Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

viernes, 30 de diciembre de 2016

Todos podemos ser artesanos de la paz




«Todos deseamos la paz; muchas personas la construyen cada día con pequeños gestos; muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de intentar edificarla»[24]. En el 2017, comprometámonos con nuestra oración y acción a ser personas que aparten de su corazón, de sus palabras y de sus gestos la violencia, y a construir comunidades no violentas, que cuiden de la casa común. «Nada es imposible si nos dirigimos a Dios con nuestra oración. Todos podemos ser artesanos de la paz »[25].


miércoles, 28 de diciembre de 2016

El tiempo del Evangelio, tiempo de bodas (2 de 2)

(Maurycy GottliebCristo predicando en la Sinagoga de Cafarnaúm, óleo, 1878-79. Museo Nacional de Polonia, Varsovia - Wikipedia)

“El tiempo del Evangelio abre la puerta a un profundo conocimiento de la persona de Cristo. A este propósito, podemos recordar las palabras del conmovedor reproche que hace Jesús a Felipe: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? » (Jn 14, 9). Jesús esperaba un conocimiento penetrante y lleno de amor por parte de quien, siendo apóstol, vivía en una relación muy estrecha con el Maestro y, precisamente por esta intimidad, hubiera debido comprender que en él se manifestaba el rostro del Padre. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). El discípulo está llamado a descubrir en el rostro de Cristo, con la mirada de la fe, el rostro invisible del Padre.
El Evangelio presenta el arco de la vida terrena de Cristo como tiempo de bodas. Es un tiempo para difundir la alegría. «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar» (Mc 2, 19). Jesús usa aquí una imagen sencilla y sugestiva. Él es el esposo que inaugura la fiesta de sus bodas, bodas del amor entre Dios y la humanidad. Él es el esposo que quiere comunicar su alegría. Los amigos del esposo son invitados a compartirla, participando en el banquete.
Sin embargo, precisamente en el mismo marco nupcial, Jesús anuncia el momento en el que ya no estará presente: «Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mc 2, 20): es una clara alusión a su sacrificio. Jesús sabe que a la alegría seguirá la tristeza. Sus discípulos entonces «ayunarán», o sea, sufrirán participando en su pasión.
La venida de Cristo a la tierra, con toda la alegría que conlleva para la humanidad, está relacionada indisolublemente con el sufrimiento. La fiesta nupcial está marcada por el drama de la cruz, pero culminará en la alegría pascual.
Este drama es el fruto del inevitable enfrentamiento de Cristo con la potencia del mal: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn1,5). Los pecados de todos los hombres desempeñan un papel esencial en este drama. Pero fue particularmente doloroso para Cristo que una parte de su pueblo no lo reconociera. Dirigiéndose a la ciudad de Jerusalén, le reprocha: «No has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19, 44).
El tiempo de la presencia terrena de Cristo era el tiempo de la visita de Dios. Ciertamente, no faltaron quienes dieron una respuesta positiva, la respuesta de la fe. Antes de referirse al llanto de Jesús sobre la ciudad rebelde (cf. Lc 19, 41-44), san Lucas nos describe su ingreso «real», «mesiánico» en Jerusalén, cuando «toda la multitud de los discípulos, con gran alegría, se puso a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: "Bendito el rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas"» (Lc 19, 37-38). Pero este entusiasmo no podía ocultar, a los ojos de Jesús, la amarga evidencia de ser rechazado por los jefes de su pueblo y por la multitud que ellos instigaban.
Por lo demás, antes de la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús había anunciado su sacrificio: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45; cf. Mt 20, 28).
Así, el tiempo de la vida terrena de Cristo se caracteriza por su ofrenda redentora. Es el tiempo del misterio pascual de muerte y resurrección, de la que brota la salvación de los hombres.”

(Juan Pablo II Audiencia General 17 de diciembre de 1997)

El tiempo del Evangelio, tiempo de bodas (1 de 2)

(El Greco: La curación del ciego - Wikipedia)

“La entrada de la eternidad en el tiempo a través del misterio de la Encarnación hace que toda la vida de Cristo en la tierra sea un período excepcional. El arco de esta vida constituye un tiempo único, tiempo de la plenitud de la Revelación, en la que el Dios eterno nos habla en su Verbo encarnado a través del velo de su existencia humana.
Se trata del tiempo que permanecerá para siempre como punto de referencia normativo: el tiempo del Evangelio. Todos los cristianos lo reconocen como el tiempo en el que comienza su fe.
Es el tiempo de una vida humana que ha cambiado todas las vidas humanas. La vida de Cristo fue más bien breve; pero su intensidad y su valor son incomparables. Nos encontramos ante la mayor riqueza para la historia de la humanidad. Riqueza inagotable, porque es la riqueza de la eternidad y de la divinidad.
Particularmente afortunados fueron quienes, viviendo en el tiempo de Jesús, tuvieron la alegría de estar a su lado, verlo y escucharlo. Jesús mismo los llama bienaventurados: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron» (Lc 10, 23-24).
La fórmula «os digo» permite comprender que la afirmación va más allá de una simple constatación del hecho histórico. Jesús pronuncia una palabra de revelación, que ilumina el sentido profundo de la historia. En el pasado que lo precede Jesús no ve sólo los acontecimientos externos que preparan su venida; contempla las aspiraciones profundas de los corazones, que subyacen en esos acontecimientos y anticipan su éxito final.
Gran parte de los contemporáneos de Jesús no se dan cuenta de su privilegio. Ven y oyen al Mesías sin reconocerlo como el Salvador esperado. Se dirigen a él sin saber que están hablando con el Ungido de Dios que anunciaron los profetas.
Jesús, al decirles «lo que vosotros veis», «lo que vosotros oís», los invita a captar el misterio, yendo más allá del velo de los sentidos. En esta penetración, ayuda sobre todo a sus discípulos: «A vosotros se os ha confiado el misterio del reino de Dios» (Mc 4, 11).
En este camino de los discípulos hacia el descubrimiento del misterio se enraiza nuestra fe, fundada precisamente en su testimonio. Nosotros no tenemos el privilegio de ver y oír a Jesús como era posible en los días de su vida terrena; pero, con la fe, recibimos la gracia inconmensurable de entrar en el misterio de Cristo y de su Reino.”

