Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

viernes, 9 de enero de 2026

Karol Wojtyla: «Emilia, mi madre»

 


En una habitación del Palacio Apostólico, junto a su cama Juan Pablo II atesoraba una fotografía con marco de plata de sus padres, tomada poco después de su boda. La fotografía le fue regalada después de su elección y  le acompañó durante todo su pontificado, al igual que el relicario de su madre grabado con un trébol. Estos dos objetos le recordaban a ella. Eran un signo de unión espiritual, de anhelo y también del respeto y la gratitud que sentía no sólo por su propia madre, sino por todas las mujeres.

Un recuerdo recurrente

Karol Wojtyla conservaba un recuerdo “bastante vago” de su madre. Sin embargo, era consciente de su contribución a su educación religiosa. Confesó que el misterio de la fe “le fue enseñado por las manos de su madre, que –doblando las manitas de un niño para rezar– le mostró cómo dibujar la cruz, el signo de Cristo…”. (Wadowice, 1991). También era consciente que su madre “no vivió para ver el día de su primera comunión”. Emilia murió el 13 de abril de 1929, es decir, más de un mes antes de la primera comunión de su hijo (25 de mayo); seguramente ambos hubieran deseado intensamente vivir ese dia juntos.

Karol recordaba, con tristeza,  a mamá  todo  una persona enferma que buscaba el consejo de los médicos, debilitada y a menudo acostada. Cuando Emilia murió, Karol (“Lolek”, nombre cariñosofamiliar) se encontraba en la escuela. El padre fue allí y pidió a uno de los profesores que le diera la triste noticia al niño. Juntos volvieron a casa. El funeral tuvo lugar tres días después, el 16 de abril, en Wadowice. Al día siguiente, el entierro tuvo lugar en el cementerio Rakowicki de Cracovia, en la tumba de la familia Kaczorowski.

El consuelo de la pérdida

Al día siguiente del funeral, el padre llevó a sus hijos en peregrinación al santuario mariano de Kalwaria Zebrzydowska,  y delante de la imagen de la Madre de Dios, dijo a Lolek, de nueve años: “Ahora será tu madre”… Con el tiempo, el vínculo con María se convirtió en su vida en una cura y un consuelo ante la pérdida de su madre. Sin embargo, el Papa reconoció que la pérdida de su madre no era sólo un triste recuerdo, sino una conciencia siempre presente e incluso creciente de ausencia, a pesar del paso de los años.

Así lo demuestra uno de los poemas de juventud de Karol Wojtyla, “Sobre ti, blanca tumba”, escrito en la primavera de 1939, dedicado a “Emilia, mi madre”.

 

Sobre tu blanca tumba, amor mio apagado,

florecen las flores blancas de la vida

– Oh, cuántos años han pasado

sin Ti – el espíritu alado –¿Cuántos años?

 

Sobre tu blanca tumba Madre,

cerrada desde hace tantos años

algo parece levantarse, desde mi amor filial,

Inexplicable como la muerte

 

Sobre la tumba blanca Madre  : una oración:

Dale a ella el reposo eterno.

 

Emilia Wojtyla, madre de Karol, el Papa polaco

 


Emilia Wojtyla, de soltera Kaczorowska, nació el  26 de marzo de 1884 en Cracovia. Era la quinta de trece hijos de Felix y Maria, de soltera Scholz. Su madre murió cuando ella tenia 13 años.  Emilia contrajo matrimonio con Karol Wojtyla el 10 de febrero de 1906 en la iglesia de los Apóstoles Santos Pedro y Pablo en Cracovia.  

Vivieron en Krowodrza, un distrito de Cracovia hasta su mudanza a Wadowice.

No hay datos concretos sobre su educación pero cuenta Boniecki en Kalendarium que probablemente hubiese completado los ocho años de escuela en las Hijas de la Caridad en la calle Pedzichow en Cracovia.  Emilia era una persona frágil de salud y dedico su corta vida al cuidado de su hogar,  esposo e hijos. Los habitantes de Wadowice  la recordaban como una persona que gustaba charlar con sus vecinos, y sentarse al lado del aljibe en el patio de su casa (la parte baja, pues ellos vivían en el primer piso), .donde Lolek también jugaba con sus amigos. 

