Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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viernes, 3 de abril de 2026

Viernes santo - mirad el árbol de la cruz

 

Palabras del Papa  Juan Pablo II al finalizar el Via Crucis del Viernes Santo año 2003 


 Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit... Venite adoremus: 

« Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo... Venid a adorarlo». 

 


Hemos escuchado estas palabras en la liturgia de hoy: «Mirad el árbol de la cruz...». Son las palabras clave del Viernes santo. 

Ayer, en el primer día del Triduo sacro, el Jueves santo, escuchamos: Hoc est corpus meum, quod pro vobis tradetur: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros».

Hoy vemos cómo se han realizado esas palabras de ayer, Jueves santo: he aquí el Gólgota, he aquí el cuerpo de Cristo en la cruz. Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit.

¡Misterio de la fe! El hombre no podía imaginar este misterio, esta realidad. Sólo Dios la podía revelar. El hombre no tiene la posibilidad de dar la vida después de la muerte. La muerte de la muerte. En el orden humano, la muerte es la última palabra. La palabra que viene después, la palabra de la Resurrección, es una palabra exclusiva de Dios y por eso celebramos con gran fervor este Triduo sacro.

Hoy oramos a Cristo bajado de la cruz y sepultado. Se ha sellado su sepulcro. Y mañana, en todo el mundo, en todo el cosmos, en todos nosotros, reinará un profundo silencio. Silencio de espera. Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit. Este árbol de la muerte, el árbol en el que murió el Hijo de Dios, abre el camino al día siguiente: jueves, viernes, sábado, domingo. El domingo será Pascua. Y escucharemos las palabras de la liturgia. Hoy hemos escuchado: «Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit». Salus mundi!, ¡la salvación del mundo! ¡En la cruz! Y pasado mañana cantaremos: «Surrexit de sepulcro... qui pro nobis pependit in ligno».

 He aquí la profundidad, la sencillez divina, de este Triduo pascual.

Ojalá que todos vivamos este Triduo lo más profundamente posible. Como cada año, nos encontramos aquí, en el Coliseo. Es un símbolo. Este Coliseo es un símbolo. Nos habla sobre todo de los tiempos pasados, de aquel gran imperio romano, que se desplomó. Nos habla de los mártires cristianos que aquí dieron testimonio con su vida y con su muerte. Es difícil encontrar otro lugar donde el misterio de la cruz hable de un modo más elocuente que aquí, ante este Coliseo. «Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit». Salus mundi!

 


A todos vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, os deseo que viváis este Triduo sacro -Jueves, Viernes, Sábado santo, Vigilia pascual, y luego la Pascua- cada vez con más profundidad, y también que lo testimoniéis.

 ¡Alabado sea Jesucristo!

 

-          O -


El texto de las meditaciones del Via Crucis del año 2003, fue el que Papa  Juan Pablo II dirigió al Papa  Pablo VI y a la Curia Romana  con ocasión de los ejercicios espirituales en 1976, cuando Karol Wojtyla era  arzobispo de Cracovia  – también están completas en el sitio oficial del  Directorio Franciscano precedidas por una introducción de Mons. Piero Marini, Maestro de las celebraciones litúrgicas entonces, y también las palabras finales del Papa Juan Pablo II al finalizar la ceremonia (que se leen al comienzo de este texto.)

(Las meditaciones del  Via Crucis fueron publicadas por BAC, Madrid en 1978) bajo el titulo "Signo de contradicción" )

Las meditaciones también fueron publicadas en la revista Humanitas de Chile. 

 

 

 



 

 

 

jueves, 2 de abril de 2026

El triduo Pascual – Papa Benedicto XVI


 El Triduo pascual que  comienza con los sugestivos ritos vespertinos del Jueves santo tiene como preludio la solemne Misa Crismalque por la mañana celebra el obispo con su presbiterio y en el curso de la cual todos renuevan juntos las promesas sacerdotales pronunciadas el día de la ordenación. Es un gesto de gran valor, una ocasión muy propicia en la que los sacerdotes reafirman su fidelidad a Cristo, que los ha elegido como ministros suyos… También en la Misa Crismal se bendecirán el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos, y se consagrará el Crisma. Con estos ritos se significa simbólicamente la plenitud del sacerdocio de Cristo y la comunión eclesial que debe animar al pueblo cristiano, reunido para el sacrificio eucarístico y vivificado en la unidad por el don del Espíritu Santo.

En la misa de la tarde, llamada in Coena Dominila Iglesia conmemora la institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo de la caridad, que Jesús dejó a sus discípulos. San Pablo ofrece uno de los testimonios más antiguos de lo que sucedió en el Cenáculo la víspera de la pasión del Señor. "El Señor Jesús —escribe san Pablo al inicio de los años 50, basándose en un texto que recibió del entorno del Señor mismo— en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía". Asimismo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía"" (1 Co 11, 23-25).

Estas palabras, llenas de misterio, manifiestan con claridad la voluntad de Cristo: bajo las especies del pan y del vino él se hace presente con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Es el sacrificio de la alianza nueva y definitiva, ofrecida a todos, sin distinción de raza y de cultura. Y Jesús constituye ministros de este rito sacramental, que entrega a la Iglesia como prueba suprema de su amor, a sus discípulos y a cuantos proseguirán su ministerio a lo largo de los siglos. Por tanto, el Jueves santo constituye una renovada invitación a dar gracias a Dios por el don supremo de la Eucaristía, que hay que acoger con devoción y adorar con fe viva. Por eso, la Iglesia anima, después de la celebración de la santa Misa, a velar en presencia del santísimo Sacramento, recordando la hora triste que Jesús pasó en soledad y oración en Getsemaní antes de ser arrestado y luego condenado a muerte.

