Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).
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martes, 11 de marzo de 2025

"Salvifici Doloris" y Job

 


La Carta apostólica Salvifici Doloris del Santo Padre Juan Pablo II dada en Roma, en la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, el día 11 de febrero del año 1984, sexto de su Pontificado, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano comienza con estas palabras:

« Suplo en mi carne —dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento— lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia ».(1)

Son casi las mismas palabras que Juan Pablo II le confió “con gran y serena naturalidad” al Dr Joaquín Navarro-Valls despues de una de las intervenciones quirúrgicas de urgencia a que fuera sometido en el Policlínico Gemelli. « Debemos completar en nosotros aquello que falta a la Pasión de Cristo. Por cierto, agregaba, todo ha sido hecho ya, pero.....siempre es posible añadir un poco más..... » En otra ocasión, siempre en el Gemelli, después de la reducción de una luxación de hombro, le expresó « He recibido este sufrimiento como un don ». (Totus Tuus octubre 2006). Llevaba encarnado el sentido del sufrimiento. Habia comprendido tempranamente lo que luego testimoniara con su vida.

El sufrimiento ciertamente pertenece al misterio del hombre En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque ... Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación … Estas palabras sobre el amor, sobre los actos de amor relacionados con el sufrimiento humano, nos permiten una vez más descubrir, en la raíz de todos los sufrimientos humanos, el mismo sufrimiento redentor de Cristo” ….. El misterio de la redención del mundo está arraigado en el sufrimiento de modo maravilloso, y éste a su vez encuentra en ese misterio su supremo y más seguro punto de referencia”. « Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte ». dice en Salvifici Doloris. (101).


Es el sufrimiento del justo Job, ese mismo sufrimiento al cual se refiere una de las primeras obras de Karol Wojtyla titulada precisamente “Job”, publicada para la Cuaresma de 1940, obra que escribió cuando estudiaba teatro y aun no habia entrado al seminario. Habia escrito “un nuevo drama, griego en forma, cristiano en espiritu, eterno en su esencia” un drama que se referia al sufrimiento de los Job de nuestros dias, al “tragico destino de los pueblos oprimidos” como el mismo decia en el prefacio de su obra “Estas cosas acaecieron en el Viejo Testamento antes de la llegada de Cristo. Pero son cosas que están sucediendo también ahora, en nuestros días, en los tiempos de Job de nuestra Polonia y del mundo”. Un drama acerca del dolor a través de la historia, totalmente incomprensible si no es visto a la luz de la Redención. Habia estallado la II guerra mundial, la Gestapo habia arrestado a los profesores polacos, en un horizonte ensombrecido por completo Karol Wojtyla sentia en carne propia el misterio de la historia biblica, reflejado en la trágica historia de su querida Polonia, en la trágica historia de toda una parte de Europa durante décadas.


A lo largo de su pontificado, Juan Pablo II fué modelo para los sufrientes, comprendió a los que sufren, identificandose con ellos, legándonos su ejemplo a ultranza, como lo expresa el Dr Navarro Valls en la entrevista citada “creo que una de las mayores y mas claras enseñanzas de Juan Pablo II ha sido ayudarnos a darle un sentido mas profundo a todo aquello que bajo el nombre de “Cruz” constituye el conjunto de disgustos, frustraciones, dolores y ansiedades que todos conocemos ..:”
Juan Pablo II fue al mismo tiempo un modelo de esperanza haciendonos ver que ésta pasa por la cruz y testimoniándolo con su existencia vivida hasta el final por Cristo y en Cristo.

 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Don y abandono

 


El creyente sabe que la presencia del mal va siempre acompañada de la presencia del bien, de la gracia. San Pablo  ha escrito: «Pero el don de la gracia no es como la caída; si, en efecto, por la caída de uno solo murieron todos, mucho más la gracia de Dios y el don concedido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, han sido concedidos en abundancia a todos los hombres» (Rm 5, 15)

 

Estas palabras conservan toda su actualidad también en nuestros días. La Redención continúa. Donde crece el mal, allí crece también la esperanza del bien.

 

En nuestros tiempos el mal se ha desarrollado enormemente, sirviéndose de la obra de sistemas perversos que han practicado a gran escala la violencia y la prepotencia. No hablo aquí del mal realizado por personas concretas con miras personales o mediante iniciativas individuales. El mal del siglo XX no ha sido un mal en edición reducida, por así decir “artesanal”. Ha sido un mal de proporciones gigantescas, un mal que se ha servido de las estructuras estatales para cumplir su obra nefasta, un mal erigido en sistema.

 

Al mismo tiempo, sin embargo, la gracia divina se ha manifestado con riqueza sobreabundante.

 

No hay mal del que Dios no pueda obtener un bien mayor. No hay sufrimiento que El no sepa transformar en camino que conduce a El. Ofreciéndose libremente a la pasión y a la muerte de cruz, el Hijo de Dios ha tomado sobre si todo el mal del pecado. El sufrimiento de Dios crucificado no es solo una forma más de sufrimiento, un dolor más o menos grande, sino que es un sufrimiento de grado y medida incomparables.  Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha dado un nuevo sentido al sufrimiento, lo  ha introducido en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor. Es verdad, el sufrimiento entra en la historia del hombre con el pecado original.

 

 El pecado es el “aguijón” (Cor 15, 55-56)  que nos provoca dolor, que hiere mortalmente al ser humano. Pero la pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido radicalmente nuevo al sufrimiento, lo ha transformado desde dentro. Ha introducido ne la historia humana, que es historia de pecado,  un sufrimiento sin culpa, afrontado únicamente por amor. Es este sufrimiento que abre la puerta a la esperanza de la liberación, de la eliminación definitiva de ese ”aguijón” que atormenta a la humanidad. Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor y que del pecado obtiene una multitud de bien.

