Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 12 de enero de 2023

Benedicto XVI: Matrimonio y Familia en la historia de la salvación

 


La verdad del matrimonio y de la familia, que hunde sus raíces en la verdad del hombre, se ha hecho realidad en la historia de la salvación, en cuyo centro están las palabras “Dios ama a su pueblo”. En efecto, la revelación bíblica es, ante todo, expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres, por eso, la historia del amor y de la unión de un hombre y una mujer en la alianza del matrimonio pudo ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación.

 

El hecho inefable, el misterio del amor de Dios a los hombres, recibe su forma lingüística del vocabulario del matrimonio y de la familia, en positivo y en negativo: en efecto, el acercamiento de Dios a su pueblo se presenta con el lenguaje del amor esponsal, mientras que la infidelidad de Israel, su idolatría, se designa como adulterio y prostitución. En el Nuevo Testamento Dios radicaliza su amor hasta hacerse el mismo, en su Hijo, carne de nuestra carne, hombre verdadero. De este modo, la unión de Dios con el hombre asumió su forma suprema. Irreversible y definitiva. Y así se traza también para el amor humano su forma definitiva, el “si” reciproco, que no puede revocarse, no aliena al hombre, sino que lo libera e las alienaciones de la historia, para llevarlo de nuevo a la verdad de la creación.

 

El valor del sacramento que el matrimonio asume en Cristo significa, por tanto, que el don de la creación fue elevado a gracia de redención,. La gracia de Cristo no se añade desde fuera a la naturaleza del hombre, no le hace violencia sino que la libera y la restaura, precisamente al elevarla mas allá de sus propios límites.  Y del mismo modo que la encarnación del Hijo de Dios reela su verdadero significado en la cruz, asi el amor humano autentico es donación de si y no puede existir si quiere liberarse de la cruz.

 

Este vínculo profundo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios y el amor humano, encuentra confirmación también en algunas tendencias y desarrollos negativos cuyo peso sentimos todos. En efecto, el envilecimiento del amor humano, la supresión de la autentica capacidad de amar se revela, en nuestro tiempo, como el arma más adecuada y eficaz para separar a Dios del hombre, para alejar a Dios de la mirada y del corazón del hombre.

 

De forma análoga, la voluntad  de ”liberar” de Dios a la naturaleza lleva a perder de vista la realidad misma de la naturaleza, incluida la naturaleza del hombre, reduciéndola a un conjunto de funciones, de las que se puede disponer a capricho para construir un presunto mundo mejor y una presunta humanidad más feliz, en cambio, se destruye el plan del Creador y, en consecuencia, la verdad de nuestra naturaleza.

 

(BenedictoXVI Asamblea Eclesial de la diócesis de Roma sobre la “Familia yComuiadcristiana, 6 de junio 2005)

 

martes, 6 de marzo de 2018

Magisterio de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia




Material de estudio sobre el matrimonio y la familia tomado de la pagina web del Pontificio Instituto Juan Pablo II para los estudios sobre el matrimonio y la familia, Roma y puestos los enlaces al material en español. (en dos casos solo está disponible en italiano – se trata de visitas a parroquias romanas)

“Entre las principales tareas encomendadas a la misión de la Iglesia en lo referente al matrimonio y la familia está “la de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana” (Familiaris consortio, 3). Esta es la razón por la que la Iglesia, especialmente después del Concilio Vaticano II, se preocupó de promover la investigación teológica acerca del matrimonio y la familia, de erigir institutos para la formación de los que trabajan en este campo de la pastoral. Ha parecidos sin embargo, necesario crear un Instituto principal para promover la investigación acerca del matrimonio y la familia para utilidad de la Iglesia universal.”
De la Constitución Apostólica Magnum Matrimonii Sacramentum
7 de octubre de 1982

Catequesis de los miércoles sobre el amor humano 1979 - 1984
(descargar de La Buhardilla de Jerónimo
en la columna a la derecha cliquear Teologia del cuerpo)
Y mis posts etiquetados Teología del cuerpo

Exhortación Apostólica Familiaris consortio – 22 de noviembre de 1981

Homilia Parroquia San Marco Roma, 29 dicembre 1985 (solo en italiano)
Carta apostólica Mulieris Dignitatem – 15 de agosto de 1988
Homilia en la Misa para las familias de neo catecumenales que parten a las misiones, visita pastoral al Centro «Servo di Jahvè» di Porto San Giorgio (Ascoli Piceno)Viernes, 30 de diciembre (solo en italiano