Así llegamos al Viernes santo, día de la pasión y la crucifixión del Señor. Cada año, situándonos en silencio ante Jesús colgado del madero de la cruz, constatamos cuán llenas de amor están las palabras pronunciadas por él la víspera, en la última Cena: "Esta es mi sangre de la alianza, que se derrama por muchos" (cf. Mc 14, 24). Jesús quiso ofrecer su vida en sacrificio para el perdón de los pecados de la humanidad. Lo mismo que sucede ante la Eucaristía, sucede ante la pasión y muerte de Jesús en la cruz: el misterio se hace insondable para la razón. Estamos ante algo que humanamente podría parecer absurdo: un Dios que no sólo se hace hombre, con todas las necesidades del hombre; que no sólo sufre para salvar al hombre cargando sobre sí toda la tragedia de la humanidad, sino que además muere por el hombre.  La muerte de Cristo recuerda el cúmulo de dolor y de males que pesa sobre la humanidad de todos los tiempos: el peso aplastante de nuestro morir, el odio y la violencia que aún hoy ensangrientan la tierra. La pasión del Señor continúa en el sufrimiento de los hombres. Como escribe con razón Blaise Pascal, "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo; no hay que dormir en este tiempo" (Pensamientos, 553). El Viernes santo es un día lleno de tristeza, pero al mismo tiempo es un día propicio para renovar nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y de su victoria. La liturgia de este día canta: "O Crux, ave, spes unica", "¡Salve, oh cruz, esperanza única!".

 

Esta esperanza se alimenta en el gran silencio del Sábado santo, en espera de la resurrección de Jesús. En este día las iglesias están desnudas y no se celebran ritos litúrgicos particulares. La Iglesia vela en oración como María y junto con María, compartiendo sus mismos sentimientos de dolor y confianza en Dios. Justamente se recomienda conservar durante todo el día un clima de oración, favoreciendo la meditación y la reconciliación; se anima a los fieles a acercarse al sacramento de la Penitencia, para poder participar, realmente renovados, en las fiestas pascuales.

 

El recogimiento y el silencio del Sábado santo nos llevarán en la noche a la solemne Vigilia pascual"madre de todas las vigilias", cuando prorrumpirá en todas las iglesias y comunidades el canto de alegría por la resurrección de Cristo. Una vez más, se proclamará la victoria de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte, y la Iglesia se llenará de júbilo en el encuentro con su Señor. Así entraremos en el clima de la Pascua de Resurrección.

 

(...) 

 

Dispongámonos a vivir intensamente el Triduo santo, para participar cada vez más profundamente en el misterio de Cristo. En este itinerario nos acompaña la Virgen santísima, que siguió en silencio a su Hijo Jesús hasta el Calvario, participando con gran pena en su sacrificio, cooperando así al misterio de la redención y convirtiéndose en Madre de todos los creyentes (cf Jn 19, 25-27). Juntamente con ella entraremos en el Cenáculo, permaneceremos al pie de la cruz, velaremos idealmente junto a Cristo muerto aguardando con esperanza el alba del día radiante de la resurrección.

 

 (BenedictoXVI – de la audiencia general miércoles 8 de abril de 2009)

 


 

 

viernes, 18 de abril de 2025

Viernes Santo - "Ve, Francisco, repara mi casa, que, como ves, está totalmente en ruinas"

 


El Santo Padre Benedicto XVI al dirigirse a los jóvenes en Asis,  con ocasión del VIII centenario de la conversión de San Francisco,  les habló de esa “conversación” de San Francisco con Jesus Crucificado y su significado en la vida de toda la Iglesia:

(…) La experiencia de la Verna, donde recibió los estigmas, muestra hasta qué grado de intimidad había llegado en su relación con Cristo crucificado. Realmente pudo decir con san Pablo:  "Para mí vivir es Cristo" (Flp 1, 21). Si se desprende de todo y elige la pobreza, el motivo de todo esto es Cristo, y sólo Cristo. Jesús es su todo, y le basta…El Crucifijo de San Damián le había pedido que reparara la casa de Cristo, es decir, la Iglesia. Entre Cristo y la Iglesia existe una relación íntima e indisoluble. Ciertamente, en la misión de Francisco, ser llamado a repararla implicaba algo propio y original…Es la imagen de Cristo crucificado y resucitado, vida de la Iglesia, que, si estamos atentos, nos habla también a nosotros, como habló hace dos mil años a sus Apóstoles y hace ochocientos años a san Francisco. La Iglesia vive continuamente de este encuentro….

También a cada uno de nosotros nos dice: "Ve y repara mi casa". Todos estamos llamados a reparar, en cada generación, la casa de Cristo, la Iglesia. Y sólo actuando así, la Iglesia vive y se embellece. Como sabemos, hay muchas maneras de reparar, de edificar, de construir la casa de Dios, la Iglesia. Se edifica con las diferentes vocaciones, desde la laical y familiar hasta la vida de especial consagración y la vocación sacerdotal… ….

"Abrid las puertas a Cristo". Abridlas como hizo san Francisco, sin miedo, sin cálculos, sin medida”…

 Y en la homilía de la concelebración eucarística durante esa misma visita

“… "Ve, Francisco, y repara mi casa" (2 Cel I, 6, 10: FF 593), su camino no fue más que el esfuerzo diario de configurarse con Cristo. Se enamoró de Cristo. Las llagas del Crucificado hirieron su corazón, antes de marcar su cuerpo en la Verna. Por eso pudo decir con san Pablo: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20). Esta es su conversión a Cristo, hasta el deseo de "transformarse" en él, llegando a ser su imagen acabada, que explica su manera típica de vivir, en virtud de la cual se nos presenta tan actual, incluso respecto de los grandes temas de nuestro tiempo, como la búsqueda de la paz, la salvaguardia de la naturaleza y la promoción del diálogo entre todos los hombres”…

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Viernes Santo …..Jesús y nuestras cárceles externas e internas

 


Mt 25:35 “porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; 25:36 desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”.

