Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

domingo, 10 de noviembre de 2019

Cuando yo pienso : Patria



Cuando yo pienso : Patria

Cuando yo pienso, cuando digo: Patria,
Me estoy expresando a mí mismo, y me enraizo,
Y el corazón me dice que ella es la frontera oculta
Que va de mí hacia los otros hombres
Para abrazarlos a todos en un pasado
Más antiguo que cada uno de nosotros…

Y de ese pasado – cuando yo pienso: Patria
Emerjo para encerrarla en mí como un tesoro,
Y sin cesar me acucia el ansia
De cómo engrandecerla,
De cómo ensanchar el espacio
Que mi patria habita.

Karol Wojtyla: Cuando pienso en la patria, Poesias, BAC, 1979

jueves, 7 de noviembre de 2019

Maria elevada al cielo en cuerpo y alma


(imagen de Wikipedia)


María fue elevada al cielo en cuerpo y alma:  en Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre. Él mismo lo dijo. La hizo madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros:  "He aquí a tu madre". En el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón.

[…]

María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como "madre" -así lo dijo el Señor-, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.

(Benedicto XVI – Homilía en la Solemnidad de la Asunción dela Santisima Virgen Maria, Parroquia Pontificia de Santo Tomás de Villanueva, Castelgandolfo, 15 de agosto de 2005

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Jan Tyranowski, el sastre místico, inspirador de Karol Wojtyla



Grandes cosas se le revelaron al joven Wojtyla cuando sus oídos se prestaron a la escucha de las palabras del sastre Jan Tyranowski y sus ojos se fijaron en el brillo de aquellos otros ojos.

Ya como sacerdote maduro Karol Wojtyla lo cuenta en sus textos hablando no solo del sastre sino también del estudiante que lo escuchaba. La ciencia de Jan Tyranowski no estaba a la altura del joven Wojtyla, y sin embargo no era Wojtyla el maestro de Jan, sino Jan de Wojtyla. Jan comprendía sobre todo aquello que el hombre solamente recibe de Dios, o sea aquello que no se aprende en los libros.  Jan era un arbusto que ardia para Dios.  Miraba a Dios y Dios lo miraba a el.  La labor de Jan no sobresalía, pero  muy grande era la importancia de su ser de donde emanaba su forma de actuar, o sea el gran amor y la profundidad del conocimiento del hombre.  Ese sastre de un barrio periférico de Cracovia educaba a los jóvenes sin tener la mas mínima idea de que se trataba la educación.  Les daba a ellos aquello mismo que el experimentaba buscando a Dios. Les hablaba de su vida con Dios y en Dios. Les hablaba  - como escribe Wojtyla -  de una manera que nada tenía que ver con la perfección, y sin embargo sus palabras eran más adecuadas al misterio del hombre y de Dios que muchos elucubraciones académicas. No debe maravillarnos entonces que Jan haya influenciado tanto la manera de pensar y filosofar de Wojtyla. La persona y los actos de Jan Tranowski fueron la primera fuente inconsciente de inspiración para Persona y acto. Meditando junto a el sobre el hombre y sobre Dios, Karol Wojtyla vio como el hombre-persona es un evento del amor divino humano y de la verdad divino humana.  Es justamente esto que vemos de lejos y nunca directamente.

Karol Wojtyla tomaba conocimiento de Jan y aprendía de él en momentos particulares, como por ejemplo aquella noche en la cual se quedaron,  junto a otros jóvenes,  para escucharlo mientras hablaba con expresiones poco sofisticadas de la intimidad del hombre con Dios. Aquella noche el estudiante Wojtyla escuchaba las “voces” que le llegaban mediante frases torpes en gramática pero con las cuales Jan Tyranowski se abria y se daba por entero.   Prestando oídos a las palabras de Jan sobre la convivencia con Dios, vio que le hombre es grande solo cuando es Epifanía de Dios.