- Catecismo de la Iglesia Catolica El sacramento del matrimonio - 1992

Carta encíclica Veritatis splendor 6 de agosto 1993
Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Paz
De la familia nace la paz de la familia humana 1ro de enero de 1994
Carta a los niños en el año de la familia 1994
Carta a las familias 2 de febrero 1994 Año de la familia
Carta encíclica Evangelium Vitae – 25 de marzo de 1995
Carta a las mujeres 29 de junio de 1995

Jubileo de las familias – Encuentro del Santo Padre con las familias – 14 de octubre de 2000 - 14 ottobre 2000

Homilia del Santo Padre - 15 de octubre 2000



Y la homilia en la Misa para las familias en Córdoba (Argentina) el miércoles 8 de abril de 1987

miércoles, 28 de febrero de 2018

Dignidad matrimonial: una vocación (3)


Dignidad matrimonial: una vocación
Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (3ra y ultima parte)
(cont de 1 y 2)

Nuestro tiempo, marcado por el signo de la duda respecto a valores fundamentales, necesita que todos nos dediquemos a buscar toda vía posible que apunte a custodiar la fidelidad, el amor y la integridad conyugal. «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mc 10,9): el hombre es capaz de observar el sexto mandamiento, solo debe colaborar con la gracia de Dios que nunca le es negada a aquel que la busca sinceramente.

La colaboración requiere ante todo oración personal, y acto seguido de la vigilancia sobre uno mismo, la lucha contra las tentaciones, del aprendizaje, en fin de la verdad acerca del cuerpo y del sexo, tal como es anunciada por el Evangelio y recogida por nosotros de la tradición moral y cultural. Pero el hombre vive en medio de otros; entonces para crear un clima de pureza es necesario el compromiso de todos, para que ante todo la juventud no tenga dudas sobre los valores de pureza y fidelidad conyugal y encuentre un terreno propicio para comprometerse totalmente al servicio del amor y de la vida en un matrimonio indisoluble dándole sentido cabal a su vida.
 
Ante aquello que en el ambiente de hoy impide tal compromiso es necesaria una minuciosa preparación al sacramento, recordando que éste se halla ante el umbral, no solo de una pareja, sino de toda la comunidad humana; de la Nación, de la Iglesia.

Si durante esta preparación que – que será siempre iniciación catequística – dejamos hablar a Dios y al conocimiento humano, los novios aprenderán a distinguir el amor, la fidelidad y la honestidad conyugal de sus opositores.

Acompañemos esas palabras con la oración ferviente, para que la gracia les ayude a perseverar en ese bien que Dios mismo nos ha confiado con el mandamiento y con el sacramento.

Durante la Cuaresma nos acercamos a Dios dispuestos a escuchar sus enseñanzas. Entre ellas aparece el mandamiento «no cometerás adulterio». Busquemos de nuevo la verdad y la fuerza del vínculo. Démosle derecho de plena ciudadanía a

a nuestra conciencia, en nuestra vida personal y en la pública. Seámosle fieles

Es cierto que el mandamiento le presenta al hombre muchas exigencias, pero tan bien es cierto que le ayuda a actuar bien y toda acción correcta lleva consigo exigencias. Que la Cuaresma sea para todos nosotros el periodo por excelencia durante el cual a través de la escucha de la Palabra la oración y la memoria de la pasión de nuestro Redentor, nos sea posible reencontrar nuestras almas de acuerdo con las palabras de Cristo «el que pierda su vida por mí, la encontrará» Mt, 10,39. Oren los unos por los otros, y «llevad los unos las cargas de los otros» (Gal 6,2) para que a todos les sea concedido gozar en la alegría de la resurrección del Señor.


Muchas gracias a Carmela, que me hizo llegar el texto.