En el Ángelus del 9 de julio del 2000 Año jubilar el Papa Juan Pablo II comunicaba con alegría que aquella mañana se había encontrado con los detenidos de la cárcel "Regina Coeli" para celebrar con ellos el jubileo. “Ha sido un momento de oración y de humanidad muy emotivo” - decía el Papa y agregaba “ Leyendo en sus ojos, he tratado de intuir los sufrimientos, los anhelos y las esperanzas de cada uno. Sabía que en ellos encontraba a Cristo, que en el Evangelio se identificó con los detenidos hasta el punto de decir: "Estuve (...) en la cárcel y vinisteis a verme" (Mt 25, 36).

 

“"Estuve (...) en la cárcel..." (Mt 25, 35-36) - Estas palabras de Cristo ….- decia el Papa en la Homilia - nos traen a la mente la imagen de Cristo que estuvo efectivamente en la cárcel. Nos parece volverlo a ver en la tarde del Jueves santo en Getsemaní: él, la inocencia personificada, escoltado como un malhechor por los esbirros del Sanedrín, capturado y llevado ante el tribunal de Anás y Caifás. Siguen las largas horas de la noche a la espera del juicio ante el tribunal romano de Pilato. El juicio tiene lugar la mañana del Viernes santo en el pretorio: Jesús está de pie ante el procurador romano, que lo interroga. Sobre su cabeza pende la demanda de condena a muerte mediante el suplicio de la cruz. Lo vemos luego atado a un palo para la flagelación. Sucesivamente es coronado de espinas... "Ecce homo", "He aquí al hombre". Pilato pronunció esas palabras, tal vez esperando que se produjera una reacción de humanidad en los presentes. La respuesta fue: "¡Crucifícalo, crucifícalo!" (Lc 23, 21). Y cuando, por fin, le quitaron las cuerdas de las manos, fue para clavarlas en la cruz.

 

[…]

 

"Estuve (...) en la cárcel, y vinisteis a verme" (Mt 25, 35-36). Pide que lo vean en vosotros, como en muchas otras personas afectadas por diversas formas de sufrimiento humano: "Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). Se puede decir que estas palabras contienen el "programa" del jubileo en las cárceles, que hoy celebramos. Nos invitan a vivirlo como compromiso en favor de la dignidad de todos, la dignidad que brota del amor de Dios a toda persona humana.

 

[…]

 

En el centro de este jubileo está Cristo, el detenido; al mismo tiempo, está Cristo, el legislador. Él es el que establece la ley, la proclama y la consolida. Sin embargo, no lo hace con prepotencia, sino con mansedumbre y con amor. Cura lo que está enfermo, fortalece lo que está quebrado. Donde arde aún una tenue llama de bondad, la reaviva con el soplo de su amor. Proclama con fuerza el derecho, pero cura las heridas con el bálsamo de la misericordia.

 

 

"sacar de las cárceles a los presos" (Is 42, 7)…... La "cárcel" de la que el Señor viene a sacarnos es, en primer lugar, aquella en la que se encuentra encadenado el espíritu. La cárcel del espíritu es el pecado. ¡Cómo no recordar, a este respecto, aquellas profundas palabras de Jesús: "En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado"! (Jn 8, 34). Esta es la esclavitud de la que él vino en primer lugar a librarnos. En efecto, dijo: "Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn 8, 31).

 

 

De esta esclavitud viene a librarnos el Espíritu de Dios. Él, que es el Don por excelencia que nos obtuvo Cristo, "viene en ayuda de nuestra flaqueza, (...) abogando por nosotros con gemidos inenarrables" (Rm 8, 26). Si seguimos sus inspiraciones, produce nuestra salvación integral, "la adopción, la redención de nuestro cuerpo" (Rm 8, 23).

 

 

Así pues, es preciso que sea él, el Espíritu de Jesucristo, quien actúe en vuestro corazón, queridos hermanos y hermanas detenidos. Es necesario que el Espíritu Santo penetre totalmente en esta cárcel en la que nos encontramos y en todas las prisiones del mundo. Cristo, el Hijo de Dios, quiso ser detenido, dejó que le ataran las manos y luego las clavaran en la cruz, precisamente para que el Espíritu pudiera llegar al corazón de todo hombre. También donde los hombres están encerrados con los cerrojos de las cárceles, según la lógica de una justicia humana, por lo demás necesaria, es preciso que sople el Espíritu de Cristo, Redentor del mundo…. “

 

Perfiles de Cireneo

 


En su artículo  Roca al rojo vivo  publicado con el número 9 de septiembre de 2007 de “ Totus tuus ” (y reproducido en este blog) el crítico literario jesuita padre Antonio Spadaro escribe sobre la poesía de Karol Wojtyla. Dice con respecto a  Perfiles del Cireneo  ( escrito en 1957 y publicado en 1958 (el 23 de marzo?) bajo el seudónimo Andrzej Jawien por  Tygodnik Powszechny , semanario católico polaco)

"Leyendo su producción desde 1946 al Tríptico Romano, podríamos elegir algunas posturas vitales y constantes…Un tercer tema fundamental nos habla de la relación con Cristo. En marzo de 1958, cuatro meses antes de ser nombrado arzobispo de Cracovia, había publicado el poema Perfiles del Cirineo. La obra está centrada en la figura de Simón el Cirineo, visto como una poderosa imagen del hombre contemporáneo. En realidad, él describe 14 perfiles de “cireneos” contemporáneos: el melancólico, el esquizoide, los ciegos, el actor, la muchacha decepcionada en su amor, los niños, dos operarios, un intelectual, un emotivo, un volitivo… Wojtyła crea una fenomenología poética del hombre contemporáneo en pequeños pero densísimos cuadros. Cada perfil es el de un cireneo que carga a sus espaldas su propio yugo y escribe, su perfil se dibuja siempre al lado del otro Hombre…. “

PERFILES DE CIRENEO

Antes de discernir perfiles diferentes 

….El que mejor conozco es el perfil del Cireneo,

 

En todos sus aspectos posibles.

