Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 28 de diciembre de 2023

Nieves Gomez Alvarez: El humanismo polaco de Karol Wojtyla (4 de 4) Cyprian Norwid

 

(Imagen de Wikipedia)

Cyprian Norwid

Norwid. fue, de la tríada de escritores románticos polacos, el que más influyó sobre Karol Wojtyła/ Juan Pablo II. Era el más joven de los tres, por tanto, el más cercano cronológicamente. Había nacido en 1821 e inicialmente se dedica al arte, en concreto, a la pintura y a la escultura, que estudia en Florencia. En Roma conocerá a Mickiewicz y en París a Słowacki y Chopin. Será la cercanía con estos círculos la que intensificará su vocación de escritor, aunque ya había escrito poesía previamente. Una serie de infortunios y una situación de gran precariedad le llevará a escribir una obra extraordinaria, Nuestra epopeya, 1848, donde Norwid hizo suyo el espíritu de Don Quijote de la Mancha22. En él, Don Quijote, esto es, el autor y su generación, cabalga en busca de Dulcinea, Polonia, con la única compañía de las serpientes y los pájaros (la policía de los imperios y los poetas polacos emigrados). Es el de Norwid un poema complejo que va amplificándose, desde el individuo, pasando por la patria y el mundo, hasta concluir en la historia. Estos cuatro temas serán justamente los cuatro círculos concéntricos que estarán presentes en su obra. Impelido a buscar un futuro mejor, viaja a Estados Unidos, donde ejerce como grafista durante dos años, tras los cuales vuelve a Europa (Londres y finalmente París). Será en esta última ciudad, rodeado de adversidades de todo tipo y de una enorme melancolía, donde produzca lo más brillante de su obra, como, por ejemplo, Ad leones, de 1883, donde reflexiona sobre el papel del artista en el mundo contemporáneo, que es eminentemente utilitario. El título hace alusión a la metáfora que utiliza: el mundo capitalista es como los leones dispuestos a devorar a los cristianos que se les arrojan, pero entre estos hay una mujer con una cruz, que consigue detener a las fieras. También escribió ensayos sobre ética, filosofía, cultura y política, como Sobre el arte. Para los polacos, Sobre Juliusz Słowacki, Silencio o Flores negras; y dramas, como El anillo de la gran dama, donde cuenta la vida de un artista pobre, humillado por los salones de la aristocracia. Sus poemas tienen unas resonancias muy novedosas, como, por ejemplo, en Promethidion o Sobre la libertad de la palabra, donde habla del hombre como creador y del papel de la cultura. Desde su punto de vista, el arte es un trabajo realmente elevado, pues aúna el trabajo físico y el intelectual, es decir, es un metáxy entre la materia y el espíritu, entre lo específico de cada cultura y lo universal de la civilización, entre el individuo y la sociedad. Norwid, a pesar de ser el creador de un nuevo lenguaje poético y de haber tenido la voluntad de renovar la literatura polaca –en cierto sentido se puede decir que fue más allá del propio Romanticismo–, fue un autor muy poco entendido en su época y serán las generaciones posteriores las que verán en él un referente, en la estela de la Biblia, Homero, Platón, Dante y Calderón. Su obra sintetiza las tradiciones pagana y cristiana, los elementos clásicos y los románticos, la genialidad de las culturas de Europa Central y las del Sur23. De hecho, la poesía de Norwid trasciende sus propias fronteras y en muchos casos se convierte en metafísica e incluso en teología, en una visión completa y compleja de la realidad: el hombre es una criatura con una doble dimensión psíquica y física, que es además histórica y que no puede desligarse de elementos no materiales, como son la naturaleza, la tradición cultural y la civilización. Por eso el ser humano norwidiano es un ser enlazado con la vida y con toda la tradición común de la humanidad. De manera muy cervantina, el tema del amor aparece en Norwid relacionado con el esencial equilibrio entre hombres y mujeres y como soporte de una verdadera cultura. Y de manera no menos cervantina, el tema de la patria no estará marcado por el exclusivismo, sino por una formidable generosidad hacia el ser ajeno e incluso hacia el acercamiento de toda la humanidad. Para Norwid, que se mueve con soltura tanto en la cultura clásica como en el conjunto de la cultura occidental europea, el hombre perfecto es Cristo, que es un Hombre Eterno, ya que es el único que une en una sola persona lo humano y lo divino, lo material y lo espiritual. Finalmente, hay otros dos aspectos por los que Karol Wojtyła leería fascinado a este romántico24: primero, su tratamiento del tema del trabajo, el lugar del hombre en el mundo capitalista. A Norwid le parecía lacerante que el desarrollo del urbanismo y la civilización industrial causasen tantas diferencias entre las clases sociales, así como la infelicidad del artista y la soledad. Por eso se convierte en un crítico de la deshumanización del trabajo, pero a su vez ofrece una nueva concepción del mismo, por ejemplo, en su poema Canto desde nuestra tierra, ya no desde la maldición bíblica, sino como factor de creación, en el sentido más noble del término y de trampolín moral. Al haber tenido la experiencia americana, Norwid reflejará en su obra cómo este crecimiento moral se traduce en la lucha por la libertad, la democracia y los ideales de la moral cristiana. En ese sentido –como hará el propio Wojtyła en su obra Hermano de nuestro Dios–, tendrá una visión inteligentemente crítica hacia el socialismo. Y en segundo lugar, Norwid se hace eco en su obra, aunque en gran parte, como hemos visto, la desarrolla fuera de lo que había sido Polonia, del mundo eslavo en general. Desde su punto de vista, el crecimiento de los nacionalismos había llevado a la situación de que los eslavos no pudieran saber más cuál era su lugar en el mundo y en la historia, y a un fuerte enfrentamiento –que él mismo sufría– respecto a Rusia. Su obra refleja el profundo anhelo de una integración entre los valores de Occidente y el resto de Europa, deseo que sin duda latirá en el hacer de Juan Pablo II y sus esfuerzos de acercamiento con Rusia durante años. Finaliza aquí la primera parte de este artículo, sobre la influencia del Romanticismo polaco en el humanismo de Juan Pablo II. Queda para una segunda cómo terminó de gestarse en su época como profesor de Ética en la Universidad de Lublin y su plena manifestación, ya como Juan Pablo II.

