Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 3 de octubre de 2013

Juan Pablo II un Papa que ha “atravesado los continentes del espíritu”


(Juan Pablo II 6 de junio de 1992 en São Tomé)

Al comienzo de la celebración eucarística celebrada con motivo del 25aniversario del pontificado de Juan Pablo II el Cardenal Joseph Ratzinger desplegaba en breves palabras la  la riqueza de la persona del Papa Juan Pablo II y  su pontificado.  

“Usted, como Vicario de Jesucristo en la sucesión apostólica, ha recorrido incansablemente el mundo, no sólo para llevar a los hombres el evangelio del amor de Dios encarnado en Jesucristo, más allá de todo confín geográfico; usted ha atravesado también los continentes del espíritu, a menudo distantes unos de otros y contrapuestos entre sí, para acercar a los que estaban lejos y reconciliar a los que estaban separados, y para dar cabida en el mundo a la paz de Cristo (cf. Ef 2, 17).
Se ha dirigido a jóvenes y ancianos, a ricos y pobres, a gente poderosa y humilde, y ha demostrado siempre —siguiendo el ejemplo de Jesucristo— un amor particular por los pobres y los indefensos, llevando a todos una chispa de la verdad y del amor de Dios. Ha anunciado sin miedo la voluntad de Dios, incluso allí donde está en contraste con lo que piensan y quieren los hombres.
Como el apóstol san Pablo, usted puede decir que no ha tratado nunca de adular con las palabras, que no ha buscado jamás ningún honor de los hombres, sino que ha cuidado de sus hijos como una madre. Como san Pablo, también usted se ha encariñado con los hombres y ha deseado hacerlos partícipes no sólo del Evangelio, sino también de  su misma vida (cf. 1 Ts 2, 5-8). Ha aceptado críticas e injurias, suscitando, sin embargo, gratitud y amor y derribando los muros del odio y la enemistad.

Podemos constatar hoy cómo usted se ha entregado con todo su ser al servicio del Evangelio y se ha desgastado totalmente por él (2 Co 12, 15). En su vida la expresión cruz no es sólo una palabra. Usted se ha dejado herir por ella en el alma y en el cuerpo. Al igual que san Pablo, también usted soporta los sufrimientos para completar en su vida terrena, por el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, lo que aún falta a los padecimientos de Cristo (Col 1, 24)”

sábado, 16 de enero de 2010

Las 14 Encíclicas del Papa Juan Pablo II

Entre los días 8 y 10 de mayo de 2003 se realizo en la “Universidad del Papa” la Pontificia Universidad Lateranense de Roma el Simposio “Juan Pablo II: 25 años de pontificado “La Iglesia al servicio del hombre” . En su alocución
el Papa Juan Pablo II agradecía el encuentro recordando las otras visitas realizadas a ese ateneo, y remarcaba que “Cada encuentro de este tipo despierta en mi alma el recuerdo de las experiencias vividas en la enseñanza académica en Cracovia y en Lublin… años ricos en estudios, en contactos y en investigaciones, animadas por el deseo de descubrir y recorrer nuevas pistas con vistas a una evangelización atenta a los desafíos de la época moderna”

En ese encuentro el cardenal Joseph Ratzinger, ahora nuestro Santo Padre Benedicto XVI, expuso en su conferencia una “panorámica aproximada y superficial” según sus propias palabras de las encíclicas de Juan Pablo II que dividió por grupos de termas afines. Transcribo a continuación el texto completo de la conferencia (que a veces cuesta encontrar en el sitio de la Santa Sede) . Las fotografías (mías) son pinturas de las bóvedas del cielorraso de la Basílica de Consagración a la Santísima Virgen de Wadowice.
Conferencia del Cardenal Joseph Ratzinger

“Sería absurdo pensar que se puede hablar en media hora de las catorce encíclicas de nuestro Santo Padre. Sería preciso examinar cada una detalladamente, para poder comprender la estructura del conjunto y para captar sus temas centrales y la línea de su enseñanza. En media hora sólo se puede brindar una panorámica aproximada y superficial. La elección de los puntos que subrayamos es necesariamente unilateral y podría hacerse también de modo diverso. Además, una valoración conjunta debería incluir también los demás textos magisteriales del Papa, que a menudo son de gran trascendencia y pertenecen sin duda al conjunto de las afirmaciones doctrinales del Santo Padre. Dicho esto, las encíclicas se deben dividir por grupos de temas afines. Conviene recordar ante todo el tríptico trinitario de los años 1979-1986, que abarca las encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem. A la década 1981-1991 pertenecen las tres encíclicas sociales:

Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis y Centesimus annus. Luego están las encíclicas que tratan temas de eclesiología: Slavorum apostoli (1985), Redemptoris missio (1990)y Ut unum sint (1995).
En el ámbito eclesiológico se puede situar también la última encíclica, hasta ahora, del Papa: Ecclesia de Eucharistia (2003), así como en cierto sentido, la encíclica mariana Redemptoris Mater (1987).

