Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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lunes, 25 de agosto de 2025

Los Papas del Concilio Vaticano II – (8 de 8) “Los otros Papas” Joseph Ratzinger – Benedicto XVI – Luis Marin de San Martin, OSA

 

Hubo otros tres hombres que participaron en el Concilio durante todas sus etapas y que, andando el tiempo, llegarán a la sede de Pedro con los nombres de Juan Pablo I (1978), Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI. Estas líneas quieren ser un breve apunte sobre estos otros papas del Vaticano II que nos permita vislumbrar cómo vivieron el Concilio Albino Luciani, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger


 

Joseph Ratzinger

 

Cuando se inauguró el Concilio, Ratzinger no era obispo y sin embargo tuvo un destacado papel en él. Contaba treinta y cinco años, y era profesor de Teología fundamental en la Universidad de Bonn. El arzobispo de Colonia, cardenal Joseph Frings había acudido a escuchar una conferencia suya sobre la teología del Concilio en la Academia Católica de Bensberg y se sintió impresionado positivamente por la claridad de ideas y el pensamiento del joven profesor. Comenzó a enviarle los textos preparatorios del Concilio y a solicitar su parecer. «Indudablemente la renovación bíblica y patrística que había tenido lugar en los decenios precedentes había dejado pocas huellas en esos documentos que daban así una impresión de rigidez y de escasa apertura, de una excesiva ligazón con la teología escolástica, de un pensamiento demasiado erudito y poco pastoral; pero hay que reconocer que habían sido elaborados con cuidado y solidez de argumentaciones». 

El cardenal Frings llevó al profesor Ratzinger al Concilio en calidad de consejero teológico, encargo que cambiaría al final de la primera sesión por el de perito del Concilio. Manifestó su interés por el nuevo rumbo de la reforma litúrgica y aportó sugerencias sobre el tema al cardenal Frings, pero fue en el asunto de la Revelación donde su trabajo tuvo mayor importancia. A instancias de Frings elaboró un breve texto en el que recogía diversas ideas alternativas al polémico esquema redactado por la Comisión y en el que intentaba explicar su punto de vista. El texto, apresurado, no podía competir con el oficial, por tanto se pidió al joven teólogo que colaborara con Karl Rahner en un texto más desarrollado. El 25 de octubre de 1962 los teólogos Rahner y Ratzinger presentaron en la iglesia romana de Santa Maria dell’Anima el fruto del trabajo realizado, con asistencia de varios cardenales. Recibido con cierto apoyo, al final tampoco fue aceptado por los padres conciliares, al considerarlo demasiado genérico aunque, como hemos visto, también fue rechazado el esquema oficial. «De modo que se debía proceder a rehacer el texto. Después de complejas discusiones, sólo en la última fase de los trabajos conciliares se pudo llegar a la aprobación de la constitución sobre la palabra de Dios, uno de los textos más relevantes del Concilio». 

En el verano de 1963 Joseph Ratzinger obtuvo la cátedra de Teología Dogmática en la Universidad de Tubinga. Continuó colaborando con el cardenal Frings y ofreciendo sus reflexiones a los diferentes esquemas tratados en el Vaticano II. En un artículo publicado en la nueva revista Concilum habló de las Conferencias Episcopales y del modo de realizar el concepto de colegialidad que representan: una colegialidad no sólo con la cabeza, sino también con los demás obispos de las Iglesias particulares. También defendió el incipiente ecumenismo y reflexionó sobre María como modelo de la Iglesia, aunque con cierto recelo a una excesiva veneración a la Virgen: «Personalmente, al principio, estaba determinado por el severo cristocentrismo del movimiento litúrgico, que el diálogo con mis amigos protestantes intensificó todavía más». 

Colaboró en la redacción de la constitución Lumengentium y del decreto Ad gentes y aportó sus ideas a la discusión sobre la futura constitución Gaudium et spescuyo primer proyecto le pareció demasiado ingenuo y poco teológico. Según él «la fe se presentaba como una especie de oscura filosofía sobre cosas de las que no se sabe nada». El 8 de diciembre de 1965 se clausuró el Concilio Vaticano II, con una gran riqueza a desarrollar. Según Ratzinger, sus principales logros son de extraordinaria importancia: la reforzada importancia a la Biblia y a los Padres de la Iglesia, la afirmación de la esencia de la Iglesia, el acento ecuménico, la renovación litúrgica, la inserción del primado en el conjunto de la doctrina sobre la Iglesia, la doctrina mariológica y la incorporación de la jerarquía en el misterio del cuerpo de Cristo. Joseph Ratzinger desarrolló su trabajo como profesor en la Universidad de Tubinga hasta 1969, año en el que ocupó una de las cátedras de Teología Dogmática abiertas en la Universidad de Ratisbona. En marzo de 1977 fue nombrado arzobispo de Munich y Frisinga y creado cardenal en el consistorio del 27 de junio del mismo año. 

Con Juan Pablo II asumió la tarea de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1981, cargo al que unió en 2002 el de decano, hasta su elección como sucesor de Pedro el 19 de abril de 2005, en la cuarta votación del cónclave. El de Benedicto XVI es quizás el pontificado del último papa que ha vivido directamente como protagonista el Concilio Vaticano II.



 En este enlace texto completo de 

Concilio Vaticano II 40 años después  - Centro Teologico San Agustin 


Invito leer el muy interesante y exhaustivo escrito de   Pablo Blanco Sarto: El concilio de Joseph Ratzinger Notas sobre su actividad durante el Vaticano II 

 Universidad de Navarra. Facultad de Teología / pblanco@unav.es


Los Papas del Concilio Vaticano II – (7 de 8) “Los otros Papas” Karol Wojtyla – Juan Pablo II - Luis Marin de San Martin, OSA

 Hubo otros tres hombres que participaron en el Concilio durante todas sus etapas y que, andando el tiempo, llegarán a la sede de Pedro con los nombres de Juan Pablo I (1978), Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI. Estas líneas quieren ser un breve apunte sobre estos otros papas del Vaticano II que nos permita vislumbrar cómo vivieron el Concilio Albino Luciani, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger.


