Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

martes, 11 de febrero de 2025

Nuestra Señora de Lourdes – despedida de Juan Pablo II

 


La despedida – 14 de agosto 2004

  Al arrodillarme aquí, en la gruta de Massabielle, siento con emoción que he llegado a la meta de mi peregrinación. Esta gruta, donde se apareció la Virgen María, es el corazón de Lourdes. Hace pensar en la cueva del monte Horeb, donde Elías se encontró con el Señor, que le habló en el "susurro de una brisa suave"(1 R 19, 12).

Aquí la Virgen invitó a Bernardita a rezar el rosario, desgranando ella misma las cuentas. Así, esta gruta se ha convertido en la cátedra de una sorprendente escuela de oración, en la que Maria enseña a todos a contemplar con ardiente amor el rostro de Cristo.

Por eso, Lourdes es el lugar donde oran de rodillas los creyentes de Francia y de muchas otras naciones de Europa y del mundo entero.

Esta tarde, también nosotros, peregrinos en Lourdes, queremos recorrer de nuevo, orando juntamente con la Virgen, los "misterios" en los que Jesús se manifiesta "como luz del mundo". Recordemos su promesa:  "El que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12

Queremos aprender de la humilde esclava del Señor la disponibilidad dócil a la escucha y el esfuerzo generoso por acoger en nuestra vida la enseñanza de Cristo.

En particular, meditando en la participación de la Madre del Señor en la misión redentora de su Hijo, os invito a orar por las vocaciones al sacerdocio y a la virginidad por el reino de Dios, a fin de que los que han sido llamados respondan con disponibilidad y perseverancia.

Contemplando a la santísima Virgen María, digamos con Bernardita:  "Mi buena Madre, ten misericordia de mí; me entrego totalmente a ti, para que me des a tu Hijo querido, al que quiero amar con todo mi corazón. Mi buena Madre, dame un corazón que arda completamente por Jesús”.

 

(Juan Pablo II peregrinación al Santuario de Lourdes  (Francia) 14-15 de agosto de 2004)

 

 

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Juan Pablo II y Lourdes (1) 

Juan Pablo II y Lourdes (2)

Juan Pablo II y Lourdes (3)
Oración de Juan Pablo II a Nuestra Señora de Lourdes

La canción de Bernardette (1)

La canción de Bernardette (2)

Jornada Mundial del Enfermo

El Santo Padre Benedicto XVI peregrina a Lourdes

Viaje apostólico de Benedicto XVI al Santuario de Lourdes

 

sábado, 8 de febrero de 2025

El arte de la oración y la pedagogía de la santidad

 


En la en la catequesis del 28 de marzo de 2001  sobre los Salmos en la tradición de la Iglesia, Juan Pablo II nos recordaba:


“En la 
carta apostólica Novo millennio ineunte expresé el deseo de que la Iglesia se distinga cada vez más en el "arte de la oración", aprendiéndolo siempre de nuevo de los labios mismos del divino Maestro (cf. n. 32), compromiso que ha de vivirse sobre todo en la liturgia, fuente y cumbre de la vida eclesial.”

Y en la carta apostólica citada leemos “Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas « escuelas de oración », (
33) donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el « arrebato» del corazón”[…] “ Es preciso aprender a orar” … como los primeros discípulos: « Señor, enséñanos a orar » (Lc 11,1)” […] En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: « Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica“[…] “Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios”.


En la misma carta apostólica 
(32) Juan Pablo II subraya la importancia de la oración en la pedagogía de la santidad, recordándonos que esa “ « vocación universal a la santidad » ese « alto grado » de la vida cristiana ordinaria” ese “don de santidad” personal que se da a cada bautizado” hay que descubrirlo. Y agrega - “También es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona” y “para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración”

 

Santa Josefina Bakhita : Madre Morita

 


“Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible. El ejemplo de una santa de nuestro tiempo puede en cierta medida ayudarnos a entender lo que significa encontrar por primera vez y realmente a este Dios. Me refiero a la africana Josefina Bakhita, canonizada por el Papa Juan Pablo II.

Nació aproximadamente en 1869 –ni ella misma sabía la fecha exacta– en Darfur, Sudán. Cuando tenía nueve años fue secuestrada por traficantes de esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán. Terminó como esclava al servicio de la madre y la mujer de un general, donde cada día era azotada hasta sangrar; como consecuencia de ello le quedaron 144 cicatrices para el resto de su vida. Por fin, en 1882 fue comprada por un mercader italiano para el cónsul italiano Callisto Legnani que, ante el avance de los mahdistas, volvió a Italia. Aquí, después de los terribles « dueños » de los que había sido propiedad hasta aquel momento, Bakhita llegó a conocer un « dueño » totalmente diferente –que llamó « paron » en el dialecto veneciano que ahora había aprendido–, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un « Paron » por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el « Paron » supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba « a la derecha de Dios Padre ». En este momento tuvo « esperanza »; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. 

