Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 9 de septiembre de 2025

“Subtilĭtas” en la sucesión de los Papas - De Pablo VI a Juan Pablo I /Juan Pablo II


Como son elegidos los Papas?  El Papa “en ejercicio” intenta preparar a quien elegiría como  posible sucesor?   Previo Conclave algunos candidatos han respondido que es obra del Espíritu Santo. Se dice también que quien entra como Papa sale cardenal. Y esto ha ocurrido en este último Conclave.  El Cardenal Robert Prevost era el menos mencionado ante tantas apuestas firmes.

En 1997 Joseph Ratzinger entrevistado por la televisión bávara sobre la responsabilidad del Espíritu Santo en la elección del Papa, decía: “Yo diría que el Espíritu no toma exactamente el control del asunto, sino que más bien, como buen educador, por así decirlo, nos deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos por completo. Por lo tanto, el papel del Espíritu Santo debe entenderse en un sentido mucho mas elástico, no que el dicte el candidato por el que uno debe votar. Probablemente la única garantía que el ofrece es que la cosa no quede totalmente arruinada.” (Georg Gänswein, en “Nada más que la verdad” p 67)

Hay quienes afirman que cuando un pontífice enferma comienzan los debates internos del Vaticano en torno a su sucesión y se comienza a vivir un tiempo pre Conclave. Las sorpresas en estos tiempos fueron Juan Pablo I, muerto súbitamente y la inesperada renuncia de Benedicto XVI.

A la muerte de Juan Pablo I,  el Cardenal Karol Wojtyla se preguntaba “No sabemos que significa esta muerte para la cátedra de Pedro” y  “no hablaba nunca ni siquiera en privado de la sucesión del Papa  Luciani” (Dziwisz).  Cuando su chofer Mucha, durante el desayuno  fue a darle la noticia de la muerte del Papa Juan Pablo I comento que,  al retirarse,  escucho un ruido extraño,  como si se le hubiera caído algo al cardenal  Karol Wojtyla, y más tarde cuando el cardenal partia para Roma, al saludo de Mucha “hasta pronto señor cardenal”,  Karol Wojtyla le respondió  “nunca se sabe”.

Al dejar Cracovia para asistir al  Conclave las autoridades comunistas le quitaron el pasaporte diplomático…. para verlo volver al año siguiente vestido de blanco…

Enseptiembre 2003 Gianni Cardinale de 30 giorni (que ha dejado de publicarse) le preguntaba al cardenal Joseph Ratzinger.  de quien decía era “sin duda el más conocido de los 21 purpurados del Sagrado Colegio que participaron en los dos cónclaves de 1978”,   acerca del 2do conclave y el cardenal respondía….. Pero que la Providencia hubiera dicho que no a nuestra elección fue de verdad un duro golpe. Aunque la elección de Luciani no fue un error. Esos 33 días de pontificado han tenido una función en la historia de la Iglesia. Cual? Le preguntaba Cardinale y Ratzinger respondia: : No fue sólo el testimonio de bondad y de una fe gozosa. Esa muerte imprevista abrió también las puertas a una opción inesperada. La de un Papa no italiano”.


De alguna manera es un escalofriante misterio pensar que el Papa Juan Pablo I fue elegido el día que Polonia celebra a su santa Patrona,  Nuestra Señora de Jasna Gora,  y  su papado duro  tan solo 33 dias (33!) para ser sucedido por un hijo de Polonia!

Recordamos también las misteriosas palabras de Wanda Półtawska en  Diario de  una amistad, La familia Połtawski y Karol Wojtyła,  “La noticia de la muerte de Juan Pablo I fue una sorpresa para todos, y él me dijo: «Pensaba que tendría más tiempo».

Ensu primera aparición el 16 de octubre de 1978 y su primer saludo breve,  Juan Pablo II,  el  “llamado de un país lejano...”,  recordaba a su antecesor Juan Pablo I,   reconociendo haber  “sentido miedo al recibir esta designación, pero lo he hecho con espíritu de obediencia a Nuestro Señor Jesucristo y con confianza plena en su Madre María Santísima.”. Al dia siguiente en un mensajeradiofónico,  ya mas explicito y extenso “en el que se mezclan indisolublemente los recuerdos y los afectos, la nostalgia y la esperanza” y ante “la inmensa carga y función que se nos ha confiado” recordaba a su antecesor el Papa Juan Pablo I y como fiel discípulo del Concilio Vaticano II, reivindicaba el magisterio pastoral y citaba varios de los documentos,  que siempre tuvo presente en su patria y en su pontificado.


