Llamados a ser santos

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“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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jueves, 17 de noviembre de 2022

Karol Wojtyla : Homenaje a la "Humanae Vitae" en el decimo aniversario de la encíclica.

 


El 21 de junio de 1978, tan solo unos pocos meses antes de su elección al pontificado el cardenal Karol Wojtyla en su discurso ante el Congreso del CISF (Centro Internazionale Studi Familia, Milano) recordaba los diez años de la publicación de la Encíclica Humanae Vitae del Papa Pablo VI. (este es un pequeño extracto publicado en la revista de la Postulación Totus Tuus)

El significado que, siguiendo el Vaticano II y toda la tradición de la enseñanza de la doctrina de la fe y de la moral cristiana, Pablo VI atribuye a la paternidad responsable es esencialmente ético.  Sobre esta base, se confirma también una neta diferencia entre esta forma de la «regulación de la natalidad», que la Iglesia puede reconocer como conforme a la ley divina, y lo que se define normalmente como una anticoncepción, que en la encíclica de Pablo VI viene llamada «regulación artificial de la natalidad.»  «En realidad», se lee en la Humanae Vitae, «entre las dos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural. En el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguirá, pero es igualmente verdad que solamente en  el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y hacen uso después en los periodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto.» (Humanae vitae, n.16)

El Autor mismo de la encíclica Humanae Vitae se da cuenta de las diferencias psicológicas, y quizás también intelectuales, que la posición de la Iglesia puede encontrar. Y por eso, aquellos que comparten la posición de la Iglesia tienen que tener  una visión muy clara no solo de las decisiones a llevar a cabo, sino también de todas las razones que se encuentran a la base de las mismas. Ante todo, en la práctica tienen que actuar de modo que la moral de la acción no se confunda con la técnica de la acción, es decir no se confundan los principios con el método.  Uno de los errores fundamentales que se comete en la interpretación de la encíclica Humanae Vitae surge precisamente ahí. La mentalidad contemporánea, que es técnica, quiere ver sobre todo la técnica y la manipulación, incluso allí donde le hombre y la mujer deben ponerse uno ante el otro con la verdad entera de la reciproca donación, siguiendo en ello la voz de la conciencia recta y madura. La Iglesia quiere salvar para ellos el sentido esencial del amor y de la madura dignidad de la conducta, es decir de aquella a medida de las personas humanas. Tal es también la razón fundamental de la abstinencia – especialmente no solo para una paternidad responsable, sino también para el amor conyugal mismo.

A la sustancia de este amor, cuyo maestro insustituible es Cristo mismo, pertenece que ese sepa poner y asumir las justas exigencias, sin las cuales el amor cesa de ser un verdadero amor. La preocupación por un tal y autentico perfil del amor humano ha dictado las exigencias que, siguiendo el magisterio católico, Pablo VI ha formulado en la encíclica Humanae Vitae.  Se siente esta preocupación por ejemplo en el párrafo siguiente: «Podría también temerse que el hombre habituándose al uso de las practicas anticonceptivas acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibro físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoistico y no como a compañera respetada y amada.» (Humanae vitae, n.17)

 

Cardenal Karol Wojtyla, Discurso al Congreso del CISF a los diez años de la Humanae Vitae, 21 de junio de 1978.

 

 

 

 

martes, 15 de noviembre de 2022

Karol Wojtyla: La verdad de la “Humanae Vitae” (4 de 4)

 


La encíclica Humanae Vitae formula esta jerarquía de valores, que resulta ser esencial y decisiva para todo la cuestión de la paternidad responsable. No es posible invertir esta jerarquía ni alterar el justo orden de los valores. Correríamos el riesgo de semejante inversión y mutación de los valores si para resolver el problema partiésemos de aspectos parciales en vez de hacerlo «a partir de la visión integral del hombre y su vocación».

 

Cada uno de estos aspectos parciales es sumamente importante en sí mismo, y Pablo VI ciertamente no reduce la importancia tanto del aspecto demográfico sociológico como del biopsicologico. Por el contrario, el Pontífice los considera atentamente. Solo quiere impedir que cualquiera de los aspectos parciales en particular, independientemente de su grado de importancia, pueda destruir la recta jerarquía de los valores y despojar de su verdadero significado al amor como comunión de personas y al hombre mismo como persona capaz de una autentica donación en la cual no puede ser sustituido por la «tecnica». Sen todo esto, sin embargo, el Papa no omite aspecto parcial alguno del problema, afrontando en cambio cada uno de ellos y estableciendo su contenido fundamental, y en conexión con lo mismo la recta jerarquía de valores. Y precisamente en este camino existe la posibilidad de un control de los nacimientos y por consiguiente también la posibilidad de resolver las dificultades socio-demográficas. Y por eso Pablo VI pudo escribir con plena seguridad que «los poderes públicos pueden y deben contribuir a la solución del problema demográfico» (n.23)   Cuando se trata del aspecto bio9logico y también del aspecto psicológico – como de hecho enseña la encíclica - , el camino de la realización de los respectivos valores pasa por la valorización del amor mismo y de la persona.  He asqui las palabras del eminente biólogo,  el profesor P.P. Grasset dela Academia de ciencias: «La encíclica esta de acurdo con los datos d ela biología, recuerda a los médicos sus obligaciones y marca al hombre el camino en el cual su dignidad, tanto física como moral, no estará sometida a ofensa alguna» (Le Figaro, 8 de octubre de 1968)  Se puede decir             que la encíclica penetra en el núcleo de esta problemática universal adoptada por el concilio Vaticano II. El problema del desarrollo «del mundo» tanto en sus instancias modernas como en sus perspectivas mas lejanas, suscita una serie de interrogantes que el hombre se plantea sobre si mismo. Algunos de estos se expresan en la constitución pastoral Gaudium et spes. No es posible una justa respuesta a estos interrogantes sin percatarse del significado de los valores que deciden sobre el hombre y la vida verdaderamente humana. En la encíclica Humanae vitae PabloVI se ocupa de examinar estos valores en su punto neurálgico.

