Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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lunes, 5 de enero de 2026

Al llegar a Belén "abrieron sus cofres" y "... ofrecieron sus dones..."

 

(Raul Berzosa - Reyes Magos)

Con este gesto los tres Reyes Magos del Oriente realizaron la finalidad de su viaje. El les condujo por los caminos de esas tierras hacia las que también los acontecimientos actuales llevan frecuentemente nuestra atención. Para los tres Reyes Magos la guía en estos caminos fue la estrella misteriosa "que habían visto en Oriente" (Mt 2, 9), y que "les precedía, hasta que llegada encima del lugar en que estaba el Niño, se detuvo" (Mt 2, 9). A este Niño precisamente vinieron esos hombres únicos, llamados de fuera del círculo del Pueblo elegido hacia los caminos de la historia de este Pueblo. La historia de Israel les había dado la orden de detenerse en Jerusalén y preguntar ante Herodes: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?" (Mt 2, 2).

Efectivamente, los caminos de la historia de Israel habían sido marcados por Dios, y por esto era necesario buscarle en los libros de los profetas: esto es, de aquellos que habían hablado en nombre de Dios al Pueblo sobre su vocación especial. Y la vocación del Pueblo de la Alianza fue precisamente Aquel a quien conducía el camino de los Reyes Magos de Oriente. Apenas hubieron preguntado a Herodes, éste no tuvo duda alguna de quién —y de qué rey—se trataba, porque, como leemos, "reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías" (Mt 2, 4).

Así, pues, el camino de los Reyes Magos lleva al Mesías, a Aquel a quien el Padre "santificó y envió al mundo" (Jn 10, 56). Su camino es también el camino del Espíritu. Es sobre todo el camino en el Espíritu Santo. Al recorrer este camino —no tanto en las vías de las regiones del Oriente Medio, cuanto más bien a través de los misteriosos caminos del alma— el hombre es conducido por la luz espiritual que proviene de Dios, representada en esa estrella, a la que seguían los tres Reyes Magos.

Los caminos del alma humana, que conducen hacia Dios, hacen ciertamente, que el hombre vuelva a encontrar en sí un tesoro interior. Así leemos también de los tres Reyes Magos, que al llegar a Belén "abrieron sus cofres" (Mt 2, 11). El hombre toma conciencia de los dones enormes de naturaleza y de gracia con que Dios lo ha colmado, y entonces nace en él la necesidad de ofrecerse, de devolver a Dios lo que ha recibido, de hacer ofrenda de ello como signo de la dádiva divina. Este don asume una triple forma, como en las manos de los tres Reyes Magos: "abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra" (Mt 2, 11).

 (de la Homilía de Juan Pablo II en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, Domingo 6 de enero de 1980)

 


 

"Se pusieron en camino…y la estrella iba delante de ellos


 (Botticelli: Adoración de los Magos – imagen de Wikipedia)

"Se pusieron en camino" (Mt 2,9), cuenta el evangelista, lanzándose con coraje por caminos desconocidos y emprendiendo un largo viaje nada fácil. No dudaron en dejar todo para seguir la estrella que habían visto salir en el Oriente (cfr. Mt 2,2).

 "Y la estrella ... iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño" (Mt 2,9). Los Reyes Magos llegaron a Belén porque se dejaron guiar dócilmente por la estrella. Más aún, "al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría" (Mt 2,10). Es importante, queridos amigos, aprender a escrutar los signos con los que Dios nos llama y nos guía. Cuando se es consciente de ser guiado por Él, el corazón experimenta una auténtica y profunda alegría acompañada de un vivo deseo de encontrarlo y de un esfuerzo perseverante de seguirlo dócilmente.

"Y postrándose le adoraron" (Mt 2,11). Si en el Niño que María estrecha entre sus brazos los Reyes Magos reconocen y adoran al esperado de las gentes anunciado por los profetas, nosotros podemos adorarlo hoy en la Eucaristía y reconocerlo como nuestro Creador, único Señor y Salvador.

"Abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra" (Mt 2,11). Los dones que los Reyes Magos ofrecen al Mesías simbolizan la verdadera adoración. Por medio del oro subrayan la divinidad real; con el incienso lo reconocen como sacerdote de la nueva Alianza; al ofrecerle la mirra celebran al profeta que derramará la propia sangre para reconciliar la humanidad con el Padre.

Queridos jóvenes, ofreced también vosotros al Señor el oro de vuestra existencia, o sea la libertad de seguirlo por amor respondiendo fielmente a su llamada; elevad hacia Él el incienso de vuestra oración ardiente, para alabanza de su gloria; ofrecedle la mirra, es decir el afecto lleno de gratitud hacia Él, verdadero Hombre, que nos ha amado hasta morir como un malhechor en el Gólgota.

Los Reyes Magos encontraron a Jesús en "Bêt-lehem", que significa "casa del pan". En la humilde cueva de Belén yace, sobre un poco de paja, el "grano de trigo" que muriendo dará "mucho fruto" (cfr. Jn 12,24). Para hablar de sí mismo y de su misión salvífica, Jesús, en el curso de su vida pública, recurrirá a la imagen del pan. Dirá: "Yo soy el pan de vida", "Yo soy el pan que bajó del cielo", "El pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo" (Jn 6,35.41.51).

¡Sed adoradores del único y verdadero Dios, reconociéndole el primer puesto en vuestra existencia!

 

(Mensaje de Juan Pablo II para la JMJ 2005 presidida por el Papa BenedictoXVI) 

 


sábado, 4 de enero de 2025

Epifanía gran fiesta de la fe, fiesta del desafío de Dios

 


Hasta aquella “gruta-establo en Belén, al sur de Jerusalén, donde nació Cristo, en la que «el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14), llegaron del Oriente extraños peregrinos, los Reyes Magos. Atravesaron Jerusalén. Los guiaba una estrella misteriosa, luz exterior que se movía en el firmamento. Pero más aún los guiaba la fe, luz interior. Llegaron. No les asombró lo que encontraron: ni la pobreza, ni el establo, ni el hecho de que el Niño yacía en un pesebre. Llegaron y postrándose "lo adoraron". Después abrieron sus cofres y ofrecieron al Niño Jesús los dones de oro e incienso de los que habla precisamente Isaías, pero le ofrecieron también mirra. Y después de haber cumplido todo esto, regresaron a su país...


Por esta peregrinación a Belén los Reyes Magos han venido a ser el principio y el símbolo de todos los que mediante la fe llegan a Jesús. el Niño envuelto en pañales y colocado en un pesebre, el Salvador clavado en la cruz, Aquel que, crucificado bajo Poncio Pilato, bajado de la cruz y sepultado en una tumba junto al Calvario, resucitó al tercer día. Precisamente estos hombres, los Reyes Magos del Oriente, tres, como quiere la tradición, son el comienzo y la prefiguración de cuantos, desde más allá de las fronteras del Pueblo elegido de la Antigua Alianza, han llegado y llegan siempre a Cristo mediante la fe.

[,,,]


La Epifanía es la fiesta de la vitalidad de la Iglesia, es la gran fiesta de la fe….de los que ya han llegado… como los que se encuentran en camino …

¡A cuántos hombres es necesario llevar la fe también hoy!

A cuántos hombres es necesario reconquistar para la fe que han perdido, y esto, a veces, es más difícil que la conversión primera a la fe… la Iglesia, consciente de aquel gran don, del don de la Encarnación de Dios, no puede detenerse jamás, no puede cansarse jamás. Debe buscar continuamente el acceso a Belén para cada hombre y para cada época.

 

La Epifanía es la fiesta del desafío de Dios.”

