Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 28 de mayo de 2026


Agradezco de corazón a quienes han organizado el encuentro de hoy, y en particular a quienes han compartido su conocimiento y su experiencia en las diversas ponencias que hemos escuchado.

De manera especial, deseo agradecer al señor Olah por haber aceptado nuestra invitación. A mi vez, en nombre de la Iglesia, acepto su invitación a caminar juntos, a escuchar y a dialogar, para encontrar el camino para la humanidad en este tiempo de la inteligencia artificial.

 Qué gran signo de esperanza es el hecho de que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos unos a otros. Este intercambio indica claramente la gravedad del momento, así como la convicción de que, juntos, podemos discernir las cuestiones más importantes de nuestro tiempo y, por tanto, el futuro de la humanidad.

En los momentos clave de la historia, la Iglesia está llamada a descifrar «cosas nuevas» a la luz del Evangelio y de la dignidad de la persona. Hace 135 años, mi venerable predecesor León XIII observó la situación de los obreros, de sus familias desarraigadas y las nuevas formas de pobreza generadas por la rápida transformación industrial. Comprendió que la Iglesia no podía permanecer al margen. En un momento de cambio trascendental que amenazaba la dignidad humana, la encíclica Rerum novarum expresó su mensaje evangélico y social sobre las «cosas nuevas» que estaban ocurriendo. 

Hoy nos enfrentamos a una transformación de dimensiones similares, con consecuencias tal vez aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta a muchos ámbitos de nuestra vida e incide en decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando de manera dramática la forma en que se libra la guerra.

Al igual que el «León» anterior, me siento llamado a contemplar otra gran transformación con los ojos de la fe, con la lucidez de la razón, con apertura al misterio y con los gritos de los pobres de la tierra resonando en mi corazón. 

Magnifica humanitas nació de escuchar como lo hizo León XIII. He escuchado a científicos e ingenieros que trabajan con sincero entusiasmo en tecnologías capaces de aliviar inmensos sufrimientos; a líderes políticos y funcionarios públicos que han buscado con perseverancia normas justas; a padres y maestros profundamente preocupados por el futuro de las generaciones más jóvenes.

También me han llegado otras voces muy preocupantes, sobre sistemas de armas cada vez más autónomos, que prácticamente ningún ser humano ni ningún gobierno puede controlar realmente. Escucho relatos muy preocupantes sobre algoritmos que pueden bloquear el acceso a la atención médica, al trabajo y a la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias. Y he escuchado el silencio de quienes no tienen voz cuando se toman las decisiones, decisiones que corren el riesgo de generar nuevas formas de exclusión y sufrimiento.

De esta escucha ha madurado una convicción alarmante expresada en Magnifica humanitas: la inteligencia artificial debe ser desarmada. Se trata de una palabra fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento necesita palabras capaces de llamar la atención, despertar las conciencias e indicar el camino a seguir para la humanidad.

(del Discurso del Papa Leon XIV  en la Presentación con promulgación de la Carta Encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa Leon XIV)

(seguir leyendo en el sitio de la Santa Sede) 

 


"Magnifica Humanitas": El Vaticano y el algoritmo - Antonio Spadaro


 Una encíclica y una comisión: la doble jugada de León XIV en materia de IA

El 15 de mayo de 2026, el Papa León XIV firmó su primera encíclica. Al día siguiente, estableció una nueva comisión interdicasterial. Ambos actos abordan el mismo tema: la inteligencia artificial. Juntos, estos dos gestos constituyen la respuesta institucional más significativa a la IA por parte de una importante institución religiosa mundial , y quizás la señal más clara hasta el momento de que el Vaticano pretende ir más allá de emitir advertencias inteligentes desde los márgenes del debate. La inteligencia artificial ya no es solo un tema de reflexión ética. Ahora es una realidad que impregna la vida misma de la Iglesia: las comunicaciones, las instituciones educativas, los procesos doctrinales, la diplomacia. Pretender lo contrario sería una forma de negación.

