Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

viernes, 15 de marzo de 2019

Juicio, arrepentimiento y misericordia




1. El salmo 116 dice: «El Señor es benigno y justo; nuestro Dios es misericordioso» (Sal 116, 5). A primera vista, juicio y misericordia parecen dos realidades inconciliables; o, al menos, parece que la segunda sólo se integra con la primera si ésta atenúa su fuerza inexorable. En cambio, es preciso comprender la lógica de la sagrada Escritura, que las vincula; más aún, las presenta de modo que una no puede existir sin la otra.
El sentido de la justicia divina es captado progresivamente en el Antiguo Testamento a partir de la situación de la persona que obra bien y se siente injustamente amenazada. Es en Dios donde encuentra refugio y protección. Esta experiencia la expresan en varias ocasiones los salmos que, por ejemplo afirman: «Yo sé que el Señor hace justicia al afligido y defiende el derecho del pobre. Los justos alabarán tu nombre; los honrados habitarán en tu presencia» (Sal 140, 13-14).

En la sagrada Escritura la intervención en favor de los oprimidos es concebida sobre todo como justicia, o sea, fidelidad de Dios a las promesas salvíficas hechas a Israel. Por consiguiente, la justicia de Dios deriva de la iniciativa gratuita y misericordiosa por la que él se ha vinculado a su pueblo mediante una alianza eterna. Dios es justo porque salva, cumpliendo así sus promesas, mientras que el juicio sobre el pecado y sobre los impíos no es más que otro aspecto de su misericordia. El pecador sinceramente arrepentido siempre puede confiar en esta justicia misericordiosa (cf. Sal 50, 6. 16).


martes, 12 de marzo de 2019

La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón (2 de 2 Mensaje Cuaresma 2019)




Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.
Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.
Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.



La fuerza destructiva del pecado (1 de 2 Mensaje Cuaresma 2019)



"...cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.
Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio."


jueves, 7 de marzo de 2019

Ordenación de mujeres en la Iglesia Católica


En Luz de mundo – una conversación del Papa Benedicto XVI con Peter Sewald, éste le pregunta a Benedicto XVI acerca de la posibilidad de la ordenación de mujeres.
En el texto Sewald reflexiona y pregunta:
La no-posibilidad de la ordenación de mujeres en la Iglesia católica está claramente decidida por un non possumus del magisterio supremo. La Congregación para la Doctrina de la Fe así lo sostuvo bajo el pontificado de Pablo VI en el documento titulado Inter Insigniores, del año 1976. Juan Pablo II lo confirmó en su carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis. En ese documento, haciendo referencia a «la constitución divina de la Iglesia», declara él en su virtud de su ministerio que «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.»  Los críticos ven en ello una discriminación. Afirman que Jesús no llamó al sacerdocio a mujeres sólo porque, hace dos mil años, abría sido impensable.
 Y el Papa Benedicto XVI responde:
Esto es un disparate, ya que en aquel entonces el mundo estaba lleno de sacerdotisas. Todas las religiones tenían sus sacerdotisas, y era más bien asombroso que no las hubiera en la comunidad de Jesucristo, lo que, sin embargo, se encuentra a su ez en continuidad con la fe de Israel.
La formulación de Juan Pablo II es muy importante: la Iglesia no tiene «en modo alguno la facultad» de ordenar a mujeres. No es que, digamos, no nos guste, sino que no podemos. El Señor dio a la Iglesia una figura con los Doce, y después en sucesión de ellos, con los obispos y los presbíteros (los sacerdotes). Esta igura de la Iglesia no la hemos hecho nosotros sino que es constitutiva desde Él. Seguirla es un «ato de obediencia, una obediencia tal vez ardua en la situación actual. Pero justamente esto es importante, que la Iglesia muestre que no somos un régimen arbitrario. No podemos hacer lo que queremos, sino que hay una voluntad del Señor para nosotros a la que hemos de atenernos aun cuando, en esta cultura y en esta civilización, resulte arduo y difícil.
Por lo demás, hay tantas funciones destacadas, importantes de las mujeres en la Iglesia que no puede hablarse de discriminación. Ese sería el caso si el sacerdocio fuese una suerte de señorío, mientras que, por el contrario, debe ser todo servicio. Si se contempla la historia de la Iglesia, la importancia de las mujeres – desde Maria, pasando por Mónica y hasta llegar a la Madre Teresa – es tan eminente que, en muchos sentidos, las mujeres plasman la imagen de la Iglesia más que los hombres.

¿Que quiere Jesus de nosotros?


¿Qué quiere Jesus de nosotros?
Le pregunta Peter Sewald a Benedicto XVI (Luz del Mundo, el Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos publicado por Herder, 2010)
Y el Papa Benedicto responde:
Quiere de nosotros que creamos en Él. Que nos dejemos conducir por Él. Que vivamos con Él.  Y que asi lleguemos a ser cada vez más semejantes a Él, y de ese mdo, lleguemos a ser de la forma correcta.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Miercoles de ceniza . "Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará"




(Imagen de Info Vaticana


1.      "Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6, 4. 6. 18). Estas palabras de Jesús se dirigen a cada uno de nosotros al inicio del itinerario cuaresmal. Lo comenzamos con la imposición de la ceniza, austero gesto penitencial, muy arraigado en la tradición cristiana. Este gesto subraya la conciencia del hombre pecador ante la majestad y la santidad de Dios. Al mismo tiempo, manifiesta su disposición a acoger y traducir en decisiones concretas la adhesión al Evangelio.