El examen de los valores y a través de este la norma misma de la paternidad responsable formulada en la encíclica Humanae vitae son portadores de manera especial de la huella del Evangelio. Es conveniente destacarlo de nuevo al final de estas consideraciones, si bien desde el comienzo ninguna otra idea ha sido su hilo conductor.  Las cuestiones que agitan a los hombres contemporáneos «exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina» (n.4)  La Revelación  como expresión del eterno pensamiento de Dios nos permite y al mismo tiempo nos ordena considerar el matrimonio como la institución para transmitir la vida humana, en la cual los cónyuges son colaboradores libres y responsables de Dios creador (n.1) Cristo mismo confirmo esta dignidad perenne de ellos e incluyo el conjunto de la vida matrimonial en la obra de la Redención, insertándola en el orden sacramental. Con el sacramento del matrimonio, los cónyuges son corroborados y como consagrados para cumplir fielmente los propios deberes, para realizar su vocación hasta la perfección y para dar un testimonio propio de ellos delante del mundo (n.25) Habiéndose expuesto en la encíclica la doctrina de la moral cristiana, la doctrina de la paternidad responsable, entendida como recta expresión del amor conyugal y la dignidad de la persona humana, constituyeun componente importanet del testimonoi cristiano.

 

Y nos parece propio de este testimonio el hecho de que el hombre  haga cierto sacrifico en aras de los valores auténticos. El Evangelio confirma constantemente la necesidad de semejante sacrificio, así como la obra misma de la redención, que se expresa totalmente en el Misterio pascual. La cruz de Cristo se ha convertido en el precio de la redención humana. Todo hombre que transita por el camino de los verdaderos valores debe asumir algo de esta cruz como precio que el mismo debe pagar por los valores auténticos. Este precio consiste en un esfuerzo especial.  Escribe el Papa: «La ley divina exige un serio compromiso y muchos esfuerzos». Y enseguida agrega que «tales esfuerzos ennoblecen al hombre y benefician a la comunidad humana» (n.20)

 

La ultima parte de la encíclica es una llamada a este compromiso serio y estos esfuerzos, dirigida tanto a las comunidades, para que «creen un clima favorable para la educación de la castidad», como a los poderes públicos y a los hombres de ciencia, con el fin de que logren «dar una base suficientemente segura para una regulación de los nacimientos fundada en la observancia de los ritmos naturales de fecundidad» (n.24) La encíclica, por último, se dirige a los cónyuges mismos, al apostolado de las familias por la familia, a los médicos, a los sacerdotes y a los obispos como pastores de almas.

 

A los hombres contemporáneos, inquietos e impacientes y amenazados al mismo tiempo en el ámbito de los valores y principios más fundamentales, el Vicario de Cristo recuerda las leyes que rigen a este sector.  Y como estos no tienen paciencia y buscan simplificaciones y aparentes facilitaciones, les recuerda el precio de los verdaderos valores y en qué medida se requiere paciencia y esfuerzo para obtener estos valores. Al parecer, a través de todas las argumentaciones y llamadas de la encíclica, por lo demás llenos de dramática tensión, nos llegan las palabras del Maestro: «Con vuestra perseverancia salvareis vuestras almas» (Lc 21,19). Porque en definitiva se trata precisamente de esto.

 

(Karol Wojtyla, 5 de enero de 1969)

 

 Fuente L Osservatore Romano, 1 de mayo 2011

 

viernes, 11 de noviembre de 2022

Karol Wojtyla: La verdad de la “Humanae Vitae” (3 de 4)

 



La verdad normativa de la encíclica Humanae Vitae está vinculada directamente con los valores expresados en el orden moral objetivo según su propia jerarquía. Estos son los auténticos valores humanos vinculados con la vida conyugal y familiar. La Iglesia se siente guardiana y garante de estos valores, como leemos en la encíclica.  Ante la amenaza de un peligro para los mismos, la Iglesia se siente obligada a defenderlos. Los valores auténticamente humanos constituyen la base y al mismo tiempo la motivación de los principios de la moral conyugal recordados en la encíclica.

(…)

El valor que se encuentra en la base de esta demostración es el valor de la vida humana, es decir, de la vida ya concebida y también al surgir está en la convivencia de  los cónyuges. De este valor habla la responsabilidad misma de la paternidad, a la cual está dedicada principalmente la totalidad de la encíclica.

El hecho de que este valor de la vida ya concebida o al surgir no se examine en la encíclica sobre el fondo de la procreación misma como fin del matrimonio, sino en la perspectiva del amor y la responsabilidad de los cónyuges, sitúa el valor mismo de la vida humana en una nueva luz. En su convivencia matrimonial, que es convivencia de personas, el hombre y la mujer deben dar origen a una nueva persona humana. La concepción de la persona a través de las personas es precisamente la justa medida de los valores que debe aplicarse aquí, y es al mismo tiempo la justa medida de la responsabilidad que debe guiar la paternidad humana.

La encíclica reconoce este valor. Si bien no parece hablar mucho del mismo, no deja de destacarlo indirectamente aun más al ponerlo claramente en el contexto de otros valores. Estos son valores fundamentales para la vida humana y además los valores específicos para el matrimonio y la familia. Son específicos ya que únicamente el matrimonio y la familia – y ningún otro ambiente humano- constituyen el campo especifico donde se manifiestan estos valores, prácticamente un suelo fértil en el cual crecen. Uno de estos es el valor del amor conyugal y familiar: el otro es el valor de la persona, es decir, su dignidad, que se manifiesta en los contactos humanos mas íntimos. Estos dos valores se penetran tan profundamente entre sí que en cierto modo constituyen un solo bien.