En la homilía del inicio de pontificado, dirigia su saludo al mundo, a Roma y a Polonia  “este Obispo que no es romano. Un Obispo que es hijo de Polonia, pero desde este momento, también él se hace romano. Si, ¡romano! También porque es hijo de una nación cuya historia, desde sus primeros albores, y cuyas milenarias tradiciones están marcadas por un vínculo vivo, fuerte, jamás interrumpido, sentido y siempre vivido, con la Sede de Pedro; una nación que ha permanecido siempre fiel a esta Sede de Roma. ¡Oh, el designio de la Divina Providencia es inescrutable!” 

Y recordamos sus inolvidables palabras, que fueron “el motor de su vida y la línea maestra de su pontificado” (Dziwisz) No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!...¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!,“«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Estas palabras fueron pronunciadas por Simón, hijo de Jonás, en la región de Cesarea de Filipo. Las dijo, sí, en la propia lengua, con una convicción profunda, vivida, sentida; pero no tenían dentro de él su fuente, su manantial: «...porque no es la carne, ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Eran palabras de fe. Ellas marcan el comienzo de la misión de Pedro en la historia de la salvación, en la historia del Pueblo de Dios. Desde entonces, desde esa confesión de fe, la historia sagrada de la salvación y del Pueblo de Dios debía adquirir una nueva dimensión: expresarse en la histórica dimensión de la Iglesia. Esta dimensión eclesial de la historia del Pueblo de Dios tiene sus orígenes, nace de hecho, de estas palabras de fe y sigue vinculada al hombre que las pronunció: «Tú eres Pedro —roca, piedra— y sobre ti, como sobre una piedra, edificaré mi Iglesia».  (…)  

”Era su programa de vida, el programa de su corazón, de su piedad y al mismo tiempo el programa del servicio pastoral que, como sucesor de Pedro, estaba iniciando en la Iglesia Universal”. Lo que dijo aquel domingo de octubre formaba parte de su memoria, de su historia, del patrimono religioso y cultural que se había llevado consigo desde su patria hasta la catedra de San Pedro.  (Dziwisz -  Una vida con Karol, Conversación con Gian Franco Svidercoschi ,La esfera de los libros, 2008)

El Papa Pablo VI nunca había viajado a Polonia como pontífice, pero Giovanni Battista Montini había cumplido en Varsovia un breve periodo en la Nunciatura después de haber ingresado muy joven a la Secretaria de Estado Vaticano.  Luego sucedió al Papa Juan XXIII y continúo con el Concilio Vaticano II iniciado por el Papa Juan,  de quien había sido asistente en la preparación del Concilio.  Si bien tuvo intenciones de regresar a Polonia,  cuando ya era Papa,  las autoridades de entonces no se lo permitieron.  Y fue Montini cuando ya Papa Pablo VI quien nombro cardenal a Karol Wojtyla  en 1967, quien iba ganando cierta admiración por parte del Santo Padre debido a su activa y entusiasta participación en el Concilio,  que se habría intensificado en 1976 cuando lo llamo para que predicara los ejercicios espirituales de Cuaresma para el Pontífice y la Curia dándolo a conocer públicamente.



El autor Cándido Pozo comentaba de la participación de Karol Wojtyla en el Concilio “ …  La insistencia en su deuda personal con el Concilio y en su trayectoria de Pastor preocupado por responder a ella, ya como Arzobispo de Cracovia y, por tanto, mucho antes de su elección al Sumo Pontificado, me llamaron poderosamente la atención.

Comprometido de alguna manera con Wojtyla y con Polonia el Papa Pablo VI en octubre de 1971 (como novedad) oficio personalmente el rito de beatificación del mártir polaco de Auschwitz, Maximiliano Maria Kolbe en una Santa Misa concelebrada con el Cardenal Wyszynski y obispos polacos (Karol Wojtyla presente).

En algún momento Juan Pablo II expreso que Pablo VI había comprendido como pocos la situación de la Iglesia en Polonia y en los países del este. 

Al recordar los 25 años de su fallecimiento Juan Pablo II en la Audiencia Generaldel  25 de junio de 2003  expreso:   Al sucederle en la Cátedra de Pedro, me he esforzado por proseguir la acción pastoral que había iniciado, inspirándome en él como en un padre y maestro”…confianza mutua inspiradora.