Son muy elocuentes las fórmulas que lo acompañan. La primera, tomada del libro del Génesis:  "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (cf. Gn 3, 19), evoca la actual condición humana marcada por la caducidad y el límite. La segunda recoge las palabras evangélicas:  "Convertíos y creed el Evangelio" (Mc 1, 15), que constituyen una apremiante exhortación a cambiar de vida. Ambas fórmulas nos invitan a entrar en la Cuaresma con una actitud de escucha y de sincera conversión.

2. El Evangelio subraya que el Señor "ve en lo secreto", es decir, escruta el corazón. Los gestos externos de penitencia tienen valor si son expresión de una actitud interior, si manifiestan la firme voluntad de apartarse del mal y recorrer la senda del bien. Aquí radica el sentido profundo de la ascesis cristiana.

"Ascesis":  la palabra misma evoca la imagen de una ascensión a metas elevadas. Eso implica necesariamente sacrificios y renuncias. En efecto, hace falta reducir el equipaje a lo esencial para que el viaje no sea pesado; estar dispuestos a afrontar todas las dificultades y superar todos los obstáculos para alcanzar el objetivo fijado. Para llegar a ser auténticos discípulos de Cristo, es necesario renunciar a sí mismos, tomar la propia cruz y seguirlo (cf. Lc 9, 23). Es el arduo sendero de la santidad, que todo bautizado está llamado a recorrer.

3. Desde siempre, la Iglesia señala algunos medios adecuados para caminar por esta senda. Ante todo, la humilde y dócil adhesión a la voluntad de Dios, acompañada por una oración incesante; las formas penitenciales típicas de la tradición cristiana, como la abstinencia, el ayuno, la mortificación y la renuncia incluso a bienes de por sí legítimos; y los gestos concretos de acogida con respecto al prójimo, que el pasaje evangélico de hoy evoca con la palabra "limosna". Todo esto se vuelve a proponer con mayor intensidad durante el período de la Cuaresma, que representa, al respecto, un "tiempo fuerte" de entrenamiento espiritual y de servicio generoso a los hermanos.”

  

sábado, 2 de marzo de 2019

El purgatorio: purificación necesaria para el encuentro con Dios



(San Nicolas de Tolentino, considerado protector de las almas del Purgatorio)