 

Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad encierra en sí una promesa de salvación, una promesa de alegría: «Me alegro de los sufrimientos que padezco por vosotros» - escribe San Pablo (Col 1,24). Esto puede servir para cualquier sufrimiento provocado por el mal; sirve también para el enorme mal social y político que hoy divide y agita al mundo: el mal de las guerras, de la opresión de los individuos y de los pueblos, el mal de la injusticia social, de la dignidad humana pisoteada, de la discriminación racial y religiosa; el mal de la violencia, del terrorismo, de la carrera de armamentos – todo este mal existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es don de sí  en el servicio generoso y desinteresado hacia quien ha sido visitado por el sufrimiento. En el amor que tiene su origen en el corazón de Cristo está la esperanza para el futuro del mundo. Cristo es el Redentor del mundo por sus llamas hemos sido curados (Is,53,5)

 

(de Memoria e Identidad – Juan Pablo II - tomado de Totus Tuus Nr 1, marzo 2006))

sábado, 1 de agosto de 2020

El hombre que sufre nos pertenece



«El hombre que sufre nos pertenece» es la frase que Juan Pablo II pronunció en 1992 durante la visita al comedor de Caritas diocesana de Roma, en Colle Oppio, lugar que la Diócesis de Roma ha dedicado a su memoria.

Un pensamiento que sintetiza y al mismo tiempo identifica la obra pastoral que ha encarnado en el Papa Wojtyla la esperanza concreta de pobres, marginados, enfermos y explotados de todo el mundo, quienes han encontrado en él consuelo y una firme voz clamando paz y justicia.

Juan Pablo II – el pontífice que ha hecho del mundo una sola gran parroquia y también fuera es reconocido universalmente como guía espiritual por hombres y mujeres no creyentes y pertenecientes a otros credos – ha sido para nosotros, los romanos, Obispo y Padre.

Desde el comienzo de su pontificado, había afirmado «soy plenamente consciente de haber llegado a ser Papa de la Iglesia universal por ser Obispo de Roma», y como guía de la Iglesia de Roma, ratificó la opción fundamental por los pobres Una opción que en estos años ha inspirado y guiado el trabajo de las parroquias y de la comunidad cristiana, pero también de las instituciones y la sociedad civil, hacia políticas y mensajes tendientes a valorizar la dignidad del hombre.

Recuerdo haberme encontrado por primera vez con Wojtyla cuando era arzobispo en un viaje a Cracovia organizado por el Seminario Romano Mayor en 1972. Junto a otros jóvenes sacerdotes, varias veces a la semana durante mi permanencia en Polonia, tuve oportunidad de conocer la obra que se llevaba a cabo en la diócesis, y de observar su particular interés por las personas mas indigentes haciendo involucrar en ello a toda la comunidad. Esto ocurría en un contexto por cierto nada fácil en cuanto a las libertades individuales, pero precisamente por eso supo hacer crecer la diócesis en solidaridad.

Una obra pastoral que continuó al mando de la Iglesia como Obispo de Roma, fundando ya el primer año de su pontificado la Caritas diocesana. Una presencia que nos fue acompañando durante tantos años, y que día tras día, nos animaba.  Sabíamos que cuando, como instrumentos de la caridad, estábamos al lado de los vagabundos, de los inmigrantes defendíamos los derechos más elementales de los extranjeros ilegales, de los enfermos o de los sin vivienda, nuestro guía era nuestro Obispo.

Frente a los grandes dramas mundiales de pobreza y marginación, Juan Pablo II supo mostrar a la comunidad cristiana y también a la internacional el camino de un amor concreto y tangible que no era  un nuevo sentimiento abstracto e individual. Ha guiado a la Iglesia y en particular a los jóvenes, hacia la caridad, virtud teologal vivida como estilo de existencia cotidiana marcada por el servicio gratuito inspirado en los mas auténticos valores evangélicos.

Una caridad que se dirige al hombre en cuanto imagen del Cristo que sufre, y por tal motivo, no fácil de adoptar porque no es solo un deber a cumplir o un trabajo a realizar, sino una cercanía espiritual y mística con aquel que sufre.

Una invitación a vivir con el pobre y con el desprotegido porque es él quien encarna a Jesus:  una perspectiva que se nutre del Evangelio que Juan Pablo II supo testimoniar.

En octubre de 2004, en ocasión del XXV aniversario de la fundación de la Caritas Diocesana de Roma,él nos trazo el camino a seguir: «Auguro (…) un renovado deseo de fidelidad al carisma originario: este hace referencia esencial al amor gratuito y misericordioso de Dios a los hombres, así como a la virtud sobrenatural de la caridad, infundida en el corazón de los creyentes. Con estas sólidas referencias espirituales, animo a seguir adelante confiadamente y con impulso apostolico.»”