El Cardenal Stanisław Ryłko en  su conferencia en la  Universidad Católicade San Antonio Murcia, 16 de abril de 2010 Juan Pablo II: el Papa llamado a introducir a la Iglesia al tercer milenio recordaba:

«El periodista y ensayista francés André Frossard describía así el día de la inauguración de su pontificado: «Aquel día de octubre en que apareció por primera vez sobre la escalinata de San Pedro con un enorme crucifijo puesto ante sí, sosteniéndolo con ambas manos como una espada, al resonar en la plaza sus primeras palabras “¡No tengáis miedo!”, en ese mismo momento todos entendieron que algo se había movido en el cielo y que, después del hombre de buena voluntad que había abierto el Concilio (Juan XXIII), después del grande del espíritu que lo había cerrado (Pablo VI), después de un intermedio dulce y fugitivo como un vuelo de paloma (Juan Pablo I), Dios nos enviaba un testigo. Se sabía que venía de Polonia. Yo tenía la impresión más bien de que había dejado las redes a la orilla de algún lago y que, tras las huellas del apóstol Pedro, había llegado directamente de Galilea. Nunca me había sentido tan cercano al Evangelio. Porque, sin duda alguna, aquel “¡No tengáis miedo!” estaba dirigido a un mundo donde el hombre tiene miedo del hombre, miedo de la vida como de la muerte y quizá más de la vida que de la muerte, miedo de las locas energías que tiene presas, miedo de todo, de nada y a veces de su miedo mismo»    

Con maestría y con palabras de una densidad espiritual poco común, Frossard resalta en este pasaje la dimensión más profunda de la personalidad de Karol Wojtyla, gran testigo de la fe en tiempos que se ven inundados de secularización y de modelos de vida sin Dios; en un mundo en que los hombres viven como si Dios no existiese – testigo hasta derramar la propia sangre, en aquel inaudito atentado del 13 de mayo de 1981 en la plaza San Pedro. Gran testigo de esperanza en medio de una humanidad que busca desesperadamente razones para vivir.

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Y el post Como se elige al Papa  

viernes, 29 de agosto de 2025

Candido Pozo: La maternidad espiritual de Maria

 


El 25 de marzo de 1985, solemnidad de la Anunciación del Señor, S. S. Juan Pablo 11 firmaba la Encíclica Redemptoris Mater .  

Parece claro que el Pueblo de Dios esperaba de un Papa como él, un gran documento mariano. Se trata de un Papa que ha llevado a su escudo papal no sólo el anagrama de María, sino las palabras «Totus tuus» que sintetizan el núcleo fundamental de su consagración personal de esclavitud mariana, hecha mucho antes de su pontificado y renovada ante la imagen de la Virgen de Czestochowa en su primer viaje, como Papa, a Polonia ; de un Papa que en sus viajes apostólicos no omitia nunca la visita al santuario mariano más representativo de cada nación, para desde él fomentar con su ejemplo y su palabra la piedad mariana de cada pueblo.. En este sentido, puede decirse que Juan Pablo  II, aun dentro de su magisterio tan rico y abundante sobre la Virgen, estaba «en deuda» con la Iglesia.

En todo caso, es lógico que no pudiera escribir su gran documento sobre María, sino después de haber hablado de Dios, es decir, del misterio trinitario. Ello explica su gran trilogía previa de Encíclicas, en la que cada una de ellas está dedicada a una de las tres divinas personas: Redemptor hominis (4 de marzo de 1979)  trata del Hijo, Divesin misericordia  (30 dé noviembre de 1980) del Padre, Dominumet vivificantem  (18 de mayo de 1986)7 del Espíritu Santo.

Pero es significativo que a continuación Juan Pablo II haya querido hablar a la Iglesia sobre la Madre del Señor . El enfoque de su  Encíclica «Sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina» estaba condicionado por la primera de sus Encíclicas. Si la visión de Cristo que Juan Pablo II había subrayado en ella, era la de «Redentor del hombre», es normal que ahora el ángulo de acceso a la figura de María fuera el de «Madre del Redentor» (Redemptoris Mater), es decir, la relación de María con la obra redentora de Cristo, «su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia» .