1. Como hemos visto en las dos catequesis anteriores, a partir de la opción definitiva por Dios o contra Dios, el hombre se encuentra ante una alternativa: o vive con el Señor en la bienaventuranza eterna, o permanece alejado de su presencia.
Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, pero de un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plena requiere una purificación, que la fe de la Iglesia ilustra mediante la doctrina del «purgatorio» (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1030-1032).
2. En la sagrada Escritura se pueden captar algunos elementos que ayudan a comprender el sentido de esta doctrina, aunque no esté enunciada de modo explícito. Expresan la convicción de que no se puede acceder a Dios sin pasar a través de algún tipo de purificación.
Según la legislación religiosa del Antiguo Testamento, lo que está destinado a Dios debe ser perfecto. En consecuencia, también la integridad física es particularmente exigida para las realidades que entran en contacto con Dios en el plano sacrificial, como, por ejemplo, los animales para inmolar (cf. Lv 22, 22), o en el institucional, como en el caso de los sacerdotes, ministros del culto (cf. Lv 21, 17-23). A esta integridad física debe corresponder una entrega total, tanto de las personas como de la colectividad (cf. 1 R 8, 61), al Dios de la alianza de acuerdo con las grandes enseñanzas del Deuteronomio (cf. Dt 6, 5). Se trata de amar a Dios con todo el ser, con pureza de corazón y con el testimonio de las obras (cf. Dt 10, 12 s).
La exigencia de integridad se impone evidentemente después de la muerte, para entrar en la comunión perfecta y definitiva con Dios. Quien no tiene esta integridad debe pasar por la purificación. Un texto de san Pablo lo sugiere. El Apóstol habla del valor de la obra de cada uno, que se revelará el día del juicio, y dice: «Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento (Cristo), resista, recibirá la recompensa. Mas aquel, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego» (1 Co 3, 14-15).
3. Para alcanzar un estado de integridad perfecta es necesaria, a veces, la intercesión o la mediación de una persona. Por ejemplo, Moisés obtiene el perdón del pueblo con una súplica, en la que evoca la obra salvífica realizada por Dios en el pasado e invoca su fidelidad al juramento hecho a los padres (cf. Ex 32, 30 y vv. 11-13). La figura del Siervo del Señor, delineada por el libro de Isaías, se caracteriza también por su función de interceder y expiar en favor de muchos; al término de sus sufrimientos, él «verá la luz» y «justificará a muchos», cargando con sus culpas (cf. Is 52, 13-53, 12, especialmente 53, 11).
El Salmo 51 puede considerarse, desde la visión del Antiguo Testamento, una síntesis del proceso de reintegración: el pecador confiesa y reconoce la propia culpa (v. 6), y pide insistentemente ser purificado o «lavado» (vv. 4. 9. 12 y 16), para poder proclamar la alabanza divina (v. 17).
4. El Nuevo Testamento presenta a Cristo como el intercesor, que desempeña las funciones del sumo sacerdote el día de la expiación (cf. Hb 5, 7; 7, 25). Pero en él el sacerdocio presenta una configuración nueva y definitiva. Él entra una sola vez en el santuario celestial para interceder ante Dios en favor nuestro (cf. Hb 9, 23-26, especialmente el v.€ 4). Es Sacerdote y, al mismo tiempo, «víctima de propiciación» por los pecados de todo el mundo (cf. 1 Jn 2, 2).
Jesús, como el gran intercesor que expía por nosotros, se revelará plenamente al final de nuestra vida, cuando se manifieste con el ofrecimiento de misericordia, pero también con el juicio inevitable para quien rechaza el amor y el perdón del Padre.
El ofrecimiento de misericordia no excluye el deber de presentarnos puros e íntegros ante Dios, ricos de esa caridad que Pablo llama «vínculo de la perfección» (Col 3, 14).
5. Durante nuestra vida terrena, siguiendo la exhortación evangélica a ser perfectos como el Padre celestial (cf. Mt 5, 48), estamos llamados a crecer en el amor, para hallarnos firmes e irreprensibles en presencia de Dios Padre, en el momento de «la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos» (1 Ts 3, 12 s). Por otra parte, estamos invitados a «purificarnos de toda mancha de la carne y del espíritu» (2 Co 7, 1; cf. 1 Jn 3, 3), porque el encuentro con Dios requiere una pureza absoluta.
Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección (cf. concilio ecuménico de Florencia, Decretum pro Graecis: Denzinger-Schönmetzer, 1304; concilio ecuménico de Trento, Decretum de iustificatione y Decretum de purgatorio: ib., 1580 y 1820).
Hay que precisar que el estado de purificación no es una prolongación de la situación terrena, como si después de la muerte se diera una ulterior posibilidad de cambiar el propio destino. La enseñanza de la Iglesia a este propósito es inequívoca, y ha sido reafirmada por el concilio Vaticano II, que enseña: «Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra (cf. Hb 9, 27), mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde ixhabrá llanto y rechinar de dientesle (Mt 22, 13 y 25, 30)» (Lumen gentium, 48).
6. Hay que proponer hoy de nuevo un último aspecto importante, que la tradición de la Iglesia siempre ha puesto de relieve: la dimensión comunitaria. En efecto, quienes se encuentran en la condición de purificación están unidos tanto a los bienaventurados, que ya gozan plenamente de la vida eterna, como a nosotros, que caminamos en este mundo hacia la casa del Padre (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1032).
Así como en la vida terrena los creyentes están unidos entre sí en el único Cuerpo místico, así también después de la muerte los que viven en estado de purificación experimentan la misma solidaridad eclesial que actúa en la oración, en los sufragios y en la caridad de los demás hermanos en la fe. La purificación se realiza en el vínculo esencial que se crea entre quienes viven la vida del tiempo presente y quienes ya gozan de la bienaventuranza eterna.


jueves, 28 de febrero de 2019

El infierno como rechazo definitivo de Dios


(imagen de una obra representada por el grupo de la Comunidad Cenacolo italiana, bajo la dirección de su fundadora la Madre Elvira Petrozzi, con ocasion del Congreso Mundial de la Misericordia realizado en Cracovia 2011)

1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en «un infierno».
Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida.
2. Para describir esta realidad, la sagrada Escritura utiliza un lenguaje simbólico, que se precisará progresivamente. En el Antiguo Testamento, la condición de los muertos no estaba aún plenamente iluminada por la Revelación. En efecto, por lo general, se pensaba que los muertos se reunían en el sheol, un lugar de tinieblas (cf. Ez 28, 8; 31, 14; Jb 10, 21 ss; 38, 17; Sal 30, 10; 88, 7. 13), una fosa de la que no se puede salir (cf. Jb 7, 9), un lugar en el que no es posible dar gloria a Dios (cf. Is 38, 18; Sal 6, 6).
El Nuevo Testamento proyecta nueva luz sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos.
Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será juzgado «de acuerdo con sus obras» (Ap 20, 13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde «será el llanto y el rechinar de dientes» (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como la gehenna de «fuego que no se apaga» (Mc 9, 43). Todo ello es expresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, en la que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Lc 16, 19-31).
También el Apocalipsis representa plásticamente en un «lago de fuego» a los que no se hallan inscritos en el libro de la vida, yendo así al encuentro de una «segunda muerte» (Ap 20, 13ss). Por consiguiente, quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a «una ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder» (2 Ts 1, 9).
3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n. 1033).
Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.
4. La fe cristiana enseña que, en el riesgo del «sí» y del «no» que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya «no». Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios (cf. concilio IV de Letrán: DS 800-801). Para nosotros, los seres humanos, esa historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo «sí» a Dios.
La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial revelación divina, cuáles seres humanos han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento del infierno -y mucho menos la utilización impropia de las imágenes bíblicas no debe crear psicosis o angustia; pero representa una exhortación necesaria y saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús resucitado ha vencido a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar «Abbá, Padre» (Rm 8, 15; Ga 4, 6).
Esta perspectiva, llena de esperanza, prevalece en el anuncio cristiano. Se refleja eficazmente en la tradición litúrgica de la Iglesia, como lo atestiguan, por ejemplo, las palabras del Canon Romano: «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa (...), líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos».

