Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 11 de septiembre de 2026

El Santuario de La Santa Cruz de los Padres Cistercienses en Mogila, Cracovia

 


La orden cisterciense fue fundada en Francia en el año 1098. La nueva familia monástica se componía de un grupo de monjes benedictinos encabezados por San Roberto, San Alberico y San Esteban. En espíritu de celosa observancia de la regla del Santo Padre Benedicto de Montecassino,  fundaron el convento en Citeaux (en la lengua latina llamado Cistercium) y por eso el nombre Cistercienses (
Ordo Cisterciensis)  Śan Bernardo Clairveaux – fiel admirador y devoto de la Virgen Maria y amante de Jesucristo, fue quien contribuyo en gran medida al  desarrollo del convento. Aun hoy rogamos a la Santísima Virgen Maria con sus palabras: "Acordaos, ¡ohpiadosísima Virgen María! que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro,haya sido desamparado….”. 





Hacia Mogiła (el nombre de la aldea proviene de la tumba de Wanda, la hija leyendaria de Krakus) (actualmente incluida en Nowa Huta, un barrio de Cracovia) el obispo cracoviano Iwo Odrowąż * de  Lubiąż  trajo a los Cirstencienses en el año 1222. Fueron ellos quienes construyeron la iglesia bajo la advocación de Asunción de Madre de Dios y de San Wenceslao, así como un monasterio de estilo románico-gótico. El templo fue consagrado en  1266 por el obispo Juan Prandota con la asistencia del duque Boleslao y su esposa Santa Kinga (Cunegunda)  y participación de  fieles y creyentes.

*Es probable que la familia Odrowąż llegara a Polonia desde Bohemia. El progenitor de la familia pudo haber formado parte del séquito de Judith, esposa del príncipe Władysław Herman. Su historia no se conoce con detalle. La rama de la familia Odrowąż en la Pequeña Polonia, de la que procedían los fundadores, tenía su sede en Końskie, una ciudad del antiguo voivodato de Kielce. Desde la promulgación del acta fundacional en 1222, que complementaba la dotación de Wisław Odrowąż, la decisión sobre la monumental estructura recayó en su primo Iwo Odrowąż, obispo de Cracovia desde 1218. A él se le atribuye la grandeza y magnificencia de la iglesia, que superó a todas las iglesias de la época. Hasta la construcción de la catedral gótica de Wawel, ninguna iglesia en la Pequeña Polonia podía presumir de la escala espacial de la de Mogiła. Es uno de los edificios de ladrillo más antiguos de Polonia. El interior, delimitado en el presbiterio por un muro con tres ventanas de arco apuntado, crea una impresión impactante. Se cree que la obra de Iwo se llevó a cabo no solo por motivos religiosos, sino también por prestigio. Es un testimonio de fe, pero también de orgullo familiar. Hasta el siglo XVI, miembros influyentes de la familia Odrowąż, que ocupaban cargos políticos y económicos en el país, yacían en sus criptas. De ahí el cuidado y la dedicación que profesaban a este lugar sagrado.

 

La imagen  de Cristo Crucificado de la iglesia cobro fama rápidamente por tantos favores recibidos y  milagros concedidos.  A sus pies rezaban los reyes polacos, entre otros  el rey Casimiro Grande. Ladislao Jagiełło y Santa Edviga.  A la devoción de Jesucristo Milagroso pronto se unieron  obispos y fieles, de todas las capas sociales de Polonia.