Mons. Guerino DI Tora - Director Caritas Diocesana

(Texto publicado en Totus Tuus 3/2008


viernes, 19 de septiembre de 2014

Juan Pablo II: humilde icono de Cristo en la enfermedad


“Clavado en un lecho de hospital, el de la habitación 1022 del reparto Solventi Uno, en la décima planta del Policlínico a. Gemelli, afectado del mal de Parkinson, en la silla de ruedas, encorvado, balbuciente, mudo, abrazado al Crucifijo, Juan Pablo II se transformò en humilde icono de Cristo, “ostensorio” viviente, precisamente en los últimos años de su Pontificado.
No pocos han criticado esa “ostentación del sufrimiento”, el espectáculo mediático de la enfermedad, pero asì como Cristo no descendió de la cruz, también aquél que eligió como su Vicario habría de permanecer clavado hasta el fin. “En aquella fotografía – explica visiblemente conmovido Arturo Mari, su fotógrafo oficial, refiriéndose a la del Viernes Santo de 2005 – esta toda su vida. El Santo Padre no podía ir a la procesión, pero ha participado enteramente en el Vía Crucis. Oraba ante la pantalla”.
Empezando desde el día del trágico atentado del 13 de mayo de 1981, para Juan Pablo II el camino del Via Crucis se hizo cada vez más agotador.


El profesor Francesco Crucitti le salvó la vida en una operación dificilísima de cuatro horas. Pero el proyectil también había herido al Papa en el dedo y en el codo, y allí le intervino el profesor Gianfranco Fineschi, entonces facultativo de la clínica ortopédica del Policlínico Gemelli, que con el tiempo se convirtió en amigo de Juan Pablo II. Todos saben lo frecuentemente que el Santo Padre ha tenido que ser paciente del Gemelli, pero no todos saben que el médico al que ha dado más trabajo, tras el cirujano que le salvó la vida, es justamente el profesor Gianfranco FIneschi. “Me impactó mucho la sobria humildad ocn la que el paciente declaró que se ponía en mis manos, en las que confiaba sin resrevas – cuenta l cirujano – y por tanto sin hacerme sentir condicionado por el hecho de que fuerael Papa”.
11 de noviembre de 1993: tercera convalecencia del Santo Padre tras una fractura con luxaciones en el hombro derecho. “Esta vez he vuelto por usted”, bromeó, viendo llegar al profesor. Su humor significó un verdadero recurso ante las molestias de ciertas exigencias terapéuticas a las que se enfrentaba diariamente. En 1994 se realizó la operación más larga del profesor Gianfranco Fineschi, cuando el Pontífice se rompió la cadera resbalando en la ducha – “como puede pasarle a cualquiera, y me ha sucedido también a mì”.
“Una operación perfectamente conseguida – prosigue el facultativo, ahora jubilado – Así,  después de esa operación surgió la amistad”. Una cercanía, la de Fineschi y Wojtyla, hecha de reconocimientos oficiales, si – el profesor recibió la más alta insignia honorífica vaticana – pero también de llamadas confidenciales.   Me encontraba cenando con amigos en la Toscana, en una casa de campo,  cuando sonó el teléfono. La casera vino a decirme: “Profesor, hay alguien al teléfono que pregunta por usted”. Era el 23 de diciembre, y el Papa quería felicitarme para la Navidad…. Mientras más una persona es realmente elevada, más humilde y modesta es”.
Confirmando esa extraordinaria humildad, fecundada en la cruz de la enfermedad, esta también el recuerdo de la madre de Alberto, uno de los niños del grupo de oncología, abrazado por Juan Pablo II antes de despedirse del Policlínico. “Fue el mismo el que abrió la puerta. Abrazó uno por uno a nuestros niños, los acarició, murmuró palabras afectuosas, y lo mismo hizo con nosotras, las madres presentes en aquel momento….”
Un año después, en 1995, murió Sor Ausilia, la jefa de sala que lo asistió tras el atentado y en las siguientes convalecencias: la enfermera que lo hizo sonreír haciéndole ver las películas de Don Camilo y Peppone, y lo definió como “un paciente fácil, fácil”.
“Vivía abandonándose completamente a la voluntad de Dios – testimonia el doctor Renato Buzzonetti, medico pontificio y personal de Juan Pablo II.  Un momento de auténtico heroísmo fue el que siguió a la traqueotomía en marzo de 2005. Despertándose de la anestesia, Juan Pablo II ya no podía hablar.  Y escribió con caligrafía incierta, en polaco: “Que me habéis hecho”….Pero totus tuus”.
“Obrando la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elveado el sufrimiento humano a nivel de redención. Por lo tanto, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse partícipe del sufrimiento redentor de Cristo” (Salvifici Doloris, 19).
El enfermo no se desfigura, sino que se transfigura por el sufrimiento: puede aceptar con “orgullosa humildad” la semejanza con Cristo crucificado,  y participar activamente ne bien de la Iglesia y de toda la humanidad, o bien negarse a reconocerlo, esconderse en su cruz y renegar de si mismo.
En un mundo secularizado en el que a menudo el dolor ya no tiene sentido y la enfermedad es vista como inútil o embarazosa, Juan Pablo II, con sus últimos días de enfermedad y sufrimiento, ha enseñado en primera persona, con extraordinaria humildad, la dignidad de la persona humana enferma y sufriente.
Su catequesis más elocuente, reconocida por el doctor Renato Buzzonetti, su médico personal, que celebra la “enfermedad aceptada en la estela del Crucificado, no como humillación y condena, sino como don de gracia y supremo canto a la vida humana convertida en signo de contradicción y de esperanza”, la llevó a cabo en Lourdes, los días 14 y 15 de agosto de 2004.
Fue su último viaje internacional. Doliente, gravemente limitado en sus movimientos, se vio obligado a interrumpir la lectura de su invocación a María ante la gruta de Massabielle, y a que fuera el cardenal Etchegaray quien leyera su mensaje a los enfermos: “Estoy con vosotros….Comparto con vosotros un momento de la vida marcado por el sufrimiento, mas no por esto menos fecundo…Siempre he tenido una gran fe en el valor del ofrecimiento, de la oración y del sufrimiento de aquellos que sufren”. Enfermo entre los enfermos, se convirtió en testimonio viviente de lo mismo que había enseñado veintiún años antes, delante de la  misma gruta. Arrodillándose ante la gruta de Massabielle, alcanzó la meta de su peregrinación.”
Domitia Caramazza – Totus Tuus Nr. 10, octubre 2008


jueves, 10 de mayo de 2012

La ley de la “muerte digna” argentina y las expresiones del Senador Aníbal Fernandez



