Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 30 de julio de 2020

Juan Luis LORDA, Antropología: del Concilio Vaticano II a Juan Pablo II

Juan Luis LORDA, Antropología: del Concilio Vaticano JJ a Juan Pablo JJ, Ediciones Palabra, Madrid 1996, 256 pp., 13, 5 x 21, 5.

 (imagen de Wikipedia)

Es un dato reconocido que nuestro siglo ha presenciado un notable desarrollo en conocimientos acerca del hombre. El Concilio Vaticano II incorporó en sus documentos elementos valiosos de la reflexión antropológica contemporánea. También es sabido, finalmente, que el pensamiento de Karol W ojtyla -tanto antes como después de llegar a la sede de Pedro en torno al misterio del hombre incorpora planteamientos de las modernas filosofías. Pero, ¿qué ideas y pensadores, en concreto, han jugado un papel principal en el progreso de la antropología moderna? ¿Cuáles de entre sus propuestas son novedosas, cuáles son válidas? ¿Qué aportaciones suyas hallaron camino, eventualmente, hasta los esquemas y formulaciones de los padres del Concilio Vaticano TI, y en la mente de Karol Wojtyla?

 

Para muchos interesados en la historia del pensamiento, de la teología, de la Iglesia, estas preguntas no resultan fáciles de responder. y es que cualquier interés genético/etiológico por la concepción contemporánea del hombre tropieza con el impresionante reto de hacer acopio de varias décadas de abundante reflexión filosófica y teológica. Implica hacerse cargo de un momento de excepcional ebullición intelectual, asignando peso donde corresponda a autores e ideas, situando a protagonistas en el lugar que realmente ocupan en la historia. Sin embargo, como afirma el Prof. Lorda, es urgente «intentar sistematizar y difundir la doctrina recibida porque encierra una promesa de renovación de planteamientos intelectuales y vitales» (p. 9).

 

La presente obra tiene el doble mérito, primero de intentarlo, y además lograrlo en buena medida. No todos están en condiciones de intentar una obra de este tipo; hace falta manejar con suficiente madurez la filosofía y teología antropológicas de la época contemporánea. El Prof. Juan Luis Lorda, con muchos años de experiencia docente e investigadora en el campo de Antropología Teológica en la Universidad de Navarra, demuestra un profundo conocimiento de esta parcela del saber humano. Su obra ofrece una visión panorámica, construida sobre tres puntos: la antropología filosófica contemporánea; la doctrina del Concilio Vaticano 11, particularmente de la Constitución Gaudium et Spes; y el pensamiento de Juan Pablo TI. No pretende dibujar un cuadro exhaustivo sino que persigue un fin más sencillo: proporcionar un resumen en dimensiones asequibles de la renovada concepción del hombre. «Exponer (los puntos) linealmente y de manera resumida puede ayudar a captar con más nitidez las líneas de fondo: al presentar el marco de las corrientes de pensamiento, resaltan las claves de la antropología conciliar; y, cuando se contempla sobre ese fondo, se comprende mejor la doctrina de Juan Pablo 11»

 

 La obra está prologada por uno de los obispos españoles que tuvieron una actuación destacada en los trabajos del Concilio: Mons. Fernando Sebastián, actual Arzobispo de Pamplona, quien señala en el prólogo el papel central de la antropología cristiana en la tarea de la evangelización. «Cristo ... manifiesta el hombre al propio hombre»: según Mons. Sebastián, esta feliz expresión conciliar señala una de las claves de la evangelización del mundo moderno. La salvación de Cristo que la Iglesia ofrece responde a las aspiraciones más hondas del corazón humano; proporciona una comprensión más profunda de su origen, de su destino y de su dignidad; y pone un sólido fundamento para los derechos humanos. Tres grandes apartados, estrechamente relacionados, constituyen la parte central del libro: el primero contiene un bosquejo de las filosofías recientes sobre el hombre; el segundo, la antropología del Concilio Vaticano II; el tercero, la antropología de Karol W ojtyla, antes y después de su llegada al pontificado romano. Al final del libro el autor incluye dos apéndices de información bibliográfica, de gran utilidad para los que quieran saber más acerca de los temas tratados.

