Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

domingo, 10 de diciembre de 2017

«Preparad el camino del Señor» (Mt 3, 3).


«Preparad el camino del Señor» (Mt 3, 3). Estas palabras, tomadas del libro del profeta Isaías (cf. Is 40, 3), las pronunció san Juan Bautista, a quien Jesús mismo definió en una ocasión el más grande entre los nacidos de mujer (cf. Mt 11, 11). El evangelista san Mateo lo presenta como el Precursor, es decir, el que recibió la misión de «preparar el camino» al Mesías.

Su apremiante exhortación a la penitencia y a la conversión sigue resonando en el mundo e impulsa a los creyentes…. a acoger dignamente al Señor que viene.  Amadísimos hermanos y hermanas, preparémonos para el encuentro con Cristo. Preparémosle el camino en nuestro corazón y en nuestras comunidades. La figura del Bautista, que viste con pobreza y se alimenta con langostas y miel silvestre, constituye un fuerte llamamiento a la vigilancia y a la espera del Salvador.

 «Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé» (Is 11, 1). En el tiempo del Adviento, la liturgia pone de relieve otra gran figura: el profeta Isaías, que, en el seno del pueblo elegido, mantuvo viva la expectativa, llena de esperanza, en la venida del Salvador prometido. Como hemos escuchado en la primera lectura, Isaías describe al Mesías como un vástago que sale del antiguo tronco de Jesé. El Espíritu de Dios se posará plenamente sobre él y su reino se caracterizar á por el restablecimiento de la justicia y la consolidación de la paz universal.

También nosotros necesitamos renovar esta espera confiada en el Señor. Escuchemos las palabras del profeta. Nos invitan a aguardar con esperanza la instauración definitiva del reino de Dios, que él describe con imágenes muy poéticas, capaces de poner de relieve el triunfo de la justicia y la paz por obra del Mesías. «Habitarán el lobo y el cordero, (...) el novillo y el león pacerán juntos, y un niño pequeño los pastorear á» (Is 11, 6). Se trata de expresiones simbólicas, que anticipan la realidad de una reconciliación universal. En esta obra de renovación cósmica todos estamos llamados a colaborar, sostenidos por la certeza de que un día toda la creación se someterá completamente al señorío universal de Cristo.”

viernes, 8 de diciembre de 2017

Inmaculada Concepción : “La primera heredera de la santidad de su Hijo”

(imagen Wikimedia)


“….Este momento decisivo en la historia de la salvación es precisamente la "Inmaculada Concepción". Dios en su amor eterno eligió desde la eternidad al hombre: lo eligió en su Hijo. Dios eligió al hombre para que pueda alcanzar la plenitud del bien, mediante la participación en su misma vida: Vida divina, a través de la gracia. Lo eligió desde la eternidad, e irreversiblemente. Ni el pecado original, ni toda la historia de culpas personales y de pecados sociales han podido disuadir al Eterno Padre de este plan de amor. No han podido anular la elección de nosotros en el Hijo, Verbo consustancial al Padre. Porque esta elección debía tomar forma en la Encarnación y porque el Hijo de Dios debía hacerse hombre por nuestra salvación; precisamente por eso el Padre Eterno eligió para El, entre los hom­bres, a su Madre. Cada uno de nosotros es hombre por ser concebido y nacer del seno materno. El Padre Eterno eligió el mismo camino para la humanidad de su Hijo Eterno. Eligió a su Madre del pueblo al que, desde siglos, había confiado particularmente sus misterios y promesas. La eligió de la estirpe de David y al mismo tiempo de toda la humanidad. La eligió de estirpe real y a la vez de entre la gente pobre.

La eligió desde el principio, desde el primer momento de su concepción, haciéndola digna de la maternidad divina, a la que sería llamada en el tiempo establecido. La hizo la primera heredera de la santidad de su propio Hijo. La primera entre los redimidos con su Sangre, recibida de Ella, humanamente hablando. La hizo inmaculada en el momento mismo de la concepción.


La Iglesia entera contempla hoy el misterio de la Inmaculada Concepción y se alegra en él. Este es un día singular en el tiempo de Adviento.”

martes, 5 de diciembre de 2017

Primer Domingo de adviento: El Adviento es tiempo de elección, la elección de un camino


