yo lo reconoceré ante mi Padre” También ha dicho “cualquiera que me negare delante de los hombres, le negaré yo también delante de mi Padre”.
Durante esta procesión oremos para que crezca una generación de confesores, que no se llegue a renegar de Dios y de Cristro en nuestra nacion que desde hace siglos esta unida al Verbo de la Vida, a la Luz del mundo, a Jesucristo, a nuestro maestro y pan eucarístico. Amen.”


Cracovia, fiesta del Corpus Domini, 1976


 

Corpus Christi 1982 Juan Pablo II en la Argentina

 




Era sábado 12 de junio de 1982 y allí en Palermo celebrábamos por anticipado la Fiesta de Corpus Christi (del día siguiente domingo 13 de junio) durante aquella brevísima visita del Santo Padre Juan Pablo II que había venido para suplicar por la paz entre nosotros,  en ese momento histórico doloroso el venia “impulsado por el amor de Cristo y por la solicitud impelente que, como Sucesor del Príncipe de los Apóstolos, debo a la Iglesia una y universal, que se encarna en todos los pueblos, naciones y culturas, para anunciar la salvación en Jesucristo y la comunión de destino que todo hombre tiene bajo un Padre común...  simplemente un encuentro del padre en la fe con los hijos que sufren; del hermano en Cristo que muestra nuevamente a Este como camino de paz, de reconciliación y esperanza.”

 La homilía del Santo Padre, en la Misa allí frente al monumento a los españoles,  ya en su despedida de aquel viaje de tan solo dos días, se centro en la conmemoración del misterio del amor del Cuerpo y Sangre del Señor, “el Santísimo Sacramento de la Nueva Alianza. El mayor tesoro de la Iglesia. El tesoro de la fe de todo el Pueblo de Dios”.

 La solemnidad de este día – decía el santo Padre - nos invita a volver al cenáculo del Jueves Santo “¿Dónde está el lugar, en que pueda comer la Pascua con mis discípulos?”. Así preguntaron los discípulos de Jesús de Nazaret a un hombre que encontraron por el camino“. Lo hicieron siguiendo las instrucciones del Maestro. Y también según las instrucciones “prepararon la Pascua”. Mientras comían, Jesús “tomó el pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo…” En aquel momento, al obrar según su orden, ¿aparecerían quizás en su memoria las palabras que Jesús pronunció un día cerca de Cafarnaúm: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan vivirá para siempre”?

 Aquel día santo, en el Cenáculo, ¿se dieron quizá cuenta de que había llegado el tiempo del cumplimiento de aquella promesa hecha junto a Cafarnaúm, promesa que a tantos parecía muy difícil de aceptar?

Cristo dice: “Tomad, éste es mi cuerpo . . .”, dándoles a comer el Pan. Este Pan se convierte en su Cuerpo, Cuerpo que al día siguiente será entregado en el sacrificio de la cruz. Cuerpo martirizado que destilará Sangre.

Cristo en el cenáculo toma el cáliz, y después de haber dado gracias se lo da a beber diciendo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos”.

Bajo la especie del vino los discípulos reciben la Sangre del Señor, y al mismo tiempo participan de la nueva y Eterna Alianza, que es estipulada con la Sangre del Cordero de Dios.

La fiesta del “Corpus Christi” - solemnidad de la Eucaristía - es, al mismo tiempo, la fiesta de la Nueva y Eterna Alianza, que Dios ha sellado con la humanidad en la Sangre de su Hijo.”

 

(de la homilía en la Misa para la Nacion Argentina – 12 dejunio de 1982) 

 

Viaje apostolico a laArgentina 


martes, 5 de junio de 2018

La última procesión del Corpus Christi de Juan Pablo II



El 10 de junio de 2004, durante la última procesión del Corpus Christi que presidió, el Beato Juan Pablo II rogaba, una y otra vez, poder arrodillarse ante el Santísimo, ante a la negativa de sus acompañantes, que temían un accidente del anciano Pontífice. Al final lo consiguió, con grandes dificultades físicas y mucha ayuda. Así lo contó su ceremoniero pontificio, monseñor Konrad Krajewski, en la edición especial de L’Osservatore Romano con motivo de la beatificación
Cuando era mi turno de asistirlo durante las celebraciones, quedaba siempre conmovido por lo que ocurría en la sacristía, antes y después de la celebración. Cuando el Papa venía, se ponía de rodillas o, en los últimos años del pontificado, permanecía en su silla y rezaba en silencio. Parecía que el Pontífice no estuviera presente entre nosotros. En un momento dado, alzaba la mano derecha, y nosotros nos acercábamos para comenzar a revestirlo en absoluto silencio. Estoy convencido de que Juan Pablo II, antes de dirigirse a la gente, pedía a Dios poder ser su imagen viva delante de los hombres. Lo mismo ocurría después de la celebración: en cuanto se quitaba los ornamentos sagrados, se arrodillaba en la sacristía y oraba.
¡Aquí está Jesús! Por favor…