Su perfil se dibuja siempre al lado del otro Hombre

Si quieres saber sobre nuestros hombres

Y se rompió precisamente ahí

Donde el otro Hombre es más El mismo…

 

La visión de mí nació de César.

De ese perfil y de ese otro Hombre….

 

Toma el pensamiento que completa al hombre

O permite que el hombre comience de nuevo.

O también : déjate ayudar para que tú lo guías…..

 

SIMÓN DE CIRENE

Cuida y cuida al hombre. La Calle. ¿Todos esos

Rostros!....

Mi camino es angosto. Esperemos que llegue.

Que nadie beba en mis aguas!....

 Pero tu eres vasto, accesible a todos:

Tu contienes a todos los hombres….

(de Karol Wojtyla: POESÍAS, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1993).


 

 


 

 

 

jueves, 17 de abril de 2025

Jueves Santo comienzo del triduo sagrado (3 de 3)

 


A través de su abandono en el Padre, a través de la obediencia hasta la muerte, nos ha hecho también "reyes y sacerdotes" (Ap 1, 6). 

Lo proclamó el día solemne en que compartió con los Apóstoles el pan y el vino, como su Cuerpo y Sangre para la salvación del mundo. Precisamente hoy estamos llamados a vivir este día: fiesta de los sacerdotes. Hoy hablan de nuevo a nuestros corazones los misterios del Cenáculo, donde Cristo, en la primera Eucaristía, dijo: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19), instituyendo así el sacramento del sacerdocio. Y he aquí que se cumplió lo que mucho tiempo antes- había dicho el Profeta Isaías: "Vosotros seréis llamados sacerdotes del Señor, y nombrados ministros de nuestro Dios" (Is 61, 6). 

Hoy sentimos el deseo vivísimo de encontrarnos junto al altar para esta concelebración eucarística y dar gracias por el don particular que el Señor nos ha conferido. Conscientes de la grandeza de esta gracia, deseamos además renovar las promesas que cada uno de nosotros hizo el día de la propia ordenación, poniéndolas en las manos del obispo. Al renovarlas, pidamos la gracia de la fidelidad y de la perseverancia. Pidamos también que la gracia de la vocación sacerdotal caiga sobre el terreno de muchas almas juveniles, y que allí eche raíces como semilla que da fruto centuplicado (cf. Lc 8, 8). 

Como está previsto, hacen hoy lo mismo los obispos en sus catedrales en todo el mundo juntamente con los sacerdotes renuevan las promesas hechas el día de la ordenación. Unámonos a ellos más ardientemente aún mediante la fraternidad en la fe y en la vocación, que hemos sacado del cenáculo como herencia transmitida por los Apóstoles. 

Perseveremos en esta gran comunidad sacerdotal, como siervos del Pueblo de Dios, como discípulos y amantes de los que se ha hecho obediente hasta la muerte, que no ha venido al mundo para ser servido, sino para servir (cf. Mt 20, 28).

(Homilia de Juan Pablo II en la Misa Crismal del Jueves Santo 12 de abril de 1979)

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Jueves Santo comienzo del triduo sagrado (2 de 3)

 


Celebramos hoy la liturgia del crisma, mediante el cual la Iglesia quiere renovar, en los umbrales de estos días santos, el signo de la fuerza del Espíritu que ha recibido de su Redentor y Esposo.

Esta fuerza del Espíritu: gracia y santidad, que hay en El, es participada, al precio de la pasión y muerte, por los hombres mediante los sacramentos de la fe. Así se construye continuamente el Pueblo de Dios, como enseña el Concilio Vaticano II: "...los fieles, en virtud de su sacerdocio real, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, con la abnegación y la caridad operante" (Lumen gentium, 10). 

Con este óleo sagrado, óleo de los catecúmenos, serán ungidos los catecúmenos durante el bautismo, para poder ser ungidos después con el santo crisma. Recibirán esta unción por segunda vez en el sacramento de la confirmación. La recibirán también —si fueren llamados a esto—. Durante la ordenación, los diáconos, presbíteros, obispos. En el sacramento de los enfermos, todos los enfermos recibirán la unción con el óleo de los enfermos (cf. Sant 5, 14). 

Queremos preparar hoy a la Iglesia para el nuevo año de gracia, para la administración de los sacramentos de la fe, que tienen su centro en la Eucaristía. Todos los sacramentos, los que tienen el signo de la unción, y los que se administran sin este signo, como la penitencia y el matrimonio, significan una participación eficaz en la fuerza de Aquel a quien el mismo Padre había ungido y enviado al mundo (cf. Lc 4, 18).

 

Celebramos hoy, Jueves Santo, la liturgia de esta fuerza, que alcanzó su plenitud en las debilidades del Viernes Santo, en los tormentos de su pasión y agonía, porque, mediante todo esto, Cristo nos ha merecido la gracia: "Con vosotros sean la gracia y la paz... de Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra" (Ap 1, 4. 5). 