Emilia murió  el 13 de abril de 1929 (miocarditis) en Wadowice y la ceremonia fue presidida por el padre Prochownik.   Descansa en el cementerio Rakowicki, sector militar,  de Cracovia,  junto a su esposo Karol y Edmundo su hijo, padre y hermano mayor de Karol Jozef.  Karol tenia entonces solo  nueve años, como el mismo recuerda en “Don y Misterio” :  "Perdí a mi madre antes de la Primera Comunión. a los 9 años y por eso la recuerdo menos y soy menos consciente de su contribución a mi educación religiosa, y ciertamente fue muy grande ”.

Después de la muerte de Emilia el esposo y padre de Karol y Edmund se hizo cargo de todo y como buen militar retirado,  llevaron una vida muy organizada.

Otoño de 1919. Emilia, junto con su esposo Karol Wojtyła y su hijo Edmund, hacia seis años que vivían en  Wadowice y menos de un año en un apartamento alquilado sobre la calle Kościelna. Se sentían felices, alegría que aumento cuando Emilia finalmente pudo comprobar que habría otro bebe. Hacia mucho que esperaba ese momento. El hijo mayor Mundek (Eduardo) ya tenía trece años. La pequeña Olga, a la cual había dado a luz hacia tres años, había vivido tan solo 16 horas. Emilia sufrió mucho su muerte y estaba empezando a preocuparse si aún podría quedar embarazada. Tenia 36 años.  Y deseaba tanto que Edmund tuviera hermanos. Finalmente, sus esperanzas se hicieron realidad, la familia iba a crecer y ella estaba feliz. Pero el idilio no duro mucho.  El diagnostico de un médico,  reconocido ginecólogo y obstetra de Wadowice era alarmante: el embarazo estaba en riesgo y no habría posibilidad de dar a luz a un niño vivo. Recomendó entonces abortar pues además estaba en riesgo la vida de la madre.  No sobrevivirás a este parto, le dijo. .   Palabras duras para una madre que  deseaba tanto un hijo y su otro hijo tenia tan solo trece años, la misma edad que ella cuando perdió a su madre.   Estaba devastada aunque era plenamente consciente de la amenaza para ella y la vida del niño.   De todas maneras decidió  rápidamente. Daria a luz a ese niño. Tiene derecho a vivir.  

Y el segundo hijo de Emilia nació el 18 de mayo de 1920, alrededor de las 5 de la tarde.  Hacia mucho calor en Wadowice dicen para esa época, la temperatura había alcanzado treinta grados.  Se oía el repique de campanas seguido del canto de la Letania de Loreto en honor a la Santísima Virgen Maria, patrona de su parroquia. Y el niño nació escuchando ese canto a la Virgen.  Dicen que nació excepcionalmente grande, fuerte y saludable. Y lloro fuerte, como si quisiera unir su voz al canto de las letanías en la iglesia cercana.  La madre emocionada y feliz sintió que había ocurrido un milagro. Ambos vivos!   Además en lugar de un bebe flaco y débil,  como se esperaba,  había nacido un niño grande y fuerte. La partera recordó ese nacimiento toda su vida. Nunca le había ocurrido algo tan inusual:  mientras se cantaba la Letanía de Loreto,  dijo Michal Siwiec-Cielebon.  El Santo padre conocía la historia porque una vez hablo con esa partera y luego recordó que nació cantando la Letanía en honor a la Madre de Dios,  dijo el Cardenal Stanislaw Dziwisz.  El mismo Papa lo comento una vez en una de las parroquias italianas: "Naci entre las 17.00 y las 18.00 que es la misma hora en la que cincuenta y ocho años después fui elegido Papa."  

Después del nacimiento. Emilia pareció revivir, rejuvenecer y recuperar fuerzas.  La vecinas decían que estaba enamorada de ese niño. Lo acariciaba constantemente en su cunita de madera, lo cargaba en una almohada, lo mantenía en su regazo y le cantaba para dormir. No lo llamaba Karol sino Lolus, y cuando ya era algo mayor Lolek, un poco mas  formal.  Aunque la vida no era fácil. Había problemas con el acarreo del agua, para bañar al bebe tenía que traerla al primer piso, hervirla y meterla en la tina. En aquel entonces los pañales eran de algodón y para lavarlos bien había que cocinarlos. No había lugar donde secar la ropa, probablemente la secara en el pasillo.  La vecina Helena Szepanska recordaba que Emilia llevaba el cochecito a su jardín, donde había un poco de verde y un aljibe en el medio.  Ella a veces también cuidada al bebe.   En junio de 1920 cuando terminó el año escolar,  el hijo mayor de  Emilia ya tenia un poco mas de  tiempo y le ayudaba a la madre  con Lolek,  cuando el esposo estaba trabajando.  Edmundo también le ayubaba a subir y bajar el cochecito por la escalera.