Karol Wojtyla El papel de Karol Wojtyla en el Concilio Vaticano II fue sin duda mucho más activo que el de su antecesor. Cuando se inauguró el Concilio tenía cuarenta y dos años y era obispo auxiliar de Cracovia desde 1958, cuando Pío XII lo nombró contando apenas contaba treinta y ocho años. Tras la muerte del arzobispo de Cracovia, Eugeniusz Baziak, el 15 de junio de 1962, monseñor Wojtyla había sido elegido vicario capitular a la espera del difícil nombramiento del nuevo arzobispo. En esta condición participó en la apertura del Vaticano II

Durante la primera sesión intervino brevemente el 7 de noviembre de 1962 en el debate sobre la renovación litúrgica, pidiendo que en el nuevo rito del Bautismo se insistiera en la obligación de los padres y padrinos de educar al niño en la fe. También intervino el 21 de noviembre en el debate sobre las fuentes de la Revelación, insistiendo en que la Revelación no es tanto comunicación de conocimientos cuanto autorrevelación de Dios, y presentó un texto escrito en el debate sobre la naturaleza y misión de la Iglesia, en el que propuso reconocer una vocación laica específica. En el segundo período, otoño de 1963, participó en la discusión sobre la Iglesia como pueblo de Dios, tanto oralmente como por escrito, argumentando sobre la realidad de la Iglesia y su misión en el mundo, entendida desde la trascendencia, y sobre la vocación a la santidad. El 30 de diciembre de 1963 Wojtyla fue nombrado arzobispo de Cracovia y como tal participó en las dos siguientes sesiones conciliares. En la tercera presentó un largo escrito, en nombre del episcopado polaco, sobre el lugar que debía ocupar la Virgen María en el proyecto de documento sobre la Iglesia, a lo que añadió una intervención personal escrita en la que pedía que el capítulo sobre la Virgen no fuera el último del documento, sino el segundo, inmediatamente detrás del dedicado al misterio de la Iglesia. Su propuesta no tuvo éxito. En la discusión sobre la libertad religiosa intervino una vez de forma oral, el 25 de septiembre, y dos por escrito. En ellas presentó la libertad religiosa tanto un asunto ecuménico como una cuestión propia de las relaciones Iglesia-Estado y ofreció una reflexión sobre la libertad, considerándola en su relación con la verdad, destacando el papel de la religión, que no aliena, sino que ayuda al ser humano a alcanzar su destino. El 8 de octubre de 1964 intervino en el debate sobre el apostolado de los laicos pidiendo el diálogo con los fieles bautizados y una eclesiología no clericalizada. También aportó un escrito sobre el tema específico del apostolado propio de los laicos en la Iglesia. Sin embargo, su principal contribución fue respecto al esquema sobre la Iglesia en el mundo moderno, que daría origen a la constitución Gaudium et spes. El 21 de octubre de 1964 habló para pedir que se tuviera una visión amplia al hablar de «mundo» y no reducirlo a las sociedades avanzadas de Europa y América del Norte. También pedía evitar una actitud negativa y cualquier clase de soliloquio magisterial. La Iglesia debía hacer su propuesta a la modernidad con argumentos, entrando en diálogo con el mundo.



Durante la cuarta sesión volvió a intervenir tanto oralmente como por escrito sobre el tema de la libertad religiosa. En septiembre de 1965 habló argumentando que no es suficiente decir «soy libre», sino «soy responsable» y ofreció una declaración escrita en la que proponíasentar la libertad religiosa como doctrina revelada que está en consonancia con la razón. Varias de las ideas de Wojtyla están recogidas en el texto final de la Dignitatis humanae. 

 El 28 de septiembre de 1965 tomó la palabra en el debate sobre la Iglesia en el mundo moderno, con un discurso en el que habló de la Redención de Cristo como prisma desde el cual la Iglesia hace su propuesta sobre el mundo: no es algo extrínseco al mundo, sino que le da sentido. También defendió la legítima autonomía de las realidades temporales, aunque pidió que, así como la Iglesia debe abrirse al mundo, también el mundo debe abrirse a la posibilidad de trascendencia. E insistió en que el diálogo con el ateísmo debe hacerse siempre con argumentos. Concluyó afirmando que la fe cristiana es liberadora en el más profundo sentido de la libertad humana. Hubo otras dos intervenciones de Wojtyla sobre la Gaudium et spes.  

La primera eran una serie de enmiendas a los textos, la otra tocaba el tema del amor matrimonial y pedía dialogar con las parejas casadas sobre la castidad conyugal y el método moralmente apropiado para el control de la natalidad. Así pues, la participación del Karol Wojtyla en el Concilio fue muy rica. Creado cardenal por Pablo VI el 28 de junio de 1967, lo que anunciaban sus intervenciones durante el Vaticano II lo fue desarrollando en los años posteriores como profesor universitario y arzobispo. También en su activa presencia en las sucesivas asambleas del Sínodo de los obispos podemos encontrar ya muchos de los temas y de las orientaciones que marcarán su largo y fecundo pontificado, iniciado en la tarde del 16 de octubre de l978, cuando fue elegido sucesor de Juan Pablo I en la octava votación del cónclave, y concluido a las 21,37 del sábado 2 de abril de 2005. Aún hace falta cierta perspectiva para evaluar de forma completa la huella de Juan Pablo II en la Iglesia de nuestro tiempo, pero su vínculo con el Concilio Vaticano II debe ofrecernos, sin duda, una fuerte línea de reflexión

Los Papas del Concilio Vaticano II – (6 de 8) “Los otros Papas” Albino Luciani – Juan Pablo I - Luis Marin de San Martin, OSA

 

Hubo otros tres hombres que participaron en el Concilio durante todas sus etapas y que, andando el tiempo, llegarán a la sede de Pedro con los nombres de Juan Pablo I (1978), Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI. Estas líneas quieren ser un breve apunte sobre estos otros papas del Vaticano II que nos permita vislumbrar cómo vivieron el Concilio Albino Luciani, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger.

 Albino Luciani

 



Cuando Juan XXIII inauguró el Concilio en 1962, uno de los obispos que tomaron parte en la procesión y posterior celebración solemne fue Albino Luciani, que acababa de cumplir cincuenta años y era obispo de Vittorio Véneto desde 1958. No tomó la palabra nunca, ni intervino en ninguna de las sesiones conciliares, aunque siguió atentamente los debates y tomó abundantes notas, que le sirvieron para escribir numerosas cartas a sus diocesanos, en las que les informaba sobre los principales temas, con un estilo muy particular, casi a modo de conversación, lleno de anécdotas y citas. Era partidario de la renovación y aggiornamento de la Iglesia, término que prefería al de reforma, ya que este término insinuaba un estado de decadencia que, de hecho, no existía. Para él todo cambio deberá hacerse desde el respeto a la ortodoxia, fundamentado en la tradición viva de la Iglesia: «Se puede cambiar y se podrá decir: la Iglesia que sale del Concilio es todavía la de ayer pero renovada. Pero nunca se podrá decir: tenemos una nueva Iglesia, diferente de la que teníamos ayer»

