Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 13 de julio de 2023

Las »raíces« hebreas de Juan Pablo II – Stanislaw Dziwisz (2 de 2)

 


 (de la conversación con Gian Franco Svidercoschi - Una vida con Karol)

 

(Svidercoschi) Ahora se podrá entender mejor porque, siendo ya Papa, Karol Wojtyla fue a Oswiecim (Auschwitz) a decir: «No podía dejar de venir aquí». Y por que hizo lo que, en dos mil años de historia, no había hecho jamás ningún jefe de la Iglesia católica: entrar en una sinagoga. Cumpliendo un gesto histórico de solidaridad y de reparación hacia todos los judíos, los de todas las épocas.

 

(Dziwisz) En febrero de 1981 el Santo Padre fue a haer una visita pastoral a una parroquia romana, San Carlos en Catinari. Como no estaba muy lejos del barrio del gueto, se organizó un encuentro entre el Papa y el rabino, Elio Toaff, en la sacristía. Todo muy privado, muy breve, pero también por primera veza. El hielo ya estaba roto.

Cinco años después, siempre en febrero, Juan Pablo II estaba hablando con sus colaboradores, durante la comida, sobre un futuro viaje a Estados Unidos. El arzobispo de Los Angeles le había propuesto al Pontífice que visitara la sinagoga de la ciudad. Al llegar a ese punto, alguien saltó «Santo Padre, porque no empieza por su diócesis»)?

Y así, comenzó por Roma. Satisfaciendo un deseo que, por otro lado, Juan Pablo II alimentaba desde hacia tiempo.

 

Hacía falta un Papa como él, hijo de una nación que también había experimentado trágicamente la barbarie de la guerra y de los campos de concentración, para repetir las afirmaciones del Concilio contra la Shoá, contra el antisemitismo. Afirmaciones que, hechas allí, en la sinagoga de Roma, asumían sin embargo un valor rompedor

 

Es verdad. Hacía falta un Papa como él, con su historia, para hablar de forma creíble acerca de las raíces hebreas del cristianismo, para recordar y volver a proponer la unión espiritual que une indeleblemente a judíos y cristianos.

Hacía falta un Papa como él, que siempre ha considerado el catolicismo en la misma línea del Antiguo Testamento, y así lo ha vivido siempre, para rezar junto a los hermanos mayores, como los ha llamado, aludiendo a su fe, a su gran amor por las Sagradas Escrituras.

Y para el santo Padre, al final de la visita, no podía haber mejor resultado que las palabras que le dirigió el rabino Toaff en el coloquio privado, extraoficialmente: «Los judíos os estamos muy agradecidos a los católicos porque habéis difundido por el mundo la idea del Dios  monoteísta.»

 

Por fin, judíos y cristianos, podían comenzar a caminar juntos. Aunque no sin dificultades y controversias. Como cuando se abrió un convento de carmelitas en Oswiecim (Auschwitz). O ante las críticas por parte de los judíos a las reticencias (o a lo que juzgaron como tales) de los documentos vaticanos a la hora de reconsiderar la historia pasada, especialmente  el pontificado de Pio XII y sus presuntos «silencios».

Pero Juan Pablo II siempre conseguía acallar las críticas con palabras contundentes, definitivas. Admitiendo la excesiva blandura de la resistencia e spiritual de muchos cristianos ante el nazismo. Rubricando lo irrevocable de la elección divina del pueblo judío, y el carácter único y especifico de la Shoá.

Hasta que al fin, durante el Jubileo de 2000, llego el momento de la peregrinación a Tierra Santa.

 

Cuando entramos en el mausoleo de Yad Vashem, comprendí por la emoción que se leía en su rostro por que el Santo Padre tenía tanto interés en realizar esa visita. Y creo que ea emoción era solo  una ínfima parte de los sentimientos que experimentaba por dentro. Y que compartía con sus amigos judíos, que estaban a su lado.

Quizá, digo, porque sólo lo imagino, quizá el Santo Padre, sintiendo que se aproximaba el fin, pensaba que no había hecho lo suficiente para honrar a las víctimas de la Shoá, para condenar todo cuanto (hombres e ideología) había originado aquella tragedia. Y por eso esperaba con impaciencia el momento de entrar en el Memorial para rezar una oración en memoria de los seis millones de  judíos asesinados solo porque eran judíos. Y entre esos seis millones, una cifra estremecedora: casi un millón y medio de niños.

Y allí, con aquel peso terrible encima, la osa más justa que se podía hacer fue, como hizo el Santo Padre, reducirlas palabras al máximo y dejar, en cambio que «hablase» el silencio. El silencio del corazón. El silencio de la memoria.

En ese momento, como si quisiera apoyarlo y expresarle que entendía perfectamente lo que estaba sintiendo, el primer ministro israelí, Ehud Barak, se acerco al Papa: «No hubiera podido decir usted más de lo que ha dicho!»

