Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

martes, 9 de septiembre de 2025

“Subtilĭtas” en la sucesión de los Papas - De Pablo VI a Juan Pablo I /Juan Pablo II


Como son elegidos los Papas?  El Papa “en ejercicio” intenta preparar a quien elegiría como  posible sucesor?   Previo Conclave algunos candidatos han respondido que es obra del Espíritu Santo. Se dice también que quien entra como Papa sale cardenal. Y esto ha ocurrido en este último Conclave.  El Cardenal Robert Prevost era el menos mencionado ante tantas apuestas firmes.

En 1997 Joseph Ratzinger entrevistado por la televisión bávara sobre la responsabilidad del Espíritu Santo en la elección del Papa, decía: “Yo diría que el Espíritu no toma exactamente el control del asunto, sino que más bien, como buen educador, por así decirlo, nos deja mucho espacio, mucha libertad, sin abandonarnos por completo. Por lo tanto, el papel del Espíritu Santo debe entenderse en un sentido mucho mas elástico, no que el dicte el candidato por el que uno debe votar. Probablemente la única garantía que el ofrece es que la cosa no quede totalmente arruinada.” (Georg Gänswein, en “Nada más que la verdad” p 67)

Hay quienes afirman que cuando un pontífice enferma comienzan los debates internos del Vaticano en torno a su sucesión y se comienza a vivir un tiempo pre Conclave. Las sorpresas en estos tiempos fueron Juan Pablo I, muerto súbitamente y la inesperada renuncia de Benedicto XVI.

A la muerte de Juan Pablo I,  el Cardenal Karol Wojtyla se preguntaba “No sabemos que significa esta muerte para la cátedra de Pedro” y  “no hablaba nunca ni siquiera en privado de la sucesión del Papa  Luciani” (Dziwisz).  Cuando su chofer Mucha, durante el desayuno  fue a darle la noticia de la muerte del Papa Juan Pablo I comento que,  al retirarse,  escucho un ruido extraño,  como si se le hubiera caído algo al cardenal  Karol Wojtyla, y más tarde cuando el cardenal partia para Roma, al saludo de Mucha “hasta pronto señor cardenal”,  Karol Wojtyla le respondió  “nunca se sabe”.

Al dejar Cracovia para asistir al  Conclave las autoridades comunistas le quitaron el pasaporte diplomático…. para verlo volver al año siguiente vestido de blanco…

Enseptiembre 2003 Gianni Cardinale de 30 giorni (que ha dejado de publicarse) le preguntaba al cardenal Joseph Ratzinger.  de quien decía era “sin duda el más conocido de los 21 purpurados del Sagrado Colegio que participaron en los dos cónclaves de 1978”,   acerca del 2do conclave y el cardenal respondía….. Pero que la Providencia hubiera dicho que no a nuestra elección fue de verdad un duro golpe. Aunque la elección de Luciani no fue un error. Esos 33 días de pontificado han tenido una función en la historia de la Iglesia. Cual? Le preguntaba Cardinale y Ratzinger respondia: : No fue sólo el testimonio de bondad y de una fe gozosa. Esa muerte imprevista abrió también las puertas a una opción inesperada. La de un Papa no italiano”.


De alguna manera es un escalofriante misterio pensar que el Papa Juan Pablo I fue elegido el día que Polonia celebra a su santa Patrona,  Nuestra Señora de Jasna Gora,  y  su papado duro  tan solo 33 dias (33!) para ser sucedido por un hijo de Polonia!

Recordamos también las misteriosas palabras de Wanda Półtawska en  Diario de  una amistad, La familia Połtawski y Karol Wojtyła,  “La noticia de la muerte de Juan Pablo I fue una sorpresa para todos, y él me dijo: «Pensaba que tendría más tiempo».

Ensu primera aparición el 16 de octubre de 1978 y su primer saludo breve,  Juan Pablo II,  el  “llamado de un país lejano...”,  recordaba a su antecesor Juan Pablo I,   reconociendo haber  “sentido miedo al recibir esta designación, pero lo he hecho con espíritu de obediencia a Nuestro Señor Jesucristo y con confianza plena en su Madre María Santísima.”. Al dia siguiente en un mensajeradiofónico,  ya mas explicito y extenso “en el que se mezclan indisolublemente los recuerdos y los afectos, la nostalgia y la esperanza” y ante “la inmensa carga y función que se nos ha confiado” recordaba a su antecesor el Papa Juan Pablo I y como fiel discípulo del Concilio Vaticano II, reivindicaba el magisterio pastoral y citaba varios de los documentos,  que siempre tuvo presente en su patria y en su pontificado.


En la homilía del inicio de pontificado, dirigia su saludo al mundo, a Roma y a Polonia  “este Obispo que no es romano. Un Obispo que es hijo de Polonia, pero desde este momento, también él se hace romano. Si, ¡romano! También porque es hijo de una nación cuya historia, desde sus primeros albores, y cuyas milenarias tradiciones están marcadas por un vínculo vivo, fuerte, jamás interrumpido, sentido y siempre vivido, con la Sede de Pedro; una nación que ha permanecido siempre fiel a esta Sede de Roma. ¡Oh, el designio de la Divina Providencia es inescrutable!” 

