Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

viernes, 24 de junio de 2016

Stanislaw Dziwisz : Los insólitos caminos de Juan Pablo II hacia la Divina Misericordia (2 de 2)

(altar principal del Santuario de la Divina Misericordia, Lagiewniki/Cracovia)


El misterio de la misericordia de Dios en la Revelación

“En la Encíclica Dives in misericordia el Papa Juan Pablo II, siguiendo la
Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, recuerda que Jesucristo
es la plenitud de la “revelación del misterio del Padre y de su amor” (GS 22). La
revelación de Dios es el misterio del amor (1Jn 4,16. 18), el cual une en la unidad al
Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Es el amor que se comparte con cada criatura, porque
su naturaleza consiste en regalar. Se revela al hombre en la Historia de la Salvación
como el Creador y Señor de toda la creación, quien es el buen Padre y el Dador de la
vida (cfr Gn 1 – 2; cfr Col 1, 15 – 20). En Él el hombre encuentra su realización.
La experiencia fundamental de la misericordia en la Historia de Israel, a la cual
se remite Juan Pablo II (DM 4), es el acontecimiento que tuvo lugar durante el éxodo
del pueblo elegido de la esclavitud de Egipto. Dios, viendo el sufrimiento de su pueblo,
se apiadó de su infortunio y lo liberó de las manos de sus perseguidores. En la
experiencia del éxodo está arraigada la confianza de los israelitas en la misericordia de
Dios, que supera cualquier pecado y miseria del hombre. En aquel momento de los
hechos Dios, Creador del hombre y Señor del mundo, reveló toda la verdad de sí
mismo: “Yahvé pasó por delante de él y exclamó: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso
y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil
generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado…(Ex 34, 6 – 7). En este
acontecimiento Dios reveló la verdad fundamental de que cada hombre, que era
culpable por el pecado y se había apartado de su Creador, podía encontrar la razón para
volver y dirigirse con la petición del perdón (Nm 14, 18; Cro30, 9; Neh 9, 17; Sal 86,
15; Sap 15, 1; Eclo 2, 11; Job 2, 13). El Papa recuerda que Dios reveló su misericordia
desde el principio de la historia por medio de palabras y de obras descubriendo las
diferentes dimensiones de su amor hacia el hombre.
La misericordia de Dios revelada en la Antigua Alianza, observa el Papa en la
Encíclica Dives in misericordia, es un paradigma del amor de Dios hacia el hombre, que
abarca diferentes “matices del amor”. Es el amor paternal, que resulta del hecho de
haber dado la vida, porque Dios es el Padre de Israel (Is 63, 16), y el pueblo elegido es
su hijo amado (Ex 4, 22). Es también su Esposo e Israel su esposa amada (Os 2, 3). Su
amor se revela como compasión y perdón magnánimo, cuando el Pueblo Elegido no
mantiene la fidelidad (Os 11, 7 – 9; Jer 31, 20; Is 54, 7). Los salmistas lo llaman Dios
del amor, clemente, fiel y misericordioso (Sal 103; 145). La experiencia de la
misericordia de Dios nace en el diálogo interno del hombre con su Creador y Padre.
En la Encíclica Dives in misericordia Juan Pablo II, remontándose a la Historia
de la Salvación, recuerda la presencia incesante de Dios entre la gente. La misericordia
del Padre, revelada por Jesucristo, está presente en la Antigua Alianza, en la historia del
pueblo elegido, que conservó la fe en el único Dios. El Dios Yahve, el Creador del
mundo y del hombre, se da a conocer a Moisés como misericordia. Dios mismo, de
forma solemne se presenta: “Descendió Yahvé en forma de nube y (moisés) se puso allí
junto a Él e invocó el nombre de Yahvé. Yahvé pasó por delante de él y exclamó:
“Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y
fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía
y el pecado…(Ex 34, 5 – 7). En la misericordia, como lo subraya Juan Pablo II, (DM 4),
surgen diferentes aspectos del amor de Dios hacia el hombre: La bondad, la
benevolencia, la gracia, la fidelidad, la ternura y la compasión propia de la madre, la
magnanimidad y la benevolencia así como la clemencia, dejar marchar al adversario y
perdonarle . La misericordia, comprendida como la revelación del amor de Dios hacia el
hombre, se une de forma indisoluble con la obra de la creación uniendo al Dios Creador
con el hombre que es su criatura (DM 4). Como observa el Santo Padre, es propio de la
naturaleza del amor el no poder odiar ni desear el mal a quien obsequió con la plenitud
de los bienes.
El misterio del amor misericordioso lo conservó el pueblo elegido, amonestado
en sus acciones por los profetas y animado a la apertura de su corazón al Dios de la
misericordia (Is 54, 10; Jer 31, 3). La misericordia experimentada por los israelitas era
“el contenido de la intimidad con su Señor” (DM 4) especialmente en estos momentos,
cuando le faltaba la fidelidad a la Alianza.
Cada hombre, observa Juan Pablo II en Dives in misericordia, es capaz de
descubrir a Dios en la naturaleza y en el universo a través de sus “atributos invisibles”
(Rm 1, 20). El conocimiento indirecto no permite sin embargo la visión plena de Dios.
La revelación del amor en Jesucristo conduce a Dios “en el misterio insondable de su
esencia” (DM 2; 1 Tim 6, 16). Jesucristo muestra al Dios de la misericordia en las
parábolas de la oveja perdida y de la dracma (Lc 15, 1 – 10), y especialmente en la
parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11 – 32). Esta parábola muestra en primer lugar la
grandeza del amor del Padre, dispuesto a perdonar y a obsequiar de nuevo. Juan Pablo II
extrae aún más de ella la dignidad del hijo pródigo, que resplandece de nuevo gracias a
la misericordia del Padre. Dios aparece como fiel a su paternidad: “Tal amor es capaz de
inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda
miseria moral o pecado” (DM 6). La grandeza del amor de Dios hacia el hombre
pecador desvela la grandeza de la dignidad del hijo, que siempre es el hijo de Dios y
tiene derecho a su amor. Juan Pablo II percibe en la misericordia “la relación de la
desigualdad” entre Dios, quien obsequia, y el hombre, que recibe su bondad. Sin
embargo la misericordia propicia que el hijo pródigo, recibiendo la dignidad de hijo, no
se sienta humillado. Al gran amor de Dios corresponde con la actitud de la conversión,
que es el fruto de la misericordia (DM 6).
La revelación plena de la misericordia de Dios es la muerte y la resurreción de
Cristo. El misterio pascual muestra la grandeza del amor de Dios hacia el hombre, que
“no ahorró a su propio Hijo” (2 Cor 5, 21). Gracias al misterio de la cruz Dios muestra
la profundidad de su amor, que está en el principio de la creación del hombre y de la
obra de la Redención: “Dios, tal como Cristo ha revelado, no permanece solamente en
estrecha vinculación con el mundo, en cuanto Creador y fuente última de la existencia.
Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la vida misma de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo” (DM 7). En la muerte de Cristo Dios está cerca del
hombre dándose a sí mismo, para que el hombre pueda tener parte en su vida. El amor
misericordioso es más fuerte que el pecado y que la muerte. Gracias a la actuación del
Espíritu santo el hombre se abre a la actuación de la misericordia y percibe su dignidad,
que le da la posibilidad de la unificación con Cristo.
El lugar del encuentro con la misericordia de Dios son los sacramentos, sobre
todo la Penitencia y la Eucaristía, en los cuales el cristiano toca el amor misericordioso
de Dios. La Iglesia, fiel a Jesucristo, destaca Juan Pablo II, tiene que dar testimonio de