martes, 26 de febrero de 2019

El «cielo» como plenitud de intimidad con Dios



1. Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayan acogido a Dios en su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor, por lo menos en el momento de la muerte, podrán gozar de la plenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de la existencia humana.
Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, «esta vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama cielo.  El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (n. 1024).
Hoy queremos tratar de comprender el sentido bíblico del «cielo», para poder entender mejor la realidad a la que remite esa expresión.

2. En el lenguaje bíblico el «cielo», cuando va unido a la «tierra», indica una parte del universo. A propósito de la creación, la Escritura dice: «En un principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1).
En sentido metafórico, el cielo se entiende como morada de Dios, que en eso se distingue de los hombres (cf. Sal 104, 2s; 115, 16; Is 66, 1). Dios, desde lo alto del cielo, ve y juzga (cf. Sal 113, 4-9) y baja cuando se le invoca (cf. Sal 18, 7.10; 144, 5). Sin embargo, la metáfora bíblica da a entender que Dios ni se identifica con el cielo ni puede ser encerrado en el cielo (cf. 1 R 8, 27); y eso es verdad, a pesar de que en algunos pasajes del primer libro de los Macabeos «el cielo» es simplemente un nombre de Dios (cf. 1 M 3, 18.19.50.60; 4, 24.55).
A la representación del cielo como morada trascendente del Dios vivo, se añade la de lugar al que también los creyentes pueden, por gracia, subir, como muestran en el Antiguo Testamento las historias de Enoc (cf. Gn 5, 24) y Elías (cf. 2 R 2, 11). Así, el cielo resulta figura de la vida en Dios. En este sentido, Jesús habla de «recompensa en los cielos» (Mt 5, 12) y exhorta a «amontonar tesoros en el cielo» (Mt 6, 20; cf. 19, 21).

3. El Nuevo Testamento profundiza la idea del cielo también en relación con el misterio de Cristo. Para indicar que el sacrificio del Redentor asume valor perfecto y definitivo, la carta a los Hebreos afirma que Jesús «penetró los cielos» (Hb 4, 14) y «no penetró en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo» (Hb 9, 24). Luego, los creyentes, en cuanto amados de modo especial por el Padre, son resucitados con Cristo y hechos ciudadanos del cielo.

(Juan Pablo II Audiencia General del 21 de julio de 1999) leer completo en el sitio oficial de la Santa Sede)

Sebastián Zagari la habla a la PJL de la JMJ 2019


El Padre Sebastián Zagari, de Argentina, nos relata su #ExperienciaJMJ para la Pastoral Juvenil Latinoamericana!
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Somos un grupo de 25 peregrinos de la diócesis de San Nicolás de los Arroyos, en la Argentina, que tuvimos la gracia de participar en la JMJ Panamá 2019. Nosotros viajamos, lógicamente, con emoción y expectativas, pero lo que nos encontramos allá superó completamente esas expectativas nuestras y el amor de Dios se hizo presente en cada una de las personas que nos recibió…



Primero tuvimos la experiencia de los Días en las Diócesis, que la vivimos en Costa Rica, en la diócesis de Cartago, donde se encuentra la basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, corazón espiritual del país. Y dentro de la diócesis fuimos recibidos en un pueblo rural llamado Cipreses, que tiene como patrona a la misma Virgen de los Angeles, y donde las familias que nos alojaron, la comunidad parroquial y todo el pueblo en general nos dieron una bienvenida inolvidable y nos hicieron sentir en casa, abriéndonos con gran sencillez las puertas de su corazón… Esos días tan hermosos compartidos con nuestros hermanos de Cipreses fueron la mejor preparación espiritual que hubiéramos podido tener para vivir después la JMJ…
La vivencia en Panamá no se quedó atrás: también allá fuimos recibidos, dentro de la parroquia Nuestra Señora de la Esperanza, en casas de familia… ¡y nos sentimos realmente en familia! Esos días el encontrarnos con tantos hermanos de todas partes del mundo, especialmente de nuestra América Latina, nos fortalecieron en la fe, esa fe que en los días de la JMJ se vivió y se celebró con tanta fuerza y alegría. La emoción de estar con el Papa Francisco, nuestro compatriota, que tiene la misión de confirmarnos en la fe como Sucesor de Pedro, nos llegó al corazón. Su presencia fue para nosotros un testimonio vivo de la alegría del Evangelio. Su palabra, profunda y a la vez tan cercana, nos hizo sentir la presencia de Jesús, que nos ama y así nos salva; y nos animó a imitar a María, dando también nuestro sí a lo que Dios nos pida, abrazando la vida como viene y acercándonos a nuestros hermanos que más sufren.
Estos días en Costa Rica y en Panamá nos fortalecieron mucho en la fe, nos llenaron de alegría, y nos hicieron tener una maravillosa experiencia del amor de Jesús y de la Iglesia como familia, Iglesia que en estos días la sentimos joven y llena de vida. Y si algo especial tuvo esta JMJ fue la calidez y el amor del pueblo que nos recibió. ¡Gracias Costa Rica y Panamá! ¡Gracias hermanos en la fe! ¡Gracias querido Santo Padre!
Padre Sebastián Zagari