 

(Cuando habia terminado de traducir, encontre que este mensaje esta incluido en El don del Amor: escritos sobre la Familia, que forma parte de la trilogia publicada por Ediciones Palabra -los otros dos titulos son: Mi vision del hombre: hacia una nueva etica y El hombre y su destino: ensayos de antropología)

miércoles, 21 de febrero de 2018

Dignidad matrimonial: una vocación (2 de 3)



Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (2da parte)
(Su última Cuaresma en Cracovia)

Intentaremos ahora comprender en su plenitud el amor que ha movido a Dios a ordenar «no cometerás adulterio», y a la luz de estas palabras sencillas pero fuertes, trataremos de analizar nuestros pensamientos, actitudes y palabras. Intentemos considerar también el reverso del sexto mandamiento – fundamental ley moral – según las palabras de Cristo: «Por sus frutos conoceréis…no puede un árbol bueno dar frutos malos»(Mt 7,17-17)
Preguntémonos ahora: si ignoramos este mandamiento le prestamos un servicio al hombre, a la familia, al pueblo o les hacemos daño? Sabemos la respuesta – no obstante cualquier pretensión que intentase filtrarse - desgastan los valores fundamentales en el hombre: abusos, intereses, libertinajes avasallan el amor y la honestidad, y en todo ello se pone en juego el autentico valor del hombre.
Es verdad que Cristo se puso del lado de la mujer adúltera…«quien se halle sin pecado, que tire la primera piedra…» pero también es cierto que después le dijo: « ve y de ahora en adelante no peques mas» (Jn 8,11).

Haciendo así quiso salvar al ser humano de la vergüenza y del desprecio, para reclamarle luego el respeto de su propio valor y de la propia dignidad.

Situemos ahora la elocuencia de estas palabras en nuestra época, y recordemos que todo aquello que no responde al sexto mandamiento es amenaza latente para la dignidad del hombre.

Se equivocan quienes aseguran: «a quien ama todo le es permitido», no es verdad: el verdadero amor – al obrar bajo su influencia positiva – no permite que se lo separe del profundo sentido de responsabilidad por todo aquello que comporta. Y es siempre responsabilidad con respecto al cónyuge. Y por consiguiente de los derechos de los hijos en depositar su confianza en los padres, y en la reciproca fidelidad matrimonial que ellos se deben.

Los padres, y con ellos todos los adultos, deben merecer esta confianza, sin la cual llegan a destruirse lazos tan sagrados: la confianza se convierte en desconfianza, la seguridad en amenaza latente, creando a menudo una atmósfera de cinismo.
Pero estas son solo algunas, si bien no menos dolorosas consecuencias que conllevan ignorar el sexto mandamiento. Las palabras de Jesús a la mujer adultera «ve y de ahora en adelante no peques mas» (Jn 8,11) y a la samaritana «aquel que tienes ahora no es tu marido…..porque has tenido cinco»" (Jn 4,17-18), tienen profundo sentido también hoy que tenemos tantos divorcios.

Cambiar con facilidad de mujer o marido es síntoma de disolución social, y no estamos pagando con ello la inobservancia del sexto mandamiento? Esta relajación se anida con facilidad en los corazones de los jóvenes; la falta de respeto por la pureza matrimonial a menudo no tarda en conducirlos a epílogos trágicos. Ahora los jóvenes menores, entran en “su” vida, destruyendo aquella que han traído del regazo materno. No vemos, en tales resultados, la supresión de la voz del Amor eterno, con la cual Dios ha ordenado «no cometerás adulterio»? « Por sus frutos los conoceréis»


martes, 20 de febrero de 2018

Dignidad matrimonial: una vocación – (1 de 3)


Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (1ra parte)

Era el último mensaje de Cuaresma del cardenal Karol WOjtyla en su tierra, Cuaresma que se celebraba en el marco del jubileo enlazado con el 900º aniversario del servicio episcopal de San Estanislao.  Un mensaje dedicado al sexto mandamiento del Decálogo:  «No cometerás adulterio», tema que ya había sido tratado en el Mensaje anual del Episcopado con ocasión de la solemnidad de la Sagrada Familia.

Decia el Cardenal Wojtyla : 
"temática que nosotros retomamos en la exposición – unitaria y continua – de la ley moral, formulada en los Mandamientos. Y lo hacemos conscientes que es ella, en cierto sentido, la raíz a partir de la cual se desarrollara el árbol de la moral, en sentido humano y cristiano conjuntamente.
El antiguo testamento expresaba en forma lapidaria los Mandamientos que se refieren a la esfera de la convivencia humana: los «no» dictados por Dios: «no mataras», «no cometerás adulterio», «no robaras», «no darás falso testimonio» poseen toda la fuerza expresiva de la prohibición divina.