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de Más allá de la Ilustración francesa: El humanismo polaco de Karol Wojtyła (1ª Parte) Beyond the French Enlightenment: Karol Wojtyła’s Polish Humanism (Part 1) ––––– NIEVES GÓMEZ ÁLVAREZ


Nieves Gomez Alvarez: El humanismo polaco de Karol Wojtyla (3 de 4) Juliusz Słowacki

 


(Imagen de Wikipedia) 

Juliusz Słowacki (1809-1849) es otra de las grandes figuras del Romanticismo polaco. Estudia Ciencias Políticas y Morales en la Universidad de Vilna, como hijo que era de un profesor de la misma Universidad, moviéndose en los ambientes más cultos de la sociedad de la época y fue destinado para trabajar como funcionario en el Departamento del Tesorode Varsovia y en la Oficina Diplomática del Gobierno. Sin embargo, su verdadera pasión, que era la carrera literaria, comenzó con ocasión del levantamiento polaco de 1830 contra Rusia. Será en esta época cuando escriba su poema Oda a la libertad13. Tras una misión diplomática en Londres, ciudad que le fascina, será también uno de los escritores refugiados en París, donde entabla amistad con muchos de los liberales españoles desterrados por Fernando VII, lo cual despertó su interés por España y su literatura. De hecho, aprendió español leyendo El Quijote y también se dejó fascinar por Calderón de la Barca, cuya obra El príncipe constante tradujo al polaco en 1884, pues vio en el argumento del drama de Calderón un reflejo de la historia de los polacos14. No muy bien tratado por otros polacos en el exilio a causa de su ascendencia –supuestamente su padrastro había colaborado con los rusos y era considerado traidor–, viajará por varios países (Suiza, Italia, Grecia, Egipto, Tierra Santa) a partir de 1832, trabajando en misiones diplomáticas secretas entre el príncipe Adam Czartoryski y el gobierno de Turquía, contrario a Rusia.