Y ahora, siguiendo el hilo de los recuerdos, quisiera rememorar otro gran gesto del Santo Padre. No un gesto dirigido a los medios, no un gesto público, sino un gesto que nacia de su profunda fe. Hablo de la visita al Muro de las Lamentaciones.

El Santo Padre leyó en voz baja el folleto que tenia entre las manos: era la petición de perdón al pueblo judío que ya había sido leída en San Pedro y que el había querido llevar allí. Avanzo unos pasos y metió la pequeña hoja de papel en una de las hendiduras del Muro.

Me pregunte qué significado tendría para los judíos aquella imagen. La respuesta la obtuve pocos días después, leyendo un periódico. Había una declaracion de Elie Wiesel, judío. Premio Noble de la Paz: «Cuando era pequeño me daba miedo pasar delante de una iglesia, ahora todo ha cambiado…»

 

Las »raíces« hebreas de Juan Pablo II – Stanislaw Dziwisz (1 de 2)

 


 

(de la conversacion con Gian Franco Svidercoschi - Una vida con Karol )

 

(Svidercoschi) Existe una extraordinaria continuidad entre el Wojtyla de los años polacos y el Wojtyla pontífice. Continuidad en la actuación, en los gestos, hasta en las palabras. Como si las experiencias vividas en su juventud, y luego como sacerdote y obispo, hubieran sido las «etapas» obligadas, necesarias, para prepararse para las responsabilidades del pontificado.

(Dziwisz) Pienso de hecho, que todo lo que Karol Wojtyla trajo consigo, la doctrina, la ciencia, el saber, la santidad, la forma de observar el mundo, y también sus mayores preocupaciones como obispo, la familia, los jóvenes, los derechos humanos, la ortodoxia doctrinal, la instrucción del clero, todo lo que aportó, su contribución, podríamos decir, como Papa, lo ha vivido y madurado en la dimensión de la universalidad, hasta transformarlo en ese algo profundamente nuevo que permitió que su pontificado estuviera caracterizado por el signo del cambio.

 

Pero de todas sus experiencias polacas hay probablemente una que, más que las otras, podrá ayudarnos a entender lo que ha hecho después, ya en la cátedra de San Pedro. El primer Papa que ha entrado en una sinagoga, que más se ha preocupado por «purificar» los conocimientos del catolicismo sobre el judaísmo, y que ha pronunciado palabras más duras contra el antisemitismo es el mismo Wojtyla que, ya desde niño, en Wadowice, su lugar natal, estaba acostumbrado a convivir diariamente con los judíos.

 

Wadowice  contaba entonces casi con diez mil habitantes, y un tercio lo componían los judíos, que se sentían totalmente polacos, grandes patriotas. Católicos y hebreos vivían en un clima de serenidad, sin conflictos.  Así, a través de una práctica cotidiana hecha de amistad, de estima y de tolerancia, Karol Wojtyla pudo conocer el judaísmo desde dentro. También en el plano religioso, espiritual.  Ya entonces había empezado a madurar en él la idea de que judíos y católicos estaban unidos por la consciencia de que rezan al mismo Dios.

 

 

El propietario del apartamento de los Wojtyla era judío. Karol tenia compañeros de clase judíos, como Zygmunt y Leopold. Jugaba a la pelota con amigos judíos, como Poldek, el músico, sin que notase diferencia alguan etnre ellos. Era judía su amiga del piso de arriba, Ginka, un poco mayor que el, y que lo aficiono al teatro. Y gabiua otra familia judía a la que Karol veía con frecuencia, los Kluger, sobre todo a Jerzy, al que había conocido en primero de primaria y que era uno de sus mejores amigos.

 

Karol y Jerzy, mejor dicho, Lolek y Jurek, como solían llamarse el uno al otro, estuvieron en la misma clase hasta que terminaron el instituto. En esa época solían ir mucho a sus respectivas casas, Jurek iba a casa de los Wojtyla  porque el padre de Lolek, el «Señor Capitan», le ayudaba a hacer los deberes.  Lolek iba a casa de Jurek a escuchar la radio o el cuarteto musical que dirigía el propio abogado Kluger, que también era el presidente de la comunidad judía local. Y luego estaba la abuela de Jurek, la señora Huppert,  que deba frecuentes paseos con el párroco, monseñor Prochownik, por la plaza principal, hasta que se sentaban en  un banco a hablar tan alto que Cwiek, el único policía del pueblo, tenía que quedarse allí de guardia para alejar a los curiosos que se paraban a escuchar.

Así era la vida cotidiana en Wadowice.

 

Hay un segundo aspecto que explica las «raíces hebreas», por asi decirlo, de este Papa.  Cuando estallo la Segunda Guerra Mundial, el vivió  de cerca, aunque fuera de forma indirecta, aquella tragedia espantosa: «la solución final», como fue llamado el plan destinado a que la raza judía desapareciera de Europa.