sábado, 24 de diciembre de 2016

Navidad 2016 Una alegría que el mundo no puede dar



“¿Qué poder se da sobre los hombros de este Niño que nace en la soledad y el vacío de la noche de Belén?
En efecto, dice el Profeta: "Lleva al hombro el principado" (Is 9, 6).
Y añade a continuación: "Para dilatar el principado con una paz sin límites... desde ahora y por siempre..." (Is 9, 6).
Nada parece confirmar esta soberanía y dominio en el vacío y soledad de la noche de Belén.
Antes bien, todo habla de pobreza, de "desheredación"....
La primera noche terrena del Hijo del Hombre contiene ya en sí como un lejano presagio de la última noche, cuando "se humilló haciéndose obediente hasta la muerte..." (Flp 2, 8).
Esta primera noche sin techo del Hijo que se nos ha dado, está libre de cualquier signo de poderío y fuerza humana.
Todo lo contrario...
Y, sin embargo, esta noche de Belén, que recordamos cada año con la mayor emoción posible, suscita esperanza y es portadora de alegría: una alegría que el mundo no puede dar a pesar de todos y sus bien conocidos medios de poderío y fuerza terrena.
De esta alegría está llena la liturgia de la Iglesia, que "canta al Señor un cántico nuevo" (Sal 95 [96], 1), e invita "toda la tierra" a este canto.
"Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque" (Sal 95 [96], 11-12).
El reino de Dios sobre la tierra comienza en el transcurso de la noche de esta vigilia, no con los signos del poderío y la fuerza humana, sino con la alegría de las almas y los corazones, que llena a todos los que le han acogido.”

¡Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! Así sea.

(Juan Pablo II)


viernes, 23 de diciembre de 2016

Navidad 2016 La gracia de Dios, el amor que dona


“Escribe el Apóstol Pablo: "Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres" (Tit 2, 11).

¿Qué es la gracia? Es precisamente el amor que dona.
En el vacío y en la soledad de esa noche de Belén, el amor "que dona" el Padre, viene al mundo en el Hijo, nacido de la Virgen: un Hijo se nos ha dado.
Ya desde el primer instante de su venida: "nos enseña —como escribe el Apóstol— a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa..." (Tit 2, 12-13).
Esto nos enseña el Niño que ha nacido, el Hijo que se nos ha dado.

Sin embargo, en este momento, ninguno parece escuchar su voz. Da la impresión que nadie siente su nacimiento. Nadie, excepto María y José.
¿Nadie? Y, con todo, hay ya algunos que han sido los primeros en conocerlo. Han sido los primeros en acoger la buena noticia. Y han venido los primeros.

Son los pastores. El Ángel les había dicho: "Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2, 12).

Se encaminaron a la dirección indicada.

Son los primeros entre los habitantes de la tierra que se unieron "al ejército celestial", proclamando la llegada del Hijo Eterno y el comienzo del reino de Dios en el corazón de los hombres.”

Juan Pablo II

jueves, 22 de diciembre de 2016

Cada dia debe ser Adviento, cada dia Navidad


“Este Adviento, en el que el hombre se inserta, impulsado por la gracia, imitando las actitudes interiores de todos los que esperaron, buscaron, creyeron y amaron a Jesús, está vivificado por la constante meditación y asimilación de la Palabra de Dios, que para el cristiano sigue siendo el primero y fundamental punto de referencia para su vida espiritual; está fecundado y animado por la plegaria de adoración y alabanza a Dios, de la cual son modelos incomparables los cánticos del "Benedictus" de Zacarías, el "Nunc dimittis" de Simeón, pero especialmente el "Magnificat" de María Santísima. Este Adviento interior se refuerza con la práctica constante de los sacramentos, en particular el de la reconciliación y el de la Eucaristía, que, purificándonos y enriqueciéndonos con la gracia de Cristo, nos hacen "hombres nuevos", en sintonía con la invitación urgente de Jesús: "Convertíos" (cf. Mt 3, 2; 4, 17; Lc 5, 32; Mc 1, 15).

En esta perspectiva, para nosotros, cristianos, cada día puede y debe ser Adviento, puede y debe ser Navidad. Porque, cuanto más purifiquemos nuestras almas, cuanto más espacio demos al amor de Dios en nuestro corazón, tanto más podrá venir y nacer en nosotros Cristo. "Isabel —escribe San Ambrosio— es colmada después de haber concebido, María, antes... Se alegra de que María no haya dudado, sino creído, y por esto, había conseguido el fruto de su fe. "Feliz", le dice "tú que has creído". Pero felices también vosotros, los que habéis oído y creído; pues toda alma creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras. Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios" (Expos. Evang. sec. Lucam II, 23. 26: CCL 14, págs. 41, 42).”


sábado, 17 de diciembre de 2016

«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17)


12. Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque él es el Bien. Pero Dios ya respondió a esta pregunta: lo hizo creando al hombre y ordenándolo a su fin con sabiduría y amor, mediante la ley inscrita en su corazón (cf. Rm 2, 15), la «ley natural». Ésta «no es más que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios dio esta luz y esta ley en la creación» 19. Después lo hizo en la historia de Israel, particularmente con las «diez palabras», o sea, con los mandamientos del Sinaí, mediante los cuales él fundó el pueblo de la Alianza (cf. Ex 24) y lo llamó a ser su «propiedad personal entre todos los pueblos», «una nación santa» (Ex 19, 5-6), que hiciera resplandecer su santidad entre todas las naciones (cf. Sb 18, 4; Ez 20, 41). La entrega del Decálogo es promesa y signo de la alianza nueva, cuando la ley será escrita nuevamente y de modo definitivo en el corazón del hombre (cf. Jr 31, 31-34), para sustituir la ley del pecado, que había desfigurado aquel corazón (cf. Jr 17, 1). Entonces será dado «un corazón nuevo» porque en él habitará «un espíritu nuevo», el Espíritu de Dios (cf. Ez 36, 24-28) 20.
Por esto, y tras precisar que «uno solo es el Bueno», Jesús responde al joven: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). De este modo, se enuncia una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen. Por boca del mismo Jesús, nuevo Moisés, los mandamientos del Decálogo son nuevamente dados a los hombres; él mismo los confirma definitivamente y nos los propone como camino y condición de salvación. El mandamiento se vincula con una promesa: en la antigua alianza el objeto de la promesa era la posesión de la tierra en la que el pueblo gozaría de una existencia libre y según justicia (cf. Dt 6, 20-25); en la nueva alianza el objeto de la promesa es el «reino de los cielos», tal como lo afirma Jesús al comienzo del «Sermón de la montaña» —discurso que contiene la formulación más amplia y completa de la Ley nueva (cf. Mt 5-7)—, en clara conexión con el Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. A esta misma realidad del reino se refiere la expresión vida eterna, que es participación en la vida misma de Dios; aquélla se realiza en toda su perfección sólo después de la muerte, pero, desde la fe, se convierte ya desde ahora en luz de la verdad, fuente de sentido para la vida, incipiente participación de una plenitud en el seguimiento de Cristo. En efecto, Jesús dice a sus discípulos después del encuentro con el joven rico: «Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19, 29).

(de la Encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II)

Henryk Kobierowski: Karol Wojtyla, valentía y dialogo


“Karol Wojtyla, como ustedes saben, perdió todos los miembros de su familia. Nacido en Wadowice, después vivió y estudió en Cracovia. Durante sus estudios empezó la Segunda Guerra Mundial, con la invasión brutal de los alemanes a Polonia. Los nazis de inmediato organizaron unos campos de concentración, en un programa de exterminio de naciones como la polaca,  la judía,  la gitana. Cerca, muy cerca, más o menos como a 50 kilómetros de Wadowice y a 60 kilómetros de Cracovia, ubicaron los campos de concentración conocidos aquí como Auschwitz-Birkenau –en polaco, Oświęcim-Brzezinka–, en donde centenas, miles, millones de personas perdieron la vida; no perdieron, los mataron. El joven Karol Wojtyla fue testigo de estos acontecimientos, de esta horrible guerra, de esta matanza, no solamente en los campos de concentración, sino también, en razón de algún capricho alemán; por ejemplo, algunos polacos fueron obligados a fijar un escudo encima de su ropa. Si un polaco, al decir “buenos días”, no lo hacía bien delante de un alemán, de un nazi, podían matarlo sin ninguna excusa, y de hecho mataron mucha gente. En este ambiente, Karol Wojtyla tenía que vivir, y vivía, observando esta vida cotidiana, estos acontecimientos, que se conservaron en su mente. 

Después de la liberación, después de la Segunda Guerra Mundial, la gente fue muy entusiasta con Polonia, pensando que por fin había llegado la libertad. Como en el siglo xix, cuando Polonia no existía –porque desde 1795 hasta 1918 Polonia fue ocupada por Rusia, Alemania y el Imperio Austro Húngaro–, todos los ocupantes tenían un objetivo: eliminar la nación polaca, eliminar la cultura polaca, eliminar el idioma polaco. Los únicos sitios en donde se podría practicar y usar el idioma polaco, cantar en polaco, enseñar la cultura polaca, y donde se conservó la cultura polaca, fueron las iglesias. Los ocupantes no tenían coraje de entrar a las iglesias. Lo mismo ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial: los alemanes destruyeron las iglesias, bombardearon las iglesias, pero nunca se atrevieron a entrar en ellas, en donde los polacos muchas veces se defendieron.