La encíclica Magnifica Humanitas está dedicada a la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. La fecha tiene un claro simbolismo: el 15 de mayo se conmemora el 135 aniversario de Rerum Novarum , la gran encíclica de León XIII de 1891 sobre la condición de los trabajadores en el apogeo de la industrialización. El paralelismo es explícito y claramente intencional. Así como el primer León XIII antepuso la dignidad del trabajo a las convulsiones de la era fabril, el nuevo León XIII antepone la dignidad de la persona a las convulsiones de la era algorítmica . Incluso el nombre del Papa, leído desde esta perspectiva, se convierte en una declaración de continuidad: la convicción de que la doctrina social católica tiene algo urgente que decir sobre las máquinas de aprendizaje.

León XIV, sin embargo, no parte de cero. Y este es un punto crucial. En enero de 2025, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación publicaron conjuntamente Antiqua et Nova , una extensa nota doctrinal sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, encargada por el propio Papa Francisco. Dividido en 117 párrafos, el documento logró lo que las anteriores declaraciones vaticanas sobre tecnología no habían conseguido con la misma claridad: trazó una clara línea filosófica entre lo que hacen las máquinas y lo que es la mente humana Antiqua et Nova insistió en que la inteligencia, en su sentido pleno, implica una apertura moral y espiritual a la verdad: conciencia, responsabilidad, alma. Ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede sustituir el discernimiento humano.

El texto también examinó el impacto concreto de la IA en la educación, la sanidad, el empleo, las relaciones sociales y la guerra, advirtiendo sobre los letales sistemas de armas autónomas. Invocó el principio de subsidiariedad en la gobernanza de la inteligencia artificial y abogó por la distribución de las decisiones regulatorias entre los distintos niveles de la sociedad. Si Magnifica Humanitas eleva estos argumentos al nivel de magisterio papal completo, como sugieren los primeros informes, entonces Antiqua et Nova se leerá retrospectivamente como su fundamento intelectual: el documento preparatorio que hizo posible la encíclica.

 El Rescriptum ex Audientia, publicado al día siguiente de la firma de la encíclica, establece una Comisión sobre Inteligencia Artificial, que reúne a siete instituciones vaticanas bajo una coordinación rotativa anual, comenzando con el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, dirigido por el Cardenal Michael Czerny. La comisión también incluye el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el Dicasterio para la Cultura y la Educación, el Dicasterio para la Comunicación, la Academia Pontificia para la Vida y las dos Academias Pontificias de Ciencias y Ciencias Sociales. La composición en sí misma es un mapa: muestra cómo el Vaticano comprende el problema hoy en día. La IA afecta a la fe y la razón, la educación y la información, la ciencia y la conciencia. No puede limitarse a un solo campo. Reunir a organismos tan diversos implica reconocer que ninguna especialización por sí sola es suficiente para comprender la magnitud del fenómeno . Y que la Iglesia, si desea ser seria, debe pensar más allá de sus límites institucionales.

 La estructura institucional puede parecer distante. Sin embargo, vale la pena examinar el diseño de la comisión, ya que refleja un modelo de gobierno vaticano verdaderamente novedoso: un modelo que debe mucho a la reforma de la Curia impulsada por el Papa Francisco con Praedicate Evangelium y su llamado a la colaboración entre los distintos dicasterios. La rotación en el liderazgo es particularmente llamativa. Cada año, una institución diferente, designada por el Papa, asumirá el rol de coordinación. No se trata de una pirámide, sino más bien de una red. Su forma organizativa refleja la tecnología que debe abordar.

 Aún más significativo es el lenguaje del mandato encomendado a la comisión, que habla de «diálogo, comunión y participación»: el vocabulario de la sinodalidad. El Vaticano propone abordar la cuestión tecnológica con el mismo método empleado para la eclesiológica: mediante un proceso compartido de discernimiento. Si esta aspiración resistirá el impacto de la práctica burocrática real es, por supuesto, otra cuestión. Pero la intención merece una cuidadosa consideración.