Soy consciente que el tema de una "muerte digna", el dolor y el sufrimiento es absolutamente complejo y profundamente sensible. Subjetivo a veces,  debiera haber sido largamente debatido por un "Congreso" de notables expertos y profesionales médicos argentinos. (Invito leer el Análisis del Centro de Bioética)
  Por otra parte esta Ley no presenta grandes novedades pues en general son prácticas que ya se venían  utilizando en la Argentina, a las cuales se agrega expresamente  - y me preocupa -  la defensa de los profesionales e instituciones intervinientes. 

En su exposición ante el Honorable Senado de la NaciónArgentina,  en defensa de la modificación de la Ley de Derechos del Paciente, que ayer fuera convertida en nuestra Ley de muerte digna el Senador Señor AníbalFernandez se refirió al Beato Juan Pablo II - entre otros - en estos términos:   

 “Es más que clara la expresión de JPII respecto de terminar con aquella vieja concepción del autoflagelamiento  o del dolor como sufrimiento para conquistar el  cielo,   una visión que seguramente él con este gesto de la piedad que la propia encíclica impone permitirá revisar con claridad que lo que se estaba pensando era en la persona humana que si se había ganado el cielo se lo había ganado porque había razones más que justificadas en términos de lo que todos los que tenemos una formación de la fe sabemos comprenderlo y lo analizamos en tal sentido.”

Considero pueril y vacía su expresión con respecto al sufrimiento para conquistar el cielo.   El sufrimiento es parte de la vida,  cuesta comprenderlo, es difícil vivirlo, pero es además un misterio como lo es la vida misma y me ha tocado vivirlo de cerca y continúo haciéndolo.   Juan Pablo II hablo del sufrimiento extensamente y he volcado algunos de sus pensamientos en este blog.  
   El 11 de febrero de 1984, dedicó a la Iglesia católica la Carta Apostólica SalvificiDoloris 
sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano y el 11 de febrero de 1993 instituyola Primer Jornada Mundial del Enfermo que se celebra todos los años el 11 de febrero,  conmemoración de Santa María, Virgen de Lourdes.  


En casos particulares y para no dejar dudas en su Encíclica,  cuando habla del sufrimiento voluntario,   dice “de todas maneras si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse obligatorio para todos.” En cuanto al tratamiento al enfermo el Beato Juan Pablo II habla claramente en el punto  65 de la Carta Encíclica Evangelium Vitae   que trata sobre el  Valor y el Carácter Inviolable de la Vida Humana.    La Encíclica es una clara, exigente y contundente carta en defensa de la dignidad de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. No se trata aquí de una supuesta “piedad que la encíclica impone” como el Senador Fernandez sostiene, sino de expresiones absolutamente cristalinas en defensa del don de la vida, posición que Juan Pablo II sostuvo y defendió incansablemente  mucho antes de acceder al Pontificado.  

Considero oportuno para este blog citar porciones del texto de la  Encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II, para que cristianos y no cristianos tengamos presente y analicemos a conciencia algunos principios básicos ante una sociedad cada vez  más confundida,  que a menudo se nos invita seguir a ciegas o mirar hacia un costado para no cargar con más peso nuestro universo cotidiano,  en una Argentina que cada vez se presenta más problemática.

Juan Pablo II dice en Evangelium Vitae:

“…. se produce un cambio de trágicas consecuencias en el largo proceso histórico, que después de descubrir la idea de los « derechos humanos » —como derechos inherentes a cada persona y previos a toda Constitución y legislación de los Estados— incurre hoy en una sorprendente contradicción: justo en una época en la que se proclaman solemnemente los derechos inviolables de la persona y se afirma públicamente el valor de la vida, el derecho mismo a la vida queda prácticamente negado y conculcado, en particular en los momentos más emblemáticos de la existencia, como son el nacimiento y la muerte.
Por una parte, las varias declaraciones universales de los derechos del hombre y las múltiples iniciativas que se inspiran en ellas, afirman a nivel mundial una sensibilidad moral más atenta a reconocer el valor y la dignidad de todo ser humano en cuanto tal, sin distinción de raza, nacionalidad, religión, opinión política o clase social.
Por otra parte, a estas nobles declaraciones se contrapone lamentablemente en la realidad su trágica negación. Esta es aún más desconcertante y hasta escandalosa, precisamente por producirse en una sociedad que hace de la afirmación y de la tutela de los derechos humanos su objetivo principal y al mismo tiempo su motivo de orgullo. ¿Cómo poner de acuerdo estas repetidas afirmaciones de principios con la multiplicación continua y la difundida legitimación de los atentados contra la vida humana? ¿Cómo conciliar estas declaraciones con el rechazo del más débil, del más necesitado, del anciano y del recién concebido? Estos atentados van en una dirección exactamente contraria a la del respeto a la vida, y representan una amenaza frontal a toda la cultura de los derechos del hombre. Es una amenaza capaz, al límite, de poner en peligro el significado mismo de la convivencia democrática: nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser sociedades de « con-vivientes » a sociedades de excluidos, marginados, rechazados y eliminados.”
 […]
En realidad, la democracia no puede mitificarse convirtiéndola en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Fundamentalmente, es un « ordenamiento » y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter « moral » no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve. Si hoy se percibe un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo « signo de los tiempos », como también el Magisterio de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces. 88 Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como considerar el « bien común » como fin y criterio regulador de la vida política.
En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles « mayorías » de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto « ley natural » inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil. Si, por una trágica ofuscación de la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos. 89
En un régimen democrático, donde las leyes y decisiones se adoptan sobre la base del consenso de muchos, puede atenuarse el sentido de la responsabilidad personal en la conciencia de los individuos investidos de autoridad. Pero nadie puede abdicar jamás de esta responsabilidad, sobre todo cuando se tiene un mandato legislativo o ejecutivo, que llama a responder ante Dios, ante la propia conciencia y ante la sociedad entera de decisiones eventualmente contrarias al verdadero bien común. Si las leyes no son el único instrumento para defender la vida humana, sin embargo desempeñan un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres. Repito una vez más que una norma que viola el derecho natural a la vida de un inocente es injusta y, como tal, no puede tener valor de ley. Por eso renuevo con fuerza mi llamada a todos los políticos para que no promulguen leyes que, ignorando la dignidad de la persona, minen las raíces de la misma convivencia ciudadana…… no es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano. Ni puede tener bases sólidas una sociedad que —mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz— se contradice radicalmente aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la vida humana sobre todo si es débil y marginada. Sólo el respeto de la vida puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz.   En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.”