 

Veamos los capítulos del libro con más detenimiento. El primero lleva como titulo «Un poco de filosofía», y es un repaso selectivo de los pensadores que más influencia duradera han tenido en la concepción moderna del hombre. Identifica, en primer lugar, a dos precursores del pensamiento antropológico del s. XX: Kierkegaard, que busca potenciar al individuo situándole dialécticamente ante Dios y otros sujetos; y Newman, que hace profundos análisis (en gran parte biográficos) sobre la conciencia humana situada frente a Dios. Expone después el pensamiento de los representantes más importantes de la filosofía del diálogo: Ebner, que apunta a dos vínculos claves -la palabra y el amor- en las relaciones interpersonales; Buber, que filosofa sobre la importancia de la relación entre un «Yo» y un «Tú»; Lévinas, que ve en las teofanÍas del Antiguo Testamento un paradigma de las relacionesYo» y un «Tú»; Lévinas, que ve en las teofanÍas del Antiguo Testamento un paradigma de las relaciones entre un Yo y un Tú soberano. Pasa a exponer a continuación las posturas de ilustres filósofos personalistas: Marcel, que subraya la distinción entre «ser» y «tener», Maritain, que concibe la sociedad, antes que mera conjunción de individuos, como comunión de personas; Mounier, que defiende la primacía de las personas sobre las cosas; Nédoncelle, que cifra la personalidad y espiritualidad humanas en la capacidad de establecer relaciones personales, abriendo de esta forma camino hacia una consideración de la intersubjetividad humana como imagen de la Trinidad.  Finalmente, resume las posturas de pensadores de la escuela fenomenológica: Husserl, cuyo método permite romper el cerco secularizante del inmanentismo; y los componentes destacados del Círculo de Gotinga, quienes -a pesar de la posterior evolución de Husserl hacia el subjetivismo- hallan aplicación de sus principios en campos vitales, como la ética y el matrimonio. Este capítulo es particularmente valioso porque ofrece, en resumidas cuentas, el cuadro de un área del pensamiento humano de relevancia para la formulación moderna de la idea del hombre. Ciertamente, cualquier tratamiento breve corre el riesgo de parecer una simplificación, y de perder matices; sin embargo, si el objeto es identificar las aportaciones principales, este procedimiento está plenamente justificado. Es de notar que el autor hace su elenco de pensadores no de forma arbitraria, sino guiado por valoraciones hechas por otros estudiosos del contexto filosófico-histórico correspondiente. Un resultado implícito del bosquejo de este capítulo es que se percibe más exactamente en qué consistió el logro personalista. No es que los personalistas se olvidaran de la tradición boeciana y ontológica de la persona, pero sí añaden a ese cuadro una dimensión más dinámica, existencial y concreta. «Persona» es, además de una sustancia individual de naturaleza racional, un ser que dialoga con otros sujetos y halla su plenitud en la experiencia vital de entrega y de comunión. Con el telón de fondo del primer capítulo, el autor pasa a exponer la antropología del Concilio Vaticano II. Traza primero el contexto histórico-genético del Concilio, subrayando el interés de la Iglesia por entrar en diálogo más profundo con el mundo. Esboza a continuación la influencia francesa sobre el concilio (que comprende no sólo a los filósofos mencionados en el capítulo anterior, sino también al teólogo De Lubac). Se centra después en la Constitución pastoral Gaudium et spes, documento «ad extra» de la Iglesia que contiene una formulación de la doctrina cristiana sobre el hombre: concretamente, y sobre todo, en la primera parte, donde habla de la dignidad de la persona (que radica en su relación única, dialógica, con Dios); de la comunidad humana (que constituye un reflejo creado de la unión de las personas divinas); y de la acción humana en el mundo (que ha de situarse en un equilibrio que se aleje tanto de la búsqueda de un paraíso puramente terrenal como de un divorcio entre Iglesia y mundo, o entre fe y cultura). Este capítulo, que se ciñe bastante al hilo y texto de Gaudium et Spes, permite al lector ver con exactitud en qué puntos hubo cierta incorporación de elementos de las filosofías dialógicas y personalistas. Indirectamente, el capítulo permite apreciar cómo la revelación sobre el hombre eleva en cierto modo las filosofías concretas más allá de sus propios puntos de vista, al incorporarlas en una visión unitaria -creacional, dinámica, icónica, cristológica y escatológica- del hombre, fundada en la revelación. Se ve al hombre tal como es visto por Dios.