la Divina Misericordia como el primer deber de su misión en el mundo (DM 12).”

Stanislaw Dziwisz : Los insólitos caminos de Juan Pablo II hacia la Divina Misericordia (1 de 2)

 (altar principal del Santuario de la Divina Misericordia en Lagiewniki/Cracovia)

“La verdad sobre la Divina Misericordia fue la razón principal de la enseñanza
pontificia del Santo Padre Juan Pablo II. Surgió ya al principio de su pontificado en la
Encíclica Dives in misericordia (1981). Este documento constituye, junto con las
Encíclicas Redemptor hominis (1979) y Dominum et vivificantem (1983), una parte de
la gran trilogía dogmática, en la cual el Papa habla al hombre contemporáneo sobre
Dios, que se revela al hombre como la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo. La misericordia es la clave para la comprensión del misterio de Dios y del
hombre. Ella caracteriza a Dios que se revela al hombre en la Historia de la Salvación.
Es el tema principal de la enseñanza de Cristo y se muestra en plenitud en el misterio de
la salvación, en su muerte y en su Resurreción. La misericordia es a la vez una especial
oportunidad para el hombre, porque por ella puede experimentar la cercanía de Dios que
es misericordioso.

La beatificación y canonización de la Hermana Faustina
Durante la beatificación de la Hermana Faustina Kowalska en el segundo
domingo de Pascua, el 18 de abril de 1993 en Roma, Juan Pablo II recalcó que el
misterio de la Divina Misericordia, el cual Dios había recordado a todo el mundo por
medio de una humilde monja de Polonia, es un “llamamiento profético al mundo”. Para
toda la humanidad, cansada de las guerras terribles, el mensaje de la misericordia se
convirtió en un signo de esperanza, mostrando la presencia de Dios que regala el amor y
la posibilidad de un renacimiento espiritual del hombre.
La canonización de la Hermana Faustina Kowalska el 30 de abril de 2000 en
Roma fue de una especial elocuencia, porque por medio de este acto Juan Pablo II
transmitió el mensaje de la misericordia a todo el mundo como un puente que une el
segundo milenio del cristianismo con el nuevo siglo. Recordó a su vez que la
misericordia de Dios es una oportunidad especial para el renacimiento de toda la
humanidad: “La humanidad no encontrará la paz hasta que no se dirija a la Divina
Misericordia” (Diario). El mensaje de la Misericordia permite interpretar de nuevo el
Evangelio sobre la Misericordia de Dios, en cuya luz el hombre no sólo recibe y
experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a “usar misericordia” con
los demás (DM 14).
Juan Pablo II proclamó el Segundo Domingo de Pascua, el “Domingo de la
Misericordia”, poniendo de relieve que la misericordia es una oportunidad para conocer
el “Verdadero rostro de Dios y del hombre” (Homilía de la canonización, 5). El
mensaje de la misericordia recuerda a su vez al mundo la dignidad y el valor de cada
hombre, por el cual Cristo entregó su vida.
Durante la canonización de la Hermana Santa Faustina Kowalska Juan Pablo II
subrayó de forma clara que el mensaje de la misericordia, proclamado incesantemente
por la Iglesia, y recordado gracias a las apariciones a Santa Faustina, se convierte hoy
en una parte de la experiencia del hombre perdido en medio de diferentes ideologías y
corrientes de pensamientos en el cambio del siglo XX y XXI. En el misterio de la
Divina Misericordia el cristiano encuentra el rostro verdadero de Dios, cercano al
hombre, y el rostro verdadero del hombre que necesita la misericordia y disponible para
practicarla1. El Santo Padre volvió a este pensamiento muchas veces cuando polemizó
con la “teología de la muerte de Dios”, o también cuando demostró los errores de los
totalitarismos contemporáneos que intentan eliminar a Dios de la historia humana.

Consagración del mundo a la Divina Misericordia
Durante la Consagración de la Basílica de la Divina Misericordia en Cracovia el
17 de agosto de 2002 Juan Pablo II una vez más recalcó que el mundo contemporáneo
necesita la Divina Misericordia, así como encomendó a la iglesia la tarea de acercar al
mundo el misterio de la Divina Misericordia: “Por eso hoy, en este santuario, quiero
consagrar solemnemente el mundo a la Misericordia divina. Lo hago con el deseo
ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, proclamado aquí a través
de santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de
esperanza. Que este mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al
mundo. Ojalá se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir “la chispa
que preparará al mundo para su última venida” (cf. Diario, 1732, ed. it; P. 568). Es
preciso encender esta chispa de la gracia de Dios. Es preciso transmitir al mundo este
fuego de la misericordia. En la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz, y el
hombre, la felicidad. Os encomiendo esta tarea a vosotros, amadísimos hermanos y
hermanas, a la Iglesia que está en Cracovia y en Polonia, y a todos los devotos de la
Misericordia divina que vengan de Polonia y del mundo entero” 2
El tema de la Divina Misericordia surgió de nuevo en la enseñanza de Juan
Pablo II en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, publicada en el umbral del
Tercer Milenio del cristianismo (6. I. 2001), como “imaginación de la caridad”. El Papa
escribió sobre la imaginación de la caridad en el contexto de la Europa que se unificaba.
Esta cuestión se convirtió en objetivo de la reflexión del Sínodo de los Obispos en
octubre de 1999, que preparó el Gran Jubileo del año 2000. El fruto de los debates
sinodales fue la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28. VI 2003). Este tema
parece sugerir unos argumentos de pensamiento, que abarcan toda la enseñanza del
Santo Padre cuyo nexo es la verdad sobre la misericordia de Dios.
El emprendimiento de la cuestión de la Divina Misericordia en la enseñanza de
Juan Pablo II exige la presentación del problema del misterio de Dios que se revela en el
Antiguo y en el Nuevo Testamento en su esencia como misericordioso. El Papa ofrece
una interpretación muy original de Dios, quien se revela como Padre de misericordia en
toda la Historia de la Salvación. El misterio de la misericordia permite al hombre
comprenderse a sí mismo y realizar su vocación. Al mismo tiempo le hace consciente de
que necesita incesantemente la misericordia y de que es capaz de practicarla con el
prójimo. Tales suposiciones del Papa Juan Pablo II dirigen nuestra atención al misterio
de Dios que revela su misericordia en el Antiguo testamento, así como a Cristo que es la
plenitud de la revelación de la misericordia del Padre en la Nueva Alianza, y a los
modos de realización de la misericordia por los discípulos de Cristo.