El sastre Tyranowski introdujo al joven Wojtyla en el mundo de la mística, en un tiempo en el cual arreciaba con furia y calculada precisión  la mentira del  nazismo alemán,  y el azote ruso ya había comenzado a pesar sobre los polacos. Tyranowski infundía en los jóvenes las fuentes místicas, en busca de  la libertad.  Con la ayuda de grandes místicos como San Juan de la Cruz y Luis Maria Grignon de Montfort, les enseñaba a conquistar la libertad a diario,  sin importar el precio a apagar. En el espacio de la experiencia de las personas, en comunión con otras, les enseñaba a leer la Biblia, la poesía y las obras de grandes pensadores. Sin recurrir a manuales. Iba por delante de ellos, aferrándose a la persona de Cristo, en el cual encontraban el «agua viva» (Jn 4,10),  que  apagaba su deseo de la realidad más lejana y al mismo tiempo la mas cercana al hombre.

Con su sola presencia, el sastre Jan le mostro a Wojtyla el sentido de estar ante el hombre. Como sacerdote, como obispo y después como Papa, Karol Wojtyla siempre tuvo presente este dialogo de los dones recibidos en aquel cuartito del sastre, en la convivencia pastoral con los estudiantes y con los profesores de Cracovia, de los cuales nació el así llamado “ambiente” (środowisko).

(traducido de Stanislaw Grygiel: Dialogando con Giovanni Paolo II, Cantagalli, 2013)

sábado, 2 de noviembre de 2019

Primera Misa de Karol Wojtyla


(cripta San Leonardo)

En nuestras mentes suele rondar la la idea que la “carrera” de Dios y en Dios de Karol Wojtyla fue meteórica, y en verdad lo fue. Pero es bueno recordar que ya su preparación al sacerdocio a partir de su “seminario domestico” fue una escuela espiritualmente rica e integra, hasta el sufrimiento a tan temprana edad; primer peldaño y base firme hacia su personalidad especial, su vida de oración, su pasión por los estudios, su etapa de “seminarista-obrero”, prueba certera que : “en los planes de Dios nada es casual…” y que “La vocación es el misterio de la elección divina: “No me habéis elegido vosotros a mi, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca (Jn, 15,16)”, testimoniando que abrir de par en par las puertas a Cristo vale la pena.  
  
Nada mejor que sus propias palabras en DON Y MISTERIO  para expresar la austeridad, la intimidad, la grandiosidad solemne de su Primer Misa, el primer paso por ese sendero estrecho y amplio a la vez que llevara a este testigo de esperanza a peregrinar y evangelizar a todos los pueblos y naciones, entre todos los estratos sociales para defender con precisión y claridad la vida  y la verdad….a sentirse tanto Obispo de Roma, como Pastor universal, hermano entre hermanos, testigo que «la Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo, la misión  del Espíritu Santo, según plan de Dios Padre.» (Ad gentes, 2)

“Habiendo sido ordenado sacerdote en la fiesta de Todos los Santos, celebré la Primera Misa el día de los fieles difuntos, el 2 de noviembre de 1946. En este día cada sacerdote puede celebrar para provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi primera Misa tuvo por tanto – por así decir – un carácter triple.  Fue una experiencia de especial intensidad. Celebré las tres Santas Misas en la cripta de San Leonardo, que ocupa, en la Catedral del Wawel, en Cracovia, la parte anterior de la llamada cátedra episcopal de Herman… Al elegirla como el lugar de mis Primeras Misas quise expresar un vínculo espiritual particular con los que reposan en esa catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual. Está impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de significado histórico y teológico. Reposan en ella los reyes polacos…allí coronados y en ella eran también sepultados. Quien visita ese templo se encuentra cara a cara con la historia de la Nación.