La Iglesia fue una red en la que se salvaron muchos polacos, mucha gente, muchos judíos, en especial los niños judíos, que fueron guardados por los sacerdotes, que también pagaron muchas veces con su vida, que fueron condenados a la muerte. Llegó entonces la liberación, la libertad, después de la Segunda Guerra Mundial. Pensamos que desde ahora podríamos vivir de una forma democrática y abierta. No. Como ustedes saben, Polonia entonces pasó a pertenecer al sistema socialista y a depender de Moscú. Los comunistas propusieron un régimen que iba dirigido sobre todo contra la Iglesia, y ocurrió lo mismo que durante el siglo xix, durante la Segunda Guerra Mundial: la gente se salvó en las iglesias, sitios donde los miembros de Solidaridad, por ejemplo, podían enseñar sus obras, hablar de forma libre, divulgar sus ideas de libertad, y fueron las iglesias, fueron los sacerdotes los que lo hicieron posible. Durante la ocupación, la gente que trabajaba en instituciones oficiales, en el gobierno, por ejemplo, para bautizar a sus hijos tenían que ir por la noche a las iglesias, y así profesar su religión de este modo un poco clandestino. Mis hijos, por ejemplo, fueron bautizados durante la noche en un pueblo cerca de Varsovia. Fui a donde el sacerdote con mi hijo para bautizarlo y él me dijo: “hijo no te preocupes, para mí la Segunda Guerra Mundial no ha terminado, durante la guerra trabajamos por la noche y ahora también lo hacemos, tráigalo a la una de la madrugada”. Ésta fue la época que vivió Juan Pablo II. Él, como yo recuerdo, en esta época fue más valiente, tenía más coraje. Yo recuerdo cuando él luchó para construir nuevas iglesias, junto a Katowice, y en otros sitios; claro que los comunistas tenían miedo de hacer algo, por eso lo respetaron. En esta época, la vida de Karol Wojtyla fue bien controlada. No se podía leer libremente, por ejemplo, las obras que él presentó en la universidad, no se publicó ninguna comunicación sobre su vida, sobre el desarrollo de su trabajo, etc.

Fue todo un acontecimiento cuando un grupo de obispos escribió una carta a los obispos de Alemania pidiendo perdón a propósito de la Segunda Guerra Mundial. En esta época, recuerdo que un duro político lanzó un comunicado condenándolo moralmente: ¿cómo es que un polaco perdona a los alemanes? Fue algo curioso. Pero ésta fue la consecuencia de su filosofía profunda. Él sabía que no se puede vivir guardando odio, por ejemplo, por los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial; que hay que buscar el diálogo, que hay que buscar las cosas que unen. Por eso empezó conectándose con la Iglesia alemana, para que esta idea de destrucción pasara. Y así, él también obtuvo mucha experiencia de cómo luchar contra los regímenes antihumanitarios, y así lo hizo después, cuando llegó el momento y lo eligieron Papa.

Primero el poder comunista se mantuvo en silencio, tres días sin comunicados, pero la gente pasó de inmediato esta información a Polonia. Yo me sorprendí, porque, sin ninguna información, fui al trabajo y escuchaba tocar todas las campanas de las iglesias, durante unas cinco horas. Pensé que alguien había muerto. Por la noche, escuchando la emisora Europa Libre, emitida en polaco desde Múnich, desde Alemania, comunicaron que Karol Wojtyla había sido elegido como el Papa. Eso fue una alegría para todos. Pero nadie sabía del cardenal, poco conocido en Polonia. Porque en Polonia, como he dicho, toda la información sobre Karol Wojtyla fue clandestina. Oficialmente no se hablaba de él. La gente estaba un poco preocupada: ¿cómo podría dirigir la Iglesia Universal un joven cardenal de una provincia como Cracovia? Y cuando él empezó su trabajo, fue una sorpresa…”


viernes, 9 de diciembre de 2016

Nuevo Arzobispo de Cracovia


El Papa Francisco acaba de nombrar nuevo arzobispo de Cracovia.

Es Mons. Marek Jedraszewski (Poznan, 1949) actual vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Polonia y quien hasta su nombramiento había sido Arzobispo de Lodz.
De acuerdo al Código de Derecho Canónico se solicita al obispo diocesano que una vez cumplidos los setenta y cinco años presente su renuncia al Santo Padre. El cardenal Dziwisz presentó su renuncia ya en 2014, pero como se estaba preparando la JMJ 2016 que se realizo en Cracovia se había postergado tal nombramiento.


Desde este sitio saludamos al nuevo arzobispo y agradecemos sinceramente al cardenal Dziwisz por los servicios prestados al Papa Juan Pablo II durante su extenso pontificado y aun antes de haber sido elegido Papa. Stanislaw Dziwisz lo había acompañado ya desde muy joven. 
En este blog hay mucha información del fiel secretario de Juan Pablo II que invito visitar.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

"Salve, llena de gracia, el Señor es contigo" (Lc 1, 28).


“"Salve, llena de gracia, el Señor es contigo" (Lc 1, 28).

Estas son las palabras de Dios que el Ángel dirige a una pobre muchacha de Nazaret, llamada Miriam (María), cuyos padres, según la tradición, eran Joaquín y Ana, y que desde sus más tiernos años deseaba pertenecer sin reserva, completamente, al Señor, como atestigua la conmemoración de la Presentación, que se celebra cada año el 21 de noviembre.
Salve, llena de gracia. ¿Qué significan estas palabras? El evangelista San Lucas escribe que María (Miriam), al oír estas palabras pronunciadas por el Ángel, "se turbó y discurría qué podría significar aquella salutación" (Lc 1, 29).
Estas palabras expresan una elección singular. Gracia significa una plenitud particular de la creación a través de la cual el ser, que se asemeja a Dios, participa de la misma vida íntima de Dios. Gracia quiere decir el amor y el don de Dios mismo, el don totalmente libre ("dado gratuitamente") por el que Dios confía al hombre su misterio, dándole, al mismo tiempo, la capacidad de poder ser testigo del misterio, de colmar con él su ser humano, la vida, los pensamientos, la voluntad y el corazón.
La plenitud de gracia es Cristo mismo. María de Nazaret recibe a Cristo, y juntamente con Cristo y por Cristo recibe la participación más plena en el misterio eterno, en la vida íntima de Dios: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esta participación es la más plena de todo lo creado, supera cuanto separa al hombre de Dios. Excluye también el pecado original: la herencia de Adán. Cristo, que es el artífice de la vida divina, es decir, de la gracia en cada hombre, mediante la redención que llevó a cabo, debe ser particularmente generoso con su Madre. Debe redimirla del pecado de modo singularmente sobreabundante ("copiosa apud eum redemptio: en Él está abundante redención", Sal 129, 7). Esta generosidad del Hijo para con su Madre comienza en el momento mismo de su existencia. 
Se llama Inmaculada Concepción.”