miércoles, 22 de junio de 2016

Quien es el sacerdote? – Karol Wojtyla/Juan Pablo II


“¿Qué significa ser sacerdote?

 Según San Pablo significa ante todo ser administrador de los misterios de Dios: "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles'' (1 Co 4, 1-2). La palabra "administrador" no puede ser sustituida por ninguna otra. Está basada profundamente en el Evangelio: recuérdese la parábola del administrador fiel y del infiel (cf. Lc 12, 41-48). El administrador no es el propietario, sino aquel a quien el propietario confía sus bienes para que los gestione con justicia y responsabilidad.

Precisamente por eso el sacerdote recibe de Cristo los bienes de la salvación para distribuirlos debidamente entre las personas a las cuales es enviado. Se trata de los bienes de la fe. El sacerdote, por tanto, es el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el hombre del "misterio de la fe''. Por medio de la fe accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios. Nadie puede considerarse "propietario'' de estos bienes. Todos somos sus destinatarios. El sacerdote, sin embargo, tiene la tarea de administrarlos en virtud de lo que Cristo ha establecido. “


viernes, 17 de junio de 2016

Adam Chmielowski patriota-pintor-santo su vida fascinó a Karol Wojtyla

Hoy la Iglesia (en especial la polaca) celebra la memoria litúrgica de San Alberto Chmielowski. 

“Juan Pablo II canonizando a Adam Chmielowski, cerraba un círculo de relaciones que habían definido su vida. No era  ya  el dramaturgo sino el primer Papa eslavo en la historia de la Iglesia, no escribía ya reseñas con el seudónimo de Andrzej Jawien sino encíclicas que sacudían el mundo. El actor apasionado que recitaba los versos de Slowacki en la “catacumba” de Debnniki, en la Cracovia ocupada por los nazis, se había transformado en el  atleta de Dios que gritaba al mundo y a su patria, no tener miedo. Sobre los prados a la sombra del Castillo de Wawel, ante su Polonia todavía “en estado de asedio”, Juan Pablo II sabía que cualquier palabra suya tenía gran peso: a los polacos encerrados y humillados les ponía como referencia un “rebelde”, Adam, un héroe de la  insurrección, de la resistencia moral y cultural. No era ya un autor a la conquista del propio personaje, sino un pastor consciente de la carga moral explosiva de una existencia plasmada por el amor. Una gran distancia separaba al joven sacerdote, que se ensayaba con el Teatro Rapsódico, del pontífice que hablaba a través de las homilías. La escena era distinta. Punto de unión, Adam Chmielowski: es él quién había empujado a Karol Wojtyla a abandonarse a su destino.

La canonización del 12 de noviembre de 1989, no es el acto conclusivo de la relación entre Hermano Alberto y Juan Pablo II. Adam, en la ejemplaridad como en la dramaticidad de su existencia, retorna en la obra y en el magisterio del Papa. Es el arquetipo del hombre autentico, que lucha, se debate, se interroga y al fin se rinde al Misterio. Adam, o deberíamos decir en este punto Adán, es aún la fascinación de Karol Wojtyla. Los confines históricos se difuminan y permanece la esencialidad de la vida de Adam-Adán. Es una criatura que vive el difícil don de la libertad. Es el ser humano que en todo instante debe escoger la Verdad y con ella descubrir el dolor de pertenecer a Otro, la dependencia del Ser que lo crea.”