Ya en su primera encíclica el Papa había unido íntimamente los temas de la madre Iglesia y de la Madre de la Iglesia, ensanchándolos al ámbito histórico-teológico y pneumatológico: "Suplico sobre todo a María, la celestial Madre de la Iglesia, que se digne, en esta oración del nuevo Adviento de la humanidad, perseverar con nosotros que formamos la Iglesia, es decir, el Cuerpo místico de su Hijo unigénito. Espero que, gracias a esta oración, podamos recibir al Espíritu Santo que desciende sobre nosotros (cf. Hch 1, 8) y convertirnos de este modo en testigos de Cristo "hasta los últimos confines de la tierra"" (Redemptor hominis, 22). En la mariología, para el Papa, se encuentran todos los grandes temas de la fe: no hay encíclica que no concluya con una referencia a la Madre del Señor. Y, por último, tenemos tres grandes textos doctrinales, que pueden situarse en el ámbito antropológico:

Veritatis splendor (1993), Evangelium vitae (1995) y Fides et ratio (1998). La primera encíclica, Redemptor hominis, es la más personal, el punto de partida de todas las demás. Sería fácil demostrar que todos los temas sucesivos ya se hallaban anticipados en ella: el tema de la verdad y el vínculo entre verdad y libertad se afronta según toda la importancia que tiene en un mundo que quiere libertad pero considera la verdad una pretensión y lo contrario de la libertad. El celo ecuménico del Papa se aprecia ya en este primer gran texto magisterial. Los principales rasgos de la encíclica eucarística -Eucaristía y sacrificio, sacrificio y redención, Eucaristía y penitencia- ya se hallan presentes en sus grandes líneas. El imperativo "no matarás", que es el gran tema de la


Evangelium vitae, es anunciado con gran fuerza al mundo. Como hemos visto, la orientación del cristianismo hacia el futuro, típica del Papa, está relacionada con el tema mariano. Para el Papa, el vínculo entre la Iglesia y Cristo no es un vínculo con el pasado, una orientación hacia atrás, sino más bien el vínculo de quien es y da futuro, y que invita a la Iglesia a abrirse a un nuevo período de la fe. Su compromiso personal, su esperanza, pero también su profundo deseo de que el Señor nos conceda un nuevo presente de fe y de plenitud de vida, un nuevo Pentecostés, resulta evidente cuando, casi como una explosión, prorrumpe en una invocación: "La Iglesia de nuestro tiempo parece repetir cada vez con mayor fervor y con santa insistencia: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven! ¡Ven!" (Redemptor hominis, 18).