 

 Los tres siguientes capítulos presentan la doctrina antropológica de Karol W ojtyla, tanto en sus años de formación intelectual como en su posterior actividad magisterial como Obispo y como Papa. Apoyado en otros estudios sobre la evolución de la personalidad y mente de Karol Wojtyla, el Prof. Lorda apunta, en primer lugar, los factores que inciden en su formación temprana: el contacto con el teatro; con la mística de S. Juan de la Cruz; con la doctrina tomista; con el método fenomenológico, a raíz de la tesis sobre Scheler; con los problemas éticos de sus feligreses, particularmente los jóvenes, los matrimonios, y el mundo de la cultura. Relata a continuación la participación de Karol Wojtyla en los trabajos del Concilio. Saltan a la vista, por una parte, la cada vez más honda impronta del Obispo de Cracovia sobre los planteamientos y enfoques de los documentos Gaudium et Spes y Dignitatis humanae; y por otra, el fenómeno inverso: la maduración y profundización teológicas provocadas en Wojtyla por su involucración en los trabajos conciliares. Una interesante, aunque no explícita, conclusión se puede sacar de este doble fenómeno: tan fuerte y juntamente se dio un mutuo influjo, entre Wojtyla y Concilio, que se estableció una importante conexión entre el magisterio conciliar y las posteriores obras y magisterio de Wojtyla como Juan Pablo II. Los planteamientos del Vaticano II resultan ser una de las claves de su pensamiento. Los siguientes capítulos exponen la doctrina de K. Wojtyla, Papa. Glosan sus diversos documentos y discursos, subrayando sus aspectos característicos: la centralidad de Cristo para la comprensión última del hombre, (o la mutua imbricación del misterio de Cristo y del misterio humano); la dignidad y vocación del hombre, como imagen de Dios; la comprensión de la persona humana como realidad unitaria en una dualidad espiritual-material; la naturaleza intrínsecamente relacional del hombre, que es vocación a la solidaridad y al amor, a la plenitud de auto donación; y finalmente las coordenadas básicas para relacionarse con el mundo: prioridad de la persona sobre las cosas; de la ética sobre la técnica; del espíritu sobre la materia. Estos capítulos son un eco sintético y orgánico de la voz actual con que la Iglesia habla sobre el hombre. De su fuerza y riqueza se desprende que, efectivamente, la Iglesia tiene mucho de válido y valioso que decir al mundo de hoy. Una cuestión que suscita el modo de exposición de estos últimos capítulos es la siguiente. En contraste con los anteriores capítulos, el autor aquí parece detenerse menos en estudiar los factores «genéticos» de la doctrina sobre el hombre que, a lo largo de su pontificado, va elaborando Juan Pablo II. Por una parte, parece lógico, porque se trata, no ya de una época de formación intelectual de un pensador, sino de una etapa de madurez y de magisterio eclesial. Cabe, sin embargo, formular una pregunta: ¿no habrá tenido lugar un proceso no menos intenso de evolución o profundización en esta etapa de vida de Karol Wojtyla como Juan Pablo II? Experiencias hondas se han sucedido a lo largo de su pontificado -dolor físico y sufrimiento moral; caída del marxismo; experiencias de división y de unidad de creyentes y no creyentes; acercamiento a las puertas de un nuevo milenio; etc. ¿No será preciso valorar el peso y la influencia de tales acontecimientos sobre el pensamiento del Papa? El Prof. Lorda enumera, en la parte final de su obra, tareas pendientes de la antropología teológica católica: un intento de sistematización general; una profundización en la teología de la identificación con Cristo; la construcción de una coherente teología de la caridad, basada en el misterio de la Trinidad y de la comunión. «Habrá que hacer algo nuevo» (p. 205). Y así es, efectivamente: estamos ante el reto de elaborar una consistente doctrina cristiana sobre el hombre, que comporta el esfuerzo de asimilación de logros antropológicos recientes. Cabe afirmar que este libro es un paso inicial hacia ese «algo nuevo»; un punto de luz a partir del cual puedan emprenderse ulteriores pasos hacia la construcción de un tratado antropológico comprehensivo.