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Jueves Santo comienzo del triduo sagrado (1 de 3)

 


Hoy, en el umbral de este triduo sagrado, deseamos profesar, de modo particular, nuestra fe en Cristo, en Aquel cuya pasión debemos renovar, en el espíritu de la Iglesia, para que todos dirijan "la mirada al que traspasaron" (Jn 19, 37), y la generación actual de los habitantes de la tierra llore sobre El (cf. Lc 23, 27).

He aquí a Cristo: en el que viene Dios a la humanidad como Señor de la historia: "Yo soy el alfa y la omega..., el que es, el que era, el que viene" (Ap 1, 8).

He aquí a Cristo "que me amó y se entregó por mí" (Gál 2, 20), Cristo que vino para obtenernos "con su propia sangre... una redención eterna" (Heb 9, 12).

Cristo: el "Ungido", el Mesías.

 Una vez, Israel, en la víspera de la liberación de la esclavitud de Egipto, signó las puertas de las casas con la sangre del cordero (cf. Ex 12, 1-14). He aquí que el Cordero de Dios está entre nosotros, Aquel a quien el mismo Padre ha ungido con poder y con el Espíritu Santo, y ha enviado al mundo (cf. Jn 1, 29; Act 10, 36-38).

Cristo: el "Ungido", el Mesías.

Durante estos días, con la fuerza de la unción del Espíritu Santo, con la fuerza de la plenitud de la santidad que hay en El, y sólo en El, clamará a Dios "con gran voz" (Lc 23, 46), voz de humillación, de anonadamiento, de cruz: "Señor, fortaleza mía, mi roca, mi ciudadela, mi libertador; mi Dios, mi roca, a quien me acojo; mi escudo, mi fuerza salvadora, mi asilo" (Sal 17 [18], 2 y s.).

 Así clamará por sí y por nosotros. 

(Homilia de Juan Pablo II en la Misa Crismal  del Jueves Santo 12 de abril de 1979)

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miércoles, 16 de abril de 2025

Los Papas y el Triduo Pascual, el tiempo del "amor extremo" de Jesús

 


La Semana Santa, que comenzó con la celebración del Domingo de Ramos, está a punto de entrar en su fase culminante. En vísperas del Triduo Pascual revivimos, con algunas reflexiones de los Pontífices, los días centrales del año litúrgico.

El misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor es el núcleo de la Semana Santa. El Triduo Pascual comienza con la Misa en Coena Domini, celebración que recuerda la institución de la Eucaristía, la tarde del Jueves Santo. Conmemoramos a Jesús bendiciendo y partiendo el pan y repartiéndolo a los apóstoles diciendo: "Esto es mi cuerpo". La misma escena se repite con la copa: "Esta es mi sangre", dice el Hijo de Dios, quien luego dirige estas palabras a los discípulos: "Haced esto en memoria mía".

 Juan Pablo II: Jesús ama hasta el fin

La Última Cena, subraya el Papa Juan Pablo II durante la santa misa de la Cena del Señor el 12 de abril de 1979 , es "el testimonio de aquel amor con el que Cristo, Cordero de Dios, nos amó hasta el extremo".

¿Qué significa: “Los amó hasta el fin?”. Quiere decir: hasta aquel cumplimiento que debía realizarse el Viernes Santo. Ese día debía mostrar cuánto amó Dios al mundo, y cómo, en ese amor, llegó al límite extremo de la entrega de sí, es decir, hasta "dar a su Hijo unigénito" (Jn 6: dieciséis). Ese día Cristo demostró que "no hay amor más grande que este: dar la vida por los amigos".

Benedicto XVI : El gesto del lavatorio de pies

Durante la liturgia de la Misa “In Coena Domini” se recuerda el gesto del lavatorio. La tarde del Jueves Santo, la víspera de ser crucificado, Jesús lava los pies de sus discípulos. Cristo "nos lava siempre de nuevo con su palabra", recuerda el Papa Benedicto XVI durante la celebración de la Cena del Señor el 20 de marzo de 2008 :

A esto nos invita el Evangelio del lavatorio de los pies: a dejarnos lavar una y otra vez por esta agua pura, a dejarnos hacer capaces de una comunión convivencial con Dios y con los hermanos. Pero del costado de Jesús, tras el golpe de la lanza del soldado, no sólo salió agua sino también sangre (Jn 19, 34; cf. 1 Jn 5, 6. 8). Jesús no solo habló, no nos dejó solo palabras. Él se entrega. Nos lava con el poder sagrado de su sangre, es decir, con su entrega "hasta el fin", hasta la Cruz. Su palabra es más que sólo hablar; él es carne y sangre "para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

Francisco: Jesús salva a toda la humanidad.



El Viernes Santo es el día de la Cruz, el silencio y la adoración. Es el momento de la Pasión, del amor de Dios que se acerca a todo hombre desechado por la indiferencia y el odio. Desde el Monte Palatino, el 3 de abril de 2015 , el Papa Francisco subraya que en Jesús vendido, traicionado y crucificado "vemos nuestras traiciones cotidianas y nuestras habituales infidelidades". La Cruz, añade Francisco, es "el camino hacia la Resurrección" y el Viernes Santo es el "camino hacia la Pascua de la luz".

El Viernes Santo es también el día del Via Crucis en el Coliseo. El 12 de abril de 1974 el Papa Pablo VI recordó el significado de la Pasión: Jesús es inocente pero "cargó sobre sí la suma incalculable de los pecados del mundo, de nuestros pecados". “La Cruz es la revelación del amor”.