 La presentación pública de la encíclica, prevista para el 25 de mayo en el Salón del Sínodo, también transmite un mensaje. El panel de oradores está cuidadosamente seleccionado. Los cardenales Víctor Manuel Fernández y Michael Czerny representan, respectivamente, los polos doctrinal y social de la reflexión católica. Junto a ellos se sientan tres figuras que señalan una apertura deliberada. Anna Rowlands, teóloga política de Durham, aporta la tradición británica del pensamiento social católico y un firme compromiso con los temas migratorios. Leocadie Lushombo, teóloga congoleña de la Escuela Jesuita de Teología en Santa Clara, California, introduce la voz del Sur Global: un recordatorio de que el impacto de la IA recaerá con mayor fuerza sobre aquellos menos capacitados para influir en su rumbo. Y luego está Christopher Olah.

Olah es cofundador de Anthropic, una empresa estadounidense de inteligencia artificial, y dirige la investigación sobre interpretabilidad: el esfuerzo por hacer transparentes y comprensibles los procesos internos de toma de decisiones de los sistemas de IA. Su presencia en el Salón del Sínodo es el detalle más revelador de todo el evento. El Vaticano no se limita a debatir sobre tecnología con teólogos, sino que invita a la mesa a alguien que desarrolla estos sistemas y, más precisamente, a alguien que trabaja para que sean comprensibles. El hecho de que las conclusiones se confíen al cardenal secretario de Estado Pietro Parolin y al propio Papa subraya la importancia institucional de la ocasión.

 Todo esto no surgió de la nada. La Santa Sede llevaba años preparándose para este momento. Sin embargo, hasta ahora faltaban dos cosas: un mecanismo interno capaz de coordinar el pensamiento vaticano y una declaración solemne del magisterio. Magnifica Humanitas y la nueva comisión cubren ambas carencias dentro del mismo movimiento.

El significado más profundo, sin embargo, es teológico. Al publicar una encíclica sobre la IA, León XIV formula una tesis sobre la amplitud de la preocupación de la Iglesia. La tecnología no es un asunto secular del que la fe pueda retirarse sin consecuencias. Es uno de los ámbitos donde se decide qué significa ser humano: cada día, de forma concreta, a menudo sin un debate real. El Rescriptum habla de «los efectos potenciales sobre el ser humano y sobre la humanidad en su conjunto». No se trata de una fórmula circunstancial. Es el reconocimiento de que la inteligencia artificial plantea interrogantes sobre la conciencia, la libertad, las relaciones, la creatividad: todo aquello que la tradición cristiana engloba bajo el concepto de imago Dei . Y el título de la encíclica, Magnifica Humanitas , sugiere que la respuesta de la Iglesia será de afirmación, no de temor: no de tecnofobia, sino de un compromiso para enaltecer lo verdaderamente humano.

 Todo esto parece prometedor, incluso sugerente. Pero la verdadera prueba, como siempre, será la implementación. ¿Profundizará realmente la comisión en la materialidad de los algoritmos, los datos y los modelos, o se quedará en el plano de los principios? ¿Podrá incluir voces ajenas al Vaticano: de la industria, la sociedad civil y el mundo académico? La elección de los ponentes para la presentación sugiere una intuición acertada. Pero cualquiera que haya observado a la Iglesia lidiar con cuestiones modernas complejas sabe que las intuiciones y las estructuras no producen resultados automáticamente. El riesgo es que una comisión sobre inteligencia artificial se convierta en otro organismo curial destinado a producir documento tras documento.