Los Cistercienses de Mogiła administraron los terrenos de los alrededores con eficiencia y habilidad. Desecaron ciénagas y terrenos inundados encausando todo en las aguas del Dłubnia, un fluente del Vistula.  Edificaron también una iglesia de madera bajo la advocación de San Bartolomeo para continuar  la actividad pastoral entre la población de lugar. El templo de madera, que hoy continúa ubicado en el mismo sitio, procede del siglo XV. La iglesia conventual por haber sufrido un incendio, fue reedificada, conservando el  presbiterio, el transepto y las capillas cercanas a la sacristia. En el siglo XVI, un monje cisterciense Stanislao Samostrzelnik pintó los frescos dentro del templo y en el presbiterio, en la bóveda de la biblioteca conventual y en pasillos.  La fachada de la iglesia fue reconstruida en el siglo XVIII al estilo barroco. Del mismo modo se ejecutó el altar en la capilla de la Santa Cruz. La policromía de la nave principal, realizada por  Juan Bukoski-un artista cracoviano, data de  1919. La escultura de Jesus Crucificado Milagroso en la Capilla de la Santa Cruz mide 192 centímetros de altura y está policromada y tiene cabello natural, con la cabeza inclinada y los ojos mirando a los fieles. El semblante indulgente, sin sufrimiento ni dolor visible ha sido la causa que por tradición definen a esta imagen como un Cristo benévolo.  La capilla está cerrada con una puerta de hierro forjado, con ornamentos de oro exvoto de un caballero de nombre Esteban Żółkiewski en señal de  agradecimiento por haberle salvado en la batalla contra los Turcos en el ańo 1620. Durante siglos  en tiempos de tártaros, suecos y austriacos se acumularon  numerosos agradecimientos, ofrendas y ex votos.    Los agradecimientos que se encuentra a la vista  actualmente pertenecen a épocas recientes.  Las crónicas monásticas informan de numerosos  agradecimientos por favores extraordinarios y tambien insólitos a Cristo Crucificado. Algunos de ellos figuran en un  folleto titulado "Breve relato sobre  Jesucristo Milagroso de Mogiła".

El altar principal de piedra es una reconstrucción del altar romano. La base del altar constituye un políptico del gótico avanzado del año 1514. En el centro hay una estatua de la Madre de Dios con el Nino Jesús. Sobre las alas laterales, se ven escenas esculpidas de la vida de la Santa Familia, y  pinturas de la Pasión Divina. En las crujías conventuales hay también monumentos preciosos, entre otras cosas un tríptico del siglo XV que representa a Madre de Dios con su Niño Jesús y a los Santos.

El  9 de marzo de 1970 el Santo Padre Pablo VI concedió a la iglesia conventual el título de basílica menor. Despues de la visita del Santuario por el Santo Papa Juan Pablo II el día 9 de junio de 1979 (primer viaje a su patria como Papa – iba acompañado por el cardenal Joseph Ratzinger) comenzaron a aumentar cada vez más las visitas a Jesucristo Milagroso, en especial para la velada nocturna de los primeros viernes y primeros sabados y durante la peregrinación con  ocasión de la Exaltacion de la Santa Cruz de cada año entre el 14 y el 21 de septiembre.* La celebración central se realiza  el domingo de indulgencia ante el altar exterior en el viejo jardín monástico, ahora Plaza de Juan Pablo II, rodeado de las estaciones de Via Crucis.

*

Este año 2026 La indulgencia comienza el domingo 13 de septiembre con la Santa Misa a las 18:00 horas. Posteriormente, tendrá lugar una procesión con las reliquias de la Santa Cruz en la plaza frente a la basílica. La Misa y la procesión estarán presididas por el Cardenal Grzegorz Ryś, Arzobispo Metropolitano de Cracovia.

Durante los días restantes de la semana de indulgencias, las principales misas con sermones para peregrinos se celebrarán en la basílica a las 12:00 del mediodía y a las 18:00 horas (con una procesión eucarística en la plaza frente a la basílica).

 

En el ańo 1998 durante las solemnidades de indulgencia, dimos las gracias a Dios por los  900 años de la presencia de la  Orden Cisterciense dentro de la iglesia católica. Actualmente los  Cistercienses se hallan presentes en los cinco continentes –incluyendo a los cistercienses-trapenses- y el conjunto de la orden se estima en unos 4500 religiosos. Con sus plegarias de hermandad,  rezos personales y actividad pastoral sirven a Dios y a la gente.

 

Fuente : Opactwo cystersów wMogile, ul. Klasztorna 11, PL 31-979 Kraków


La fuerza y el misterio de la Santa Cruz

 


La nueva cruz, que ha surgido no lejos de la antiquísima reliquia de la Santa Cruz en la abadía de los cistercienses, ha anunciado el nacimiento de la nueva iglesia. Este nacimiento se ha grabado profundamente en mi corazón, y yo, dejando la sede de San Estanislao por la de San Pedro, la he llevado conmigo como una nueva reliquia, como una reliquia preciosa de nuestros días.