Fue la señora Helena Szcepanska que le escucho a Emilia decir  con total certeza. “este niño será alguien grandioso”.  Su intuición no fue defraudada!  Después del nacimiento, sin embargo, Emilia se fue debilitando.  La fe y la oración le daban fuerzas y nadie recordaba que se quejara..  Cuando Lolek fue creciendo Emilia también lo llevaba a otra vecina Zofia Puklo, que también tenía niños pequeños y allí jugaban juntos.   Más tarde cuando Emilia se fuedebilitando la señora Puklowa también venia regularmente los domingos para ayudar en la casa y los quehaceres. Naturalmente el esposo ayudaba, pero ademas debía ocuparse de su oficio para mantener la familia.  Edmundo también requería ayuda que ya estaba en la secundaria.     Una vecina Maria Janina Kaczorowa decia que la enfermedad le iba pasando factura.  Parecía sufrir del corazón y una especie de reumatismo.  Andre Frossard comenta que Lolek conoció a su madre ya como una persona enferma y Marta Burghardt en “Las raíces de Wadowice en Karol Wojtyla” afirma que aprendió el sufrimiento de su madre.  Sin embargo no quedan registros médicos de la enfermedad de Emilia. En 1927 ya se sentía tan mal que su esposo decidió solicitar jubilación militar anticipada  para cuidar de su esposa y su hijo menor. Emilia ya no podía administrar la casa y hacer frente a las responsabilidades, había quedado totalmente dependiente. .  A veces permanecía acostada durante semanas en una habitación y no quería que Lolek entrara para que no la viera sufrir.  El esposo se hizo cargo de todo, preparaba las comidas, lavaba los platos, limpiaba, lavaba la ropa y comenzó a trabajar en el oficio heredado : la sastrería.  Pero no solo se ocupaba de la casa sino que también encontraba tiempo para presentarles a su hijo y amigos la historia de su tierra natal,  contarles los eventos de la historia de Polonia y enseñarles alemán.  Solían también salir a pasear por las montañas y cuando Edmund (que ya estaba estudiando medicina) volvía a casa se unía al grupo.   Emilia se alegraba que los hermanos se llevaran tan bien y a pesar de la enfermedad, trataba de no molestarlos. El hijo mayor, que ya estudiaba medicina le daba consejos y consultaba a los médicos. Emilia hizo todo lo que pudo para participar en la preparación de Lolek para su Primera Comunión. Ella le había enseñado las primeras oraciones y explicado lo importante que es la fe en la vida humana.  Se alegraba del entusiasmo que mostraba su hijo en ser monaguillo y trato de apoyarlo en esa decisión. Pero no insistió, entendía que debía ser su elección. Era su propia vida.  Cuando Lolek se acercaba a la Primera Comunión, a principios de 1929, la salud de Emilia se había deteriorado tanto que no tuvo fuerzas para cuidar de su hijo ni ocuparse de lo que debía  Lamentaba tanto no poder atenderlo pero supo acatar la voluntad de Dios en cada situación.

El sábado 13 de abril de 1929 la temperatura en Wadowice no era común más de quince grados Celsius, hacía calor comparado con las heladas en Alemania al mismo tiempo. La primavera ya estaba en el aire. El verdor presagiaba un lento renacimiento de la vida, pero en la casa Wojtyla no veían eso. En la sala de estar en la cama yacía la sufrida Emilia.  El final estaba en el aire. El irremediable paso de la vida.  El viaje más largo, el mas importante, al otro lado de la existencia.  Su esposo cuidando a Emilia enferma desde la mañana, observo cómo se  se debilitaba cada hora.  Pero ella seguía consciente y pidió  un sacerdote y la Sagrada Comunión. También quería recibir la Unción de los Enfermos. Llego el sacerdote, rezaron el Padre Nuestro, el sacerdote ungió sus manos y la frente de Emilia con aceite bendito y le dio la Sagrada Comunión. Ella dolorida despertaba una leve sonrisa. Sus ojos se iluminaron,  estaba tranquila, en silencio, en paz,  consciente que el sacramento que había recibido se une a la pasión de Cristo y estaba preparada para la transición a la eternidad.  Tenía miedo a la muerte? Probablemente si,  como todos,  con una diferencia  la muerte había sido compañera inseparable de su vida.  Se había acostumbrado, pero confiaba en la misericordia y la protección de Dios hasta el final. No tenía dudas que  "la vida solo cambia, pero no termina". Había escuchado estas palabras tantas veces en los funerales de otras personas, y ahora las aplicaba a sí misma.