Respecto a los grandes argumentos del Concilio, el interés de Luciani se centró principalmente en tres puntos: la reforma litúrgica, la libertad religiosa y la vida de la Iglesia. Al comentar las modificaciones introducidas en la misa, uno de los temas estrella del Concilio, Albino Luciani decía que el punto de partida conciliar había sido «qué tipo de ayuda se ha de ofrecer al fiel para que recoja el mayor fruto posible». Y la ayuda ofrecida era triple: potenciar y resaltar la lectura de la palabra de Dios; usar la lengua materna de cada país108; simplificar los ritos. Por lo que se refiere a la libertad religiosa, sabemos que produjo en él un auténtico choque que le llevó a un verdadero cambio de mentalidad y de apertura a las nuevas orientaciones propuestas por el Vaticano II. Él había estudiado en el seminario que sólo la verdad tenía derechos y, por tanto, era justo privar de la libertad religiosa a quienes se alejaban de la verdad. Ahora la perspectiva cambiaba: «También he cambiado yo. Antes pensaba de manera diferente y lo enseñaba así. La verdad permanece intacta, pero se propone de manera diversa, con respeto a las personas». Y lo explicaba así: «Todos estamos de acuerdo en que sólo hay una verdadera religión, y el que la conoce está obligado a practicar nada más que aquella. Pero, dicho esto, hay otras cosas que también son justas y es necesario decirlas. Es decir, que quien no se siente católico tiene derecho a profesar su religión con más motivo. El derecho natural dice que cada cual tiene derecho a buscar la verdad»109. En cuanto a la vida de la Iglesia, Luciani mostró siempre una acendrada defensa de la autoridad del papa basada en el amor a su figura como sucesor de Pedro y como garantía de la unidad de la eclesial. Alejarse del papa y de su magisterio significaría romper esta unidad y poner en cuestión la estabilidad110. También merece destacarse el interés de Luiciani por el laicado y el entusiasmo con el que acogió la promulgación de textos como

Lumengentium. 

Apostolicamactuositatem 

o Gaudium et spes 

en la que veía oficialmente reconocidas intuiciones que él había procurado llevar a la práctica, dentro de sus posibilidades, ya antes del Concilio. Albino Luciani fue nombrado patriarca de Venecia en 1969 y cardenal en el consistorio del 5 de marzo de 1973. Elegido papa el 26 de agosto de 1978, fue encontrado muerto, tras un fugaz pontificado, en la mañana del 29 de septiembre del mismo año. De él queda la imagen cercana y sonriente de un pastor según el espíritu del Concilio y el recuerdo inolvidable de un cristiano sencillo y bueno.

 

  Eneste enlace puede leerse el texto completo de

Concilio Vaticano II 40 años después  - Centro Teologico San Agustin 

 

 

Los Papas del Concilio Vaticano II – (5 de 8) Pablo VI – Luis Marin de San Martin, OSA

 


PABLO VI, EL TIMONEL DEL CONCILIO

 (El texto correspondiente al Papa Pablo VI es muy extenso. He tratado de  no saltear ningún punto importante. De todas maneras cualquier duda  sugiero referirseal texto original,  verdadero tesoro que expone y analiza minuciosamente preparativos, desarrollo y resultados (Pre Concilio, desarrollo y Post Concilio) de esta magnifica obra que el Papa Juan Pablo II llamara "la gran gracia de la que se ha beneficiado la Iglesia en el siglo XX” y el Papa Benedicto XVI  “nuevo Pentecostes”.  

El cónclave para decidir la difícil sucesión de Juan XXIII comenzó el 19 de junio de 1963 y concluyó a mediodía del 21 con la elección del cardenal Giovanni Battista Montini como nuevo papa con el nombre de Pablo VI. Aun siendo el candidato más claro, hicieron falta seis votaciones en un cónclave no tan fácil como cabría suponer y en el que la minoría conciliar intentó condicionar los necesarios dos tercios. La gran pregunta era sí el nuevo papa iba a continuar el Vaticano II y desde qué perspectivas. Para responder es preciso analizar la actitud del cardenal Montini respecto al Concilio. Cuando Juan XXIII anunció su decisión el 25 de enero de 1959, Montini fue uno de los primeros en reaccionar. En efecto, un día después publicó un artículo en el periódico milanés L’Italia en el que expresaba de forma inequívoca su pensamiento: «El anuncio dado por Su Santidad Juan XXIII, el papa felizmente reinante, sobre la próxima convocatoria de un Concilio ecuménico resuena con ecos tan elevados y potentes en la Iglesia de Dios, en las comunidades cristianas separadas, en el mundo entero, que no necesita de nuestra voz para que todos, sacerdotes y fieles, hombres de pensamiento y de acción, lo acojamos con atención y emoción. Se trata de un acontecimiento histórico muy grande [...]. La Iglesia, ciudad sobre el monte, se colocará en la cumbre de los pensamientos y acontecimientos humanos, y, una vez más, aparecerá con su espléndida y misteriosa luz, como mensajera de las palabras divinas y orientadora de los destinos humanos»49. Aquí tenemos ya dos rasgos de importancia crucial: el apoyo entusiasta al Concilio y la idea de la Iglesia como eje central del mismo. En cuaresma de 1962 publicó una carta pastoral titulada Pensemos en el Concilio, en la que iba precisando su pensamiento en la necesidad de aprovechar la posibilidad que se abría y de orientar el Concilio hacia la renovación y revitalización eclesial y que influirá de forma clara en el discurso inaugural del Concilio, pronunciado por Juan XXIII el 11 de octubre. Montini consideraba urgente profundizar en el misterio de la Iglesia, como manifestación de la auténtica catolicidad y avance en el desarrollo de la colegialidad. También fueron muy importantes cuatro conferencias pronunciadas por el cardenal de Milán en este tiempo previo a la inauguración del Vaticano II: Los Concilios ecuménicos en la vida de Iglesia, en agosto de 1960 a los alumnos de la Universidad Católica de Milán; El Concilio ecuménico en el cuadro histórico internacional, el 27 de abril de 1962 en el Instituto de Política Internacional; Los Concilios en la vida de la Iglesia, también en la Universidad Católica de Milán en 1962; Roma y el Concilio, el 10 de octubre de 1962, víspera de la inauguración del Vaticano II, en el Campidoglio de Roma.

(…)

Juan XXIII designó a Montini miembro de dos Comisiones preparatorias: la Central y la Técnico-Administrativa53, desarrollando en ella un trabajo concienzudo y discreto, sin liderar ningún grupo, pero siempre activo desde una actitud renovadora. Cabe señalar que, por expreso deseo de Juan XXIII, durante el Concilio residió dentro del recinto Vaticano. Durante la primera sesión conciliar Montini sólo intervino dos veces. La primera fue el 22 de octubre de 1962 a propósito de la discusión del esquema sobre la Liturgia y en ella resaltó que el hecho de que la gente mostrara tanto aprecio por el esquema era debido a que la liturgia era para el pueblo y no al revés, por eso la renovación conseguiría una mayor eficacia pastoral. La segunda, de más calado, fue el 5 de diciembre a propósito del esquema sobre la Iglesia.