 

Durante la última celebración del Corpus Christi, presidida por el Papa, ya no podía caminar. El maestro de celebraciones y yo lo habíamos alzado con la silla sobre la plataforma del coche, expresamente preparada para la procesión: delante del Papa, sobre el reclinatorio, estaba puesto el ostensorio con el Santísimo Sacramento. Durante la procesión, el Pontífice se dirigió a mí en polaco, pidiendo poder arrodillarse. Me quedé desconcertado, porque físicamente el Papa no estaba en condiciones de hacerlo. Con gran delicadeza, le sugerí la imposibilidad de arrodillarse, dado que el coche oscilaba durante el trayecto, y habría sido muy peligroso. El Papa respondió con su famoso dulce murmullo. Transcurrido un poco de tiempo, repitió de nuevo: ¡Quiero arrodillarme!,y yo, con gran dificultad al tener que repetir el rechazo, sugerí que sería más prudente intentar hacerlo en las cercanías de Santa María la Mayor; de nuevo escuché el murmullo. Sin embargo, después de unos instantes, al llegar a la Curia de los padres redentoristas, exclamó con determinación, casi gritando, en polaco: ¡Aquí está Jesús! Por favor… El maestro de celebraciones fue testigo de aquellos momentos. Nuestras miradas se encontraron, y, sin decir nada, comenzamos a ayudarlo a arrodillarse. Lo hicimos con gran dificultad, y prácticamente sujetándolo nosotros sobre el reclinatorio. El Papa se aferraba al borde del reclinatorio y trataba de sostenerse; pero las rodillas no lo soportaban, y tuvimos que volver a colocarlo en la silla, entre dificultades que no eran sólo físicas, sino que se debían también al obstáculo de los ornamentos litúrgicos.
Asistimos a una gran demostración de fe: aunque el cuerpo ya no respondía a la llamada interior, la voluntad permanecía firme y fuerte. El Pontífice había demostrado, no obstante su gran sufrimiento, la fuerza interior de la fe, que quería manifestarse a través del gesto de ponerse de rodillas. No contaban para nada nuestras sugerencias de no llevar a cabo aquel gesto. El Papa siempre sostuvo que, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento, hay que ser muy humilde y expresar esta humildad a través del gesto físico.
Desde que Juan Pablo II regresó a la Casa del Padre, he sugerido a distintas personas que vayan a la tumba del Beato a rezar. Porque él se superaba a sí mismo. Superaba su propio cuerpo, sus propios sufrimientos. Mediante mi sencillo servicio al Romano Pontífice, también yo me he vuelto mejor, como hombre y como sacerdote.
Konrad Krajewski
(de Alfa y Omega

viernes, 20 de junio de 2014

Solemnidad de Corpus Christi en Buenos Aires


Hoy 20 de junio la Arquidiócesis de Buenos aires celebrará la solemnidad de Corpus Christi: una decisión muy acertada pues ayer fue día laborable en la Argentina y mañana Argentina juega partido en el Mundial de fútbol.

El programa, según publicado en la página oficial de la Arquidiocesis de Buenos Aires, es el siguiente:

11.00 concentración juvenil en Plaza Miserere. Marcha hacia plaza Lorea (Congreso)

14.00 encuentro en la plaza Lorea con el Señor Cardenal Arzobispo y marcha hacia Plaza de Mayo

14.15 los concelebrantes se preparan en los salones de la Curia

15.00 ingreso procesional de los presbíteros, diáconos y seminaristas


15.15 Santa Misa. Homilía del Sr. Cardenal Mario Aurelio Poli. Procesión y bendición con el Santísimo Sacramento.  Renovación anual de la consagración a la Virgen de Luján de la ciudad y la Arquidiócesis de Buenos Aires. Himno Nacional.