“La Iglesia se prepara para la Navidad de un modo totalmente particular. Nos recuerda el mismo acontecimiento que ha presentado recientemente al final del año litúrgico. Esto es, nos recuerda el día de la venida última de Cristo. Viviremos de manera justa la Navidad, es decir, la primera venida del Salvador, cuando seamos conscientes de su última venida "con poder majestad grandes" (Lc 21, 27), como declara el Evangelio de hoy. En este pasaje hay una frase sobre la que quiero llamar vuestra atención: "Los hombres exhalarán sus almas por el terror y el ansia de lo que viene sobre la tierra" (Lc 21, 26).
Llamo la atención porque también en nuestra época el miedo "de lo que deberá suceder sobre la tierra" se comunica a los hombres.
El tiempo del fin del mundo nadie lo conoce, "sino sólo el Padre" (Mc 13, 32); y por esto de ese miedo que se transmite a los hombres de nuestro tiempo, no deduzcamos consecuencia alguna por cuanto se refiere al futuro del mundo. En cambio, está bien detenerse en esta frase del Evangelio de hoy. Para vivir bien el recuerdo del nacimiento de Cristo, es necesario tener muy clara en la mente la verdad sobre la venida última de Cristo; sobre ese adviento último. Y cuando el Señor Jesús dice: "Estad atentos... de repente vendrá aquel día sobre vosotros como un lazo" (Lc 21, 34), entonces justamente nos damos cuenta de que El habla aquí no sólo del último día de todo el mundo humano, sino también del último día de cada hombre. Ese día que cierra el tiempo de nuestra vida sobre la tierra y abre ante nosotros la dimensión de la eternidad, es también el Adviento. En ese día vendrá el Señor a nosotros, como redentor y juez.
4. Así, pues, como vemos, es múltiple el significado del Adviento, que, como tiempo litúrgico, comienza con este domingo. Pero parece que sobre todo el primero de los cuatro domingos de este período quiere hablarnos con la verdad del "pasar", a que están sometidos el mundo y el hombre en el mundo. Nuestra vida en el mundo es un pasar, que inevitablemente conduce al término. Sin embargo, la Iglesia quiere decirnos —y lo hace con toda perseverancia—que este pasar y ese término son al mismo tiempo adviento: no sólo pasamos, sino que al mismo tiempo nos preparamos. Nos preparamos al encuentro con El.
La verdad fundamental sobre el Adviento es, al mismo tiempo, seria y gozosa. Es seria: vuelve a sonar en ella el mismo "velad" que hemos escuchado en la liturgia de los últimos domingos del año litúrgico. Y es, al mismo tiempo, gozosa: efectivamente, el hombre no vive "en el vacío" (la finalidad de la vida del hombre no es "el vacío"). La vida del hombre no es sólo un acercarse al término, que junto con la muerte del cuerpo significaría el aniquilamiento de todo el ser humano. El Adviento lleva en sí la certeza de la indestructibilidad de este ser. Si repite: "Velad y orad..." (Lc 21, 36), lo hace para que podamos estar preparados a "comparecer ante el Hijo del hombre" (Lc 21, 36).
5. De este modo el Adviento es también el primero y fundamental tiempo de elección; aceptándolo, participando en él, elegimos el sentido principal de toda la vida. Todo lo que sucede entre el día del nacimiento y el de la muerte de cada uno de nosotros, constituye, por decirlo así, una gran prueba: el examen de nuestra humanidad. Y por eso la ardiente llamada de San Pablo en la segunda lectura de hoy: la llamada a potenciar el amor, a hacer firmes e irreprensibles nuestros corazones en la santidad; la invitación a toda nuestra manera de comportarnos (en lenguaje de hoy se podría decir "a todo el estilo de vida"), a la observancia de los mandamientos de Cristo. El Apóstol enseña: si debemos agradar a Dios, no podemos permanecer en el estancamiento, debemos ir adelante, esto es, "para adelantar cada vez más" (1 Tes 4, 1). Y efectivamente es así. En el Evangelio hay una invitación al progreso. Hoy todo el mundo está lleno de invitaciones al progreso. Nadie quiere ser un "no-progresista". Sin embargo, se trata de saber de qué modo se debe y se puede "ser progresista", y en qué consiste el verdadero progreso. No podemos pasar tranquilamente por alto estas preguntas. El Adviento comporta el significado más profundo del progreso. El Adviento nos recuerda cada año que la vida humana no puede ser un estancamiento. Debe ser un progreso. El Adviento nos indica en qué consiste este progreso.
6. Y por esto esperamos el momento del nuevo Nacimiento de Cristo en la liturgia. Porque El es quien (como dice el Salmo de hoy) "enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes" (Sal 24 [25]” 8-9).


martes, 28 de noviembre de 2017

"Amoris laetitia" Robert A. Gahl, Jr. : Una respuesta a la lectura de Rocco Buttiglione


Sanar mediante el arrepentimiento

“…Buttiglione, anteriormente ministro italiano de cultura y experto en la filosofía del Papa Juan Pablo II, ha intentado defender a Francisco de los críticos conservadores que sostienen que el Papa ha roto con la enseñanza de Juan Pablo II acerca del divorcio y un nuevo matrimonio.

Con un enfoque populista centrado en el "sensus fidei" de los católicos sin el estorbo de teorías teológicas, Buttiglione sostiene que una interpretación simple de "Amoris laetitia" es también la más fiel, la única capaz de entender y apreciar la novedad pastoral propuesta por el Papa.

Pero desgraciadamente la interpretación de Buttiglione acerca de la distinción entre moralidad objetiva e imputabilidad subjetiva, una distinción subrayada y desarrollada en "Amoris laetitia", es engañosa. Si se la tomara en serio, con sus plenas implicaciones pastorales, fomentaría un enfoque pastoral despiadado, y no misericordioso, sobre los pecadores arrepentidos.