Todos estos temas que, como ya hemos dicho, anticipan toda la obra magisterial del Papa, están conectados por una visión cuya dirección fundamental debemos tratar de describir. Con ocasión de los ejercicios que, como cardenal arzobispo de Cracovia, predicó en 1976 a Pablo VI y a la Curia romana, explicaba que los intelectuales católicos polacos, en los primeros años de la posguerra, al inicio habían tratado de confutar, contra el materialismo marxista convertido ya en doctrina oficial, el valor absoluto de la materia. Pero pronto se desplazó el centro del debate: ya no versaba sobre las bases filosóficas de las ciencias naturales (aunque este tema mantiene siempre su importancia), sino sobre la antropología. El núcleo de la discusión pasó a ser: ¿qué es el hombre? La cuestión antropológica no es una teoría filosófica sobre el hombre; tiene un carácter existencial. Bajo esa cuestión subyace la cuestión de la redención. ¿Cómo puede vivir el hombre? ¿Quién tiene la respuesta a la cuestión sobre el hombre?, una cuestión muy concreta. ¿Quién puede enseñarnos a vivir: el materialismo, el marxismo o el cristianismo? Así pues, la cuestión antropológica es una cuestión científica y racional, pero, al mismo tiempo, es también una cuestión pastoral: ¿cómo podemos mostrar a los hombres el camino que lleva a la vida y ayudarles a comprender también a los no creyentes que sus interrogantes son también los nuestros y que, frente al dilema del hombre de hoy y de entonces, Pedro tenía razón cuando dijo al Señor: "Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Filosofía, pastoral y fe de la Iglesia se funden en esta tensión antropológica. En su primera encíclica, Redemptor hominis, Juan Pablo II resumió, por decirlo así, los frutos del camino recorrido hasta entonces en su calidad de pastor de la Iglesia y como pensador de nuestro tiempo. Esa primera encíclica gira en torno a la cuestión del hombre. La expresión: "el hombre es el camino primero y fundamental de la Iglesia" (ib., 14) se ha convertido casi en un lema. Pero, al citarla, a menudo nos olvidamos de que poco antes el Papa había dicho: "Jesucristo es el camino principal de la Iglesia. Él mismo es nuestro camino "hacia la casa del Padre" (cf. Jn 14, 1 ss) y es también el camino hacia cada hombre" (ib., 13). Por consiguiente, también la fórmula del hombre como primer camino de la Iglesia prosigue así: "camino trazado por Cristo mismo, camino que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención" (ib., 14). Para el Papa, antropología y cristología son inseparables. Precisamente Cristo nos ha revelado qué es el hombre y a dónde debe ir para encontrar la vida. Este Cristo no es sólo un modelo de existencia humana, un ejemplo de cómo se debe vivir, sino que "está unido, en cierto modo, a todo hombre" (ib.). Cristo nos toca en nuestro interior, en la raíz de nuestra existencia, transformándose así, desde el interior, en el camino para el hombre. Rompe el aislamiento del yo; es garantía de la dignidad indestructible de cada persona y, al mismo tiempo, es quien supera el individualismo en una comunicación a la que aspira toda la naturaleza del hombre.
Para el Papa, el antropocentrismo es al mismo tiempo cristocentrismo, y viceversa. Contra la opinión según la cual sólo a través de las formas primitivas del ser humano (partiendo de abajo, por decirlo así) se puede explicar qué es el hombre, el Papa sostiene que solamente partiendo del hombre perfecto se puede comprender lo que es el hombre, y que desde este punto de vista se puede vislumbrar el camino del ser humano. A este respecto, habría podido referirse a Teilhard de Chardin, que decía: "La solución científica del problema humano no deriva exclusivamente del estudio de los fósiles, sino de una atenta observación de las características y de las posibilidades del hombre de hoy, que determinarán al hombre de mañana". Naturalmente, Juan Pablo II va mucho más allá de ese diagnóstico: en definitiva, sólo podemos comprender qué es el hombre mirando a Aquel que realiza plenamente la naturaleza del hombre, que es imagen de Dios, el Hijo de Dios, Dios de Dios y Luz de Luz. Así corresponde perfectamente a la orientación intrínseca de la primera encíclica, la cual, en la prosecución del Magisterio papal, se desarrolló formando, juntamente con otras dos encíclicas, el tríptico trinitario. La cuestión del hombre no se puede separar de la cuestión de Dios. La tesis de Guardini, según el cual sólo conoce al hombre quien conoce a Dios, encuentra una clara confirmación en esta fusión de la antropología con la cuestión de Dios. Echemos ahora una mirada a las otras dos tablas del tríptico trinitario. El tema de Dios Padre aparece velado, por decirlo así, en primer lugar, bajo el título Dives in misericordia. Se puede creer que la idea de tratar esta temática le vino al Papa de la devoción de la religiosa de Cracovia Faustina Kowalska, a la que posteriormente elevó al honor de los altares. Poner en el centro de la fe y de la vida cristiana la misericordia de Dios fue el gran deseo de esta santa mujer. Con la fuerza de su vida espiritual, ella puso de relieve la novedad del cristianismo, precisamente en nuestro tiempo, marcado por la irreligiosidad de sus ideologías. Basta recordar que Séneca, un pensador del mundo romano en muchos aspectos bastante cercano al cristianismo, dijo una vez: "La compasión es una debilidad, una enfermedad". Mil años después, san Bernardo de Claraval, con el espíritu de los santos Padres, encontró la admirable fórmula: "Dios no puede padecer, pero puede compadecer". Considero muy acertado que el Papa haya centrado su encíclica sobre Dios Padre en el tema de la misericordia divina. El primer subtítulo de la encíclica es: "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14, 9). Ver a Cristo significa ver al Dios misericordioso. Conviene subrayar que en esta encíclica la digresión sobre la terminología bíblica de la misericordia divina en el Antiguo Testamento ocupa nada menos que tres páginas. En ella se explica también la palabra rahamim, que proviene de la palabra rehem (vientre materno), y confiere a la misericordia de Dios los rasgos del amor materno. El otro punto central de la encíclica es su profunda interpretación de la parábola del hijo pródigo, en la que la imagen del Padre resplandece en toda su grandeza y belleza. Quiero dedicar también unas pocas palabras a la encíclica sobre el Espíritu Santo, en la cual se trata el tema de la verdad y de la conciencia. Según el Papa, el auténtico don del Espíritu Santo es "el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención" (Dominum et vivificantem, 31). Así pues, en la raíz del pecado está la mentira, el rechazo de la verdad. "La "desobediencia", como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal" (ib., 36). La perspectiva fundamental de la encíclica Veritatis splendor ya aparece aquí muy claramente. Es evidente que el Papa, precisamente en la encíclica sobre el Espíritu Santo, no se detiene en el diagnóstico de nuestra situación de peligro, sino que hace ese diagnóstico para preparar el camino a la curación. En la conversión, el afán de la conciencia se transforma en amor que sana, que sabe sufrir: "El dispensador oculto de esa fuerza salvadora es el Espíritu Santo" (ib., 5). He comentado ampliamente -tal vez demasiado ampliamente- el tríptico trinitario, porque contiene todo el programa de las encíclicas sucesivas y lo relaciona con la fe en Dios. Ahora no tendré más remedio