Juan XXIII: La luz de la Pascua

El Sábado Santo es el día de confusión de los discípulos, conmocionados por la muerte de su Maestro. Jesús está en el sepulcro pero en este día de lágrimas el corazón de María está lleno de fe. La Madre de Jesús vela en la espera y en la oscuridad del Sábado Santo irrumpe la luz de la Vigilia Pascual. ¡El Señor verdaderamente ha resucitado! “De aquí - afirma el Papa Juan XXIII en el mensaje radiofónico Urbi et Orbi del 21 de abril de 1962 - se inspira no sólo el apostolado misionero, sino también la valiente defensa de los principios sobre los que se construye todo el edificio de la dignidad humana, de la civilización cristiana. ”.

Es a través de la Resurrección de Cristo que el Evangelio se difundió por el mundo, sosteniendo el impacto de las fuerzas del mal, superando dificultades de todo tipo. El mal, que tiene su cabeza en el princeps huius mundi, y los obstáculos que la debilidad humana exacerba, que multiplica los compromisos, lograron quebrar la resistencia física de innumerables criaturas frágiles entregadas al sacrificio a lo largo de los siglos. Pero eso es todo. El Evangelio supo penetrar como una semilla fecunda en el alma de los pueblos. Dominus regnavit!. Pedro, vivo en sus sucesores, sigue llevando al mundo el gran anuncio de la Resurrección.

Pío XII: Jesús está entre nosotros



La Pascua es la culminación del Triduo Pascual que termina con las Vísperas del Domingo de Resurrección. En este día después del sábado resuena el anuncio gozoso. El 10 de abril de 1955, Domingo de Pascua, el Papa Pío XII abrió su mensaje Urbi et Orbi con el anuncio del ángel en el alba de la Resurrección: “Surrexit, ha resucitado”. Cristo, afirma el Papa Pacelli, "vive entre nosotros":

¡Cristo está entre nosotros! La realidad de la vida activa de Jesús en la Iglesia brilla con una luz irresistible. Vosotros mismos sois testigos de ello. Esta Iglesia, que no puede ser fruto de designios humanos -que es precisamente la negación de los instintos desordenados y por tanto odiada por el mundo (cf. Io. 15, 18-19)- resiste, porque hay en ella Quien renueva la frescura de su vida y juventud. Es el Dios humanizado y resucitado, que se esconde en ella para reavivar perenne e íntimamente a la humanidad, comunicando su verdad, su gracia, su paz a quienes creen en Él.

Amedeo Lomonaco – de Vatican News 

 

viernes, 11 de abril de 2025

Juan Pablo II en la Argentina 1987 - Vigilia JMJ 1987 Buenos Aires hace 38 años – Un llamado a ser «operadores de paz »

 


“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1Jn 4, 16)                  (Lema de la JMJ 1987 Buenos Aires  tomado de la primera Carta del Apóstol San Juan.)

 

Ya se acercaba la gran ceremonia de la Clausura de  la Jornada Mundial de la Juventud en Buenos Aires, pero aun faltaba la gran fiesta de los jóvenes, esa inmensa alegría que significaba para el Papa encontrarse con los jóvenes, la Vigilia previa ala Clausura,  que es cuando el Papa verdaderamente dialogaba de corazón a corazón con los jóvenes,  como si lo hiciese con cada uno de ellos frente a frente y  les abría su corazón para que ellos abrieran el suyo al mundo.

 

Estamos cumpliendo 38 años desde aquella inolvidable Vigilia en la avenida 9 de Julio,   la noche del sábado 11 de abril cuando el Santo Padre Juan Pablo II mantuvo su encuentro multitudinario con los jóvenes del mundo. En su discurso el Papa pidió conversión, fidelidad, generosidad y esperanza, en fin “una civilización de amor”,  y dijo  “que el problema de la humanidad que más le preocupa es pensar que los hombres aun no conocen a Cristo ni la verdad del amor de Dios.”

Era una noche fría, aunque el calor y la alegría  de los jóvenes reconfortaban al Papa;  el cardenal Pironio sonriente le acerco un  “poncho” …como no iba a ponérselo! 



Era el abrigo que simbólicamente representaba el calor de todos  los presentes y el de todos aquellos que hubiesen querido estar allí….Nunca se había visto tal cantidad de jóvenes en las calles de Buenos Aires….   Hubo cantos, rezos, meditación guitarras, mate y  un breve descanso para aguardar el mensaje del Vicario de Cristo en aquella Vigilia inolvidable.

 

Dándole la bienvenida a todos los jóvenes del mundo expresaba el Papa “¡Qué alegría poder reunirme con vosotros esta tarde, al término de un día tan intenso  y casi al final de mi visita pastoral a Uruguay, Chile y Argentina, que culmina mañana, Domingo de Ramos, con la celebración de la Jornada mundial de la Juventud! Este encuentro de la víspera nos introduce en el clima propio de esa Jornada, que es un clima de fe en el amor que Dios nos tiene.” 

 

“Pensad que el Señor cuenta con vuestra vida de fe – manifestada en obras y palabras – …… Os invito ahora a cada uno personalmente, a que dirijáis una confiada y sincera petición a Dios, como aquel ciego de Jericó que dijo a Jesús: “Señor que vea” (Lc 18, 41). ¡Que vea yo, Señor, cuál es tu voluntad para mí en cada momento, y sobre todo que vea en qué consiste ese designio de amor para toda mi vida, que es mi vocación. Y dame generosidad para decirte que sí y serte fiel, en el camino que quieras indicarme: como sacerdote, como religioso o religiosa, o como laico que sea sal y luz en mi trabajo, en mi familia, en todo el mundo.”