Buttiglione afronta la cuestión especialmente controvertida que plantean los pasajes más difíciles de "Amoris laetitia": si una persona que está divorciada y casada de nuevo civilmente, o es simplemente convivente, puede o no recibir la santa comunión.
Hace hincapié en la distinción entre objetivo y subjetivo para observar que una persona que comete lo que es, objetivamente, un pecado mortal podría no ser, subjetivamente, culpable de ese pecado y, por lo tanto, podría ser dispensada de la plena responsabilidad. Dicha persona podría sentirse atrapada y lamentar lo que la ha llevado a este dilema, sin saber cómo resolverlo.

Todo esto es verdad. Pero Buttiglione va más allá y sostiene que el confesor debe decidir si el penitente puede ser admitido a los sacramentos sin ser guiado por principios predeterminados. Los principios predeterminados llevarían a la casuística y, además, "la variedad de situaciones y circunstancias humanas es demasiado amplia" para que aquellos la cubran. De este modo, el pecado cometido por una persona que sigue teniendo relaciones sexuales con otra persona con la que no está casado puede no representar una culpabilidad grave. Así, Buttiglione implica al confesor, que puede abrir la puerta a los sacramentos sin asegurar el pleno arrepentimiento del penitente.

Pero mientras Buttiglione tiene razón en decir que algunos pecados del pasado pueden no ser subjetivamente imputables, su sugerencia de que el confesor pueda dar al penitente un "pase" gratuito por dichos pecados en el futuro no puede conciliarse con la tradición, que sostiene que los pecadores habituales deben arrepentirse para ser perdonados y que su arrepentimiento debe incluir un firme propósito de enmienda (ver Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1451 y Concilio de Trento, DS 1676). Jesús le dice a la mujer sorprendida en adulterio: "Anda, y en adelante no peques más" (Jn 8, 11). Los buenos confesores saben guiar a sus penitentes hacia un pleno arrepentimiento, ayudándoles a reflexionar sobre lo que pueden hacer para liberarse de una situación difícil o, también, de un dilema aparente. Al ayudar al penitente a adquirir un firme propósito de enmienda, el pastor le hace un favor, instruyéndole así en la plenitud de la verdad de Jesús.”


(Invito leer completo en  Chiesa Espresso) 

viernes, 24 de noviembre de 2017

Andrea Tornielli entrevista a Rocco Buttiglione: Amoris Laetitia – “dubbia” y “correctio”


Continúan las discusiones y debates acerca de parte del contenido de la Exhortación Apostólica postsinodal del Papa Francisco titulada Amoris Laetitia, sobre el amor en la familia. Podemos estar de acuerdo o no con las dudas y/o  correcciones; no obstante es interesante que se haya generado este debate pues nos ayuda a reflexionar y hablar sobre la familia, el amor, el matrimonio y la Iglesia, temas actuales de hoy y de siempre.

Andrea Tornielli ha entrevistado al filósofo Rocco Buttiglione, profundo conocedor del pensamiento de Juan Pablo II. En esta entrevista con Vatican Insider  reflexiona y “desmenuza (discutiéndolas) las acusaciones de los firmantes de la «correctiofilialis»” 

(Publico aquí solo una parte (tres preguntas) e invito a leer el resto (son siete las preguntas – 7 «herejias») en la página oficial de Vatican Insider)

¿Qué piensa sobre la «correctio filialis» enviada al Papa y sobre el grupo de estudiosos que hace afirmaciones tan duras sobre el sucesor de Pedro? 

Jesús no escribió un manual de metafísica y mucho menos de teología. Se encomendó a un grupo de hombres y después a uno, Pedro. Les prometió la asistencia del Espíritu Santo. Aquí, un grupo de hombres se erigen en jueces por encima del Papa. No exponen objeciones, no discuten. Juzgan y condenan. ¿Quién les autorizó a constituirse en jueces por encima del Papa? 

Después de su publicación, algunos de los que firmaron el documento afirmaron que nunca habían dicho que el Papa fuera un hereje. ¿Se deduce esto al leer el texto? 

Leamos el texto: “nos vemos obligados a dirigir una corrección a Su Santidad, a causa de la propagación de herejías ocasionada por la Exhortación apostólica «Amoris laetitia» y por otras palabras, hechos y omisiones de Su Santidad”. Si esta no es una acusación de herejía, yo no sé qué es. Los que firmaron el documento que dicen que nunca afirmaron que el Papa fuera un hereje no leyeron el texto que firmaron. 

Antes de entrar detalladamente en las 7 «herejías», me gustaría detenerme sobre el lenguaje utilizado: se hacen afirmaciones («propositiones») dando a entender que el Papa las escribió, dijo o sostuvo: en realidad ninguna de ellas ha sido afirmada por Francisco. ¿Es correcto el método? 