 La presencia de un investigador como Olah en el Sínodo, en este sentido, es a la vez un antídoto y una promesa. Indica que el Vaticano comprende que no se puede hablar seriamente de IA sin abordar su funcionamiento real : las formas específicas en que los grandes modelos lingüísticos procesan la información, las decisiones implícitas en los datos de entrenamiento, la opacidad de los sistemas que influyen cada vez más en la contratación, los diagnósticos médicos y las sentencias penales. La doctrina social católica siempre ha sido más sólida cuando ha pasado de los principios generales a las realidades concretas. Rerum Novarum funcionó porque León XIII estuvo dispuesto a hablar de salarios y jornadas laborales, y no solo de la abstracta dignidad humana. Antiqua et Nova funcionó porque mencionó las armas autónomas letales y la vigilancia algorítmica, y no solo los "desafíos tecnológicos". Magnifica Humanitas tendrá que demostrar la misma voluntad.

Una encíclica y una comisión en el lapso de veinticuatro horas: en el lenguaje mesurado de la Curia Romana, esto es algo verdaderamente novedoso. Y lo novedoso siempre conlleva la posibilidad de la sorpresa, esa sorpresa que la Iglesia, en sus mejores momentos, nunca ha temido acoger. Algo se está gestando en Roma , y ​​aún no tiene una forma definida. Quizás ahí reside precisamente la clave. La pregunta más interesante no es si León XIV ya ha hecho lo suficiente, sino qué posibilita esta apertura: dentro y fuera de la Iglesia.

 Fuente: Antonio Spadaro

martes, 26 de mayo de 2026

«Magnifica humanitas», Seguir siendo humanos en la era de los algoritmos – Andrea Tornielli

 


Me permito “robarle” a Vatican News este comentario completo,  de una autoridad como Andrea Tornielli,  sobre la primer Encíclica del Papa Leon XIV

En la encíclica «Magnifica humanitas», la petición del Papa León: hacer que la tecnología avance sin que el corazón retroceda.

En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por las enormes concentraciones de poder tecnológico fuera de todo control y por nuevas formas de deshumanización, el Papa León nos recuerda el «deber urgente» de seguir siendo profundamente humanos. En la era de las polarizaciones y la violencia, que ve cómo se expande una «cultura del poder» con la guerra rehabilitada como instrumento de la política internacional, el Sucesor de Pedro nos pide que hagamos crecer la técnica «sin que el corazón retroceda». Nos invita a aceptar el límite y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos, como hace la ideología tecnocrática, un error que hay que corregir. Nos exhorta a mirar el mundo no desde la perspectiva de los grandes, sino desde abajo, con los ojos de quienes sufren, partiendo de los últimos. Con los ojos de un Dios que ha tomado sobre sí nuestra debilidad transformándola en un lugar de salvación, porque «aunque las máquinas destaquen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que pide ser mirado».

 

«Magnifica humanitas», la primera encíclica de León XIV, no es ante todo un texto analítico sobre la inteligencia artificial, no entra en los detalles de procesos que están en continua evolución. Es más bien una «summa», que aplica los principios de la Doctrina social a nuestro tiempo, que es el tiempo de la IA, consolidando y actualizando los puntos cardinales del magisterio. Es un texto que pone fin también al malentendido de quienes, confiando en la absoluta libertad de los mercados y de las nuevas tecnologías, tienden a desestimar como enseñanza discutible el magisterio papal sobre la exigencia de un gobierno humano compartido de la IA, sobre la ecología integral, sobre las estructuras económicas que se convierten en «estructuras de pecado», sobre el no a la guerra.

 

El Papa, que ha tomado el nombre del autor de la «Rerum novarum», en la era de la revolución digital nos pide a cada uno de nosotros que asumamos un papel activo, porque la construcción de la «civilización del amor» se realiza gracias a «una suma de pequeñas y tenaces fidelidades», capaces de frenar la deshumanización. Una tarea, por tanto, que nos concierne a todos, y de cerca.