jueves, 21 de febrero de 2019

Padre Ernesto Cardenal

Acabo de regresar de vacaciones del sur. Estar sin conexión o muy esporádica, me ha imposibilitado escribir en el blog. Comienzo con esta publicación de Sebastian Zagari.


Los medios, a veces,  no nos cuentan toda la verdad de la historia y tratan de llamar la atención convirtiendo noticias en bombas mediáticas.  Lo ocurrido con el Padre Ernesto Cardenal fue en su momento un episodio triste  de la primera visita de Juan Pablo II a Nicaragua. Sebastián Zagari analiza brevemente aquel entorno y la situación actual. Con su permiso copio lo que el publicara en su página de Facebook..

“En estos días se habló mucho del Padre Ernesto Cardenal, sacerdote nicaragüense que aparece en estas dos fotos: una de 1983, frente al Papa San Juan Pablo II; otra de 2019, frente al Nuncio del Papa Francisco.


En 1983 participaba del gobierno revolucionario sandinista presidido por Daniel Ortega, gobierno que recibió a Juan Pablo II en Nicaragua en uno de sus viajes más difíciles, donde el Papa sintió que no pudo encontrarse realmente con el pueblo (así lo dijo cuando volvió a Nicaragua en 1996). En ese momento, al llegar al país, el Papa lo llamó a regularizar su situación con la Iglesia, ya que siendo sacerdote no podía y no debía participar de ese gobierno. Como continuó en esa postura, fue suspendido del ministerio algunos meses después.
En 2019, el padre Ernesto Cardenal, ya con 94 años y muy enfermo, y todavía suspendido del ministerio, recibió la visita del Nuncio del Papa en Nicaragua y pidió, ahora sí, que le sean levantadas las censuras, algo que le fue concedido por el Papa Francisco y, por esa razón, en la segunda foto, está concelebrando la Misa en el hospital, por primera vez después de más de 30 años. Por otro lado, el mismo sacerdote en los últimos años ha sido muy claro y muy duro denunciando como dictadura el actual gobierno del mismo Daniel Ortega, que una vez más está al frente del país con una violencia que está devastando Nicaragua.
Me llamó la atención que algunos medios han usado esta noticia para contraponer a los dos Papas como si pusieran de manifiesto dos Iglesias distintas y opuestas. De hecho lo consulté con hermanos de Nicaragua y me compartían que esta errónea interpretación mediática no se dio tanto en su país, donde naturalmente conocen la propia historia, pero sí en los medios internacionales, a los cuales les resulta más fácil manipular la noticia.
En una época en la que el Santo Padre nos habla tanto del discernimiento de cada situación, no me resulta difícil ver un mismo espíritu en las decisiones de los dos Papas, decisiones realizadas en momentos diferentes, muy separados en el tiempo, y en circunstancias completamente diferentes la una de la otra. El Papa Juan Pablo, en aquel momento, corrigiendo a un sacerdote que había equivocado el camino, confundiendo la propia misión y el modo adecuado de involucrarse en la transformación de la realidad social, corrigiéndolo pensando en el bien de este sacerdote. El Papa Francisco, en este momento, concediéndole al final de su vida
la plena reconciliación con la Iglesia, pensando también en el bien de este sacerdote. En definitiva, tanto en 1983 como en 2019, es Pedro el que actúa, de acuerdo a la realidad del momento, cumpliendo su misión de confirmar en la fe.
Me alegra ver al padre Ernesto Cardenal concelebrando la Eucaristia nuevamente, como sacerdote de Cristo, al final de su vida. Me alegra haber tenido a un Papa grande y santo como Juan Pablo II guiando a la Iglesia por 27 años. Y me alegra también tener hoy al Papa Francisco llevando a la Iglesia por los caminos que el Espíritu nos pide en este tiempo. Contraponer a uno y otro es fruto de una mirada miope, que lee la historia reciente de la Iglesia tal vez sólo desde una visión sociológica bastante pobre, pero deja de lado la mirada de fe. Como decía otro Sucesor de Pedro, "no perdamos nunca esta visión de fe, que es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo".

Sebastian Zagari  
(Invito visitar su FB)

sábado, 26 de enero de 2019

Padre, como Maria queremos aprender a estar


¿Nos animamos a permanecer al pie de la cruz como María?