 

Karol se enteró después, cuando ya había terminado la guerra, de que muchos amigos suyos habían muerto en el frente y también en los campos de concentración nazis.  Supo que la Shoá, el exterminio del pueblo judío, se había consumado en su misma tierra, la tierra polaca. Y se quedo tan impresionado que siempre llevo dentro de sí el recuerdo de aquella terrible experiencia.

 

También parte de la familia Kluger fue aniquilada por la locura nazi. La madre de Jurek, su hermana de veinte años, Tesia, y la abuela desaparecieron en los campos de concentración. Jurek combatió en Italia en el ejército del general Anders; al terminar la guerra, se caso y se fue a vivir a Roma. Y allí, inesperadamente, se encontró un dia con su viejo amigo Lolek, que se había convertido en arzobispo de Cracovia.

 

Y fue una amistad que no se interrumpió jamás, ni siquiera después de que Wojtyla fuese elegido Papa. El Santo Padre lo invitaba con frecuencia, a él y a su familia, a comer o a cenar. Seguían hablándose de tu, como dos compañeros de escuela. El ingeniero Kluger trataba al Papa como si fuera uno más de su familia, y el Papa se sentía realmente uno de ellos. Bautizo a su nieta, bendijo el matrimonio de la joven, llego hasta a bautizar a la hija de ésta. Una amistad autentica! La amistad de toda una vida!

 

Nuestros “hermanos mayores”

(Republicacion del post fechado 21/2/2009) 
(antigua sinagoga de Wadowice)

Su buena relación con los judíos databa de Wadowice - donde la comunidad judía estaba compuesta casi por un tercio de los diez mil habitantes; bien integrados a la vida ciudadana las relaciones eran de aprecio y amistad - arraigada en el caso de Wojtyla en “amigos muy queridos” como Jurek (Jerzy Kluger), hijo de un conocido abogado, presidente de la comunidad judía local y amigo de la infancia, con quien perdió contacto durante la guerra. Lolek y Jurek volvieron a encontrarse en Roma cuando Karol Wojtyla era Arzobispo y estaba participando del Concilio Vaticano II.


La casa donde vivían los Wojtyla era propiedad del señor Balamuth, judío.
En la escuela de Wadowice había dos equipos de fútbol judío y católico y cuando faltaban jugadores Lolek no dudaba unirse al equipo judío como portero si hacia falta....

Hasta que un día se puso en marcha la “monstruosa maquinaria” y
- fueron literalmente pisoteadas las palabras del poeta Adam Mickiewicz


En la nación todos son ciudadanos. Todos los ciudadanos son iguales ante la ley y ante la administración. Para el judío, nuestro hermano mayor, debemos demostrar aprecio y ayuda en su camino hacia el bienestar eterno y en todas las cuestiones iguales derechos

- y destruida la antigua sinagoga de Wadowice

 

(El 9 de Mayo de 1989, animado por Juan Pablo II, Jurek asistía a la inauguración en Wadowice de una placa conmemorativa en el lugar donde habia estado la antigua Sinagoga y leia una carta del Papa).

 

- perseguidos hasta el extremo aquellos “hermanos mayores” en Cracovia corrieron la misma suerte al tiempo que era derribada la estatua de aquel que creía que “todos los ciudadanos son iguales”...

Ya como Juan Pablo II le decía el Papa a Vittorio Messori en Cruzando el umbral de la esperanza que cuando era Obispo de Cracovia había tenido intensos contactos con la comunidad judía de la ciudad, relaciones cordiales que continuó después de su traslado a Roma y agregaba “Pero una experiencia del todo excepcional fue para mi la visita a la sinagoga romana

 


(13 de abril 1986) durante aquella visita memorable – decía - definí a los judíos como hermanos mayores en la fe” “Sois nuestros hermanos predilectos y en cierto modo podría decirse que sois nuestros hermanos mayores” había dicho.


Y en la jornada extraordinaria en Asís en octubre de 1986 estaban allí juntos hebreos, cristianos y musulmanes para orar... cuando invito a todos los hermanos y hermanas a buscar ser "operadores de la paz en pensamiento y acción, con la mente y el corazón dirigidos a la unidad de la familia humana”.


El 16 de marzo de 1998 se publicaba “Nosotros recordamos:: una reflexión sobre la “Shoah

 

En la Audiencia del 29 de marzo del 2000 Juan Pablo II hacia un resumen de su precioso viaje a Tierra Santa.
En Yad Vashem, memorial de la Shoah, - decìa - rendí homenaje a los millones de judíos víctimas del nazismo. Una vez más expresé profundo dolor por esa terrible tragedia y reafirmé que "nosotros queremos recordar" para comprometernos juntos -los judíos, los cristianos y todos los hombres de buena voluntad- a vencer el mal con el bien, para caminar por la senda de la paz.”


