Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 24 de diciembre de 2009

“Gloria a Dios” homilía del Arzobispo de Cracovia Karol Wojtyla – 1965 (2)


Segunda parte de la homilía del Arzobispo Karol Wojtyla “Ante el pesebre”en la Catedral de Wawel el 25 de diciembre de 1965.
"Cuando a principios de octubre de 1962 partí, como Vicario del Capitulo arquidiocesano de Cracova, para participar del Concilio, salí de aquí y aquí me habéis saludado. Al partir observaba que dejaba la tumba de San Estanislao para acercarme a la tumba de San Pedro. Resalto este hecho porque estos dos lugares se relacionan admirablemente, para nosotros se complementan una a la otra: la tumba de San Estanislao en Wawel y la tumba de San Pedro en Roma.En cierto sentido al partir de aquí me lleve conmigo toda la Iglesia de Cracovia, toda la Iglesia polaca por cuanto San Estanislao, obispo mártir, ha sido para la Iglesia polaca – a través de los siglos – Pastor y el Patrono. La he llevado para que estuviera presente en la Iglesia universal de Cristo, que se revelaba y expresaba durante el Concilio. Allá en la universalidad, en la unidad en la gran comunión de todas las Iglesias del mundo, estuvo presente nuestra Iglesia de San Estanislao. Por mi intermedio y por intermedio de los obispos nuestra Iglesia participo en la renovación de la Iglesia y en cierto modo la antigua y milenaria Iglesia de Cracovia, la Iglesia polaca, fue afirmada en la universalidad de la Iglesia de Cristo. Fue confirmada ante todas las Iglesias, las diócesis de todo el mundo, de Europa, de América, de África, de Asia, de Oceanía. Nuestra Iglesia se ha reencontrado – reconfirmándose - todos los días, durante muchos meses, siempre en contacto con los obispos del mundo entero, en unión cotidiana, en comunión cotidiana. Esta Comunión que quiere decir unión, unidad - «Communio episcoporum, communio ecclesiarum» ha sido una gran Gracia para nuestra Iglesia polaca.
Había allí en el Concilio, Obispos cuyas diócesis son mucho mas antiguas que la nuestra, pero también estaban los obispos cuyas Iglesias son mucho mas jóvenes que la nuestra. Nos encontrábamos en el medio, entre un polo y otro. Porque el cristianismo en Polonia inicio, mas o menos a mitades de la historia de la Iglesia, entre el primero y el segundo milenio.
Durante el Concilio el dialogo iniciado entre mas de dos mil obispos, constituyo la base de la renovación de la Iglesia. En nuestras experiencias, en el dialogo interno de la Iglesia, buscábamos las bases para renovar la humanidad.
Así hemos vivido nuestro Milenio, a cuyo fin nos estamos aproximando, porque estamos en el umbral del Milenio del bautismo de Polonia. La Navidad que estamos celebrando es la última del primer Milenio de este Bautismo.
Viviendo esta constante unidad entre los Obispos durante el Concilio sentimos el deseo de hablarles de nuestro Milenio, del gran Jubileo cristiano, en el espíritu de la continuidad que nos unía a ellos y a todos los hombres.
Si supierais cuan grande es la comunidad que une a todo el mundo cristiano! No solamente a las Iglesias de los países europeos, sino también a aquellas mas alejadas…
Hemos mirado también hacia nuestros vecinos, a los mas cercanos desde el punto de vista geográfico, cuya historia nos había dividido (pero también unido porque fue a través de las divisiones que nos hemos unido). Hemos pensado, hecho grandes esfuerzos poniendo mente y corazón, como hablarles de nuestro Milenio a aquellos vecinos occidentales, a los pastores y a los católicos de Alemania.
Sabemos que existen aun personas que hubiesen pretendido gritarles nuestro odio. Amados míos, como podría ser posible hacer esto después de mil años de cristianismo en Polonia, después de mil Navidades celebradas en esta tierra?
Puede darse que exista gente que hubiesen querido decirles a ellos: habéis sido y seguís siendo nuestro enemigos. Pero les pregunto a ustedes, como, en el umbral del Milenio de nuestro Bautismo, nosotros, obispos polacos, podríamos haber dicho esto?En lugar de ello, primero dijimos: «Hermanos nuestros en Cristo, Obispos de Alemania, durante siglos y especialmente en los últimos tiempos vuestro pueblo nos ha hecho tanto mal» Se puede decir que por aquel mal que nos ha hecho el pueblo alemán en cierto modo nos hemos reconciliado por ellos. Nos hemos reconciliado – en toda la verdad – hasta Auschwitz, hasta seis millones de victimas de la ultima guerra, sin ocultar ni disminuir nada. Nos hemos anticipado en la reconciliación. Y si echamos mano a ambas cartas: la nuestra a los obispos alemanes y la de los obispos alemanes a nosotros, si queremos leerla cuidadosamente, sin omitir nada, entonces podremos admitir como ellos, se han reconciliado mediante nuestra reconciliación.
Brevemente entonces les hemos dicho: les perdonamos y les pedimos perdón. Perdonamos en cuanto, estimulados por nuestra confesión ustedes también habéis confesado abiertamente.
Les pedimos nos perdonen ante todo porque en la solemne carta del Milenio, les hemos dicho muchas cosas desagradables, y cuando se dicen cosas desagradables después es necesario disculparse, en segundo lugar, por cuanto somos concientes que en las relaciones reciprocas entre personas, especialmente en el amplio espectro de largos años siempre hay algo que perdonarse.
Y entonces, amados míos, hemos vuelto a la tumba de San Estanislao. De la tumba de San Pedro, en la colina del Vaticano, a la tumba de San Estanislao en la colina de Wawel.. Traemos aquí todo el Concilio, la renovación de la Iglesia y el principio fundamental del dialogo.
Desde esta ciudad, y ya han pasado muchos años, partió otro Obispo, el primer padre Conciliar en la historia de Polonia, Vincenzo Kadŀubek Partió para el Concilio Luterano y regreso para renovar la Iglesia en Polonia. También nosotros los obispos, regresaos para renovar la Iglesia polaca en el ámbito de la Iglesia Universal. En esta tarea que tenemos por delante y para la cual hoy rogamos a Dios durante el Sacrificio eucarístico, ustedes serán nuestros colaboradores. Ayudadnos! Renovemos juntos nuestra Iglesia de San Estanislao, renovemos todos juntos, nuestra Iglesia, nuestro Pueblo y por medio de nuestra renovación, contribuiremos a renovar toda la humanidad.