Contemplamos a María, mujer fuerte. De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz. Con su misma decisión y valentía, sin evasiones ni espejismos. Ella supo acompañar el dolor de su Hijo, tu Hijo, Padre, sostenerlo en la mirada, cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza.

Nosotros también, Padre, queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy! en la vida y en las cruces de tantos cristos que caminan a nuestro lado.
De María aprendemos a decir “sí” al aguante recio y constante de tantas madres, padres, abuelos que no dejan de sostener y acompañar a sus hijos y nietos cuando “están en la mala”.
De ella aprendemos a decir “sí” a la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a comenzar en situaciones que parecen que todo está perdido, buscando crear espacios, hogares, centros de atención que sean mano tendida en la dificultad.


En María aprendemos la fortaleza para decir “sí” a quienes no se han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección.

En María aprendemos a recibir y hospedar a todos aquellos que han sufrido el abandono, que han tenido que dejar o perder su tierra, sus raíces, sus familias, su trabajo.
Padre, como María queremos ser Iglesia, la Iglesia que propicie una cultura que sepa acoger, proteger, promover e integrar; que no estigmatice y menos generalice en la más absurda e irresponsable condena de identificar a todo emigrante como portador del mal social.
De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz, pero no con un corazón blindado y cerrado, sino con un corazón que sepa acompañar, que conozca de ternura y devoción; que entienda de piedad al tratar con reverencia, delicadeza y comprensión. Queremos ser una Iglesia de la memoria que respete y valorice a los ancianos y reivindique el lugar que tienen como custodios de nuestras raíces.
Padre, como María queremos aprender a estar.

VÍA CRUCIS CON LOS JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Campo Santa María la Antigua – Cinta Costera
Viernes, 25 de enero de 2019

Caminar con Jesús será siempre una gracia y un riesgo.




Es gracia, porque nos compromete a vivir en la fe y a conocerlo, entrando en lo más hondo de su corazón, comprendiendo la fuerza de su palabra.
Es riesgo, porque en Jesús, sus palabras, sus gestos, sus acciones, contrastan con el espíritu del mundo, con la ambición humana, con las propuestas de una cultura del descarte y del desamor.

VÍA CRUCIS CON LOS JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Campo Santa María la Antigua – Cinta Costera
Viernes, 25 de enero de 2019

JMJ 2019 – Catequesis y Via Crucis




El viernes tuvimos el ultimo día de catequesis en la iglesia Nuestra Señora del Rosario, en esta ocasión con el obispo de Limón (Costa Rica). La catequesis fue distinta a las anteriores ya que se trató de una motivación para acercarnos al sacramento de la Reconciliación. Luego el obispo y los sacerdotes presentes confesamos a los jovenes que participaron en la catequesis. Y terminamos con la Misa en la fiesta de la conversión de San Pablo. Por la tarde, en la Cinta Costera, tuvimos el rezo del Via Crucis con el Santo Padre. Fue un momento muy profundo de oración, mariano y latinoamericano, reflexionando las cruces de hoy en el mundo y especialmente en nuestro continente. El discurso del Papa, casi a modo de oración, recorrió esas cruces llevándonos a preguntarnos qué actitud queremos tomar. Nos invitó a no dejarnos anestesiar por esta sociedad que "consume y se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus hermanos” y, poniendo como ejemplo a la Virgen, nos invitó a estar de pie junto a la cruz: "queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy! en la vida y en las cruces de tantos cristos que caminan a nuestro lado”. La pregunta fue "¿Qué hacemos? ¿Cómo reaccionamos?". Y el clima de oración ayudó a buscar la respuesta. El Papa no salió en papamovil como el día anterior, recorriendo todo el campo, sino que se retiró en coche cerrado y rápidamente. No sé la razón pero se me ocurrió que tal vez para mantener ese clima de oración y reflexión que se había generado. Por la noche, ya en la barriada, las familias nos ofrecieron un hermoso momento de encuentro y de fiesta, donde compartimos la cena dando gracias a Dios por habernos reunido.

(publicado con el permiso del joven sacerdote Sebastián Zagari, San Pedro, Prov. Buenos Aires – invito visitar su Facebook) .

Karol Wojtyla: La Madre de Dios en la vida del sacerdote (2 de 2)


El sacerdote debe poseer una profunda convicción de la gracia de la  Maternidad de Maria, pues se trata de una relación precisa y profunda con su vocación.  El sacerdote es el administrador de los misterios de Dios, un administrador de gracia.  El conoce los problemas de los hombres desde adentro, desde la perspectiva de aquellas acciones que están acompañadas por la eficacia de la gracia,  o desde aquel ángulo en el cual el hombre no quiere colaborar con la gracia,  o bien cuando sobrecargado por bienes menores se vuelve gradualmente insensible a ella.  De esta manera conociendo los problemas de los hombres desde adentro, el sacerdote puede no solo examinarlos, sino tomar partida.  Porque el es,  sin lugar a dudas,  un administrador de gracia, Cristo, al igual que los hombres, espera que el sacerdote actué  en el hombre, para acompañar aquellas acciones que se originan en la gracia, para evitar el colapso,  y protegerlo contra la insensibilidad espiritual. Esta es la esencia real de su ministerio.