(…)

 En la Encíclica Redemptoris Mater, el Papa explica la respuesta de María al ángel como respuesta de fe; así la interpretó ya Isabel en la visitación: «Feliz la que ha creído» (Lc 1, 45): «La plenitud de gracia anunciada por el ángel significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica cómo la Virgen de Nazareth ha respondido a ese don» . Pero no podemos olvidar que la formulación histórica de la respuesta de fe de María tiene acentos de la más total entrega: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Es conocido que la palabra «fe» tiene en el Nuevo Testamento diversos sentidos.

(..-)

No puede subvalorarse la importancia de esta fe. Sin embargo, hay que declarar su insuficiencia, si no se desarrolla de modo que sea «la fe que actúa por la caridad» (Gal 5, 6). Cuando la fe no llega a un comportamiento coherente, habrá que reconocer con tristeza que «como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta» (Sant 2, 26).

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La respuesta de fe de María evidentemente no se circunscribe a aceptar como verdadero el anuncio del ángel, sino que pasa a una disponibilidad absoluta frente a los planes de Dios. Como esclava se somete a su voluntad y se ofrece para unir su destino al de su Hijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). La Encíclica Redemptoris Mater llama a la profecía del anciano Simeón (Lc 2, 34-35), «un segundo anuncio a María».

(…)

En efecto, el primer anuncio, el del ángel, tiene tonos gloriosos y triunfales . Del Hijo que se promete a la Virgen, se dice que «será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de su padre David, reinará sobre la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). Ahora María tiene que oir de labios de Simeón otras palabras, «sugeridas por el Espíritu Santo» (cfr. Lc 2, 25-27)28, que suenan de modo mucho más lóbrego. El «segundo anuncio» contiene dos elementos: de Jesús se profetiza que será «signo de contradicción» (Lc 2, 34), es decir, «bandera discutida» según nuestra traducción litúrgica (el tema impresiona fuertemente a Juan Pablo II quien, como es sabido, en los Ejercicios Espirituales que, siendo Cardenal, predicó a Pablo VI, centró alrededor de él todas sus consideraciones); como consecuencia de este combate en torno a Cristo y de la mención que se hace a Jesús, María tendrá que sufrir acerbamente: «a tu misma alma la traspasará una espada» (Lc 2, 35).

(…)

Mientras María «avanzaba en la peregrinación en la fe» , la oscuridad es patente en Nazaret durante el largo período de la vida oculta. El Papa señala que en esos años, para usar expresiones de San Juan de la Cruz.   María vive la «noche de la fe» en cuanto que un «velo» cubre la realidad del misterio. El uso de esta terminología es normal en Juan Pablo 11; no se olvide que la tesis doctoral de Karol W ojtyla en teología fue sobre «La fe según San Juan de la Cruz» . Probablemente no siempre hemos meditado bastante estos aspectos, cuando nos hemos referido a la vida oculta de Jesús en Nazaret.

(…)

 María convive en Nazaret con un Jesús desconcertantemente consagrado a tareas que nada parecen tener que ver con su misión ni siquiera parecen estar en concordancia con la descripción contenida en el anuncio del ángel. Es por ello maravilloso contemplar que «de este modo María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe» . Realmente María «vivía en la intimidad con este misterio sólo por medio de la fe».

(…)

Aunque el Papa hace su afirmación en un contexto en el que la referencia se hace, sobre todo, al heroísmo con que «esperando contra toda esperanza, creyó» (Rom 4, 18), es sumamente sugestivo que escriba que la «'obediencia de la fe' por parte de María a lo largo de todo su camino tendrá analogías sorprendentes con la fe de Abraham» 49. Por su fe Abraham fue constituido «padre de todos los creyentes» (Rom 4, 11). La respuesta de fe de María al ángel es la razón última por la que Ella es la «Madre de los vivientes» , es decir, de los que creyendo reciben la vida verdadera.

(…)

María, asunta en cuerpo y alma a los cielos, está espiritualmente presente en la Iglesia gracias a su permanente intercesión ante su Hijo resucitado, es decir, por su mediación intercesora.