que limitarme a algunos rasgos esquemáticos de las demás encíclicas. Las tres grandes encíclicas sociales aplican la antropología del Papa a la problemática social de nuestro tiempo. Juan Pablo II subraya la primacía del hombre sobre los medios de producción, la primacía del trabajo sobre el capital y la primacía de la ética sobre la técnica. En el centro está la dignidad del hombre, que es siempre un fin y jamás un medio. A partir de aquí se esclarecen las grandes cuestiones actuales de la problemática social en contraposición crítica tanto con el marxismo como con el liberalismo. Las encíclicas eclesiológicas merecerían una reflexión profunda, que no puedo hacer aquí. Ecclesia de Eucharistia considera a la Iglesia desde el interior y desde lo alto, y así capta su capacidad de crear comunión; Redemptoris Mater trata de la prefiguración de la Iglesia en María y del misterio de su maternidad; las otras tres encíclicas de este grupo presentan los dos grandes ámbitos relacionales en los que vive la Iglesia: el diálogo ecuménico -como búsqueda de la unidad de los bautizados en obediencia al mandato del Señor, según la lógica intrínseca de la fe, que ha sido enviada al mundo por Dios como fuerza de unidad- es el primer ámbito relacional que el Papa, con toda la fuerza de su celo ecuménico, introduce en la conciencia de la Iglesia con la Ut unum sint. También Slavorum apostoli es un texto ecuménico de particular belleza. Por una parte, se sitúa en la relación entre Oriente y Occidente; y, por otra, muestra la vinculación entre la fe y la cultura, y la capacidad que tiene la fe para crear cultura, pues llega al fondo y experimenta una nueva dimensión de la unidad. El otro ámbito relacional atañe a los hombres que profesan religiones no cristianas o viven sin religión, para anunciarles a Jesús, del que Pedro dijo a los fariseos: "En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos" (Hch 4, 12). En la Redemptoris missio el Papa explica la relación entre diálogo y anuncio. Muestra que la misión, el anuncio de Cristo a todos los que no lo conocen, sigue siendo siempre una obligación, pues todo hombre espera en su interior a aquel que es a la vez Dios y hombre, al "Redentor del hombre". Veamos, por último, las tres grandes encíclicas en las que la temática antropológica se desarrolla bajo diversos aspectos. Veritatis splendor no sólo afronta la crisis interna de la teología moral en la Iglesia, sino que pertenece al debate ético de dimensiones mundiales, que hoy se ha transformado en una cuestión de vida o muerte para la humanidad. Contra una teología moral que en el siglo XIX se había reducido de modo cada vez más preocupante a casuística, ya en los decenios anteriores al Concilio se había puesto en marcha un decidido movimiento de oposición. La doctrina moral cristiana se debía formular nuevamente desde su gran perspectiva positiva a partir del núcleo de la fe, sin considerarla como una lista de prohibiciones. La idea de la imitación de Cristo y el principio del amor se desarrollaron como las directrices fundamentales, a partir de las cuales podían organizarse los diversos elementos de la doctrina. La voluntad de dejarse inspirar por la fe como luz nueva que hace transparente la doctrina moral había llevado a alejarse de la versión iusnaturalista de la moral en favor de una construcción de perfil bíblico e histórico-salvífico. El concilio Vaticano II había confirmado y reafirmado estos enfoques. Pero el intento de construir una moral puramente bíblica resultó imposible ante las demandas concretas de la época. El puro biblicismo, precisamente en la teología moral, no es un camino posible. Así, de modo sorprendentemente rápido, después de una breve fase en la que se trató de dar a la teología moral una inspiración bíblica, se intentó una explicación puramente racional del ethos, pero la vuelta al pensamiento iusnaturalista resultó imposible: la corriente antimetafísica, que tal vez ya había contribuido al intento biblicista, hacía que el derecho natural pareciera un modelo anticuado y ya inadecuado. Se quedó a merced de una racionalidad positivista que ya no reconocía el bien como tal. "El bien es siempre -así decía entonces un teólogo moral- sólo mejor que...". Quedaba como criterio el cálculo de las consecuencias. Moral es lo que parece más positivo, teniendo en cuenta las consecuencias previsibles. No siempre el consecuencialismo se aplicó de modo tan radical. Pero al final se llegó a una construcción tal, que se disuelve lo que es moral, pues el bien como tal no existe. Para ese tipo de racionalidad ni siquiera la Biblia tiene algo que decir. La sagrada Escritura puede proporcionar motivaciones, pero no contenidos. Pero si las cosas fueran así, el cristianismo como "camino" -así debería y quisiera ser- resultaría un fracaso. Y si antes desde la ortodoxia se había llegado a la ortopraxis, ahora la ortopraxis se convierte en una trágica ironía: porque en el fondo no existe. El Papa, por el contrario, con gran decisión volvió a dar legitimidad a la perspectiva metafísica, que es sólo una consecuencia de la fe en la creación. Una vez más, partiendo de la fe en la creación, logra vincular y fundir antropocentrismo y teocentrismo: "la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina. (...) En efecto, la ley natural (...) no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios" (Veritatis splendor, 40). Precisamente porque el Papa es partidario de la metafísica en virtud de la fe en la creación, puede comprender también la Biblia como Palabra presente, unir la construcción metafísica y bíblica del ethos. Una perla de la encíclica, significativa tanto filosófica como teológicamente, es el gran pasaje sobre el martirio. Si ya no hay nada por lo que valga la pena morir, entonces también la vida resulta vacía. Sólo si existe el bien absoluto, por el que vale la pena morir, y el mal eterno que nunca se transforma en bien, el hombre es confirmado en su dignidad y nosotros nos vemos protegidos de la dictadura de las ideologías. Este punto es fundamental también para la encíclica Evangelium vitae, que el Papa escribió a petición apremiante del Episcopado mundial, pero que es igualmente expresión de su apasionada lucha por el respeto absoluto de la dignidad de la vida humana. La vida humana, donde se la trata como mera realidad biológica, se convierte en objeto del cálculo de las consecuencias. Pero el Papa, con la fe de la Iglesia, ve la imagen de Dios en el hombre, en todo hombre, sea pequeño o grande, sea débil o fuerte, sea útil o parezca inútil. Cristo, el Hijo mismo de Dios hecho hombre, murió por todo hombre. Esto confiere a cada hombre un valor infinito, una dignidad absolutamente intocable. Precisamente porque en el hombre hay algo más que mera bios, también su vida biológica resulta infinitamente valiosa. No queda a disposición de cualquiera, pues está revestida de la dignidad de Dios. No hay consecuencias, por más nobles que sean, que puedan justificar experimentos sobre el hombre. Después de todas las experiencias crueles de abuso del hombre, aunque las motivaciones pudieran parecer muy elevadas moralmente, esas palabras eran y son necesarias. Resulta evidente que la fe es la defensa de la humanidad. En la situación de ignorancia metafísica en la que nos encontramos, y que resulta a la vez atrofia moral, la fe se muestra como lo humano que salva. El Papa, como portavoz de la fe, defiende al hombre contra una moral aparente que amenaza con aplastarlo.