« No cometerás adulterio» en referencia directa al matrimonio, unión – en la eterna ley divina – indisoluble y sacramental entre mujer y marido…« dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gen, 2,24)

Esa unión a que se refiere el mandamiento, es la misma que en las costumbres de algunos pueblos y culturas se concretiza en la unión de la casa y del lecho familiar. « No cometerás adulterio» quiere decir: no destruirás esta unión, presérvala, defiéndela, como bien fundamental de orden humano, social y moral.

Este bien es realzado en toda la simplicidad y profundidad que le son propias, en el juramento prestado por los esposos, que consagran en la Iglesia su matrimonio. Amor, fidelidad, honestidad matrimonial hasta la muerte. Estas son las palabras que confirman el bien a pleno y que el sexto mandamiento intenta salvaguardar. Y si bien la forma de prohibición « No cometerás adulterio» primordialmente indica al hombre el mal que habrá de evitar, conlleva al mismo tiempo, con autoridad de mandamiento, el bien primario que Dios mismo defiende

De aquel goza ante todo la pareja, para convertirse más tarde en patrimonio de los hijos, y finalmente de toda la sociedad, cuyo bienestar y fuerza moral dependen del amor, de la fidelidad y de la integridad de cada unión matrimonial.

El mandamiento se refiere directamente a los cónyuges, señalándoles cual forma de convivencia marital, a esta comunión fundamental que en el juramento de fidelidad, fortalecido por la bendición divina, se proyecta a la aceptación y educación de los hijos e indirectamente a todos, imponiendo al hombre y a la mujer respetarse mutuamente. En sentido más amplio aun, exige el respeto de la sexualidad humana, en el profundo significado del término, en cuanto ella se halla en estrecha relación con la dignidad de la persona y con la responsabilidad de los padres.
« No cometerás adulterio» requiere por lo tanto pureza interior y publica, y a su vez la condena de todo aquello que la viola o amenaza. Contrasta por lo tanto, con todo aquello que en las costumbres, en el arte, en los espectáculos tiende a la destrucción del clima de candor o presenta peligro para el bien querido por Dios: como Creador haber hecho al hombre «en alma y cuerpo» a su imagen y semejanza, como Redentor indicándole el camino de la vida en la verdad y en el amor.


martes, 10 de octubre de 2017

La comunión conyugal - una comunión indisoluble



“20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].

Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].

Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.

Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón»[51], sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel»[52], es el «sí» de las promesas de Dios[53] y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»[55].

Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.”



viernes, 14 de julio de 2017

Juan Pablo II sobre la indisolubilidad de la comunión conyugal


Unidad indivisible de la comunión conyugal

19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne»[46] y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma[47]—, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la poligamia; ésta, en efecto, niega directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: «La unidad matrimonial confirmada por el Señor aparece de modo claro incluso por la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor»[48].

Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón»[51], sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel»[52], es el «sí» de las promesas de Dios[53] y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»[55].
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.”


miércoles, 30 de junio de 2010

Igualdad de derechos no es uniformidad de derechos


“El obispo de Posadas y presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Laico y Pastoral Familiar, monseñor Juan Rubén Martínez, ratificó hoy que "considerar al matrimonio que debe ser de varón y mujer, no implica ninguna discriminación”, al exponer la posición de la Iglesia católica frente al proyecto de ley que pretende modificar el Código Civil para permitir el casamiento entre personas del mismo sexo.

Al participar en el Congreso de una audiencia de consulta convocada por la Comisión de Legislación General del Senado de la Nación, que preside Liliana Negre de Alonso, el prelado subrayó que "el matrimonio es un don de la creación, no es una unión cualquiera entre personas porque tiene características propias que lo hacen la base de la familia y de la sociedad".
“Nosotros también planteamos la igualdad de los derechos, pero la igualdad de los derechos no es igual a la uniformidad de los derechos. Si busca la uniformidad, puede ser esta injusta. La igualdad de los derechos debe buscar siempre la equidad", aseveró.

En tanto, representantes de las Iglesias cristianas coincidieron con el obispo en rechazar el proyecto.