No, no es un método correcto. Las proposiciones no resumen correctamente el pensamiento del Papa. Pongamos un ejemplo: en la segunda proposición atribuyen al Papa la afirmación de que los divorciados que se han vuelto a casar y que permanecen en ese estado «con absoluta advertencia y deliberado consenso» están en la gracia de Dios. El Papa dice otra cosa: en algunos casos un divorciado que se ha vuelto a casar y permanece en tal estado sin plena advertencia y deliberado consenso puede estar en la gracia de Dios. 

¿Por qué es tan significativo este ejemplo? 

Los críticos comienzan sosteniendo que en ningún caso un divorciado que se ha vuelto a casar puede estar en la gracia de Dios. Y luego algunos (yo, por ejemplo) les han recordado que para tener un pecado mortal es necesaria no solo una materia grave (y el adulterio es ciertamente materia grave de pecado), sino también de plena advertencia y deliberado consenso. Ahora parece que se echan para atrás: incluso ellos han comprendido que en algunos casos el divorciado que se ha vuelto a casar puede estar exento de culpa debido a atenuantes subjetivos (la falta de la plena advertencia y del deliberato consenso). ¿Qué hacen para encubrir la retirada? Le atribuyen al Papa la afirmación de que el divorciado que se ha vuelto a casar que permanezca en su situación con plena advertencia y deliberado consenso sigue estando en estado de gracia. Esta falsificación de la postura del Papa, a la que se ven obligados, indica cuán desesperada es su situación desde el punto de vista lógico. Admiten implícitamente que hay algunas situaciones en las que el divorciado que se ha vuelto a casar puede recibir la Comunión, pero toda la revuelta contra «Amoris laetitia» nació de un rechazo visceral frente a esta posibilidad. 

La Iglesia, cuando condenaba proposiciones juzgadas heréticas, siempre era muy precisa en establecer qué se hubiera dicho y las intenciones de aquel que lo había dicho. En este caso no ha sido así… 

A los correctores les gusta convertirse en un Nuevo Santo Oficio, pero evidentemente no conocen los procedimientos… 

Hablando sobre las 7 «herejías» atribuidas al Pontífice, se ve que giran alrededor del punto de la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar. ¿Son fundadas en su opinión? 

La primera corrección atribuye al Papa la afirmación de que la gracia no es suficiente para permitirle al hombre evitar todos los pecados. El Papa dice, con toda evidencia, muy otra cosa: la cooperación del hombre con la gracia a menudo es insuficiente y parcial. Por ello no logra evitar todos los pecados. La cooperación con la gracia, además, se desarrolla en el tiempo. Cuando el hombre comienza a moverse hacia la salvación lleva consigo una carga de pecados de los que se liberará poco a poco. Por ello una persona que no logra llevar a cabo por completo las obras de la ley puede estar en la gracia de Dios. Es la noción del pecado venial. 

De la segunda ya hemos hablado. Vayamos a la tercera… 


La tercera corrección atribuye al Papa la afirmación de que se puede conocer el mandamiento de Dios y violarlo y, a pesar de ello, permanecer en la gracia de Dios. También en este punto el Papa dice, con toda evidencia, otra cosa: es posible conocer las palabras del mandamiento y no comprenderlas o reconocerlas en su verdadero significado. El cardenal Newman distinguía entre comprender la noción (he comprendido el sentido verbal de una proposición) y la comprensión real (he comprendido qué significa para mi vida). Algo semejante dice también Santo Tomás, cuando habla del error en buena fe. 

sábado, 4 de noviembre de 2017

«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)



“El coloquio de Jesús con el joven rico continúa, en cierto sentido, en cada época de la historia; también hoy. La pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?» brota en el corazón de todo hombre, y es siempre y sólo Cristo quien ofrece la respuesta plena y definitiva. El Maestro que enseña los mandamientos de Dios, que invita al seguimiento y da la gracia para una vida nueva, está siempre presente y operante en medio de nosotros, según su promesa: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto el Señor prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, que les «recordaría» y les haría comprender sus mandamientos (cf. Jn 14, 26), y, al mismo tiempo, sería el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3, 5-8; Rm 8, 1-13).
Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la antigua alianza y perfeccionadas en la nueva y eterna en la persona misma del Hijo de Dios hecho hombre, deben ser custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente en las diferentes culturas a lo largo de la historia. La tarea de su interpretación ha sido confiada por Jesús a los Apóstoles y a sus sucesores, con la asistencia especial del Espíritu de la verdad: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16). Con la luz y la fuerza de este Espíritu, los Apóstoles cumplieron la misión de predicar el Evangelio y señalar el «camino» del Señor (cf. Hch 18, 25), enseñando ante todo el seguimiento y la imitación de Cristo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).
En la catequesis moral de los Apóstoles, junto a exhortaciones e indicaciones relacionadas con el contexto histórico y cultural, hay una enseñanza ética con precisas normas de comportamiento. Es cuanto emerge en sus cartas, que contienen la interpretación —bajo la guía del Espíritu Santo— de los preceptos del Señor que hay que vivir en las diversas circunstancias culturales (cf. Rm 12, 15; 1 Co 11-14; Ga 5-6; Ef 4-6; Col 3-4; 1 P y St ). Encargados de predicar el Evangelio, los Apóstoles, en virtud de su responsabilidad pastoral, vigilaron, desde los orígenes de la Iglesia, sobre la recta conducta de los cristianos 35, a la vez que vigilaron sobre la pureza de la fe y la transmisión de los dones divinos mediante los sacramentos 36. Los primeros cristianos, provenientes tanto del pueblo judío como de la gentilidad, se diferenciaban de los paganos no sólo por su fe y su liturgia, sino también por el testimonio de su conducta moral, inspirada en la Ley nueva37. En efecto, la Iglesia es a la vez comunión de fe y de vida; su norma es «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6).

