7. En
la carta apostólica Novo
millennio ineunte escribí que "a Jesús no se llega
verdaderamente más que por la fe" (n. 19). Precisamente este fue el camino
que siguió María durante toda su vida terrena, y es el camino
de la Iglesia peregrinante hasta el fin de los tiempos. El concilio Vaticano II
insistió mucho en la fe de María, misteriosamente compartida por la Iglesia,
poniendo de relieve el itinerario de la Virgen desde el momento de la
Anunciación hasta el de la pasión redentora (cf. Lumen
gentium, 57 y 67; Redemptoris
Mater, 25-27).
En los
escritos de san Luis María encontramos el mismo énfasis en la fe que vivió la
Madre de Jesús a lo largo de un camino que va desde la Encarnación hasta la
cruz, una fe en la que María es modelo y "tipo" de la Iglesia. San
Luis María lo expresa con una gran riqueza de matices cuando expone a su lector
los "efectos maravillosos" de la perfecta devoción mariana:
"Cuanto más ganéis la benevolencia de esta augusta Princesa y Virgen fiel,
más fe verdadera tendréis en toda vuestra conducta; una fe pura, que hará que
no os inquietéis de lo sensible y de lo extraordinario; una fe viva y animada
por la caridad, que hará que no obréis sino por motivos de puro amor; una fe
firme e inquebrantable como una roca, que os mantendrá firmes y constantes en
medio de las tempestades y las tormentas; una fe activa y penetrante que, como
un divino salvoconducto, proporcionará entrada en todos los misterios de
Jesucristo, en los fines últimos del hombre, y en el corazón de Dios mismo; una
fe animosa que os animará e inducirá a emprender y llevar a cabo, sin titubear,
grandes cosas por la gloria de Dios, y para la salud de las almas; en fin, una
fe que será vuestra lumbrera ardiente, vuestra vida divina, vuestro tesoro
escondido y rico de la divina sabiduría, y vuestra poderosísima arma, de la que
os serviréis para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de
la muerte, para abrasar a los tibios y a los que tienen necesidad de la
caridad, para dar vida a los que están muertos por el pecado, para conmover y
convertir por vuestras dulces y poderosas palabras los corazones de mármol y
arrancar los cedros del Líbano, y en fin, para resistir al demonio y a todos
los enemigos de la salvación" (Tratado de la verdadera devoción,
214, o.c., p. 139).
Como san
Juan de la Cruz, san Luis María insiste sobre todo en la pureza de la fe, y en
su esencial y a menudo dolorosa oscuridad (cf. El Secreto de María,
51-52). Es la fe contemplativa la que, renunciando a las cosas sensibles o
extraordinarias, penetra en las misteriosas profundidades de Cristo. Así, en su
oración, san Luis María se dirige a la Madre del Señor, diciendo:
"No te pido visiones o revelaciones, ni gustos o delicias, aunque fueran
espirituales... Aquí en la tierra no quiero para mí otro don, fuera del que tú
recibiste, es decir, creer con fe pura, sin gustar ni ver nada" (ib., 69).
La cruz es el momento culminante de la fe de María, como escribí en la
encíclica Redemptoris
Mater: "Por medio de esta fe María está unida
perfectamente a Cristo en su despojamiento... Es esta tal vez la más
profunda kénosis de la fe en la historia de la humanidad"
(n. 18).
(de la
carta del Santo Padre Juan Pablo II a la Familia Monfortiana 8 de diciembre de
2003)


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