 Esa sucesión de viajes será también una oportunidad constante para la inspiración, muy sugerente en poemas como “Conversación con las pirámides” o el melancólico “Himno (¡Qué triste estoy, Dios mío!)”, escrito durante una puesta de sol en Alejandría. Słowacki morirá, como buen romántico, de muerte prematura y tuberculosa en París en 1849. Años adelante, será el general Pilsudski, ya en 1927, quien ordenará la repatriación de sus restos, desde el cementerio de Montmartre hasta la catedral de Wawel, en Cracovia, donde reposa actualmente junto a los restos de Mickiewicz. Particularmente decisivas para Karol Wojtyła serán dos de sus obras, Kordian. La conjura de la coronación15, publicada en 1834, que el joven actor sabía de memoria, y El Rey Espíritu16, publicada en 1847. Esta última fue la primera obra representada el 1 de noviembre de 1941 por el Teatro Rapsódico, el teatro de resistencia pacífica en el que Karol Wojtyła participó durante los años de ocupación nazi de Polonia. El joven Karol representaba el papel del rey Boleslao, el monarca que comete abuso de poder y manda ejecutar a San Estanislao cuando el obispo de Cracovia celebra la Eucaristía. Curiosamente, el prometedor actor le imprimió a su violento personaje el carácter de un futuro arrepentido, jugando así literariamente con la Historia. Por su parte, Kordian relata la coronación del zar de Rusia como rey de Polonia, con su doloroso anhelo desde el exilio por la patria perdida y con su esperanza –sin duda, un tanto religiosa– en su futura resurrección. Esta obra tendrá un gran significado para Karol Wojtyła en unos momentos en los que Polonia volvía a estar en peligro, por la avaricia de las potencias vecinas17. Además, era una obra técnicamente muy innovadora, por sus formas plenamente románticas, con la ruptura de las tres unidades, la combinación de lírica, épica y drama y la mezcla entre personajes históricos e imaginarios (algunos de ellos simbólicos, muy del gusto de la época, como ángeles, demonios, el miedo o la imaginación). Karol Wojtyła, que también será autor dramático, se hará eco en sus propias obras teatrales de innovaciones similares. En el periodo de 1795 a 1920, los escritos de Słowacki habían alimentado, como los de Mickiewicz, la llama de la polonidad, aun a pesar de las persecuciones lingüísticas y culturales. No es extraño, pues, que volvieran a encenderla a partir de 1939. Era el destino del mesianismo polaco: alimentar la supervivencia de la nación polaca. Słowacki también muestra en sus escritos una cierta distancia con los ideales franceses –de hecho, cuando en 1833 viaja a Suiza, el gobierno francés le prohíbe volver, por ser considerado un revolucionario liberal–. Se puede leer desde esta perspectiva su poema “París”, donde habla de “orden quebrado”, “reptil enroscado”, “aguijón huntado de veneno” y dibuja un panorama apocalíptico de crimen, castigo, miedo, desgracia y muerte, estableciendo un símil entre esta ciudad y la Sodoma del Antiguo Testamento: “Mira cómo del regazo del Sena, en el crepúsculo, Se alzan los edificios en un orden quebrado, Cómo se suben unos a hombros de otros; En algunos lugares, iluminados por el rastro de las calles, Los edificios parecen un reptil enroscado Al que se le erizan las escamas dentadas de los tejados. Y allí, ¿es quizá un aguijón untado de veneno? ¿O es un rayo de sol? ¿La lanza de un caballero? En lo alto una torre dorada dispara su resplandor. ¡Nueva Sodoma! Entre tus piedras Se multiplica visible e insolente el crimen, Pero un día caerá sobre ti una lluvia de fuego, Más no será la lluvia de Dios confinada en un trueno: Mandará cien cañones… Y en cada casa Una bala cincelará la terrible sentencia de Dios, La bala quemará los muros, los derribará, Y un día se ceñirá sobre ti un miedo pavoroso, Y una desesperación aún mayor, porque será la bala del enemigo… Ya pende una nube de cañones sobre la ciudad, Por eso hay masas de gente confundida, Por eso la oscuridad de las calles es tan lúgubre, El presentimiento de la desgracia trastorna la razón; La palabra del orgullo vano agoniza sin eco, Las conversaciones tratan incesantemente sobre los enemigos…”. Y también en su poema “Cuando los polacos se subleven de verdad…”, donde parece reflejarse la incomprensión de los franceses hacia los ideales polacos, a los que parecen haber mirado con suficiencia o desprecio. El poema refleja cómo en ese hipotético tiempo de “vigencias polacas”, los ideales de esta nación no serían comprendidos desde los ideales franceses, pues no estarían movidos por el particularismo ni tampoco por un supuesto humanismo ciego y destructor, sino por “grandes lemas desconocidos”, gestados en el esfuerzo moral del corazón humano: “Cuando los polacos se subleven de verdad Las naciones no harán cuestaciones, Sino que quedarán estupefactas y al canto de los disparos Agudizarán el oído, abrirán las tabernas. Y los vientos llevarán las noticias, Y cada noticia alimentará el corazón de las naciones, Fuerzas anónimas agitarán el mundo Con grandes lemas desconocidos. El francés no entenderá lo que ocurre en el mundo, Que una nación se rebeló en el humo de la oscuridad, Y aunque muy desesperada, no en nombre de la desesperación, Y aunque muy vengativa, no en nombre de la venganza. No entenderá el esfuerzo que realizó el espíritu En la sagrada oscuridad del corazón humano […]”19. Słowacki había escrito sobre cuán fascinado debió de sentirse Adán, el primer hombre, al confrontarse con el mundo, la creación divina, que también le había traído a él a la existencia (tema sobre el cual reflexionaría Juan Pablo II en sus innovadoras catequesis sobre la Teología del cuerpo). Al igual que Mickiewicz, estaba convencido de que Polonia jugaba un papel decisivo en el drama de la historia mundial. Llegó incluso a escribir proféticamente sobre “un papa eslavo” que se convertiría en “hermano de toda la humanidad”