Y recordamos sus inolvidables palabras, que fueron “el motor de su vida y la línea maestra de su pontificado” (Dziwisz) No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!...¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!,“«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Estas palabras fueron pronunciadas por Simón, hijo de Jonás, en la región de Cesarea de Filipo. Las dijo, sí, en la propia lengua, con una convicción profunda, vivida, sentida; pero no tenían dentro de él su fuente, su manantial: «...porque no es la carne, ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Eran palabras de fe. Ellas marcan el comienzo de la misión de Pedro en la historia de la salvación, en la historia del Pueblo de Dios. Desde entonces, desde esa confesión de fe, la historia sagrada de la salvación y del Pueblo de Dios debía adquirir una nueva dimensión: expresarse en la histórica dimensión de la Iglesia. Esta dimensión eclesial de la historia del Pueblo de Dios tiene sus orígenes, nace de hecho, de estas palabras de fe y sigue vinculada al hombre que las pronunció: «Tú eres Pedro —roca, piedra— y sobre ti, como sobre una piedra, edificaré mi Iglesia».  (…)  

”Era su programa de vida, el programa de su corazón, de su piedad y al mismo tiempo el programa del servicio pastoral que, como sucesor de Pedro, estaba iniciando en la Iglesia Universal”. Lo que dijo aquel domingo de octubre formaba parte de su memoria, de su historia, del patrimono religioso y cultural que se había llevado consigo desde su patria hasta la catedra de San Pedro.  (Dziwisz -  Una vida con Karol, Conversación con Gian Franco Svidercoschi ,La esfera de los libros, 2008)

El Papa Pablo VI nunca había viajado a Polonia como pontífice, pero Giovanni Battista Montini había cumplido en Varsovia un breve periodo en la Nunciatura después de haber ingresado muy joven a la Secretaria de Estado Vaticano.  Luego sucedió al Papa Juan XXIII y continúo con el Concilio Vaticano II iniciado por el Papa Juan,  de quien había sido asistente en la preparación del Concilio.  Si bien tuvo intenciones de regresar a Polonia,  cuando ya era Papa,  las autoridades de entonces no se lo permitieron.  Y fue Montini cuando ya Papa Pablo VI quien nombro cardenal a Karol Wojtyla  en 1967, quien iba ganando cierta admiración por parte del Santo Padre debido a su activa y entusiasta participación en el Concilio,  que se habría intensificado en 1976 cuando lo llamo para que predicara los ejercicios espirituales de Cuaresma para el Pontífice y la Curia dándolo a conocer públicamente.



El autor Cándido Pozo comentaba de la participación de Karol Wojtyla en el Concilio “ …  La insistencia en su deuda personal con el Concilio y en su trayectoria de Pastor preocupado por responder a ella, ya como Arzobispo de Cracovia y, por tanto, mucho antes de su elección al Sumo Pontificado, me llamaron poderosamente la atención.

Comprometido de alguna manera con Wojtyla y con Polonia el Papa Pablo VI en octubre de 1971 (como novedad) oficio personalmente el rito de beatificación del mártir polaco de Auschwitz, Maximiliano Maria Kolbe en una Santa Misa concelebrada con el Cardenal Wyszynski y obispos polacos (Karol Wojtyla presente).

En algún momento Juan Pablo II expreso que Pablo VI había comprendido como pocos la situación de la Iglesia en Polonia y en los países del este. 

Al recordar los 25 años de su fallecimiento Juan Pablo II en la Audiencia Generaldel  25 de junio de 2003  expreso:   Al sucederle en la Cátedra de Pedro, me he esforzado por proseguir la acción pastoral que había iniciado, inspirándome en él como en un padre y maestro”…confianza mutua inspiradora.

El Cardenal Stanisław Ryłko en  su conferencia en la  Universidad Católicade San Antonio Murcia, 16 de abril de 2010 Juan Pablo II: el Papa llamado a introducir a la Iglesia al tercer milenio recordaba:

«El periodista y ensayista francés André Frossard describía así el día de la inauguración de su pontificado: «Aquel día de octubre en que apareció por primera vez sobre la escalinata de San Pedro con un enorme crucifijo puesto ante sí, sosteniéndolo con ambas manos como una espada, al resonar en la plaza sus primeras palabras “¡No tengáis miedo!”, en ese mismo momento todos entendieron que algo se había movido en el cielo y que, después del hombre de buena voluntad que había abierto el Concilio (Juan XXIII), después del grande del espíritu que lo había cerrado (Pablo VI), después de un intermedio dulce y fugitivo como un vuelo de paloma (Juan Pablo I), Dios nos enviaba un testigo. Se sabía que venía de Polonia. Yo tenía la impresión más bien de que había dejado las redes a la orilla de algún lago y que, tras las huellas del apóstol Pedro, había llegado directamente de Galilea. Nunca me había sentido tan cercano al Evangelio. Porque, sin duda alguna, aquel “¡No tengáis miedo!” estaba dirigido a un mundo donde el hombre tiene miedo del hombre, miedo de la vida como de la muerte y quizá más de la vida que de la muerte, miedo de las locas energías que tiene presas, miedo de todo, de nada y a veces de su miedo mismo»    

Con maestría y con palabras de una densidad espiritual poco común, Frossard resalta en este pasaje la dimensión más profunda de la personalidad de Karol Wojtyla, gran testigo de la fe en tiempos que se ven inundados de secularización y de modelos de vida sin Dios; en un mundo en que los hombres viven como si Dios no existiese – testigo hasta derramar la propia sangre, en aquel inaudito atentado del 13 de mayo de 1981 en la plaza San Pedro. Gran testigo de esperanza en medio de una humanidad que busca desesperadamente razones para vivir.

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Y el post Como se elige al Papa  

lunes, 8 de septiembre de 2025

La historia de la celebración de la Natividad de la Virgen.

 

"Así como la lectura de los libros materiales
permite la comprensión de la palabra viva del Señor, del mismo modo el icono permite acceder, a través de la vista, a los misterios de la salvación" (Juan Pablo II, Duodecimum saeculum).

Los cristianos comenzaron a celebrar la Natividad de la Virgen solo en el siglo quinto. Leemos la primera mención del Patriarca de Constantinopla Proclus (439-446 años) y en el libro del tesoro (libro litúrgico) del Papa Gelasio (492-426 años). Además, San Juan Crisóstomo, Epífanes y Agustín escriben sobre la fiesta. Y en Palestina, existe la leyenda de que la santa Reina Yelena, Igual a los Apóstoles, construyó un templo en Jerusalén en honor a la Natividad de la Bienaventurada Virgen María.

La celebración de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María surgió en la Iglesia alrededor del siglo VII. Se sabe que en la parte occidental del mundo cristiano esta celebración fue establecida por San Sergio, Papa de Roma (687-701).