Precisamente por esto….elegí celebrar mis primeras Misas en la cripta de San Leonardo. Quería destacar mi particular vinculo espiritual con la historia de Polonia, de la cual la colina del Wawel representa casi una síntesis emblemática…
Fueron pocos los participantes en aquellas primeras Misas…el P. Figlewicz estaba a mi lado….estaba presente mi madrina Maria Wiadrowska, hermana mayor de mi madre. Me asistía en el altar Mieczyslaw Malinski, que hacia presente de algún modo el ambiente y la persona de Jan Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo.  Después hubo otras “primeras Misas: en la iglesia parroquial de San Estanislao de Kostka en Debniki, y el domingo siguiente en la iglesia de la Presentación de la Madre de Dios en Wadowice. Celebré también una Misa en la Confesión de San Estanislao, en la catedral del Wawel, para los amigos del teatro rapsódico y para la organización clandestina “Unia (Union”, a la cual estuve vinculado durante la ocupación”.


viernes, 1 de noviembre de 2019

Karol Wojtyla : Mi ordenación sacerdotal




“Mi ordenación tuvo lugar en un día insólito para este tipo de celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, cuando la liturgia de la Iglesia se dedica totalmente a celebrar el misterio de la comunión de los Santos y se prepara a conmemorar a los fieles difuntos. El Arzobispo eligió ese día porque yo debía partir hacia Roma para proseguir los estudios. Fui ordenado sólo, en la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis compañeros serían ordenados el año siguiente, en el Domingo de Ramos.

Había sido ordenado subdiácono y diácono en octubre. Fue un lunes de intensa oración, marcado por los Ejercicios Espirituales con los que me preparé a recibir las Ordenes Sagradas: seis días de Ejercicios antes del subdiaconado, y después tres y seis días antes del diaconado y del presbiterado respectivamente. Los últimos Ejercicios los hice solo en la capilla del seminario. El día de Todos los Santos me presenté por la mañana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron a la ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos.

El lugar de mi Ordenación, como he dicho, fue la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia. Recuerdo que durante la ocupación iba allí con frecuencia por la mañana para ayudar en la Santa Misa al Príncipe Metropolitano. Recuerdo también que durante un cierto período venía conmigo otro seminarista clandestino, Jerzy Zachuta. Un día él no se presentó. Cuando después de la Misa fui a su casa, en Ludwinów, en Debniki, supe que durante la noche había sido detenido por la Gestapo. Inmediatamente después, su apellido apareció en la lista de polacos destinados a ser fusilados. Habiendo sido ordenado en aquella misma capilla que nos había visto juntos tantas veces, recordaba a este hermano en la vocación sacerdotal al cual Cristo había unido de otro modo al misterio de su muerte y resurrección.

Me veo así, en aquella capilla durante el canto del Veni, Creator Spiritus y de las Letanías de los Santos, mientras, extendido en forma de Cruz en el suelo, esperaba el momento de la imposición de las manos. ¡Un momento emocionante! Después he tenido ocasión de presidir como Obispo y como Papa este rito. Hay algo de impresionante en la postración de los ordenandos: es el símbolo de su total sumisión ante la majestad de Dios y a la vez de su total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo, que desciende sobre ellos como artífice de su consagración. Veni, Creator Spiritus, mentes tuorum visita, imple superna gratia quae Tu creasti pectora. Al igual que en la Santa Misa el Espíritu Santo es el autor de la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así en el sacramento del Orden es el artífice de la consagración sacerdotal o episcopal. El obispo, que confiere el sacramento del Orden, es el dispensador humano del misterio divino. La imposición de las manos es continuación del gesto ya practicado en la Iglesia primitiva para indicar el don del Espíritu Santo en vista de una misión determinada (cf. Hch 6, 6; 8, 17; 13, 3). Pablo lo utiliza con su discípulo Timoteo (cf. 2 Tm 1, 6; 1 Tm 4, 14.) y el gesto queda en la Iglesia (cf. 1 Tm5, 22) como signo eficaz de la presencia operante del Espíritu Santo en el sacramento del Orden.