viernes, 6 de abril de 2012

Juan Pablo II “Cristo en la Cruz un sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego del amor”


(mi foto hacia el Monte Krizevac, Medjugorje, 2009) 


(mi foto Monte Krizevac, Medjugorje, 2009)

El creyente sabe que la presencia del mal está siempre acompañada por la presencia del bien, de la gracia. San Pablo escribió: «No hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos» (Rm 5, 15). Estas palabras siguen siendo actuales en nuestros días. La Redención continúa. Donde crece el mal, crece también la esperanza del bien. En nuestros tiempos, el mal ha crecido desmesuradamente, sirviéndose de los sistemas perversos que han practicado a gran escala la violencia y la prepotencia. No me refiero ahora al mal cometido individualmente por los hombres movidos por objetivos o motivos personales. El del siglo xx no fue un mal en edición reducida, «artesanal», por llamarlo así. Fue el mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto cometido, un mal erigido en sistema. Pero, al mismo tiempo, la gracia de Dios se ha manifestado con riqueza sobreabundante. No existe mal del que Dios no pueda obtener un bien más grande.  No hay sufrimiento que no sepa convertir en camino que conduce a Él. Al ofrecerse libremente a la pasión y a la muerte en la Cruz, el Hijo de Dios asumió todo el mal del pecado. El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma de dolor entre otros, un dolor más o menos grande, sino un sufrimiento incomparable. Cristo, padeciendo por todos nosotros, ha dado al sufrimiento un nuevo sentido, lo ha introducido en una nueva dimensión, en otro orden: en el orden del amor. Es verdad que el sufrimiento entra en la historia del hombre con el pecado original. El pecado es ese «aguijón» (cf. 1 Co 15, 55-56) que causa dolor e hiere a muerte la existencia humana. Pero la pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido totalmente nuevo al sufrimiento y lo ha transformado desde dentro. Ha introducido en la historia humana, que es una historia de pecado, el sufrimiento sin culpa, el sufrimiento afrontado exclusivamente por amor. Es el sufrimiento que abre la puerta a la esperanza de la liberación, de la eliminación definitiva del «aguijón» que desgarra la humanidad. Es el sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego del amor, y aprovecha incluso el pecado para múltiples brotes de bien.
Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad, encierra en sí una promesa de liberación, una promesa de la alegría: «Me alegro de sufrir por vosotros», escribe san Pablo (Col 1, 24). Esto se refiere a todo sufrimiento causado por el mal, y es válido también para el enorme mal social y político que estremece el mundo y lo divide: el mal de las guerras, de la opresión de las personas y los pueblos; el mal de la injusticia social, del desprecio de la dignidad humana, de la discriminación racial y religiosa; el mal de la violencia, del terrorismo y de la carrera de armamentos. Todo este sufrimiento existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es la entrega de sí mismo al servicio generoso y desinteresado de los que se ven afectados por el sufrimiento.
En el amor, que tiene su fuente en el Corazón de Jesús, está la esperanza del futuro del mundo. Cristo es el Redentor del mundo: «Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53, 5).

 (Juan Pablo II : MEMORIA E IDENTIDAD - Conversaciones al filo de dos milenios, en traducción de Bogdan Piotrowski)

viernes, 23 de diciembre de 2011

No nos olvidemos de los que sufren - "Alma Redemptoris Mater... succurre "


"Alma Redemptoris Mater...

Con estas palabras comienza la antífona mariana, que la Iglesia reza especialmente en la liturgia del Adviento, como también en la liturgia del tiempo de Navidad.  El pueblo cristiano pide ayuda a la Madre del Redentor.....


Quiero ya hoy, en vísperas de las fiestas navideñas, dirigir los pensamientos y los corazones de todos hacia los que, en estas fiestas, se encontrarán bajo el sufrimiento: en los hospitales, en las cárceles, en los campos de concentración, en el exilio, lejos de sus seres queridos... ¡Cuántos modos diversos de sufrimiento prueban el alma y el cuerpo del hombre, de nuestro hermano y de nuestra hermana! Es difícil recordarlos todos.