Que puedan nuestras palabras de Pastor encender en ustedes esta renovación que depositamos ante la tumba de San Estanislao.
A los amados hermanos sacerdotes y a las religiosas! Es inmenso nuestro deseo de renovación que queremos despertar en vosotros y que iniciamos con esta concelebración! Con igual atención el Santo Padre desea que, finalizado el Concilio, entre el 1ro de enero y Pentecostés, sea celebrado en toda la Iglesia un Jubileo extraordinario, centrado en cada diócesis en su Catedral. Es por ello que debemos reunirnos mas a menudo en esta Catedral de San Estanislao en Wawel, debemos orar mas intensamente con fe particular y con sentimientos de perdón reciproco en el corazón. Aquí nos reuniremos, aquí vendremos en peregrinación, en este lugar sagrado, Iglesias de Dios vivo sobre nuestra tierra.
Venerados hermanos, capitulo metropolitano, a vuestro cuidado deseamos recomendar de manera particular este Jubileo postconciliar que debe ser el comienzo de la renovación de nuestra vida en Cristo y en Su Iglesia.
A todos ustedes aquí presentes, reunidos para revivir juntos el Misterio de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, el Misterio de la Encarnación, a vosotros todos, mis amados cracovianos les hago llegar en mi calidad de Pastor vuestro, mis augurios para que podáis vivir en la verdad. El Hijo de Dios es Verbo y el Verbo es la Verdad.
Les deseo vivir en Cristo, vivir en la Verdad y en el amor que viene de Dios."
25 de diciembre de 1965

miércoles, 23 de diciembre de 2009

“Gloria a Dios” homilía del Arzobispo de Cracovia Karol Wojtyla – 1965 (1)


Cuando concluía el Concilio Vaticano II estallo una grave crisis en Varsovia, por aquel proceso de “purificación de la memoria”…atacaron personalmente a Wojtyla con una carta publica, que obligaron a firmar a los trabajadores de la Solvay. Retiraron el pasaporte a Wyszynski. Y el régimen se ocupo sistemáticamente de boicotear las celebraciones de 1966 con motivo del Milenio, que trataba de recordar el aniversario del bautismo de Polonia y de la fundación del Estado nacional. Llegaron incluso a secuestrar la imagen de la Virgen Negra que era llevada en peregrinación por el país. Se prohibió la visita del Papa Pablo VI, y durante el periodo de mayor apogeo de las celebraciones, cerraron las fronteras durante mas de un mes….”