 

León nos recuerda que «las injusticias no nacen solo de las decisiones erróneas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos y ordenamientos económicos y culturales que producen desigualdad» y que «no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de unos descargando los costes y las heridas sobre otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados», como lamentablemente está ocurriendo hoy también en el ámbito de las nuevas tecnologías y de los recursos que estas requieren. En la encíclica se lee que es «doctrina cierta» de la Iglesia la función social de la propiedad privada, y hoy, entre los bienes universalmente destinados a todos, «debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos», para evitar que surjan o se consoliden nuevas formas de exclusión y privación de libertad. De hecho, la técnica no es un simple instrumento, y cuando se convierte en criterio, «acaba por establecer qué es lo que cuenta y qué puede descartarse», reduciendo «a las personas a engranajes de un sistema que debe ser cada vez más eficiente».

 

Hoy en día, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo «no es prerrogativa de los Estados, sino de los grandes actores económicos y tecnológicos», que fijan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las propias posibilidades de participación. Cuando tal poder se concentra en unas pocas manos, «tiende a volverse opaco y a escapar al control público», conllevando el riesgo de un desarrollo distorsionado «que genera nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades».

 

El Papa, reiterando la superación de la teoría de la «guerra justa», pide que el uso de la inteligencia artificial en el ámbito bélico se someta a las más rigurosas restricciones éticas porque «no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable». Además, la inteligencia artificial se ha convertido en un elemento determinante para orientar la opinión pública mediante la manipulación de imágenes y contenidos, lo que hace cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Son muchas, además, las incógnitas que afectan al mercado laboral. La encíclica recuerda, a este respecto, que ya no es posible confiar únicamente en la «mano invisible» del mercado: es la política la que tiene la tarea de orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación.

 

Seguir siendo humanos, gobernar los procesos, evitar —también en este ámbito— los monopolios que acaban aumentando el poder de unos pocos a costa de la vida de muchos: el camino indicado por el Pontífice no levanta barricadas ni rechaza a priori el uso de la IA. Más bien señala sus numerosos aspectos positivos y sus muchas aplicaciones útiles, pero al mismo tiempo explica que no basta con plantearse una cuestión ética sobre el fin bueno o malo para el que se utiliza. De hecho, es indispensable intervenir antes y preguntarse también cómo se diseña un sistema y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían. Para ello se necesitan marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente, la educación de los usuarios y, sobre todo, una vez más, «una política que no renuncie a su tarea». De lo contrario, el cambio estará regido únicamente por lógicas tecnocráticas y se presentará como «necesario e inevitable», acabando así por imponer reglas «dictadas» por quienes poseen los datos, las infraestructuras y las capacidades de cálculo.

 

Es necesario, por tanto, «desarmar» a la IA, es decir, «romper esta equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar». No para renunciar a la tecnología, sino para impedir que domine a lo humano: hay que hacerla discutible, cuestionable y, por tanto, habitable. Precisamente para no renunciar a nuestra humanidad, tan frágil y tan «magnífica».

 

Invito leer otros comentarios en Vatican News: 

La encíclica de León XIV: la IA sirva a la humanidad, no al poder de pocos - Isabella Piro  

Los expertos en IA: «Magnifica humanitas», una «voz moral» que no se doblega - Edoardo Giribaldi 

León XIV presenta la encíclica: desarmar la IA, no a lógicas de exclusión y dominio - Salvatore Cernuzio 

El párroco de Silicon Valley: la encíclica aboga por el diálogo entre la Iglesia y hi-tech - Salvatore Cernuzio 


 

 

 

lunes, 25 de mayo de 2026

Feliz dia de la patria argentinos !!