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Más allá de la Ilustración francesa: El humanismo polaco de Karol Wojtyła (1ª Parte) Beyond the French Enlightenment: Karol Wojtyła’s Polish Humanism (Part 1) ––––– NIEVES GÓMEZ ÁLVAREZ



Nieves Gomez Alvarez: El humanismo polaco de Karol Wojtyla (2 de 4) Adam Mickiewicz

 

(Imagen de Wikipedia)

Adam Mickiewicz (1789-1855), nacido justamente el año de la Revolución Francesa –y para los amantes de las paradojas poéticas, el 24 de diciembre–, fue el mayor representante del Romanticismo polaco y el máximo exponente de la Literatura polaca de su época5 . Tenía inicialmente vocación literaria, pero con el tiempo se convirtió además en un activista político, un hombre apasionado que anhelaba la independencia de Polonia. En su obra se encuentra una combinación peculiar de inicial admiración hacia la Ilustración francesa con un pleno espíritu romántico, aureolado por una humildad genuinamente religiosa. Realiza en sus obras una interpretación de la historia de su patria desde una perspectiva espiritual, lo cual implicaba una lectura redentora del sufrimiento recurrente en los destinos polacos. Su visión, literaria, pero también filosófica, no se limita solo a un nacionalismo más o menos ardoroso, sino que, en alguna de sus obras, como Los Antepasados III, se puede encontrar una interpretación escatológica de la historia de Polonia, a diferencia de la que tienen el resto de naciones. 

Desde el punto de vista de Mickiewicz, es justamente el sufrimiento colectivo asumido el que convierte a Polonia en una nación iluminadora, capaz de enseñar un camino más humano a las demás, que les enseñe las limitaciones del materialismo y la posibilidad de caminar hacia una libertad más completa. El aspecto filosófico más llamativo de Mickiewicz, que se trasluce en sus obras maduras, es que él se veía a sí mismo como un ilustrado cristiano, situación peculiar que le habría permitido hacer una interpretación en esta clave del triple lema de la Revolución Francesa. Desde su punto de vista, ha sido Cristo quien, encarnándose históricamente, habría libertado a los hombres, haciéndonos a todos iguales y hermanándonos entre sí. En otros fragmentos de sus obras se puede encontrar una mirada bastante crítica hacia los ilustrados franceses y hacia los postulados ilustrados sin más. Como botón de muestra, valgan los siguientes ejemplos de los Libros de la nación polaca y del peregrinaje polaco. Al hilo de su particular interpretación de la historia europea, dice acerca de la Ilustración francesa: “Mientras tanto, la idolatría se multiplicaba en Europa. Y al igual que antes, entre los paganos, se empezó por adorar a ídolos que representaban virtudes, después fueron diversos crímenes, más tarde hombres y bestias, y posteriormente árboles, piedras y diferentes figuras dibujadas, lo mismo acabó sucediendo en Europa.