 J. ALVIAR -  SCRIPTA THEOLOGICA 29 (1997/1)



sábado, 25 de julio de 2020

Juan Pablo II : El mundo reclama sacerdotes santos


Llamado a la santidad

En contacto continuo con la santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico. Esto explica que de un modo especial deba vivir el espíritu de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En esta perspectiva se comprende también la especial conveniencia del celibato. De aquí surge la particular necesidad de la oración en su vida: la oración brota de la santidad de Dios y al mismo tiempo es la respuesta a esta santidad. He escrito en una ocasión: ''La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración''. Sí, el sacerdote debe ser ante todo hombre de oración, convencido de que el tiempo dedicado al encuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado, porque además de ayudarle a él, ayuda a su trabajo apostólico.

Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez mas secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote puede ser guía y maestro en la medida en que es un testigo auténtico!

(Karol Wojtyla/Juan Pablo II: Don y Misterio)

jueves, 23 de julio de 2020

Sacerdote y Eucaristía


"Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños (...) Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar'' (Lc 10, 21-22). Estas palabras del Evangelio de San Lucas, introduciéndonos en la intimidad del misterio de Cristo, nos permiten acercarnos también al misterio de la Eucaristía. En ella el Hijo consustancial al Padre, Aquel que sólo el Padre conoce, le ofrece el sacrificio de sí mismo por la humanidad y por toda la creación. En la Eucaristía Cristo devuelve al Padre todo lo que de El proviene. Se realiza así un profundo misterio de justicia de la criatura hacia el Creador. Es preciso que el hombre de honor al Creador ofreciendo, en una acción de gracias y de alabanza, todo lo que de El ha recibido. El hombre no puede perder el sentido de esta deuda, que solamente él, entre todas las otras realidades terrestres, puede reconocer y saldar como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta sus límites de criatura y el pecado que lo marca, el hombre no sería capaz de realizar este acto de justicia hacia el Creador si Cristo mismo, Hijo consustancial al Padre y verdadero hombre, no emprendiera esta iniciativa eucarística.

El sacerdocio, desde sus raíces, es el sacerdocio de Cristo. Es El quien ofrece a Dios Padre el sacrificio de sí mismo, de su carne y de su sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos del Padre a toda la humanidad e indirectamente a toda la creación. El sacerdote, celebrando cada día la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración de la Eucaristía es, para él, el momento más importante y sagrado de la jornada y el centro de su vida.

(Karol Wojtyla/Juan Pablo II: Don y Misterio)

jueves, 16 de julio de 2020

Monte Carmelo, Monte de la Santidad



“…Al contemplar estas montañas, mi pensamiento va hoy al monte Carmelo, cantado en la Biblia por su belleza. En efecto, hoy celebramos la fiesta de la Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo. En aquel monte, que se encuentra en Israel, cerca de Haifa, el santo profeta Elías defendió valientemente la integridad y la pureza de la fe del pueblo elegido en el Dios vivo. En ese mismo monte, en el siglo XII después de Cristo, se reunieron algunos ermitaños para dedicarse a la contemplación y a la penitencia. De su experiencia espiritual surgió la orden de los carmelitas. Caminado con la Virgen, modelo de fidelidad plena al Señor, no temeremos los obstáculos ni las dificultades. Sostenidos por su intercesión materna, podremos realizar plenamente, como Elías, nuestra vocación de auténticos "profetas" del Evangelio en nuestro tiempo..

Que la bienaventurada Virgen del Monte Carmelo, a quien hoy invocamos con particular devoción, nos ayude a subir sin cansarnos hacia la cima del monte de la santidad; y nos ayude a amar por encima de todo a Cristo, que revela al mundo el misterio del amor divino y la verdadera dignidad del hombre”


Desde aquí todo mi cariño al mundo carmelitano, muy especialmente a mis queridas carmelitas de Gualeguaychú y a los padres carmelitanos de Santa Maria del Carmelo in Traspontina en Roma, “mi” parroquia en Roma.