 


Aquella solemnidad de la Epifanía no solo era la primera que Karol Wojtyla, el papa polaco celebraba como Obispo de Roma, sino que para la solemnidad habían venido a Roma muchos compatriotas suyos para “presentar a Jesús Niño un don: la ordenación episcopal de Mons. Franciszek Macharski , nuevo arzobispo de Cracovia,  un don de fe, de amor y de esperanza" y lo consagraba el sucesor de Pedro, primer papa polaco quien así se dirigia a sus compatriotas en su propia lengua en la homilía:


“Este dia cuando por tradición se celebran ordenaciones episcopales… Todos nosotros, polacos hijos de la Iglesia de Cristo desde hace un milenio, reunidos aquí tomamos parte hoy en la solemnidad de la Epifanía. Son circunstancias extraordinarias: hemos venido a Roma, a San Pedro, donde el primer Papa en la historia hijo de la nación polaca, celebra la Eucaristía y consagra al obispo sucesor suyo en la cátedra de San Estanislao en Cracovia. Sucede esto justamente al principio de 1979, cuando nos separan 900 años de la muerte del mártir San Estanislao, que, al principio del milenio, predicando a nuestros antepasados a Cristo nacido en Belén, crucificado bajo Poncio Pilato y resucitado, con la fuerza del Evangelio los llevó a la fe, tal como lo han hecho obispos y sacerdotes en nuestra patria, durante centenares de años, y lo hacen ahora también. Pienso, queridos hermanos y hermanas, mis amados compatriotas, pienso queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, que nuestra presencia aquí hoy debe ser un acto singular de gratitud por la fe que ilumina todos estos centenares de años y que no deja de iluminar a nuestros tiempos, tiempos extraordinarios en los que debe madurar especialmente la responsabilidad por la fe; por el gran don de Dios encarnado; por la Epifanía. Para esta gratitud debe madurar el nuevo fruto de esta Epifanía en las almas de las generaciones que nacen y que vendrán después de nosotros, gracias al servicio de cada uno de nosotros, gracias a tu servicio, Franciszek, metropolitano de Cracovia.”


Y en su saludo final agregaba:
“Y hoy, ¿qué más puede desear el Sucesor de Pedro en esta basílica, en esta su nueva Cátedra, sino que ella sirva a la Epifanía?, que en ella y por ella los hombres de todos los tiempos y de nuestro tiempo, los hombres provenientes del Oriente y del Occidente, del Norte y del Sur, logren llegar a Belén, llegar a Cristo mediante la fe.”.

viernes, 5 de enero de 2024

Al llegar a Belén "abrieron sus cofres" y "... ofrecieron sus dones..."

 


Con este gesto los tres Reyes Magos del Oriente realizaron la finalidad de su viaje. El les condujo por los caminos de esas tierras hacia las que también los acontecimientos actuales llevan frecuentemente nuestra atención. Para los tres Reyes Magos la guía en estos caminos fue la estrella misteriosa "que habían visto en Oriente" (Mt 2, 9), y que "les precedía, hasta que llegada encima del lugar en que estaba el Niño, se detuvo" (Mt 2, 9). A este Niño precisamente vinieron esos hombres únicos, llamados de fuera del círculo del Pueblo elegido hacia los caminos de la historia de este Pueblo. La historia de Israel les había dado la orden de detenerse en Jerusalén y preguntar ante Herodes: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?" (Mt 2, 2).

Efectivamente, los caminos de la historia de Israel habían sido marcados por Dios, y por esto era necesario buscarle en los libros de los profetas: esto es, de aquellos que habían hablado en nombre de Dios al Pueblo sobre su vocación especial. Y la vocación del Pueblo de la Alianza fue precisamente Aquel a quien conducía el camino de los Reyes Magos de Oriente. Apenas hubieron preguntado a Herodes, éste no tuvo duda alguna de quién —y de qué rey—se trataba, porque, como leemos, "reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías" (Mt 2, 4).

Así, pues, el camino de los Reyes Magos lleva al Mesías, a Aquel a quien el Padre "santificó y envió al mundo" (Jn 10, 56). Su camino es también el camino del Espíritu. Es sobre todo el camino en el Espíritu Santo. Al recorrer este camino —no tanto en las vías de las regiones del Oriente Medio, cuanto más bien a través de los misteriosos caminos del alma— el hombre es conducido por la luz espiritual que proviene de Dios, representada en esa estrella, a la que seguían los tres Reyes Magos.