 […]. Y hubo filósofos que alabaron todo aquello que los reyes habían inventado” . Al referirse a la tragedia de la historia polaca desde la perspectiva de la Pasión de Cristo, cada unade las naciones europeas será uno de los personajes de la historia sagrada. ¿Quién será Francia? “El Galo” desempeñará el papel del cobarde y acomodaticio Pilato, quien, ante el inocente ultrajado, rehúsa ejercer la autoridad moral que debería y prefiere quitarse el problema de encima con pretextos infantiles: “‘En verdad, no hallo culpa en esta nación; y mi esposa, Francia, mujer temerosa, está atormentada por malos sueños; mas prended a esta nación y torturadla’. Y se lavó las manos. Y un gobernante francés dijo: ‘No podemos rescatar a este inocente ni con nuestra sangre ni con nuestro dinero, porque mi sangre y mi dinero me pertenecen; y la sangre y el dinero de mi nación le pertenecen a ella”7 . Cuando miles de polacos tomaron camino del exilio y se instalaron en Francia, la respuesta de esta –además de no ayudar– fue la de promulgar durísimas leyes contra ellos, que implicaban el confinamiento de los polacos en determinadas ciudades sin tener libertad de movimientos y la pérdida del derecho a la protección de las leyes y autoridades civiles, quedando a disposición de la policía, como si fueran maleantes peligrosos. Lógicamente herido en su orgullo nacional por ello, Mickiewicz las integró en su obra desde una perspectiva espiritual, muy crítica frente a los que dicen defender ciertos ideales verbalmente, pero no lo traducen en la práctica cuando se trata de los mismos ideales para otros. Nótese que Mickiewicz personifica a Polonia con la libertad misma: “Y la libertad dirá a la segunda nación: ‘He aquí que estaba sumida en la angustia y en la penuria y te pedí, ¡oh, nación!, la protección de tu ley y tu ayuda; pero tú me arrojaste leyes’. Y la nación responderá: ‘Mi señora, ¿cuándo acudiste a mí? Y la libertad responderá: ‘Acudí a ti con el ropaje de estos peregrinos, pero tú me despreciaste; ve, pues, a la esclavitud, donde habrá el silbido del látigo ruso y el crujir de los ucases”. En otros pasajes, el escritor polaco es aún más directo, dirigiéndose directamente a una nación que decía tener grandes ideales, pero en esa magnífica ocasión había renunciado a ejercerlos y ganarse el respeto de Europa: “Gobernantes franceses y doctos hombres franceses: habláis de la libertad, pero servís al despotismo. Caeréis entre vuestro pueblo y el despotismo extranjero, así como lo hace una barra de frío hierro entre el martillo y el yunque. […] Y gritaréis al martillo, a vuestro pueblo: ‘Pueblo, perdona y detente, porque hablábamos de la libertad’. Pero el martillo dirá: ‘Decías una cosa y hacías otra distinta’. Y de nuevo caerá sobre la barra con fuerza renovada”8 . Si París se había convertido –al menos en el mundo de los deseos, que no en el de la práctica– en la patria de la defensa de la libertad, la igualdad y la fraternidad en 1789, Mickiewicz le advierte a aquella proféticamente: “Y no quedará piedra sobre piedra del gran edificio político europeo. Porque la capital de la libertad será trasladada” 9. Hay un aspecto más que merece la pena señalar de la innovadora obra del inquieto Mickiewicz, en cuanto al peso que ejercerá en el humanismo de Wojtyła, y es su visión un tanto filosófica de la capacidad literaria y antropológica del hombre: por ejemplo, en su obra Konrad Wallenrod, se trasluce la idea de que “el amor y la poesía eran capaces de superar los obstáculos y las discordias entre las naciones” 10. Sería interesante calibrar, ahora que tenemos cierta perspectiva, hasta qué punto Karol Wojtyła/ Juan Pablo II ha sido un digno heredero de los ideales humanistas de Mickiewicz, más aún cuando este auguraba que los sufrimientos redentores polacos eran la puerta para un futuro más esperanzador y no para resentimientos estériles. De hecho, la posición liderada eminentemente por este poeta-profeta se ha denominado como “mesianismo”, en el cual Polonia es contemplada como una nación elegida para defender la Cristiandad en los tiempos modernos, misión para la cual habría sido preparada por los numerosos sufrimientos históricos experimentados, que la habría alejado de toda soberbia colectiva. Polonia, con su desmembramiento, se asemejaba a un Cristo crucificado, aparentemente muerto, pero como Él, a punto de resucitar y de permanecer hasta el fin de la historia humana con los hombres mediante unapresencia espiritual. Pues según Mickiewicz, Polonia vive en el alma de todos los que la sufren y resucitará, librando de la esclavitud a todas las naciones oprimidas de Europa, de tal manera que cuando “resucitase” la nación polaca, cesarían las guerras en la cristiandad. El escritor polaco, desde esta perspectiva, miraba con ojos perspicaces hacia lo que había sido el Cristianismo históricamente –un liberador de la tiranía de Roma– y concluía que esa había sido la verdadera revolución, pues había permitido la libertad, mientras que otros sistemas europeos eran vistos como tiranías –sería el caso de Rusia–, o como sistemas condenables, como, por ejemplo, las democracias burguesas que practicaban el realismo político, sobre todo Francia, dedicándose a adorar a nuevos ídolos11. Desde su punto de vista, el Cristianismo era la verdadera revolución, pues permitía la irrupción de la iniciativa divina en la historia. No satisfecho con mirar hacia el pasado, el gran escritor profetizaba una segunda gran revolución, cuando en Polonia fuese posible vivir como una auténtica comunidad humana; en ese momento se extinguirían todos los conflictos entre los hombres. Como se ve, el gran legado intelectual de Mickiewicz a la cultura polaca sería su propia evolución personal, desde una inicial postura racionalista, en su época de juventud, a un mesianismo romántico propiamente polaco, ya pertrechado de amplios conocimientos literarios, históricos y artísticos, y de una mirada más madura y crítica, en la cual la experiencia propia de Polonia se convierte en la clave para su libertad futura.

