El apóstol san Pablo, en
la carta a los Romanos, recoge, con un poco de asombro, un oráculo del libro de
Isaías (cf. Is 65, 1), en el que Dios llega a decir por boca
del profeta: "Fui hallado por quienes no me buscaban; me manifesté a
quienes no preguntaban por mí" (Rm 10, 20). Pues bien, después
de haber contemplado, en las catequesis anteriores, la gloria de la Trinidad
que se manifiesta en el cosmos y en la historia, ahora queremos iniciar un
itinerario interior a lo largo de los caminos misteriosos por los que Dios va
al encuentro del hombre, para hacerlo partícipe de su vida y de su gloria. En
efecto, Dios ama a la criatura formada a su imagen y, como el pastor
diligente de la parábola que acabamos de escuchar (cf. Lc 15,
4-7), no se cansa de buscarla ni siquiera cuando se muestra indiferente o,
incluso, molesta por la luz divina, como la oveja que se ha alejado del rebaño
y se ha extraviado en lugares inaccesibles y peligrosos.
El hombre, seguido
por Dios, ya advierte su presencia, ya es iluminado por la luz que está detrás
de él y ya es atraído por la voz que lo llama desde lejos. De este modo,
comienza a buscar él mismo al Dios que lo busca: buscado, busca; amado,
comienza a amar.
(…)
También nuestros
hermanos musulmanes testimonian una fe análoga, repitiendo a menudo, durante su
jornada, la invocación que abre el libro del Corán y que celebra, precisamente,
el camino por el que Dios, "el Señor de la creación, el Clemente, el
Misericordioso", guía a aquellos en quienes infunde su gracia.
Sobre todo la gran
tradición bíblica impulsa al fiel a dirigirse con frecuencia a Dios, a fin de
que le conceda la luz y la fuerza necesarias para hacer el bien. Así reza el
salmista en el Salmo 119: "Muéstrame, Señor, el
camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad,
y a guardarla de todo corazón; guíame por la senda de tus mandatos, porque ella
es mi gozo (...). Aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu
palabra" (vv. 33-35. 37).
Así pues, en la
experiencia religiosa universal, y especialmente en la transmitida por la
Biblia, encontramos la conciencia del primado de Dios que va en busca del
hombre para guiarlo hacia el horizonte de su luz y de su misterio. En el
principio está la Palabra que rompe el silencio de la nada, la "buena
voluntad" de Dios (cf. Lc 2, 14), que jamás abandona a la
criatura a su propio destino.
(…)
"Mira que estoy a
la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa
y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). Si Cristo no
recorriera los caminos del mundo, permaneceríamos solitarios en nuestro
horizonte limitado. Pero es preciso que le abramos nuestra puerta, para que
comparta nuestra mesa, en comunión de vida y amor.
El itinerario del
encuentro entre Dios y el hombre se realizará bajo el signo del amor. Por una
parte, el amor divino trinitario nos precede, nos envuelve, nos abre
constantemente el camino que lleva a la casa paterna. En ella nos espera el
Padre para abrazarnos, como en la parábola evangélica del "hijo
pródigo", o mejor, del "Padre misericordioso" (cf. Lc 15,
11-32). Por otra, se nos pide que respondamos con amor fraterno al amor de
Dios. En efecto, el apóstol san Juan, en su primera carta, nos exhorta:
"Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos
amarnos unos a otros. (...) Dios es amor y quien permanece en el
amor permanece en Dios y Dios en
él" (Jn 4, 11. 16). De ese abrazo entre el amor divino y
el humano florecen la salvación, la vida y la alegría eterna.
(de la Audiencia General
del Papa Juan Pablo II el 5 de julio de 2000)


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