Ninguna laceración debe atentar contra la armonía entre la fe y la vida: la unidad de la Iglesia es herida no sólo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf. 1 Co 5, 9-13). Los Apóstoles rechazaron con decisión toda disociación entre el compromiso del corazón y las acciones que lo expresan y demuestran (cf. 1 Jn 2, 3-6). Y desde los tiempos apostólicos, los pastores de la Iglesia han denunciado con claridad los modos de actuar de aquellos que eran instigadores de divisiones con sus enseñanzas o sus comportamientos 38.”

miércoles, 1 de noviembre de 2017

«Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32)


“Los problemas humanos más debatidos y resueltos de manera diversa en la reflexión moral contemporánea se relacionan, aunque sea de modo distinto, con un problema crucial: la libertad del hombre.
No hay duda de que hoy día existe una concientización particularmente viva sobre la libertad. «Los hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia cada vez mayor de la dignidad de la persona humana», como constataba ya la declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa 52. De ahí la reivindicación de la posibilidad de que los hombres «actúen según su propio criterio y hagan uso de una libertad responsable, no movidos por coacción, sino guiados por la conciencia del deber» 53. En concreto, el derecho a la libertad religiosa y al respeto de la conciencia en su camino hacia la verdad es sentido cada vez más como fundamento de los derechos de la persona, considerados en su conjunto 54.
De este modo, el sentido más profundo de la dignidad de la persona humana y de su unicidad, así como del respeto debido al camino de la conciencia, es ciertamente una adquisición positiva de la cultura moderna. Esta percepción, auténtica en sí misma, ha encontrado múltiples expresiones, más o menos adecuadas, de las cuales algunas, sin embargo, se alejan de la verdad sobre el hombre como criatura e imagen de Dios y necesitan por tanto ser corregidas o purificadas a la luz de la fe 55.
En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. En esta dirección se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.
Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se la considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora; sino que más bien se está orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión coincide con una ética individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás. El individualismo, llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de naturaleza humana.
Estas diferentes concepciones están en la base de las corrientes de pensamiento que sostienen la antinomia entre ley moral y conciencia, entre naturaleza y libertad.”



sábado, 28 de octubre de 2017

El «mal intrínseco»: no es lícito hacer el mal para lograr el bien (cf. Rm 3, 8)


“Así pues, hay que rechazar la tesis, característica de las teorías teleológicas y proporcionalistas, según la cual sería imposible calificar como moralmente mala según su especie —su «objeto»— la elección deliberada de algunos comportamientos o actos determinados prescindiendo de la intención por la que la elección es hecha o de la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas.
El elemento primario y decisivo para el juicio moral es el objeto del acto humano, el cual decide sobre su «ordenabilidad» al bien y al fin último que es Dios. Tal «ordenabilidad» es aprehendida por la razón en el mismo ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por tanto, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus finalidades, que también tienen siempre una dimensión espiritual: éstos son exactamente los contenidos de la ley natural y, por consiguiente, el conjunto ordenado de los bienes para la persona que se ponen al servicio del bien de la persona , del bien que es ella misma y su perfección. Estos son los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales, según Santo Tomás, contienen toda la ley natural 130.
 Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que «existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto» 131. El mismo concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificación de tales actos: «Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador» 132.
Sobre los actos intrínsecamente malos y refiriéndose a las prácticas contraceptivas mediante las cuales el acto conyugal es realizado intencionalmente infecundo, Pablo VI enseña: «En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (cf. Rm 3, 8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social» 133.
 La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: «¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios» (1 Co 6, 9-10).
Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: «En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) —dice san Agustín—, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados o —conclusión más absurda aún— que serían pecados justificados?» 134.
Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección.
Por otra parte, la intención es buena cuando apunta al verdadero bien de la persona con relación a su fin último. Pero los actos, cuyo objeto es no-ordenable a Dios e indigno de la persona humana, se oponen siempre y en todos los casos a este bien. En este sentido, el respeto a las normas que prohíben tales actos y que obligan «semper et pro semper», o sea sin excepción alguna, no sólo no limita la buena intención, sino que hasta constituye su expresión fundamental.
La doctrina del objeto, como fuente de la moralidad, representa una explicitación auténtica de la moral bíblica de la Alianza y de los mandamientos, de la caridad y de las virtudes. La calidad moral del obrar humano depende de esta fidelidad a los mandamientos, expresión de obediencia y de amor. Por esto, —volvemos a decirlo—, hay que rechazar como errónea la opinión que considera imposible calificar moralmente como mala según su especie la elección deliberada de algunos comportamientos o actos determinados, prescindiendo de la intención por la cual se hace la elección o por la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas. Sin esta determinación racional de la moralidad del obrar humano, sería imposible afirmar un orden moral objetivo 135 y establecer cualquier norma determinada, desde el punto de vista del contenido, que obligue sin excepciones; y esto sería a costa de la fraternidad humana y de la verdad sobre el bien, así como en detrimento de la comunión eclesial.
 Como se ve, en la cuestión de la moralidad de los actos humanos y particularmente en la de la existencia de los actos intrínsecamente malos, se concentra en cierto sentido la cuestión misma del hombre, de su verdad y de las consecuencias morales que se derivan de ello. Reconociendo y enseñando la existencia del mal intrínseco en determinados actos humanos, la Iglesia permanece fiel a la verdad integral sobre el hombre y, por ello, lo respeta y promueve en su dignidad y vocación. En consecuencia, debe rechazar las teorías expuestas más arriba, que contrastan con esta verdad.
Sin embargo, es necesario que nosotros, hermanos en el episcopado, no nos limitemos sólo a exhortar a los fieles sobre los errores y peligros de algunas teorías éticas. Ante todo, debemos mostrar el fascinante esplendor de aquella verdad que es Jesucristo mismo. En él, que es la Verdad (cf. Jn 14, 6), el hombre puede, mediante los actos buenos, comprender plenamente y vivir perfectamente su vocación a la libertad en la obediencia a la ley divina, que se compendia en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Es cuanto acontece con el don del Espíritu Santo, Espíritu de verdad, de libertad y amor: en él nos es dado interiorizar la ley y percibirla y vivirla como el dinamismo de la verdadera libertad personal: «la ley perfecta de la libertad» (St 1, 25