Desde el corazón de la Iglesia fluyen las palabras de esperanza del Adviento: ¡El Señor está cerca!

Deseo compartir hoy esta esperanza con los que tienen más necesidad de ella. Que, tras las palabras, venga la Luz e ilumine la oscuridad de la existencia humana, incluso de la más difícil. Que venga la Gracia y revele la dignidad humana, que se deriva del misterio del nacimiento de Dios. Que cada uno de los hombres se levante de cualquier depresión en que se encuentre.
Alma Redemptoris Mater! Succurre!”

martes, 22 de noviembre de 2011

“La pastoral sanitaria al servicio de la vida a la luz del magisterio del Beato Juan Pablo II”




Esta mañana, en rueda de prensa, se presentó la XXVI conferencia internacional que organiza el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios. La conferencia titulada “La pastoral sanitaria al servicio de la vida a la luz del magisterio del Beato Juan Pablo II” tendrá lugar del 24 al 26 de noviembre en el Vaticano. Se trataran “relaciones, testimonios y experiencias de carácter teológico-pastoral inspiradas en las enseñanzas del Beato sobre el valor cristiano del sufrimiento y el Evangelio de la Vida, desde una óptica interdisciplinar”. El primer día, se celebrará un solemne acto en honor de Juan Pablo II en el que actuarán como relatores los cardenales Fiorenzo Angelini, presidente emérito del Pontificio Consejo y Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia y antiguo secretario del Papa.
Mons. Zygmunt Zimowski, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios (Pastoral de la Salud), señaló que la conferencia se propone “que las enseñanzas del beato Juan Pablo II sobre el “Evangelio de la vida” y su traducción en la obra pastoral de la Iglesia sean un llamamiento al amor y al servicio a la vida - sobre todo de los débiles y de los que sufren - dirigido a los agentes pastorales y sanitarios, así como a todos los hombres de buena voluntad”. Mons. Zimowski expresó también el deseo de “celebrar una vez más la sacralidad de la vida y la dignidad de la persona, que se han de salvaguardar y defender siempre y en cualquier circunstancia”.
En la conferencia de prensa Mons. Zimowski explico que el título de la XXVI conferencia internacional está inspirado en el “profundo sentimiento de veneración” de los agentes sanitarios por Juan Pablo II, considerando que la preocupación del Papa Beato por los enfermos fue constante en todo su ministerio, tanto en sus palabras como en sus obras. Juan Pablo II instituyó el Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, la Jornada Mundial del Enfermo
- que se celebra el 11 de febrero de cada año, memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes y la fundación “El buen samaritano”.


Los tres días de la reunión internacional serán precedidos por el primer Encuentro de los obispos encargados de la Pastoral de la Salud (23 de noviembre), y un concierto “La cruz, la misericordia y la gloria”, organizado en honor del Papa Benedicto XVI y centrado en la figura del beato Juan Pablo II (25 de noviembre, en el Aula Pablo VI).
Fuente: VIS – leer noticia completa

Invito visitar mis posts Jornada Mundial del Enfermo

martes, 11 de enero de 2011

Porque existe el sufrimiento? Juan Pablo II/ André Frossard (2)



Continúa hablando Juan Pablo II
“Lo que acabo de comentarle no cubre todo el espectro del problema. ¿Como podemos olvidar el mal que los hombres causan a otros hombres, los campos de concentración, las torturas, todo ese sistema que oprime y destruye los elementos mas humanos en el hombre? Es muy difícil ponderar el mal que se comete en el mundo, enumerar las causas del sufrimiento humano que hizo decir a Jesucristo en el Monte de los Olivos: “"Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz..." El cáliz del Jueves Santo, la Cruz en el Calvario el día siguiente…
Naturalmente, los hombres hacen todo lo posible para alejarse del mal, las enfermedades, los cataclismos, las guerras. Estos esfuerzos no son en vano. Al mismo tiempo las dimensiones del mal objetivo en el mundo y las repercusiones subjetivas en la conciencia humana son difíciles de evaluar. Hoy los medios a nuestro alcance para combatir el mal y el sufrimiento son impresionantes, tal como lo son aquellos que enarbolan la lucha. Y los Evangelios son un fuerte llamado a la acción, un mensaje siempre presente del bien, el Samaritano compasivo, no obstante…
No obstante, pareciera que las raices del mal son mas profundas, como si el mal comprendiera una especie de misterio que excede al hombre, que trasciende su historia y su entorno. Si consideramos los esfuerzos del hombre por conquistar el mal – especialmente en nuestros dias – se tiene la impresión que sus acciones llegan tan solo a los síntomas y no logran profundizar para alcanzar las causas, la fuente oculta del mal. Se olvida demasiado a menudo que el mal no tiene tan solo una dimensión física sino también ética, y que ésta es más importante.”