Por último, debemos considerar la gran encíclica Fides et ratio, sobre la fe y la filosofía. El tema de la verdad, que marca toda la obra magisterial del Santo Padre, se desarrolla aquí en todo su dramatismo. Afirmar la cognoscibilidad de la verdad, o sea, anunciar el mensaje cristiano como verdad reconocida, se ve hoy en gran medida como un ataque a la tolerancia y al pluralismo. La verdad se convierte incluso en una palabra prohibida. Pero precisamente aquí entra en juego, una vez más, la dignidad del hombre. Si el hombre no es capaz de llegar a la verdad, entonces todo lo que piensa y hace es puro convencionalismo, mera tradición. Como hemos visto, no le queda sino el cálculo de las consecuencias. Pero, ¿quién puede abarcar realmente con la mirada las consecuencias de las acciones humanas? Si es así, todas las religiones son sólo tradiciones, y naturalmente también el anuncio de la fe cristiana es una pretensión colonialista o imperialista. El cristianismo no está en contradicción con la dignidad del hombre únicamente si la fe es verdad, pues no daña a nadie; más aún, es el bien lo que nos debemos recíprocamente. Como resultado de los grandes éxitos en el ámbito de las ciencias naturales y de la técnica, la razón ha perdido la valentía ante los grandes interrogantes del hombre: sobre Dios, sobre la muerte, sobre la eternidad, sobre la vida moral. El positivismo se extiende sobre el ojo interior del hombre como una catarata. Pero si estos interrogantes, decisivos al final para nuestra vida, quedan relegados al ámbito de la pura subjetividad y, por tanto, en definitiva, de la arbitrariedad, nos hemos quedado ciegos por lo que atañe a nuestra realidad de hombres. Partiendo de la fe, el Papa pide a la razón que tenga la valentía de reconocer las realidades fundamentales. Si la fe no tiene la luz de la razón, se reduce a pura tradición, y con ello declara su profunda arbitrariedad. La fe no necesita la valentía de la razón por sí misma. No está contra ella, sino que la impulsa a pretender de sí las grandes cosas para las cuales ha sido creada. Sapere aude: con este imperativo Kant describió la naturaleza del iluminismo. Se podría decir que el Papa, de un modo nuevo, apela a una razón que se ha hecho metafísicamente pusilánime: Sapere aude! Pretende de ti misma poder hacer grandes cosas. A esto estás destinada. La fe -así nos dice el Papa- no quiere hacer que calle la razón, sino que la quiere liberar del velo de la catarata que, frente a los grandes interrogantes de la humanidad, está ampliamente extendido sobre ella. Una vez más, se ve que la fe defiende al hombre en su realidad de ser humano. Josef Pieper expresó una vez este pensamiento: "En la época final de la historia, bajo el señorío de la sofística y de una pseudofilosofía corrupta, la verdadera filosofía se podrá unir en la unidad primordial con la teología" y afirmó que así, al final de la historia, "la raíz de todas las cosas y el sentido último de la existencia -que quiere decir: el objeto específico de la filosofía- será visto y considerado sólo por los que creen". Ahora bien, nosotros no estamos, en la medida en que se puede saber, al final de la historia. Pero corremos el peligro de negar a la razón su auténtica grandeza. Y el Papa considera, con razón, que la fe está llamada a impulsar a la razón a tener nuevamente la valentía de la verdad. Sin la razón, la fe fracasa; sin la fe, la razón corre el riesgo de atrofiarse. Está en juego el hombre. Pero, para que el hombre sea redimido, hace falta el Redentor. Necesitamos a Cristo, hombre, que es hombre y Dios, "sin confusión ni división" en una única persona, Redemptor hominis.”