Invito visitar los posts anteriores relacionados con el Carmelo:










viernes, 19 de junio de 2020

Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias

Seguimos en el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Parece por tanto oportuno incluir el texto del Angelus del Papa Juan Pablo II del domingo 22 de junio de 1986 invitandonos a la devocion al Corazón de Jesús pocos meses antes de su viaje apostolico a Francia, durante el cual, el 5 de octubre visitó Paray-le-Monial, lugar donde el 16 de junio de 1675 Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacoque.

 Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias.

Rezando así, particularmente ahora, en el mes de junio, meditamos en aquella complacencia eterna que el Padre tiene en el Hijo: Dios en Dios, Luz en Luz.
Esa complacencia significa también Amor: este Amor al que todo lo que existe le debe su vida: sin Él, sin Amor, y sin el Verbo-Hijo, no se hizo nada de cuanto se ha hecho. (Jn 1, 3).
Esta complacencia del Padre encontró su manifestación en la obra de la creación, en particular en la del hombre, cuando Dios "vio lo que había hecho y he aquí que era bueno... era muy bueno" (cf. Gén 1, 31).
¿No es, pues, el Corazón de Jesús ese "punto" en el que también el hombre puede volver a encontrar plena confianza en todo lo creado? Ve los valores, ve el orden y la belleza del mundo. Ve el sentido de la vida.


Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias.

Nos dirigimos a la orilla del Jordán.
Nos dirigimos al monte Tabor.
En ambos acontecimientos descritos por los Evangelistas se oye la voz del Dios invisible, y es la voz del Padre:
"Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia. Escuchadle" (Mt 17, 5).
La eterna complacencia del Padre acompaña al Hijo, cuando Él se hizo hombre, cuando acogió la misión mesiánica a desarrollar en el mundo, cuando decía que su comida era cumplir la voluntad del Padre.
Al final Cristo cumplió esta voluntad haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, y entonces esa eterna complacencia del Padre en el Hijo, que pertenece al íntimo misterio del Dios-Trino, se hizo parte de la historia del hombre. En efecto, el Hijo mismo se hizo hombre y en cuanto tal tuvo un corazón de hombre, con el que amó y respondió al amor. Antes que nada al amor del Padre.
Y por eso en este corazón, en el Corazón de Jesús, se concentró la complacencia del Padre.
Es la complacencia salvífica. En efecto, el Padre abraza con ella ―en el corazón de su Hijo― a todos aquellos por los que este Hijo se hizo hombre. Todos aquellos por los que tiene el corazón. Todos aquellos por los que murió y resucitó.
En el Corazón de Jesús el hombre y el mundo vuelven a encontrar la complacencia del Padre. Este es el corazón de nuestro Redentor. Es el corazón del Redentor del mundo.


En nuestro rezo del Ángelus Domini unámonos a María. Unámonos a Ella, de la que el Hijo de Dios tomó un corazón humano. Pidámosle que nos acerque a Él. Pidamos a Ella, en el corazón del Hijo, acerque al hombre y al mundo la complacencia del Padre, el Amor del Padre, la misericordia de Dios.

 

 


miércoles, 17 de junio de 2020

El Santo Fray Alberto según Juan Pablo II




Hoy la Iglesia celebra la memoria liturgica de San Alberto Chmielowski,  inspirador espiritual de Karol Wojtyla.  Escuchemos que nos dice el mismo de este santo tan particular: 


“Me pregunto a veces qué papel ha desempeñado en mi vocación la figura del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su nombre- no era sacerdote. Todos en Polonia saben quien fue. En el período de mi interés por el teatro rapsódico y por el arte, la figura de este hombre valiente, que había tomado parte en la "insurrección de enero" (1863) perdiendo una pierna durante los combates, tenía para mí una atracción espiritual particular. Como es sabido, Fray Alberto era pintor: había realizado sus estudios en Munich. El patrimonio artístico que dejó muestra que tenía un gran talento. Sin embargo, en un cierto momento de su vida este hombre rompe con el arte porque comprende que Dios lo llama a tareas más importantes. Conociendo el ambiente de los pobres de Cracovia, cuyo lugar de encuentro era el dormitorio público, llamado también "lugar de la calefacción'', en la calle Krakowska, Adam Chmielowski decide convertirse en uno de ellos, no como el limosnero que llega desde fuera para distribuir dones, sino como uno que se da a sí mismo para servir a los desheredados.

