Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

jueves, 28 de febrero de 2019

El infierno como rechazo definitivo de Dios


(imagen de una obra representada por el grupo de la Comunidad Cenacolo italiana, bajo la dirección de su fundadora la Madre Elvira Petrozzi, con ocasion del Congreso Mundial de la Misericordia realizado en Cracovia 2011)

1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en «un infierno».
Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.
2. Para describir esta realidad, la sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico, que se precisará progresivamente. En el Antiguo Testamento, la condición de los muertos no estaba aún plenamente iluminada por la Revelación. En efecto, por lo general, se pensaba que los muertos se reunían en el sheol, un lugar de tinieblas (cf. Ez 28, 8; 31, 14; Jb 10, 21 ss; 38, 17; Sal 30, 10; 88, 7. 13), una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7, 9), un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18; Sal 6, 6).
El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.
Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será juzgado «de acuerdo con sus obras» (Ap 20, 13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde «será el llanto y el rechinar de dientes» (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como la gehenna de «fuego que no se apaga» (Mc 9, 43). Todo ello es expresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, en la que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Lc 16, 19-31).
También el Apocalipsis representa plásticamente en un «lago de fuego» a los que no se hallan inscritos en el libro de la vida, yendo así al encuentro de una «segunda muerte» (Ap 20, 13ss). Por consiguiente, quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a «una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder» (2 Ts 1, 9).
3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n. 1033).
Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.
4. La fe cristiana enseña que, en el riesgo del «sí» y del «no» que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya «no». Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios (cf. concilio IV de Letrán: DS 800-801). Para nosotros, los seres humanos, esa historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo «sí» a Dios.
La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, cuáles seres humanos han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento del infierno -y mucho menos la utilización impropia de las imágenes bíblicas no debe crear psicosis o angustia; pero representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar «Abbá, Padre» (Rm 8, 15; Ga 4, 6).
Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano. Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia, como lo atestiguan, por ejemplo, las palabras del Canon Romano: «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa (...), líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos».

martes, 26 de febrero de 2019

El «cielo» como plenitud de intimidad con Dios



1. Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayan acogido a Dios en su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor, por lo menos en el momento de la muerte, podrán gozar de la plenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de la existencia humana.
Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, «esta vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama cielo.  El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (n. 1024).
Hoy queremos tratar de comprender el sentido bíblico del «cielo», para poder entender mejor la realidad a la que remite esa expresión.

2. En el lenguaje bíblico el «cielo», cuando va unido a la «tierra», indica una parte del universo. A propósito de la creación, la Escritura dice: «En un principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1).
En sentido metafórico, el cielo se entiende como morada de Dios, que en eso se distingue de los hombres (cf. Sal 104, 2s; 115, 16; Is 66, 1). Dios, desde lo alto del cielo, ve y juzga (cf. Sal 113, 4-9) y baja cuando se le invoca (cf. Sal 18, 7.10; 144, 5). Sin embargo, la metáfora bíblica da a entender que Dios ni se identifica con el cielo ni puede ser encerrado en el cielo (cf. 1 R 8, 27); y eso es verdad, a pesar de que en algunos pasajes del primer libro de los Macabeos «el cielo» es simplemente un nombre de Dios (cf. 1 M 3, 18.19.50.60; 4, 24.55).
A la representación del cielo como morada trascendente del Dios vivo, se añade la de lugar al que también los creyentes pueden, por gracia, subir, como muestran en el Antiguo Testamento las historias de Enoc (cf. Gn 5, 24) y Elías (cf. 2 R 2, 11). Así, el cielo resulta figura de la vida en Dios. En este sentido, Jesús habla de «recompensa en los cielos» (Mt 5, 12) y exhorta a «amontonar tesoros en el cielo» (Mt 6, 20; cf. 19, 21).

3. El Nuevo Testamento profundiza la idea del cielo también en relación con el misterio de Cristo. Para indicar que el sacrificio del Redentor asume valor perfecto y definitivo, la carta a los Hebreos afirma que Jesús «penetró los cielos» (Hb 4, 14) y «no penetró en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo» (Hb 9, 24). Luego, los creyentes, en cuanto amados de modo especial por el Padre, son resucitados con Cristo y hechos ciudadanos del cielo.

(Juan Pablo II Audiencia General del 21 de julio de 1999) leer completo en el sitio oficial de la Santa Sede)

Sebastián Zagari la habla a la PJL de la JMJ 2019


El Padre Sebastián Zagari, de Argentina, nos relata su #ExperienciaJMJ para la Pastoral Juvenil Latinoamericana!
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Somos un grupo de 25 peregrinos de la diócesis de San Nicolás de los Arroyos, en la Argentina, que tuvimos la gracia de participar en la JMJ Panamá 2019. Nosotros viajamos, lógicamente, con emoción y expectativas, pero lo que nos encontramos allá superó completamente esas expectativas nuestras y el amor de Dios se hizo presente en cada una de las personas que nos recibió…