sábado, 3 de diciembre de 2016

Juan Pablo II : ¿Qué significa el Adviento? (2 de 2)

“El Adviento, en cuanto tiempo litúrgico del año eclesial, nos remonta a los comienzos de la Revelación. Y precisamente en los comienzos nos encontramos enseguida con la vinculación fundamental de estas dos realidades: Dios y el hombre.
Tomando el primer libro de la Sagrada Escritura, el Génesis, se comienza leyendo estas palabras: “Beresit bara: Al principio creó...”. Sigue luego el nombre de Dios que en este texto bíblico suena “Elohim”. Al principio creó, y el que creó es Dios. Estas tres palabras constituyen como el umbral de la Revelación. Al principio del libro del Génesis, no sólo con el nombre de “Elohim” se define a Dios; otros pasajes de este libro utilizan también el nombre de “Yavé”. Habla de Él aún más claramente el verbo “creó”. En efecto, este verbo revela a Dios, quién es Dios. Expresa su sustancia, no tanto en sí misma cuanto en relación con el mundo, o sea, con el conjunto de las criaturas sujetas a la ley del tiempo y del espacio. El complemento circunstancial “al principio”, señala a Dios como Aquel que existe antes de este principio, Aquel que no está limitado ni por el tiempo ni por el espacio, y que “crea”, es decir, que “da comienzo” a todo lo que no es Dios, lo que constituye el mundo visible e invisible (según el Génesis, el cielo y la tierra). En este contexto el verbo “creó” dice acerca de Dios, en primer lugar, que Él existe, que es, que Él es la plenitud del ser, que tal plenitud se manifiesta como Omnipotencia, y que esta Omnipotencia es a un tiempo Sabiduría y Amor. Esto es lo que nos dice de Dios la primera frase de la Sagrada Escritura. De este modo se forma en nuestro entendimiento el concepto de “Dios”, si nos queremos referir a los comienzos de la Revelación.
Sería significativo examinar la relación en que está el concepto “Dios”, tal y como lo encontramos en los comienzos de la Revelación, con el que encontramos en la base del pensar humano (incluso en el caso de la negación de Dios, es decir, del ateísmo)…”
Si queremos hacer constar que en los comienzos de la Revelación —en el mismo libro del Génesis—, y ya en el primer capítulo, encontramos la verdad fundamental acerca del hombre que Dios (Elohim) crea a su “imagen y semejanza”. Leemos en él: “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gén 1, 26), y a continuación: “Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gén 1, 27)… hoy debemos señalar esta relación particular entre Dios y su imagen, que es el hombre.
Esta relación ilumina las bases mismas del cristianismo. Nos permite además dar una respuesta fundamental a dos preguntas: primera, ¿qué significa el Adviento?; y segunda, ¿por qué precisamente el Adviento forma parte de la sustancia misma del cristianismo?...La realidad del Adviento está llena de la más profunda verdad sobre Dios y sobre el hombre.”

(Juan Pablo II Audiencia General   29 de noviembre de 1978)

Juan Pablo II : ¿Qué significa el Adviento? (1 de 2)


“Estamos ya  habituados al término “adviento”, sabemos qué significa: pero precisamente por el hecho de estar tan familiarizados con él, quizá no llegamos a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto.
Adviento quiere decir “venida”. Por tanto, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para qué viene?
Enseguida encontramos la respuesta a esta pregunta. Hasta los niños saben que es Jesús quien viene para ellos y para todos los hombres. Viene una noche en Belén, nace en una gruta, que se utilizaba como establo para el ganado.
Esto lo saben los niños, lo saben también los hombres que participan de la alegría de los niños y parece que se hacen niños ellos también la noche de Navidad. Sin embargo, muchos son los interrogantes que se plantean. El hombre tiene el derecho e incluso el deber de preguntar para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría.
Precisamente para esto disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos penetrar en esta verdad esencial del cristianismo cada año de nuevo.
La verdad del cristianismo corresponde a dos realidades fundamentales que no podemos perder nunca de vista. Las dos están estrechamente relacionadas entre sí. Y justamente este vínculo íntimo, hasta el punto de que una realidad parece explicar la otra, es la nota característica del cristianismo. La primera realidad se llama “Dios”, y la segunda “el hombre”. El cristianismo brota de una relación particular entre Dios y el hombre. En los últimos tiempos  en especial durante el Concilio Vaticano II— se discutía mucho sobre si dicha relación es teocéntrica o antropocéntrica. Si seguimos considerando por separado los dos términos de la cuestión, jamás se obtendrá una respuesta satisfactoria a esta pregunta. De hecho el cristianismo es antropocéntrico precisamente porque es plenamente teocéntrico; y al mismo tiempo es teocéntrico gracias a su antropocentrismo singular.
Pero es cabalmente el misterio de la Encarnación el que explica por sí mismo esta relación. Y justamente por esto el cristianismo no es sólo una “religión de adviento”, sino el Adviento mismo. El cristianismo vive el misterio de la venida real de Dios hacia el hombre, y de esta realidad palpita y late constantemente. Esta es sencillamente la vida misma del cristianismo. Se trata de una realidad profunda y sencilla a un tiempo, que resulta cercana a la comprensión y sensibilidad de todos los hombres y, sobre todo, de quien sabe hacerse niño con ocasión de la noche de Navidad. No en vano dijo Jesús una vez: “Si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18, 3).
Para comprender hasta el fondo esta doble realidad de la que late y palpita el cristianismo, hay que remontarse hasta los comienzos mismos de la Revelación o, mejor, hasta los comienzos casi del pensamiento humano.