(Comunicación presentada en las I Jornadas de la AEP: “Itinerarios del personalismo”, UCM, 26-27 de noviembre de 2004)

martes, 14 de junio de 2016

Stanisław Grygiel “El humus religioso y cultural de Cracovia” (2 de 2)


Fue el sacerdote Jan Pietraszko quien abrió el camino para que Wojtyla se acercara a los jóvenes.  Con su presencia en medio de ellos, acompañándoles en su desarrollo, en la maduración de sus matrimonios y familias, le mostró al joven Wojtyla -  quien regresaba de sus estudios en Lovaina y Roma -  que significa ser pastor en tiempos de desprecio por el ser humano.  Desde los primeros días después de la guerra el padre Pietraszko  fue capellán de los scouts en Cracovia, y en 1948 el cardenal Sapieha lo nombró pastor auxiliar para estudiantes y profesores.  Sapieha sabia interpretar a las personas. El había intuido que su secretario sería capaz de abrirse paso a la mente y al corazón de los jóvenes que buscaban cobijo para resguardarse de la violencia comunista.  Pietraszko revelaría una auténtica fortaleza allí junto al altar, en el púlpito, o en los confesionarios de la iglesia de Santa Ana, donde hasta el final de su vida dedicaría horas tras horas.   Sus homilías eran teología viva, poética, nacida de la oración; el obispo Pietraszko fue uno de los predicadores polacos más importantes del siglo veinte. 
Junto a mi esposa presencié el momento cuando Juan Pablo II le decia “Obispo Jan, yo aprendí teología de usted”.

Ambos sabían como vivir una vida natural y familiar en la laboriosa comunión de amor con los laicos.  No hay duda que en momentos extremadamente difíciles Dios les concedió a ellos y a nosotros la gracia de estar juntos de esta manera. La fe en Dios y la fe en la persona humana constituían en nosotros un todo orgánico de fe en Dios-Hombre.  En nuestra fe en Dios-Hombre se revela ante nosotros la entera verdad acerca del hombre, pilar de nuestra amistad,  aquellos matrimonios y aquellas familias, sin los cuales el bien común de la sociedad que es la persona humana, no sobrevivirá.  Dios construye la Iglesia bajo la cruz dumvolvitur mundus en las amistades, matrimonios y familias.   Estas amistades,  matrimonios y familias construidas de otra manera no lograrían oponerse a la mentirosa fragmentación de la verdad mantenida por políticas de brutalidad y debilidad humana que nos llevan a caer ante las tres tentaciones del jardín del Eden: al hedonismo – “bueno para comer”, a la estética de lo exterior – “agradable a la vista”, y al utilitarismo – “deseoso de adquirir conocimiento” (Gen. 3,6)

(Jan Pietraszko)

Enseñándonos a leer los grandes libros y especialmente las Sagradas Escrituras, los sacerdotes Pietraszko y Wojtyla nos enseñaron este arte ellos mismos. Fueron maestros del laicado, y por otro lado el laicado fue su maestro.  Sirvieron al laicado y el laicado sirvió a ellos.  En los años de la ocupación alemana Wojtyla comenzó a formar parte de un grupo de jóvenes que se reunían alrededor de  un sastre, Jan Tyranowski, que rezaba con ellos, recitaba el rosario y leía textos de los místicos españoles. Fue quizás este “aprendizaje” de este sastre donde  Wojtyla pudo constatar en qué consiste esencialmente la acción pastoral. Durante la guerra el padre Pietraszko también trabajó en parroquias, donde pudo ver que después de todo lo que buscaba la gente era la salvación. Después de la guerra, cuando reinaba el terror del comunismo, estos jóvenes sacerdotes, encarando las dificultades que consideraban un tesoro, se reunían clandestinamente con estudiantes y jóvenes profesores y rezaban juntos, reflexionaban y analizaban  las Sagradas Escrituras, los textos de los Padres de la Iglesia, de grandes filósofos, y poetas.  De esta manera, esta gente joven, buscaba la verdad completa acerca del hombre, aun a costa de tener que pagar un alto precio. En estas reuniones contemplativas nacieron libros y homilías de ambos Siervos de Dios. Cada lunes el padre Pietraszko hacia anotaciones de sus homilías dominicales. Quedaban listas para su publicación que realizaron revistas católicas fundadas por el metropolitano Sapieha.

La intensa vida intelectual de ambos Siervos de Dios (escrito antes que Juan Pablo II fuese declarado santo)  fue formada por la oración y por la capacidad de amar a la gente. Sus vidas fueron vidas llenas de sufrimiento, pero ellos supieron cómo llevar la cruz siguiendo a Cristo,  que había cargado con su cruz antes que ellos. La cruz de Cristo para ellos no fue una figura decorativa que llevaban en sus pechos. Ellos sabían sufrir y por lo tanto sentían compasión por otros. No eran activistas, y precisamente por ello su trabajo ha rendido sus frutos y sigue haciéndolo.

