Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

lunes, 15 de junio de 2026

Espera y asombro del hombre ante el misterio

 


"¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!" (Is 63, 19). Esta gran invocación de Isaías, que sintetiza bien la espera de Dios presente ante todo en la historia del Israel bíblico, pero también en el corazón de cada hombre, no ha caído en el olvido. Dios Padre ha cruzado el umbral de su trascendencia: mediante su Hijo, Jesucristo, ha recorrido los senderos del hombre y su Espíritu de vida y amor ha penetrado en el corazón de sus criaturas. No permite que nos alejemos de sus caminos ni deja que nuestro corazón se endurezca para siempre (cf. Is 63, 17). En Cristo, Dios se acerca a nosotros, sobre todo cuando nuestro "rostro está triste", y entonces, al calor de su palabra, como sucedió con los discípulos de Emaús, nuestro corazón empieza a arder dentro de nosotros (cf. Lc 24, 17. 32). Sin embargo, el paso de Dios es misterioso y exige una mirada pura para descubrirlo, y oídos dispuestos a escucharlo. 

Desde esta perspectiva, queremos reflexionar hoy sobre dos actitudes fundamentales que es preciso adoptar en relación con el Dios-Emmanuel, el cual ha decidido encontrarse con el hombre en el espacio y en el tiempo, así como en la intimidad de su corazón. La primera actitud es la espera, bien ilustrada en el pasaje del evangelio de san Marcos que acabamos de escuchar (cf. Mc 13, 33-37). En el original griego encontramos tres imperativos que articulan esta espera. El primero es: "Estad atentos"; literalmente: "Mirad, vigilad". "Atención", como indica la misma palabra, significa tender, estar orientados hacia una realidad con toda el alma. Es lo contrario de distracción que, por desgracia, es nuestra condición casi habitual, sobre todo en una sociedad frenética y superficial como la contemporánea. Es difícil fijar nuestra atención en un objetivo, en un valor, y perseguirlo con fidelidad y coherencia. Corremos el riesgo de hacer lo mismo también con Dios, que, al encarnarse, ha venido a nosotros para convertirse en la estrella polar de nuestra existencia.

Al imperativo "estad atentos" se añade "velad", que en el original griego del evangelio equivale a "estar en vela". Es fuerte la tentación de abandonarse al sueño, envueltos en las tinieblas de la noche, que en la Biblia es símbolo de culpa, de inercia y de rechazo de la luz. Por eso, se comprende la exhortación del apóstol san Pablo: "Vosotros, hermanos, no vivís en las tinieblas, (...) porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados" (1 Ts 5, 4-6). Sólo liberándonos de la oscura atracción de las tinieblas y del mal lograremos encontrar al Padre de la luz, en el cual "no hay fases ni períodos de sombra" (St 1, 17). 

(de la AudienciaGeneral del Papa Juan Pablo II del 26 de julio de 2000)

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