(…)

 

El proyecto Montini Sin embargo, la aportación más destacada de Montini tuvo lugar el 18 de octubre de 1962, con el Vaticano II ya inaugurado, cuando escribió una carta al secretario de Estado, cardenal Amleto Giovanni Cicognani, para pedir una estructura más precisa y coherente en el desarrollo de los trabajos conciliares, un tanto desbordados, insistiendo, en la línea del cardenal Suenens, en que el Concilio debía centrarse en el tema de la Iglesia. (ver texto original donde se detallan los puntos completos bajo el titulo El proyecto Montini) file:///C:/Users/SP/Downloads/Dialnet-ConcilioVaticanoII-652294.pdf

 

(…)

No cabe duda de que Giovanni Battista Montini tenía una idea clara y precisa sobre lo que debía ser el Concilio, tanto respecto al hilo conductor (la Iglesia) como respecto al modo de proceder en su estudio y desarrollo.

 

Reanudar el Concilio. Al día siguiente de su elección, Pablo VI disipó todas las dudas respecto a la continuidad del Concilio: «La prosecución del Concilio Vaticano II, al cual vuelven sus ojos todos los hombres de buena voluntad, reclama, y con razón, las primicias de nuestro pontificado, Esta será nuestra tarea más importante y en la cual estamos prontos a consumir todas nuestras fuerzas». En efecto, el papa fijó la fecha del 29 de septiembre de 1963 para el inicio de la segunda sesión y tomó varias disposiciones, que mejoraran el aspecto organizativo y que fueron anunciadas el 13 de septiembre.

(…)

 ¿Qué podemos decir sobre esta segunda etapa? Principalmente que el Concilio encontró una clara orientación, manifestada ya en el discurso inaugural pronunciado por el papa Pablo VI, en el que fijó cuatro objetivos para el Concilio: perfilar la teología de la Iglesia; renovación interna; promoción de la unidad de los cristianos; diálogo con el mundo contemporáneo. El papa mantuvo una postura no tanto de neutralidad cuanto de enorme respeto, dejando total libertad en las discusiones y sin imponer su presencia en el aula, a pesar de ser, como papa, presidente del Concilio. Sus intervenciones en esta segunda etapa las encontramos en los retoques al Reglamento y en los encargos enviados a las Comisiones, además de las audiencias, viajes y gestos, que deben leerse desde la perspectiva conciliar. Durante esta etapa el Concilio alcanzó su edad adulta y, al finalizar, estaba en curso un debate de gran altura teológica a propósito del esquema sobre la Iglesia y más en concreto sobre el tema de la colegialidad, que comentaremos más adelante y que ocasionó una significativa intervención del papa.

 

(…) Gestos y signos . Hacia la renovación de la Curia A Montini se le había considerado siempre dentro de la línea reformista y abierta, ligado a los episcopados centroeuropeos y con gran influencia francesa en su formación, de ahí los recelos que su elección ocasionaba en ciertos ambientes de la Curia, que habían logrado de Pío XII su alejamiento a Milán en 1954. Verle retornar como papa ocasionaba algunas desconfianzas (…)  Desde los primeros momentos como papa, Pablo VI intentó ser «puente»; él mejor que nadie podía lograr atraer a la Curia Romana y a la minoría conciliar a implicarse en el Vaticano II de modo que nadie se sintiera excluido.

(…)

Pablo VI procurará ser el timonel de este aggiornamento, que él entendía desde la vinculación con Cristo.

 

(…)

 El papa que besó la tierra.  Los viajes al extranjero fueron un gesto de excepcional importancia encuadrados en la vivencia conciliar. En el discurso de clausura de la segunda sesión, pronunciado el 4 de diciembre de 1963, Pablo VI anunció su intención de viajar a Tierra Santa: «Después de madura reflexión y de largas oraciones, hemos determinado dirigirnos  en peregrinación a la patria de Nuestro Señor Jesucristo».

 


(…) El viaje a Tierra Santa del 4 al 6 de enero de 1964 tuvo un marcado contenido ecuménico, al encontrarse en Jerusalén con el patriarca de Constantinopla, Atenágoras I y debemos inscribirlo dentro de la apertura de la Iglesia hacia los cristianos no católicos y hacia las otras grandes religiones que marcará el Concilio.

(…)

La nueva sensibilidad ecuménica traerá consigo un gesto de gran significado: el levantamiento simultáneo de los anatemas y excomuniones entre Roma y Costantinopla el 7 de diciembre de 1965, poco antes de concluir el Concilio Vaticano II.

Si el viaje a Tierra Santa supuso en encuentro con los hermanos separados y con las otras dos religiones del Libro (judaísmo e islamismo), el siguiente viaje del papa Montini, que besaba la tierra de cada país al que llegaba , avanzó en el diálogo religioso, en la tarea misionera y en la apertura de la Iglesia a los más desfavorecidos. La ocasión fue el XXXVIII Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Bombay (India). Así, el 2 de diciembre de 1964, concluida ya la tercera sesión conciliar, Pablo VI llegó a la India. Allí estuvo hasta el 5 de diciembre. En conjunto, podemos decir que este viaje quiso ser testimonio de la universalidad de una Iglesia servidora que ha sabido encontrar el lenguaje común del corazón. Así lo comentó después a su regreso

(…)


El tercer viaje conciliar fue a la sede de la ONU, en Nueva York, durante la cuarta sesión del Vaticano II. El papa indicaba así la necesaria apertura al mundo y la apuesta inequívoca de la Iglesia por la paz. Fue una visita rapidísima, ya que Pablo VI salió de Roma el 4 de octubre de 1965 y regresó al día siguiente, pero muy intensa y de un gran significado, en la línea de la constitución Gaudium et spes del Concilio, ya casi a punto de finalizar. Suponía culminar la apertura de Juan XXIII a todos los hombres de buena voluntad y el luminoso contenido de la encíclica Pacem in terris. Al dirigirse a la Asamblea General Pablo VI pronunció un discurso denso y bellísimo, pronunciado en lengua francesa. Declaró que se dirigía a los representantes de las naciones como hombre y como hermano, con sencillez y humildad, llevando el saludo del Concilio reunido en Roma, expresión de una Iglesia servidora y experta en humanidad. E hizo un vehemente llamamiento a la paz: «¡Nunca jamás los unos contra los otros; jamás, nunca jamás!». Y fue aún más lejos: «Si queréis ser hermanos, dejad que caigan de vuestras manos las armas. Es imposible amar con armas ofensivas en la mano».