El único en expresarse a favor de la iniciativa, que puede ser votada en el Senado el próximo 14 de julio, fue el rabino Daniel Goldman, de la comunidad judía Bet-El.

El pastor Rubén Proietti, de la Alianza Cristina de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA) y Rubén Salomone, de la Confraternidad Argentina Cristiana Evangélica, advirtieron sobre los “males” que conllevaría la aprobación del polémico proyecto.

En tanto, el obispo Gregory Venables, representante de la Iglesia Anglicana para el Cono Sur, aseguró que "el matrimonio entre hombre y mujer es el signo de la relación entre Cristo y la Iglesia” y subrayó que "cambiar esto puede ser negado, pero no es lo que Dios quiere, vamos a tener que vivir con las consecuencias".
A su turno, el arzobispo Kissag Mouradian, de la Iglesia Católica Armenia, dijo que "no se puede pensar que la familia es con dos hombres o con dos mujeres: la familia son marido y mujer, para criar a los hijos”.
Fuente: AICA

martes, 22 de junio de 2010

Convocatoria nacional por el matrimonio entre hombre y mujer


Con el lema “Queremos mamá y papá para nuestros hijos”, el martes 13 de julio próximo, a partir de las 18.30, habrá una manifestación frente al Congreso de la Nación (Buenos Aires, Argentina) a favor del matrimonio entre hombre y mujer, en la víspera del tratamiento en el Senado Nacional del controvertido proyecto de ley de matrimonio entre personas del mismo sexo.
La convocatoria, efectuada por el Departamento de Laicos (DEPLAI) de la Conferencia Episcopal Argentina, tiene carácter nacional.

Así como el acto central se realizará en Buenos Aires en la Plaza de los Dos Congresos, se convoca a realizar un acto ciudadano por la familia en todas las ciudades capitales del país, ya sea en las plazas, frente a las legislaturas o gobernaciones, con banderas argentinas y consignas positivas para el matrimonio varón-mujer.

El doctor Justo Carbajales, director ejecutivo del DEPLAI, explicó que “así como el pasado 8 de mayo, en la celebración del Bicentenario de la Patria en Luján, pudimos demostrar nuestra unidad como laicos con el encendido de una vela y el rezo de una oración, sugerimos que también el martes 13 de julio nos unamos otra vez a las 18.30 en todo el país. El motivo de la convocatoria -señaló- es que los legisladores escuchen también nuestra voz un día antes de la votación del Proyecto de Ley que incluye el matrimonio de parejas conformadas por personas del mismo sexo."


Fuente: AICA

sábado, 7 de marzo de 2009

Dignidad matrimonial: una vocación (3)


Dignidad matrimonial: una vocación
Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (3ra y ultima parte)
(cont de 1 y 2)

Nuestro tiempo, marcado por el signo de la duda respecto a valores fundamentales, necesita que todos nos dediquemos a buscar toda vía posible que apunte a custodiar la fidelidad, el amor y la integridad conyugal. «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mc 10,9): el hombre es capaz de observar el sexto mandamiento, solo debe colaborar con la gracia de Dios que nunca le es negada a aquel que la busca sinceramente.
La colaboración requiere ante todo oración personal, y acto seguido de la vigilancia sobre uno mismo, la lucha contra las tentaciones, del aprendizaje, en fin de la verdad acerca del cuerpo y del sexo, tal como es anunciada por el Evangelio y recogida por nosotros de la tradición moral y cultural. Pero el hombre vive en medio de otros; entonces para crear un clima de pureza es necesario el compromiso de todos, para que ante todo la juventud no tenga dudas sobre los valores de pureza y fidelidad conyugal y encuentre un terreno propicio para comprometerse totalmente al servicio del amor y de la vida en un matrimonio indisoluble dándole sentido cabal a su vida..

Ante aquello que en el ambiente de hoy impide tal compromiso es necesaria una minuciosa preparación al sacramento, recordando que éste se halla ante el umbral, no solo de una pareja, sino de toda la comunidad humana; de la Nación, de la Iglesia.

Si durante esta preparación que – que será siempre iniciación catequística – dejamos hablar a Dios y al conocimiento humano, los novios aprenderán a distinguir el amor, la fidelidad y la honestidad conyugal de sus opositores.