(Gian Franco Svidercoschi Historia de Karol)
Pero no lograron acobardar a la Iglesia polaca. He traducido una homilía del Arzobispo Karol Wojtyla del 25 de diciembre de 1965, “homilía ante el pesebre” que hay que leer pensando en aquel contexto, como decía Mons Rylko en su articulo Cracovia y Roma dos Iglesias hermanas En la Polonia oprimida por el comunismo, cada una de estas palabras poseía un peso y significado especial.”
Pensando en ese contexto el Arzobispo Wojtyla sin duda debía aprovechar la ocasión de una homilía de Navidad ante la presencia de tantos fieles, teniendo justamente por eso la seguridad que era también escuchado por agentes del régimen, para enfatizar sobre ciertos conceptos que quizás podrían parecer ajenos a una homilía de Navidad, p.ej. tanto enfasis en el dialogo, por otro lado tema candente en aquellos años. Es de notar a su vez el espíritu, el aliento, el orgullo de ser obispo de su pueblo, de poder haber llevado a la Iglesia polaca al Concilio, el deseo de unión con todas las iglesias y el querer compartir esa intima unión con todos los polacos y con todo el mundo.
Homilía “Ante el pesebre”

“Concluido el Concilio Vaticano II hoy estamos concelebrando la Santa Misa en la real catedral metropolitana de Wawel. Hoy, día de Navidad, concelebramos la Santa Misa delante del altar de San Estanislao, obispo y mártir, patrono de Cracovia, de nuestra Arquidiócesis y de toda Polonia. Concelebramos quiere decir celebramos esta Santa Misa nosotros, Padres conciliares de nuestra Arquidiócesis que hemos participado en el Concilio Vaticano II. Celebrando juntos la Eucaristía queremos expresar la profunda verdad del Sacerdocio de Jesucristo. Cuando un sacerdote celebra la Santa Misa solo – lo sabemos - en el momento de la Eucaristía el sustituye a Jesucristo, como instrumento suyo vivo, inteligente y consciente; nosotros en el sacerdote vemos a Cristo mismo. Cuando varios celebramos juntos, o sea concelebramos, los concelebrantes comprendemos que hay un único sacerdote que celebra el Eterno Sacrificio que es Jesucristo. Todos los sacerdotes y obispos revestidos del sacramento sacerdotal se inclinan ante la profundísima y única plenitud del sacerdocio que pertenece a Jesucristo mismo.