A través del conocimiento de esta esperanza ella fue « redimida », ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios. Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaban sin Dios. Así, cuando se quiso devolverla a Sudán, Bakhita se negó; no estaba dispuesta a que la separaran de nuevo de su « Paron ». El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la primera Comunión de manos del Patriarca de Venecia. El 8 de diciembre de 1896 hizo los votos en Verona, en la Congregación de las hermanas Canosianas, y desde entonces –junto con sus labores en la sacristía y en la portería del claustro– intentó sobre todo, en varios viajes por Italia, exhortar a la misión: sentía el deber de extender la liberación que había recibido mediante el encuentro con el Dios de Jesucristo; que la debían recibir otros, el mayor número posible de personas. La esperanza que en ella había nacido y la había « redimido » no podía guardársela para sí sola; esta esperanza debía llegar a muchos, llegar a todos.”

Benedicto XVI   Carta Enciclica Spe Salvi 

 

viernes, 7 de febrero de 2025

Juan Pablo II: Que es la libertad?

 


«La verdad os hará libres» (Jn 8, 32)

 

Estas palabras de Jesús constituyen el hilo conductor de la reciente encíclica Veritatis splendor, que ha querido ser un anuncio de verdad y un himno a la libertad: valor tan sentido por el hombre de nuestro tiempo y profundamente apreciado por la Iglesia. 

Pero, ¿qué es la libertad?

 La cultura contemporánea vive de modo dramático esa pregunta. En efecto, se halla muy difundida la tendencia a considerar la libertad algo absoluto, desligado de todo límite y sentido de responsabilidad. Ahora bien, una libertad así entendida seria evidentemente inauténtica y peligrosa. Por consiguiente, no es casualidad el hecho de que todas las sociedades sientan la necesidad de regular de alguna manera su ejercicio.

¿Dónde encuentra su legitimidad esa regulación? Si se tratara de una intervención puramente pragmática y convencional, sin un arraigo profundo, las sociedades quedarían radicalmente expuestas al triunfo del arbitrio, amenazadas siempre por el atropello y el dominio del más fuerte. La verdadera garantía de una libertad ordenada está en su fundamento moral, reconocido por los individuos y las comunidades en su conjunto.

Primera parte del ángelus del Domingo 17 de octubre de 1993, sobre el tema de la libertad,   que Juan Pablo II aprovechaba para recordar también su  encíclica Veritatis Splendor

 


 


Etiquetas: Enciclicas, Libertad, Veritatis Splendor

 

lunes, 3 de febrero de 2025

Benedicto XVI : Arte y oración

 


Me permito transcribir completo este precioso texto  de la Audiencia General del Papa Benedicto XVI titulado Arte y Oracion, ofrecido en la Plaza de la Libertad de Castelgandolfo.

“Durante este período, más de una vez he llamado la atención sobre la necesidad que tiene todo cristiano de encontrar tiempo para Dios, para la oración…. El Señor mismo nos ofrece muchas ocasiones para que nos acordemos de él. Hoy quiero reflexionar brevemente sobre uno de estos canales que pueden llevarnos a Dios y ser también una ayuda en el encuentro con él: es la vía de las expresiones artísticas, parte de la «via pulchritudinis» —«la vía de la belleza»— de la cual he hablado en otras ocasiones y que el hombre de hoy debería recuperar en su significado más profundo.

Tal vez os ha sucedido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos versos de una poesía o un fragmento musical, experimentar una profunda emoción, una sensación de alegría, es decir, de percibir claramente que ante vosotros no había sólo materia, un trozo de mármol o de bronce, una tela pintada, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que «habla», capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se cuestiona ante la realidad visible, busca descubrir su sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de infinito. Más aún, es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, impulsándonos hacia lo alto.