En los comienzos del pensar humano pueden darse concepciones diferentes; el pensar de cada individuo tiene la propia historia en su vida ya desde la infancia. Sin embargo, hablando del “comienzo” no nos proponemos tratar propiamente de la historia del pensamiento. En cambio, queremos hacer constancia de que en las bases mismas del pensar, en sus fuentes, se encuentran el concepto de “Dios” y el concepto de “hombre”. A veces están recubiertos del estrato de muchos otros conceptos distintos (sobre todo en la actual civilización, de “cosificación materialista” e incluso “tecnocrática”); pero ello no significa que aquellos conceptos no existen o no están en la base de nuestro pensar. Incluso el sistema ateo más elaborado sólo tiene sentido en el caso de que se presuponga que conoce el significado de la idea “Theos”, Dios. A este propósito la Constitución Pastoral del Vaticano II nos enseña con razón que muchas formas de ateísmo se derivan de que falta la relación adecuada con este concepto de Dios. Por ello, dichas formas son o, al menos pueden serlo, negaciones de algo o, más bien, de Algún otro que no corresponde al Dios verdadero.”

domingo, 13 de noviembre de 2016

El Evangelio: una invitación a la alegría


“Evangelio quiere decir buena noticia, y la Buena Noticia es siempre una
invitación a la alegría. ¿Qué es el Evangelio? Es una gran afirmación del
mundo y del hombre, porque es la revelación de la verdad de su Dios. Dios
es la primera fuente de alegría y de esperanza para el hombre. Un Dios tal
como nos lo ha revelado Cristo. Dios es Creador y Padre; Dios, que «amó
tanto al mundo hasta entregar a su Hijo unigénito, para que el hombre no
muera, sino que tenga la vida eterna» (cfr. Juan 3,16).

Evangelio es, antes que ninguna otra cosa, la alegría de la creación. Dios, al
crear, ve que lo que crea es bueno (cfr. Juan 1,1-25), que es fuente de
alegría para todas las criaturas, y en sumo grado lo es para el hombre. Dios
Creador parece decir a toda la creación: «Es bueno que tú existas.» Y esta
alegría Suya se transmite especialmente mediante la Buena Noticia, según
la cual el bien es más grande que todo lo que en el mundo hay de mal. El
mal no es ni fundamental ni definitivo. También en este punto el
cristianismo se distingue de modo tajante de cualquier forma de pesimismo
existencial.

La creación ha sido dada y confiada como tarea al hombre con el fin de que
constituya para él no una fuente de sufrimientos, sino para que sea el
fundamento de una existencia creativa en el mundo. Un hombre que cree en
la bondad esencial de las criaturas está en condiciones de descubrir todos
los secretos de la creación, de perfeccionar continuamente la obra que Dios
le ha asignado. Para quien acoge la Revelación, y en particular el Evangelio,
tiene que resultar obvio que es mejor existir que no existir; y por eso en el
horizonte del Evangelio no hay sitio para ningún nirvana, para ninguna
apatía o resignación. Hay, en cambio, un gran reto para perfeccionar todo lo
que ha sido creado, tanto a uno mismo como al mundo.

Esta alegría esencial de la creación se completa a su vez con la alegría de la
Salvación, con la alegria de la Redención. El Evangelio es en primer lugar
una gran alegría por la salvación del hombre. El Creador del hombre es
también su Redentor. La salvación no sólo se enfrenta con el mal en todas
las formas de su existir en el mundo, sino que proclama la victoria sobre el
mal. «Yo he vencido al mundo», dice Cristo (cfr. Juan 16,33). Son palabras
que tienen su plena garantía en el Misterio pascual, en el suceso de la
Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Durante la vigilia de Pascua, la
Iglesia canta como transportada: O felix culpa, quae talem ac tantum meruit
habere Redemptorem («¡Oh feliz culpa, que nos hizo merecer un tal y tan
gran Redentor!» Exultet).

El motivo de nuestra alegría es pues tener la fuerza con la que derrotar el
mal, y es recibir la filiación divina, que constituye la esencia de la Buena
Nueva. Este poder lo da Dios al hombre en Cristo. «El Hijo unigénito viene al
mundo no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve del mal»
(cfr. Juan 3,17).

La obra de la Redención es la elevación de la obra de la Creación a un nuevo
nivel. Lo que ha sido creado queda penetrado por una santificación
redentora, más aún, por una divinización, queda como atraído por la órbita
de la divinidad y de la vida íntima de Dios. En esta dimensión es vencida la
fuerza destructiva del pecado. La vida indestructible, que se revela en la
Resurrección de Cristo, «se traga», por así decir, la muerte. «¿Dónde está,
oh muerte, tu victoria?», pregunta el apóstol Pablo fijando su mirada en
Cristo resucitado (1 Corintios 15,55).”