Los caminos del alma humana, que conducen hacia Dios, hacen ciertamente, que el hombre vuelva a encontrar en sí un tesoro interior. Así leemos también de los tres Reyes Magos, que al llegar a Belén "abrieron sus cofres" (Mt 2, 11). El hombre toma conciencia de los dones enormes de naturaleza y de gracia con que Dios lo ha colmado, y entonces nace en él la necesidad de ofrecerse, de devolver a Dios lo que ha recibido, de hacer ofrenda de ello como signo de la dádiva divina. Este don asume una triple forma, como en las manos de los tres Reyes Magos: "abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra" (Mt 2, 11).

 

(de la Homilía de Juan Pablo II en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, Domingo 6 de enero de 1980)

viernes, 6 de enero de 2023

"Hemos venido a adorarle" (Mt 2,2)

 


Celebramos hoy a Cristo, luz del mundo, y su manifestación a las naciones….Así, aquella luz, aun siendo pequeña cuando apareció en la tierra, se proyectaba con fuerza en los cielos. El nacimiento del Rey de los judíos había sido anunciado por una estrella que se podía ver desde muy lejos…” […].


"De Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel" (Nm 24, 17), había anunciado el vidente pagano Balaam, llamado a maldecir al pueblo de Israel y que, al contrario, lo bendijo porque, como Dios le reveló, "ese pueblo es bendito" (Nm 22, 12). […]


La llegada de los Magos de Oriente a Belén, para adorar al Mesías recién nacido, es la señal de la manifestación del Rey universal a los pueblos y a todos los hombres que buscan la verdad. Es el inicio de un movimiento opuesto al de Babel: de la confusión a la comprensión, de la dispersión a la reconciliación. Por consiguiente, descubrimos un vínculo entre la Epifanía y Pentecostés: si el nacimiento de Cristo, la Cabeza, es también el nacimiento de la Iglesia, su cuerpo, en los Magos vemos a los pueblos que se agregan al resto de Israel, anunciando la gran señal de la "Iglesia políglota" realizada por el Espíritu Santo cincuenta días después de la Pascua. […].


"Espesa nube cubre a los pueblos" y nuestra historia. En efecto, no se puede decir que la globalización sea sinónimo de orden mundial; todo lo contrario. Los conflictos por la supremacía económica y el acaparamiento de los recursos energéticos e hídricos, y de las materias primas, dificultan el trabajo de quienes, en todos los niveles, se esfuerzan por construir un mundo justo y solidario.


Es necesaria una esperanza mayor, que permita preferir el bien común de todos al lujo de pocos y a la miseria de muchos.

 

"Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, (...) pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano" (Spe salvi, 31), el Dios que se manifestó en el Niño de Belén y en el Crucificado Resucitado”.


(de la homilía del Santo Padre Benedicto XVI en la solemnidad de la Epifania del Señor 6 de enero 2008)

 

Invito visitar el muy interesante blog dedicado a la historia del arte del español Gonzalo Durán (de alli tome ;) la fotografia de la pintura de GENTILE DA FABRIANO. Adoración de los Magos (1423). Galería Uffizi, Florencia)


Invito tambien visitar mi entrada Mensaje de Juan Pablo II para la JMJ XX 2005 en Colonia..

Benedicto xVI, JMJ 2005, Epifania, reyes Magos

martes, 25 de octubre de 2022

Karol Wojtyla: El camino para encontrar a Dios

 


(de una homilía de Karol Wojtyla para la celebración de Reyes en 1976 que habla de  búsqueda y encuentro, mencionando con valentía los impedimentos por parte del Estado en momento críticos de régimen comunista, defendiendo los derechos de cada ser humano en ser respetado y no  discriminado por creencias religiosas.  De alguna manera muy actual en momentos en que se trata de imponer en el mundo entero ideologías que no coinciden con principios religiosos, éticos y morales de grandes  mayorías tratando de imponer y unificar ideologías ajenas a la esencia del ser humano que nada tienen que ver con la libertad de conciencia).   