La Iglesia celebra la fiesta el dia 8 de septiembre, justo al octavo dia de comenzar el año litúrgico bizantino, trayendo a nuestra consideración el octavo dia de la Creación, que sigue a los seis dias de trabajo creador y al septimo del descanso. El octavo día es el dia de la Resurrección, el día sin ocaso. Ocho son, también, los lados de la fuente bautismal donde el catecúmeno nace a la vida eterna.

La natural vinculación del nacimiento con la concepción hizo que siglos después, cuando en el año 1854 el Papa Pío IX elevó el sentir universal del pueblo católico sobre la concepción inmaculada de la Virgen María al grado de dogma -de verdad contenida en la revelación que el Espíritu hace progresivamente a través de la tradición-, la Iglesia católica celebrara la nueva fiesta nueve meses antes del nacimiento, es decir,  el 8 de diciembre.

“proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…” (Bula Ineffabilis Deus. Pio IX, 8 de diciembre de 1854).  

La fiesta puede haberse originado en algún lugar de Siria o Palestina a principios del siglo VI, cuando después del Concilio de Éfeso, bajo la influencia de los "Apócrifos", el culto a la Madre de Dios se intensificó enormemente, especialmente en Siria.

Dado que la historia de la Natividad de María se conoce solo de fuentes apócrifas, la Iglesia latina tardó en aceptar este festival oriental. No aparece en muchos calendarios que contienen la Asunción. A falta de datos rigurosamente históricos, la leyenda suple el vacío y, así, la iglesia de Angers, en Francia, afirma que San Maurilius instituyó esta fiesta en Angers como consecuencia de una revelación sobre 430. En la noche del 8 de septiembre, un hombre escuchó a los ángeles cantando en el cielo, y al preguntar la razón, le dijeron que se regocijaban porque la Virgen nació esa noche.

Fuente:Rezando con los iconos 

viernes, 5 de septiembre de 2025

Santa Madre Teresa de Calcuta, “pequeña mujer enamorada de Dios”

 


"Os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).

Este pasaje evangélico, tan fundamental para comprender el servicio de la madre Teresa a los pobres, fue la base de su convicción llena de fe de que al tocar los cuerpos quebrantados de los pobres, estaba tocando el cuerpo de Cristo. A Jesús mismo, oculto bajo el rostro doloroso del más pobre de entre los pobres, se dirigió su servicio. La madre Teresa pone de relieve el significado más profundo del servicio: un acto de amor hecho por los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los prisioneros (cf. Mt 25, 34-36), es un acto de amor hecho a Jesús mismo.

Lo reconoció y lo sirvió con devoción incondicional, expresando la delicadeza de su amor esponsal. Así, en la entrega total de sí misma a Dios y al prójimo, la madre Teresa encontró su mayor realización y vivió las cualidades más nobles de su feminidad. Buscó ser un signo del "amor, de la presencia y de la compasión de Dios", y así recordar a todos el valor y la dignidad de cada hijo de Dios, "creado para amar y ser amado". De este modo, la madre Teresa "llevó las almas a Dios y Dios a las almas" y sació la sed de Cristo, especialmente de aquellos más necesitados, aquellos cuya visión de Dios se había ofuscado a causa del sufrimiento y del dolor.

 "El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate de todos" (Mc 10, 45). La madre Teresa compartió la pasión del Crucificado, de modo especial durante largos años de "oscuridad interior". Fue una prueba a veces desgarradora, aceptada como un "don y privilegio" singular.

En las horas más oscuras se aferraba con más tenacidad a la oración ante el santísimo Sacramento. Esa dura prueba espiritual la llevó a identificarse cada vez más con aquellos a quienes servía cada día, experimentando su pena y, a veces, incluso su rechazo. Solía repetir que la mayor pobreza era la de ser indeseados, la de no tener a nadie que te cuide.

"Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti". Cuántas veces, como el salmista, también madre Teresa, en los momentos de desolación interior, repitió a su Señor:  "En ti, en ti espero, Dios mío".

Veneremos a esta pequeña mujer enamorada de Dios, humilde mensajera del Evangelio e infatigable bienhechora de la humanidad. Honremos en ella a una de las personalidades más relevantes de nuestra época. Acojamos su mensaje y sigamos su ejemplo.

Virgen María, Reina de todos los santos, ayúdanos a ser mansos y humildes de corazón como esta intrépida mensajera del amor. Ayúdanos a servir, con la alegría y la sonrisa, a toda persona que encontremos. Ayúdanos a ser misioneros de Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. Amén.

(de laHomilia del Papa Juan Pablo II en la Misa de Beatificacion de la Madre Teresade Calcuta el 19 de octubre de 2003) l

 La Madre Teresa fue  canonizada por el Papa Francisco el 4 de septiembre de 2016. 

Masinformacion sobre la Madre Teresa el dia de la beatificación y otros documentosinteresantes sobre las Misiones y temas afines. 

Invitovisitar Posts en este blog sobre la Madre Teresa 

jueves, 4 de septiembre de 2025

Juan Pablo II: Mis conversaciones con Pablo VI

 


“El primero de estos encuentros tuvo lugar durante la primera sesión del Concilio Vaticano, cuando el Santo Padre Pablo VI aun era cardenal….Arzobispo de Milán.  Me dirigí a el por un tema muy especial.  Como vicario capitular de la Arquidiócesis de Cracovia, le llevaba un pedido de la parroquia de San Florián – encargado por su pastor – solicitando el obsequio de campanas para la iglesia.  Serian un símbolo de unidad y lazos entre iglesias.  El Cardenal Montini enseguida comprendió y comenzó a hablar de sus recuerdos de Polonia, donde había vivido como parte del personal de la nunciatura en Varsovia.  El había sido testigo de la devolución de las campanas retiradas durante la primera guerra mundial y luego traídas para su reconocimiento.   Las campanas habían sido donadas por la parroquia de Seregno…

Recuerdo particularmente bien nuestros encuentros previos a mi nombramiento al cardenalato. Era abril de 1967. Nunca olvidare lo que entonces dijo el Papa en conexión a la preparación del documento que un año más tarde aparecería como la encíclica Humanae vitae.  Como yo era miembro de un comité especial no había podido participar en aquella reunión en junio de 1966 y entonces le envié mi opinión al Santo Padre por escrito. El Papa comenzó una discusión sobre el tema de inmediato….  Y comprendí entonces la gravedad de los problemas a los cuales se estaba enfrentando Pablo VI como maestro y pastor de la iglesia. Nuestras reuniones trataban de temas variados.   La mayoría eran reuniones privadas en las cuales me encontraba a solas con el Santo Padre. Pero también hubo reuniones grupales. 