domingo, 22 de octubre de 2017

22 de octubre San Juan Pablo II


Hoy celebramos la memoria litúrgica de San Juan Pablo II, que inicio su pontificado precisamente un 22 de octubre. 

Me he prometido a mi misma reactivar este blog lo mas pronto posible. Estas dos/tres semanas será algo difícil, pero mas adelante prometo hacerlo.
  
Queda tanto por aprender y reflexionar sobre las enseñanzas de este Papa santo... 

Hoy solamente le pido que interceda por nosotros, por esta tierra argentina tan necesitada de paz entre los hermanos. 
Le pido por la unión de los argentinos, por la paz en nuestra patria y la paz en el mundo entero. 
San Juan Pablo II ruega por nosotros y por el mundo entero!

viernes, 13 de octubre de 2017

El Rosario una oración orientada hacia la paz



“El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).

Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?


En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3, 14).”

martes, 10 de octubre de 2017

La comunión conyugal - una comunión indisoluble



“20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].

Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].

Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.

Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón»[51], sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel»[52], es el «sí» de las promesas de Dios[53] y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»[55].

Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.”



sábado, 9 de septiembre de 2017

“Cura de almas" en un país herido- Papa Francisco en Colombia



“Al cura se  le dice “cura” por la cura de almas, que es propia del párroco. Y de ahí pasó a todos los sacerdotes, obispos. El Papa es un sacerdote, es obispo y como obispo tiene la plenitud del Sacerdocio de Jesús. Y la imagen de su primer día de trabajo apostólico en Colombia, como misionero y peregrino de esperanza y de paz, me ha llevado a la imagen del cirujano que intentan extirpar un cáncer con una caricia; sí la imagen de un cura que te dice las cosas de frente directo, pero también las cosas buenas que animan  a seguir adelante y a luchar. Y entiendo que la imagen de cura es la que más pega porque Colombia, como otros países del mundo y de Latinoamérica, es un país herido. Herido profunda y largamente por la guerra que maneja a su antojo el dios dinero, dejando atrás solamente destrucción y cadáveres de ancianos, niños y adultos, como una máquina infernal sin afectos.

Pero es ahí donde viene el gesto y la palabra de ternura del Papa Francisco, pero como cura, que manifiesta que no estamos solos, secuestrados por el dios dinero que nos masacra, es un gesto y una palabra que actualizan el Evangelio de Jesús, porque las imágenes confirman esto. La alegría de la gente por la cercanía del Vicario de Cristo, la esperanza de que los acuerdos se consoliden y se alcance la paz, pasan a ser verdaderos “sacramentales” del Pueblo de Dios. Y cuando esto es la oración de la misa todos juntos, se transforma en sacramento. La que cura; la que nos cura, es la Presencia del mismo Jesús, porque la paz es un don de Dios. Pidámosle a Jesús y dejemos que nos cure.”


Huyamos de toda tentación de venganza _ papa Francisco a las autoridades de Colombia


"Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más". Con estas palabras el Papa Francisco concluía su discurso en el encuentro que mantuvo con las autoridades, el Cuerpo Diplomático y algunos representantes de la Sociedad Civil de Colombia, que tuvo lugar el jueves 7 de septiembre, en el Palacio presidencial de Bogotá, más conocido como Casa de Nariño. 

