Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

sábado, 30 de marzo de 2019

Karol Wojtyla, socio del Barça 108.000


Juan Pablo II llevó al Camp Nou mucha más gente que Cruyff, Schuster, Maradona, Ronaldo o Ronaldinho. Porque la única vez en que el estadio barcelonista rozó la cifra mítica de los 120.000 asistentes fue en ocasión de la misa que ofició ahí el Pontífice ahora desaparecido, el 7 de noviembre de 1982. Gran año para el Barça (campeón de la Copa del Rey y de la Recopa) y para el barcelonismo, que pudo ver con cierto orgullo al Camp Nou en primer plano mediático con la picassiana ceremonia inaugural del Mundial de Fútbol. Era un estadio ampliado y modernizado pero tal vez alguien olvidó llevar unas docenas de huevos a las monjas clarisas, la cuestión es que el día en que Juan Pablo II celebró la multitudinaria misa, llovió a mares. Pero, como sucede con los aficionados en partidos solemnes, los fieles soportaron con entereza la inclemencia de los elementos.
Cuando el papamóvil aparcó en las instalaciones del Barça, el presidente Josep Lluís Núñez entregó al Papa el carnet de socio azulgrana, el 108.000, “con carácter vitalicio”. Unos años más tarde, el 19 de febrero de 1987, tan ilustre socio azulgrana recibió en audiencia privada en el Vaticano a una delegación del club, de la que formaban parte no sólo un nutrido grupo de directivos sino también una amplia representación de jugadores y técnicos de todas las secciones. Juan Pablo II se mostró especialmente afectuoso con todos ellos.

Pero el contacto más emotivo de los mantenidos por Karol Wojtyla, el socio 108.000 con el club azulgrana, se produjo, también en Roma, el 14 de mayo de 1999, cuando recibió en audiencia privada a una amplia delegación barcelonista que fue a ofrendarle la medalla del Centenario del club. De la comitiva formaban parte jugadores, técnicos, directivos del momento y también el ex presidente Agustí Montal, invitado como todos sus antecesores. El Papa dirigió a la comitiva un extenso y muy emotivo mensaje que pronunció con una dicción que dejó perplejos a los asistentes por su pulcritud y elocuencia.

Tras dar la bienvenida a la delegación, Juan Pablo II dijo: “Vuestra presencia evoca en mi el recuerdo de vuestra bella ciudad, laboriosa y rica de cultura, que tuve la dicha de visitar en 1982, celebrando precisamente la Santa Misa en el Camp Nou, estadio que es testigo de vuestras competiciones deportivas, y donde se me entregó el carnet de socio de vuestro club”. Y, en un tono afable y paternal, agregó: “Desde el afecto, no exento de admiración que siento hacia los deportistas, os animo a seguir dignificando el mundo del deporte, aportando al mismo tiempo no sólo lo mejor de vuestras fuerzas físicas en las diversas especialidades deportivas, sino también y sobre todo promoviendo las actitudes que brotan de las más nobles virtudes humanas: la solidaridad, la lealtad, el comportamiento correcto y el respeto por los otros, que han de ser considerados como competidores y nunca como adversarios o rivales”.

Juan Pablo II abundó sobre el espíritu de sacrificio, la perseverancia y el autodominio como elementos fundamentales del compromiso deportivo, pero, antes de impartir su bendición apostólica, quiso despedirse de la delegación barcelonista con una manifestación, íntegramente en catalán, que, con la perspectiva de los veintitrés años transcurridos, cualquier deportista honesto podría suscribir en estos momentos: “Deseo que vuestras actividades deportivas sean iluminadas por estas reflexiones. Mi augurio en este año del Centenario es que la participación en los diferentes torneos, eleve vuestro espíritu a las metas más altas. Que en este esfuerzo de crecimiento espiritual y moral os acompañe siempre la protección maternal de la Virgen de la Mercè, patrona de Barcelona, que tantas veces os ha acogido para que le ofrecierais vuestros trofeos”.

Aquel año los augurios del socio 108.000 del Barça se cumplieron por cuatriplicado ya que su club llevó ante la patrona de la ciudad y a la Plaça de Sant Jaume los títulos como campeón de Liga de fútbol, baloncesto, balonmano y hockey sobre patines.