He participado varias veces de las reuniones que Pablo VI mantenía con el Consejo para los Laicos en las cuales participe como asesor del Consejo, también en las audiencias con la Secretaria General del Sínodo de Obispos. Y finalmente reuniones grupales con los obispos polacos.  Recuerdo con particular emoción la reunión mantenida en noviembre de 1973, cuando junto con el Cardenal Primado y nuevo Arzobispo metropolitano  de Wroclaw, y los obispos residentes de Opole, Gozow, Szcezin, Koszalin, Gdansk y Warmia,  agradecimos por la institución definitiva de una jerarquía regular de la Iglesia polaca para los territorios del oeste y el norte.  

Durante su pontificado de quince años, mantuvimos  tres visitas ad limina, 1967/68, 1972, y 1977. Siempre admire como se preparaba el Santo Padre para sus audiencias. Era emocionante escucharle hablar de temas eclesiales – a veces también acerca de la Iglesia en Italia y en Roma, cuando lo que decía correspondía a sus reflexiones personales. … Quienes participaban en estas conversaciones se sentían particularmente agradecidos por poder ser parte de este sollicitudo ómnium Ecclesiarum paulista…..Era una persona muy cálida – muchas veces extendía sus reuniones más allá del horario programado,  aun cuando se le notificaba que el tiempo había terminado…. Nunca rechazo recibir a los sacerdotes acompañantes, aunque traté de no aprovecharme de esta disposición. 


Naturalmente, recuerdo muy vivamente aquella reunión excepcional con Pablo VI a la cual me invitara durante la Cuaresma de 1976. Fue un retiro…. Me agradeció el ultimo día recibiéndome en audiencia privada….. Podríamos hablar mucho acerca de los tantos obsequios recibidos de él, en las varias reuniones.  Mencionare tan solo uno,  una particularmente importante: fue durante el Concilio Vaticano. El Santo Padre estaba muy interesado en el tema de la iglesia de Nowa Huta. Recuerdo cuando le hablaba sobre como los parroquianos asistieron a la Santa Misa…. escuchándome me interrumpió y me pregunto en polaco: “mroz”? (frío) si dijo,  recuerdo esta palabra de cuando conocía mejor vuestra lengua. El final de estas conversaciones fue que Pablo VI bendijo personalmente la piedra angular de la iglesia de Nowa Huta…. La última vez que vi a Pablo VI fue el 19 de mayo de 1978. Fue en una audiencia con el Consejo de al Secretaria General del Sínodo de Obispos…y aquella fue la ultima reunión.  El 11 de agosto el obispo Andrzej Deskur me llevo directamente del aeropuerto a la Basílica. Alli me arrodillé, rece y mire ese rostro que había visto tantas veces en mis conversaciones. Aquellos ojos tan vividos ahora estaban cerrados… Ahora ya no puedo  hablar con el. Está en otra dimensión.  Ahora el mira a otro Rostro. “  

(Fuente:  Adam Boniecki: Kalendarium of the Life of Karol Wojtyla, Marians of the Immaculte Conception, 2000)


 

Pablo VI – perfil biográfico (1897-1978)l

 


Segundogénito de Giorgio y de Giuditta Alghisi, Giovanni Battista Montini nació en Concesio, Brescia (Italia), el 26 de septiembre de 1897. De familia católica muy comprometida en el ámbito político y social, frecuentó la escuela primaria y secundaria en el colegio Cesare Arici de Brescia dirigido por los jesuitas, y la concluyó en el instituto estatal de la ciudad en 1916.

En otoño de ese año ingresó en el seminario de Brescia y cuatro años más tarde, el 29 de mayo de 1920, recibió la ordenación sacerdotal. Después del verano se trasladó a Roma, donde estudió filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana y letras en la universidad estatal, obteniendo luego el doctorado en derecho canónico y en derecho civil. Mientras tanto, tras un encuentro con el sustituto de la Secretaría de Estado Giuseppe Pizzardo en octubre de 1921, fue destinado al servicio diplomático y por algunos meses de 1923 trabajó en la nunciatura apostólica de Varsovia.

Comenzó a prestar servicio en la secretaría de Estado el 24 de octubre de 1924. En ese período acompañó a los estudiantes universitarios católicos reunidos en la fuci, de la que fue consiliario eclesiástico nacional de 1925 a 1933. Mientras tanto, a comienzos de 1930, fue nombrado secretario de Estado el cardenal Eugenio Pacelli, del que llegó a ser progresivamente uno de sus más estrechos colaboradores, hasta que en 1937 fue promovido a sustituto de la Secretaría de Estado. Función que mantuvo también cuando a Pacelli —que fue elegido Papa en 1939 tomando el nombre de Pío XII— le sucedió el cardenal Luigi Maglione. Ocho años más tarde, en 1952, fue nombrado prosecretario de Estado para los asuntos ordinarios.



Fue él quien preparó el borrador del extremo aunque inútil llamamiento de paz que el Papa Pacelli lanzó por radio el 24 de agosto de 1939, en vísperas del conflicto mundial: «Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra».

El 1 de noviembre de 1954 recibió inesperadamente el nombramiento como arzobispo de Milán, donde inició su ministerio el 6 de enero de 1955. Como guía de la Iglesia ambrosiana se comprometió plenamente a nivel pastoral, dedicando una especial atención a los problemas del mundo del trabajo, de la inmigración y de las periferias, donde promovió la construcción de más de cien nuevas iglesias.