La nueva cruz ha aparecido, cuando sobre el terreno de la antigua campiña de los alrededores de Kraków, que es ahora terreno de Nowa Huta, han llegado hombres nuevos para comenzar un nuevo trabajo. Antes se trabajaba aquí duramente, se trabajaba en los campos y la tierra era fértil, se trabajaba pues con agrado. Desde hace unos decenios se ha implantado la industria; la gran industria, la industria pesada. Han llegado aquí hombres procedentes de diversas partes, han venido para gastar sus energías como trabajadores siderúrgicos.

 Precisamente ellos han traído consigo esta nueva cruz. Han sido ellos mismos quienes la han levantado como signo de la voluntad de construir una nueva iglesia. Precisamente esta cruz, ante la que nos encontramos en estos momentos. He tenido la gran suerte, como arzobispo vuestro y cardenal, de bendecir y consagrar, el año 1977, esta iglesia surgida a la sombra de una nueva cruz.

 Esta iglesia es fruto del trabajo nuevo. Osaría afirmar que ha nacido de Nowa Huta. Todos, en efecto, sabemos que en el trabajo del hombre está profundamente grabado el misterio de la cruz, la ley de la cruz. ¿No se verifican tal vez en ella las palabras del Creador pronunciadas después de la caída del hombre: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan" (Gén 3, 19)? Tanto el antiguo trabajo en el campo que hace nacer el trigo, pero también espinas y cardos, como el nuevo trabajo en los altos hornos y en las nuevas fundiciones, siempre se efectúa "con el sudor de la frente". La ley de la cruz está inscrita en el trabajo humano. Con el sudor de la frente ha trabajado el labrador. Con el sudor de la frente trabaja el obrero de la industria. Y con el sudor de la frente (con el tremendo sudor de la muerte) agoniza Cristo en la cruz.

No se puede disociar la cruz del trabajo humano. No se puede separar a Cristo del trabajo humano. Y esto se confirma aquí en Nowa Huta. Este ha sido el principio de la nueva evangelización, en los albores del nuevo milenio del cristianismo en Polonia. Este nuevo comienzo lo hemos vivido juntos y lo he llevado conmigo, desde Kraków a Roma, como una reliquia.

El cristianismo y la Iglesia no tienen miedo del mundo del trabajo. No tienen miedo del sistema basado sobre el trabajo. El Papa no tiene miedo a los hombres del trabajo. Los ha sentido siempre muy cerca de él. Ha salido de su ambiente. Ha salido de las canteras de piedra de Zakrowek, de las calderas de Solvay en Borek Falecki, después de Nowa Huta. A través de todos estos ambientes, a través de las experiencias personales de trabajo —me permito decir—, el Papa ha aprendido nuevamente el Evangelio. Se ha dado cuenta y se ha convencido de cuán profundamente está grabada en el Evangelio la problemática contemporánea del trabajo humano. De cómo sea imposible resolverla a fondo sin el Evangelio.

 De hecho, la problemática contemporánea del trabajo humano (¿sólo la contemporánea, realmente?), en última instancia, no se reduce —me perdonen todos los especialista,— ni a la técnica ni tanto menos a la economía, sino a una categoría fundamental, a saber, a la categoría de la dignidad del trabajo, o sea, de la dignidad del hombre. La economía, la técnica y tantas otras especialidades y disciplinas, tienen su razón de ser en esa única categoría esencial. Si no se inspiran en ella y se forman fuera de la dignidad del trabajo humano, están en error, son nocivas y van contra el hombre.

 Esta categoría fundamental es humanista. Me permito decir que esta categoría fundamental: categoría del trabajo como medida de la dignidad del hombre, es cristiana. La encontramos, en su más alto grado de intensidad, en Cristo.

Baste esto, amadísimos hermanos. Más de una vez me he encontrado aquí con vosotros, como obispo, y he tratado más ampliamente todos estos temas. Hoy, como huésped vuestro, debo hablar de manera más concisa. Pero recordad esta antigua cosa: Cristo no aprobará jamás que el hombre sea considerado —o que se considere a sí mismo— únicamente como instrumento de producción, que sea apreciado, estimado y valorado según este principio. ¡Cristo no lo aprobará jamás! Por esto se dejó clavar en la cruz, como sobre el gran umbral de la historia espiritual del hombre, para oponerse a cualquier degradación del hombre, incluso la degradación mediante el trabajo. Cristo permanece ante nuestros ojos en su cruz, para que todo hombre sea consciente de la fuerza que él le ha dado: "Dioles poder de venir a ser hijos de Dios" (Jn 1, 12).