(…)

 Cuestiones teológicas y doctrinales. Pensar la Iglesia En octubre de 1963, durante la segunda etapa del Concilio, se había comenzado a discutir el esquema sobre la Iglesia, presentado el 30 de septiembre por el cardenal Alfredo Ottaviani. Además, a iniciativa del cardenal Suenens, que había informado al papa, se adjuntaba una propuesta para cambiar el orden de los temas, anteponiendo el capítulo sobre el pueblo de Dios al capítulo sobre la jerarquía. Al no haber acuerdo, acudieron a Pablo VI, pensando cada grupo contar con su apoyo. La respuesta del papa Montini fue significativa: «De hecho, mi opinión privada es la de Ottaviani; pero cuando usted [Suenens] abogó a favor de la inversión, no dije nada, dejando abierta la cuestión a la libre discusión conciliar [...]. En verdad, debo decir que no estoy convencido del cambio deseado». Sin embargo, dejó hacer y la propuesta se aprobó por gran mayoría. Pronto surgieron dos temas principales de discusión: la doctrina del Colegio Episcopal y la reintroducción del diaconado permanente. Respecto al primer asunto se produjo un apasionado debate en el que se quiso involucrar al papa.

 

La crisis de noviembre Un año después, en noviembre de 1964, encontramos otra importantísima intervención del papa Pablo VI, no exenta de profundas consecuencias. En efecto, el 16 de noviembre se inició lo que algunos comentaristas, probablemente de manera un tanto excesiva, han definido como «semana negra». Ese día el secretario del Concilio, monseñor Pericle Felici, presentó a los padres la Nota explicativa previa, añadida al texto definitivo de la constitución sobre la Iglesia. Se trataba de un añadido por orden de Pablo VI («de la autoridad superior», se decía en el texto), que había sido preparado dentro de la Comisión Teológica y según el cual debía explicarse y comprenderse el capítulo III (constitución jerárquica de la Iglesia).

(para detalles ver texto original) file:///C:/Users/SP/Downloads/Dialnet-ConcilioVaticanoII-652294.pdf

 

(…)

La tensión creció con una segunda decisión del papa. El 19 de noviembre el cardenal Tisserant comunicó a los padres que se aplazaba la votación del documento sobre libertad religiosa… El trasfondo era una petición de un 10 % de padres conciliares, en su mayoría italianos y españoles, que habían pedido más tiempo para estudiar el texto. Ni la recogida de firmas, ni la expresa petición a Pablo VI por parte de los cardenales norteamericanos Meyer y Ritter consiguieron que se volviera sobre la decisión adoptada. Tan sólo la concesión de que la libertad religiosa sería el primer tema a tratar el siguiente año. El tercer golpe tuvo lugar el mismo día 19 de noviembre de 1964 cuando el, arzobispo Felici comunicó la introducción, por parte del Secretariado para la Unidad, de 19 modificaciones en el esquema sobre ecumenismo, para una mayor claridad del texto. Pronto se supo que Pablo VI, presionado por varios padres de la minoría conciliar, había enviado la víspera al Secretariado para la Unidad 40 modos de entre los cuales debían seleccionar los que mejor podían armonizarse con el texto del esquema.

(…)

La cuarta decisión del papa fue sobre Mariología. En la sesión de clausura de la tercera etapa conciliar, el 21 de noviembre de 1964, tras promulgar la constitución dogmática Lumen gentium, Pablo VI proclamó a María Madre de la Iglesia: «Para gloria de la Virgen María y consuelo nuestro, declaramos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, de todo el pueblo cristiano, tanto fieles como pastores, que la llaman Madre amantísima, y decretamos que con este dulcísimo nombre, ya desde ahora, todo el pueblo cristiano honre e invoque a la Madre de Dios». Esta decisión no fue entendida por algunos, que acusaron al papa de entorpecer de forma gratuita el incipiente ecumenismo, además de provocar confusión ya que parecía colocar a María por encima de la Iglesia. Esto era lo que había movido a la ComisiónTeológica a evitar que se incluyera este título en el texto definitivo de la Lumen gentium y a explicar otro título polémico como el de Mediadora.

 

La libertad religiosa De signo distinto fue la intervención de Pablo VI respecto al documento sobre la libertad religiosa, reelaborado en profundidad, que se debatió del 15 al 21 de septiembre de 1965. Era un tema especialmente querido para el papa, que se había reunido el 6 de mayo con el arzobispo Felici, secretario del Concilio, y con el teólogo Carlo Colombo para hablar del tema. Pablo VI escribió de su puño y letra un memorandum de cinco páginas en el que sintetizaba su pensamiento sobre la libertad religiosa, sólidamente fundamentado en la Sagrada Escritura.

(…)

 

La notas escritas Pablo VI expresó también su voluntad por medio de textos escritos. Entre ellos podemos destacar, por su particular importancia, tres cartas escritas durante el último período de sesiones del Concilio. La primera, enviada al cardenal Tisserant y al secretario del Concilio, monseñor Felici, fue leída a los padres el 11 de octubre. En ella el papa expresaba su deseo de que no se debatiera públicamente el tema del celibato sacerdotal, dentro del debate del esquema sobre el ministerio y vida de los presbíteros, ya que era un tema que requería suma prudencia. Personalmente manifestaba su deseo no sólo de mantener el celibato en la Iglesia latina, sino de reforzar su observancia, ya que con esta ley los sacerdotes pueden consagrar todo su amor sólo a Cristo y dedicarse totalmente al servicio de las almas.

(…)

El 18 de octubre el papa envió otra carta a la Comisión a través de la Secretaría de Estado para matizar varios puntos discutidos en el esquema sobre la Divina Revelación.

(…)

 

El 24 de noviembre de 1965, durante una reunión de la Comisión mixta encargada de trabajar en el esquema sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, el P. Sebastian Tromp leyó una carta enviada por el secretario de Estado, cardenal Amleto Giovanni Cicognani, sobre algunos asuntos relacionados con el matrimonio y la familia. Comunicaba el deseo del papa de que se citara explícitamente la Casti connubii de Pío XI y se rechazaran claramente los anticonceptivos, pues los silencios y las dudas sobre el tema podían confundir a la opinión pública. La carta incluía también cuatro modos o enmiendas.

Los auditores laicos escribieron otra carta a Pablo VI manifestando su temor de los efectos que tendría en los fieles una mera reafirmación de la encíclica del papa Ratti. La carta la entregó el cardenal Maurice Roy al sustituto de la Secretaría de Estado, monseñor Angelo Dell’Acqua98. El papa respondió por escrito que no había sido su intención imponer una fórmula definitiva ni tampoco zanjar el tema de la regulación de la natalidad, que estaba estudiando una Comisión nombrada por el propio Pablo VI. Al final se introdujeron las modificaciones indicadas por el papa, pero con fórmulas mucho más suaves y, en algún caso, de compromiso.