Fue el primer cardenal que recibió la púrpura cardenalicia de manos de Juan XXIII, el 15 de diciembre de 1958. Participó en el Concilio Vaticano II, donde sostuvo abiertamente la línea reformadora. Tras fallecer Roncalli, el 21 de junio de 1963, fue elegido Papa y tomó el nombre de Pablo, con una referencia clara al apóstol evangelizador.

En los primeros actos del pontificado quiso destacar la continuidad con el predecesor, en particular con la decisión de retomar el Vaticano II, que volvió a abrirse el 29 de septiembre de 1963. Condujo los trabajos conciliares con atenta mediación, favoreciendo y moderando la mayoría reformadora, hasta su conclusión que tuvo lugar el 8 de diciembre de 1965 y precedida por la mutua anulación de las excomuniones surgidas en 1054 entre Roma y Constantinopla.

Se remonta también al período del Concilio los primeros tres de los nueve viajes que durante su pontificado le llevaron a los cinco continentes (diez fueron, en cambio, sus visitas en Italia): en 1964 visitó Tierra Santa y luego India, y en 1965 Nueva York, donde pronunció un histórico discurso ante la asamblea general de las Naciones Unidas. Ese mismo año inició una profunda modificación de las estructuras del gobierno central de la Iglesia, creando nuevos organismos para el diálogo con los no cristianos y los no creyentes, instituyendo el Sínodo de los obispos —que durante su pontificado tuvo cuatro asambleas ordinarias y una extraordinaria entre 1967 y 1977— y reformando el Santo Oficio.

Su voluntad de diálogo en el seno de la Iglesia, con las diversas confesiones y religiones y con el mundo estuvo en el centro de la primera encíclica Ecclesiam suam de 1964, seguida por otras seis: entre estas hay que recordar la Populorum progressio de 1967 sobre el desarrollo de los pueblos y la Humanae vitae de 1968, dedicada a la cuestión de los métodos para el control de la natalidad, que suscitó numerosas polémicas incluso en ambientes católicos. Otros documentos significativos del pontificado son la carta apostólica Octogesima adveniens de 1971 para el pluralismo del compromiso político y social de los católicos, y la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de 1975 sobre la evangelización del mundo contemporáneo.

Comprometido en la no fácil tarea de aplicar las indicaciones del Concilio, aceleró el diálogo ecuménico a través de encuentros e iniciativas importantes. El impulso renovador en el ámbito del gobierno de la Iglesia se tradujo luego en la reforma de la Curia en 1967, de la corte pontificia en 1968 y del Cónclave en 1970 y en 1975. También en la liturgia realizó un paciente trabajo de mediación para favorecer la renovación pedida por el Vaticano II, sin lograr evitar las críticas de los sectores eclesiales más avanzados y la oposición de los conservadores.

Con la creación de 144 purpurados, la mayor parte no italianos, en seis consistorios remodeló notablemente el Colegio cardenalicio y acentuó su carácter de representación universal. Durante el pontificado desarrolló, además, la acción diplomática y la política internacional de la Santa Sede, comprometiéndose en favor de la paz —gracias a la institución también de una especial jornada mundial celebrada desde 1968 el 1 de enero de cada año— y prosiguiendo el diálogo con los países comunistas de Europa central y oriental comenzado por Juan XXIII.

En 1970, con una decisión sin precedentes, declaró doctoras de la Iglesia a dos mujeres, santa Teresa de Ávila y santa Catalina de Siena. Y en 1975 —tras el jubileo extraordinario que tuvo lugar en 1966 para la conclusión del Vaticano II y el Año de la fe celebrado entre 1967 y 1968 con ocasión del XIX centenario del martirio de los santos Pedro y Pablo— convocó y celebró un Año santo.

Murió el 6 agosto de 1978, por la tarde, en la residencia de Castelgandolfo, casi improvisamente. Tras el funeral que se celebró el 12 en la plaza de San Pedro, fue sepultado en la basílica vaticana.

El 11 de mayo de 1993 se inició en la diócesis de Roma la causa de canonización. El Papa Francisco autorizó a la Congregación para las causas de los santos la promulgación del decreto relativo al milagro atribuido a su intercesión.

Pablo VI fue beatificado el 19 de octubre de 2014 por el Papa Francisco..

Fue canonizado por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro el 14 de octubre de 2018.

lunes, 1 de septiembre de 2025

Karol Wojtyla, testigo de excepción en el Conciio Vaticano II - Teresa Cid, Universidad CEU, San Pablo, Brasil

 


Cuando comenzó el Concilio Vaticano II, Karol Wojtyla tenía cuarenta y dos años, y llevaba cuatro como obispo auxiliar de Cracovia, su participación en el Concilio, fue un acontecimiento decisivo para su existencia como obispo y una referencia constante durante todo su pontificado, así lo refleja en su testamento espiritual: «Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado» .

La participación en un Concilio, en este caso el de Trento, y el celo pastoral marcó también la vida de otro gran santo: «Cuando pienso —escribe— en san Carlos Borromeo me conmueve la coincidencia de los hechos y quehaceres. Fue obispo de Milán en el siglo XVI, en el periodo del Concilio de Trento. A mí, el Señor me ha concedido ser obispo en el siglo XX, precisamente durante el Concilio Vaticano II, en vistas al cual se me ha confiado la misma tarea: su realización. Debo decir que en estos años de pontificado he pensado constantemente en la puesta en práctica del Concilio. Me ha sorprendido siempre esta coincidencia y en aquel obispo me fascinaba especialmente su enorme dedicación pastoral» .