(…)

 La mediación de María es una mediación participada de la de Cristo y que, por ello, nada resta ni añade «a la dignidad y eficacia de Cristo, único mediadof» 57. En este contexto, el Papa recuerda la f6rmula de San Bernardo: «Mediadora al Mediador» , porque pone de relieve la subordinaci6n de la mediación de María a la de Cristo. Esta subordinación implica también una unión a las intenciones deCristo. La mediación de María «participa, por su carácter subordinado, de la universalidad de la mediación del Redentor, único Mediador»

(…)

Juan Pablo II indica una pista teológica que puede ser sumamente' fecunda para mantener con nitidez la singularidad de la mediación de María, comparada con la de los santos: «Efectivamente la mediación de María está íntimamente unida a su maternidad y posee un carácter específicamente materno que la distingue del de las demás criaturas que, de un modo diverso y siempre subordinado, participan de la única mediación de Cristo». María es Madre de Cristo y Madre de los discípulos. Tanto con respecto a Cristo como con respecto a los discípulos tiene una relación materna. Por ello, en su intercesión María «se pone 'en medio', o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede -más bien 'tiene derecho de' - hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres»  De este modo, dentro de las mediaciones subordinadas a la de Cristo, el único Mediador, se señala una nota específica de la mediación intercesora de María que se da en Ella y solamente en Ella, es decir, una nota que no se da en la mediación de ninguno de los santos: es una mediación materna no simplemente porque María es Madre de Cristo ante el que intercede.

 C. Pozo Facultad de Teología GRANADA

 

(En este enlace puede leerse el texto competo en pdf bajo el titulo: Candido Pozo: Lamaternidad espiritual de Maria) 


lunes, 18 de agosto de 2025

Candido Pozo: Juan Pablo II y el Concilio Vaticano II (2 de 2)

 




Después de su Introducción el padre Pozo comienza a desmenuzar las diferentes etapas de la participación de Karol Wojtyla en el Concilio. He aquí el detalle. 

1. Monseñor Karol Wojtyla en el Concilio 2. La actividad conciliar de Mons. K. Wojtyla está testimoniada en las actas del Concilio. Ya entre los documentos preparatorios se encuentra un amplio «votum» suyo, como Obispo auxiliar de Cracovia con fecha de 30 de diciembre de 1959) (….)

2. El esfuerzo del Cardenal Wojtyla en Cracovia. Concluído el Concilio, del que necesariamente tenía que considerarse coartifice, en cuanto que había trabajado intensamente dentro de él, Mons. Wojtyla puede dedicarse con exclusividad a la tarea pastoral en su diócesis. Obispo del Vaticano II Mons. Wojtyla (Cardenal muy poco después), es consciente de que la obra conciliar no puede quedar en una «Summa» constituída por sus 16 documentos. Es urgente que su doctrina se haga vida en todas las Iglesias locales. A que su diócesis de Cracovia alimentara su vida con el Concilio 51, dedicó todas energías (…)

3. El programa inicialdel Pontificado de Juan Pablo II Cuando Mons. Wojtyla tomó posesión· de la Archidiócesis de Cracovia como Arzobispo, declaraba: «En la perspectiva de mi pastoral veo sobre todo que debemos realizarla juntos ... Si alguno quisiera llamar a esto un programa, también se lo podría llamar así. En este programa no hay nada de original, es simple y existe desde siempre. Las cosas que existen desde siempre, las cosas de Dios son las más simples y las más profundas; no hacen falta nuevos programas; hace falta solamente entrar en aquel programa de siempre de manera nueva, con nuevo celo y con una nueva prontitud y realizarlo en la medida de nuestros tiempos. El Concilio apenas está en curso de desarrollo, pero el Concilio vive sobre todo de esta idea. y yo deseo reavivar con esta idea la Archidiócesis de Cracovia para que viva del espíritu del Concilio y del espíritu de la Iglesia» (…)

4. El nuevo Código de Derecho Canónico El anuncio, por parte de Juan XXIII, de su propósito de celebrar un Concilio ecuménico (25 de enero de 1959) fue acompañado por el de otras dos iniciativas: la convocación de un Sínodo diocesano en Roma y la reforma del Código de Derecho Canónico. (…) Muerto Juan XXIII el 3 de junio de 1963, su sucesor Pablo VI, el 22 de junio, al día siguiente de su elección, asumía expresamente el compromiso de continuar la obra del Pontífice fallecido: «la prosecución del Concilio Vaticano II» y «la revisión del Código de Derecho Canónico» (...)