Este es precisamente el bien espiritual del matrimonio, la mayor riqueza de las nuevas generaciones humanas: «Los cónyuges desarrollan integralmente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: la disciplina aporta a la vida familiar frutos de serenidad y de paz (…), favorece la atención hacia el otro cónyuge, ayuda a los esposos a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraiza mas su sentido de responsabilidad en el cumplimiento de sus obligaciones. Los padres adquieren asi la capacidad de un influjo mas profundo y eficaz para educar a los hijos, los niños y los jóvenes crecen en la justa apreciación de los valores humanos y en le desarrollo sereno y armonioso de sus facultades espirituales y sensibles» (n.21)

He aquí el contexto pleno y al mismo tiempo la perspectiva universal de los valores ne los cuales se basa la doctrina de la paternidad responsable. La actitud de responsabilidad se extiende a toda la vida conyugal y a todo el proceso de educación. Únicamente los hombres que han alanzado la plena madurez de  la apersona mediante una educación completa logran educar a los nuevos seres humanos. La paternidad responsable y la castidad de las relaciones mutuas entre los cónyuges propia de aquella son prueba de su madurez espiritual. Por consiguiente proyectan su luz en todo el proceso de educación que se lleva a cabo en la familia.

Además de contener normas claras y explicitas sobre la vida matrimonial, la paternidad consciente y el justo control de la natalidad, la encíclica Humanae Vitae señala los valores a través de dichas normas, confirma un recto sentido y nos pone en guardia contra el falso sentido, expresando asimismo el profundo interés por proteger al hombre del peligro de alterar los valores mas fundamentales.

Uno de los valores más fundamentales es el del amor humano. El amor encuentra su fuente en Dios, que «es Amor». Pablo VI plantea esta verdad revelada al comienzo de su penetrante análisis del amor conyugal ya que este expresa el valor más grande que debe reconocerse en el amor humano. El amor humano es rico en experiencias que lo constituyen pero su riqueza esencial consiste en ser una comunión de personas, es decir, de un hombre y una mujer en su mutua donación. El amor conyugal se enriquece con la autentica donación de una persona a otra. Precisamente esta mutua donación de la persona misma no debe alterarse. Si en el matrimonio debe realizarse el amor autentico de las personas a través de la donación de los cuerpos, es decir, «a través de la unión en el cuerpo» del hombre y la mujer, precisamente por consideración al valor mismo del amor no se puede alterar esta mutua donación en aspecto alguno del acto conyugal interpersonal.

El valor mismo del amor humano y su autenticidad exigen la castidad del acto conyugal en la forma en que lo pide la Iglesia y se alude en la encíclica misma. En diversos campos, el hombre domina la naturaleza y la subordina a si mismo mediante medios artificiales. El conjunto de estos medios equivalen en cierto modo al progreso y a la civilización.  Sin embargo, en este campo, en el cual es preciso actuar a través del acto conyugal, el amor entre persona y persona, y donde la persona debe darse auténticamente  asi misma (y «dar»  quiere decir también «recibir» recíprocamente) el uso delos medios artificiales equivale a una alteración del acto de amor. El autor de la encíclica Humanae vita tiene presente el valor autentico del amor humano que tiene a Dios como fuente y viene confirmado por la recta conciencia y el sano «sentido moral».   Y precisamente en nombre de este valor le Papa en seña los principios de la responsabilidad ética. Esta es también la responsabilidad que protege la calidad del amor humano en el matrimonio. . Este amor se expresa también en la continencia – incluso cuando es periódica – por cuanto el amor es capaz de renunciar al acto conyugal, pero no puede renunciar al autentico don de la persona. La renuncia al acto conyugal en ciertas circunstancias puede ser un autentico don personal Palo VI escribe al respecto «Esta disciplina, propia de la purea de los esposos, lejos de perjudicar al amor conyugal, le confiere un valor humano mas sublime» (n21).

 

Fuente: L Osservatore Romano 1 de mayo 2011

Karol Wojtyla: La verdad de la “Humanae Vitae” (2 de 4)

 

Toda respuesta que se de desde perspectivas parcial es, por fuerza deberá ser también parcial. Para encontrar una respuesta adecuada es necesario tener presente una correcta visión del hombre como persona, puesto que el matrimonio establece una comunión de personas, que nace y se realiza a traes de su mutua donación.  El amor conyugal se caracteriza con las notas que resulta de tal comunión de personas y que corresponden a la dignidad personal del hombre y de la mujer, del marido y de la esposa. Se trata del amor total, es decir, del amor que compromete a todo el hombre, su sensibilidad y su afectividad así como también su espiritualidad, y que además debe ser fiel y exclusivo. Este amor «no se agota en la comunión entre los cónyuges, sino que está destinado a perpetuarse suscitando nuevas vidas.»(n.9)  y por eso es amor fecundo. Una tal comunión amorosa de los cónyuges, en virtud de la cual ellos constituyen «un solo cuerpo», según las palabras de Gn2, 24, es como la condición de la fecundidad, la condición de la procreación. Esta comunión, en cuanto es una particular actuación de la comunión conyugal entre personas, dado su carácter corporal y sexual, en sentido estricto, debe realizarse en el nivel de la persona y respetando la dignidad de la misma.

Con este fundamento se debe formular un juicio exacto de la paternidad responsable. Este juicio atañe antes que nada a la esencia misma de la paternidad y, bajo este aspecto, es un juicio positivo: «El amor conyugal exige que los esposos conozcan convenientemente su misión de paternidad responsable.» (n.10) La encíclica, valorada en conjunto, formula este juicio y lo propone como respuesta fundamental a las preguntas previamente planteadas: el amor conyugal debe ser amor fecundo, es decir, «orientado a la paternidad.»  La paternidad propia del amor de personas es paternidad responsable. Se puede decir que  la encíclica Humanae vitae la paternidad responsable se convierte en el nombre propio de la procreación humana.  Este juicio, fundamentalmente positivo, sobre la paternidad responsable exige sin embargo hacer algunas matizaciones. Solo gracias a ellas encontraremos una respuesta universal a las preguntas con que comienza la encíclica. PabloVI nos las ofrece. Según la encíclica, la paternidad responsables significa tanto (…) la deliberación ponderada y generosa de hacer crecer una familia numerosa, como  (…) la de evitar temporalmente o también a tiempo indeterminado un nuevo nacimiento (n.10). Si el amor conyugal es aor fecundo, es decir, orientado a la paternidad, es difícil pensar que el significado de la paternidad responsable, deducido de sus propiedades esenciales, pueda identificarse solamente con la limitación de los nacimientos. La paternidad responsable puede decirse realizada tanto por parte de los cónyuges que, después de una ponderada y generosa deliberación, deciden procrear una prole numerosa, como también de quienes llegan a la determinación de limitarla, «por graves motivos y en el respeto de la ley moral» (n.10)