Reflexiona André Frossard:
Pero llegamos al momento y al lugar donde, como expresé antes, la pasión y la compasión confluirían en un momento único de sufrimiento:

Habla Juan Pablo II
”En el monte de los Olivos, de cara a la Pasión y a la Cruz, Jesús abraza toda dimensión del mal en el corazón del hombre y en la historia de la humanidad y pide que “este cáliz” pueda pasar: sin embargo, dice “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Es por eso que esta oración es un momento tan patético en la misión de Cristo en su conjunto. Es además el punto al cual volverán continuamente nuestras preguntas acerca del mal, el mal como permitido y aceptado en el plan eterno de Dios….del Padre. Cuando nuestro pensamiento acerca del mal se dirige con ansiedad a este plan eterno, nos acercamos con nuestra angustia al huerto de Getsemaní, antes de subir el Calvario, bajo la cruz de Cristo…
Getsemaní y el Calvario nos enseñan que el Hijo de Dios se encontró en la misma situación que cualquier hombre que enfrentado al peso del mal. Estaba del lado del hombre que sufre. En esa escena de agonía proclamó el Reino de Dios hasta el fin de los tiempos, la verdad de un amor mas fuerte que la muerte.
Creemos que al asumir el peso del mal venció al mal. Que venció al pecado y a la muerte. Injertó a la raíz del sufrimiento el poder de la redención y la luz de la esperanza. Eso es lo que comparte con todo hombre. Aquellos que sufren, y a quienes me he acercado en mis actividades pastorales son testigo de ello y siguen siéndolo a diario ante mis ojos.
Cristo sanó al enfermo, le devolvió la vista al ciego, oído al sordo y levantó a Lázaro de entre los muertos. Pero a todos aquellos que sufren del mal físico o moral, no cesa de ofrecerles su injerto de redención, que emana de su cruz y resurrección.
Como he dicho antes, es difícil medir el mal que convive con nosotros en esta tierra. Es un misterio más allá del hombre, mas profundo que su corazón. De él hablan Getsemani y el Calvario, que al mismo tiempo testimonian que en la historia del hombre, en su corazón, adviene otro misterio, el de la Redención, que no cesará hasta el final para erradicar el mal. Y en este misterio no solo nos espera el Día del Juicio, también se vislumbra: “un nuevo cielo y una nueva tierra”, donde esta escrito que “morara la justicia” y entonces “El secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”.
Traducido de “Be not afraid”, André Frossard in conversation with John Paul II, The Bodley Head, 1984

lunes, 10 de enero de 2011

Porque existe el sufrimiento? Juan Pablo II/ André Frossard (1)


Porque existe el sufrimiento?

Le pregunta André Frossard a Juan Pablo en su “conversación” publicada en forma de libro bajo el titulo No temais! Hay penas que pueden ser atenuadas solo mediante la presencia real de Dios que los asemeja tanto a quienes las padecen a Jesucristo que legítimamente solo pueden hablarle de ellas al Padre en persona?

Y Juan Pablo II responde:
“Se distingue la dimensión objetiva, los hechos, tales como el sufrimiento del inocente, de las reacciones subjetivas, la conciencia del mal, que constituye, como usted dice “un problema terrible para el creyente” y un “escollo insalvable para el no creyente”. Eso es verdad. Los no creyentes a menudo niegan la existencia de Dios por el mal presente en el mundo, y por esa misma razón la fe de los creyentes se pone a prueba. Esta segunda dimensión, la conciencia del mal, es a veces más dolorosa que el mal mismo. Por cierto, es difícil medir este tipo de realidad, pero puede admitirse, por ejemplo, que la conciencia del sufrimiento de otros, particularmente de aquellos que sentimos mas cercanos, es a veces mas dolorosa que el sufrimiento que las ocasiona.”

A esto reflexiona Andre Frossard:
La compasión puede ser más dura que el sufrimiento, porque éste posee limites naturales, mientras que la compasión abre el ser al infinito y lo desgarra sin matarlo. El Papa me haría entender de inmediato que la compasión de Cristo (por la humanidad) era un elemento agregado a la Pasión.

Y continúa Juan Pablo II:
“Por experiencia puedo decirle que en mi adolescencia me sentí ante todo intimidado por el sufrimiento humano. Hubo momentos en que temía acercarme a quienes estaban enfermos: sentía una especie de remordimiento frente a este sufrimiento del que me veia librado. Además, me sentía incomodo: pensaba que todo lo que podía decirle al enfermo era solo como un “cheque sin fondos” , un cheque extendido a su propia cuenta, porque eran ellos los que sufrían, y no yo.
Hay cierta verdad en la frase “La persona sana no entiende al enfermo” aunque puede decirse a la inversa que tampoco el enfermo siempre entiende a la persona sana que también sufre, de otra manera, frente al sufrimiento del enfermo.
Mis actividades pastorales me posibilitaron desembarazarme de ese periodo de timidez al visitar y encontrarme con enfermos cada vez con mayor frecuencia, enfermos de toda índole. Y debo agregar que fueron los enfermos mismos quienes me ayudaron a hacerlo. Visitándoles llegue a darme cuenta, primero gradualmente, más tarde de una manera que disipaba toda duda que establecían relaciones totalmente inesperadas entre el sufrimiento y su conciencia de el. Luego que llegue al máximo del entendimiento cuando escuche de boca de un hombre muy enfermo las palabras “Padre, no sabe lo feliz que me siento!”
Estaba frente a un hombre postrado, invalido que había perdido todo durante la revuelta de Varsovia y en vez de quejarse este hombre me decía “Que feliz soy”! Ni siquiera tuve que preguntarle porque. Me di cuenta sin tener que preguntarle lo que debía estar sucediendo en su alma, como podía ocurrir este tipo de transfiguración y sobre todo quien podía realizarla. A partir de entonces pude visitar en sus casas o en hospitales mucha gente torturada por el dolor, y mas de una vez pude discernir en ellos rastros de esa misma evolución interior, reconociendo las diferentes etapas y variaciones. He conocido médicos, enfermeras y otras personas que prestan servicio a los enfermos que sabían como preparar el camino para este proceso místico”.