Hoy celebrando la Eucaristía en agradecimiento a Dios, Uno en la Santísima Trinidad, por el Concilio, queremos inclinarnos todos juntos ante la plenitud del único Sacerdocio de Cristo, con fe y amor, lo miramos a El en el Pesebre de Belén: con la misma fe y amor Lo reconocemos presente – de modo sacramental, pero igualmente eficaz y abundante de Gracia – en la Santa Misa. Inclinándonos ante el Pesebre, vemos sobre la paja al Niño Jesús, Hijo de Dios, el Enviado del Padre, el Verbo encarnado. Miramos su primer momento terreno, el inicio de Su misión. El vino, vivió entre nosotros y entre nosotros quiere quedarse. Y es precisamente de esta manera que el Concilio Vaticano II mirando a Jesús en el Pesebre de Belén, ha vuelto a descubrir mas profundamente y mas plenamente su propia razón de ser. La Iglesia se ha redescubierto a si misma y ha afirmado que su realidad proviene del Misterio de la Encarnación, del misterio del Padre que envía a su Hijo y del misterio del Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo.
La Iglesia se constituye en una continuación autentica y homogénea de la «misión» divina del Hijo y del Espíritu Santo. He aquí la esencia mas profunda de la Iglesia. La «misión» del Hijo y del Espíritu Santo que se cumplió en el tiempo, aun perdura, perdura a través de los hombres que reciben al Hijo, y que a través de la acción interior de la Gracia, se convierten ellos mismos en Cuerpo Mastico de Cristo, y juntos en pueblo de Dios.
Estas verdades si bien simples esperan ser redescubiertas, formuladas y expresadas. Por ellas la Iglesia, en el Concilio Vaticano II ha formulado y expresado su propia y sobrenatural santa sustancia. Sin embargo, en estas definiciones la Iglesia no ha agotado sus trabajos, ni terminado su tarea. El Hijo de Dios que hoy contemplamos en el Pesebre, ha sido enviado al mundo y para el mundo; entró en el mundo, forma parte viva de los seres humanos, pertenece a la humanad y con ella permanece.
De la misma manera la Iglesia entró en el mundo, pertenece a la humanidad y con ella permanece en estrecho contacto. Por eso en el Concilio Vaticano II no ha bastado definir y formular la entidad interior de la Iglesia, sino que también era necesario expresar la actitud de la Iglesia hacia el mundo.
Y a este respecto quiero decirles que tuve la fortuna de participar, de modo singular, en los trabajos de esta parte del Concilio, se trato de hecho en el así llamado Esquema XIII, definido mas tarde, como Constitución pastoral, con el titulo «La Iglesia en el mundo contemporáneo» Por lo tanto todo lo que les digo proviene de mi experiencia personal. Veo ante mis ojos todas las reuniones de las comisiones durante el invierno y la primavera y últimamente, en otoño, la reunión de todo el Concilio. De cara al mundo de hoy urgían dos problemas evidenciados de modo particular. El primero se refiere al progreso y al desarrollo en el campo técnico y en los demás ámbitos. En armonía con tal progreso debería a su vez llevarse a cabo un desarrollo del hombre interior, de su humanidad, de su personalidad, del hombre que es persona creada a imagen y semejanza de Dios. Este es el problema de fondo. En neto contraste con ello vemos, sin embargo, signos que amenazan al hombre, originados precisamente en este progreso: el primero y más importante es la amenaza que constituye la guerra con todos sus medios de destrucción, que el progreso técnico y la nueva civilización han producido.
En este punto los sentimientos del Concilio y los de toda la humanidad coinciden. Estas inspiraciones del Concilio constituyen en cierto modo la continuación del pensamiento de Juan XXIII. Recuerdo el momento cuando me convoco en 1962 al Concilio y como, precisamente en el inicio de los trabajos, se vislumbraba la amenaza de una guerra. .Entonces, gracias al Papa, - así lo han reconocido todos – esa amenaza pudo ser evitada. Juan XXIII dedico el resto de sus días a la encíclica «Paz en la tierra»La idea y los sentimientos del Papa que convocó el Concilio continuaron con su sucesor Pablo VI. La misma dirección, una personalidad diferente. Lo he podido constatar habiendo tenido la suerte de estar cerca de ambos Pontífices, durante el Concilio. Profundizando con respecto a los peligros que afronta la humanidad y particularmente el peligro de la guerra, con focos potenciales en múltiples problemas y contrastes, y profundizando al mismo tiempo el postulado del desarrollo del hombre como persona, el Papa Pablo VI juntamente con el Concilio, continuando la linea de Su predecesor, elaboraron la formula justa, un principio valido para hacer prevalecer la armonía ante los problemas de la humanidad de hoy. El nombre de esta formula es «diálogo». Podríamos decir que la palabra «dialogo», termino que conocemos y utilizamos con frecuencia es como un equivalente del termino «conversación»? Cuando dos personas hablan entre ellas decimos que se trata de un dialogo, en cambio cuando habla una sola, decimos que se trata de un monologo. Esta explicación sin embargo es superficial. Dialogo quiere decir mucho mas que una simple conversación. Un intercambio de ideas y palabras. El dialogo representa una actitud humana, que deriva del hecho que el hombre es «persona» llamado a convivir con los demás en la sociedad. El dialoga requiere no solo capacidad de hablar, sino también de escuchar: capacidad de hablar de modo tal que el otro pueda comprender y capacidad de escuchar tendiente a comprender al otro. El dialogo representa una actitud humana, propia de la persona dotada de razón social, y al mismo tiempo se trata de una actitud profundamente cristiana. Porque puede servir a distender el odio y las luchas entre los hombres. Dialogo y lucha son dos términos que se contraponen entre ellos.
Y por eso la Iglesia de hoy, por medio de su Pontífice, a través del Concilio, le dice a los hombres de todo el mundo: no basemos mas las relaciones humanas en la lucha, hagámoslo mas bien en el dialogo.
El dialogo es una expresión fundamental para la Iglesia de hoy. Podemos constatar su valor en la vida cotidiana. Sabemos que también entre dos personas, entre marido y mujer, el dialogo sirve para resolver satisfactoriamente los problemas. Si alguno de nosotros viviese en su monologo, estaría arriesgando pasar a la lucha, porque el monologo lleva a menudo a la lucha. Si pienso a mi manera, digo aquello que quiero, sin preocuparme en lo màs mìnimo que el otro me escuche o me entienda, porque tampoco yo lo siento o le comprendo, se llega fatalmente a un enfrentamiento.
Y esto ocurre en todos los niveles, superiores e inferiores.
Si la humanidad de los siglos pasados pudo, osare decir, permitirse ir a la guerra, nuestra generación no lo puede permitir más, teniendo a disposición medios tan tremendos de destrucción.
De estas consideraciones nuestras sobre el mundo y su misión en la Iglesia, se evidencia cada vez mas qué se entiende fundamentalmente por dialogo.