Y de nuevo, como sucedió en momentos importantes, ahora, cuando su vida terrena estaba a punto de terminar, miró por la ventana, al reloj con la significativa inscripción: "El tiempo se acaba, la eternidad espera" ese reloj que después tantas veces mirara su hijo y tanta importancia le diera. El final de su vida llego el 13 de abril de 1929.  Falleció tranquila con su eposo a su lado.  ¿Por qué  esta muerte ahora mismo? ¿Por qué Dios necesitaba a Emilia Wojtyłowa, de cuarenta y cinco años, en el cielo, cuando su hijo de nueve años se quedó en la casa de Wadowice, que necesitaba tanto una madre?

Parecía incomprensible en ese momento. E ilógico. Sólo desde la perspectiva de casi cien años, cuando el niño huérfano es el santo más famoso del mundo, se puede buscar un significado más profundo de esta muerte, sin duda prematura. Aunque sigue siendo un misterio en términos humanos, encaja con el plan de Dios para el futuro Papa.

(adaptado de Niedzela,  donde se promociona el libro publicado en Polonia  “La Madre del Papa. Una historia conmovedora sobre Emilia Wojtyłowa ”. La publicación está bajo el patrocinio de 'Niedziela'.


miércoles, 7 de enero de 2026

La justicia, el derecho y la comunidad de naciones – Vincenzo Buonomo (2 de 2)

 




A Juan Pablo II no se le escapa el hecho de que en las relaciones y en el derecho internacional contemporáneo la relación entre justicia y derechos humanos  se considera un aspecto fundamental al que se atribuye un papel inequívocamente estratégico, a pesar de que recurrentes situaciones de pesimismo que se oponen  a la “causa” de la persona humana y de sus derechos, ven delinearse nuevos horizontes en este ámbito. Así, se dan  un aumento de normas y reglas en esta materia, un mayor control ejercitado por mecanismos que operan por encima de los ordenamientos estatales para garantizar el respeto a los derechos fundamentales, una conciencia renovada de la entera familia humana en torno a los valores fundamentales de la persona humana en los que encontramos presupuestos los standards elaborados y alrededor de los cuales se intenta hacer converger un consenso cada vez mayor entre los diversos componentes y miembros de la comunidad internacional: «sólo allí donde sea posible para el individuo invocar jurídicamente el respeto hacia una libertad determinada, se puede decir que se respetan los derechos del hombre (Discurso en la Corte Europea de Derechos Humanos, 8 de octubre de 1988) 

Se evidencia pues la estrecha colaboración entre la afirmación de perspectivas diversas sobre los derechos fundamentales – reconocimiento, tutela y también violaciones – y un orden mundial que supera el bipolarismo de las dos superpotencias y de sus esferas de influencia (nos referimos a los llamamientos a la justicia, a la guerra fría este-oeste y al sistema de seguridad basado en la carrera armamentística)  Hoy se vive la relación entre justicia e injusticia de otro modo: la brecha tecnológica, la carencia de remedios médicos, las desigualdades en el crecimiento económico, son s´lo ejemplos. Y todo ello  mientras se agudiza un antiguo conflicto, que no se ha afrontado en clave de resolución, que contrapone norte a sur en el mundo, alrededor de las realidades alternativas a la pobreza y al desarrollo, que para el Papa se halla incluido en su visión integral y en la globalidad de los elementos que sólo la justicia puede dar: «Un verdadero desarrollo, según las exigencias del propio ser humano, hombre, mujer, niño, adulto o anciano, implica sobre todo de parte de quienes intervienen activamente en este proceso y son responsables en conciencia del valor de los derechos de todos y de cada uno, así como de la necesidad de respetar el derecho de todos a la plena  utilización de los beneficios que ofrecen la ciencia y la técnica» (Enciclica Sollicitudo Rei Socialis, 33)