 

“Levántate y anda”  (Mt 4, 16)   era el segundo tema y recordaba palabras de la .  (Celebración de la Palabra en Santo Domingo, III, n. 2, 12 de octubre de 1984). “Desde tu fidelidad a Cristo, resiste a quienes quieren ahogar tu vocación de esperanza” En estas palabras, he querido expresar también por qué es América Latina el “continente de la esperanza”: por la fidelidad a Cristo, que este continente expresa en la gran mayoría de sus habitantes, por su fidelidad a la única esperanza, que es la cruz de Cristo.    Salve, oh cruz, nuestra única esperanza (Hymnus ad Vespras Hebdomadae Sanctae).   Una esperanza que es única y universal.”

 

“El mundo necesita, hoy más que nunca, vuestra alegría y vuestro servicio, vuestra vida limpia y vuestro trabajo, vuestra fortaleza y vuestra entrega, para construir una nueva sociedad, más justa, más fraterna, más humana y más cristiana: la nueva civilización del amor, que se despliega en servicio a todos los hombres. Construiréis así la civilización de la vida y de la verdad, de la libertad y la justicia, del amor, la reconciliación y la paz”.

 

“Os consta cuánto me preocupa la paz del mundo y cómo he realizado con vosotros mismos, en distintas ocasiones, un itinerario evangélico de la paz. Sabéis bien que la paz es un don de Dios – ¡Jesucristo es “nuestra paz”! –, que hemos de pedir con insistencia.   Pero, además debemos construirla entre todos, y esto exige, también, de cada uno de nosotros, una profunda conversión interior. Por eso, queridos jóvenes, hoy quiero comprometeros de nuevo a ser «operadores de paz », por los caminos de la justicia, la libertad y el amor .”

 

Viaje de Juan Pablo II a Uruguay, Chile y Argentina y la II JMJ

Este es un reposteo,  con leves ajustes,  del Viaje de Juan Pablo II a la Argentina 1987 - 

martes, 8 de abril de 2025

El «Sígueme» del 8 de abril de 2005 (3 de 3)

 


«Sígueme». En octubre de 1978 el cardenal Wojtyla escucha de nuevo la voz del Señor. Se renueva el diálogo con Pedro narrado en el Evangelio de esta ceremonia: «Simón de Juan, ¿me amas? Apacienta mis ovejas». A la pregunta del Señor: Karol, ¿me amas?, el arzobispo de Cracovia respondió desde lo profundo de su corazón: «Señor, tú lo sabes todo: Tú sabes que te amo». El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo enraizamiento en Cristo pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: Ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal. Este no es el momento de hablar de los diferentes aspectos de un pontificado tan rico. Quisiera leer solamente dos pasajes de la liturgia de hoy, en los que aparecen elementos centrales de su anuncio. En la primera lectura dice San Pedro —y dice el Papa con San Pedro—: «En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier pueblo le es agradable todo el que le teme y obra la justicia. Ha enviado su palabra a los hijos de Israel, anunciando el Evangelio de la paz por medio de Jesucristo, que es Señor de todos». Y en la segunda lectura, San Pablo —y con San Pablo nuestro Papa difunto— nos exhorta con fuerza: «Por tanto, hermanos muy queridos y añorados, mi gozo y mi corona, permaneced así, queridísimos míos, firmes en el Señor».

 


«Sígueme». Junto al mandato de apacentar su rebaño, Cristo anunció a Pedro su martirio. Con esta palabra conclusiva y que resume el diálogo sobre el amor y sobre el mandato de pastor universal, el Señor recuerda otro diálogo, que tuvo lugar en la Ultima Cena. En este ocasión, Jesús dijo: «Donde yo voy, vosotros no podéis venir». Pedro dijo: «Señor, ¿dónde vas?». Le respondió Jesús: «Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, me seguirás más tarde». Jesús va de la Cena a la Cruz y a la Resurrección y entra en el misterio pascual; Pedro, sin embargo, todavía no le puede seguir. Ahora —tras la Resurrección— llegó este momento, este "más tarde". Apacentando el rebaño de Cristo, Pedro entra en el misterio pascual, se dirige hacia la Cruz y la Resurrección. El Señor lo dice con estas palabras, «...cuando eras más joven ... ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras». En el primer período de su pontificado el Santo Padre, todavía joven y repleto de fuerzas, bajo la guía de Cristo fue hasta los confines del mundo. Pero después compartió cada vez más los sufrimientos de Cristo, comprendió cada vez mejor la verdad de las palabras: «Otro te ceñirá...». Y precisamente en esta comunión con el Señor que sufre anunció el Evangelio infatigablemente y con renovada intensidad el misterio del amor hasta el fin.

Ha interpretado para nosotros el misterio pascual como misterio de la divina misericordia. Escribe en su último libro: El límite impuesto al mal «es en definitiva la divina misericordia». Y reflexionando sobre el atentado dice: «Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha conferido un nuevo sentido al sufrimiento; lo ha introducido en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor y obtiene también del pecado un multiforme florecimiento de bien». Animado por esta visión, el Papa ha sufrido y amado en comunión con Cristo, y por eso, el mensaje de su sufrimiento y de su silencio ha sido tan elocuente y fecundo.

Divina Misericordia: El Santo Padre encontró el reflejo más puro de la misericordia de Dios en la Madre de Dios. El, que había perdido a su madre cuando era muy joven, amó todavía más a la Madre de Dios. Escuchó las palabras del Señor crucificado como si estuvieran dirigidas a él personalmente: «¡Aquí tienes a tu madre!». E hizo como el discípulo predilecto: la acogió en lo íntimo de su ser (eis ta idia: Jn 19,27) -Totus tuus. Y de la madre aprendió a conformarse con Cristo.

Ninguno de nosotros podrá olvidar como en el último domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre, marcado por el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano y dio la bendición Urbi et Orbi por última vez. Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén.

