Wojtyla comenzó por la ética tanto porque debía dar
clases de esta materia[12] como porque fue un tema que siempre le interesó.
Partía inicialmente de su posición tomista, pero la contemplación de esta
teoría desde la nueva perspectiva scheleriana le condujo a la convicción de que
los contenidos y formulaciones de esta ética eran insuficientes e
insatisfactorios. Había, sin duda, principios sólidos e inmutables que no
podían cambiarse, pero la formulación de esos principios se había ido
esclerotizando dejando sin sentido y sin capacidad motivadora a fórmulas antes
vivas y plenas. Pero no sólo era una cuestión de formulación. El problema era
más profundo y alcanzaba el nivel estructural. El planteamiento tradicional de
la ética, por ejemplo, no permitía responder de modo adecuado a problemas
planteados por filosofías como la kantiana, y el excesivo peso que confería a
lo normativo le hacía perder agarre existencial.
Se trataba de problemas profundos y relevantes que
Wojtyla se propuso abordar de modo sistemático dando origen a lo que después se
llamó escuela ética de Lublin. Su objetivo era refundar las bases de la ética
clásica mediante la perspectiva fenomenológica y personalista. En ese proyecto,
junto con Wojtyła, trabajaron Stanislaw Grygiel, Jozef
Tischner, Marian Jaworski y Tadeus Styczen, quien le sucedería en la cátedra de
ética. También Jerzy Kalinowski, filósofo del derecho que se trasladó después a
Lyon; Marian Kurdzialek, historiador de la filosofía antigua; Feliks
Berdnarski, estudioso de ética (que iría más tarde a Roma, como Grygiel) y
Stanislaw Kaminski, profesor de epistemología.
Wojtyła no elaboró un texto
sintético con los resultados intelectuales de su grupo de investigación, como
más tarde sucedería con Persona y acción. Publicó
artículos sueltos[13] y dictó cursos, algunos de los cuales se han recogido
posteriormente en las denominadas Lecciones de Lublin[14].
Podemos señalar, de todos modos, tres áreas de trabajo principales que
analizaremos con más detalle en el próximo capítulo. La primera es el análisis
y confrontación con las posiciones éticas de sus cuatro principales autores de
referencia en este terreno: Tomás de Aquino, Kant, Hume y Scheler.
En estos estudios, muy analíticos y detallados, Wojtyla va delimitando su
territorio, estableciendo paralelismos y distancias, descubriendo problemas y
vislumbrando soluciones y nuevas perspectivas. Cabe destacar, por su
relevancia, su observación central a la ética tomista, formulada con precisión
en un texto de 1961, El personalismo tomista.
Manteniendo, como de costumbre, su adhesión general a los principios del
Aquinate, indica, sin embargo, que “la concepción de la persona que encontramos
en Santo Tomás es objetivista. Casi da la impresión de que en ella no hay lugar
para el análisis de la conciencia y de la autoconciencia como síntomas
verdaderamente específicos de la persona-sujeto. Para Santo Tomás, la persona
es obviamente un sujeto, un sujeto particularísimo de la existencia y de la
acción, ya que posee subsistencia en la naturaleza racional y es capaz de
conciencia y de autoconciencia. En cambio, parece que no hay lugar en su visión
objetivista de la realidad para el análisis de la conciencia y de la
autoconciencia, de las que sobre todo, se ocupan la filosofía y la psicología
modernas. (…) Por consiguiente, en Santo Tomás vemos muy bien la persona en su
existencia y acción objetivas, pero es difícil vislumbrar allí las experiencias
vividas de la persona”[15].
Otro gran tema de Wojtyla es la justificación
de la ética frente al hedonismo, el emocionalismo, el
positivismo, o, en un sentido muy diverso, el apriorismo kantiano. Alfred Ayer,
por ejemplo, sostenía que la ética se reduce a la emoción y no implica ningún
contenido intelectual. El problema de Kant era el contrario: un rotundo y nítido
formalismo moral sin contenidos. Para superar estas y otras objeciones, Wojtyla
recurre con profundidad y originalidad a la noción de experiencia moral[16]. La
ética, explica, no surge de ninguna estructura externa al sujeto, no es una
construcción mental generada por presiones sociológicas, nace de un principio
real y originario: la experiencia moral, la experiencia del deber, pero no
entendida en modo kantiano, como la estructura formal de la razón práctica,
sino en un sentido profundamente realista, como la experiencia que todo sujeto
posee –en cada acción ética concreta- de que debe hacer el bien y evitar el
mal.
Con esta brillante solución, Wojtyla logra superar las
objeciones que se planteaban a la fundamentación y formulación de la ética.
Ante todo, las de cualquier tipo de positivismo. Si éste pretende construirse
sólo sobre lo dado, sobre los hechos, Wojtyla le ofrece justamente un “hecho”;
pero un hecho, un dato, “humano”, la experiencia de la moral. Y, puesto que se
trata de un dato, este ya no debe ser justificado, sino explicado;
en otros términos, la moral se justifica por sí misma en la medida en que
existe. Supera también los problemas que plantea el modo tomista de relacionar
ética y metafísica. La comprensión tomista de lo real tiende a presentar un
esquema de pensamiento en cascada que comienza por la metafísica. La ciencia
del ente en cuanto ente genera las estructuras comunes a todos los seres, que
después se despliegan analógicamente adaptándose a la diversidad de cada uno de
los órdenes. Es decir, la ética depende de la metafísica. Ésta muestra las
estructuras generales del ser y la ética las concreta. Wojtyla, sin embargo, no
acepta este planteamiento y lo justifica precisamente mediante el recurso a la
experiencia moral. Si la ética es, fundamentalmente, reflexión sobre esta
experiencia, es también al mismo tiempo e inevitablemente autónoma (lo que no
significa totalmente independiente), en la medida en que no necesita de otra
ciencia para acceder a su punto de partida. Esta es otra de las grandes
propuestas teóricas de la ética de Lublin.
Wojtyla estuvo siempre muy interesado por la metaética y
se propuso incluso elaborar un texto sistemático sobre estas cuestiones en
colaboración con Styzcen. Pero tal texto nunca llegó a lograr forma definitiva
y sólo se ha publicado en forma de borrador con el título de El
hombre y la responsabilidad y el aclarativo subtítulo de Estudio
sobre el tema de la concepción y de la metodología ética[17].
Wojtyla aborda aquí, desde una perspectiva ya muy madura, los temas centrales
en la estructuración de la ética como ciencia: la moralidad, el carácter
práctico de la ética, el carácter normativo, la norma personalista, etc. Se
trata de un estudio riquísimo en perspectivas y en novedades, pero formulado de
modo incompleto.
Decía que había un tercer tema central en los análisis
éticos de Wojtyla y es su intento de conexión de la ética con la vida
personal. Wojtyla entiende que la ética no puede reducirse a un
conjunto de normas que obliguen desde una perspectiva heterónoma; debe implicar
al sujeto, y, para ello, debe poseer carácter motivador. De otro modo, el
sujeto acabará entendiendo ese conjunto de reglas como algo que se le impone
desde fuera por los padres, la sociedad, la Iglesia, etc. y las abandonará. El único
modo de que la ética tenga fuerza efectiva es que el sujeto asuma esas reglas
como propias y conecte su realización con la adquisición de la plenitud
personal, de su perfeccionamiento como persona, algo que resulta enormemente
facilitado por la existencia de modelos personales que encarnen el tipo de
comportamiento propuesto (una idea desarrollada a nivel filosófico por
Scheler).


.jpg)









.jpg)


.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