En Jerusalén “ciudad santa para judìos, cristianos y musulmanes”, se habia reunido con dos rabinos jefes de Israel y con el gran mufti de Jerusalén y otros representantes de las religiones monoteístas: la judia y la musulmana y expresaba su intimo deseo:

Jerusalén està llamada a convertirse en “símbolo de la paz entre cuantos creen en el Dios de Abraham y se someten a su ley. Ojalá que los hombres apresuren el cumplimiento de este designio”.

 

martes, 11 de julio de 2023

La santidad de la familia Wojtyla – Slawomir Oder, postulador (2 de 2)

 

 (Entrevista a Mons. Slawomir Oder por Bogumił Łoziński de la publicación dominical Gosc.Pl) 


 Bogumił Łoziński: Hablemos  de la presentación del libro sobre Edmund Wojtyla, que demuestra que el hermano de Juan Pablo II también estuvo muy cerca de Dios. Dio su vida por otro hombre, y la creencia en su santidad existe hasta el día de hoy. Si se llevara a cabo su proceso de beatificación, ¿qué camino sugeriría usted: las virtudes heroicas, el martirio o el sacrificio de la vida?

Slawomir Oder: En cuanto a esta figura, parece que es representante de la tercera vía: el sacrificio de la vida - oblatio vitae. Este camino lo introdujo el Papa Francisco con la carta apostólica Maiorem hac dilection de 2017. Además del martirio y las virtudes heroicas, indica que el motivo de la beatificación y canonización puede ser el sacrificio de la vida fruto del amor cristiano. Todos los elementos que componen este camino están presentes en la vida de Edmund.

¿Cuáles son estos elementos?

 El modo de dar la propia vida es manifestación del gran amor de un hombre que decide dar lo más precioso que tiene por amor a Cristo y al prójimo. Se puede decir que es lo opuesto al camino del martirio, donde una persona pierde la vida a manos de alguien que odia a Cristo. En el caso de Edmund, la causa de su muerte fue contagiarse de un paciente la escarlatina, a quien trató como médico. No había cura para la enfermedad en ese momento, por lo que sabía cuáles podrían ser las consecuencias. Aun así, estaba dispuesto a sacrificar su vida.

Tal actitud requiere tener la virtud del amor en un grado heroico, así que ¿por qué no tener una prueba de virtudes heroicas?

Si seguimos el camino de las virtudes heroicas, hay que decir que el amor no es la única virtud a estudiar. Todos deben ser vividos heroicamente. En el caso del sacrificio de la vida, hay un elemento de perfección, porque el amor es perfección cristiana, pero no es necesario que toda vida sea heroica. Las virtudes cristianas deben practicarse en el grado ordinario. Por supuesto, no puedes ser un pecador.

 Un católico que vive según Dios, pero no se destaca, pero tiene un amor tan grande que está dispuesto a sacrificar su vida por otra persona. ¿Asi era Edmundo?

Una imagen de tal hombre surge del libro de la Dr. Kindziuk.

Al momento de la muerte de su madre, Karol tenía 9 años y Edmund 23. ¿Cómo era la relación de los hermanos? ¿Edmund influyó en la formación de Karol?

La reconstrucción de la vida de Edmund muestra que estaba relacionado con su hermano y que su relación con Karol era de naturaleza protectora. Este vínculo era muy fuerte, pero vivía a distancia, porque Edmund se fue de casa para estudiar en Cracovia, luego trabajó en un hospital en Bielsko-Biała y murió allí a la edad de 26 años. Sin embargo, cada vez que tuvo la oportunidad, llevó a Karol con él siempre y a todas partes. Por ejemplo, para los viajes a la montaña, que realizó junto a su prometida Jadwiga Urban. También presentó a su hermano al círculo de sus amigos. Edmund era un hombre que amaba los deportes, jugaba al fútbol. Asumió el amor por la naturaleza y el teatro de su hermano. Para Karol, Edmund fue un modelo de una actitud humana bella y madura. Cuando miramos a Juan Pablo II más tarde, vemos el estilo de Edmund: amistad abierta, conversación, caminatas en las montañas, que no son un paseo trivial, sino una oportunidad de conocer a otro ser humano. Sin embargo, Juan Pablo II enfatizó fuertemente que su padre fue su primer maestro y formador.

Dijo que sus años de niñez estuvieron relacionados principalmente con su padre, quien, después de la pérdida de su esposa y su hijo mayor, profundizó su vida espiritual y con frecuencia se arrodillaba para orar. “Un padre que podía exigirse a sí mismo, en cierto sentido, ya no tenía que exigirle a su hijo. Mirándolo aprendí que uno tiene que exigirse a sí mismo y esforzarse para cumplir con sus propios deberes”, dijo Juan Pablo II. ¿Karol Sr. formó a su hijo a través del testimonio de su propia vida?