Según la doctrina de la Iglesia, la paternidad responsable no es ni puede ser solo el efecto de una cierta «técnica» de la colaboración conyugal, sino que tiene antes que nada y per se un valor ético. Existe un verdadero y fundamental peligro – al cual la encíclica quiere servir de remedio providencial – que consiste en la tentación de considerar este problema fuera de la órbita de la ética, de esforzarse por arrebatarle al hombre la responsabilidad de las propias acciones que están profundamente enraizadas en toda su estructura personal.  La paternidad responsable – escribe el Pontifice – «significa el necesario dominio que la razón y la voluntad deben ejercitar sobre las tendencias del instinto y de las pasiones» (n. 10). Este dominio presupone por eso «conocimiento y respeto de los procesos biológicos» (n,.10)  y por eso coloca dichos procesos no solo en su dinamismo biológico sino también en la integración personal,  es decir en el nivel de la persona, puesto que «la inteligencia descubre en el poder de dar la vida leyes biológicas que afectan a la persona humana» (n. 10).

El amor es comunión de personas. Si a ella corresponde la paternidad – y paternidad responsable – el modo de actuar que lleva a tal paternidad no puede resultar moralmente indiferente. Más aun, es ese modo de actuar el que determina si la actuación sexual de la comunión de personas es o no un amor autentico, «salvaguardando ambos aspectos esenciales, el unitivo y el procreativo, el acto conyugal conserva íntegramente el sentido del mutuo y verdadero amor» (n.12)

El hombre no puede romper por propia iniciativa la conexión inescindible entre ambos significados del acto conyugal. El significado unitivo y el significado procreador (n.12). Precisamente por esta razón la encíclica continúa sosteniendo la posición del magisterio precedente y mantiene la diferencia entre la llamada regulación natural de la natalidad que comporta una continencia periódica, y la anticoncepción, que se obtiene mediante el recurso a medios artificiales. Decimos «mantiene», porque ambos supuestos «difieren completamente entre si» (16). Existe una gran diferencia entre ambos por lo que respecta a su calificación ética.

La encíclica de Pablo VI presenta, en cuanto documento del Magisterio supremo de la Iglesia, una enseñanza de la moral humana y a la vez cristiana en uno de sus puntos clave. La verdad de la Humanae Vitae constituye por tanto una verdad normativa. Nos recuerda los principios de la moral, que constituyen la norma objetiva. Esta norma esta también inscrita en el corazón del hombre, como vimos en el testimonio dado por Gandhi. Sin embargo, este principio objetivo de la moral sufre con facilidad tanto deformaciones subjetivas como también un oscurecimiento colectivo Por otra parte, esta es la suerte de muchos otros principios morales, como por ejemplo los que han sido recordados en la encíclica Populorum progressio En la encíclica Humanae vitae, el Santo Padre expresa antes que nada su plena comprensión de todas estas circunstancias que parecen contradecir el principio de la moral conyugal, enseñada por la Iglesia.

El Papa se percata tanto de las dificultades como de las debilidades a las cuales está sujeto el hombre contemporáneo. Con todo, el camino para la solución de las dificultades y problemas solo puede pasar por la verdad del Evangelio: «No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas» (n.29) El motivo de la caridad hacia las almas, y ningún otro motivo, mueve a la Iglesia, que no deja (…) de proclamar con humilde firmeza toda la ley moral, tanto natural como evangélica (n 29).

(Fuente: L Osservatore Romano 1 de mayo 2011)

 

martes, 8 de noviembre de 2022

Karol Wojtyla: La verdad de la “Humanae Vitae” (1 de 4)

 


Parecerá extraño que comencemos nuestras reflexiones sobre la en cíclica Humanae vitae tomando como punto de partida la autobiografía de M. Gandhi.  «A mi parecer - escribe este gran hombre indio - afirmar que el acto sexual es una acción espontánea, análoga al sueño o a la nutrición, es signo de crasa ignorancia La existencia del mundo depende del acto del multiplicarse - de la procreación, diríamos nosotros - y puesto que el mundo es dominio de Dios y reflejo de su poder, el acto de multiplicarse -  de la procreación, diríamos nosotros - debe quedar sometido a la norma establecida con miras a salvaguardar el desarrollo de la vida sobre la tierra. El hombre que tiene presente todo esto aspirará a toda costa a lograr el domino de sus sentidos y se pertrechara de aquella ciencia necesaria para promover el crecimiento físico y espiritual de su prole. Después comunicara los frutos de esta ciencia a las generaciones sucesivas, además de usarlos siempre en beneficio de las mismas.»  En otro pasaje de su autobiografía, Gandhi declara que ha padecido dos veces en su ida el influjo de la propaganda que recomendaba los medios artificiales para excluir la concepción en la convivencia conyugal.  Sin embargo, llego a la convicción «de que se debe más bien actuar a través de la fuerza interior, en el señorío de sí mismo, es decir, mediante el autocontrol».