Esa dedicación pastoral es una constante que le define a él también. Se puede afirmar que Karol Wojtyla incorpora a su pensamiento todo el bagaje necesario para desarrollar su incansable actividad pastora , de hecho, el origen de sus estudios sobre el hombre es, como él mismo escribe: «en primer lugar, pastoral, y es desde el ángulo de lo pastoral cómo, en Amor y responsabilidad, formulé el concepto de norma personalista. Tal norma es la tentativa de traducir el mandamiento del amor al lenguaje de la ética filosófica. La persona es un ser para el que la única dimensión adecuada es el amor. Somos justos en lo que afecta a una persona cuando la amamos: esto vale para Dios y vale para el hombre. El amor por una persona excluye que se la pueda tratar como un objeto de disfrute» . Esta norma, ya presente en Kant, subraya que la persona no puede ser tratada como medio sino como fin. Sin embargo, Kant, que se opone al utilitarismo anglosajón, no interpreta de modo completo el mandamiento del amor que exige la afirmación de la persona por sí misma. La verdadera interpretación personalista del amor se encuentra en las palabras del Concilio, tal como destaca nuestro autor: «“el hombre —que en la tierra es la única criaturaque Dios ha querido por sí misma— no puede encontrarse plenamente a sí misma si no es a través del don sincero de sí”.

Queda formulado con claridad el principio de afirmación de la persona por el simple hecho de ser persona; al mismo tiempo el texto conciliar subraya que lo más esencial del amor es el “sincero don de sí mismo”. En este sentido la persona se realiza mediante el amor. Así pues, estos dos aspectos —la afirmación de la persona por sí misma y el don sincero de sí mismo— no solo no se excluyen mutuamente, sino que se confirman y se integran de modo recíproco. El hombre se afirma a sí mismo de manera más completa dándose»

En sus intervenciones en el Concilio sobresalen sus preocupaciones pastorales y su interés por la participación de los laicos en la misión de la Iglesia .

Una de sus intervenciones en la tercera sesión (21-10-1964), sobre el entonces esquema XIII, provocó que se le incluyera en el equipo redactor: «Así pues, —escribe— ya durante la tercera sesión me encontré en el équipo que preparaba el llamado esquema XIII, el documento que se convertiría luego en la Constitución pastoral Gaudium et spes, pude de este modo participar en los trabajos extremadamente interesantes de este grupo, compuesto por representantes de la Comisión teológica y del Apostolado de los laicos. Permanece vivo en mi memoria el recuerdo del encuentro de Ariccia, en enero de 1965»

Durante su participación en la nueva redacción del esquema XIII de la Gaudium et spes, hizo esta propuesta muy conocida por los estudiosos: “Ya que el esquema quiere tener sobre todo un carácter profundamente pastoral, es bueno que se le dé la mayor importancia a la persona humana, tanto en sí misma como en la comunidad (en la vida social) y en general. En efecto, toda la solicitud pastoral presupone la persona humana, ya sea como sujeto […] ya sea como objeto»  En la alocución aborda fundamentalmente dos argumentos: el primero, sobre la “índole pastoral” del esquema, que justifica la atención principal que recibe, en la primera parte del esquema, la persona humana, considerada según la integridad de su vocación. Ahora bien, la pastoralidad sugiere, además, que el texto refleje adecuadamente el horizonte salvífico pues toda la solicitud pastoral presupone la obra de redención realizada en la cruz. Insiste en que la obra de la Iglesia no puede ser reducida al servicio de la edificación del mundo, pues el mayor servicio de la Iglesia es el servicio de la salvación eterna. Subraya que el elemento de la crítica del mundo es tan esencial como la actitud positiva hacia el esfuerzo humano. La idea de la trascendencia de la salvación eterna relativa a todo fin mundano es característica de su pensamiento. Esta idea de trascendencia permite comprender como la redención puede habitar la historia del hombre y, sin embargo, ser siempre irreductible a ella, e ilumina el sentido más profundo del bien común.

La segunda parte de la alocución está dedicada al tema del ateísmo y su relación con la libertad religiosa. Propone distinguir el ateísmo fruto de la decisión personal, del ateísmo impuesto coercitivamente, que constituye una ofensa contra la ley natural. Afirma que no es suficiente considerar el ateísmo como negación de Dios, el problema es específicamente humano: el hombre ateo está persuadido de su soledad final, escatológica. Se entiende entonces que el hombre responda a esta soledad vinculada a la negación de la inmortalidad buscando un sucedáneo de eternidad en el colectivismo.

Tras la clausura del Vaticano II, al regresar a Polonia organizó la celebración de un sínodo diocesano con amplia participación de sacerdotes y laicos. Sus trabajos se inician en 1972 y fueron clausurados por él ya como papa en 1979. Sobre la base de su experiencia conciliar y con vistas al sínodo, publicó La renovación en sus fuentes. Sobre la aplicación del Concilio Vaticano II (1972), una reflexión sistemática que recogía el núcleo de las enseñanzas del Concilio. Al comenzar la tercera parte del libro anota: «En conformidad con la situación del presente estudio, no tratamos de dar una explicación de la doctrina del Vaticano II “como tal”, sino más bien buscar en todo el magisterio conciliar la respuesta a las preguntas de carácter existencial: ¿Qué significa ser creyente, ser cristiano, estar en la Iglesia?».

A su juicio, el Concilio al responder a estos interrogantes existenciales en los que estaba implícito el problema central del Concilio, «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?13», ha propiciado un verdadero enriquecimiento de la fe. Para el arzobispo de Cracovia la participación de todos los cristianos en la triple misión de Cristo, es decir, la dimensión profética, sacerdotal y real, era la clave decompresión de la doctrina conciliar. Esta toma de conciencia debía ir acompañada de una responsabilidad en la vida real y cotidiana.

Siguiendo la estela del Concilio, en su primera encíclica, Redemptor hominis (1979), el misterio de la redención está visto con los ojos de la gran renovación del hombre y de todo lo que es humano, propuesto por el Concilio, especialmente en la Gaudium et spes14. La encíclica recuerda el número 22 de Gaudium et spes,  como lo recuerda también la famosa homilía de inicio del pontificado:

 «Hermanos y hermanas, no tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad, Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera, ¡No temáis!, ¡Abrid, más aun, abrid de par en par las puertas a Cristo! […]. Cristo conoce “lo que hay dentro del hombre”, ¡sólo Él lo conoce!”».