 -o-

El hombre busca a Dios. Cuando lo encuentra, como los Reyes Magos, a través de la fe, lo busca en la fe, desea acercarse a él, a Aquel que ha encontrado, y alcanzar finalmente la Belén eterna

Y si aun no lo ha encontrado a través de la fe, busca la fe, busca la verdad, y así busca a Dios. Decía san Agustín. «No te buscaría, si antes no te hubiera ya encontrado » Todo hombre, antes de comenzar a buscar, de algún modo ya ha encontrado a Dios. Si no lo hubiera encontrado en un significado inicial, fundamental, no lo buscaría.

«O sabios del mundo,  oh Magos, ¿A dónde vais con tanta prisa?» He aquí el gran símbolo de este gran impulso interior del hombre, un impulso a través de la fe y hacia la fe. Un impulso que no significa caminar en el vacío, es lo que nos subraya también la celebración de hoy. (Reyes) Es un camino hacia un encuentro. El hecho de que el hombre tienda a Dios, lo busque, incluso cuando ya lo ha encontrado, constituye una verdad fundamental del hombre, una dimensión humana, una demostración de la grandeza del hombre.

Es verdad que hay hombres que dicen: «no encuentro, no sé cómo llegar, no logro encontrar». Hay hombres a los que se les ha concedido la Gracia y han encontrado, pero a menudo la desaprovechan por ligereza y la pierden. Todo ello forma parte de la verdad del alma humana, de la verdad histórica y de la verdad contemporánea sobre el hombre. Sin embargo, todo ello habla de algún modo de su grandeza. Nos dice que efectivamente ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y precisamente por esto anda en busca de Dios, pues lleva en si su imagen y semejanza, porque no halla en ninguna otra cosa su satisfacción, su fin último, sino solo en Aquel de quien es imagen y semejanza.

(…)

Así pues, si toda esta búsqueda de Dios en la que participamos los creyentes,  los que aun sin creer buscan con corazón sincero la verdad, y los que, como he dicho, no logran encontrar el camino a pesar de desearlo ardientemente: si todo esto es propio del hombre, de su verdad, de su grandeza, es difícil – desde un punto de vista de la dignidad humana, desde un punto de vista humanístico – aceptar el ateísmo como programa político. Porque se puede comprender que el hombre busque, pero no encuentre, se puede comprender que le hombre niegue, pero no se puede comprender que se imponga al hombre «se te prohíbe creer». Si quieres ocupar un cargo, alcanzar una posición determinada, se te prohíbe creer, o por lo menos no se te permite manifestar que crees. El ateísmo como fundamento de la vida nacional es un doloroso malentendido desde le punto de vista de las premisas humanísticas. Pues hay que respetar lo que es el hombre. Esta es la primera condición de toda convivencia social y de toda igualdad entre los ciudadanos de un mismo Estado.

Si os hablo de ello es porque siento las inquietudes que existen en toda nuestra sociedad, especialmente en la sociedad de los creyentes de nuestro país, donde es sabido que creyentes constituyen una inmensa mayoría. Y a todos estos creyentes,  con razón, les preocupa que el ateísmo no se convierta, abierta o indirectamente, en el fundamento de la vida nacional. Explicita o indirectamente, definiendo el carácter de nuestra unidad nacional de modo que incluya el ateísmo.

No podemos acallar las inquietudes que turban nuestros corazones, se trata fundamentalmente de un problema de ética social. Los obispos, los sacerdotes y todos los creyentes no podemos considerar esta cuestión con indiferencia. No puede subsistir una diferencia sustancial entre lo que somos, lo que sentimos ser, y la forma como se nos define y trata. Así, no puede admitirse que un grupo de hombres, un grupo social, por mas benemérito que sea, imponga a todo el pueblo una ideología, una opinión contraria a las convicciones de la mayoría. Todos, tanto creyentes como los no creyentes, constituimos este país.  Pero no puede admitirse que sobre todos decidan los  no creyentes contra la voluntad de los creyentes.