Quien se dispone a recibir la sagrada Ordenación se postra totalmente y apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. Añas más tarde, en la Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio- recordando el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una poesía de la cual quiero citar aquí un fragmento.

"Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros... para llegar allá donde guías sus pasos...Quieres ser Aquél que sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un rebaño: Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es la Cruz'' 
(Iglesia: Los Pastores y las Fuentes. Basílica de San Pedro, otoño de 1962: 11.X - 8.XII, El Suelo)

Al escribir estas palabras pensaba tanto en Pedro como en toda la realidad del sacerdocio ministerial, tratando de subrayar el profundo significado de esta postración litúrgica. En ese yacer por tierra en forma de Cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como Pedro- la Cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol "suelo" para los hermanos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad sacerdotal.


El precioso don de la verdad y la libertad



Juan Pablo II nunca dejo de recordar que cuando los hombres  se olvidan de la verdad y su conciencia, “se olvida” en ellos la libertad y,  en consecuencia,  se pierde la capacidad de distinguir el bien del mal.    La distinguen solo los hombres responsables, o sea aquellos que responden al Amor.  En Persona y acto Karol Wojtyla habla de la verdad del hombre y de su libertad,  o sea poseerse a sí mismo, que quiere decir poseer la idoneidad de darse a sí mismo a los demás, cuando su amor los llama a ser amor.  La dramática belleza de la verdad y la libertad la canta en el poema Cuando yo pienso: Patria. El deseo de la verdad del bien y lo bello conduce al acto de la creación, en el cual Dios ve que todo aquello que sus ojos encendieron a su existencia es muy bello y muy bueno, y conduce al Juicio Final, en el cual se rendirá cuenta si el hombre ha cumplido la justicia del Amor. En la comunión con el Rostro (theos) de Dios Karol Wojtyla hacia de su propia vida una obra de arte, buscando que fuera digna respuesta al Amor con el cual la belleza de Su Palabra lo llamaba a la labor,   para resurgir. En toda bella obra de arte, pero ante todo en aquella cuando el hombre es hombre, la invisible belleza eterna de Dios se convierte de alguna manera en algo visible en el tiempo, se refleja en ello en la historia del hombre que se extiende entre el Principio y el Fin, como el cielo estrellado se refleja en las aguas del lago.  Al final veremos hasta qué punto ha sido enturbiado el reflejo del cielo estrellado en nuestras aguas.   

La libertad no se posee como se poseen los objetos comprados. Todos los días hay que luchar por la libertad. Es así que hay que luchar por el amor y su belleza, es así que hay que luchar por la verdad y el bien. Es fácil perderlos y con ellos perderse a si mismo.  «La libertad, la pagas con todo tu ser – por eso llamaras libertad  a aquella, que mientras la pagas, te ayuda a poseerte a ti mismo siempre de nuevo»  El antiguo epigrama que demanda de la libertad- quid sit veritas? Debería también extenderse a la pregunta sobre la libertad – quid sit libertas?  La respuesta debería sonar veritas atque libertas sunt vir qui adest. La verdad y la libertad se producen en el profético ad-sum! De  persona a persona, en su parusía.  De allí la parousia de Dios para todos los hombres. Por medio de la comunión en la presencia reciproca de los hombres se desanuda el camino que conduce a la Comunión con el Padre y con su Palabra filial, o sea al Principio de la verdad y la libertad, que ocurren en la historia, y al Final en la cual encontraran su consumación.

«La libertad es una conquista continua, no basta solo con poseerla?  Nos viene como un regalo. Pero se la mantiene luchando. Regalo y lucha se inscriben en nuestros mapas secretos, y sin embargo, evidentes.» 

Todos hemos recibido el don impagable de la vida, por eso es aun más apreciado el don de la verdad y el de la libertad.  El drama de cada hombre se desanuda en la tensión entre el don de la vida y el don de la verdad y de la libertad. Pero el don de la verdad y de la libertad es necesario pagarlo con el don de la vida. Con ninguna otra cosa,  porque cualquiera que fuese tiene un precio bien determinado. Por eso la vida por la verdad y la libertad es inseparable del heroísmo. En ello se revela la belleza del hombre – de aquel “sacerdote aun no consciente”. De modo particular se revela en el heroísmo del sacerdote de la Eucaristía.