De esto debe acordarse tanto el trabajador como el patrón, el sistema del trabajo y el de la retribución; lo deben recordar el Estado, la nación y la Iglesia.

 

 ( de la homilía de Juan Pablo II en  la Santa Misa en el Santuario de la Santa Cruz, Mogila el 8 de junio de 1979 durante su primera peregrinación apostólica a Polonia – leer completa) 

viernes, 8 de abril de 2022

No se puede separar a Cristo del trabajo humano

(imagen de Visit Malopolska)

No se puede disociar la cruz del trabajo humano. No se puede separar a Cristo del trabajo humano…

El cristianismo y la Iglesia no tienen miedo del mundo del trabajo. No tienen miedo del sistema basado sobre el trabajo. El Papa no tiene miedo a los hombres del trabajo. Los ha sentido siempre muy cerca de él. Ha salido de su ambiente. Ha salido de las canteras de piedra de Zakrowek, de las calderas de Solvay en Borek Falecki, después de Nowa Huta. A través de todos estos ambientes, a través de las experiencias personales de trabajo —me permito decir—, el Papa ha aprendido nuevamente el Evangelio. Se ha dado cuenta y se ha convencido de cuán profundamente está grabada en el Evangelio la problemática contemporánea del trabajo humano. De cómo sea imposible resolverla a fondo sin el Evangelio.

De hecho, la problemática contemporánea del trabajo humano (¿sólo la contemporánea, realmente?), en última instancia, no se reduce —me perdonen todos los especialista,— ni a la técnica ni tanto menos a la economía, sino a una categoría fundamental, a saber, a la categoría de la dignidad del trabajo, o sea, de la dignidad del hombre. La economía, la técnica y tantas otras especialidades y disciplinas, tienen su razón de ser en esa única categoría esencial. Si no se inspiran en ella y se forman fuera de la dignidad del trabajo humano, están en error, son nocivas y van contra el hombre.

Esta categoría fundamental es humanista. Me permito decir que esta categoría fundamental: categoría del trabajo como medida de la dignidad del hombre, es cristiana. La encontramos, en su más alto grado de intensidad, en Cristo… Pero recordad esta antigua cosa: Cristo no aprobará jamás que el hombre sea considerado —o que se considere a sí mismo— únicamente como instrumento de producción, que sea apreciado, estimado y valorado según este principio. ¡Cristo no lo aprobará jamás! Por esto se dejó clavar en la cruz, como sobre el gran umbral de la historia espiritual del hombre, para oponerse a cualquier degradación del hombre, incluso la degradación mediante el trabajo. Cristo permanece ante nuestros ojos en su cruz, para que todo hombre sea consciente de la fuerza que él le ha dado: "Dioles poder de venir a ser hijos de Dios" (Jn 1, 12).

De esto debe acordarse tanto el trabajador como el patrón, el sistema del trabajo y el de la retribución; lo deben recordar el Estado, la nación y la Iglesia.

 

(de la Homilia de JuanPablo II en el Santuario de la Santa Cruz, Mogila,8 de julio de 1979)

 

PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA


martes, 16 de agosto de 2016

La cruz de Nowa Huta y la nueva evangelización

(fotografia de Magicny Krakow)