5. El Sínodo de 1985 El 25 de enero de 1985 en la Basílica de San Pablo, muy cerca de la sala capitular del Monasterio en que 27 años antes Juan XXIII había expresado su propósito de convocar el Concilio, Juan Pablo II anunciaba la decisión de celebrar una Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos. Tras recordar que en ese año de 1985 se cumplía el vigésimo aniversario de la clausura del Vaticano II, subrayaba la importancia del Concilio mismo: «El Vaticano II continúa siendo el acontecimiento fundamental en la vida de la Iglesia contemporánea (…)

6. La recta interpretación del Concilio.  La imagen compleja de luces y sombras que ofrece la época posconciliar, supone que el Concilio no siempre ha sido leído y entendido correctamente. La Asamblea extraordinaria del Sínodo de 1985 fue consciente de que frente a «la lectura parcial y selectiva del Concilio y la interpretación superficial de su doctrina en uno u otro sentido», urgía «tener en cuenta todos los documentos en sí mismos y en su conexión entre sí, para que de este modo sea posible exponer cuidadosamente el sentido íntegro de todas las afirmaciones del Concilio, las cuales frecuentemente están muy · implicadas entre sí» (...)



El ensayo termina con esta conclusión:

El recorrido que hemos hecho a lo largo de estas páginas, muestra la figura de Juan Pablo II como un Pastor identificado y comprometido con el Concilio desde que éste comenzó su andadura. El Vaticano II ha marcado su espiritualidad y constituye la fuente más poderosa de su inspiración pastoral. Cuando se leen sus Encíclicas, no se puede olvidar que ésta es la mentalidad de su Autor. Será siempre posible recoger la referencia constante en las notas, a los documentos conciliares. Cuando se trata de un problema concreto, como puede ser el caso en la cuestión del encarnacionismo en la Encíclica Redemptor hominis, su solución coincide exactamente, incluso expresada con más fuerza, con la que dió el Concilio.  Es evidente que, muchas veces, la temática va más allá del  Vaticano II. En éste, por ejemplo, no existe la desarrollada teología trinitaria que ofrece la trilogía de Encíclicas de Juan Pablo sobre las tres divinas PersonasEn tales casos, es mucho lo que el Papa aporta más allá del Concilio. Pero, como él mismo ha dicho, lo más fundamental es «la adquisición de una mentalidad» , es decir, de la mentalidad del Vaticano II.  El la tiene. Y se refleja aun en los casos en que su reflexión se extiende más allá de la temática estrictamente conciliar.

Candido Pozo: Juan Pablo II y el Concilio Vaticano II (1 de 2)

 


Desconozco cuan cerca estuvo físicamente el padre jesuita Candido Pozo del Concilio Vaticano II, pero el seguimiento minucioso de la participación de Karol Wojtyla en el Concilio y que ha logrado plasmar en su escrito es magistral. No he leído hasta ahora nada tan detallado, paso a paso, año a año. Publico aquí la introducción, detalle del indicativo de  capítulos y conclusión  e invito a quien tenga interés en el tema leerlo minuciosamente (son 33 paginas) .  Verdaderamente sin parangón.   

Asi comienza el articulo del padre Pozo.   

El 6 de octubre de 1985, a la salida de la ceremonia de Beatificación de tres jesuitas españoles (Diego Luis de San Vitores, JoséMaría Rubio y Francisco Gárate), escuché atentamente las palabras de Juan Pablo II  antes de rezar el «Angelus»Me impresionaron fuertemente. Constituían unavibrante afirmación de que su experiencia conciliar lo había sellado definitivamente: «Cuantos hemos sido participantes en la Asamblea ecuménica, hemos advertido la presencia mística y eficaz del Espíritu Santo y hemos sacado de ello un impulso incoercible para el compromiso de la actuación práctica del Concilio.

Pero el Papa no se limitaba a esta declaración. No podía ni debía hacerlo como si fuera una posición nueva en él. Evocaba y recordaba ulteriormente consideraciones suyas a sus diocesanos de Cracovia después de haber asistido a las cuatro etapas del Concilio: «Un obispo que ha participado en el -Concilio Vaticano II, se siente en deuda con él  El Concilio... tiene un valor y un significado único e irrepetible para cuantos han tomado parte en él y lo han puesto en práctica... Hemos contraído una deuda con el Espíritu Santo, con el Espíritu de Cristo. Ese Espíritu que es el que habla a las Iglesias (d. Apoc 2, 7), Y cuya palabra durante el Concilio, y en su virtud, fue especialmente expresiva y decisiva para la Iglesia. Los obispos, miembros del Colegio, que han heredado de los apóstoles la promesa que hizo Cristo en el cenáculo, están especialmente obligados a ser conscientes de la deuda contraída 'con la palabra del Espíritu Santo', puesto que estaban allí para traducir al lenguaje humano la palabra de Dios. Esta expresión, en cuanto que es humana, puede ser imperfecta y estar abierta a formulaciones siempre más exactas, pero es, al mismo tiempo, auténtica, ya que contiene precisamente lo que el Espíritu 'ha dicho a la Iglesia' en un determinado momento histórico. De este modo, la conciencia de la deuda procede de la fe y del Evangelio, que nos permiten poner la palabra de Dios en lenguaje humano contemporáneo, conectándolo con la autoridad del supremo Magisterio de la Iglesia ... La conciencia de la deuda... va unida a la necesidad de dar una ulterior respuesta. Es la fe la que la exige. Esta es, en efecto, por su esencia, una respuesta a la palabra de Dios, a lo que el Espíritu dice a la Iglesia»