Este ministerio permite al sacerdote vivir el soplo de los misterios de Cristo, le permite vivir en el reino de su Cuerpo Místico. Este ministerio imprime una marca profunda en el alma del sacerdote. Es, sobre todo, la marca de Cristo, pero si la miramos con mayor atención,  nos daremos cuenta que también posee cualidades marianas en común. No les escribió acaso San Pablo a sus hermanos “ Hijos mios, por quienes estoy sufriendo los dolores del parto”?  Esta declaración es como un estallido  de la conciencia misma del sacerdote.  Y podríamos continuar citando ulteriores manifestaciones de este sufrimiento materno de dar a luz viajando a Ars, o a la choza del Padre Beyzin en Madagascar, o a la morada del Obispo Lozinski en Polesia y quizás a muchos otros cuartos de vivienda y muchas otras vidas de sacerdotes.  Y quizás también a mi casa y a mi vida?

Así el sacerdocio nos permite participar en la maternidad de la gracia, y de alguna manera en la Maternidad de Maria, la Madre de la gracia de Dios.  Y aquí, en este lugar, la conciencia de la relación del sacerdote con Maria atraviesa el eje de la vida sacerdotal.     El sacerdote está unido a la Madre de Dios porque está unido a  Su Maternidad.  Esta unido a Su Maternidad por medio de la esencia misma de su vocación…  

Fuente: The Making of the Pope of the Millenium -Kalendarium of teh Life of Karol Wojtyla

(parte del texto de dos conferencias en un retiro para sacerdotes realizado en la Universidad Católica de Lublin (Agosto 24-26, 1954)  sobre el tema: La Madre de Dios en la vida del sacerdote.


viernes, 25 de enero de 2019

Karol Wojtyla: La Madre de Dios en la vida del sacerdote (1 de 2)


“…el sacerdote llama a Maria su Madre, comprendiendo en esta palabra la relación completa de un hijo adulto. Debe comprender que representa tal Maternidad,  y pronunciar esta palabra con absoluto convencimiento interior.  Esta concordancia interior de la relación del sacerdote con la Madre de Jesucristo, quien a partir del Calvario se convirtió en la Madre de todos los hombres,  se expresa en los siguientes principios:

1.       Puesto que el Único Hijo de Dios es el objeto especifico de la Maternidad de Maria y yo, ser humano, tengo derecho a su Maternidad solamente en cuanto me encuentro en el mismo estado que su Hijo y debo,  por lo tato, hacer todo para encontrarme constantemente en este estado. Como esto es un estado de gracia, debo por lo tanto vivir en gracia y por medio de ella continuar para llegar a ser como el Hijo de Dios. No debo degradar su Maternidad siendo  hijo indigno.

2.      Debo, por lo tanto, de acuerdo al mandato de Jesucristo, hacer de Maria la Madre de la Gracia de Dios en mi,   Madre de mi vida interior sobrenatural. O, si la vida sobrenatural en el hombre necesita de una madre; cuanto lo necesita! Lo conduce a un nuevo principio de existencia, mas allá de la naturaleza. La Naturaleza, sin embargo, es fuerte y quiere ser independiente, quiere ejercer su propio control sobre sus facultades, inclinaciones, deseos. Cede tan solo con resistencia a las nuevas fuerzas de vida que trae consigo la gracia.  Es más, la vida sobrenatural requiere que el hombre permanezca siendo niño. Es difícil para el hombre permanecer en el estado de niño si no siente la madre. Sin una madre, es tan fácil perder la conciencia de ser hijo, y es por ello que El nos dio una Madre. Su propia Madre.

3.       Y ahora basados en este convencimiento de la maternidad de Maria en relación a nosotros, podemos y debemos permitirle estar en todo lo que concierne nuestro sacerdocio.  Cuanto más adultos son los hijos, tanto más fácil será para nosotros vivir con la permanente conciencia de su Maternidad, quizás aun sin palabras. La total actitud interior determinara Su Maternidad en relación a nosotros y nuestra condición de hijos en relación a Ella. Yo deseo las mismas cosas que tu, Madre:

De esta manera debemos  revisar nuestra actitud como sacerdotes hacia Maria como Madre basados en el rico origen de ser hijos de Dios. Debemos basar nuestra actitud en este fundamento.  Se trata de un gran misterio, el hecho de ser nacidos de Dios por medio de la gracia, un misterio incomparablemente mayor que dar a luz, otorgando vida bajo las ordenes de la naturaleza.  Debemos vivir acorde a este misterio.  Después de todo, lo llevamos adentro, aunque su esencia supera nuestras mentes. Y es solamente este misterio de ser hijos de Dios  que coloca la Maternidad de Maria, en el plano apropiado en relación a nosotros.  En el momento que la redención del mundo llegaba a su realización, cuando llegaba a su zenit, Maria, la Madre de Jesus,  estaba parada a los pies de la Cruz junto con un sacerdote.  Jesus le dijo a Su Madre: “Este es tu hijo” y después le dijo al sacerdote: “Esta es Tu Madre”.