Las enseñanzas de Juan Pablo II acerca de la justicia muestran con claridad que a cada perspectiva corresponde el reconocimiento de que el “nuevo” orden mundial no es un modelo a investigar, sino una realidad de hecho. Realidad que gira alrededor de las esperanzas de justicia, una realidad que tales virtudes están en grado de determinar para superar contradicciones, fuertes impulsos de apoyar conflictos – y a menudo no sólo impulsos – de visiones nacionalistas (Discurso a las Naciones Unidas 5 de octubre de 1995) 

Como modelos puros de vida propuestos a las personas en su dimensión individual y social, que acentúan el aislamiento y la visión egoísta, proponiendo como alternativa el refugio en fenómenos de masificación, consumo generalizado o reivindicaciones efímeras de derechos probados de un fundamento radicado en la justicia. Por eso se prevé una reflexión profunda sobre la creación de actos normativos que señalan el emerger de la persona como cuestión central sea de la vida de los estados, sea de la vida internacional.  La idea de justicia como virtud, de hecho, impone un interrogante: pueden los derechos fundamentales agotarse en proclamas, declaraciones u otros instrumentos jurídicos? Si el reconocimiento y el respeto de los derechos fundamentales debe depender exclusivamente de un enunciado o una norma, por muy respetable que sea la fuente, existe el riesgo de perder la verdadera concepción de la persona, su valor, su naturaleza. Juan Pablo II ve estos actos y su proclamación como el efecto de violaciones abiertas de la dignidad de individuos particulares y poblaciones enteras (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998) y por lo tanto en su significado ideal y programático a un tiempo, no puede responder a todas las necesidades y exigencias de la persona humana. Cobra sentido la idea de que estos actos se consideran como el resultado de un proceso ideal, cultural y jurídico, que abarca a la familia humana universal, a la humanidad entera por tanto, que con ellos puede indudablemente expresar una conciencia propia en la que fundar el proceso de reconociminto y tutela de los derechos humanos.  Y ello tanto en su contenido esencial como en los valores que están en la base de los derechos mismos, o en las formulaciones de orden jurídico-normativo, como las que tienen lugar mediante el derecho internacional: «se hace indispensable que los responsables de la vida publica actúen con renovada determinación, para que los estados puedan garantizar a los ciudadanos el efectivo cumplimiento de los derechos humanos. Sólo a este precio se podrá alcanzar el estado de civilización superior deseado por los promotores de la Declaracion [Universal]» (Mensaje en el 40 Aniversario de la Declaración Universalde los Derechos Humanos, 6 de diciembre de 1988) 

Una visión de la justicia, la de Juan Pablo II, bien alejada de ideologías u opiniones políticas, pues permite a todo el sistema de las relaciones entre personas, pueblos y estados, dar un paso hacia adelante. Refuerza el proceso de maduración de los principios generalmente reconocidos o que expresan un nivel de autoconciencia general de los protagonistas de la vida estatal e internacional, hasta constituir verdaderas y propias obligaciones erga omnes, basadas en la dimensión auténticamente humana y por tanto trascendente de la persona.

(Publicado en el Boletín mensual de la Postulacion de la Causa de Beatificación y Canonización de Juan Pablo II, Totus Tuus, Nro 5 Mayo 2008)

 

La justicia, el derecho y la comunidad de naciones – Vincenzo Buonomo (1 de 2)

 


Hay una perspectiva en el Magisterio de Juan Pablo II que llama de inmediato la atención cuando afronta las temática vinculada a la justicia en su dimensión internacional. Da un fin último a la justicia y, al mismo tiempo, investiga sus fundamentos. Es un intento de conjugar el concepto legal de justicia, que se manifiesta en el comportamiento humano, con perspectivas ontológicas y trascendentes: «La justicia es […] virtud moral y concepto legal», dirá en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1998. 