Y, aunque defiendo la aconfesionalidad de un club plural y abierto a todo el mundo como el Barça -fundado por un no católico- no he querido pasar por alto la relación del Papa ahora muerto con el club azulgrana. Una relación que fue más allá de la simple y protocolaria entrega de un carnet. Y que espero que la directiva actual, tan apegada a todo cuanto pueda promocionar al club, no olvide en el partido ante el Betis de esta tarde tener un recuerdo respetuoso para ese ilustre consocio, sin duda el más mediático de todos.

viernes, 15 de marzo de 2019

Juicio, arrepentimiento y misericordia




1. El salmo 116 dice: «El Señor es benigno y justo; nuestro Dios es misericordioso» (Sal 116, 5). A primera vista, juicio y misericordia parecen dos realidades inconciliables; o, al menos, parece que la segunda sólo se integra con la primera si ésta atenúa su fuerza inexorable. En cambio, es preciso comprender la lógica de la sagrada Escritura, que las vincula; más aún, las presenta de modo que una no puede existir sin la otra.
El sentido de la justicia divina es captado progresivamente en el Antiguo Testamento a partir de la situación de la persona que obra bien y se siente injustamente amenazada. Es en Dios donde encuentra refugio y protección. Esta experiencia la expresan en varias ocasiones los salmos que, por ejemplo afirman: «Yo sé que el Señor hace justicia al afligido y defiende el derecho del pobre. Los justos alabarán tu nombre; los honrados habitarán en tu presencia» (Sal 140, 13-14).

En la sagrada Escritura la intervención en favor de los oprimidos es concebida sobre todo como justicia, o sea, fidelidad de Dios a las promesas salvíficas hechas a Israel. Por consiguiente, la justicia de Dios deriva de la iniciativa gratuita y misericordiosa por la que él se ha vinculado a su pueblo mediante una alianza eterna. Dios es justo porque salva, cumpliendo así sus promesas, mientras que el juicio sobre el pecado y sobre los impíos no es más que otro aspecto de su misericordia. El pecador sinceramente arrepentido siempre puede confiar en esta justicia misericordiosa (cf. Sal 50, 6. 16).


martes, 12 de marzo de 2019

La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón (2 de 2 Mensaje Cuaresma 2019)




Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.
Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.
Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.



La fuerza destructiva del pecado (1 de 2 Mensaje Cuaresma 2019)



"...cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.
Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio."


jueves, 7 de marzo de 2019

Ordenación de mujeres en la Iglesia Católica


En Luz de mundo – una conversación del Papa Benedicto XVI con Peter Sewald, éste le pregunta a Benedicto XVI acerca de la posibilidad de la ordenación de mujeres.
En el texto Sewald reflexiona y pregunta:
La no-posibilidad de la ordenación de mujeres en la Iglesia católica está claramente decidida por un non possumus del magisterio supremo. La Congregación para la Doctrina de la Fe así lo sostuvo bajo el pontificado de Pablo VI en el documento titulado Inter Insigniores, del año 1976. Juan Pablo II lo confirmó en su carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis. En ese documento, haciendo referencia a «la constitución divina de la Iglesia», declara él en su virtud de su ministerio que «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.»  Los críticos ven en ello una discriminación. Afirman que Jesús no llamó al sacerdocio a mujeres sólo porque, hace dos mil años, abría sido impensable.
 Y el Papa Benedicto XVI responde:
Esto es un disparate, ya que en aquel entonces el mundo estaba lleno de sacerdotisas. Todas las religiones tenían sus sacerdotisas, y era más bien asombroso que no las hubiera en la comunidad de Jesucristo, lo que, sin embargo, se encuentra a su ez en continuidad con la fe de Israel.
La formulación de Juan Pablo II es muy importante: la Iglesia no tiene «en modo alguno la facultad» de ordenar a mujeres. No es que, digamos, no nos guste, sino que no podemos. El Señor dio a la Iglesia una figura con los Doce, y después en sucesión de ellos, con los obispos y los presbíteros (los sacerdotes). Esta igura de la Iglesia no la hemos hecho nosotros sino que es constitutiva desde Él. Seguirla es un «ato de obediencia, una obediencia tal vez ardua en la situación actual. Pero justamente esto es importante, que la Iglesia muestre que no somos un régimen arbitrario. No podemos hacer lo que queremos, sino que hay una voluntad del Señor para nosotros a la que hemos de atenernos aun cuando, en esta cultura y en esta civilización, resulte arduo y difícil.
Por lo demás, hay tantas funciones destacadas, importantes de las mujeres en la Iglesia que no puede hablarse de discriminación. Ese sería el caso si el sacerdocio fuese una suerte de señorío, mientras que, por el contrario, debe ser todo servicio. Si se contempla la historia de la Iglesia, la importancia de las mujeres – desde Maria, pasando por Mónica y hasta llegar a la Madre Teresa – es tan eminente que, en muchos sentidos, las mujeres plasman la imagen de la Iglesia más que los hombres.