Por lo que respecta a la encíclica Humanae vitae, estos pasajes de la autobiografía de Gandh adquieren el significado de un testimonio particular.  Nos recuerdan las palabras de San Pablo en la carta a los Romanos, relativas a la sustancia de la ley esculpida en el corazón del hombre y de la cual da testimonio el dictamen de la rectda conciencia  (Rm 2,15). También en tiempos de San Pablo esa voz de la recta conciencia constituía un reproche para aquellos que, a pesar de ser los «poseedores de la ley», no la observaban. Quizas nos conviene también a nosotros tener ante los ojos el testimonio de este homre no cristiano. Es oportuno tener presente la «sustancia de la ley» escrita en el corazón del hombre y de la cual da testimonio la conciencia, para conseguir penetrar en la profunda verdad de la doctrina de la Iglesia contenida en la encíclica Humanae vitae de Pablo VI.  Por esta razón, al inicio de nuestras reflexiones, que intentan aclarar la verdad ética y el fundamento objetivo de la enseñanza de la Humanae vitae hemos recurrido a semejante testimonio.  El hecho de que sea históricamente antecedente a la encíclica, por lo menos en varias décadas, n disminuye en nada su significado. «La esencia del problema, en efecto, sigue siendo la misma en ambos casos, mas aun las circunstancias son muy parecidas.»

Con el objeto de responder a las preguntas formuladas al principio de la encíclica (HV 3,) Pablo VI realiza un análisis de dos grandes y fundamentales «realidades de la vida matrimonial»: el amor conyugal y la paternidad responsable. (n.7) en su mutua relación. El análisis de la paternidad responsable constituye el tema principal de la encíclica, puesto que las preguntas con que se inicia plantean precisamente este problema:  «No se podría admitir que la intención de una fecundidad menos exuberante, pero más racional, transformase la intervención materialmente esterilizadora en un control licito y prudente de los nacimientos? Es decir, no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de los actos?  Se pregunta también si dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no ha llegado el momento de someter a su razón y a su voluntad mas que a los ritmos biológicos de su organismo, la tarea de regular la natalidad.»(m3) Para dar una respuesta a estas preguntas, el Papa no recurre a la tradicional jerarquía de los fines del matrimonio, entre los cuales destaca en primer lugar la procreación, sino que, como ya se ha dicho, realiza el análisis de la relación mutua entre el amor conyugal y la paternidad responsable. Se trata del mismo planteamiento del problema que realizó la constitución pastoral Gaudium et spes.

Un análisis correcto y penetrante del amor conyugal presupone una idea exacta del matrimonio mismo. Este no es «producido por la evolución de fuerzas naturales inconscientes» sino «comunión de personas»(n.8) basada en su reciproca donación. Y por eso un juicio recto acerca de la concepción de la paternidad responsable presupone una« visión integral del hombre y de su vocación» (n.7) Para conseguir formular semejante juicio no son suficientes «las perspectivas parciales, provenientes de los ordenes biológico o psicológico, demográfico  o sociológico.» (n.7) Ninguna de setas perspectivas puede servir de base para una adecuada y justa respuesta a las preguntas arriba formuladas.


 (Fuente: L Osservatore Romano 1 de mayo 2011)

 

 

 

sábado, 28 de julio de 2018

Humanae Vitae carta del Cardenal Wojtyla a Pablo VI



En una extensa carta que el entonces Cardenal Karol Wojtyla envió en 1969 al papa Pablo VI subraya que la prohibición de la anticoncepción de Humanae Vitae es una enseñanza “infalible” e “irrevocable” que la Iglesia misma “no tiene poder para cambiar”.
La carta fue publicada por primera vez en italiano a principios de este año, como parte de un nuevo libro del padre Paweł Stanisław Gałuszka, titulado Karol Wojtyla y Humanae Vitae.  El libro examina la contribución que Karol Wojtyla y los obispos polacos hicieron a la edición y recepción de Humanae Vitae cuando Wojtyla era arzobispo de Cracovia.
El libro contiene varios documentos inéditos, incluida esta carta que Wojtyla envió a Pablo VI en 1969, después de que numerosos episcopados expresaron su oposición a Humanae Vitae. En marzo pasado el libro, con un prefacio de Mons. Melina, presidente del Instituto Juan Pablo II,   fue presentado en la Universidad Lateranense de Roma.
En comentarios a LifeSiteNews, ha explicado que la carta de Wojtyla a Pablo VI es decisiva en tres puntos.
Primero, que la ley moral y por lo tanto también la norma de Humanae vitae [la prohibición de la anticoncepción] es la expresión de una verdad sobre el bien y no la imposición arbitraria de un legislador, de modo que la Iglesia misma no tiene poder para cambiarla. (contra el legalismo nominalista);
segundo, que Humanae vitae es una enseñanza infalible e irrevocable, por el Magisterio ordinario universal, aunque no por un acto definitorio solemne (ex cátedra);
y tercero, que Humanae vitae no es una cuestión de consejo, que se confía a la interpretación de la conciencia, sino una enseñanza doctrinal vinculante
La publicación de  la carta de 1969 del Cardenal Wojtyla a Pablo VI llega cuando surgen nuevos hechos sobre los orígenes de Humanae vitae. Los hallazgos recientes, contenidos en un nuevo libro, El nacimiento de una Encíclica: Humanae Vitae a la luz de los Archivos del Vaticano, se basan en una investigación «secreta» de la Comisión del Vaticano sobre documentos archivados relacionados con el trabajo preparatorio de la encíclica.
Su autor, monseñor Gilfredo Marengo, es miembro de la comisión nombrada por el Papa Francisco.

En la visión de Mons. Melina, el libro de Marengo intenta «disminuir la importancia» de Wojtyla en la preparación de Humanae vitae, «y en la estimación de Pablo VI.» Su «desafío» al libro de Pawel Gałuszka, dijo Melina, se puede ver en la interpretación de Marengo, que tiende a «enfatizar en cambio la influencia de los franceses (primero Martelet, SJ, y luego Poupard y Martin, de la Secretaría de Estado)».

