“Yo los llamo amigos”
Dios nos habla
Cultivar la escucha
Necesidad de la oración
Solo cuando hablamos con Dios
podemos también hablar de Él.
Tal
como ya había anunciado y después de la catequesis introductoria del miércoles7 de enero, la semana pasada el Papa Leon XIV comenzaba
su Audiencia recordándonos la catequesis pasada y ya entrndo a a “profundizar en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre
la divina Revelación. Se
trata de uno de los documentos más bellos y más importantes de la asamblea
conciliar; para introducirnos en él, puede sernos útil recordar las palabras de
Jesús: «Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su
señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi
Padre» (Jn 15, 15). Este es un punto fundamental de la fe cristiana que nos
recuerda la Dei Verbum: Jesucristo transforma radicalmente la
relación del hombre con Dios; de ahora en adelante, será una relación de
amistad. Por eso, la única condición de la nueva alianza es el amor.”
(…)
Las
palabras del Señor Jesús que hemos recordado – “Yo los llamo amigos” – son retomadas en la Constitución Dei
Verbum, que afirma: «Por esta revelación, Dios invisible (cfr. Col 1,15; 1Tm 1,17)
habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos
(cfr. Bar 3,38), para invitarlos a la comunicación consigo y
recibirlos en su compañía» (n. 2). El Dios del Génesis ya se
manifestó a nuestros primeros padres, dialogando con ellos (cfr. Dei
Verbum, 3); y cuando este diálogo se interrumpió a causa del pecado, el
Creador no dejó de procurar encontrarse con sus criaturas y establecer una
alianza con ellas cada vez. En la Revelación cristiana, es decir, cuando Dios
se hace carne en su Hijo para venir a buscarnos, el diálogo que se había
interrumpido se restablece de manera definitiva: la Alianza es nueva y eterna,
nada nos puede separar de su amor. La Revelación de Dios, por tanto, posee el
carácter dialógico de la amistad y, como sucede en la experiencia de la amistad
humana, no soporta el mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras
verdaderas.
La Constitución Dei
Verbum nos recuerda también esto: Dios nos habla. Es importante comprender la diferencia entre la
palabra y la charla: esta última se detiene en la superficie y no realiza una
comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la
palabra no solo sirve para intercambiar informaciones y noticias, sino también
para revelar quiénes somos. La palabra posee una dimensión reveladora que crea
una relación con el otro. Así, hablándonos, Dios se nos revela como Aliado que
nos invita a la amistad con Él.
Desde esta
perspectiva, la primera actitud que hemos de cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar
en nuestras mentes y en nuestros corazones. Al mismo tiempo, estamos llamados a
hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a
nosotros mismos.
De ahí la necesidad de la oración, en la que
estamos llamados a vivir y a cultivar la amistad con el Señor. Esto se realiza,
primeramente, en la oración litúrgica y comunitaria, en la que no somos
nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él
mismo quien nos habla por medio de la Iglesia. Además, se cumple en la oración
personal, que tiene lugar en el interior del corazón y de la mente. Durante la
jornada y la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la
oración, a la meditación y a la reflexión. Solo
cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.


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