Acompañemos esas palabras con la oración ferviente, para que la gracia les ayude a perseverar en ese bien que Dios mismo nos ha confiado con el mandamiento y con el sacramento.

Durante la Cuaresma nos acercamos a Dios dispuestos a escuchar sus enseñanzas. Entre ellas aparece el mandamiento «no cometerás adulterio». Busquemos de nuevo la verdad y la fuerza del vínculo. Démosle derecho de plena ciudadanía a nuestra conciencia, en nuestra vida personal y en la pública. Seámosle fieles.

Es cierto que el mandamiento le presenta al hombre muchas exigencias, pero tan bien es cierto que le ayuda a actuar bien y toda acción correcta lleva consigo exigencias. Que la Cuaresma sea para todos nosotros el periodo por excelencia durante el cual a través de la escucha de la Palabra la oración y la memoria de la pasión de nuestro Redentor, nos sea posible reencontrar nuestras almas de acuerdo con las palabras de Cristo «el que pierda su vida por mí, la encontrará» Mt, 10,39. Oren los unos por los otros, y «llevad los unos las cargas de los otros» (Gal 6,2) para que a todos les sea concedido gozar en la alegría de la resurrección del Señor
.

Muchas gracias a Carmela, que me hizo llegar el texto.

(Cuando habia terminado de traducir, encontre que este mensaje esta incluido en El don del Amor: escritos sobre la Familia, que forma parte de la trilogia publicada por Ediciones Palabra -los otros dos titulos son: Mi vision del hombre: hacia una nueva etica y El hombre y su destino: ensayos de antropologia)

jueves, 5 de marzo de 2009

Dignidad matrimonial: una vocación (2da parte)


Dignidad matrimonial: una vocación
Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (2da parte)
(Su última Cuaresma en Cracovia)

(cont de 1)
Intentaremos ahora comprender en su plenitud el amor que ha movido a Dios a ordenar «no cometerás adulterio», y a la luz de estas palabras sencillas pero fuertes, trataremos de analizar nuestros pensamientos, actitudes y palabras. Intentemos considerar también el reverso del sexto mandamiento – fundamental ley moral – según las palabras de Cristo: «Por sus frutos conoceréis…no puede un árbol bueno dar frutos malos»(Mt 7,17-17.
Preguntémonos ahora: si ignoramos este mandamiento le prestamos un servicio al hombre, a la familia, al pueblo o les hacemos daño? Sabemos la respuesta – no obstante cualquier pretensión que intentase filtrarse - desgastan los valores fundamentales en el hombre: abusos, intereses, libertinajes avasallan el amor y la honestidad, y en todo ello se pone en juego el autentico valor del hombre.
Es verdad que Cristo se puso del lado de la mujer adúltera…«quien se halle sin pecado, que tire la primera piedra…» pero también es cierto que después le dijo: « ve y de ahora en adelante no peques mas» (Jn 8,11).
Haciendo así quiso salvar al ser humano de la vergüenza y del desprecio, para reclamarle luego el respeto de su propio valor y de la propia dignidad.
Situemos ahora la elocuencia de estas palabras en nuestra época, y recordemos que todo aquello que no responde al sexto mandamiento es amenaza latente para la dignidad del hombre.
Se equivocan quienes aseguran: «a quien ama todo le es permitido», no es verdad: el verdadero amor – al obrar bajo su influencia positiva – no permite que se lo separe del profundo sentido de responsabilidad por todo aquello que comporta. Y es siempre responsabilidad con respecto al cónyuge. Y por consiguiente de los derechos de los hijos en depositar su confianza en los padres, y en la reciproca fidelidad matrimonial que ellos se deben.
Los padres, y con ellos todos los adultos, deben merecer esta confianza, sin la cual llegan a destruirse lazos tan sagrados: la confianza se convierte en desconfianza, la seguridad en amenaza latente, creando a menudo una atmósfera de cinismo.
Pero estas son solo algunas, si bien no menos dolorosas consecuencias que conllevan ignorar el sexto mandamiento. Las palabras de Jesús a la mujer adultera «ve y de ahora en adelante no peques mas» (Jn 8,11) y a la samaritana «aquel que tienes ahora no es tu marido…..porque has tenido cinco»" (Jn 4,17-18), tienen profundo sentido también hoy que tenemos tantos divorcios.
Cambiar con facilidad de mujer o marido es síntoma de disolución social, y no estamos pagando con ello la inobservancia del sexto mandamiento? Esta relajación se anida con facilidad en los corazones de los jóvenes; la falta de respeto por la pureza matrimonial a menudo no tarda en conducirlos a epílogos trágicos. Ahora los jóvenes menores, entran en “su” vida, destruyendo aquella que han traído del regazo materno. No vemos, en tales resultados, la supresión de la voz del Amor eterno, con la cual Dios ha ordenado «no cometerás adulterio»? « Por sus frutos los conoceréis»”