« La verdad es una forma de amor» dice Juan Pablo II a los jóvenes durante uno de los encuentros mundiales de la juventud. La verdad de hecho es la belleza del amor.  Asi como el amor, también la verdad se expresa con el trabajo real, o sea con el servicio a los demás, y con el silencio real más que con las palabras. No debemos maravillarnos que los hombres que viven de una manera tan real, quiere decir aquellos que aman a los demás y les sirven en silencio real, no se arrodillan ni delante a la política ni a la economía. Todo aquello que tiene un precio lo ceden a cambio de la verdad, de la libertad, de la belleza,  que solo pueden consolar al hombre despertando en él la esperanza de no perder al final nada de aquello pagado para conquistarla.  Todo le rendirá ciento por ciento (Mt 19,29).

La belleza de la verdad y del bien que surgen del amor se confía a los hombres sencillos. A los hombres doctos se le confía solo cuando ellos “olvidan” sus construcciones eruditas y se convierten a la sencillez de aquello que no tiene precio. Una vez, en la oscuridad de un atardecer tardío, mi madre, una campesina sencilla,  escuchaba conmigo los Nocturnos de Chopin.  Cuando el piano se silencia me dice sólo esto. «Esta música es tan triste que puede llegar a consolar también a un hombre triste».  En esos momentos el hombre dirige la evolución del universo según las leyes pensadas en el misterio del Principio. Son momentos en los cuales Dios nos revela a los ojos de los hombres un fragmento de Su belleza que le da a la vida el sentido y el valor que no tiene precio. Para esos momentos pascuales de la belleza Juan Pablo II ha escrito su correspondiente antropología. La ha escrito como hombre y como sacerdote  y ante todo con la vida, y solo en segundo término con las palabras.

Stanislaw Gryegel : Dialogando con Juan Pablo II, Cantagalli, 2013

sábado, 26 de octubre de 2019

Quien fue Juan Pablo II?



Nadie, excepto Dios, conoce la verdadera respuesta. Solo Dios es quien piensa creativamente cada hombre. Nadie lo conoce plenamente menos aun el propio ser indicado por su nombre,  pues nadie conoce el contenido de aquello que desea y que decide en su ser la persona.  El  nombre de la persona no es un concepto.  Este nombre no significa cualquier cosa, no indica  la dirección en cuya dimensión existe el hombre, guiado por su propio deseo de mayor bondad y belleza. Según San Tomas de Aquino el nombre de la persona indica el amor que se da en el espacio que se extiende en la “gran pregunta” (magna questio – gran enigma - de San Agustin) del misterio del Principio al Fin.  Miramos a la persona siempre – por así decirlo – desde atrás. Vemos las huellas dejadas en el camino recorrido en dirección al Futuro. Vemos las acciones con las cuales la persona entra en el laborioso amor de los otros para,  juntos  con ellos,  edificar una casa familiar a todos.

El hombre recibe el nombre de aquellos que lo aman laboriosamente y a cuya llamada debe responder del mismo modo.  Lo recibe de aquellos en los cuales se fija su mirada.  Me atrevería decir que el nombre proviene de la escucha entusiasta que la persona presta a otra persona (ex auditu),  del mirar fijamente a aquel de quien proviene el don del amor por la otra persona. En este fijarse en la otra persona  se le revela al hombre algo primordial, aquello de su vida que se reconduce y todo lo cual continúa existiendo no obstante ya haber pasado.