 

Recordemos  lo que comprende esta palabra Patria, tan llena de sentido,  según Karol Wojtyla

 

Cuando yo pienso Patria

Cuando yo pienso Patria, cuando digo: Patria,

Me estoy expresando a mí mismo, y me enraizo,

Y el corazón me dice que ella es la frontera oculta

Que va de mí hacia los otros hombres

Para abrazarlos a todos en un pasado

Más antiguo que cada uno de nosotros…

 Y de ese pasado – cuando yo pienso: Patria 

Emerjo para encerrarla en mí como un tesoro,

Y sin cesar me acucia el ansia

De cómo engrandecerla,

De cómo ensanchar el espacio

Que mi patria habita.

 Karol Wojtyla: Cuando pienso en la patria, Poesias, BAC, 1979


 

Y por aquí, en Argentina, las palabras sabias del Arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva en la Catedral de Buenos Aires hoy en el Te Deum  celebrando nuestro dia patrio (cito algunos párrafos) : 

 Nosotros también venimos a pedirle a Dios que nuestra Argentina se cure y viva. Experimentamos que se está muriendo la fraternidad, se está 1 muriendo la tolerancia, se está muriendo el respeto; y si se mueren esos valores, se muere un poco el futuro, se mueren las esperanzas de forjar una Argentina unida, una Patria de hermanos.

(…)

Y mas adelante,  siguiendo las líneas del evangelio del día el  Arzobispo de Buenos Aires , Jorge García Cuerva se refiere nuevamente a la Argentina

Argentina sangra en la inequidad entre los que se laburan todo, y los que han vivido de privilegios que los alejó de la calle, de los medios de transporte público, de saber cuánto valen las cosas en un supermercado; alejados de la gente de a pie, no sienten su dolor, ni sus frustraciones, pero tampoco se emocionan con sus esperanzas y su esfuerzo diario por salir adelante. Y ante el dolor, a veces, como aquellas personas de la casa del jefe de la sinagoga, bajamos los brazos y decimos como ellos “ya murió”, ya no hay nada que hacer, transformándonos en agoreros de malas noticias, en profetas de calamidades, incluso escuchando todo el tiempo a los que envenenan el alma remarcando siempre lo que está mal, lo que falta.

Son los haters de aquélla época, los que difaman, desprecian o critican destructivamente a una persona, a una entidad, o una obra; los que odian y justifican su desprecio; el terrorismo de las redes, como decía el Papa Francisco . Hemos pasado todos los límites, la descalificación, la agresión constante, el destrato, la difamación, parecen moneda corriente. El Santo Padre León XIV decía a los representantes de los medios de comunicación hace unos días: La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes.

Tenemos necesidad de diálogo, de forjar la cultura del encuentro, de frenar urgentemente el odio. Démonos otra oportunidad, no podemos construir una Nación desde la guerra entre nosotros. Todo acto de violencia es condenable, y quiebra el tejido social.

Por eso vuelvo a invitarlos a prestar atención a la escena del frontispicio de esta catedral, esculpido en 1862, elegida con la intención de perpetuar a través del arte, la reconciliación nacional. Allí está representado el episodio bíblico del Antiguo Testamento del encuentro del patriarca Jacob con su hijo José. Buenos Aires venía a reconciliarse con la Confederación Argentina en fraterno pacto de unión rubricado en San José de Flores, en 1859. Luego de enfrentarse por años y desangrarse en luchas fratricidas, los argentinos dijeron basta y se abrazaron. Hoy quisiera que volvamos allí nuestra mirada e imaginemos el abrazo que nos debemos los argentinos, el abrazo que negamos al que piensa distinto, o al que tiene otras costumbres o modo de vivir, el abrazo que no compartimos con los que sufren, incluso los abrazos que no nos pudimos dar durante la pandemia. Usemos las manos para acariciar el dolor y las heridas de tantos que la están pasando mal; “manos a la obra entonces”, pero unidos, como pueblo, más allá de las legítimas diferencias

 

sábado, 23 de mayo de 2026

Dominum et vivificantem - Enciclica de Juan Pablo II sobre el Espíritu Santo (reposteo)

 


La Carta Encíclica Dominum et vivificantem  sobre el Espiritu Santo en la Vida  de la Iglesia y del Mundo de S.S. Juan Pablo II fue promulgada el 18 de mayo y publicada el 30 de mayo de 1986. 