Es una suerte encontrar a alguien en tu vida que no solo sea un padre, un amigo, sino también un maestro. Vivimos tiempos en los que a menudo nos falta un maestro, alguien que nos lleve de la mano, nos guíe, nos corrija, nos inspire. Juan Pablo II tuvo suerte. Conoció a personas que lo inspiraron. Su formación religiosa también estuvo muy influenciada por Jan Tyranowski, el segundo maestro de Karol después de su padre.

Juan Pablo II dijo una vez que le afectó más la muerte de su hermano que la de su madre. Estas son palabras sorprendentes. ¿No logró establecer una estrecha relación con su madre?

Creo que fue un problema de memoria. En el momento de la muerte de Emilia, él era un niño pequeño, pero experimentó la muerte de su hermano de manera más consciente. Recordemos que debido a la enfermedad en los últimos años antes de su muerte, la madre quedó excluida de la vida activa. Se quedó en una habitación a la que el pequeño Karol no siempre podía entrar. Ella estaba presente, pero desde la distancia. Sin embargo, en el día a día, Karol vivía una relación humana con su padre y su hermano.

¿Qué camino hacia Dios nos muestra hoy la familia Wojtyła?

 


En primer lugar, apunta a la familia como lugar de santificación, a la familia como iglesia doméstica. Al mismo tiempo, nos hace darnos cuenta de que las personas que nos acompañan son un don que recibimos de Dios, no siempre dándonos cuenta. El don obliga, por lo que la dimensión familiar debe vivirse también en el aspecto de un cierto compromiso. Al inicio de su pontificado, resumiendo una determinada etapa de su vida, Juan Pablo II decía que cada momento importante de su vida sacerdotal estuvo marcado por el sufrimiento de alguien cercano a él, por lo que está en deuda. Los Wojtyłas muestran que es en la familia donde aprendemos a saldar la deuda de amor. 

 

Slawomir Oder, ordenado sacerdote en 1989, es actualmente Obispo de Gliwice, Polonia

 

La santidad de la familia Wojtyla – Slawomir Oder, postulador (1 de 2)

 


 (Entrevista a Mons. Slawomir Oder por Bogumił Łoziński de la publicación dominical Gosc.Pl

Bogumił Łoziński: Juan Pablo II es  santo, el proceso de beatificación de sus padres está en curso, y del libro recién publicado por Milena Kindziuk, “Edmund Wojtyła. hermano de san Juan Pablo II" muestra que Edmundo también puede ser elevado a los altares. ¿Estamos ante una familia de santos?

Sławomir Oder: Es difícil para mí responder antes de que la Iglesia haga una declaración formal sobre este asunto.

¿Y de manera informal?

Siguiendo el proceso de beatificación de los padres de Juan Pablo II, debo decir que la convicción de la santidad de Karol y Emilia Wojtyła es muy fuerte y profunda. Pero la Iglesia dirá si son santos. Recordemos que todo proceso de beatificación, especialmente siguiendo el camino de las virtudes heroicas, comprende tres etapas. La primera es la voz del pueblo de Dios, que debe gritar: los santos están con nosotros, han estado con nosotros, se han ido al Señor. Esta es precisamente la "reputación de santidad" (fama sanctitatis), que en muchos casos persiste a lo largo de los siglos. Actualmente soy postulador en el proceso de beatificación de la abadesa de la Orden Benedictina de Chełmno, Madre Magdalena Mortęska, fallecida a principios del siglo XVIII, y la creencia en su santidad ha perdurado durante siglos.

 

En el caso de los padres de Juan Pablo II, ¿hay una opinión sobre la santidad?

 

Los testimonios presentados en el proceso de beatificación muestran que la convicción de su santidad sigue viva entre muchas personas.

¿Cuáles son los otros dos pasos?

El segundo es formal. La Iglesia recoge testimonios, documenta y realiza un estudio sobre si realmente estamos ante una vida por encima de la media. Esta es la etapa en la que se encuentra el juicio de Karol y Emilia Wojtyła. Sin embargo, la más importante en el proceso de las virtudes heroicas es la tercera etapa, es decir, la voz de Dios, que de alguna manera pone un sello a todo lo que hemos hecho como seres humanos en la forma de Su milagro a través de un determinado candidato a los altares. .

 

¿Hay casos en que la Iglesia declara formalmente que una determinada persona practicó las virtudes cristianas en grado heroico, y no hay milagro, este sello de Dios?