(…)

En esto están también incluidos todos mis buenos deseos para las familias, a fin de que puedan educar a sus hijos según sus convicciones cristianas. Nosotros no queremos inmiscuirnos en lo que atañe a las familias de los ateos. Es un asunto suyo, de su conciencia. Pero ¿qué más se puede decir a los millones de familias cristianas, sino que, cuando mandan a sus hijos a la escuela, tengan la seguridad de que la escuela no les imponga una visión materialista, una ideología atea?

El principio de libertad de conciencia y de religión se debe interpretar con todas sus consecuencias. Esta verdad de la libertad de conciencia y de culto ha sido proclamada por todos: por el Concilio Vaticano II y por la Carta de los derechos humanos establecidos por la ONU, e incluso por el documento de Helsinki.  Es el derecho inviolable de la persona humana. Pero este derecho inviolable se debe considerar de modo inviolable. Toda condición de vida social, nacional, se ha de predisponer de modo que no viole este derecho, a fin de que la vida pública no cree privilegios desde arriba para unos – los no creyentes – y situaciones de inferioridad para otros – los creyentes – porque todos somos Polonia. Y todos queremos construirla, porque todos la amamos, porque es nuestra patria, porque es nuestra matriz. Y no es lícito tratar a estas inmensas multitudes de creyentes como ciudadanos de segunda clase, solo porque son creyentes.

(…)

 «O sabios del mundo, una amenaza cruel se cierne sobre el Niño,  Herodes trama contra el » Este canto litúrgico de Epifanía anuncia una gran verdad. Sabemos que la crueldad de Herodes ya ha pasado. ¡cuántos Herodes ha habido en la historia! Sabemos que le Niño perseguido es el Señor de nuestros corazones; que la persecución que sufren sus seguidores nos une aun más íntimamente a él, pues de este modo se demuestra que él es el camino, la verdad y la vida. Porque no vino a los hombres con el poder, con el do minio, sino en un pesebre y en una cruz, y asi conquistó de una vez para siempre a cada hombre que busca la verdad y cree en el amor


(Fuente: L'Osservatore Romano)

martes, 5 de enero de 2021

El símbolo de la estrella

 


Hoy, solemnidad de la Epifanía, que significa "manifestación", se propone de nuevo con vigor el tema de la luz. Hoy el Mesías, que se manifestó en Belén a humildes pastores de la región, sigue revelándose como luz de los pueblos de todos los tiempos y de todos los lugares. Para los Magos, que acudieron de Oriente a adorarlo, la luz del "rey de los judíos que ha nacido" (Mt 2, 2) toma la forma de un astro celeste, tan brillante que atrae su mirada y los guía hasta Jerusalén. Así, les hace seguir los indicios de las antiguas profecías mesiánicas: "De Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel..." (Nm 24, 17).

¡Cuán sugestivo es el símbolo de la estrella, que aparece en toda la iconografía de la Navidad y de la Epifanía! Aún hoy evoca profundos sentimientos, aunque como tantos otros signos de lo sagrado, a veces corre el riesgo de quedar desvirtuado por el uso consumista que se hace de él. Sin embargo, la estrella que contemplamos en el belén, situada en su contexto original, también habla a la mente y al corazón del hombre del tercer milenio. Habla al hombre secularizado, suscitando nuevamente en él la nostalgia de su condición de viandante que busca la verdad y anhela lo absoluto. La etimología misma del verbo desear —en latín, desiderare— evoca la experiencia de los navegantes, los cuales se orientan en la noche observando los astros, que en latín se llaman sidera.

3. ¿Quién no siente la necesidad de una "estrella" que lo guíe a lo largo de su camino en la tierra? Sienten esta necesidad tanto las personas como las naciones. A fin de satisfacer este anhelo de salvación universal, el Señor se eligió un pueblo que fuera estrella orientadora para "todos los linajes de la tierra" (Gn 12, 3). Con la encarnación de su Hijo, Dios extendió luego su elección a todos los demás pueblos, sin distinción de raza y cultura. Así nació la Iglesia, formada por hombres y mujeres que, "reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido el mensaje de la salvación para proponérselo a todos" (Gaudium et spes, 1).