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Nieves Gomez Alvarez: El humanismo polaco de Karol Wojtyla (1 de 4)

 


Karol Wojtyła es bien conocido por haber sido uno de los líderes indiscutibles del siglo XX y comienzos del XXI, pero es mucho menos conocida su personalidad intelectual y su poderosa aportación filosófica. Este artículo muestra sus raíces culturales, que posibilitaron el desarrollo de un humanismo integral, un humanismo que, si bien miraba con interés hacia los ideales ilustrados franceses, también se nutría de una rica tradición eslava propia, abierta a las nuevas ideas europeas, pero a la vez maduramente crítica con algunos aspectos de estas. En sus años de juventud, Wojtyła se había alimentado intelectualmente de la obra de los románticos polacos, en especial de la tríada formada por Adam Mickiewicz, Juliusz Słowacki y Cyprian Norwid, quienes habían vivido muy en contacto con otros países europeos tras la Gran Emigración, a partir de 1831, y habían desarrollado con enorme profundidad unos ideales bien distintos a los de la Ilustración francesa, pero entre los cuales despuntaba una concepción notablemente compleja de la libertad, tanto individual como colectiva.

Mickiewicz, Słowacki y Norwid

 El siglo XIX fue en Europa una época llena de revoluciones. Y, sin embargo, ese mismo vocablo no significaba exactamente lo mismo para las diferentes culturas. En su versión francesa tiene una connotación de ruptura absoluta con el pasado, porque se consideraba que este era intrínsecamente malo y corrupto, negador de la libertad individual; y en ese pasado entraba como un ingrediente primordial la cristiandad, que era considerada un representante eminente del viejo orden. Sin embargo, para los Románticos polacos, ese mismo término significa algo bien distinto: la recuperación de un valor perdido, esencial para la conciencia nacional. Lo que había que hacer con el pasado, por tanto, no era romper con él, ni negarlo, ni olvidarlo, sino recuperarlo para poder seguir siendo quien se es, sin repetirlo. Llevarlo dentro para poder seguir viviendo con proyectividad. E inserto en ese pasado se encuentra el cristianismo y, más en concreto, el catolicismo, como distintivo peculiar. Por lo tanto, una revolución debería incluir, desde esta visión peculiar, un vivo interés maduro y desprejuiciado por todo el legado cristiano. No caben, por tanto, dos interpretaciones del mismo término más distantes en su significado real e histórico. Ambas han marcado dos relaciones con el pasado radicalmente distintas y han condicionado la vida de la nación entera respecto a su propia cultura . Este es el legado que va a recibir Wojtyła, no solo en las lecciones paternas o en las clases escolares, sino muy particularmente en el curso jagelloniano y en las intensas lecturas de ese y los siguientes años. En este breve estudio haremos hincapié especialmente en tres de los autores leídos por el joven estudiante.

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