Enmarcádose en el ámbito de las enseñanzas de la Iglesia, la llamada apremiante a la justicia que hizo Juan Pablo II – desde el discurso del 22 de octubre, durante el solemne inicio de su Pontificado- identifica esta virtud como el camino maestro para dar a Dios y a cada persona humana lo que le corresponde y, por tanto, como la manera de «recordar a cada creyente la necesidad de interpretar las realidades sociales a la luz del Evangelio» Carta al Presidente del ConsejoPontificio de la Justicia y de la Paz, 15 de marzo de 2005).  La justicia, por tanto, no sólo como instrumento encargado de tutelar la convivencia ordenada de una comunidad, incluida la internacional, sino más bien como el justo restablecimiento de los derechos violados, de libertades fundamentales cuyo ejercicio es impedido, de atentados a la dignidad del hombre. En este sentido, la justicia se propone como garantía de un bien común que, buscado por todos, en todos los países, ilumina las relaciones en el más amplio contexto internacional, convirtiéndose en patrimonio de la entera familia humana. Ese bien común que, lejos de ser la suma de intereses individuales, tiene como centro el respeto, la afirmación y la tutela de los derechos fundamentales (Discurso alas Naciones Unidas 2 de octubre de 1979

La atención se dirige inmediatamente,  por tanto, al respeto a las personas, imagen única e irrepetible de Dios, y por tanto a sus derechos, que hallan en la dignidad humana su origen, fundamento y fin: razón y libertad, inteligencia y voluntad, que son dones connaturales al ser humano, provienen de su”ser persona”, y garantizan aquellos derechos y deberes de los que cada persona es sujeto. Sobre estos elementos, complementarios entre ellos, reposa el fundamento de la  justicia y su ser “virtud dinámica y viva”. (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1998) , capaz de obrar en la sociedad humana como instrumento de comunión, a través del cual es posible dar sentido a la historia y a la realidad social, lejos de una reinvidicación estéril de derechos y libertad, pero como modo de superar formas de opresión y autoritarismo, egoísmos y nacionalismos exasperados, contrastes evidentes entre pobreza y riqueza.

La intuición de Juan Pablo II de que la comunión entre personas, comunidades y pueblos, representa una primera realización de la justicia está en clara coincidencia con la Declaración Universal de Derechos del Hombre, fundamentalmente con el artículo 29 que añade a la dimensión individual del gozo y ejercicio efectivo delos derechos  humanos, una dimensión comunitaria: «Cada individuo tiene deberes hacia la comunidad, siendo sólo en ella posible el libre y pleno desarrollo de su personalidad.» Se presenta así como esencial la relación intercurrente entre personas, sea para una completa realización de las aspiraciones individuales, o como base de la convivencia del grupo social de  pertenencia. Una relación construida sobre la reciprocidad – que es un acto deseado y libre – y no sobre la simple relación, que permanece como acto debido y necesario.  De hecho la relación de reciprocidad, y la vida concreta, que requieren los instrumentos de la propia justicia, de la legalidad y la solidaridad, poniéndolos al servicio de cada tipo de convivencia para que se pase «de la simple “existencia con” a la “existencia para” los otros, en un intercambio fecundo de dones […] precursor de bienestar para todos.»   (Discurso Asamblea General de las Naciones Unidas -  5 de octubre de 1995)  De la relación de reciprocidad con los otros, por tanto de la dimensión comunitaria, cada persona, cada pueblo o estado, reconoce la existencia de deberes que corresponden a los propios derechos. Sustancialmente, la dinámica de la justicia dibujada por Juan Pablo II,  se construye en una relación entre derechos, deberes y comunidad que pone de manifiesto el último de estos tres elementos: la comunidad en cuanto tal, capaz de expresar, conservar y transmitir los valores, solo en ella «es posible un desarrollo libre y pleno» de la personalidad de cada persona, como sostiene por otra parte la Declaración. No sólo la relación derechos-deberes, a menudo conflictiva, confiada al afirmarse de subjetividades contrapuestas, sean estas personas, pueblos o estados.

 

lunes, 5 de enero de 2026

Al llegar a Belén "abrieron sus cofres" y "... ofrecieron sus dones..."

 

(Raul Berzosa - Reyes Magos)

Con este gesto los tres Reyes Magos del Oriente realizaron la finalidad de su viaje. El les condujo por los caminos de esas tierras hacia las que también los acontecimientos actuales llevan frecuentemente nuestra atención. Para los tres Reyes Magos la guía en estos caminos fue la estrella misteriosa "que habían visto en Oriente" (Mt 2, 9), y que "les precedía, hasta que llegada encima del lugar en que estaba el Niño, se detuvo" (Mt 2, 9). A este Niño precisamente vinieron esos hombres únicos, llamados de fuera del círculo del Pueblo elegido hacia los caminos de la historia de este Pueblo. La historia de Israel les había dado la orden de detenerse en Jerusalén y preguntar ante Herodes: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?" (Mt 2, 2).