“De nuevo estoy aquí, ante esta cruz, junto a la cual he estado tantas veces como peregrino; ante la cruz que sigue siendo para todos nosotros como la más preciada reliquia de nuestro Redentor.
Cuando, en los alrededores de Kraków (Cracovia), surgía Nowa Huta —enorme complejo industrial y una nueva gran ciudad: nueva Kraków—, tal vez nadie se daba cuenta de que estaba surgiendo de hecho al lado de esta cruz, el lado de esta reliquia que, junto a la antiquísima abadía de los cistercienses, hemos heredado desde la época de los Piast. Corría el año 1222, la época del Príncipe Leszek Bialy, la época del obispo Ivo Odrowaz, en el período antecedente a la canonización de San Estanislao. En aquel tiempo, en el 111 centenario de nuestro bautismo, fue fundada aquí la abadía de los cistercienses, y después fue traída la reliquia de la santa cruz, que desde hace siglos se ha convertido en meta de peregrinaciones de la región de Kraków: del Norte. de la parte de Kielce; del Este, de la parte de Tarnów, y del Oeste, de Slesia. Todo ello ha tenido lugar en un territorio sobre el cual, según la tradición, se levantaba antaño Stara Huta, casi la antigua madre histórica de la actual Nowa Huta.'
Deseo hoy saludar aquí, una vez más, a los peregrinos de Kraków, a los de Slesia y a los de la diócesis de Kielce.
Caminemos juntos, peregrinos, hacia la cruz del Señor, pues con ella comienza una nueva era en la historia del hombre. Este es tiempo de gracia, tiempo de salvación. A través de la cruz el hombre ha podido comprender el sentido de su propia suerte, de su propia existencia sobre la tierra. Ha descubierto cuánto le ha amado Dios. Ha descubierto, y descubre continuamente, a la luz de la fe, cuán grande sea el propio valor. Ha aprendido a medir la propia dignidad con el metro de aquel sacrificio que Dios ha ofrecido en su Hijo para la salvación del hombre: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).
Aunque cambian los tiempos, aunque en lugar de los campos de antaño, en las cercanías de Kraków ha surgido un enorme complejo industrial, aunque vivimos en una época de vertiginoso progreso de las ciencias naturales y de un progreso tan sorprendente de la técnica, sin embargo la verdad de la vida del espíritu humano —que se expresa a través de la cruz— no decae, es siempre actual, no envejece nunca. La historia de Nowa Huta está escrita también por medio de la cruz; primero, a través de aquella antigua de Mogila, heredada desde siglos, después por medio de otra, nueva... que se ha levantado no lejos de aquí.
Donde surge la cruz, se ve la señal de que ha llegado la Buena Noticia de la salvación del hombre mediante el amor. Donde se levanta la cruz, está la señal de que ha iniciado la evangelización. Tiempos atrás, nuestros padres levantaban, en diversos lugares del territorio polaco, la cruz como signo de que ya había llegado el Evangelio, de que va se había iniciado la evangelización, la cual debía continuarse ininterrumpidamente hasta hoy. Con este pensamiento se levantó también la primera cruz en Mogila, en los alrededores de Kraków, en las cercanías de Stara Huta.
La nueva cruz de madera ha surgido no lejos de aquí, exactamente durante las celebraciones del milenario. Con ella hemos recibido una señal: que en el umbral del nuevo milenio —en esta nueva época, en las nuevas condiciones de vida—, vuelve a ser anunciado el Evangelio. Se ha dado comienzo a una nueva evangelización, como si se tratara de un segundo anuncio, aunque en realidad es siempre el mismo. La cruz está elevada sobre el mundo que avanza.
Agradecemos hoy, ante la cruz de Mogila, ante la cruz de Nowa Huta, este nuevo comienzo de evangelización, que aquí se ha efectuado. Pidamos todos que fructifique, al igual que la primera —o si se quiere, todavía más—“


(de la homilía del Papa Juan Pablo II en la Santa Misa en el Santuario de la Santa Cruz, Mogila el 8 de junio de 1979 durante su peregrinación apostólica a Polonia – leer completa en el sitio oficial de la Santa Sede)

viernes, 25 de marzo de 2016

Caminemos juntos, peregrinos, hacia la cruz del Señor



“Caminemos juntos, peregrinos, hacia la cruz del Señor, pues con ella comienza una nueva era en la historia del hombre. Este es tiempo de gracia, tiempo de salvación. A través de la cruz el hombre  ha podido comprender el sentido de su propia suerte, de su propia existencia sobre la tierra. Ha descubierto cuánto le ha amado Dios. Ha descubierto, y descubre continuamente, a la luz de la fe, cuán grande sea el propio valor. Ha aprendido a medir la propia dignidad con el metro de aquel sacrificio que Dios ha ofrecido en su Hijo para la salvación del hombre: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).”