martes, 15 de diciembre de 2009

Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas (6)

Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas (6)
5 de 10 “capitulos” de la ponencia de Mons. Stanislaw Rylko / Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos

5. En los años difíciles del régimen comunista ateo, en la cuna de la memoria viva de san Estanislao, el Arzobispo de Cracovia Karol Wojtyla, fue un valiente defensor de los derechos fundamentales de la persona humana. Podríamos citar cantidades de ejemplos. Me limitaré, sin embargo, a algunos de los mas significativos. Una de las prioridades de su compromiso a favor del hombre fue la batalla por la defensa del derecho a la vida contra la ley del aborto. «Entre todas las heridas de la Iglesia y del pueblo católico en Polonia – escribió en 1974 – esta es sin lugar a dudas una de las mas dolorosas. Se trata de la interrupción del embarazo mediante el asesinato de niños no nacidos en el vientre de la madre. Una herida a la cual se agrega el temor por el futuro de toda una Nación, que en los últimos años debido a la violación del quinto mandamiento de Dios ha perdido millones de hijos e hijas. Una herida a la cual se une a su vez una profunda preocupación por las almas y por las conciencias cristianas expuestas no solo al peligro de terribles pecados, sino también al riesgo de la perdida de la sensibilidad moral» Acompañando el compromiso de Karol Wojtyla a favor de la vida siempre iba aquel a favor del matrimonio y la familia, de los cuales al entonas Arzobispo de Cracovia, Pastor atento a las necesidades de los esposos y padres, fue defensor intransigente.
Al régimen que trataba de sofocar la acción pastoral de la Iglesia, negándole permiso para construir iglesias en los nuevos barrios que iban surgiendo y para la construcción de iglesias en general, Karol Wojtyla recordaba intrépidamente: «En nuestra realidad social esta es una prueba concreta del respeto a los derechos civiles, a la libertad religiosa y al derecho constitucional de la Iglesia a cumplir su misión esencial» Un caso emblemático fue el barrio industrial de Nowa Huta proyectado como modelo de una ciudad socialista sin iglesias, donde fueron los mismos obreros que se rebelaron reclamando su derecho a la libertad religiosa.
Otro campo de batalla estratégico de Karol Wojtyla en tiempos del comunismo fue la juventud. Frente a los obstáculos impuestos a la enseñanza de la religión, el Arzobispo de Cracovia escribía a los jóvenes: «Recordad que la participación en las catequesis es la expresión de una libertad fundamental del hombre cristiano, la libertad religiosa y la libertad de conciencia son derechos básicos de la persona humana en la sociedad y en el Estado. Participando de las catequesis y de la vida religiosa en vuestras parroquias y en vuestras comunidades juveniles, ustedes contribuyen a la consolidación de este derecho en la vida de toda nuestra sociedad.»
Cuando el régimen ateo vuelve a eliminar las expresiones publicas del culto religioso, el Arzobispo de Cracovia reclama con fuerza el derecho al culto publico de la Eucaristía en Cracovia, afirmando: «Hace años que venimos pidiendo que la procesión de Corpus Christi, de antigua tradición, pueda llegar hasta la Plaza del Mercado de Cracovia. Lo exige el respeto a esta tradición y lo exige el respeto a los derechos de los creyentes que forman parte de los derechos del hombre reconocidos universalmente y reconocidos también en nuestra Constitución.» Lamentablemente este permiso nunca llego durante su permanencia en Cracovia. Pero hoy es oportuno volver a escuchar las palabras que el pronuncio durante el ultimo Corpus Christi celebrado en 1978 entre su gente y que, después de 25 años cobran asombrosa actualidad. Decía entonces:«Nosotros miramos por lo tanto a la causa de la paz a través de la causa del hombre y sostenemos que – si en el mundo no madura el sentido profundo del valor del hombre, si no madura la convicción que jamás debe ser privado de sus derechos, derechos innatos e inalienables, que no se lo debe limitar, atropellar, encarcelar por sus convicciones, que no se deben llevar a cabo actos de terrorismo que hacen temblar al mundo – si todo ello no madura desde la base a la cima, la causa de la paz se halla en peligro»
Otra fuerte batalla encarada por Karol Wojtyla, fue la de la formación académica del clero. Después de la clausura de la Facultad de Teología de la Universidad Jaguellonica en 1954, se instituyo una Facultad pontifica autónoma que sin embargo no fue reconocida, sino obstaculizada por el Estado. El Arzobispo no perdía ocasión de recordar a las autoridades que «la clausura de la Facultad de Teología de la Universidad Jaguellonica en Cracovia fue una dolorosa injusticia para la Iglesia y para la comunidad católica. Y al mismo una dolorosa injusticia para historia y la cultura polaca» En la Polonia de aquellos años todos – desde intelectuales, hombres de ciencia, personas de gran cultura hasta los obreros y la gente de los barrios populares – veían y reconocían en el Obispo un defensor inclaudicable de sus derechos fundamentales.
Todo lo dicho ayudara para que sea mas fácil entender las palabras que Juan Pablo II escribe en su primera encíclica programática Redemptor hominis: «[El] hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención.»

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas (5)

Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas (post 5)

4. En ese mismo contexto (ver anterior) fue escrita la vida de la Iglesia de Cracovia, una de las mas antiguas de Polonia, con una historia mas que milenaria a sus espaldas. Su patrono, San Estanislao obispo y mártir es figura de una enorme importancia no solo para Cracovia sino para toda Polonia. Obispo de Cracovia entre 1072 y 1079 fue un introductor audaz de la reforma de la Iglesia propuesta por Gregorio VII, tomando partido – según la tradición - a favor de su gente contra las violencias del rey Boleslao es asesinado cruelmente por él en 1079 cuando celebraba la Misa.
Después del aberrante delito, que condeno al Rey al exilio, comenzó a difundirse con prontitud el culto a su Obispo. Primer santo polaco, fue elevado a los altares en 1250 y tanto en Asís (*) como Polonia celebra este año (**) el 750 aniversario de su canonización.

San Estanislo, obispo y martir es una figura clave para comprender el ministerio pastoral de Karol Wojtyla en la Iglesia de Cracovia. Además de empeñarse en hacer fortalecer el culto al Santo con peregrinaciones desde todas las parroquias de la arquidiócesis a su tumba en la Catedral de Wawel, en los duros tiempos del comunismo las procesiones tradicionales que todos los años partían de la Catedral al lugar del martirio en Skalka, eran preclaro testimonio masivo de fe por parte de la Iglesia Cracovia. Para Karol Wojtyla, Arzobispo de Cracovia, San Estanislao fue ejemplo excelso de buen pastor que da la vida por su rebaño (Jn 10,11); su vida un verdadero programa pastoral en pos de sus huellas. Cito aquí lo que el escribió en 1977 delineando el papel del Santo en la historia de la nación polaca. «San Estanislao se ha convertido en patrono de orden moral y de orden social en nuestra Patria. Como Obispo y Pastor anunciaba a nuestros antecesores la fe en Dios, y mediante el Bautismo, la Confirmación, la Penitencia y la Eucaristía infundía en ellos la potencia salvifica de la muerte y la resurrección de Jesucristo. Enseñaba el orden moral: en la familia basada en el sacramento del Matrimonio. Enseñaba el orden moral del Estado: reclamando también al soberano el respeto de la Ley inmutable de Dios en sus decisiones. Precisamente por eso toda la tradición nacional ha venerado a san Estanislao, reconociendo así que el orden moral constituye el fundamento de la vida humana en la sociedad. San Estanislao también defendió aquella libertad que es derecho fundamental de toda persona humana, y que ningún Estado puede privar sin violar el orden moral y social» En la Polonia oprimida por el comunismo, cada una de estas palabras poseía un peso y significado especial.


