Parece
claro que el Pueblo de Dios esperaba de un Papa como él, un gran documento
mariano. Se trata de un Papa que ha llevado a su escudo papal no sólo el
anagrama de María, sino las palabras «Totus tuus» que sintetizan el núcleo
fundamental de su consagración personal de esclavitud mariana, hecha mucho
antes de su pontificado y renovada ante la imagen de la Virgen de Czestochowa
en su primer viaje, como Papa, a Polonia ; de un Papa que en sus viajes
apostólicos no omitia nunca la visita al santuario mariano más representativo
de cada nación, para desde él fomentar con su ejemplo y su palabra la piedad
mariana de cada pueblo.. En este sentido, puede decirse que Juan Pablo II, aun dentro de su magisterio tan rico y
abundante sobre la Virgen, estaba «en deuda» con la Iglesia.
En todo caso, es lógico que no pudiera escribir su gran documento sobre María, sino después de haber hablado de Dios, es decir, del misterio trinitario. Ello explica su gran trilogía previa de Encíclicas, en la que cada una de ellas está dedicada a una de las tres divinas personas: Redemptor hominis (4 de marzo de 1979) trata del Hijo, Divesin misericordia (30 dé noviembre de 1980) del Padre, Dominumet vivificantem (18 de mayo de 1986)7 del Espíritu Santo.
Pero es significativo que a continuación Juan Pablo II haya querido hablar a la Iglesia sobre la Madre del Señor . El enfoque de su Encíclica «Sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina» estaba condicionado por la primera de sus Encíclicas. Si la visión de Cristo que Juan Pablo II había subrayado en ella, era la de «Redentor del hombre», es normal que ahora el ángulo de acceso a la figura de María fuera el de «Madre del Redentor» (Redemptoris Mater), es decir, la relación de María con la obra redentora de Cristo, «su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia» .
(…)
En la Encíclica Redemptoris Mater, el Papa explica la respuesta de María al ángel como respuesta de fe; así la interpretó ya Isabel en la visitación: «Feliz la que ha creído» (Lc 1, 45): «La plenitud de gracia anunciada por el ángel significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica cómo la Virgen de Nazareth ha respondido a ese don» . Pero no podemos olvidar que la formulación histórica de la respuesta de fe de María tiene acentos de la más total entrega: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Es conocido que la palabra «fe» tiene en el Nuevo Testamento diversos sentidos.
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No
puede subvalorarse la importancia de esta fe. Sin embargo, hay que declarar su
insuficiencia, si no se desarrolla de modo que sea «la fe que actúa por la
caridad» (Gal 5, 6). Cuando la fe no llega a un comportamiento coherente, habrá
que reconocer con tristeza que «como el cuerpo sin espíritu está muerto, también
la fe sin obras está muerta» (Sant 2, 26).
(…)
La
respuesta de fe de María evidentemente no se circunscribe a aceptar como
verdadero el anuncio del ángel, sino que pasa a una disponibilidad absoluta
frente a los planes de Dios. Como esclava se somete a su voluntad y se ofrece
para unir su destino al de su Hijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí
según tu palabra» (Lc 1, 38). La Encíclica Redemptoris Mater llama a la
profecía del anciano Simeón (Lc 2, 34-35), «un segundo anuncio a María».
(…)
En
efecto, el primer anuncio, el del ángel, tiene tonos gloriosos y triunfales .
Del Hijo que se promete a la Virgen, se dice que «será grande, se llamará Hijo
del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de su padre David, reinará sobre
la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32-33). Ahora
María tiene que oir de labios de Simeón otras palabras, «sugeridas por el
Espíritu Santo» (cfr. Lc 2, 25-27)28, que suenan de modo mucho más lóbrego. El
«segundo anuncio» contiene dos elementos: de Jesús se profetiza que será «signo
de contradicción» (Lc 2, 34), es decir, «bandera discutida» según nuestra
traducción litúrgica (el tema impresiona fuertemente a Juan Pablo II quien,
como es sabido, en los Ejercicios Espirituales que, siendo Cardenal, predicó a
Pablo VI, centró alrededor de él todas sus consideraciones); como consecuencia
de este combate en torno a Cristo y de la mención que se hace a Jesús, María
tendrá que sufrir acerbamente: «a tu misma alma la traspasará una espada» (Lc
2, 35).
(…)
Mientras
María «avanzaba en la peregrinación en la fe» , la oscuridad es patente en
Nazaret durante el largo período de la vida oculta. El Papa señala que en esos
años, para usar expresiones de San Juan de la Cruz. María
vive la «noche de la fe» en cuanto que un «velo» cubre la realidad del misterio.
El uso de esta terminología es normal en Juan Pablo 11; no se olvide que la
tesis doctoral de Karol W ojtyla en teología fue sobre «La fe según San Juan de
la Cruz» . Probablemente no siempre hemos meditado bastante estos aspectos,
cuando nos hemos referido a la vida oculta de Jesús en Nazaret.
(…)
María convive en Nazaret con un Jesús
desconcertantemente consagrado a tareas que nada parecen tener que ver con su
misión ni siquiera parecen estar en concordancia con la descripción contenida
en el anuncio del ángel. Es por ello maravilloso contemplar que «de este modo
María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo,
y avanzaba en su itinerario de fe» . Realmente María «vivía en la intimidad con
este misterio sólo por medio de la fe».
(…)
Aunque el Papa hace su afirmación en un contexto en el que la referencia se hace, sobre todo, al heroísmo con que «esperando contra toda esperanza, creyó» (Rom 4, 18), es sumamente sugestivo que escriba que la «'obediencia de la fe' por parte de María a lo largo de todo su camino tendrá analogías sorprendentes con la fe de Abraham» 49. Por su fe Abraham fue constituido «padre de todos los creyentes» (Rom 4, 11). La respuesta de fe de María al ángel es la razón última por la que Ella es la «Madre de los vivientes» , es decir, de los que creyendo reciben la vida verdadera.
(…)
María,
asunta en cuerpo y alma a los cielos, está espiritualmente presente en la
Iglesia gracias a su permanente intercesión ante su Hijo resucitado, es decir,
por su mediación intercesora.
(…)
La mediación de María es una mediación
participada de la de Cristo y que, por ello, nada resta ni añade «a la dignidad
y eficacia de Cristo, único mediadof» 57. En este contexto, el Papa recuerda la
f6rmula de San Bernardo: «Mediadora al Mediador» , porque pone de relieve la
subordinaci6n de la mediación de María a la de Cristo. Esta subordinación implica
también una unión a las intenciones deCristo. La mediación de María «participa,
por su carácter subordinado, de la universalidad de la mediación del Redentor,
único Mediador»
(…)
Juan Pablo II indica una pista teológica que puede ser sumamente' fecunda para mantener con nitidez la singularidad de la mediación de María, comparada con la de los santos: «Efectivamente la mediación de María está íntimamente unida a su maternidad y posee un carácter específicamente materno que la distingue del de las demás criaturas que, de un modo diverso y siempre subordinado, participan de la única mediación de Cristo». María es Madre de Cristo y Madre de los discípulos. Tanto con respecto a Cristo como con respecto a los discípulos tiene una relación materna. Por ello, en su intercesión María «se pone 'en medio', o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede -más bien 'tiene derecho de' - hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres» De este modo, dentro de las mediaciones subordinadas a la de Cristo, el único Mediador, se señala una nota específica de la mediación intercesora de María que se da en Ella y solamente en Ella, es decir, una nota que no se da en la mediación de ninguno de los santos: es una mediación materna no simplemente porque María es Madre de Cristo ante el que intercede.
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