 

Sí, hay muchos santos en la "sala de espera". Estoy señalando un proceso aquí: cuanto mayor es la convicción de santidad, cuanto más peticiones y oraciones, mayor es la probabilidad de que llegue la respuesta de Dios. Aunque a veces Dios en su pedagogía actúa de tal manera que estos santos permanecen en la “sala de espera” por mucho tiempo. Sin embargo, esto no se debe a que no sean santos. Puede que no sean santos para este tiempo, pero llegará el momento en que serán importantes para nuestra edificación, para el fortalecimiento de nuestra fe, y entonces se hará lo que se debe hacer.

 

Conoce usted muy bien la vida religiosa de la familia Wojtyła. ¿Hay algún rasgo particular de espiritualidad que lo dominara?

 

Sobre la base de los testimonios de la vida de Juan Pablo II y otras personas, incluidos los libros, por ejemplo, sobre Edmund Wojtyła, está claro que esta es ciertamente una familia profundamente arraigada en la tradición de la espiritualidad polaca. La espiritualidad polaca es cristocéntrica, pero al mismo tiempo muy mariana. Los elementos marianos están muy presentes en la vida de los Wojtyła, por ejemplo, las peregrinaciones que hacía Karol padre con sus hijos a los santuarios marianos, el rezo del rosario vespertino, el padre que confiaba a sus hijos a la Madre de Dios después de la muerte de Emilia. En el caso de padre e hijo, también hay una espiritualidad que tiene profundidad trinitaria. San Juan Pablo II fue extremadamente sensible a la acción del Espíritu Santo. Como sabemos, en nuestra realidad humana esto no siempre es así. El Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, el autor de todo, sigue siendo muy misterioso y muchas veces ni siquiera pensamos en él.

 

viernes, 7 de julio de 2023

Juan Pablo II – Polonia, Solidarnosc (Solidaridad) y el fin del comunismo - Stanislaw Dziwisz (2 de 2)

 


La tarde del 21 de junio Juan Pablo II llegó a Cracovia, donde le esperaba, en vez del papamóvil, un coche cerrado, pero él lo rechazó, prefirió  subir a un autobús, en el que cruzó las calles de la ciudad. Una vez en el episcopado, y ya sentado a la mesa, tuvo que interrumpir la cena para asomarse a la ventana y hablar a los miles de jóvenes que se habían congregado para saludarlo. También entonces alguien del séquito papal manifestó su preocupación, argumentando que hubiera sido preferible una actitud más «contenida».

Al día siguiente, dos millones de personas acudieron al Blonie para asistir a la beatificación de dos grandes figuras polacas: el padre Rafael Kalinowski, carmelita descalzo, y fray AlbertoChmielowski, apóstol entre la gente más humilde, fundador de la orden de los Albertinos. Al final de la misa, mientas la multitud se iba dispersando lentamente,  asomaron las banderas de Solidaridad.  Aparecieron los helicópteros que, volando a baja altura, pensaban (equivocadamente) que asustarían a la gente, obligándola a echar a correr hacia sus casas. Pero todo se desarrollo con absoluta tranquilidad, ordenadamente, justo como quería el Santo Padre, sin dejar el más mínimo resquicio a las provocaciones.

 Pero mientras tanto, ya había explotado el Gran Miedo del régimen. Esa tarde, en la catedral de Wawel, se produjo inesperadamente un segundo encuentro entre el Pontífice y el general Jaruzelski Un encuentro deseado por la clase política (y no por la Iglesia, como se intento hacer creer) un poco para serenar el clima, un poco para atenuar el impacto de  lo que iba a ocurrir al día siguiente, y un poco también porque Jaruzelski –y esto podría explicar la larga duración de la entrevista - , casi una hora y media quería exponerle al Papa «sus» razones.

Para el Santo Padre, si se me permite interpretar su pensamiento, el general era un hombre dotado de inteligencia y de cultura. Demostraba también un cierto patriotismo. Pero, hablando en términos políticos, se inclinaba hacia el este, no hacia el oeste. Para Jaruzelski, todo lo concerniente al futuro de Polonia, cualquier posible solución,  pasaba por Moscú, nunca por Occidente.

Por fin, la mañana del 23 de junio, después de haberlo mantenido en secreto hasta el último momento, se produjo el encuentro del Papa con Lech Walesa, trasladado en helicóptero junto a su mujer y cuatro de  sus hijos. El lugar del encuentro (elegido por el régimen por su «inaccesibilidad» era un refugio de montaña en las inmediaciones de Zakopane, a los pies de los montes Tatra. Todo había sido preparado ad hoc por los servicios de seguridad; habían diseminado micrófonos por el salón y los camareros habían sido sustituidos por sus propios hombres, especialistas en ese sector.

La puesta en escena, sin embargo, era tan evidente que el Santo Padre lo advirtió enseguida. Se llevó a Walesa afuera, al pasillo, y lo invitó a sentarse allí, en un banco. Quizás también allí había micros, pero de todas formas, si los escuchaban no pasaba nada. No había ningún problema.