Primero tuvimos la experiencia de los Días en las Diócesis, que la vivimos en Costa Rica, en la diócesis de Cartago, donde se encuentra la basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, corazón espiritual del país. Y dentro de la diócesis fuimos recibidos en un pueblo rural llamado Cipreses, que tiene como patrona a la misma Virgen de los Angeles, y donde las familias que nos alojaron, la comunidad parroquial y todo el pueblo en general nos dieron una bienvenida inolvidable y nos hicieron sentir en casa, abriéndonos con gran sencillez las puertas de su corazón… Esos días tan hermosos compartidos con nuestros hermanos de Cipreses fueron la mejor preparación espiritual que hubiéramos podido tener para vivir después la JMJ…
La vivencia en Panamá no se quedó atrás: también allá fuimos recibidos, dentro de la parroquia Nuestra Señora de la Esperanza, en casas de familia… ¡y nos sentimos realmente en familia! Esos días el encontrarnos con tantos hermanos de todas partes del mundo, especialmente de nuestra América Latina, nos fortalecieron en la fe, esa fe que en los días de la JMJ se vivió y se celebró con tanta fuerza y alegría. La emoción de estar con el Papa Francisco, nuestro compatriota, que tiene la misión de confirmarnos en la fe como Sucesor de Pedro, nos llegó al corazón. Su presencia fue para nosotros un testimonio vivo de la alegría del Evangelio. Su palabra, profunda y a la vez tan cercana, nos hizo sentir la presencia de Jesús, que nos ama y así nos salva; y nos animó a imitar a María, dando también nuestro sí a lo que Dios nos pida, abrazando la vida como viene y acercándonos a nuestros hermanos que más sufren.
Estos días en Costa Rica y en Panamá nos fortalecieron mucho en la fe, nos llenaron de alegría, y nos hicieron tener una maravillosa experiencia del amor de Jesús y de la Iglesia como familia, Iglesia que en estos días la sentimos joven y llena de vida. Y si algo especial tuvo esta JMJ fue la calidez y el amor del pueblo que nos recibió. ¡Gracias Costa Rica y Panamá! ¡Gracias hermanos en la fe! ¡Gracias querido Santo Padre!
Padre Sebastián Zagari

jueves, 21 de febrero de 2019

Padre Ernesto Cardenal

Acabo de regresar de vacaciones del sur. Estar sin conexión o muy esporádica, me ha imposibilitado escribir en el blog. Comienzo con esta publicación de Sebastian Zagari.


Los medios, a veces,  no nos cuentan toda la verdad de la historia y tratan de llamar la atención convirtiendo noticias en bombas mediáticas.  Lo ocurrido con el Padre Ernesto Cardenal fue en su momento un episodio triste  de la primera visita de Juan Pablo II a Nicaragua. Sebastián Zagari analiza brevemente aquel entorno y la situación actual. Con su permiso copio lo que el publicara en su página de Facebook..

“En estos días se habló mucho del Padre Ernesto Cardenal, sacerdote nicaragüense que aparece en estas dos fotos: una de 1983, frente al Papa San Juan Pablo II; otra de 2019, frente al Nuncio del Papa Francisco.


En 1983 participaba del gobierno revolucionario sandinista presidido por Daniel Ortega, gobierno que recibió a Juan Pablo II en Nicaragua en uno de sus viajes más difíciles, donde el Papa sintió que no pudo encontrarse realmente con el pueblo (así lo dijo cuando volvió a Nicaragua en 1996). En ese momento, al llegar al país, el Papa lo llamó a regularizar su situación con la Iglesia, ya que siendo sacerdote no podía y no debía participar de ese gobierno. Como continuó en esa postura, fue suspendido del ministerio algunos meses después.
En 2019, el padre Ernesto Cardenal, ya con 94 años y muy enfermo, y todavía suspendido del ministerio, recibió la visita del Nuncio del Papa en Nicaragua y pidió, ahora sí, que le sean levantadas las censuras, algo que le fue concedido por el Papa Francisco y, por esa razón, en la segunda foto, está concelebrando la Misa en el hospital, por primera vez después de más de 30 años. Por otro lado, el mismo sacerdote en los últimos años ha sido muy claro y muy duro denunciando como dictadura el actual gobierno del mismo Daniel Ortega, que una vez más está al frente del país con una violencia que está devastando Nicaragua.
Me llamó la atención que algunos medios han usado esta noticia para contraponer a los dos Papas como si pusieran de manifiesto dos Iglesias distintas y opuestas. De hecho lo consulté con hermanos de Nicaragua y me compartían que esta errónea interpretación mediática no se dio tanto en su país, donde naturalmente conocen la propia historia, pero sí en los medios internacionales, a los cuales les resulta más fácil manipular la noticia.
En una época en la que el Santo Padre nos habla tanto del discernimiento de cada situación, no me resulta difícil ver un mismo espíritu en las decisiones de los dos Papas, decisiones realizadas en momentos diferentes, muy separados en el tiempo, y en circunstancias completamente diferentes la una de la otra. El Papa Juan Pablo, en aquel momento, corrigiendo a un sacerdote que había equivocado el camino, confundiendo la propia misión y el modo adecuado de involucrarse en la transformación de la realidad social, corrigiéndolo pensando en el bien de este sacerdote. El Papa Francisco, en este momento, concediéndole al final de su vida
la plena reconciliación con la Iglesia, pensando también en el bien de este sacerdote. En definitiva, tanto en 1983 como en 2019, es Pedro el que actúa, de acuerdo a la realidad del momento, cumpliendo su misión de confirmar en la fe.
Me alegra ver al padre Ernesto Cardenal concelebrando la Eucaristia nuevamente, como sacerdote de Cristo, al final de su vida. Me alegra haber tenido a un Papa grande y santo como Juan Pablo II guiando a la Iglesia por 27 años. Y me alegra también tener hoy al Papa Francisco llevando a la Iglesia por los caminos que el Espíritu nos pide en este tiempo. Contraponer a uno y otro es fruto de una mirada miope, que lee la historia reciente de la Iglesia tal vez sólo desde una visión sociológica bastante pobre, pero deja de lado la mirada de fe. Como decía otro Sucesor de Pedro, "no perdamos nunca esta visión de fe, que es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo".

Sebastian Zagari  
(Invito visitar su FB)