(…)

La insistencia en su deuda personal con el Concilio y en su trayectoria de Pastor preocupado por responder a ella, ya como Arzobispo de Cracovia y, por tanto, mucho antes de su elección al Sumo Pontificado, me llamaron poderosamente la atención. Confieso que incluso creí descubrir en estas palabras un cierto sentido, sereno y firme a la vezde respuesta.

(…)

En todo caso, las palabras del Papa el 6 de octubre antes del Angelus, . se sitúan en una «novena» de breves alocuciones dominicales sobre el Concilio, concebida como preparación al II Sínodo extraordinario, la cual tuvo su punto de partida el 30 de septiembre.  Aquel dia el Papa había recordado: «La Providencia dispuso que cuando sono la hora del Concilio, yo estuviera viviendo mis primicias de Obispo, habiendo recibido la Ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958. He tenido, por ello, la gracia singular de participar en esa gran obra y de dar mi contribución a sus trabajos. De este modo, desde los primeros pasos preparatorios, sucesivamente en las varias etapas de su desarrollo y después en la fase de los compromisos aplicativos, el Vaticano II constituyó el trasfondo, el clima, el centro inspirador de mis pensamientos y de mis actividades de Pastor de la amada Iglesia particular, a la que la bondad del Señor me había llamado»

 


viernes, 4 de julio de 2025

Candido Pozo: Comentarios a las audiencias de Juan Pablo II sobre cielo, purgatorio, infierno

 




En septiembre de 1999 Alfa y Omega entrevisto al Padre jesuita Cándido Pozo (fallecido en 2011) profesor de Teologia y  autor de numerosos artículos y libros,  traducidos a varios idiomas, para pedirle sus puntos de vista con respecto a las Audiencias de Juan Pablo II sobre cielo, purgatorio, infierno y las perplejidades presentadas ante estas catequesis.

¿Hay elementos en la doctrina de Juan Pablo II sobre cielo, infierno y purgatorio que expliquen el impacto que ha producido en la opinión pública?
Supongo que el tema que más ha llamado la atención en no pocos ambientes ha sido la afirmación de que estas realidades no son un lugar, sino un estado. Pero confieso que me ha sorprendido tanta perplejidad ante una afirmación que no es precisamente nueva. Es lo que se venía enseñando en teología, con plena unanimidad, desde hace muchísimo tiempo. Ya san Agustín escribió: Sea Dios mismo, después de esta vida, nuestro sitio. Hans Urs von Balthasar comentaba espléndidamente la frase agustiniana: Dios es la «realidad última» de la creatura. Como alcanzado es cielo; como perdido, infierno; como examinante, juicio; como purificante, purgatorio. El primer tratado que se escribió en la Iglesia sobre las realidades últimas, lo hizo, en España, el año 688, san Julián de Toledo, después de una conversación en Toledo con Idalio, obispo de Barcelona, que se había desplazado a la capital del reino visigodo con ocasión del XV Concilio de Toledo. Es curioso que san Julián insista en que se evite el fundamentalismo en la manera de concebir las realidades posteriores a la muerte. Él sabe que infierno significa etimológicamente lo que está debajo; pero advertirá que no se tome la expresión al pie de la letra como localización del infierno. Lo bajo en un sentido espiritual es lo triste: de la misma manera que en lo corporal lo pesado va abajo, así lo que apesadumbra el alma, lo deprimente, lo triste, es lo que espiritualmente se considera abajo. Para san Julián de Toledo el fuego del purgatorio no es material, sino una metáfora para expresar el sufrimiento del alma que se purifica. Tampoco el valle de Josafat es una denominación geográfica, ya que Josafat significa el juicio del Señor. Lo que llama la atención es el talante contrario a una mentalidad fundamentalista que sería la que verdaderamente crea dificultades: ¿Se ha pensado en serio la impresión de aglomeración de un cielo concebido como lugar para todas las generaciones que han existido desde la creación del hombre? El alma que sobrevive al hombre, es una realidad espiritual (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 14; Pablo VI, Profesión de fe, 8).