Decia Juan Pablo II en la Audiencia del 22 de julio de 1989 

En la Encíclica Dominum et Vivificantem he escrito: El Espíritu Santo, consubstancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado), del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación' (n. 10).

…….En el Espíritu Santo se halla, pues, la revelación de la profundidad de la Divinidad: el misterio de la Trinidad en el que subsisten las Personas divinas, pero abierto al hombre para darle vida y salvación. A ello se refiere San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, cuando escribe: 'El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios'.  Como leemos en la Encíclica Dominum et Vivificantem todo 'lo que dice (Jesús) del Padre y de sí como Hijo, brota de la plenitud del Espíritu que está en Él y que se derrama en su corazón, penetra su mismo 'yo', inspira y vivifica profunda mente su acción' (n. 21). Por eso el Evangelio puede decir que Jesús 'se llenó de gozo en el Espíritu Santo' (Lc 10,21). Así la 'plenitud' del Espíritu Santo, que se halla en Cristo, se manifestó el día de Pentecostés llenando de Espíritu Santo' a todos aquellos que estaban reunidos en el Cenáculo. Así se constituyó aquella realidad cristológico eclesiológica a que alude el apóstol Pablo: 'alcanzáis la plenitud en él, que es la Cabeza' (Col 2, 10). (1 Cor 2, 10).

………. En la Encíclica sobre el Espíritu Santo Dominum et Vivificantem escribí: 'Pentecostés es un nuevo inicio en relación con el primero, inicio originario de la donación salvífica de Dios, que se identifica con el misterio de la creación. Así leemos ya en las primeras páginas del libro del Génesis: 'En el principio creó Dios los cielos y la tierra... y el Espíritu de Dios (ruah Elohim) aleteaba por encima de las aguas' (1, 1 ss.). Este concepto bíblico de creación comporta no sólo la llamada del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia, sino también la presencia del Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios' (n. 12). En Pentecostés el 'nuevo inicio' del donarse salvífico de Dios se funde con el misterio pascual, fuente de nueva vida

Y el entonces Cardenal Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI) en su conferencia acerca de Las catorce enciclicas del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del  Congreso Juan Pablo II 25 años de Pontificado. La Iglesia alservicio del hombre”con ocasión del 

en la Pontificia Universidad Lateranense realizado entre el 8 y el 10 de mayo de 2003 expresó, entre otros

las encíclicas se deben dividir por grupos de temas afines. Conviene recordar ante todo el tríptico trinitario de los años 1979-1986, que abarca las encíclicas Redemptor hominisDives in misericordia Dominum et vivificantem.

Quiero dedicar también unas pocas palabras a la encíclica sobre el Espíritu Santo, en la cual se trata el tema de la verdad y de la conciencia. Según el Papa, el auténtico don del Espíritu Santo es "el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención" («Dominum et vivificantem», 31). Así pues, en la raíz del pecado está la mentira, el rechazo de la verdad. "La "desobediencia", como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal" (ib., 36). La perspectiva fundamental de la encíclica «Veritatis splendor» ya aparece aquí muy claramente. Es evidente que el Papa, precisamente en la encíclica sobre el Espíritu Santo, no se detiene en el diagnóstico de nuestra situación de peligro, sino que hace ese diagnóstico para preparar el camino a la curación. En la conversión, el afán de la conciencia se transforma en amor que sana, que sabe sufrir: "El dispensador oculto de esa fuerza salvadora es el Espíritu Santo" (ib., 5)”

viernes, 22 de mayo de 2026

Juan Pablo II : Los siete dones del Espiritu Santo – (7 de 7) El don del temor de Dios

 


Al regreso de su peregrinación apostólica a los países de la Europa septentrional, sobre la cual hablaría próximamente,  el 11 de junio de 1989 el Papa Juan Pablo II completaba las reflexiones sobre los dones del Espíritu Santo. El último el dondel temor de Dios. 