 

Hacia el final del Concilio  El papa del consenso Pablo VI había ido evolucionando desde la no intervención durante el segundo período de sesiones hasta la frecuente expresión de indicaciones y sugerencias en el cuarto período, pasando por las claras tomas de postura habidas durante el tercero. Muchos se sorprendieron porque, con muchas de estas decisiones, el papa pareció separarse de la mayoría renovadora y, sobre todo, por el hecho de que algunas, como las de noviembre de 1964, fueran impuestas desde arriba sin la participación del Concilio.

(…)

¿Cuál era el Montini verdadero? Son conocidas las presiones que Pablo VI padecía por parte de los distintos grupos conciliares, que intentaban atraerlo a sus filas o, al menos, utilizarlo para respaldar su particular modo de concebir el Concilio y la Iglesia. Como se ha escrito con acierto, Giovanni Battista Montini, «si era un renovador de inteligencia, era también un equilibrado de estilo». Y, podemos añadir, también de carácter. En los difíciles forcejeos conciliares, muchos se sintieron decepcionados con el papa porque no respondía sus previsiones, porque no se adaptaba al Pablo VI que habían imaginado, en perfecta correspondencia con sus propios intereses, sin dejarse convertir en un mero instrumente de facciones.

(…)  Advertía el peligro de que la mayoría conciliar monopolizara el Vaticano II y que sectores significativos de la Iglesia se sintieran excluidos. Por eso procuró integrar y buscar.

(…) De aquí arrancó su imagen de hombre fluctuante, que no contentaba a nadie, sin una línea definida: un hombre de carácter vacilante, perplejo, indeciso Fue el gran drama de Pablo VI, que le acompañó durante todo su pontificado y del que él fue siempre muy consciente.

 

El principio de muchas cosas El 8 de diciembre de 1965 se clausuró solemnemente el Concilio Vaticano II. El papa pronunció una breve homilía, ya que el verdadero discurso de clausura lo había tenido el día anterior en la basílica Vaticana durante la última sesión pública. Comenzaba su reflexión desde una perspectiva netamente religiosa: «¿Podemos decir que hemos alabado a Dios, que hemos buscado su conocimiento y su amor, que hemos avanzado en el esfuerzo de su contemplación, en el ansia de su celebración y en el arte de anunciarlo a los hombres que nos miran como pastores y maestros de los caminos de Dios? Nos creemos sinceramente que así es». Pasaba luego a exponer el tema conductor del Concilio, que había sido «la consideración sobre la Iglesia, su naturaleza, su estructura, su misión ecuménica, su obra apostólica y misionera». Volverse sobre sí misma ha permitido a la Iglesia comprender mejor la palabra de Cristo y avanzar en la vivencia de la fe y del amor para comunicarla a todos los rincones de la tierra. Por eso, en el Concilio, la Iglesia ha sentido la necesidad «de conocer la sociedad que le rodea, de acercarse a ella, de comprenderla, de penetrar en ella, servirla y transmitirle el mensaje del Evangelio y de aproximarse a ella siguiéndola en su rápido y continuo cambio». Esta atención del Concilio y su juicio sobre el hombre ha sido fundamentalmente optimista, rechazando los errores desde el respeto y el amor a la persona y procurando siempre su prosperidad. Por eso la Iglesia, servidora de la humanidad, no ha querido definir dogmas, sino proponer su autorizado magisterio con amor pastoral. Concluía el papa haciéndose una pregunta y expresando un deseo y una convicción: «¿No nos enseña finalmente el Concilio a amar al hombre de un modo simple, nuevo, solemne, para amar a Dios? Amar al hombre no como instrumento, sino como fin primero para llegar al fin supremo que trasciende las cosas humanas.

(…)Comenzaba el tiempo del posconcilio, fecundo, agitado, rico, lleno de contrastes y tensiones. El viento del cambio y de la renovación sacudió la Iglesia, que se sintió viva y joven, pero también provocó excesos y falsas interpretaciones. El papa Montini vivió esos años con sufrimiento, buscando la reforma, sí, pero desde la tradición; sin rupturas, evitando heridas, tendiendo puentes de participación

(…)Viajó por el mundo, inaugurando un modo de apostolado itinerante seguido y desarrollado por sus sucesores. Hombre de finísima sensibilidad, el papa Montini no siempre fue escuchado ni comprendido, aunque él procuró servir siempre, amar siempre. Hasta el final. Pablo VI, el timonel del Concilio, murió en Castelgandolfo a las 21,40 del domingo 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración.

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Concilio Vaticano II 40 años después  - Centro Teologico San Agustin 

viernes, 22 de agosto de 2025

Los Papas del Concilio Vaticano II – (4 de 8) Juan XXIII – Luis Marin de San Martin, OSA

 


JUAN XXIII – La primavera del Papa Juan

 


La primera cuestión que se plantea es cómo un hombre tradicional como Roncalli, elegido por los cardenales a los 77 años de edad como papa de transición, fue capaz de poner en marcha tan formidable proceso renovador. ¿De dónde le vino la idea del Concilio? Una mirada superficial a su persona y a su historial no hacía presagiar ningún sobresalto. En efecto, cuando estuvo en Oriente como diplomático se le encontraba demasiado oscuro; de nuncio en París, demasiado hablador; de patriarca de Venecia, demasiado viejo ya. Sin embargo, una consideración más profunda nos hace ver que, en la personalidad de Roncalli, más allá de su innata cordialidad, de su afabilidad, de su religiosidad tradicional y de su perfil de prelado chapado a la antigua, se traslucía en todo momento la realidad de un auténtico creyente y de un verdadero hombre de Dios. Esta es la clave más importante para comprender las decisiones de Juan XXIII. Su lema episcopal, Oboedientia et pax, tomado del cardenal Cesare Baronio, aunque cambiando el orden de las palabras, mostraba todo un programa al que Roncalli tratará de ser fiel durante toda su vida: estar en comunión con la voluntad divina y en abandono completo a las mociones del Espíritu. Y esto también y muy especialmente en lo referido al Vaticano II, cuya idea el papa Juan siempre considerará una inspiración divina. El pensamiento de convocar un Concilio surgió en la mente del papa como resultado de una serie de elementos que interactuaron a lo largo de su vida y que se concretarán en los primeros momentos del pontificado joaneo. Creo que podemos resumirlos en tres principales: los estudios históricos, la experiencia de vida y los contactos personales. Veámoslos brevemente.

Los estudios históricos Aunque tenía el título de doctor en Teología, Angelo Giuseppe Roncalli fue siempre un apasionado de la Historia de la Iglesia, sobre todo la italiana de la época de la Contrarreforma, con san Carlos Borromeo como figura señera en la aplicación de los decretos de re forma del Concilio de Trento. Las referencias a san Carlos Borromeo en los escritos de Roncalli son constantes y la principal obra de investigación histórica de Roncalli fue la publicación de las Actas de la visita apostólica de san Carlos a Bérgamo, que terminó casi en los umbrales del pontificado16. Borromeo aparecía así como modelo de organización y reforma eclesial debido a su actividad en el Concilio de Trento y en la aplicación de las directrices conciliares a la diócesis de Milán17. Junto a esta influencia y como fuente de ella tenemos también el conocimiento sobre lo que supuso Trento, considerado como Concilio de reforma, con la fructífera renovación eclesial que trajo consigo a través de dos importantes medios: el Sínodo diocesano y la visita pastoral: Concilio, Sínodo, visita pastoral; ya tenemos aquí tres elementos de constante presencia en su actividad eclesiástica.