Reflexiona Andre Frossard
Podría haber agregado, aunque no lo hizo, que había visto a estos doctores y enfermeras a los pies de su propio lecho y de su experiencia personal de la enfermedad: después del intento de asesinato del 13 de mayo bebió hasta el fondo de ese manantial amargo que no había tenido el coraje de acercarse en su juventud. Durante su segunda permanencia en el Hospital Gemelli - del cual se retirara prematuramente debido a su excesivo optimismo - y hacia donde debió regresar, por al virus contraído durante las transfusiones de sangre el dia del intento de asesinato, debilitado, demacrado y febril, irreconocible y según me dijo al borde de la muerte Comentare ese momento mas adelante, pues el no me hablo de ello aquel día particular

jueves, 11 de febrero de 2010

Lourdes símbolo de esperanza y de gracia


“Así como escogí el 11 febrero de 1984 para publicar la carta apostólica Salvifici doloris acerca del significado cristiano del sufrimiento humano ….considero significativo fijar esa misma fecha para la celebración de la Jornada mundial del enfermo. En efecto, "con María, Madre de Cristo, que estaba junto a la cruz, nos detenemos ante todas las cruces del hombre de hoy" (Salvifici doloris, 31). Y Lourdes, uno de los santuarios marianos más queridos para el pueblo cristiano, es lugar y, a la vez, símbolo de esperanza y de gracia en el sentido de la aceptación y el ofrecimiento del sufrimiento salvífico” escribía el Venerable Juan Pablo II en su carta al Cardenal Fiorenzo Angelini, Presidente del Consejo Pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, con ocasión de la institución de la Jornada Mundial del Enfermo el 13 de mayo de 1992.

viernes, 10 de abril de 2009

Pasión de Cristo, la obra de la salvación



« Subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él y le escupirán, y le azotarán y le darán muerte, pero a los tres días resucitará ».(35)

“Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible « que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna ». Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor.
[…]

El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ésta ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unida al amor, a aquel amor del que Cristo hablaba a Nicodemo, a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su arranque. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva.(52) En ella debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante.
[…]
La cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del hombre y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo alcanza junto con la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual. Los testigos de la pasión de Cristo son a la vez testigos de su resurrección. Escribe San Pablo: « Para conocerle a Él y el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándome a Él en su muerte por si logró alcanzar la resurrección de los muertos ».(64)”

miércoles, 11 de febrero de 2009

Juan Pablo II y Lourdes (3)


Recordamos hoy la primera aparición de Nuestra Señora en Lourdes, Francia, a la joven Bernardita.

En el Angelus que celebraba Juan Pablo II el domingo 15 de agosto de 2004 en ese santo lugar, con ocasión de la solemnidad de la Asunción, nos recordaba:
“En la gruta de Massabielle, la Virgen santísima salió al encuentro de Bernardita, revelándose como la llena de la gracia de Dios, y le pidió hacer penitencia y oración. Le indicó una fuente de agua y la invitó a beber de ella. Esta agua, que brota siempre fresca, ha llegado a ser uno de los símbolos de Lourdes: símbolo de la vida nueva, que Cristo da a los que se convierten a él. Sí; el cristianismo es fuente de vida, y María es la primera guardiana de esta fuente. La indica a todos, pidiéndoles que renuncien al orgullo, que sean humildes, para obtener la misericordia de su Hijo y colaborar así a la instauración de la civilización del amor”
e invocaba la protección de la santísima Virgen Maria para cada uno de los presentes, para la Iglesia y el mundo.

A los jóvenes, su gran esperanza, agradecía su servicio a los hermanos enfermos y les invitaba a seguir el ejemplo de Maria “e infundiréis en el mundo una ráfaga de optimismo, anunciando a todos la "buena nueva" del reino de Cristo”.


Invito visitar mis dos posts anteriores:
Juan Pablo II y Lourdes (1)

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Juan Pablo II y la Navidad de aquellos que sufren



«Suplo en mi carne – dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento – lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia»

comenzaria la Carta Apostólica Salvifici Doloris que el Santo Padre dirigía a los fieles sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano.
Juan Pablo II quien “hasta en los momentos de dolor supo afrontar la vida con la alegría que debe distinguir a los cristianos ….y fue un claro ejemplo de cómo se debe morir y cómo se puede y se debe convivir con el sufrimiento” (Joaquin Navarro-Valls), en el Angelus dominical previo a las fiestas navideñas de 1981, el año del atentado, acompañaba y alentaba a aquellos que sufren :


Quiero en estas fiestas navideñas, dirigir los pensamientos y los corazones de todos hacia los que, en estas fiestas, se encontrarán bajo el sufrimiento: en los hospitales, en las cárceles, en los campos de concentración, en el exilio, lejos de sus seres queridos... ¡Cuántos modos diversos de sufrimiento prueban el alma y el cuerpo del hombre, de nuestro hermano y de nuestra hermana! Es difícil recordarlos todos.
Desde el corazón de la Iglesia fluyen las palabras de esperanza del Adviento: ¡El Señor está cerca!
Deseo compartir hoy esta esperanza con los que tienen más necesidad de ella. Que, tras las palabras, venga la Luz e ilumine la oscuridad de la existencia humana, incluso de la más difícil. Que venga la Gracia y revele la dignidad humana, que se deriva del misterio del nacimiento de Dios. Que cada uno de los hombres se levante de cualquier depresión en que se encuentre
.”

Alma Redemptoris Mater! Succurre
(fotografias de Totus Tuus Nr 2 febrero 2007