¿Que quiere Jesus de nosotros?


¿Qué quiere Jesus de nosotros?
Le pregunta Peter Sewald a Benedicto XVI (Luz del Mundo, el Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos publicado por Herder, 2010)
Y el Papa Benedicto responde:
Quiere de nosotros que creamos en Él. Que nos dejemos conducir por Él. Que vivamos con Él.  Y que asi lleguemos a ser cada vez más semejantes a Él, y de ese mdo, lleguemos a ser de la forma correcta.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Miercoles de ceniza . "Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará"




(Imagen de Info Vaticana


1.      "Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6, 4. 6. 18). Estas palabras de Jesús se dirigen a cada uno de nosotros al inicio del itinerario cuaresmal. Lo comenzamos con la imposición de la ceniza, austero gesto penitencial, muy arraigado en la tradición cristiana. Este gesto subraya la conciencia del hombre pecador ante la majestad y la santidad de Dios. Al mismo tiempo, manifiesta su disposición a acoger y traducir en decisiones concretas la adhesión al Evangelio.

Son muy elocuentes las fórmulas que lo acompañan. La primera, tomada del libro del Génesis:  "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (cf. Gn 3, 19), evoca la actual condición humana marcada por la caducidad y el límite. La segunda recoge las palabras evangélicas:  "Convertíos y creed el Evangelio" (Mc 1, 15), que constituyen una apremiante exhortación a cambiar de vida. Ambas fórmulas nos invitan a entrar en la Cuaresma con una actitud de escucha y de sincera conversión.

2. El Evangelio subraya que el Señor "ve en lo secreto", es decir, escruta el corazón. Los gestos externos de penitencia tienen valor si son expresión de una actitud interior, si manifiestan la firme voluntad de apartarse del mal y recorrer la senda del bien. Aquí radica el sentido profundo de la ascesis cristiana.

"Ascesis":  la palabra misma evoca la imagen de una ascensión a metas elevadas. Eso implica necesariamente sacrificios y renuncias. En efecto, hace falta reducir el equipaje a lo esencial para que el viaje no sea pesado; estar dispuestos a afrontar todas las dificultades y superar todos los obstáculos para alcanzar el objetivo fijado. Para llegar a ser auténticos discípulos de Cristo, es necesario renunciar a sí mismos, tomar la propia cruz y seguirlo (cf. Lc 9, 23). Es el arduo sendero de la santidad, que todo bautizado está llamado a recorrer.

3. Desde siempre, la Iglesia señala algunos medios adecuados para caminar por esta senda. Ante todo, la humilde y dócil adhesión a la voluntad de Dios, acompañada por una oración incesante; las formas penitenciales típicas de la tradición cristiana, como la abstinencia, el ayuno, la mortificación y la renuncia incluso a bienes de por sí legítimos; y los gestos concretos de acogida con respecto al prójimo, que el pasaje evangélico de hoy evoca con la palabra "limosna". Todo esto se vuelve a proponer con mayor intensidad durante el período de la Cuaresma, que representa, al respecto, un "tiempo fuerte" de entrenamiento espiritual y de servicio generoso a los hermanos.”