En la carta apostólica Novo millennio ineunte (2000) con motivo de la clausura de la celebración del Año jubilar, nos recuerda que el Vaticano II es «la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX, una brújula segura para orientarnos en el camino del tercer milenio».

 Invito leer el articulo completo y ver todas las  referencias  “La superación de laautorreferencialidad del bien común en las fuentes wojtylianas” -  TERESA CID Universidad CEU San Pablo

 


Karol, un poeta de la piedra y de lo inmenso

 


Es verdad para todos los pontífices, naturalmente. Pero lo es, de manera especial, para Juan Pablo II, el primer papa eslavo, polaco, que conoció en carne propia las tragedias del siglo XX. Y, por lo tanto, no se puede comprender la figura de Karol Wojtyla –del mismo modo en que no se puede comprender su pontificado, basado en la defensa de la persona humana, de su dignidad, de sus derechos– sin remontarse a los orígenes, a las raíces de su vocación, a las diversas situaciones y experiencias que ha vivido. Incluida la experiencia artística.

Karol se acercó a la literatura en los años del bachillerato, en Wadowice, donde nació. Y al comenzar entonces a hacer teatro, su otra pasión, se dedicó obviamente a los mayores autores clásicos: Mickiewicz, Slowacki, Krasinski. Los cuales en el siglo XIX, con una Polonia borrada del mapa geopolítico de Europa, lograron preservar el patrimonio de su cultura y, por lo tanto, salvaguardar la identidad de la nación.

Pero, más aún que de los grandes poetas románticos, Wojtyla fue influenciado por la poesía de Cyprian Norwid. Otro extraordinario cantor de Polonia, pero más atento al hombre, a la relación entre fe y vida, a una visión más universal de la historia humana. Y, precisamente de Norwid, el joven Wojtyla aprendió el lenguaje de la poesía como comunicación de las emociones, de los sentimientos, de los propios ideales, de la propia tensión espiritual y, conjuntamente, como interpretación de la realidad, de los hechos de la vida humana.


La poesía de Karol, desde los inicios, se intuía a menudo con alusiones autobiográficas. Como la composición de la primavera de 1939, una de las primeras, si no es que la primera, cuando él tenía 19 años. Un desahogo dramático, porque expresaba toda su añoranza, pero se podría también decir su nostalgia, por la falta de su madre, fallecida desde hacía tiempo.

«Sobre tu blanca tumba
florecen las flores blancas de la vida.
Oh, cuántos años han desaparecido ya
sin ti – ¿cuántos años?
Sobre tu tumba blanca
cerrada desde hace años
algo parece levantarse:
inexplicable como la muerte.
Sobre tu tumba blanca,
Madre, amor mío apagado,
desde mi amor filial
una oración:
Dale a ella el eterno reposo».

Wojtyla fue un artista poliédrico. Hizo teatro, escribió de todo; dramas históricos, textos teatrales, ensayos científicos. Pero fue especialmente en la poesía donde logró expresar mejor el sentido profundo de lo que él mismo definió como el «continente hombre». El hombre en carne y hueso que se enfrenta con su libertad y con la esperanza cristiana. El hombre lidiando con las grandes preguntas de la vida. El hombre a menudo desfigurado, humillado por los falsos humanismos y, en cambio, en cuanto hijo de Dios, en posesión de su dignidad fundamental.

Mientras tanto, estalló la II Guerra Mundial, Polonia había sido invadida por los nazis. Y Karol, para no ser deportado a un campo de concentración, fue obligado a trabajar como obrero en una cantera de mármol. Sin embargo, precisamente esa experiencia le hizo conocer la dureza pero también el valor decisivo del trabajo: y de ahí –como recordará siendo Papa– el «misterio del hombre» tomó el primer lugar en sus reflexiones, y se sintió impulsado irresistiblemente a «defender el respeto del hombre».

«La piedra te da su poder, el trabajo madura al hombre
que recibe de él inspiración para un difícil bien.
Con el trabajo empieza un crecimiento de corazón y de mente
que a tantas personas implica y tantos eventos importantes
y entre los martillos madura el amor…».

Esta poesía, de 1956, se llamaba de hecho La cantera de mármol. Y, hasta un cierto punto, se llenaba de tristeza, de angustia. Karol estaba desconsolado por la muerte de un compañero de trabajo, arrollado por una explosión de dinamita.

«…Levantaron el cuerpo. Desfilaron en silencio.
De él aún emanaba cansancio y un sentido de injusticia…
Lo extendieron sobre un lienzo de grava.
Vino la mujer deshecha. Volvió el niño de la escuela…
Las piedras de nuevo se mueven. El carrito desaparece
entre las flores.
De nuevo una descarga eléctrica incide la cantera.
Pero el hombre se lleva consigo la secreta estructura del mundo
donde el amor prorrumpe más alto cuanto más lo impregna la rabia».

Sacerdote y obispo bajo el comunismo

Y entonces vino la gran decisión. Karol se volvió sacerdote. Estudió dos años en Roma y a su regreso, encontró su patria bajo un nuevo totalitarismo, el comunismo. Después de una breve experiencia en parroquia, se dedicó al ministerio de la confesión y se ocupó particularmente de jóvenes y parejas.

De esta manera conoció directamente, y desde dentro, toda la gama de sentimientos humanos y sus problemas existenciales: de los muchos interrogantes de las nuevas generaciones de cara a un futuro incierto, contradictorio, y sobretodo muy marcado por una concepción materialista, a las alegrías pero también a los dramas de la vida matrimonial.

Y todo esto, mediado siempre por una profunda sensibilidad religiosa, espiritual, entró en la obra literaria de Wojtyla. Como por ejemplo El taller del orfebre, de 1960, cuando ya era obispo. Es una pieza en verso, con la narración de tres historias de parejas, distintas pero enlazadas entre sí. Y basta el íncipit para entender la intensidad con que el autor se había acercado al gran misterio del amor.