Bajo la influencia y compañía de Pietraszko y Wojtyla surgieron vidas santas entre los laicos. Hoy lo vemos aun mejor al observar la vida que llevaron aquellos que vivían “mas allá”. Como estaban entre nosotros los veíamos como alguien que vivía en otras esferas. Asi es quizás la naturaleza de la presencia de personas santas. Solamente nos damos cuenta de ello cuando ya están “más allá”. Si tomamos un ejemplo:  la vida de Jerzy Ciesielski – ahora Siervo de Dios – profesor en el Instituto Politécnico de Cracovia, animador del grupo de Karol Wojtyla, un gran organizador, especialmente en nuestras excursiones turístico-espirituales, que murió trágicamente con dos de sus hijos cuando se hundió el barco en el que viajaban por el Rio Nilo.

Estas tres figuras, los tres Siervos de Dios –Jan Pietraszko, Karol Wojtyla(1)  y Jerzy Cisielski – nos ofrecen una esplendida imagen del mundo religioso y cultural que vivia Cracovia -  espero que esa Cracovia siga existiendo. 

sábado, 11 de junio de 2016

Stanisław Grygiel “El humus religioso y cultural de Cracovia” (1 de 2)

Los seres humanos se asemejan a los arboles que viven de lo que les brinda la tierra en la cual se hallan enraizado y en lo que les ofrece el sol,  disipando la oscuridad y permitiéndoles subsistir siguiendo un orden establecido;   así se benefician de los dones recibidos.   Alguien que quiera comprender a los arboles debe penetrar en el suelo del cual yerguen, y observarlos a la luz del sol que brilla sobre ellos. Necesitará captarlos en el paisaje que los contiene, en los cielos, en las nubes,  en la lluvia y en la nieve.

Esa tierra para los seres humanos son las generaciones pasadas y las que vendrán. Todo ser humano hunde sus raíces en aquellos que han trabajado para el y en aquellos para quienes trabaja ahora.  Junto a ellos va creando un paisaje cultural, spiritual y religioso atento a  la Promesa, a la cual responde con la esperanza creada en el por la Promesa misma. La historia de esta alianza de la Promesa y la esperanza forma la tradición de la raza humana. Esta historia consta de periodos diferentes, algunos más fáciles otros más difíciles. No se trata, sin embargo, de apariencias, porque cada periodo de la tradición de la alianza de la Promesa, que es Dios, y de la esperanza, que el ser humano encarna, es difícil.

Estos seres humanos a quienes ambos la Iglesia y la nación necesitan en toda época se manifiestan precisamente cuando aparece la necesidad de tenerlos. Y así ocurrió en Polonia en los crueles años de la ocupación alemana, luego soviética y  los años del mal del comunismo insensato.
No podremos entender a Karol Wojtyła, su ministerio episcopal y petrino a menos que nos adentremos en la historia de la tradición de la alianza de la promesa divina y en la esperanza humana en la tierra en la cual los polacos crearon – y continúan creando – la cultura de la fe en el Hombre, en su libertad y en la fe en Dios cuya libertad es idéntica al amor misericordioso. Es de esta cultura que nace su identidad nacional, aunque puedan  aparecer otros componentes en virtud del hecho que ninguna persona es una isla separada de los demás. La libertad de los polacos ha estado constantemente amenazada desde el este y el oeste y en ciertas épocas desde el sur y desde el norte.  Adentrada profundamente en su cultura, la Iglesia ha compartido sus momentos más difíciles con ellos. Mantuvo su presencia especialmente en el matrimonio y la familia, que fue la morada en la cual los seres humanos, confiado el uno en el otro, podían sentirse ellos mismos.  Y de esta experiencia de libertad y matrimonio y de la familia nació la Regla para la Humane VitaeGrupos de matrimonios, 
sobre los cuales sabemos algo pero a lo cual no se ha dedicado suficiente atención.   Es en esta regla que el padre Przemyslaw Kwiatkowski ha basado la obra de su tesis doctoral, que mostrará el valro antropológico del texto y su importancia para la vida espiritual de los esposos. Es solamente en este sentido y en ningún otro que el padre Kwiatkowski descubre esta Regla.

La penetración de la fe en el hombre por la fe en Dios y la fe en Dios por la fe en el hombre en el proceso de la tan atormentada tradición polaca le mostro a Karol Wojtyła, Jan Pietraszko, y Jerzy Ciesielski con gran evidencia que el matrimonio y la familia son los baluartes finales de la libertad en los seres humanos y la soberanía nacional. Cuando se destruyen estos baluartes la sociedad de seres humanos cae y hasta cae la Iglesia.   Cracovia no es solamente un símbolo de la historia del esfuerzo político moral, y cultural de seres humanos por el bien común de la sociedad, o sea por la persona humana, que nació y renació en la comunión de personas que confiaban uno en el otro. Esta “es” su historia.   