Fuente: The Making of the Pope of the Millenium -Kalendarium of teh Life of Karol Wojtyla

(parte del texto de dos conferencias en un retiro para sacerdotes realizado en la Universidad Católica de Lublin (Agosto 24-26, 1954)  sobre el tema: La Madre de Dios en la vida del sacerdote.



JMJ 2019 Primer dia de catequesis (2)



 “El miércoles tuvimos un día bien intenso en la JMJ: fue el primer día de catequesis. En nuestra sede, la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, estuvimos con un obispo nicaragüense que nos habló del tema "Aquí estoy, Señor". Luego respondió las preguntas de los jóvenes presentes (éramos de varios países). De ahi nos fuimos al Parque Omar, donde en estos días se vive uno de los centros espirituales de la JMJ con distintas propuestas... Ahí visitamos la feria vocacional con los distintos stands de congregaciones y movimientos eclesiales... Estuvimos rezando en la Capilla de Adoración, que está a cargo de las hermanas Misioneras de la Caridad, y por eso puede venerarse ahi una reliquia de Santa Teresa de Calcuta. Y allí también pudimos rezar frente a la imagen de Nuestra Señora de Fátima (traída especialmente desde Portugal... según algunos vino a Panamá a llevarse la JMJ para allá... ¡el domingo se sabrá!). Un lugar muy especial de oración donse pudimos escuchar a Cristóbal Fones, el jesuita de Chile que canta música católica. De allí nos fuimos a la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes, donde tuvimos una Misa de los argentinos, con el templo lleno, que fue presidida por el Arzobispo de Salta: una fiesta celeste y blanca. Y desde allí nos fuimos a la calle, a esperar al Santo Padre, que pasó delante de nuestro, frente a una multitud que lo esperaba. La emoción de verlo cerca, de ver su sonrisa, de estar frente a él, se sintió en el corazón de todos. Sólo con su presencia el Sucesor de Pedro ya nos confirmó en la fe... esta tarde lo hará también con su palabra. Por la noche cerramos la jornada tomando unos mates en la plaza del barrio donde nos alojamos, junto a algunos de nuestras familias que ya se están haciendo también amigas del mate!”

El jueves a la mañana participamos de la catequesis en la iglesia Nuestra Señora del Rosario. La catequesis en esta ocasión no la dio un obispo porque los obispos centroamericanos a la misma hora se encontraban con el Papa Francisco. Por esta razón, en nuestra sede, la catequesis fue dada por el Padre Pedro Madrid, asesor nacional de pastoral juvenil de El Salvador, sobre el tema "servidores del Señor". Luego de la catequesis hubo varias preguntas y respuestas de los jóvenes .

 Y terminamos con la celebración de la Misa. Después de la Misa la parroquia ofreció un almuerzo al sacerdote que dio la catequesis y a uno o dos representantes de cada nacionalidad: participamos con Mariano por Argentina. De allí nos fuimos a la Cinta Costera para vivir el primer gran encuentro con el Santo Padre. Fue un verdadero caos la entrada, mucha gente queriendo entrar al mismo tiempo, y se hizo bastante difícil. Pero una vez que entramos pudimos acomodarnos en un lugar con una buena pantalla, en un lugar donde podíamos estar cómodos para participar de la ceremonia (en realidad la clave es no obsesionarse para estar adelante de todo). Desde donde estaba pudimos ver al Santo Padre ya que hizo un amplio recorrido por la Cinta Costera tanto al principio como al final de la ceremonia. Las palabras del Papa, como siempre, una genialidad, desde el primer momento que dijo "¡Qué bueno volver a encontrarnos en esta tierra que nos recibe con tanto color... y calor!". Recordó cuando tres años atrás dijo que no sabía si él iba a estar en Panama pero que Pedro sí iba a estar: "¡Pedro y la Iglesia caminan con ustedes!". Y no para crear una Iglesia más divertida o cool, una Iglesia paralela, sino un nuevo Pentecostés. Insistió mucho en que más allá de todas las diferencias que nos distinguen, podemos vivir la cultura del encuentro. Y nos advirtió que es el demonio el que busca dividirnos. Fue muy lindo cuando dijo que «el amor verdadero no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior» y preguntó ¿Saben quién dijo esto? ¡El Papa Benedicto! Un aplauso para el que nos está mirando por televisión!". Nos llamó a ser constructores de puentes y no de muros. Y a no tener miedo de amar. Y nos hizo repetir, con San Romero, que el cristianismo es Jesús. Al final nos dijo que lo más esperanzador de esta JMJ iba a ser nuestra oración y los rostros con los cuales volvamos a nuestras casas. Después de recibir la bendición del Papa nos fuimos a conocer el Casco Antiguo y volvimos a las casas con todo lo que el Papa nos dejó en el corazón.

(publicado con el permiso del joven sacerdote Sebastián Zagari, San Pedro, Prov. Buenos Aires – invito visitar su Facebook) .