Lo dice Teresa, la protagonista de la primera historia:

«Andrés me ha elegido y ha pedido mi mano.
Sucedió hoy entre las cinco y las seis de la tarde…
Caminaba por la parte derecha de la plaza,
cuando Andrés se volvió y dijo:
¿Quieres ser la compañera de mi vida?
Así dijo. Y no: quieres ser mi mujer,
sino: la compañera de mi vida…».

Karol Wojtyla se volvió arzobispo de Cracovia. Y, al hacerlo, fue el protector de todos los perseguidos por el régimen comunista: los obreros, los intelectuales, los jóvenes, los judíos, los revisionistas que esperaban aún en un socialismo con rostro humano. Wojtyla no se detuvo frente a las ideologías ni a las confesiones religiosas: defendió al hombre, cualquier hombre que fuera oprimido, pisoteado en su libertad, privado de sus derechos. Y, como hombre de Iglesia, contribuyó a la lucha por la justicia, por la salvaguarda de la memoria histórica y la independencia nacional. Este también es uno de los grandes temas que siempre, por influencia de Cyprian Norwid, estuvo al centro de su producción poética.

Pensando Patria… es una poesía compuesta por Wojtyla en 1974. Había revueltas de los trabajadores, intelectuales y estudiantes, luego nuevamente los obreros en el Báltico. Habían cambiado los dirigentes del partido comunista, Gierek en lugar de Gomulka, pero todo siguió como antes. Los polacos continuaban viviendo bajo el terror, y el peligro de nuevas represiones.

«Cuando pienso ‘Patria’ – me expreso a mí mismo, hundo mis raíces,
es voz del corazón, frontera secreta que de mí se ramifica a los demás,
para abrazar a todos, hasta el pasado más antiguo de cada uno;
de aquí surjo… cuando pienso ‘Patria’ – casi guardando en mí un tesoro.
Me pregunto cómo hacerlo crecer, cómo dilatar el espacio que llena
».

A la gente que estaba sumergida en la desesperación, que ya no reaccionaba, y sufría pasivamente la prepotencia del régimen, el arzobispo les dirigía palabras de fuego para empujarla al coraje, a la resistencia.

«Débil es el pueblo cuando permite la derrota, cuando
olvida su misión de velar hasta que
llegue la hora.
Las horas vuelven siempre sobre el gran cuadrado de la historia…».

Un Papa polaco… y poeta

Se llegó al 1978, el año de los dos cónclaves. Albino Luciani había sucedido a Pablo VI, pero había muerto repentinamente después de sólo 33 días. Los cardenales se habían vuelto a reunir y, el 16 de octubre, sucedió lo increíble: por primera vez en la historia un Papa polaco subía a la cátedra de Pedro. Y, sin embargo, la última poesía que Karol Wojtyla compuso como arzobispo de Cracovia, no parecía hacer pensar en un futuro como pontífice.

Estaba dedicada a san Stanislao, y a la Iglesia que nació con su martirio.

«Quiero describir a la Iglesia
–mi Iglesia que nace junto a mí,
pero no muere conmigo– y yo no muero con ella
que siempre me sobrepasa–
Iglesia: el fondo y la cumbre de mi ser.
Iglesia: raíz tendida en el pasado y en el futuro,
Sacramento de mi vida en Dios que es Padre.
Quiero describir la Iglesia– mi Iglesia ligada a mi tierra…».

Como Papa, Karol Wojtyla no escribió más poesías –no tenía evidentemente tiempo– pero a menudo en las homilías, especialmente en Navidad y Pascua, el desarrollo del texto era el de una composición poético espiritual.

Y en diversas ocasiones, además, discursos o incluso documentos terminaban con una oración escrita de manera poética. Juan Pablo II seguía de este modo siendo un gran «cantor» del hombre y un gran «testigo» de la verdad de Dios. Y era exactamente la clave de lectura que un famoso ensayista polaco, Z. Kubiak, dijo de las poesías de Karol Wojtyla: un poeta «de la piedra y de lo inmenso, es decir, de lo humano terrenal y de lo humano divino».

Y al final, cuando comenzó a ver aproximarse las puertas de la muerte, Karol Wojtyla entendió que, para expresar lo que sentía dentro, no podía hacerlo –una vez más, una última vez– sino con el lenguaje de la poesía. Y así nació Tríptico romano: meditaciones, casi un testamento espiritual. Es una obra en que dominan la maravilla y el estupor del ser humano frente a la Creación y que, realmente a veces a través de un camino difícil, le dan a conocer la verdad, el amor y la sabiduría del Dios Creador.

En particular, en la segunda parte de las tres estancias en que se subdivide la obra, Juan Pablo II se detenía en contemplación en el umbral de la Capilla Sixtina, admirando la obra maestra de Miguel Ángel en la representación del acto extraordinario de la Creación. Y aquí el Papa se dirigía –claramente– a los cardenales del futuro cónclave, deseando que éstos fueran iluminados y guiados por la luz y la transparencia de las imágenes del artista.

«Non omnis moriar (No moriré del todo) –



Lo que en mi hay de indestructible,
ahora se encuentra cara a cara con El que Es!
Así se pobló la pared central de la policromía sixtina.
…»Con-clave» (Con la llave): el común cuidado de la heredad de las llaves
de las llaves del Reino.
He aquí que se ven el Principio y el Final,
entre el Día de la Creación y el Día del Juicio.
Sólo le es dado al hombre morir una vez ¡y luego el Juicio!
La transparencia final y la luz.
La transparencia de los hechos –
la transparencia de las conciencias –
Es preciso que, durante el conclave, Miguel Ángel concientice a los hombres –
No olvidéis: Omnia nuda et aperta sunt ante oculos Eius.
Tú que penetras todo – ¡indica!
Él indicará…».

Gian Franco Svidercoschi

(tomado de Alfa y Omega)