(Juan Pablo II: Cruzando el umbral de la esperanza, pag 41-43, Plaza Janes, 1994)

sábado, 12 de noviembre de 2016

El horror, el santo y nuestros días (4 de 4)

Auschwitz/Oswiecim – Maximiliano Kolbe

“Sería erróneo convertir la figura de Kolbe en un símbolo de rendimiento ante el opresor, o de rehusar enfrentarse al mal por medios de este mundo. Esta posición seria más propia del ethos protestante (refiriéndose a las enseñanzas de Dietrich Bonhoeffer)  pero contrario al espíritu de un pueblo que recuerda con veneración las victimas de tantas luchas sangrientas por la independencia de su patria, bajo la guía espiritual del Cardenal Stefan Wyszynski, el capellán de los insurgentes de Varsovia.  En sus actividades dentro de la iglesia y la sociedad la espiritualidad del padre Kolbe siempre estuvo marcada por  virilidad y  espíritu cortés.   Sería suficiente recordar el titulo de su diario, Rycerz Niepokalanej, El Caballero de la Inmaculada, cuya tirada superaba los 800.000  ejemplares en Polonia antes de la guerra.                                                                                                                                                                                                                                            
El mensaje de Kolbe es de un equilibrio católico integral: el oprimido puede y debe luchar por la justicia con armas de este mundo pero la verdadera victoria es la victoria espiritual, y es la que recupera y reconstruye la verdad en uno mismo y en los demás.  Es solamente con la mirada fija puesta en esta victoria que es posible evitar cruzar inadvertidamente el límite hacia la injusticia y perder de vista las razones humanas que convierten la lucha en digna y noble. Kolbe no tiene nada que ver en las consecuencias de secularización (que algunos suponen pueden surgir del pensamiento de Bonhoeffer.) Su vida demuestra que en esta tormentosa era de la historia del hombre, es cada vez mas imperiosa la capacidad del hombre por la humanización a fin de que el corazón humano no se rinda ante la barbarie.

Si tratamos de abreviar en pocas palabras el dictamen sobre la historia contemporánea que surge de lo que hemos tratado de exponer podemos decir que el conflicto que marca la historia contemporánea es un conflicto por o contra la imagen cristiana de lo humano.   Existieron varias formas de totalitarismos que intentaron construir una ciudad sin Dios en la cual (no obstante sus ocasionales reclamos humanísticos) el hombre se halla inexorablemente reducido a ser  un mero instrumento del poder. En vista de este conflicto fundamental,  en cierto sentido,  todos los demás esfuerzos son secundarios. Nuestra intención no es minimizar la lucha  que divide clases y naciones sino argumentar que estos conflictos pueden resolverse de manera equitativa, justa y humana solamente si están orientados por una visión cristiana del hombre: de otra manera terminan por provocar un aumento de injusticia y finalmente la  auto destrucción de la humanidad.

Es bien fácil establecer como esta visión de historia contemporánea difiere de aquella que se halla mas divulgada entre nosotros – la idea que las raíces de la crisis de la civilización europea, que nos ha cargado con terribles y continuos ciclos de guerras mundiales, debe buscarse en la esfera de la economía, en la lucha entre clases y entre naciones. Lo que se vislumbra en primer plano y ocupa mayormente nuestra atención es la lucha entre las diferentes formas de totalitarismo moderno. Sin dudas, el caos de intereses conflictivos nos vuelve sordos a la pacifica resistencia de todos aquellos que rechazan renunciar a su dignidad humana y, en lugar de ponerse de un lado u otro de estas formas de totalitarismos que compiten entre si por la dominación mundial, buscan construir una alternativa.
Polonia se ha visto envuelta en dos de las formas más violentas de totalitarismos modernos, y frente a estas adversidades reafirmó otra visión del hombre creando una oposición esencialmente moral.  En septiembre de 1939 las estructuras físicas del estado polaco se rindieron inmediatamente ante la superioridad alemana. Sin embargo, los nazis no lograron destruir la resistencia moral del pueblo.  Exterminaron a los intelectuales  y mataron una sexta parte    de los sacerdotes con la intención de destruir la conciencia espiritual de la nación. La resistencia moral se reconstruyo a si misma alrededor de la presencia de testigos de la iglesia católica y, por medio de ella, por algunos grandes hombres de fe. Ya hemos hablado del padre Maximiliano Kolbe. En este contexto, debemos mencionar también al cardenal Sapieha, arzobispo metropolitano de Cracovia, figura gigante de obispo y sacerdote y símbolo de la resistencia espiritual, en cuya esfera de influencia maduró la vocación sacerdotal del joven Karol Wojtyla.

Guiada por otra gran figura de sacerdote y obispo, el Cardenal Stefan Wyszyński, la iglesia también se opuso al totalitarismo comunista a través de su propia resistencia moral anclada en la visión del hombre como “imagen visible del Dios invisible”.  Este testigo estimuló la conciencia de la gente. Englobaba la voluntad de continuar la lucha por la verdad y la libertad, y al mismo tiempo mantenía viva la conciencia que más importante que la reforma política del régimen dominante es la reforma de la conciencia – el redescubrimiento,  individual y comunitario, de una perseverancia esencial y una constante humanidad frente a los reclamos del poder. Los hechos de Danzig en 1979, la protesta pacífica y firme de todo un pueblo en defensa de la verdad y el derecho, habla de una manifestación practica de una inclinación espiritual nueva, de la cual habla,  quizás en el testimonio más lúcido que se haya escrito,  Józef Stanisław Tischner en su The Ethics of Solidarity.”