Tras ser recibido por el presidente de la nación, Juan Manuel Santos acompañado por la Guardia de Honor y después de rendir los correspondientes homenajes a la bandera del país, dio inicio el evento al que asistieron aproximadamente 750 personas.  
"Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación", dijo Francisco, señalando que los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que "la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos".

"Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo", pidió el Pontífice añadiendo que cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente.

 "Quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz", concluyó el Santo Padre.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Gian Franco Svidercoschi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación (2 de 2)

 “Sin embargo, tras el avance de este desierto espiritual, podía advertirse una creciente turbación interior. El hombre contemporáneo empezaba a darse cuenta del vacío de una vida sin raíces, puramente terrena, carente de valores, una vida sin una identidad propia, encerrada en sí misma. Aunque era un malestar aun sin nombre, vago, inexpresivo, no le fue difícil entender que se trataba de una verdadera y propia sed de paternidad. Y precisamente a este hombre en busca de sentido y también en busca de los «otros», sobre todo, a estas nuevas generaciones literalmente carentes de padres fue a qui9enes supo dar respuesta Juan Pablo II. Y no lo  hizo simplemente presentándose como figura paterna, consoladora, protectora, sino, al contrario, proponiendo un punto de referencia común, un unto de trascendencia.
Por eso podría decirse que Karol Wojtyla fue el Papa de la Encarnación. Logro que el hombre volviera a encontrarse con Dios y, así, permitió que este hombre tuviera una experiencia profunda, vital, de Aquel que le dio el don precioso de la libertad. Porque Dios, en su infinito amor, es respetuoso con la libertad del hombre, es más, deja espacio para esta libertad, queriendo que el hombre – con sus tiempos, sus dificultades e incluso sus traiciones – colabore con El en la realización del Gran Proyecto :: completar la obra de la creación.
De este modo Juan Pablo II pudo poner en marcha un proceso de espiritualidad, de nueva espiritualidad, un nuevo modo de vivir hoy como cristianos, de «imbuir» la fe en la sociedad moderna sin que se diluyera por ello su propia identidad. La nueva espiritualidad donde finalmente los que con frecuencia desde tiempos inmemorables parecían ser «polos» opuestos e incluso casi incompatibles – sagrado y profano, trascendencia e inmanencia, cielo y tierra – se revelaran como dimensiones diferentes de una misma realidad: el encuentro entre la acción humana y el actuar divino.
En fin, toda esa gente que llegaba a la plaza de Sn Pedro había vuelto a llamar a Dios por su nombre – aunque algunos solo lo balbucearan o lo hicieran tímidamente -, a considerarlo presente en su propia vida.  Y esto era porque habían vuelto a ver a Dios Padre en el testimonio cristiano de Karol Wojtyla, en sus palabras, en sus gestos. El mensaje evangélico, tal como él lo había vivido y radicalmente practicado – es decir, como mensaje de amor, de misericordia, de paz, de fraternidad, de tolerancia, de compartir – pudiera llegar a todos y  ser comprendido y acogido por todos.
El hecho de haber mostrado el rostro de Dios, reconocido sobre todo en el otro, en el prójimo, el señalar la trascendencia como punto de encuentro para todos los hombres de buena voluntad mas allá, por tanto de lenguas, naciones, razas y cualquier otra diferencia, fue, pues, como abrir de par en par las puertas del cristianismo a toda la familia humana.”



(Gian Franco Svidercoshi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación) de “La búsqueda del Padre” UN PAPA NO MUERE, La herencia de Juan Pablo II, Ediciones San Pablo, 2011 

Gian Franco Svidercoschi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación (1 de 2)

 “El mensaje cristiano está estrechamente ligado a la «visibilidad» de la Encarnación. Respecto a las demás religiones, la Encarnación constituye la impresionante novedad del cristianismo. Dios se hace hombre y, de este modo reconoce a todo ser humano una dignidad y una libertad que nunca nadie le había dado.  Jesús, el Hijo, irrumpe en la historia humana, confirmando asi que todos los hombres son hijos de Dios y, como tales, hermanos entre ellos, constituyendo una única familia.
Sin embargo, con el tiempo esta verdad fundamental poco a poco se fue oscureciendo en las comunidades cristianas, en su experiencia de fe, y, como consecuencia, se iba dilatando cada vez más la «fosa» entre el mundo divino y el mundo humano. Para combatir el protestantismo, en ocasiones la Iglesia católica había acabado por dar más importancia a sus propias instituciones que a la dimensión espiritual. Luego, con el Renacimiento, con la Ilustración, entro en escena el hombre demiurgo, el hombre convencido de que podía convertirse en dueño de su propia vida, y así ulteriormente había aumentado la distancia entre la tierra y el cielo. Posteriormente llegaron los filósofos de la «muerte» de Dios. Llegaron los exterminios del sigloXX, quede por si parecían borrar toda presencia divina. Finalmente llego la secularización, la posmodernidad…
Dios Padre había desaparecido progresivamente de la sociedad, de la vida cotidiana, de la conciencia misma de muchos creyentes, para los que, no pudiendo «ver» a Dios, «oir» su voz, cada vez se hacía más difícil captar las huellas de su presencia en su propia historia o tratar de entender cual era su voluntad en las distintas circunstancias. Entonces acababan recurriendo a un Dios mágico, plegado a su servicio, del tipo New Age, haciéndose ilusiones de que podría satisfacer sus necesidades inmediatas, aquí y ahora, pero que ciertamente no garantizaba la racionalidad de la fe y mucho menos la existencia de un Creador.”