«Marengo desea apoyar una interpretación más matizada (antropológica - renovada teológica) de Humanae vitae, contra lo que él llama posiciones 'moralistas' y casuísticas», dijo Melina a LifeSiteNews, pero estas posiciones «finalmente prevalecieron bajo influencias negativas de la Congregación para el Doctrina de la fe (¿y Wojtyla?)» [Nota del traductor al español: aquí parece claro que Mons. Melina está trasmitiendo la opinión de Mons. Marengo]
 Mons. Melina señaló que el nuevo libro de Marengo ofrece «datos objetivos» de los Archivos del Vaticano. Si estos datos se presentaran correctamente, dijo, le permitirían al lector «apreciar la influencia del Cardenal de Cracovia».

Melina dijo que hay «tres hechos importantes» que Marengo ha informado, pero a los que no atribuye suficiente importancia. Primero, que Pablo VI envió el borrador inicial de lo que eventualmente se convirtió en Humanae vitae (un texto llamado De nascendae prolis) a solo dos prelados: «uno era el cardenal Felici y el otro era el cardenal Wojtyła (Marengo, 99-ff)».
En segundo lugar, en la documentación enviada a Pablo VI como un dossier para la edición final, además de la contribución del Cardenal Wojtyla, también estaba el memorándum de Cracovia (Marengo, 101). Wojtyła se refiere a este memorándum en su carta.
Por último, dijo, está el hecho de que «a pesar de que Pablo VI finalmente no aceptó la sugerencia del Cardenal Wojtyla de publicar una Instrucción Pastoral en respuesta a las reacciones a Humanae vitae », sí hizo que un comentario del Cardenal de Cracovia fuese publicado en el Osservatore Romano, y «lo animó a publicar la Instrucción en Polonia (Marengo, 129)».
.
En el momento en que la Iglesia celebra el 50º aniversario de Humanae vitae, publicamos a continuación en su totalidad, por primera vez en inglés, la carta del Cardenal Wojtyla al Papa Pablo VI.


miércoles, 25 de julio de 2018

50 años de la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI (3 de 3)





6. Frente a las dificultades y a los recursos de la familia de hoy, la Iglesia se siente llamada a renovar la conciencia del encargo que ha recibido de Cristo en relación al precioso bien del matrimonio y de la familia: la tarea de anunciarlo en su verdad, de celebrarlo en su misterio y de vivirlo en la existencia cotidiana de los que han sido "llamados por Dios a servirle en el matrimonio" (Humanae vitae, 25).
Pero, ¿cómo desarrollar esta tarea en las presentes condiciones de vida de la Iglesia y de la sociedad?
La comunión de ideas y de experiencias durante este encuentro vuestro permitirá ciertamente encontrar algunas respuestas significativas.

De todas maneras puede ser oportuno, al principio de vuestros trabajos, ofrecer algunas sugerencias y formular algunas propuestas.

Es especialmente urgente reavivar la conciencia del amor conyugal como don: ese don que, mediante el sacramento del matrimonio, el Espíritu Santo, que es la Persona-don en el inefable misterio de la Trinidad (cf. Dominum et Vivificantem, 10), derrama en el corazón de los esposos cristianos. Este mismo don es la "ley nueva" de su existencia, la raíz y la fuerza de la vida moral de la pareja y de la familia. Y en realidad su ethos consiste en vivir todas las dimensiones del don:
— la dimensión conyugal, que exige a los esposos llegar a ser cada vez más un solo corazón y una sola alma, revelando así en la historia el misterio de la misma comunión de Dios uno y trino;
— la dimensión familiar, que exige a los esposos estar dispuestos a "cooperar... con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia" (Gaudium et spes, 50), acogiendo del Señor el don del hijo (cf. Gén 4, 1);
— la dimensión eclesial y social, por la cual los cónyuges y los padres cristianos, en virtud del sacramento, "poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida" (Lumen gentium, 11). Y al mismo tiempo asumen y desarrollan —como "célula primera y vital de la sociedad". (Apostolicam actuositatem, 11)— su responsabilidad en el ámbito social y político;
— la dimensión religiosa, por la cual la pareja y la familia responden al don de Dios y en la fe, en la esperanza y en la caridad hacen de toda su vida "sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo" (l Pe 2, 5).

Sin descuidar enseñanzas que tienen también su importancia, como son aquellas que se refieren a los aspectos antropológicos y sicológicos de la sexualidad y del matrimonio, el esfuerzo pastoral de la Iglesia debe poner decididamente en primer lugar la difusión y la profundización de la conciencia de que el amor conyugal es don de Dios confiado a la responsabilidad del hombre y de la mujer: en esta línea deben moverse la catequesis, la reflexión teológica, la educación moral y espiritual.
Es además urgentísimo que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convencimiento la llamada contenida en la Familiaris consortio: "...cada Iglesia local y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia" (n. 70).

La exigencia insustituible de que la fe se haga cultura, debe encontrar su primer y fundamental lugar de realización en la pareja y en la familia. El fin de la pastoral familiar consiste no sólo en hacer la comunidad eclesial más solícita hacia el bien cristiano y humano de las parejas y de las familias, en particular de las más pobres y en dificultad, sino también y sobre todo en estimular el "protagonismo" propio e insustituible de las parejas y de las familias mismas en la Iglesia y en la sociedad.

Para una pastoral familiar eficaz e incisiva es necesario orientar hacia la formación de los agentes, suscitando también vocaciones al apostolado en este campo vital para la Iglesia y para el mundo. Las palabras de Jesucristo: "La mies es mucha, y los obreros pocos" (Lc 10, 2), valen también para el campo de la pastoral familiar. Son necesarios "obreros" que no teman las dificultades y las incomprensiones al presentar el proyecto de Dios sobre el matrimonio, dispuestos a "sembrar con lágrimas", pero con la seguridad de "cosechar entre cantares" (cf. Sal 125/126, 5).