martes, 3 de marzo de 2009

Dignidad matrimonial: una vocación


Dignidad matrimonial: una vocación
Mensaje cuaresmal del Cardenal Karol Wojtyla en Cracovia, 1978 (1ra parte)

La Cuaresma, en el marco del jubileo enlazado con el 900 ° aniversario del servicio episcopal de San Estanislao, apunta nuestra reflexión a los mandamientos. Al hacerlo así buscamos dirigir nuestra mirada a las raíces mismas del orden moral, cuyo particular interprete y custodio en tierra polaca fue San Estanislao.
Este año queremos dedicar este mensaje cuaresmal al sexto mandamiento del Decálogo: «No cometerás adulterio», temática esta que fue indirectamente tratada en el Mensaje anual del Episcopado con ocasión de la solemnidad de la Sagrada Familia y que nosotros retomamos en la exposición – unitaria y continua – de la ley moral, formulada en los Mandamientos. Y lo hacemos concientes que es ella, en cierto sentido, la raíz a partir de la cual se desarrollara el árbol de la moral, en sentido humano y cristiano conjuntamente.
El antiguo testamento expresaba en forma lapidaria los Mandamientos que se refieren a la esfera de la convivencia humana: los «no» dictados por Dios: «no mataras», «no cometerás adulterio», «no robaras», «no darás falso testimonio» poseen toda la fuerza expresiva de la prohibición divina.
« No cometerás adulterio» en referencia directa al matrimonio, unión – en la eterna ley divina – indisoluble y sacramental entre mujer y marido…« dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gen, 2,24)
Esa unión a que se refiere el mandamiento, es la misma que en las costumbres de algunos pueblos y culturas se concretiza en la unión de la casa y del lecho familiar. « No cometerás adulterio» quiere decir: no destruirás esta unión, presérvala, defiéndela, como bien fundamental de orden humano, social y moral.
Este bien es realzado en toda la simplicidad y profundidad que le son propias, en el juramento prestado por los esposos, que consagran en la Iglesia su matrimonio. Amor, fidelidad, honestidad matrimonial hasta la muerte. Estas son las palabras que confirman el bien a pleno y que el sexto mandamiento intenta salvaguardar. Y si bien la forma de prohibición « No cometerás adulterio» primordialmente indica al hombre el mal que habrá de evitar, conlleva al mismo tiempo, con autoridad de mandamiento, el bien primario que Dios mismo defiende.
De aquel goza ante todo la pareja, para convertirse mas tarde en patrimonio de los hijos, y finalmente de toda la sociedad, cuyo bienestar y fuerza moral dependen del amor, de la fidelidad y de la integridad de cada unión matrimonial.
EL mandamiento se refiere directamente a los cónyuges, señalándoles cual forma de convivencia marital, a esta comunión fundamental que en el juramento de fidelidad, fortalecido por la bendición divina, se proyecta a la aceptación y educación de los hijos e indirectamente a todos, imponiendo al hombre y a la mujer respetarse mutuamente. En sentido mas amplio aun, exige el respeto de la sexualidad humana, en el profundo significado del termino, en cuanto ella se halla en estrecha relación con la dignidad de la persona y con la responsabilidad de los padres.
« No cometerás adulterio» requiere por lo tanto pureza interior y publica, y a su vez la condena de todo aquello que la viola o amenaza. Contrasta por lo tanto, con todo aquello que en las costumbres, en el arte, en los espectáculos tiende a la destrucción del clima de candor o presenta peligro para el bien querido por Dios: como Creador haber hecho al hombre «en alma y cuerpo» a su imagen y semejanza, como Redentor indicándole el camino de la vida en la verdad y en el amor.