Pero hay expresiones artísticas que son auténticos caminos hacia Dios, la Belleza suprema; más aún, son una ayuda para crecer en la relación con él, en la oración. Se trata de las obras que nacen de la fe y que expresan la fe. Podemos encontrar un ejemplo cuando visitamos una catedral gótica: quedamos arrebatados por las líneas verticales que se recortan hacia el cielo y atraen hacia lo alto nuestra mirada y nuestro espíritu, mientras al mismo tiempo nos sentimos pequeños, pero con deseos de plenitud… O cuando entramos en una iglesia románica: se nos invita de forma espontánea al recogimiento y a la oración. Percibimos que en estos espléndidos edificios está de algún modo encerrada la fe de generaciones. O también, cuando escuchamos un fragmento de música sacra que hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro espíritu se ve como dilatado y ayudado para dirigirse a Dios. Vuelve a mi mente un concierto de piezas musicales de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al concluir el último fragmento, en una de las Cantatas, sentí, no por razonamiento, sino en lo más profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor, y me impulsaba a dar gracias a Dios. Junto a mí estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: «Escuchando esto se comprende: es verdad; es verdadera la fe tan fuerte, y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios». ¡Cuántas veces cuadros o frescos, fruto de la fe del artista, en sus formas, en sus colores, en su luz, nos impulsan a dirigir el pensamiento a Dios y aumentan en nosotros el deseo de beber en la fuente de toda belleza! Es profundamente verdadero lo que escribió un gran artista, Marc Chagall: que durante siglos los pintores mojaron su pincel en el alfabeto colorido de la Biblia. ¡Cuántas veces entonces las expresiones artísticas pueden ser ocasiones para que nos acordemos de Dios, para ayudar a nuestra oración o también a la conversión del corazón! Paul Claudel, famoso poeta, dramaturgo y diplomático francés, en la basílica de «Notre Dame» de París, en 1886, precisamente escuchando el canto del Magníficat durante la Misa de Navidad, percibió la presencia de Dios. No había entrado en la iglesia por motivos de fe; había entrado precisamente para buscar argumentos contra los cristianos, y, en cambio, la gracia de Dios obró en su corazón.

Queridos amigos, os invito a redescubrir la importancia de este camino también para la oración, para nuestra relación viva con Dios. Las ciudades y los pueblos en todo el mundo contienen tesoros de arte que expresan la fe y nos remiten a la relación con Dios. Por eso, la visita a los lugares de arte no ha de ser sólo ocasión de enriquecimiento cultural —también esto—, sino sobre todo un momento de gracia, de estímulo para reforzar nuestra relación y nuestro diálogo con el Señor, para detenerse a contemplar —en el paso de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que significa— el rayo de belleza que nos toca, que casi nos «hiere» en lo profundo y nos invita a elevarnos hacia Dios. Termino con la oración de un Salmo, el Salmo 27: «Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo» (v. 4). Esperamos que el Señor nos ayude a contemplar su belleza, tanto en la naturaleza como en las obras de arte, a fin de ser tocados por la luz de su rostro, para que también nosotros podamos ser luz para nuestro prójimo. Gracias.”

BenedictoXVI, Audiencia General, Plaza de la Libertad Castelgandolfo, 31 de agosto de2011

jueves, 30 de enero de 2025

El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (5 de 5) - Montecassino

 


Montecasino en ruinas después del bombardeoaliado, en febrero de 1944- Wikipedia.

 “La guerra había terminado, y una costra negra e impenetrable había caído sobre la suerte de muchas personas.  Solamente muchos años después empezaría a saberse algo. Como le sucedió a Wojtyla acerca de sus amigos y sus compañeros de escuela.

Galuszka era el más joven de su clase en Wadowice. Se había enrolado en los Ulanos, el regimiento de la caballería polaca, y había sido asesinado apenas estalló el conflicto, cerca de la frontera occidental; solo tenía dieciocho años. También Gajczak había muerto en los primeros días de la invasión alemana, abatido con su a avión. Czuprynski, el gran Czuprynski, el famoso donjuán del gimnasio del instituto, había saltado por los aires por culpa de una mina en Ancona, poco despues de haber participado en la victoriosa batalla de Montecassino.

Otros  habían vuelto de los lager, como Silkowski, o de la guerra, como Kus, que se vio obligado a ingresar inmediatamente en un sanatorio para curarse la tisis. Bernas también había luchado en Montecassino, pero cuando vio el cariz que estaban tomando los acontecimientos en Polonia, ya en manos de los comunistas, decidió quedarse en Italia, donde se casó y vivió en Éboli.

En cambio, otros habían desaparecido, como engullidos por la nada. Caídos en diversos frentes, con el Ejército nacional polaco, o en Tobruk; o bien habían fallecido en los campos de exterminio nazis o en los gulag soviéticos de Siberia.

En aquel periodo, Karol, casi obligado por las circunstancias, empezó a preguntarse el porqué se le había ahorrado mucho de cuanto había sucedido, el porqué tantos de sus amigos habían perdido la vida y él, en cambio, no.