Efectivamente, los caminos de la historia de Israel habían sido marcados por Dios, y por esto era necesario buscarle en los libros de los profetas: esto es, de aquellos que habían hablado en nombre de Dios al Pueblo sobre su vocación especial. Y la vocación del Pueblo de la Alianza fue precisamente Aquel a quien conducía el camino de los Reyes Magos de Oriente. Apenas hubieron preguntado a Herodes, éste no tuvo duda alguna de quién —y de qué rey—se trataba, porque, como leemos, "reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías" (Mt 2, 4).

Así, pues, el camino de los Reyes Magos lleva al Mesías, a Aquel a quien el Padre "santificó y envió al mundo" (Jn 10, 56). Su camino es también el camino del Espíritu. Es sobre todo el camino en el Espíritu Santo. Al recorrer este camino —no tanto en las vías de las regiones del Oriente Medio, cuanto más bien a través de los misteriosos caminos del alma— el hombre es conducido por la luz espiritual que proviene de Dios, representada en esa estrella, a la que seguían los tres Reyes Magos.

Los caminos del alma humana, que conducen hacia Dios, hacen ciertamente, que el hombre vuelva a encontrar en sí un tesoro interior. Así leemos también de los tres Reyes Magos, que al llegar a Belén "abrieron sus cofres" (Mt 2, 11). El hombre toma conciencia de los dones enormes de naturaleza y de gracia con que Dios lo ha colmado, y entonces nace en él la necesidad de ofrecerse, de devolver a Dios lo que ha recibido, de hacer ofrenda de ello como signo de la dádiva divina. Este don asume una triple forma, como en las manos de los tres Reyes Magos: "abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra" (Mt 2, 11).

 (de la Homilía de Juan Pablo II en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, Domingo 6 de enero de 1980)

 


 

"Se pusieron en camino…y la estrella iba delante de ellos


 (Botticelli: Adoración de los Magos – imagen de Wikipedia)

"Se pusieron en camino" (Mt 2,9), cuenta el evangelista, lanzándose con coraje por caminos desconocidos y emprendiendo un largo viaje nada fácil. No dudaron en dejar todo para seguir la estrella que habían visto salir en el Oriente (cfr. Mt 2,2).

 "Y la estrella ... iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño" (Mt 2,9). Los Reyes Magos llegaron a Belén porque se dejaron guiar dócilmente por la estrella. Más aún, "al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría" (Mt 2,10). Es importante, queridos amigos, aprender a escrutar los signos con los que Dios nos llama y nos guía. Cuando se es consciente de ser guiado por Él, el corazón experimenta una auténtica y profunda alegría acompañada de un vivo deseo de encontrarlo y de un esfuerzo perseverante de seguirlo dócilmente.

"Y postrándose le adoraron" (Mt 2,11). Si en el Niño que María estrecha entre sus brazos los Reyes Magos reconocen y adoran al esperado de las gentes anunciado por los profetas, nosotros podemos adorarlo hoy en la Eucaristía y reconocerlo como nuestro Creador, único Señor y Salvador.

"Abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra" (Mt 2,11). Los dones que los Reyes Magos ofrecen al Mesías simbolizan la verdadera adoración. Por medio del oro subrayan la divinidad real; con el incienso lo reconocen como sacerdote de la nueva Alianza; al ofrecerle la mirra celebran al profeta que derramará la propia sangre para reconciliar la humanidad con el Padre.

Queridos jóvenes, ofreced también vosotros al Señor el oro de vuestra existencia, o sea la libertad de seguirlo por amor respondiendo fielmente a su llamada; elevad hacia Él el incienso de vuestra oración ardiente, para alabanza de su gloria; ofrecedle la mirra, es decir el afecto lleno de gratitud hacia Él, verdadero Hombre, que nos ha amado hasta morir como un malhechor en el Gólgota.