Su experiencia de vida.  Otra clave la encontramos en la propia y riquísima experiencia vital de Roncalli. En primer lugar las vivencias junto a monseñor Giacomo Maria Radini Tedeschi, obispo de Bérgamo, de quien fue secretario personal entre 1905 y 1914. A su lado conoció de forma práctica la actuación de un prelado en la estela reformista tridentina, no sólo en lo referido a la organización de un Sínodo diocesano y al programa de visitas pastorales, sino también en el contacto con la pastoral entendida en sentido amplio. El conocimiento de otras mentalidades y culturas debido a su actividad diplomática en Oriente y en Francia dotó a Roncalli de una gran apertura de mente y de una exacta valoración de las circunstancias históricas y eclesiales. Él mismo lo reconocía así en su lecho de muestre: «Ahora más que nunca, ciertamente más que en los siglos pasados, estamos llamados a servir al hombre en cuanto tal y no sólo a los católicos; a defender ante todo y en todas partes los derechos de la persona humana y no solamente los de la Iglesia católica [...].

(…)

Los contactos personales No cabe duda de que varias personas comentaron con Roncalli la posibilidad de y oportunidad de un Concilio para la Iglesia. La amistad mantenida con los cardenales Celso Costantini, autor de una propuesta de conciliar en tiempos de Pío XI y Francesco Borgongini Duca, presidente de la Comisión Central para la preparación de un posible Concilio en tiempos de Pío XII, hizo que muy probablemente comentaran el tema en varias ocasiones, por lo que Roncalli estuvo informado de las iniciativas tomadas. De igual forma también tuvo contacto con los cardenales Ernesto Ruffini y Alfredo Ottaviani, autores de otra propuesta conciliar y que afirmarán haber hablado del tema con Roncalli durante el cónclave que le eligió papa. Sea como fuere, también resulta evidente que el proyecto que el proyecto de Concilio del papa Juan será muy distinto del modelo propugnado por estos dos cardenales y que siempre manifestará haber tomado su decisión con toda libertad.

La decisión del papa sobre la convocatoria de un Concilio fue madurando desde lo que podía ser una posibilidad sugerente hasta desembocar en una certeza. El 30 de octubre de 1958 habló por primera vez del tema; el 2 de noviembre, tras una audiencia al cardenal Ruffini, el papa dejó escrita una anotación en un folio indicando que habían tocado este asunto en el transcurso del encuentro. Sin embargo, no será sino el 20 de enero de 1959, después de haberse reunido con el secretario de Estado, cardenal Domenico Tardini, cuando se aclaren todas las dudas para Juan XXIII. Ese día el papa escribió en su agenda: «Jornada albo segnanda lapillo …

(…)

El anuncio oficial lo hizo Juan XXIII el 25 de enero de 1959, jornada de clausura del octavario de oraciones por la unidad de los cristianos, en un consistorio tenido en la sala capitular de la basílica de San Pablo Extramuros, al que asistieron diecisiete cardenales de Curia. En su discurso, Juan XXIII hizo un triple anuncio: la convocatoria de un Sínodo para la diócesis de Roma, la revisión del Código de Derecho Canónico y la convocatoria de un Concilio para la Iglesia universal.

(…)

«¡Mis venerables hermanos del Colegio cardenalicio! Pronunciamos ante vosotros, ciertamente temblando un poco de conmoción, pero a la vez con humilde resolución de propósito, el nombre y la propuesta de la doble celebración: de un Sínodo diocesano para la Urbe y de un Concilio general para la Iglesia universal [...]. Ellas conducirán felizmente a la deseada y esperada puesta al día del Código de Derecho Canónico».

(…)

El desarrollo de esta parte de la ponencia esta  subdividida en los siguientes apartados:

 

2.2.2. Comienza la andadura

 

2.3. Los trabajos preparatorios 2.3.1. Perfilar el Concilio

 

2.3.2. El Secretariado para la Unidad de los Cristianos

 

2.3.3. Hacia el aggiornamento de la Iglesia

 

2.4. La Primera Sesión 2.4.1. Gaudet Mater Ecclesia

 

2.4.2. Esperanzas y temores

 

2.4.3. Opciones y decisiones


2.4.4. La primera pausa

 

(…)

 

Juan XXIII sabía que posiblemente no le fuera dado asistir al término del Concilio: un cáncer en el estómago hacía presagiar un pronto final de su aventura terrena. Comenzó entonces a expresar una cierta preocupación por el futuro del Vaticano II, como pone de manifiesto el comentario hecho al P. Roberto Tucci, director de la Civiltà Cattolica, el 9 de febrero de 1963: «No me queda mucho tiempo de vida. Por tanto debo ser muy cuidadoso en cada cosa que hago, para evitar que el próximo cónclave sea un cónclave contra mí, porque entonces esto podría destruir las cosas que yo no he sido capaz de lograr». Sin embargo, los temores desaparecieron en los meses siguientes transformándose en una gran calma, incluso hasta el punto de que, ya en su lecho de muerte, pudo decir a los cardenales: «Estoy seguro de que se proveerá a la sucesión sin ningún esfuerzo; estoy seguro de que los obispos llevarán el Concilio a feliz conclusión». Juan XXII murió el 3 de junio de 1963, lunes de Pentecostés, a las 19,45 horas

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Concilio Vaticano II 40 años después  - Centro Teologico San Agustin 



Los Papas del Concilio Vaticano II – (3 de 8) Pio XI y Pio XII - Luis Marin de San Martin, OSA

 

El Concilio Vaticano II fue un verdadero don de Dios para la Iglesia, cuya luz ilumina también nuestro presente. Un auténtico motor de renovación, que ha logrado impulsar la vida de los cristianos despertando sus potencialidades y mostrando el rostro de una Iglesia dinámica y en diálogo con el mundo, que ofrece a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la novedad de la fe cristiana vivida en la alegría del amor de Dios, capaz de dilatar los espacios de la esperanza. En estas páginas quiero presentar a los hombres que, de manera más directa, hicieron posible la llegada de esa nueva primavera. El papa Juan XXIII, que convocó el Vaticano II y acompañó su primera sesión. Y el papa Pablo VI, que dirigió las tres siguientes etapas y vivió las tensiones del posconcilio. Junto a ellos quiero recordar a sus antecesores, Pío XI y Pío XII, que también pensaron en un Concilio aunque, por diversas razones no llegaron a convocarlo. Y a sus sucesores, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI, que participaron y vivieron las sesiones conciliares. No pretendo hacer aquí una historia minuciosa del Vaticano II, ni tampoco de los pontificados y sus diferentes circunstancias. Tan sólo quiero exponer a grandes rasgos la acción de estos papas y su profundo amor a la Iglesia, tomando como punto de referencia el Vaticano II. Así fueron y actuaron los papas del Concilio.