En esos momentos lo de menos eran los discursos, las palabras; lo importante era el hecho en sí, el gesto. Era importante que Juan Pablo II estuviera allí y que se estuviese entrevistando con Walesa. «Solo quiero decirle una cosa: que rezo a diario por usted.». Es decir rezaba a diario por Walesa y por todas las mujeres y los hombres de Solidaridad. Para demostrar a todo el mundo, y sobre todo a los jefes comunistas, que el movimiento estaba vivo y que no constituirá en  absoluto un capítulo cerrado.

 Precisamente por eso se decidió intervenir inmediatamente, desmintiendo aquel ingenuo artículo aparecido en L´Osservatore Romano en el que se interpretaba el encuentro con el Papa como un «tributo al vencido». ¡Como si Walesa y su sindicato hubieran sido derrotados, definitivamente derrotados, en la batalla contra el régimen!. ¿Se podía permitir que diese la impresión de que la Iglesia se había olvidado de Solidaridad? ¿Se podía dejar creer que la Iglesia no era un aliado seguro de la clase obrera y que, por lo tanto, no se podía contar con ella?

Aquel viaje terminó con una anécdota peculiar. El presidente del Consejo de Estado, Jablonski, le dijo en privado a Juan Pablo II: «A su llegada, le hemos saludado como el Papa de la paz; dentro de cuatro años saludaremos al Papa de la reconciliación» No se hasta qué punto el general Jaruzelski compartía ese punto de vista.

En cualquier caso, a pesar de las dificultades, el viaje fue un éxito. El Santo Padre supo dar con el tono adecuado para apoyar moralmente a una nación triste, desilusionada, amargada,  para mantener con vida a Solidaridad, que, en esos momentos, no existía oficialmente. Y todo esto sin provocar, ni siquiera involuntariamente, desordenes o enfrentamientos.

 

(Svidercoschi)

Un mes después, Jaruzelski levantó el estado de sitio y empezó a vaciar las cárceles, hasta conferir una apariencia de liberalidad al régimen polaco.

Pero aun tenían que pasar varios años para que Polonia volviese a ser una nación libre. Años contradictorios, como toda época de transición. Años de terribles sombras y de luces de esperanza. En 1984 se produjo el feroz asesinato del padre Jerzy Popieluszko, un valeroso sacerdote, gran defensor de solidaridad y de los derechos de los trabajadores. Y en junio de 1987 Juan Pablo II regreso por tercera vez a su patria: «un servicio a la verdad», como él mismo definió aquel viaje, en el que denuncio el vacío programático que caracterizaba ya al «socialismo histórico».

 

A partir de ese momento se inició, justamente, ese impetuoso proceso que, en el giro de dos años, condujo a la libertad, al regreso de Solidaridad, a la legalidad, al primer Gobierno no comunista en Europa centro oriental (capitaneado por un católico, Tadeusz Mazowiecki) y por último a que aquel ex electricista de los astilleros Lenin de Gdansk fuese elegido presidente de la República.

Polonia, en definitiva, abrió el camino del gran vuelco que marco el fin del comunismo.

 


(Stanislaw Dziwisz UNA VIDA CON KAROL, conversación con Gian Franco Svidercoschi, cap. 22, La Esfera de los Libros, Madrid, 2008)

Fotografia 

 

 

 

 

Juan Pablo II – Polonia, Solidarnosc (Solidaridad) y el fin del comunismo - Stanislaw Dziwisz (1 de 2)

 


(Svidercoschi)

 Juan Pablo II quería regresar a Polonia a toda costa.  Sentía que era su deber ayudar a aquel pueblo a reencontrar, al menos, la fe en sí mismo, la fuerza para tener esperanza.

¿Pero podía ir a Polonia durante el estado de sitio? ¿No corría asi el riesgo de legitimarlo, aunque nada estuviera más lejos de su intención? En suma ¿Qué era mejor, estrechar la mano de aquella gente o negarse a hacerlo?

Al final, tras una larga reflexión, brotó la respuesta más natural: el Papa podía, perfectamente, ir a Polonia y, al mismo tiempo, mostrar claramente que no aceptaba aquella situación. Y fue una decisión justa, sabia, eficaz, porque de esa forma, sólo de esa, fue posible que se salvaran Lech Walesa y Solidaridad.

 

(Dziwisz)

Pero comencemos por el principio.

Intentaré contar cómo fue aquel viaje de junio de 1983, un viaje decisivo para le futuro de Polonia, en sus momentos más cruciales. Intentaré hacerlo, en parte, basándome en mis apuntes y en parte confiando en la memoria.

 

En esa época, Walesa no existía para los dirigentes comunistas. No lo llamaban ni siquiera por su nombre: cuando se referían a él, decían, simplemente, «el electricista». Precisamente por eso, el Papa dejó muy claro que visitaría Polonia con la condición de entrevistarse con Walesa. Pero el general Jaruzelski se oponía a ello frontalmente. Para superar el impase se llegó a un compromiso que no solo era muy precario, sino que estaba cargado de dudas, de omisiones, de detalles dejados en una nebulosa.