En la tradición de la casa familiar que son los hombres, uno para el otro, nacen en ellos las obligaciones morales, que de hecho no se identifican con las costumbres que en aquel momento permean en la sociedad. Las obligaciones morales se identifican,  en cambio,  con los llamados con los cuales el amor llama al amor. El amor es amor en cuanto compromete al amor, y respondiendo a su llamada crece progresivamente.  Las obligaciones morales sustentan en el hombre la esperanza de encontrar en el Amor la salvación que le ha sido prometida y que el espera.

La persona mora en la otra persona en la medida en que juntas construyen una casa común. Es en este estar juntos que consiste la esencia misma del trabajo del hombre. Por eso, a la pregunta “Quien fue Juan Pablo II”? responderé sin dudar que él fue una persona que se revelaba en sus actos,  con los cuales edificaba,  junto a otros,  la casa familiar, y es justamente en este edificar juntos con los otros una casa familiar que es necesario buscar la respuesta a la pregunta quien fue.  Según Karol Wojtyla es en los actos que se revela la persona. Los actos muestran cual es el mensaje de una persona a las otras personas. Ser persona significa ser enviado (missio).

Es la buena «forma del amor» - que llama al hombre al trabajo. Lo bueno revela en el hombre el estupor y la maravilla. Lo entusiasma por la vida en este mundo según una lógica que no es de este mundo, lo entusiasma a transformar la propia vida en una obra de gran poesía (poiein). Haciendo así, el hombre penetra el sentido de la existencia en esta tierra y comprende así todo con el corazón y la mente.  Se transforma en amigo de la sabiduría, filo-sofos.  La luz de lo bueno le permite mirar de modo racional el mundo y a si mismo. Libera sus ojos “incapaces”(Lc, 24,16)  a causa de la razón que fijada en sí misma en este modo se mueve a tientas con ayuda del bastón que es su cálculo, y es por eso la razón calculadora (ratio significa el cálculo y deriva del ver reor, reri – calcular)

En 1977 el Cardenal Karol Wojtyla dicto una conferencia que trataba sobre las fuentes de su visión de la vida humana y la cultura. Una de estas se inspiraba en el poema de Cypriano Kamil NOrwid (1821-1883) Promethidion. Creo poder decir que en esta Obra Karol Wojtyla encontró una confirmación de su antropología. (*)  Las palabras de Norwid:

«Forma del amor y lo bello […]
Lo bello para entusiasmar
El trabajo – el trabajo para resurgir.»

constituyen la clave, en la dirección de la historia de la vida del hombre,  que se compone de un estar juntos armónico y termina en la resurrección de la persona en la persona para la cual ella trabaja. La lucha con la muerte,  no en nombre del honor sino por la resurrección,  crea la cultura de la fe, de la esperanza y del amor. En esta lucha está naciendo la cultura de la verdad del hombre.

Dime a quien has escogido como amigo y te diré quien eres – dice el proverbio. Con quienes construía la “casa” Juan Pablo II?  Sobre que tradición del “trabajo” construía para transmitirlo a los demás? La respuesta a esta pregunta indica,  de alguna manera, quien era él.

Juan Pablo II compartía su vida sobre todo con los laicos.  Fue con ellos que desde los años de su juventud hasta el fin de su vida construía la casa común. Junto a ellos entraba al trabajo de las grandes figuras de la historia polaca, que siempre han debido luchar por la libertad y aprender a sufrir por ella. Al mismo tiempo como sacerdote y como obispo había entrada a la tradición de tres grandes pastores de la Iglesia de Cracovia. En tierra polaca la historia de la Polonia coincide con la historia de la Iglesia en la lucha por la libertad y en el sufrimiento por ella.

(*) La experiencia moral llamada por Wojtyla praxis de la persona, difiere de la praxis propuesta por los marxistas. La praxis de la persona es la experiencia del amor que llama y obliga al amor, mientras la praxis marxista vive de a lucha con el enemigo indispensable para la supervivencia de los sistemas basados en la ideología marxista. 

(traducido de Dialogando con Giovanni Paolo II de Stanislaw Grygiel, Cantagalli, 2013)