Los Reyes Magos encontraron a Jesús en "Bêt-lehem", que significa "casa del pan". En la humilde cueva de Belén yace, sobre un poco de paja, el "grano de trigo" que muriendo dará "mucho fruto" (cfr. Jn 12,24). Para hablar de sí mismo y de su misión salvífica, Jesús, en el curso de su vida pública, recurrirá a la imagen del pan. Dirá: "Yo soy el pan de vida", "Yo soy el pan que bajó del cielo", "El pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo" (Jn 6,35.41.51).

¡Sed adoradores del único y verdadero Dios, reconociéndole el primer puesto en vuestra existencia!

 

(Mensaje de Juan Pablo II para la JMJ 2005 presidida por el Papa BenedictoXVI) 

 


viernes, 2 de enero de 2026

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

 


Todos somos conscientes en cierta manera de que no es posible llenar la medida total de la justicia en la transitoriedad de este mundo. Las palabras oídas tantas veces “no hay justicia en este mundo”, quizá sean fruto de un simplicismo demasiado fácil. Si bien hay en ellas también un principio de verdad profunda.

En un cierto modo la justicia es más grande que el hombre, más grande que las dimensiones de su vida terrena, más grande que las posibilidades de establecer en esta vida relaciones plenamente justas entre todos los hombres, los ambientes, la sociedad y los grupos sociales, las naciones, etc. Todo hombre vive y muere con cierta sensación de insaciabilidad de justicia porque el mundo no es capaz de satisfacer hasta el fondo a un ser creado a imagen de Dios, ni en lo profundo de la persona ni en los distintos aspectos de la vida humana. Y así, a través de este hambre de justicia el hombre se abre a Dios que “es la justicia misma”.

Jesús en el sermón de la montaña lo ha dicho de modo claro y conciso con estas palabras: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos” (Mt 5, 6).

Con este sentido evangélico de la justicia ante los ojos, debemos considerarla al mismo tiempo dimensión fundamental de la vida humana en la tierra: la vida del hombre, de la sociedad, de la humanidad. Esta es la dimensión ética. La justicia es principio fundamental del la existencia y coexistencia de los hombres, como asimismo de las comunidades humanas, de las sociedades y los pueblos. Además, la justicia es principio de la existencial de la Iglesia en cuanto Pueblo de Dios, y principio de coexistencia de la Iglesia y las varias estructuras sociales, en particular el Estado y también las Organizaciones Internacionales. En este terreno extenso y diferenciado, el hombre y la humanidad buscan continuamente justicia; es éste un proceso perenne y una tarea de importancia suma.

A lo largo de los siglos la justicia ha ido teniendo definiciones más apropiadas según las distintas relaciones y aspectos. De aquí el concepto de justicia conmutativa, distributiva, legal y social. Todo ello es testimonio de cómo la justicia tiene una significación fundamental en el orden moral entre los hombres en las relaciones sociales e internacionales. Puede decirse que el sentido mismo de la existencia del hombre sobre la tierra está vinculado a la justicia. Definir correctamente “cuanto se debe” a cada uno por parte de todos y, al mismo tiempo, a todos por parte de cada uno, “lo que se debe” (debitum) al hombre de parte del hombre en los diferentes sistemas y relaciones, definirlo y, sobre todo, ¡llevarlo a efecto!, es cosa grande por la que vive una nación y gracias a la cual su vida tiene sentido.

A través de los siglos de existencia humana sobre la tierra es permanente, por ello, el esfuerzo continuo y la lucha constante por organizar con justicia el conjunto de la vida social en sus aspectos varios. Es necesario mirar con respeto los múltiples programas y la actividad, reformadora a veces, de las distintas tendencias y sistemas. A la vez es necesario ser conscientes de que no se trata aquí sobre todo de los sistemas, sino de la justicia y del hombre. No puede ser el hombre para el sistema, sino que debe ser el sistema para el hombre. Por ello hay que defenderse del anquilosamiento del sistema. Estoy pensando en los sistemas sociales, económicos, políticos y culturales que deben ser sensibles al hombre y a su bien integral; deben ser capaces de reformarse a sí mismos y reformar las propias estructuras según las exigencias de la verdad total acerca del hombre. Desde este punto de vista hay que valorar el gran esfuerzo de nuestros tiempos que tiende a definir y consolidar “los derechos del hombre” en la vida de la humanidad de hoy, de los pueblos y Estados.

(de laAudiencia General del Papa Juan Pablo II del 8 de noviembre de 1978)