7. Dios quiere que toda familia sea en Cristo Jesús una "Iglesia doméstica" (cf. Lumen gentium, 11): de esta "iglesia en miniatura", como gusta llamar frecuentemente a la familia San Juan Crisóstomo (cf. por ejemplo In Genesim, Serm. VI, 2; VII, 1), depende en su mayor parte el futuro de la Iglesia y de su misión evangelizadora.
También el porvenir de una sociedad más humana, inspirada y sostenida por la civilización del amor y de la vida, depende en gran medida de la "calidad" moral y espiritual del matrimonio y de la familia, de su "santidad".

Esta es la finalidad suprema de la acción pastoral de la Iglesia, de la que nosotros obispos somos los primeros responsables. El XX aniversario de la Humanae vitae vuelve a plantearnos a todos esta finalidad con la misma urgencia apostólica de Pablo VI, que concluía su Encíclica dirigiéndose a los hermanos en el episcopado con estas palabras: "Trabajad al frente de los sacerdotes, vuestros colaboradores, y de vuestros fieles con ardor y sin descanso, por la salvaguardia y la santidad del matrimonio para que sea vivido en toda su plenitud humana y cristiana. Considerad esta misión como una de vuestras responsabilidades más urgentes en el tiempo actual" (Humanae vitae, 30).

50 años de la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI (2 de 3)



(del discurso de Juan Pablo II a un encuentroorganizado por el Pontificio Consejo para la familia con ocasión del XXaniversario de la Humanae Vitae)



3. En realidad, los años sucesivos a la Encíclica, no obstante la insistencia de críticas injustificadas y de silencios inaceptables, han podido demostrar con creciente claridad cómo el documento de Pablo VI era no sólo siempre de viva actualidad, sino investido hasta de un significado profético.
Un testimonio de particular valor lo ofrecieron los obispos en el Sínodo de 1980, cuando escribieron así en la Propositio 22: "Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la fe con el Sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 50) y después en la Encíclica Humanae vitae, y en concreto, que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida" (Humanae vitae, 11 y cf. 9 y 12)

Yo mismo después, en la Exhortación post-sinodal Familiaris consortio, propuse de nuevo, en el más amplio contexto de la vocación y de la misión de la familia, la perspectiva antropológica y moral de la Humanae vitae sobre la transmisión de la vida humana (cf. nn. 28-35). Asimismo, durante las audiencias de los miércoles, dediqué las últimas catequesis "sobre el amor humano en el plano divino" a confirmar y a iluminar el principio ético fundamental de la Encíclica de Pablo VI acerca de la conexión inseparable de los significados unitivo y procreativo del acto conyugal, interpretado a la luz del significado esponsal del cuerpo humano.
Entre los frutos del Sínodo de los Obispos sobre las tareas de la familia en el mundo de hoy se debe recordar la constitución de dos importantes organismos eclesiales, destinados el uno a estimular la actividad pastoral sobre el matrimonio y la familia, y el otro a promover la reflexión científica.
El primer organismo es el Pontificio Consejo para la Familia, con el cual venía profundamente renovado al precedente Comité Pontificio para la Familia querido por Pablo VI. En la Exhortación Familiaris consortio indicaba el sentido y la finalidad del nuevo organismo: ser "un signo de la importancia que yo atribuyo a la pastoral de la familia en el mundo, para que al mismo tiempo sea un instrumento eficaz a fin de ayudar a promoverla a todos los niveles" (n. 73).

El segundo organismo es el Instituto Juan Pablo II para estudios sobre matrimonio y familia, querido "para que la verdad acerca del matrimonio y la familia pueda ser cada vez mejor investigada científicamente, de modo que laicos, religiosos y sacerdotes puedan recibir formación, ya sea filosófico-teológica, ya en ciencias humanas, en esta materia, a fin de que su ministerio pastoral y eclesial se pueda desarrollar de manera más eficaz en favor del Pueblo de Dios" (Cons. Apost. Magnum matrimonii, 7 de octubre, 1982, n. 3).
Ya fundado y operante desde algunos años en la Pontificia Universidad Lateranense, recibió el reconocimiento jurídico en 1982 y ha continuado su laudable tarea alargando su actividad a otros países. En estos mismos días el Instituto ha programado el II Congreso internacional de teología moral sobre el tema "Humanae vitae: 20 años después", con reflexiones y análisis que se mueven en la línea de las preocupaciones pastorales propias también de esta reunión vuestra.

La gravedad de los problemas hoy planteados en el ámbito del matrimonio y de la familia hace cada vez más necesario que dentro de las Conferencias Episcopales nacionales o regionales, y a veces también en diócesis singulares, se constituyan y se hagan operantes organismos análogos a los ahora recordados: sólo así los problemas pueden encontrar, con la debida profundización doctrinal, válidas respuestas pastorales oportunamente coordinadas con las iniciativas de los otros organismos eclesiales.
4. La presente reunión reviste ya una particular importancia por el mismo hecho de desarrollarse entre obispos aquí congregados como representantes de las Conferencias Episcopales de los respectivos países, en los que les han sido confiados específicos encargos en este sector de la pastoral. Venerados hermanos: La problemática teológica y pastoral suscitada por la Encíclica Humanae vitae y por la Exhortación Familiaris consortio, representa sin duda un capítulo fundamental de vuestra solicitud de maestros y de Pastores de la verdad evangélica y humana acerca del matrimonio y la familia.

Este encuentro puede ser para vosotros una preciosa ocasión para que, mediante la comunicación de experiencias, se pueda describir y analizar mejor la actual situación de la Iglesia, sea refiriendo los desarrollos vinculados a la temática de la Humanae vitae, sea informando acerca de la respuesta que, en las diversas situaciones sociales y culturales, se ha dado al respecto.