 

PÍO XI y PÍO XII: Los primeros tanteos.

En la primera mitad del siglo XX encontramos dos corrientes principales respecto a la realidad de los Concilios. Para unos, la definición dogmática de la infalibilidad pontificia y las robustecidas prerrogativas papales hacían completamente innecesarias y superadas las asam- 24 bleas conciliares como lugar efectivamente normativo. Para otros, sin embargo, la conveniencia de reunir un Concilio era una idea recurrente, casi siempre ligada a la reanudación del inconcluso Vaticano I2 . En este sentido, junto con otras iniciativas ligadas a diversas personas y ambientes eclesiales3 , merecen destacarse los pasos dados al respecto por los papas Pío XI (1922-1939) y Pío XII (1939-1958)

 PIO XI

 


El proyecto de Pío XI Ya en la encíclica Ubi arcano, publicada poco después de su elección , Pío XI indicaba que había pensado «convocar oportunamente en Roma, cabeza del mundo católico, una solemne asamblea del mismo carácter, que buscase un remedio oportuno a la actual decadencia provocada por las grandes perturbaciones de la humanidad». No obstante reconocía también que no se atrevía «a emprender la continuación de aquel Concilio ecuménico iniciado, durante nuestra juventud, por el Romano Pontífice Pío IX», sino más bien esperar «a que la bondad misericordiosa del Señor nos manifieste con mayor certeza los designios de su voluntad (Jue 6,17)». Para avanzar en esta tarea clarifica dora, el papa Ratti tomó dos decisiones. La primera fue nombrar en mayo de 1923 una Comisión formada por el dominico Hugon, el servita Lépicer, el jesuita Tacchi Venturi y por monseñor Bianchi Cagliesi, para recoger la documentación del Vaticano I existente en el Archivo y comprobar lo que restaba por hacer según el plan original. La segunda fue ordenar una consulta a todos los cardenales y también a diversos obispos, prelados y abades nullius para que expresaran su opinión, en el plazo de seis meses, sobre la conveniencia o no de continuar el inconcluso Vaticano I6 . Según algunos indicios, aunque no existe prueba documental de ello, el papa nombró en el año 1924 una nueva Comisión presidida por el cardenal Luigi Sincero, con la tarea de estudiar el material. Así, los trabajos se concretaron en dos propuestas presentadas a Pío XI a comienzos de 1924, con una marcada orientación teológico-dogmática y un evidente deseo de robustecer la estructura eclesial7 . No obstante el interés de Pío XI por la idea del Concilio y los pasos dados en los primeros tiempos de su pontificado, lo cierto es que la enormidad de la tarea y las dificultades de todo tipo que prometían acompañar tanto la preparación como el desarrollo, hicieron que el papa Ratti considerase más sensato no dispersar fuerzas y concentrarlas mejor en la solución de temas más urgentes, como por ejemplo la llamada cuestión romana. Además, las dificultades del mapa político, con el ascenso de los totalitarismos, concentraron muchas de las energías de Pío XI durante el resto de su pontificado, con lo que la posible reanudación del Vaticano I quedó sin llevarse a efecto.

 

PIO XII



Pío XII y el reto conciliar.

La idea de reanudar el Vaticano I volvió a resurgir con fuerza después de la Segunda Guerra Mundial ligada a los que podríamos denominar «ambientes conservadores» que propugnaban un Concilio doc trinal que corrigiese errores y desviaciones, aportara seguridades, fijase la posición de la Iglesia frente al mundo y reforzara la disciplina eclesiástica . En efecto, fue el cardenal Ernesto Ruffini, arzobispo de Palermo quien, durante la audiencia concedida por Pío XII 24 de febrero de 1948, propuso la convocatoria de un Concilio. El papa Pacelli nombró una Comisión secreta presidida por el asesor del Santo Oficio, Alfredo Ottaviani, futuro cardenal, que se reunió por primera vez el 15 de marzo de 1948. De esta Comisión formaban parte los monseñores Hudal y Dalpiaz, los jesuitas Hürt, Tromp y Creusen, el benedictino Beste y el p. Grendel, de la Sociedad del Verbo Divino. A propuesta de esta comisión, en marzo de 1949 Pío XII creó cuatro Comisiones preparatorias coordinadas por una Comisión Central, presidida monseñor Francesco Borgongini Duca, nuncio apostólico en Italia, y con el p. Pierre Charles, S.J., profesor de Teología Dogmática en el Colegio Máximo de Lovaina como secretario. Pronto advirtieron en sus trabajos que ya no resultaba posible pensar en una mera reanudación del Concilio limitándose a asumir, tal cual, los proyectos dejados sin tratar por el Vaticano I. Los retos planteados por el mundo no eran ya los de 1870 ni tampoco podían obviarse diversos temas de interés general sobre los que la Iglesia debiera decir una palabra e iluminar con la luz del Evangelio. En la relación conclusiva presentada al papa Pío XII el 15 de enero de 1951 por monseñor Borgongini Duca, presidente de la Comisión Central, se avanzaba un posible esquema sobre las materias a tratar. En él encontramos un claro deseo de robustecer la unidad de la Iglesia desde la clarificación doctrinal, la consolidación de la disciplina y la lucha contra el error. No obstante, al hilo de las discusiones sobre la temática conciliar, surgieron en la Comisión profundas discrepancias de base que harán imposible el acuerdo en el tipo el tipo de Concilio que se pretendía convocar, en su duración, su desarrollo, el papel de la Curia Romana y en otras cuestiones de calado, que afectaban al perfil conciliar, determinando su orientación. Todo esto, unido a las dificultades logísticas y organizativas, hizo que Pío XII ordenara, en enero de 1951, suspender los preparativos y aparcar el tema. En definitiva, el papa Pacelli quedó convencido, al igual que su antecesor, de que los tiempos no estaban maduros para un Concilio largo, que plantearía enormes dificultades, y también de que el mismo magisterio pontificio y la actividad de la Curia podían suplir, en gran medida y con mucho menor coste, los resultados de un Concilio breve circunscrito a condenar los errores contemporáneos y a proclamar el dogma de la Asunción, como había sido la propuesta inicial de Ruffini y Ottaviani en 194811.


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Concilio Vaticano II 40 años después  - Centro Teologico San Agustin