 Hoy deseo completar con vosotros la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo. El último, en orden de enumeración de estos dones, es el don del temor de Dios.

La Sagrada Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de qué temor se trata? No ciertamente de ese "miedo de Dios" que impulsa a evitar pensar o recordarse de Él, como de algo o de alguno que turba e inquieta. Este fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a "ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín" (Gn 3, 8); éste fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cf. Mt 25, 18. 26).

Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto de temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime; es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda majestad de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser "encontrado falto de peso" (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el "espíritu contrito" y con el "corazón humillado" (cf. Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la propia salvación "con temor y temblor" (Flp 2, 12). Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley.

2. El Espíritu Santo asume todo este conjunto y lo eleva con el don del temor de Dios. Ciertamente ello no excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, la suaviza con la fe en a misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos. Sin embargo, con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es un sentimiento arraigado en el amor de Dios: el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de "permanecer" y crecer en la caridad (cf. Jn 15, 4-7).

3. De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor a Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos. Recordemos la exhortación del Apóstol Pablo a sus cristianos: "Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios" (2 Co 7, 1).

Es una advertencia para todos nosotros que, a veces, con tanta facilidad transgredimos la ley de Dios, ignorando o desafiando sus castigos. Invoquemos al Espíritu Santo a fin de que infunda largamente el don del santo temor de Dios en los hombres de nuestro tiempo. Invoquémoslo por intercesión de Aquella que, al anuncio del mensaje celeste "se conturbó" (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad que se le confiaba, supo pronunciar el "fiat" de la fe, de la obediencia y del amor.

Invito también visitar el Sitio de la Santa Sede donde además de los textos correspondientes a la celebración de Pentecostés 2010 (y durante el pontificado de Benedicto XVI) se han recopilado valiosos documentos, catequesis, reflexiones y mensajes de años anteriores correspondientes a varios Pontífices, al Catecismo de la Iglesia Católica y del Concilio Vaticano II .

 

Y los posts en este blog etiquetados Espiritu Santo 

 

Juan Pablo II : Los siete dones del Espiritu Santo – (6 de 7) El don de la piedad

 


Ya llegando hacia el final de las reflexiones dominicales del Regina Caeli/Ángelus la penúltima del domingo 28 de mayo de 1989 fue sobre el don de la piedad :

 1. La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo nos lleva hoy, a hablar de otro insigne don: la piedad. Mediante éste, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos.

La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda, perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno. En este sentido escribía San Pablo: "Envió Dios a su Hijo,... para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo..." (Ga 4, 4-7; cf. Rm 8, 15).

2. La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano "piadoso" siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de Dios, que es la Iglesia. Por esto él se siente impulsado a tratarlos con la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna.

El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, a la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.

3. Invoquemos del Espíritu Santo una renovada efusión de este don, confiando nuestra súplica a la intercesión de María modelo sublime de ferviente oración y de dulzura materna. Ella, a quien la Iglesia en las Letanías lauretanas saluda como Vas insignae devotionis, nos enseñe a adorar a Dios "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23) y a abrirnos, con corazón manso y acogedor, a cuantos son sus hijos y, por tanto, nuestros hermanos. Se lo pedimos con las palabras de la "Salve Regina": "¡...O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria!".

Invito también visitar el Sitio de la Santa Sede donde además de los textos correspondientes a la celebración de Pentecostés 2010 (y durante el pontificado de Benedicto XVI) se han recopilado valiosos documentos, catequesis, reflexiones y mensajes de años anteriores correspondientes a varios Pontífices, al Catecismo de la Iglesia Católica y del Concilio Vaticano II .

  

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