 

De hecho, cuando llegó a Polonia, el 16 de junio, el Santo Padre  descubrió que el encuentro no estaba en modo alguno asegurado, es más, existía el riesgo de que se anulase. Desconcertado, se desahogó con sus más estrechos colaboradores:«Si no puedo verlo, regreso a Roma». Alguien de su séquito manifestó su perplejidad. Él repuso: «Tengo que ser coherente de cara a los demás»

 

En cualquier caso, que su intención era la de apoyar a Solidaridad lo había dejado muy claro desde un principio, nada más descender del avión. Besó el suelo polaco (aunque a lo había hecho en su primera visita) y explicó que era como si besase a su propia madre, una madre que estaba sufriendo mucho una vez más.  Añadió que venía para todos, incluidos los que estaban en la cárcel. Luego en la catedral, donde está la tumba del cardenal Wyszynski, agradeció a la Providencia que le hubiese ahorrado al primado los dolorosos sucesos del 13 de diciembre de 1981. Esta frase, al día siguiente fue censurada en todos los periódicos.

 



El encuentro con el general Jaruzelski….En el discurso público, el Papa pidió expresamente que se respetasen los acuerdos de agosto de 1980, los que habían rubricado tanto el Gobierno como los sindicatos. En el coloquio privado, lo que le dijo al general, esencialmente, fue que podía incluso entender que hubiera decretado el estado de sitio, pero que jamás aprobaría la abolición de Solidaridad, el sindicato a través del cual se había expresado el alma polaca.

 

Ya de regreso, Juan Pablo II se detuvo en la iglesia de los Capuchinos donde se conserva el corazón de un gran soberano, Jan Sobieski. Y allí pudo hablar con diversos miembros de la oposición, sobre todo con intelectuales y artistas, así como con la madre de un joven que había sido asesinado por la policía.

 

Llegó el momento de acudir a Czestochowa; el aumento de la tensión se advirtió de inmediato. La policía se mantenía en estado de alerta, estaba preocupada por la masiva participación de los jóvenes. Pero, no obstante el encendido entusiasmo y no obstante la evidente intención de los jóvenes de trasformar el encuentro en una manifestación en contra  del régimen, el Santo Padre freno en seco toda forma se contestación. A pesar de que  su consigna - «Debéis permanecer vigilantes» - no se entendió precisamente como una frase retórica.

 

Al día siguiente, el domingo 19, estaba prevista la jornada mariana, con una misa y la coronación de cuatro imágenes de la Virgen, veneradas en otros tantos santuarios. Asistió una multitud ingente, dos millones de personas, y en la homilía Juan Pablo II dijo expresamente que Polonia debía ser un Estado soberano y que la soberanía se basa en la libertad de los ciudadanos.

 

A esa misma hora llegaron a Czestochowa algunos dirigentes del Politburó. Si ya se habían quedado profundamente turbados por las diversas intervenciones del Santo Padre ahora estaban doblemente preocupados ante lo que pudiera decir esa tarde en el «solemne llamamiento». Solicitaron tener un coloquio con monseñor Bronislaw Dabrowski, secretario del episcopado, y le dijeron con total claridad que el Papa tenía que cambiar el contenido de sus discursos.

 

Mons. Dabrowski se lo refirió al Pontífice y regreso junto a los representantes del Partido con la respuesta del Papa. La respuesta era que, si no podía decir lo que pensaba, si no podía pronunciar los discursos que había preparado en su propio país, en su patria, ¡estaba dispuesto a volverse a Roma!

 

Frente a la firmeza de Juan Pablo II, éstos no replicaron y regresaron a Varsovia para presentar su informe. Por su parte, el Santo Padre atenuó ligeramente el texto del «llamamiento», pero sólo en el tono, no en lo concerniente a los conceptos, a los argumentos. Pidió, entre otras cosas, que se tuviese el valor de retomar el diálogo social. Justo lo que Jaruzelski no quería hacer, según había repetido hasta el propio Papa.

 


Continuó la visita. En Poznan, el Pontífice pronunció por primera vez el nombre de Solidaridad. En Katowice afirmó que los obreros tenían derecho a contar con sindicatos libres. En Breslavia, que era preciso conservar cuanto había de positivo en Solidaridad, mientras tanto, los monaguillos se alzaban la túnica blanca para enseñar la camiseta con aquella inscripción que ya se había hecho famosa en el mundo entero.

(Stanislaw Dziwisz UNA VIDA CON KAROL, conversación con Gian Franco Svidercoschi, cap. 22, La Esfera de los Libros, Madrid, 2008)

Fotografias (con excepcion de la tapa del libro).