Este fascinante ejemplo de sacrificio suscita muchos seguidores. Alrededor de Fray Alberto se reúnen hombres y mujeres. Nacen así dos Congregaciones, que se dedican a los más pobres. Todo esto sucedió en los comienzos de nuestro siglo, en el período anterior a la primera guerra mundial
Fray Alberto no pudo ver el momento en el que Polonia conquistó su independencia. Murió en Navidad de 1916. Sin embargo, su obra sobrevivió convirtiéndose en expresión de las tradiciones polacas de radicalismo evangélico, siguiendo las huellas de San Francisco de Asís y de San Juan de la Cruz.

En la historia de la espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un lugar especial. Para mí su figura fue determinante, porque encontré en él un particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de la literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación al sacerdocio. Una de las alegrías más grandes que he tenido como Papa ha sido la de elevar al honor de los altares a este pobrecito de Cracovia con hábito gris, primero con la beatificación en Blonie Krakowskie durante el viaje a Polonia del año 1983, y después con la canonización en Roma en el mes de noviembre del memorable año 1989. Muchos autores de la literatura polaca han inmortalizado la figura de Fray Alberto. Entre las diversas obras artísticas, novelas y dramas, es digna de ser mencionada la monografía que le dedicó el P. Konstanty Michalski. También yo, siendo joven sacerdote, en la época en que era coadjutor en la iglesia de San Florián de Cracovia, le dediqué una obra dramática llamada "El Hermano de nuestro Dios", saldando así la gran deuda de gratitud que había contraído con él.”

Karol Wojtyla/Juan Pablo II: DON Y MISTERIO, Libreria Editrice Vaticana 2011


viernes, 12 de junio de 2020

Karol Wojtyla: Profesor de Ética



Si bien es por todos conocida la vida y obra del autor polaco, hay una parte de su itinerario filosófico y espiritual, muy poco conocido, que es su período de profesor universitario de Ética en las Universidad de Cracovia y Lublin, que es lo que nos interesa detenernos para comprender mejor su concepción de la ley natural, ya que estamos ante un auténtico filósofo. Bien afirma José María Corzo, “Cuando el Cardenal Wojtyla fue elegido Papa, las agencias de noticias se apresuraron a resaltar que desde Adrián VI, hacía cuatro siglos, la Iglesia Católica no tenía un Papa no-Italiano. Ningún periódico hizo caer en la cuenta que también desde hacía siete siglos, desde Juan XXI, no había vuelto a subir al solio de Pedro un profesor de Filosofía”

Siguiendo una de las biografías mejor logradas, como es la de George Weigel , damos por conocida toda la etapa anterior y, empezamos en el año1951, por ser el año de mayor significación académica universitaria y donde comienza su formación ética que terminará en sus más de veinte años de docencia en ética.

Una vez concluido su doctorado en Teología en la Angelicum de Roma, con su tesis sobre la Fe en San Juan de la Cruz,  bajo la dirección del P. R. Garrigou Lagrange, y de algunas funciones pastorales de parroquia y capellanía universitaria que duraron unos tres años, el arzobispo Baziak decidió que el Padre Wojtyla debía retornar a la vida académica y obtener un segundo doctorado mediante la escritura de una tesis de habilitación en Filosofía que le permitiría enseñar a nivel universitario, por lo cual le concede dos años sabáticos académicos para completar la tesis. A sugerencia de un antiguo profesor decidió introducirse en la obra del filósofo Alemán Max Scheler, para comprobar si el nuevo estilo filosófico de éste le ayudaba a resolver el problema de la experiencia moral. A lo que concluye Wojtyla, una vez terminada su tesis, que no podía hacerlo en su totalidad pero que aun así había importantes cosas que aprender de Scheler, por ejemplo, su personalismo que rescataba la filosofía moral de las ásperas abstracciones de la ética kantiana y restituía el patetismo, el éxtasis y, de hecho, el ethos de la vida humana. También compartía la afirmación de Scheler de que las intuiciones humanas sobre la verdad de las cosas incluían las intuiciones morales, cierto conocimiento del corazón, que era, no obstante, un conocimiento real.