Algunos han creído poder descubrir en la catequesis de Juan Pablo II sobre el infierno una especie de atenuación de los sufrimientos que se atribuían a la condenación, como también una cierta tendencia favorable a un infierno vacío.
En cuanto a la atenuación de sufrimientos, el Papa se ha limitado a advertir de la necesidad de estar atentos a la índole metafórica de determinadas expresiones que la Sagrada Escritura utiliza. Ya hace veinte años (mayo de 1979), la Congregación para la Doctrina de la Fe en su carta Recentiores Episcoporum Synodi, dirigida a los miembros de las Conferencias Episcopales del mundo entero, explicaba el fuego del infierno como la repercusión de la privación de la visión de Dios sobre todo el ser del condenado. Opinar que con ello se atenúa la seriedad de la condenación, sólo puede hacerlo quien subvalore todo sufrimiento que no sea físico. Lo que sí aparece en esta perspectiva es que la doctrina de fe sobre el infierno no implica una concepción de Dios que se complazca en torturar a sus hijos pródigos con un tormento infligido desde fuera. Es el hombre el que se cierra a Dios y se aleja de Él; la conciencia de haber errado el camino, que será nítida en la otra vida, más el aislamiento escogido por quien pretendió suplantar el puesto de Dios, constituyéndose egoísticamente en centro, implica el dolor eterno. Me cuesta trabajo entender que se considere esta situación como leve.

En cuanto al pretendido infierno vacío, Juan Pablo II lo rechaza. Explícitamente habla de unos condenados que son los ángeles caídos, los demonios, seres espirituales y libres (ignoro cómo ha podido llegarse a escribir que el Papa no afirmaba la existencia del demonio). Con respecto a la condenación de hombres, se limita, sin embargo, a reconocer que la Iglesia no tiene una especie de poder de hacer canonizaciones al revés, es decir, de declarar quién se ha condenado, de modo paralelo a aquel con que declara que un santo se encuentra en la bienaventuranza eterna. Por lo demás, si el infierno es un estado y no un sitio, no puede decirse simultáneamente que se admite el infierno, pero que está vacío; un estado que no se diese en nadie, simplemente no existiría.

¿Tiene el Papa una nueva perspectiva sobre el purgatorio?
Quizás pueda señalarse un desplazamiento de la idea del purgatorio como castigo a la del purgatorio como purificación, pero éste es un tema absolutamente tradicional. La afirmación del Salmo 15, 1-2 sobre la necesidad de no tener mancha alguna para entrar en la morada de Dios, era interpretada ya en el siglo III por Orígenes como referida al tabernáculo celeste. Por otra parte, la más profunda explicación de la teología del purgatorio se debe a una mujer, a santa Catalina de Génova (no se la debe confundir con la Doctora de la Iglesia, santa Catalina de Siena). Para ella, el purgatorio se refiere a almas que han muerto en gracia y que, por tanto, aman a Cristo. Ese amor se hace plenamente consciente al morir. Pero las manchas veniales o de pecados mortales perdonados y no plenamente purificados, impiden el encuentro con el Señor, la persona amada. Quien ama y se ve retardado de poseer a la persona amada, sufre. Y ese sufrimiento lo purifica. El purgatorio puede definirse como la purificación en el amor y por el amor. Este pensamiento es además frecuente en los místicos (por ejemplo, en san Juan de la Cruz) cuando establecen un paralelismo entre la purificación del purgatorio y ciertas purificaciones que tienen lugar en experiencias místicas, llenas de amor entre el alma y Cristo.

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El «cielo» como plenitud de intimidad con Dios  - Audiencia del Papa Juan Pablo II  21 de julio 1999

El infierno como rechazo definitivo de Dios – Audiencia del Papa Juan Pablo II 28 de julio de 1999

El purgatorio: purificación necesaria para elencuentro con Dios - Audiencia del 4 de agosto de 1999