La Iglesia y el Concilio lo deducen no solamente de la situación cotidiana del hombre y de la sociedad, sino de manera especial del Pesebre, de la Cruz. Así Pablo VI se expresa en su primera Encíclica de 1964 que comienza con las palabras «Ecclesiam Suam». La Revelación, la Redención y la fe, la oración, toda la vida cristiana, he aquí el dialogo: el dialogo de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Por medio de este dialogo que el Padre Eterno sostiene con el hombre por medio de su Hijo, y del Espíritu Santo, El nos enseña como hallar los métodos para dialogar los difíciles problemas humanos. Esto es precisamente lo que este Concilio ha buscado discernir y descifrar del Pesebre, de la Revelación, del Calvario, para poder luego anunciarlo a la humanidad de hoy.

Hoy espero transmitir a ustedes uno de los conceptos y principios fundamentales de la Iglesia que se ha renovado durante el Concilio Vaticano II. La Iglesia no solo ha formulado ideas y proclamado principios. La Iglesia busca abrir el dialogo, dar el ejemplo en la solución de los problemas controvertidos. De esta manera la Iglesia entabla el dialogo con los creyentes de las demás religiones, entra en dialogo con los no creyentes, con los ateos, o al menos intenta hacerlo.Naturalmente son los primeros pasos, pero son pasos profundamente meditados, dictados por la premura por el bien del hombre y de la humanidad. No solo por el bien de la Iglesia, sino por el bien de la humanidad entera. La Iglesia inclinándose ante el Pesebre y arrodillándose ante la Cruz, es conciente que toda la humanidad ha sido redimida, que la misión del Hijo y del Espíritu Santo ha sido destinada a toda la humanidad, es conciente que su misión se dirige a toda la humanidad. Hoy les transmito esta toma de conciencia enriquecida de la Iglesia.Concelebramos nuestra Santa Misa de Navidad ante la tumba de San Estanislao, obispo y mártir. Podría parecerles extraño esta combinación de cuna-tumba pero nos encontramos aquí porque de esta tumba nace una vida. En el cuadro de la perenne realización de la actividad divina situamos también el nacimiento de la Iglesia en nuestra Patria. De este nacimiento ésta es la cuna. No digo que sea la primera, en sentido absoluto, pero de modo significativo lo es. De esta manera estamos ante la cuna de la fe de Polonia, estamos ante el Pesebre, estamos ante el símbolo del nacimiento"


lunes, 2 de noviembre de 2009

Karol Wojtyla administrador de los «misterios de Dios»