(*) donde fue canonizado
(**) notese que la conferencia presentada en el 2003

viernes, 9 de octubre de 2009

Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas (4)

Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas (4)
3 de 10 “capitulos” de la
ponencia de Mons. Stanislaw Rylko / Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos

“3. Antigua capital, ciudad-testimonio del gran pasado de Polonia, Cracovia conserva los monumentos mas preciados de su historia y de su cultura. Sobresale el castillo real situado sobre la colina de Wawel, a orillas del Vistula, desde donde se abarca el panorama de toda la ciudad.. Y dentro del predio del complejo de Wawel, la Catedral real que custodia el tesoro mas preciado: la Confesión (a) con las reliquias de san Estanislao, obispo y mártir, patrono de Cracovia y de toda Polonia. La Catedral es el lugar de la coronación y sepultura de la mayor parte de los reyes polacos y hospeda un panteón que custodia los restos mortales de héroes nacionales y grandes poetas polacos. Allí mismo en esa Catedral, en la cripta de San Leonardo, Karol Wojtyla celebró su primera Misa en 1946.
En los numerosos ateneos de Cracovia conviven cultura y ciencia, el pionero entre ellos es la Universidad Jaguelonica, la más antigua de Polonia, fundada en 1364. Fue allí donde el joven Wojtyla inicio sus estudios de literatura polaca en 1938 para proseguirlos después (descubierta ya su vocación sacerdotal – en la Facultad de Teología fundada por Bonifacio IX en 1397, también ésta la más antigua de Polonia. (Y aquí acoto un dato interesante: el ejercicio de docencia obtenido por Karol Wojtyla fue el ultimo nombramiento otorgado antes del cierre de la Facultad por parte del régimen comunista en 1954). El Papa siempre ha considerado la Universidad Jaguellonica como su Alma Mater y contininuo cultivando la amistad con muchos de los profesores de diferentes facultades.
Imponente centro de arte en todas sus expresiones, Cracovia hospeda numerosos museos, teatros y muchísimas iglesias – valiosos exponentes de arquitectura sacra – las mas antiguas datan de los siglos X al XI. Por algo Cracovia ha sido llamada ya en tiempos remotos la “Roma polaca”, apelativo significativo que habla de la importancia religiosa de esta ciudad a lo largo de la historia de la nación polaca. Los historiadores identifican al siglo XV como un periodo en el cual las relaciones entre la antigua capital de Polonia y Roma fueron particularmente intensas (4) Numerosos los lugares de culto, entre los que prevalecía la tumba de san Estanislao; antigua meta de peregrinación también desde mas allá de los limites de Polonia; descubrimiento de la vocación misionera de Polonia hacia los pueblos de Europa oriental; activa participación de profesores de la Universidad en los trabajos conciliares de la época: Un siglo de oro para toda la vida espiritual que ha dado a la Iglesia santos y beatos como San Juan de Kety, san Casimiro y muchos otros.
Es en este contexto cultural y espiritual – descrito a grandes rasgos – que ha vivido el futuro Juan Pablo II.”

4 Cfr. T. Ulewicz, Kraków - polski Rzym (Jak, kiedy, dlaczego), in: “Klejnoty i sekrety Krakowa”, Kraków 1994, pp. 63-75.

(a) El Altar de la confesión es el altar principal de la Basílica, llamado así porque invita a los fieles a confesar, o profesar la propia fe en Cristo, verdadero Dios y hombre.


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sábado, 5 de septiembre de 2009

Cracovia y Roma: dos Iglesias hermanas (3)

Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas

Dejar la Iglesia de Cracovia no fue tarea fácil para Karol Wojtyla. Cada mensaje de despedida de su gente emanaba una carga emotiva extraordinaria. Decía, entre otros, : «Os escribo estas palabras hijos e hijas de la queridísima Polonia, en un momento excepcional e inesperado […] dejo la Iglesia de Cracovia, la catedral episcopal de San Estanislao, para asumir la Cátedra de San Pedro en Roma. En esta circunstancia no puedo menos que pensar en vosotros y dirigirme a vosotros, con quienes he estado tan estrechamente unido durante 20 años de ministerio episcopal y antes en mis tareas pastorales y aquellas de profesor, antes aun durante los difíciles años de ocupación durante la guerra, la experiencia del trabajo físico y en fin toda mi vida desde mi nacimiento. Creedme que al venir a Roma para el conclave no traía otro deseo que un pronto regreso, para estar entre vosotros en la queridísima arquidiócesis de mi Patria […] Todo lo llevo en mi corazón y en cierta manera tengo conmigo toda la amada Iglesia de Cracovia, una parte tan singular de la Iglesia de Cristo en Polonia y parte singular de la historia de nuestra Patria. […]. Todo esta conmigo en la cátedra de Pedro, todo aquello constituye un estrato de mi alma que no puedo abandonar»
Y durante su primer visita como Pontífice a Cracovia pronuncia nuevamente palabras que tocan el corazón para expresar la gratitud que siente hacia aquella ciudad de importancia vital en su vida.«Mi corazón estuvo, y no cesa de estar, unido a vosotros, a esta ciudad, a nuestro patrimonio de esta “Roma polaca”. Aquí en esta tierra, he nacido, aquí en Cracovia, he pasado la mayor parte de mi vida, a partir de 1938 cuando me inscribí en la Universidad Jaguellonica. Aquí he vivido la gracia de la vocación sacerdotal. En la catedral de Wawel he sido consagrado obispo y a partir de enero de 1964 heredado el gran patrimonio de Obispo de Cracovia. Desde los años mas tiernos de mi vida Cracovia ha sido para mi una particular síntesis de todo aquello que es polaco y cristiano, me ha hablado siempre del gran pasado histórico de mi Patria y siempre representado para mi, en modo sublime, el espíritu de su historia.»