(dela Homilía de Juan Pablo II para la solemnidad de la Epifanía 6 de enero de2002)

sábado, 6 de enero de 2018

"Entraron en la casa… vieron al niño con María, y cayendo de rodillas lo adoraron"

(Imagen de Wikipedia
La adoracion de los reyes - El Greco 


Los reyes ante el Rey para aprender el estilo de Dios

“Entraron en la casa (sobre  la  que  se  había detenido la estrella), vieron al niño con María, y cayendo de rodillas lo adoraron" (Mt 2, 11). El camino exterior de aquellos hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este punto comienza un nuevo camino para ellos, una peregrinación interior que cambia toda su vida….

El nuevo Rey ante el que se postraron en adoración era muy diferente de lo que se esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de como acostumbramos a imaginarlo.
Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero debían aún interiorizar estos gozosos gestos. Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y así cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto:  el poder de Dios es diferente del poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como quisiéramos imponerlo también a él. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo (cf. Mt 26, 53). Al poder estridente y prepotente de este mundo, él contrapone el poder inerme del amor, que en la cruz -y después siempre en la historia- sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el reino de Dios. Dios es diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios. “



miércoles, 6 de enero de 2016

En busca de la Estrella

(mosaico del artista Marko Ivan Rupnik en el Santuario Juan Pablo II de Cracovia)


“Los Magos, que aparecen en el Evangelio de Mateo, son una prueba viva de que las semillas de verdad están presentes en todas partes, porque son un don del Creador que llama a todos para que lo reconozcan como Padre bueno y fiel. Los Magos representan a los hombres de cualquier parte del mundo que son acogidos en la casa de Dios. Delante de Jesús ya no hay distinción de raza, lengua y cultura: en ese Niño, toda la humanidad encuentra su unidad. Y la Iglesia tiene la tarea de que se reconozca y venga a la luz con más claridad el deseo de Dios que anida en cada uno. Este es el servicio de la Iglesia, con la luz que ella refleja: hacer emerger el deseo de Dios que cada uno lleva en si. Como los Magos, también hoy muchas personas viven con el «corazón inquieto», haciéndose preguntas que no encuentran respuestas seguras, es la inquietud del Espíritu Santo que se mueve en los corazones. También ellos están en busca de la estrella que muestre el camino hacia Belén.
¡Cuántas estrellas hay en el cielo! Y, sin embargo, los Magos han seguido una distinta, nueva, mucho más brillante para ellos. Durante mucho tiempo, habían escrutado el gran libro del cielo buscando una respuesta a sus preguntas – tenían el corazón inquieto – y, al final, la luz apareció. Aquella estrella los cambió. Les hizo olvidar los intereses cotidianos, y se pusieron de prisa en camino. Prestaron atención a la voz que dentro de ellos los empujaba a seguir aquella luz – y la voz del Espíritu Santo, que obra en todas las personas –; y ella los guió hasta que en una pobre casa de Belén encontraron al Rey de los Judíos.
Todo esto encierra una enseñanza para nosotros. Hoy será bueno que nos repitamos la pregunta de los Magos: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2,2). Nos sentimos urgidos, sobre todo en un momento como el actual, a escrutar los signos que Dios nos ofrece, sabiendo que debemos esforzarnos para descifrarlos y comprender así su voluntad. Estamos llamados a ir a Belén para encontrar al Niño y a su Madre. Sigamos la luz que Dios nos da – pequeñita…; el himno del breviario poéticamente nos dice que los Magos «lumen requirunt lumine»: aquella pequeña luz –,. la luz que proviene del rostro de Cristo, lleno de misericordia y fidelidad. Y, una vez que estemos ante él, adorémoslo con todo el corazón, y ofrezcámosle nuestros dones: nuestra libertad, nuestra inteligencia, nuestro amor. La verdadera sabiduría se esconde en el rostro de este Niño. Y es aquí, en la sencillez de Belén, donde encuentra su síntesis la vida de la Iglesia. Aquí está la fuente de esa luz que atrae a sí a todas las personas en el mundo y guía a los pueblos por el camino de la paz.”