 (de la Homilia delCardenal Joseph Ratzinger, Misa de Exequias del difunto pontífice Juan PabloII, Plaza San Pedro, Viernes 8 de abril de 2005)

 

 

El «Sígueme» del 8 de abril de 2005 (2 de 3)

 



 «Sígueme». En julio de 1958 comienza para el joven sacerdote Karol Wojtyla una nueva etapa en el camino con el Señor y tras el Señor. Karol fue, como era habitual, con un grupo de jóvenes apasionados de canoa a los lagos Masuri para pasar unas vacaciones juntos. Pero llevaba consigo una carta que lo invitaba a presentarse al primado de Polonia, el cardenal Wyszynski y podía adivinar solamente el motivo del encuentro: su nombramiento como obispo auxiliar de Cracovia.

Dejar la enseñanza universitaria, dejar esta comunión estimulante con los jóvenes, dejar la gran liza intelectual para conocer e interpretar el misterio de la criatura humana, para hacer presente en el mundo de hoy la interpretación cristiana de nuestro ser, todo aquello debía parecerle como un perderse a sí mismo, perder aquello que constituía la identidad humana de ese joven sacerdote.

Sígueme, Karol Wojtyla aceptó, escuchando en la llamada de la Iglesia la voz de Cristo. Y así se dio cuenta de cuanto es verdadera la palabra del Señor: «Quien pretenda guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará viva». Nuestro Papa —todos lo sabemos— no quiso nunca salvar su propia vida, tenerla para sí; quiso entregarse sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y por nosotros. De esa forma pudo experimentar cómo todo lo que había puesto en manos del Señor retornaba en un nuevo modo: el amor a la palabra, a la poesía, a las letras fue una parte esencial de su misión pastoral y dio frescura nueva, actualidad nueva, atracción nueva al anuncio del Evangelio, también precisamente cuando éste es signo de contradicción.

 

(de la Homilia delCardenal Joseph Ratzinger, Misa de Exequias del difunto pontífice Juan PabloII, Plaza San Pedro, Viernes 8 de abril de 2005)

 


El «Sígueme» del 8 de abril de 2005 (1 de 3)

 

Recordamos hoy con especial intensidad aquel 8 de abril del 2005 hace 20 años atrás, cuando pegados a las pantallas de televisión participábamos a distancia de la Misa de Exequias de nuestro amado Juan Pablo II.  Se cumplen hoy veinte años de aquella emocionante despedida terrenal del querido Papa Juan Pablo II. Una Roma colmada de discípulos y amigos de todas las edades.

Y recordamos  esa preciosa homilía - despedida del cardenal Joseph Ratzinger. Que sentiría ese hombre, también santo, en esos momentos? Intuiría, sospecharía, temería que sería el sucesor de su gran amigo y también consejero? No lo sabemos, pero lo que si sabemos que Juan Pablo II le dijo en su momento que no hacía falta presentar la carta de renuncia,  cuando el Cardenal solo ansiaba volver a su querida Baviera para seguir reflexionando y escribiendo. Muy otros eran los planes de la Divina Providencia.

En su homilía el Cardenal Ratzinger reflejaba, paso a paso, las etapas más significativas de la vida de Karol Wojtyla con aquel  “Sígueme” tantas veces utilizado por Jesús mismo y citada por los cuatro evangelistas,  ….aquella palabra que dejara perplejo a Mateo! Y que tan bien reflejara Caravaggio. 

 


Benedicto XVI comenzaba diciendo:

 «Sígueme», dice el Señor resucitado a Pedro, como su última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. «Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud.

 


«Sígueme». Cuando era un joven estudiante, Karol Wojtyla era un entusiasta de la literatura, del teatro, de la poesía. Trabajando en una fábrica química, circundado y amenazado por el terror nazi, escuchó la voz del Señor: ¡Sígueme! En este contexto tan particular comenzó a leer libros de filosofía y de teología, entró después en el seminario clandestino creado por el cardenal Sapieha y después de la guerra pudo completar sus estudios en la facultad teológica de la Universidad Jagellónica de Cracovia. Tantas veces en sus cartas a los sacerdotes y en sus libros autobiográficos nos habló de su sacerdocio, al que fue ordenado el 1 de noviembre de 1946. En esos textos interpreta su sacerdocio, en particular a partir de tres palabras del Señor. En primer lugar esta: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro permanezca». La segunda palabra es: «El buen pastor da la vida por sus ovejas». Y finalmente: «Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor». En estas palabras vemos el alma entera de nuestro Santo Padre. Realmente ha ido a todos los lugares, incansablemente, para llevar fruto, un fruto que permanece.

 «Levantaos, vamos», es el título de su penúltimo libro. «Levantaos, vamos». Con esas palabras nos ha despertado de una fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y hoy. «Levantaos, vamos», nos dice hoy también a nosotros. El Santo Padre fue además sacerdote hasta el final porque ofreció su vida a Dios por sus ovejas y por la entera familia humana, en una entrega cotidiana al servicio de la Iglesia y sobre todo en las duras pruebas de los últimos meses. Así se ha convertido en una sola cosa con Cristo, el buen pastor que ama sus ovejas. Y, en fin, «permaneced en mi amor»: el Papa, que buscó el encuentro con todos, que tuvo una capacidad de perdón y de apertura de corazón para todos, nos dice hoy también con estas palabras del Señor: «Habitando en el amor de Cristo, aprendemos, en la escuela de Cristo, el arte del amor verdadero».

 

(de la Homilia delCardenal Joseph Ratzinger, Misa de Exequias del difunto pontífice Juan PabloII, Plaza San Pedro, Viernes 8 de abril de 2005)