Entre las respuestas que trató de darse, pensó en un primer momento que haberse salvado se debía a la fatalidad o a la suerte, o más simplemente a la casualidad. Pero después, se dijo, también es verdad que «en los planes de Dios nada es casual». De todas maneras, el gran daño de la guerra, con toda su carga de tragedias y de sufrimientos, marcó para siempre la existencia de Karol y la decisión que había tomado.

Veintisiete años después desde que se hubieran visto por última vez, Karol se encontró inesperadamente en Roma con Jerzy Kluger, uno de sus amigos judíos, y uno de los más apreciados. Kluger no había regresado a Polonia, sobre todo después de enterase del trágico fin de sus familiares en Auschwitz. Se había casado y tenía dos hijas. Tras haber trabajado un tiempo en Inglaterra, se trasladó a Italia.

Tanto Karol como Jerzy creían que el otro había muerto, y sin embargo iban a reencontrase.

 

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol,  Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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El infierno de Auschwitz (y otros) y la 2da guerra mundial (4 de 5) Hiroshima y Nagasaki

 



Karol no pudo saber todas estas noticias hasta después del final de la guerra. La de Europa, sí, y también la del Pacífico, cuando por primera y única vez se utilizaron bombas atómicas.

Muchos defienden hoy que no había necesidad de utilizarlas. Que el Imperio del Sol Naciente, sin barcos y sin industria armamentística ya estaba vencido y dispuesto a rendirse. “¿Cuándo terminará la agonía del Japón?” era la petición que lanzaba la voz autorizada y objetiva del New York Times.

Pues a pesar de eso, aquellas terribles y mortíferas armas se usaron. Y ya entonces se intentaron explicar los motivos. Se dijo que se había recurrido a la bomba atómica para parar la guerra, para salvar centenares de miles de seres humanos,   pero quizás, su utilización estaba dictada por otras razones, por otras exigencias, como la de obligar a la Unión Soviética a aceptar la superioridad de América y su papel de garante del orden internacional.

El caso es que el 6 de agosto de 1945 (en Europa todavía era el día 5) emprendió el vuelo el cuatrimotor americano B-29, que el comandante había «bautizado» por así decir, con el nombre de su madre: Emola Gay, mientras que la bomba, con una dosis mayor de mal gusto había recibido el nombre de Little Boy, muchacho. El objetivo inicial se eligió al azar, o para ser más precisos, teniendo en cuenta las condiciones atmosféricas locales, que fueron las que decretaron la condena de Hiroshima. Allí, conforme dictaba el parte meteorológico, «estaba casi sereno y había una visibilidad de 10 millas»

De este modo, primero Hiroshima y luego Nagasaki fueron reducidas a la nada por un viento de fuego. Un «relámpago atronador», «un gran resplandor azul», según contaron los «afortunados» que pudieron contarlo. Nunca  había sucedido que, en apenas tres días, murieran tantas personas, todas juntas, en el mismo instante. Y muchas de aquellas que sobrevivieron, quedaron condenadas a una existencia marcada para siempre por las consecuencias de las radiaciones atómicas.

Entre las dos explosiones, Moscú aprovechó para declarar la guerra al Japón: sus tropas invadieron Manchuria y siguieron avanzando incluso tras el anuncio de la rendición por parte del emperador Hirohito. Pero al final, las armas callaron por completo. Solamente entonces se empezó a descubrir la vastedad de los horrores de este apocalipsis del siglo XX.

La guerra había causado 55 millones de muertos. A los que había que añadir todos los desterrados, los muertos por hambre, por el frío, sin que nunca hayamos podido conocer su número. Solamente la Unión Soviética tuvo 37 millones de víctimas,  Alemania casi cuatro millones, y Polonia más de un millón de soldados y cinco millones de ciudadanos, de los que la mitad eran judíos.

Y esto no era todo. En aquel desastroso balance había que incluir también poblaciones enteras que se habían tenido que someter a  un desplazamiento forzoso desde una parte de Europa a la otra, y que de golpe se habían encontrado sin casa, sin patria, sin raíces. Y no era menos impresionante, desde luego, el capítulo de las destrucciones: millares de ciudades habían quedado arrasadas, y muchos pueblos en condiciones tales que nunca más podrían ser reconstruidos. Incluso el mismo equilibrio ecológico había sufrido alteraciones con frecuencia irreversibles.”

Gian Franco Svidercoschi: Historia de Karol, 119/20, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid

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