(Mosaico de Cristo Pantocrátor de estilo bizantino en la Catedral de Cefalù, Sicilia - imagen de Wikipedia)
En toda la
zona se hablaba de un “Desconocido” de Nazareth. En torno a Él se congregaban las muchedumbres.
La persona de Jesús atraía a muchos curiosos llenos de euforia, amantes de los
insólitos hechos que El realizaba y personas fascinadas por las palabras que
escuchaban. Pero era, sobre todo, la
fuerza de su enseñanza lo que avivaba la curiosidad de mucha gente-. La persona
misma de Jesús, su presencia, acrecentaba el entusiasmo por sus enseñanzas. La
gente, escuchándolo, siguiéndolo, de repente descubriría en Él mucho más que a
un joven hombre de Nazareth.
Han reconocido
en Él al profeta, al Mesías, el Dios
esperado desde hacía mucho tiempo. El cumplimiento de las expectativas les
animaba a perseverar a su lado, a pesar del hambre, del calor y de la oposición
oficial de los exponentes religiosos y estatales. ¿Qué no se haría por quien
teniendo plena autoridad se admira y ama?
Cerca de
Jesús estaban también quienes no le dirigían la más mínima atención, quienes lo
consideraban un hombre al que no valía la pena dedicar su tiempo.
Es unja
postura común, antigua como el mundo. Y es propio en circunstancias como esta,
en la que Jesús entra en el corazón de las personas haciendo sentir la llamada,
la vocación. Se coloca ante el hombre, llama a una persona concreta que elige y
a la cual dirige su palabra: “Sigueme”.
No toma en
consideración la situación personal – el trabajo, la familia, los compromisos
sociales, los negocios – y no obstante nuestra oposición, es insistente: “De
Nazareth puede salir algo bueno?” La aventura de los Apóstoles, su vocación,
empieza verdaderamente de esta manera: a partir del abandono de los deberes
cotidianos como la pesca o la recaudación de los tributos, del propio “yo” y de
la decisión de seguir a Jesús en la obediencia, a veces no sabiendo siquiera el
motivo por el que algo se hace de una determinada manera y no de otra, a pesar
de todo, a pesar de la dificultad, del riesgo de persecuciones y rechazo por
parte de los hombres.
Entonces
¿Qué mueve al hombre hacia ese camino?
¿La
sabiduría? No. Si los Apóstoles hubieran entendido la perspectiva de Jesús,
probablemente habrían huido. Basta pensar en Getsemaní, y en el número de
discípulos que permanecieron bajo la cruz.
¿Quizás
mucho dinero? De ningún modo., Por el Evangelio sabemos cómo eran de pobres. A
menudo les faltaba el pan, no tenían casa, aunque la gente se mostraba muy benévola hacia ellos.
Jesús a
menudo les avisaba del peligro de las riquezas, de la excesiva propiedad de
bienes y del apego a ellos. Por lo tanto no era esto lo que les empujaba a
permanecer al lado de Jesús.
¿Entonces
qué? Queremos fe, es decir, conocer a
Jesús y tener confianza en Él. Queremos esperanza, es decir, dejar nuestra
suerte en manos de Jesús. Y, en fin,
tenemos necesidad de enamorarnos de Él. Nadie podrá obstaculizarnos para conseguirlo, o bien
convertirnos en sacerdote o religiosa, en un buen marido y padre, una buena
esposa y madre, y ante todo, en cristianos.
El éxito
de todas las vocaciones depende del grado de familiaridad ocn Jesús. Parece
fácil, pero es difícil de realizar.
¿Necesitas
entonces escapar de este camino? No, orque a Dios no se le dice que no. Él
quiere darnos lo mejor. Es necesario
mucho ánimo, la locura de la fe, de la esperanza y del amor que se da.
Es
necesario volver, cada dia, con la mente, al primer instante en que nació este
amor, cuidarlo cada día y alimentarlo: es la garantía para mantener la frescura
de cada vocación humana.
Padre
Zygmunt Kosowski (Director de la edición polaca de “Totus Tuus” la revista de
la postulación en tiempos del proceso por la beatificación y canonización de
Juan Pablo II) – artículo publicado en el Nro 5, año 2006


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