La plena conciencia de los valores en
juego.
Quien elige la familia, debe saber que “la familia” le pide que conozca lo que elige. Lo mismo quien escoge el sacerdocio. Estas vocaciones son “otra cosa”: no son reducibles al sentir de quien escoge, el cual no puede determinar por su cuenta que es “la familia”, o què es el “presbiterado”: eso “otro” debe ser acogido como un don al que adaptar la propia vida, para descubrir las riquezas.
Esto significa que la conciencia no se queda al nivel de : “me gusta”, “tengo ganas”, “es bonito hacer el bien”: sino que buscará nutrirse del conocimiento de la naturaleza exacta de la vocación a la cual se siente llamada: se dará cuenta de tener que dar el propio consentimiento no a lo que se siente respecto a aquella realidad, sino a lo que es aquella realidad misma, que es muy diversa de lo que se experimenta de ella. (Dios, la vocaciò, la Iglesia…)
Si se pone el acento sobre el aspecto emocional es cierto que eso sucede. En el matrimonio es esencial el consentimiento:”yo te acojo…”. Cuando se ordena un diácono o un sacerdote o un obispo se les pregunta: “quieres…si, quiero”.
Hay una dimensión de voluntad y de elección para algo que se ha entendido como bueno para la propia vida. Y esta bondad se acoge por la fe y es sustancia de la fe.
Por lo tanto la inteligencia del valor de lo que se escoge, veracidad de aquel valor respecto a la propia vida: elección hecha con “determinada determinación” (Teresa de Ávila).
Es necesario reencontrar las dimensiones del espíritu, que se manifiesta en ests actividades de la conciencia: naturalmente es necesario hacerse ayudar e iluminar por un guía espiritual. La señales de la verdad y la bondad de la elección están en una afectividad caracterizada por sentimientos de felicidad y libertad, junto a fuerza y determinación, que son muy diversas de las emociones vinculadas a la variabilidad de los momentos y de las situaciones.
Hecha la elección, se inicia un camino que lleva también por tramos y caminos difíciles: inicia un camino de libertad, pero también de pruebas, donde el elemento fundamental es la fe. (La falta de fe ha sido el punto débil del pueblo en el desierto: No tuvieron fe en Dios ni esperanza en su salvación, Sal 77)
Hijo si te presentas para servir al Señor, prepárate para las tentaciones. Ten un corazón recto y sé constante, no pierdas el tiempo en la seducción (Sir 2, 1-2)
Recuerda siempre el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer en estos cuarenta años en el desierto, para humillarte y ponerte a prueba, para saber lo que tienes en el corazón (Dt 8,2)


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