Bien concluye Weigel, que el resultado global sería lo que Wojtyla llamaría un modo de hacer filosofía que sintetizaba ambos enfoques: el realismo metafísico de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino y la sensibilidad frente a la experiencia humana de la fenomenología de Max Scheler. Es decir, que el estudio del pensador Alemán, implicó para Wojtyla el primer intento de vincular y conciliar la objetividad realista arraigada en la Filosofía del Seminario y el Angelicum al énfasis de la filosofía moderna en la experiencia y la subjetividad humana.

En el año 1954, la Universidad de Jagellonica de Cracovia, le concedió el segundo doctorado, ahora en Filosofía. Un año antes, es decir, en el año 1953 comenzaría su docencia académica con un curso de Ética Social Católica en la Facultad de Teología de la Universidad Jagelloniana. Cuando la Facultad fue suprimida por el régimen comunista a principios de 1954, continúo el curso de Ética Social en la escuela de Teología que se organizó rápidamente para los seminaristas.

En esta época es cuando comenzó a dar forma el denominado proyecto de Lublin. La Universidad Católica de Lublin fue fundada en 1918. La facultad de Filosofía, se estableció en 1946. Los profesores de la UCL, empezaron a diagramar una iniciativa Filosófica que vinculara tres largas series de cuestiones: La Metafísica (una teoría general de la realidad, un modo de explicar las cosas en esencia) y la Antropología (la naturaleza y el destino de la persona humana) se encontrarían en la Ética.

 Este proyecto sería definido por cuatro hombres jóvenes. El grupo incluía a Jerzy Kalinowski, decano de la Facultad de Filosofía, especialista en Lógica y Filosofía del Derecho , Stefan Swiezawski, historiador de filosofía, el P. Mieczyslaw Albert Krapiec, dominico especialista en Metafísica y el Padre Karol Wojtyla, especialista en Ética. Empezaron con la convicción de ser radicalmente realistas en lo que se refería al mundo y a la capacidad humana de conocerlo.

Su filosofía partiría de una reflexión disciplinado sobre la persona y la experiencia humanas, en lugar de una cosmología. Es decir, el punto de partida será la Persona Humana.

En este contexto, es que en noviembre de 1956, en su tercer año como miembro docente de la UCL, Wojtyla sucederá al dominico Feliks Bednarski en la cátedra de Ética de la facultad de Filosofía de la UCL, puesto que ejercerá durante 22 años. Sus cursos implicaban un intenso dialogo con las principales figuras de la tradición filosófica occidental, Platón y Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás de Aquino, Kant y Hume, y J. Bentham, y por supuesto Max Scheler. En estos años es donde publica sus estudios sobre ética, antropología y matrimonio, y sus dos grandes obras como Amor y Responsabilidad en 1960 y Persona y Acción , publicada en 1969 y considerada su obra cumbre.

Sus principales interlocutores eran en este caso Max Scheler y su ética de los valores, I. Kant y su ética de los deberes y la teoría aristotélica – tomista de la potencia y el acto. La síntesis de Wojtyla de este diálogo era: Los valores morales de honestidad y la valentía, la valentía, a través de una acción honesta y valiente, se convierten en una persona honesta y valiente.

Bermúdez, F. A. P.(2016, octubre). La ley natural en Karol Wojtyla [en línea]. Presentado en Duodécima Jornadas Internacionales de Derecho Natural : Ley Natural y Dignidad Humana. Universidad Católica Argentina. Facultad de Derecho, Buenos Aires. Disponible en: http://bibliotecadigital.uca.edu.ar/repositorio/ponencias/ley-natural-karol-wojtyla-bermudez.pdf