En el siglo XI, San Estanislao, obispo de Cracovia, defendiendo el matrimonio y la familia – o sea defendiendo a la nación – fue asesinado al pie del altar sub gladio por el rey Boleslao.
Excomunicado y destituido de su trono, agobiado por el remordimiento, llevo una vida oculta en una ermita hasta su muerte, según cuenta la leyenda, en la lejana región austriaca de Ossiach. De esta manera Boleslao fue redimido de su pecado, tanto que hoy hasta llega a hablarse de su beatificación. Karol Wojtyla, obispo de Cracovia y sucesor de San Estanislao, celebro la Santa Misa cerca del simbólico sepulcro del rey-asesino en Ossiach.    La presencia del obispo asesinado en la historia de Polonia ha defendido a los polacos durante siglos y los sigue defendiendo. El Cardenal Principe Adam Sapieha, predecesor inmediato de Wojtyla en la sede episcopal de Cracovia, asumió la defensa de los polacos con heroica serenidad,  mas aun con  heroica firmeza, prestándole cuidadosa atención al ambiente cultural, económico y  también al religioso,  durante las dos guerras y durante los crueles años de comunismo, hasta su muerte en 1951.   Durante la ocupación alemana, el metropolitano Sapieha recibió en su seminario clandestino al joven Wojtyla. Los seminaristas vivían en la misma casa con Sapieha. Fue de él de quien aprendieron a decir “No!” con heroica serenidad y firmeza, a todos aquellos que levantarían su mano contra el ser humano. En la casa de Sapieha el joven Wojtyla conoció a Jan Pietraszko, entonces secretario y capellán del Metropolitano, a quien más tarde el metropolitano Wojtyla subsecuentemente escogiera como obispo auxiliar.


Cuando Wojtyla, aun como joven obispo, asombradísimo,  recibió la nominación al Arzobispado de Cracovia, le confió al prelado Stanisław Czartoryski, sobrino (y entonces príncipe) del Cardenal Sapieha: “A mi, sucesor de Sapieha?”  Tan sorprendidos como el estaban los cracovienses que apenas lo conocían. 

miércoles, 8 de junio de 2016

Santa Jadwiga (Eduviges) reina de Polonia


Hoy la Iglesia católica (muy solemnemente la iglesia polaca) celebra la memoria litúrgica de Santa Eduviges (santa Jadwiga) reina polaca.  Nada más apropiado que recordar solo algunas palabras de la extensa pero emotiva homilía de su compatriota el Papa Juan Pablo II en la ceremonia de canonización de la santa celebrada el 8 de junio de 1997 en Cracovia, donde el papa polaco expresa su profunda admiración por la nueva santa y su entrañable amor a la patria polaca y a la historia de su amada nación.


Gaude, mater Polonia! 
Repito hoy esta exhortación a la alegría, que durante siglos los polacos cantaban en recuerdo de san Estanislao. La repito, porque el lugar y la circunstancia impulsan a hacerlo de modo particular. En efecto, debemos volver nuevamente a la colina de Wawel, a la catedral real y situarnos ante las reliquias de la Reina, Señora de Wawel. Ha llegado el gran día de su canonización. Por eso, cantamos:

«Gaude, mater Polonia. 
Prole fecunda nobili, 
Summi Regis magnalia 
Laude frequenta vigili».

(globo imperial y cetro de la reina Jadwiga en la catedral de  Wawel, Cracovia)