El método de estos trabajos y los resultados que se obtendrán pueden quizá sugerir la oportunidad de volver a convocar en el futuro semejantes encuentros. Ellos de hecho se mueven en el contexto de una colaboración ya presente entre el Pontificio Consejo para la Familia y los Episcopados de los diferentes países, sobre todo con ocasión de las visitas ad limina. Las múltiples dificultades a las que debe hacer frente la familia en el mundo contemporáneo inducen a desear la consolidación ulterior de tal colaboración a fin de ofrecer a los esposos toda ayuda posible para corresponder mejor a su propia vocación.
5. Desde muchas partes la referencia a la Encíclica Humanae vitae se une, casi automáticamente, a la idea de la "crisis" que ha afectado, y continúa afectando, a la moral conyugal.

Sin duda se deben reconocer las múltiples y a veces graves dificultades que en este campo encuentran los sacerdotes y las parejas, los unos en anunciar la verdad entera sobre el amor conyugal, y las otras en vivirla. Por otra parte, las dificultades a nivel moral son el fruto y el signo de otras dificultades más graves que tocan los valores esenciales del matrimonio como "íntima comunidad de vida y de amor conyugal" (Gaudium et spes, 48). La pérdida de estima en relación al hijo como "preciosísimo don del matrimonio" (Gaudium et spes, 50) y hasta el rechazo categórico de transmitir la vida, a veces por una errónea concepción de la procreación responsable, y la interpretación totalmente subjetiva y relativa del amor conyugal, tan abundantemente difundidas en nuestra sociedad y en nuestra cultura, son el signo evidente de la actual crisis matrimonial y familiar.

Como raíz de la "crisis", la Exhortación Familiaris consortio ha señalado una corrupción de la idea y de la práctica de la libertad, que es "concebida no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una fuerza autónoma de autoafirmación no raramente contra los demás, en orden al propio bienestar egoísta" (n. 6). Más radicalmente todavía hay que indicar una visión inmanentista y secularizante del matrimonio, de sus valores y de sus exigencias: el rechazo a reconocer el manantial divino del que derivan el amor y la fecundidad de los esposos, expone el matrimonio y la familia a desintegrarse también como experiencia humana.
Al mismo tiempo la situación actual presenta también aspectos positivos, entre los cuales sobresale el descubrimiento de los "recursos" de que el hombre y la mujer disponen para vivir la verdad plena del amor conyugal.

El primero y fundamental recurso es el sacramento del matrimonio, o sea, Jesucristo mismo que se hace presente y operante por medio de su Espíritu y hace a los esposos cristianos partícipes de su amor a la humanidad redimida. Este "sacramento" manifiesta plenamente y lleva a total cumplimiento aquel "sacramento primordial de la creación" por el cual desde el "principio" el hombre y la mujer han sido creados por Dios a su imagen y semejanza y llamados al amor y a la comunión. Así el hombre y la mujer, mientras realizan su "humanidad" según la vocación matrimonial, se ponen al servicio no sólo de los hijos, sino también de la Iglesia y de la sociedad.

El período post-conciliar ha favorecido un progresivo crecimiento en el conocimiento del significado eclesial y social del matrimonio y de la familia: es éste el lugar más común y, al mismo tiempo, fundamental en el que se expresa la misión de los laicos en la Iglesia. La "Carta de los Derechos de la Familia", publicada por la Santa Sede en 1983 a petición del Sínodo de los Obispos, constituye un momento de particular importancia para la conciencia del significado social y político de la vida de pareja y de familia: éstas no son meras destinatarias, sino verdaderas y propias "protagonistas" de una "política" al servicio del bien común familiar.

50 años de la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI (1 de 3)




“El motivo del encuentro es el XX aniversario de la Encíclica Humanae vitae que Pablo VI publicó el 25 de julio de 1968 sobre el grave problema de la recta regulación de la natalidad. En la alocución del miércoles siguiente a la publicación de la Encíclica, el mismo Pablo VI confió a los fieles los sentimientos que lo habían guiado en el cumplimiento de su mandato apostólico. Decía: "El primer sentimiento ha sido el de una gravísima responsabilidad nuestra. Ese sentimiento nos ha introducido y sostenido en lo vivo del problema durante los cuatro años requeridos para el estudio y la elaboración de esta Encíclica. Os confesamos que este sentimiento nos ha hecho incluso sufrir no poco espiritualmente. Jamás habíamos sentido como en esta coyuntura el peso de nuestro cargo. Hemos estudiado, leído, discutido cuanto podíamos, y también hemos rezado mucho... Invocando las luces del Espíritu Santo, hemos puesto nuestra conciencia en la plena y libre disponibilidad a la voz de la verdad, tratando de interpretar la norma divina que vemos surgir de la intrínseca exigencia del auténtico amor humano, de las estructuras esenciales de la institución matrimonial, de la dignidad personal de los esposos, de su misión al servicio de la vida, así como de la santidad del matrimonio cristiano; hemos reflexionado sobre los elementos estables de la doctrina tradicional y vigente de la Iglesia, y especialmente sobre las enseñanzas del reciente Concilio; hemos ponderado las consecuencias de una y otra decisión, y no hemos tenido duda alguna sobre nuestro deber de pronunciar nuestra sentencia en los términos expresados por la presente Encíclica" (cf. Insegnamenti di Paolo VI, vol. VI, 1968, págs. 870-871).

De todos son conocidas las reacciones, a veces ásperas y hasta despreciativas, que también en algunos ambientes de la misma comunidad eclesial ha recibido la Encíclica Humanae vitae. Mi venerado predecesor las había previsto claramente. De hecho, escribía en la Encíclica: «Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces —ampliadas por los modernos medios de propaganda— que están en contraste con la de la Iglesia. A decir verdad, ésta no se extraña de ser, a semejanza de su Divino Fundador, "signo de contradicción" (cf. Lc 2, 34); pero no deja por esto de proclamar con humilde firmeza toda la ley moral, tanto natural como evangélica" (n. 18).

Por otra parte, Pablo VI mantuvo siempre una profunda confianza en la capacidad de los hombres de hoy de acoger y de comprender la doctrina de la Iglesia sobre el principio de la "inseparable conexión, que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador". (n. 12). "Nos pensamos —escribía él— que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en situación de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental" (n. 12).”