El pasado miércoles 21 de enero elPapa Leon XIV continúo con las catequesis sobre la Constitución Dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II. Esta vez sobre la Divina revelación, objeto de la Constitución cuyo nombre completo es Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Divina Revelación.
Entre otros decia el Papa Leon XIV:
Hemos visto que Dios se
revela en un diálogo de alianza, en el que se dirige a nosotros como a amigos.
Se trata, entonces, de un conocimiento relacional, que no solo comunica ideas,
sino que comparte una historia y llama a la comunión en la reciprocidad.
El cumplimiento de esta
revelación se realiza en un encuentro
histórico y personal en el cual Dios mismo se entrega a nosotros,
haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra verdad más
profunda.
Es lo que sucedió en Jesucristo.
Dice el Documento: «La verdad íntima acerca de la salvación humana se nos
manifiesta por la revelación en Cristo,
que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación» (DV, 2).
(…)
En efecto, en Cristo, Dios se nos ha comunicado a sí
mismo y, al mismo tiempo, nos ha manifestado nuestra verdadera identidad de
hijos, creados a imagen del Verbo. Este «Verbo eterno ilumina a todos los
hombres» (DV, 4) revelando su verdad en la mirada del Padre: «Tu Padre, que ve
en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.8), dice Jesús; y añade que «el Padre
conoce bien nuestras necesidades (cf. Mt 6,32).
Jesucristo es el lugar en el
cual reconocemos la verdad de Dios Padre, mientras nos descubrimos conocidos
por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena. San
Pablo escribe: «Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo,
[...] para hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es
que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios
llamándolo: “¡Abba!, es decir, ¡Padre!”» (Gal 4,4-6).
Por último, Jesucristo es
revelador del Padre con su propia humanidad. Precisamente porque es el Verbo
encarnado que habita entre los seres humanos, Jesús nos revela a Dios con su verdadera e íntegra humanidad: «Por
eso – dice el Concilio –, ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9), con su
total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y
milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los
muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la
revelación» (DV, 4).
Para conocer a Dios en Cristo
debemos acoger su humanidad integral: la verdad de Dios no se revela plenamente
cuando se le quita algo a lo humano, así como la integridad de la humanidad de
Jesús no disminuye la plenitud del don divino. Es la humanidad integral de
Jesús la que nos revela la verdad del Padre (cf. Jn 1,18).
(…) siguiendo hasta el final
el camino de Jesús, llegamos a la certeza de que nada podrá separarnos del amor
de Dios: «Si Dios está con nosotros – escribe san Pablo –, ¿quién estará contra
nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, […] ¿no nos concederá con él
toda clase de favores?» (Rm 8,31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a
Dios Padre y se abandona a Él con confianza.
En el conocimiento mediante la fe el
hombre acepta como verdad todo el contenido sobrenatural y salvífico de la
Revelación; sin embargo, este hecho lo introduce, al mismo tiempo, en una relación profundamente personal con Dios mismo que se revela. Si el contenido propio de
la Revelación es la "auto-comunicación" salvífica de Dios, entonces
la respuesta de la fe es correcta en la medida en que el hombre —aceptando como
verdad ese contenido salvífico—, a la vez, "se abandona totalmente a
Dios". Sólo un completo "abandono a Dios" por parte del hombre constituye una respuesta adecuada.
Invito leer en este blog: Creer - Que es creer? Audiencias del Papa Juan Pablo IIsobre el mismo tema.


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