Eduvigis, ¡has esperado tanto tiempo este día solemne! Han transcurrido casi seiscientos años desde tu muerte, en plena juventud. Amada por toda la nación, tú, que estás en el origen de la época de los Jaguellones, iniciadora de la dinastía, fundadora de la Universidad Jaguellónica en la antiquísima Cracovia, has esperado largo tiempo el día de tu canonización, el día en que la Iglesia proclamaría solemnemente que tú eres la santa patrona de Polonia en su dimensión hereditaria, de la Polonia unida por obra tuya con Lituania y con la Rus’: de la República de tres naciones.
Hoy ha llegado este día. Muchos han deseado presenciar este momento y no lo han logrado. Han transcurrido los años y los siglos, y parecía que tu canonización era, incluso, imposible. Que este día sea un día de alegría no solamente para nosotros, los que vivimos en estos tiempos, sino también para todos los que no han llegado a él en esta tierra. Que sea el gran día de la comunión de los santos. Gaude, mater Polonia!
(…)
¡Cuánto habría gozado hoy el Primado del milenio, el siervo de Dios cardenal Stefan Wyszynski, si hubiera tenido la oportunidad de participar, junto con nosotros, en este gran día de la canonización. Era una ilusión que tenía, al igual que los grandes metropolitanos de Cracovia, el príncipe cardenal Adam Stefan Sapieha y todo el Episcopado de Polonia. Todos intuían que la canonización de la reina Eduvigis constituiría la coronación del milenio del bautismo de Polonia. Lo es también porque, por obra de la reina Eduvigis, los polacos, bautizados en el siglo X, cuatro siglos después emprendieron la misión apostólica y contribuyeron a la evangelización y al bautismo de sus vecinos. Eduvigis estaba convencida de que su misión consistía en llevar el Evangelio a sus hermanos lituanos. Y lo hizo, juntamente con su esposo el rey Ladislao Jaguellón. En el Báltico surgió un nuevo país cristiano, renacido en las aguas del bautismo, como en el siglo X esas mismas aguas habían hecho renacer a los hijos e hijas de la nación polaca.
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 En muchas ocasiones te arrodillaste a los pies del Crucifijo de Wawel para aprender de Cristo mismo ese amor generoso. Y lo aprendiste. Supiste demostrar con tu vida que lo más grande es el amor. En un antiquísimo canto polaco cantamos:
 (el Cristo en el altar en honor a Santa Jadwiga, catedral de Wawel, Cracovia)

«¡Oh cruz santa, 
árbol único en nobleza! 
Jamás el bosque dio mejor tributo 
que este que da a Dios mismo (...). 
Inaudita bondad es morir 
en cruz por otro. 
¿Quién puede hacerlo hoy? 
¿Por quién dar la propia vida? 
Sólo el Señor Jesús lo hizo, 
porque nos amó fielmente»
(cf. Crux fidelis, siglo XVI).


De este Cristo crucificado de Wawel, de este Crucifijo negro, al que los habitantes de Cracovia vienen cada año en peregrinación el Viernes santo, aprendiste, reina Eduvigis, a dar la vida por tus hermanos. Tu profunda sabiduría y tu intensa actividad brotaban de la contemplación, del vínculo personal con el Crucifijo. Aquí la contemplación y la vida activa encontraban el justo equilibrio. Por eso, nunca perdiste la «parte mejor », la presencia de Cristo. Hoy queremos arrodillarnos junto contigo, Eduvigis, a los pies del Crucifijo de Wawel, para oír el eco de esa lección de amor, que tu escuchabas. Queremos aprender de ti el modo de actuarla en nuestros tiempos.
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El espíritu de servicio animaba su compromiso social. Con gran esmero se consagró a la vida política de su época. Y, además, ella, que era hija del rey de Hungría, supo unir la fidelidad a los principios cristianos con la coherencia en la defensa de la razón de Estado polaca. Emprendiendo grandes obras, tanto en el ámbito estatal como en el internacional, no deseaba nada para sí misma. Enriquecía con liberalidad a su segunda patria con todo tipo de bienes materiales y espirituales. Experta en el arte de la diplomacia, puso los cimientos de la grandeza de la Polonia del siglo XV. Impulsó la cooperación religiosa y cultural entre las naciones y su sensibilidad con respecto a las injusticias sociales fue a menudo alabada por sus súbditos.

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«¡Alégrate hoy, Cracovia!». Alégrate, porque ha llegado, por fin, el momento en que todas las generaciones de tus habitantes pueden rendir homenaje de gratitud a la santa Señora de Wawel. Tú, sede real, debes a la profundidad de su mente el hecho de haberte convertido en un importante centro de pensamiento en Europa, en cuna de la cultura polaca y en puente entre el Occidente cristiano y el Oriente, dando una incalculable contribución a la formación del espíritu europeo.
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¡Alégrate, Cracovia! Me complace poder compartir hoy tu alegría, aquí, en Błonia Krakowskie, en compañía de tu arzobispo, el cardenal Franciszek Macharski, los obispos auxiliares y los eméritos, los cabildos de la catedral y de la colegiata de Santa Ana, los sacerdotes, las personas de vida consagrada y todo el pueblo de Dios.
¡Cuánto deseaba venir a ti, Cracovia, mi amada ciudad, y, en nombre de la Iglesia, asegurarte solemnemente que no errabas cuando venerabas como santa, desde hace siglos, a la reina Eduvigis. Doy gracias a la divina Providencia porque me ha sido posible, porque me concede el poder contemplar, juntamente con vosotros, esta figura que brilla con el resplandor de Cristo y aprender lo que quiere decir «lo más grande es el amor».