miércoles, 26 de agosto de 2009

Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas (2)

Catedral de Wawel, Cracovia
Cracovia y Roma: Dos Iglesias hermanas (2)

Capitulo 1.
En este XXV aniversario del pontificado de Juan Pablo II es natural traer a la memoria aquel inolvidable 16 de octubre de 1978, cuando el Colegio cardenalicio, reunido en conclave, eligió como Sucesor de Pedro al Arzobispo Metropolitano de Cracovia, Karol Wojtyla. Y así volvemos a vivir el estupor de entonces. En su misterioso diseño aquel día Dios abría una nueva pagina en la vida de la Iglesia. Una pagina rica en pasos significativos y acontecimientos especiales. Volviendo a aquella fecha no lo hacemos movidos por el sentimentalismo sino animados por el espìritu de la fe, para comprender mejor el alcance y agradecer al Señor de la historia el don de este Papa para la Iglesia y el mundo.
Cracovia y Roma: dos Iglesias hermanas. Porque? El titulo asignado a mi ponencia es como una invitación a mirar el pontificado de Juan Pablo II a través de la “lente” de la experiencia de estas dos Iglesias que, hace 25 años, han sido convocadas de manera especial: una para donar a su propio Obispo, la otra para acogerlo. Donar su propio Obispo, la Iglesia de Cracovia. Recibirlo, la Iglesia de Roma que por primera vez despues de 400 años acogìa un Papa no italiano. Un papa eslavo, «venido de un país lejano…, lejano pero muy cercano siempre por la comunión en la fe y tradición cristiana.» ([1]) como decía el mismo el día de su elección, en su primer saludo a los fieles. Hoy, los vínculos entre estas dos Iglesias pasan por la vida y la persona de Juan Pablo II. Pero no tan solo eso. Es que su pontificado mismo no puede ser comprendido plenamente si no se ahonda en las raíces ancladas precisamente en la Iglesia de Cracovia. Este Papa ha sabido poner al servicio de su misión de Pastor de la Iglesia universal el patrimonio espiritual – extraordinariamente rico – traído a Roma de su Cracovia. En su vida y en su ministerio no se ha producido quiebre alguno sino mas bien una continuidad orgánica entre el “antes” y el “después” de su elección a la Sede de Pedro. Entre su ministerio en Cracovia y su ministerio en Roma existen – como “veremos – lazos profundos, que es importante evidenciar para aprehender por entero el significado de estos 25 años.

[1] Juan Pablo II, De un Pais lejano “Magisterio de Juan Pablo II” 1978, p.3.-

martes, 25 de agosto de 2009

Cracovia y Roma: dos Iglesias hermanas (1 – introducción)

En mayo 2003, celebrando los 25 años de pontificado del Siervo de Dios Juan Pablo II, la Universidad Lateranense, la “universidad del Papa” organizaba un simposio titulado “La Iglesia al servicio del hombre”. Uno de los ponentes era el Secretario del Pontificio Consejo para los Laicos
Mons. Stanislaw Rylko quien hablo sobre "Cracovia y Roma: dos Iglesias hermanas". Decía entonces Mons. Rylko que para comprender el Pontificado de Juan Pablo II debían conocerse las raíces de su ministerio episcopal en Cracovia y afirmaba que "En su ministerio existe una continuidad orgánica entre Cracovia y Roma", no en vano Cracovia es llamada "la Roma polaca".
En su presentación Mons. Rylko recorre la vida pastoral de Karol Wojtyla en su amada Cracovia, nos habla de su formación enraizada en la historia de Polonia, de su firmeza como pastor anclado en el ministerio pastoral de San Estanislao, de su elección a Obispo de Roma y su solicitud pastoral con la nueva gran parroquia de Roma y de todo el mundo católico.
La ponencia no es un texto breve (será publicada en varias entradas respetando los "capitulos") pero como no existía en español, he pedido permiso para traducirla y publicarla en este blog y desde aquí agradezco también públicamente la gentileza y la confianza.

Su Eminencia Mons. Stanislaw Rylko, nacio en 1945 en Andrychów, arquidiocesis de Cracovia (ahora diocesis de Bielsko-Zwyiec), Ordenado sacerdote el 30 de marzo de 1969 por el Cardenal Karol Wojtyla ejerció su ministerio pastoral durante do años en Poronin. Fue vicerrector del Seminario Mayor de Cracovia y profesor de teología en la facultad de Teología de la Pontificia Academia de Teología de Cracovia, En 1987 fue llamado a Roma para ocuparse de la sección de los jóvenes en el Pontifico Consejo de los Laicos. Coordinó las JMJ de Santiago de Compostela y Czestochowa. En 1992 fue transferido al sector polaco de la Secretaria de Estado Nombrado Secretario del Consejo Pontifico de los Laicos en 1995. En la actualidad es Presidente del Consejo. Mons. Rylko fue creado cardenal el 24 de noviembre ce 2007 por el Santo Padre Benedicto XVI.