Traducido de Rocco Buttiglione:  KAROL WOJTYLA – The thought of the man who became Pope por (William B. Erdman Publishing Co. 1997

sábado, 5 de noviembre de 2016

El horror, el santo y nuestros días (3 de 4)

(peregrinaciòn  a Auschwitz durante el Congreso de la Misericordia en Cracovia, 2011)

Auschwitz/Oswiecim – Maximiliano Kolbe

“Reflexionemos por un momento sobre estas palabras. Auschwitz es un lugar construido para la destrucción del hombre, para el aniquilamiento de su dignidad. El poder, por cierto,  no puede matar a todos los hombres porque los necesita como sirvientes e instrumentos.  Pero para garantizarse estos instrumentos primero debe aniquilar su dignidad, su auto estima. En el campo de exterminio, el hombre es reducido a pura animalidad, y de acuerdo a la destrucción programada de su personalidad espiritual se demuestra científicamente que no conlleva valores superiores sino que es tan solo un animal levemente mas evolucionado que los demás.  Es como un mono entrenado que puede ser domesticado, pero que está siempre dispuesto a regresar a la ley de la jungla. Desde ese punto de vista  la humanidad no consiste en lo que es mas profundo en el hombre sino en lo que es más superficial. Observando la brutalidad de las victimas  (y la de sus asesinos) cada uno de ellos se ve forzado a pensar en su dimensión más profunda y en que podría convertirse en cualquier momento en caso que ofendiera a los poderes existentes o si no se mostrase totalmente obediente a sus órdenes.   El fin último del campo de extermino es, en cierta manera, metafísico: muestra que los valores humanos en cuyo nombre sería posible desafiar al poder no existen, porque el hombre solo es materia sujeta a coerción por medios materiales cualquiera fuese su fin. Por lo tanto, si en el hombre no hay verdad ni justicia, si solo se trata de palabras huecas, entonces,  en principio,  la razón de toda oposición al poder totalitario desaparece. Entonces cualquier posible oposición debiera radicar – si así pudiera – tan solo en el plano de la fuerza.  Precisamente por esta razón y en virtud de la profundidad metafísica que responde al horror de Auschwitz, el testimonio del padre Kolbe no es mero testimonio sino una victoria.  Porque al sacrificar su vida convierte en inútil el campo de exterminio: lo anula espiritualmente mostrando al mismo tiempo que la humanidad es lo más profundo que existe en el hombre. Es más fundamental para él y le pertenece más íntimamente que el instinto de supervivencia y cualquier otra tendencia que el hombre tiene en común con otros animales. En el lugar construido para el aniquilamiento del hombre, para la negación de su naturaleza espiritual, Kolbe muestra la esencia de la grandeza humana.

Ningún éxito de la alianza anti nazi puede anular lo que ocurrió  en Auschwitz,  ningún castigo para con los asesinos puede equipararse con el sufrimiento de víctimas inocentes. No es posible borrar Auschwitz o lugares de muerte similares de la historia humana. Pero el padre Kolbe impregnó de una profundidad inesperada la lectura de su significado.  Porque esos lugares son los la cruz de Cristo sobre la cual gime el hombre contemporáneo.  El cristiano sabe que, vivido en el espíritu de Cristo, como participación de su sufrimiento y su testimonio para el hombre, son lugares de victoria fundamental del hombre y para el hombre.

Para comprender mejor el pensamiento de Juan Pablo II, debemos prestar atención al texto polaco de su discurso porque en un punto la traducción (al ingles) no es enteramente fiel. Cuando nuestra traducción dice “se lleva a cabo una victoria particular para la fe” las palabras exactas que el Santo Padre pronunciara son: “dokonalo sie szczegolne zwycietwo czlowieka przez wiare” – literalmente, “se lleva a cabo una victoria particular del hombre por medio de la fe”.  Lo que se conquista, por medio de Kolbe, no es la fe cristiana sino el hombre, el hombre que por medio de la fe llega a la total posesión de su propia humanidad.  Esta posesión coincide con el reconocimiento que su propia verdad humana es un don que brota continuamente de la misericordia de Dios.  En el campo, el hombre como tal experimenta la prueba de la cruz, pero es la fe la que le permite superar la prueba, para recuperar completa y definitivamente, por medio de la prueba, su propia verdad y su dignidad humana.”

Traducido de Rocco Buttiglione:  KAROL WOJTYLA – The thought of the man who became Pope por (William B. Erdman Publishing Co. 1997) 





viernes, 4 de noviembre de 2016

San Carlos Borromeo - La fiesta onomástica y la gracia de nuestro bautismo


“La fiesta de hoy atrae ahora nuestra atención hacia el gran obispo y confesor de la fe, San Carlos Borromeo, cuyo nombre yo recibí en el bautismo. A cuantos se unen en la oración conmigo en la fiesta de hoy, quiero repetirles —como ya lo hice el pasado miércoles— las palabras de San Pablo en la Carta a los Efesios: "Rezad... por todos los santos, y también por mi, para que, al abrir mi boca, se me conceda la palabra para dar a conocer con franqueza el misterio del Evangelio..." (Ef 6, 18-20). Este servicio al Evangelio de Jesucristo lo realizó heroicamente San Carlos con todas sus fuerzas. Su celo pastoral y su infatigable entrega al Pueblo de Dios a él encomendado han sido siempre un ejemplo para mí.

La fiesta onomástica nos recuerda igualmente la gracia de nuestro bautismo, a través del cual hemos sido sepultados con Cristo para resucitar también con El de entre los muertos. Sólo si estamos dispuestos a caer en tierra, como el grano de trigo, y morir con Cristo, podemos realmente dar fruto. El mismo Cristo nos ha anunciado: "El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará" (Mt 16, 25). Pidamos unos para otros el coraje necesario para arriesgar como creyentes nuestra vida por Cristo y su Reino. Para ello, con mis mejores deseos de un día feliz y dichoso en la Ciudad Eterna, os imparto cordial-mente a todos vosotros mi bendición apostólica.”



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