La primera Misa de Karol Wojtyla
“Como era natural, Karol había elegido la catedral de Cracovia, en lo alto del Wawel. No podía celebrar su primera Misa más que en el Santuario donde esta escrita la historia de Polonia. La historia de su tradición religiosa y de su martirio. La historia nacional y civil. La historia de su cultura, de su heroísmo y de la lucha mantenida durante siglos por reconquistar una y otra vez la libertad perdida y suprimida.
Su nueva vida tenia que iniciarse allí, en el Wawel para expresar como había madurado su particular vínculo que le unía con todas las memorias de la nación. Y para rendir homenaje a cuantos habían ejercido una importante influencia sobre su formación cristiana y patriótica. […]
El día anterior – 1 de noviembre de 1946 – se había convertido en sacerdote, o como dice san Pablo administrador de los «misterios de Dios»
[…]
Se había arrodillado ante monseñor Sapieha, y el arzobispo en pie y en silencio, le impuso las manos sobre la cabeza. En aquel momento, escuchando ese antiguo himno de la Iglesia, el Veni Creador Spiritus, Karol tuvo una sensación extraña, como si desde lo alto realmente descendiera una «fusión de gracias» como si el Espíritu Creador realmente bajara allí, hasta el centro de aquella capilla. Fue en aquel preciso instante, cuando comprendió finalmente que su vida había cambiado. Para siempre.
[…]
“«La Iglesia – dijo el arzobispo – afronta tiempos difíciles, por lo que ha de poder contar con sacerdotes preparados. Sacerdotes que sepan anunciar a Cristo a los hombres, y que también estén cercanos a sus problemas, tanto personales o familiares, como los de índole social.»
Por esa razón Sapieha decidió adelantar el momento de ordenación sacerdotal de Wojtyla, con el fin de enviarle inmediatamente a Roma, para estudiar el doctorado en teología. Y sin pensárselo dos veces, eligió un día bastante insólito para una ceremonia de ese estilo, la fiesta de Todos los Santos. Aquella mañana, en su capilla posó sus manos sobre la cabeza del joven diacono consagrándolo sacerdote para siempre.
Veinticuatro horas después celebró su primera Misa en la catedral de Wawel. Realmente fueron tres misas, las que se permite celebrar a los sacerdotes en la solemnidad de los difuntos. Karol celebrò las tres en la antigua cripta románica de San Leonardo, la más cargada de historia y que se encuentra al lado de las tumbas reales.”

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, Edicions Internacionales Universitarias, 2003
Invito leer mi post – Recordando la primera Misa de Karol Wojtyla en la cripta San Leonardo

domingo, 2 de noviembre de 2008

Recordando la Primera Misa de Karol Wojtyla en la cripta de San Leonardo

En mi primer viaje a Polonia fueron tantos los momentos, lugares y vivencias relacionados con la vida de Karol Wojtyla que se fueron atesorando en mi mente, que quizás no tome conciencia cabal de la importancia de ese pequeño espacio sagrado de la capilla-cripta San Leonardo en la catedral de Wawel, donde el novel sacerdote Karol celebró sus tres primeras misas – allí donde casi toda la historia de su Nación “ha sido inscripta en el misterio de la Cruz y de la resurrección de Cristo” .
Fue recién durante mi segunda visita que me vi envuelta por una emoción mucho más profunda quizás porque en cierta manera comenzaba a vislumbrar el misterio, la gracia y el don que esa celebración única - por ser la primera - y sagrada como lo son todas, significó para Karol Wojtyla, su amada patria, la Iglesia toda y el mundo entero. Hoy que conmemoramos otro aniversario de esa Primer Misa de quien seria nuestro amado Juan Pablo II invito leer mi entrada anterior y me permito citar una porción del texto de su última carta a los sacerdotes para el Jueves Santo 2005 dada a conocer desde el Policlínico Gemelli: “Una existencia «consagrada» . «Mysterium fidei!». Con esta exclamación el sacerdote manifiesta, después de la consagración del pan y el vino, el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y del vino; pero su sustancia, por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo, se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente «verdadera, real, sustancialmente» Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad y divinidad. Así pues, es una realidad eminentemente sagrada. Por este motivo la Iglesia trata este Misterio con suma reverencia, y vigila atentamente para que se observen las normas litúrgicas, establecidas para tutelar la santidad de un Sacramento tan grande. Nosotros, sacerdotes, somos los celebrantes, pero también los custodios de este sacrosanto Misterio. De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición « sagrada » de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, pero ante todo en el modo mismo de celebrar. Una existencia orientada a Cristo”