(Gian Franco Svidercoshi: Juan Pablo II el Papa de la Encarnación) de “La búsqueda del Padre” UN PAPA NO MUERE, La herencia de Juan Pablo II, Ediciones San Pablo, 2011 

sábado, 26 de agosto de 2017

La Comunión de los divorciados

Con el título “Se publica en la web  del Vaticano la carta del Papa a favor de la comunión de los divorciados vueltos a casar en ciertos casos” el blog de la Parroquia San Juan Bautista cita la carta del Papa Francisco, ofrece comentarios y también presenta detalles sobre el magisterio de San Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre esta situación tan controvertida, que ya ha dado que hablar y pienso que seguirá siendo tema de debate por un largo tiempo. Personalmente el tema me parece harto interesante y creo que todos deberíamos analizarlo a conciencia, aunque por cierto confunde.  
Invito leer los sensatos comentarios del Padre Ricardo Mazza en su propio blog donde aparece este post y analizar también las noticias relacionadas.
Cito textualmente aquí solamente el texto referido a San Juan Pablo II y a Benedicto XVI (pero invito leer el post de la Parroquia San Juan Bautista completo):

El Magisterio de san Juan Pablo II y Benedicto XVI excluye tal posibilidad. En la exhortación apostólicaFamiliaris Consortio de San Juan Pablo II se lee:

    La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.


    La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»
    Familiaris Consortio 83



Y Benedicto XVI indica en SacramentumCaritatis:
    El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía...



    .... se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que «se integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ». Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse por vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis eclesial.
    Sacramentum Caritatis, 29



Por su parte, el Concilio de Trento condenó la tesis de que haya circunstancias que hagan imposible al hombre cumplir la ley de Dios

    Si alguno dijere que es imposible al hombre aun justificado y constituido en gracia, observar los mandamientos de Dios; sea excomulgado.
    Trento, Canon XVIII sobre la Justicicación



Y la Escritura asegura que Dios ayuda siempre a soportar la tentación:



    No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla.

    1ª Cor 10,13

La imagen de Jasna Gora tesoro preciado de los polacos

Hoy Polonia celebra la fiesta litúrgica de su santa Patron,  la Madre de Dios de Jasna Gora,  y lo hace dentro del año jubilar recordando el 200 aniversario de la Coronación de la imagen, que se celebrara el próximo mes de septiembre. Por tal motivo el gobierno polaco estableció el año 2017 como el Año del aniversario llamando a la imagen de la Madre de Dios “uno de los tesoros nacionales y religiosos mas importantes”. Aunque la imagen fue coronada por el rey Juan II Casimiro en 1652 su coronación canoníca fue realizada por Clemente XI el 8 de septiembre de 1717. Han seguido luego otras coronaciones realizadas por San Pio XI en 1910 y por San Juan Pablo II en el2005.
Aquí, copiado del sitio oficial de Jasna Gora, se puede leer una porción del texto donde se describe la imagen.

“El tesoro más precioso de Jasna Góra es la Pintura Milagrosa de la Madre de Dios. En el siglo XV Jasna Góra se convirtió en uno de los lugares Marianos más grandes a lo largo del país, que en ese período ya tenía varios sitios de peregrinación. Este hecho no puede explicarse tan solo por la influencia de la pareja Real Edviga y Ladisalao Jagiełło. La razón de la singularidad de este sitio debe ser más profunda, sin embargo, cabe señalar que durante toda el existencia del Santuario de Jasna Góra, no se ha informado de ninguna aparición Mariana, cosa frecuente en casi todos los santuarios más grandes mundialmente. El poder y y el misterio de Nuestra Señora de Jasna Góra que atrae cada vez más peregrinos, es Su Milagrosa Imagen. Sin ésta, Jasna Góra sería solamente una colección de edificios, recuerdos y obras de arte, un museo probablemente el más bonito y rico, sin embargo, inanimado.

La descripción más antigua de Nuestra Señora de Jasna Góra viene de la obra Liber Beneficiorum de Jan Długosz: "La pintura de María, la Virgen más Gloriosa y la más Dignificada Señora, Reina del Mundo y Reina de Polonia... hecha con el uso de una técnica extraña y rara... de la expresión facial más bonita que penetra a los espectadores con una piedad especial, como si la estuvieras mirando en vivo".

El icono fue pintado en un tablero de madera 81.5 x 121.7 centímetros. Muestra el rostro de la Virgen María de pie con el Niño Jesús en sus brazos. María mira al creyente, y la cara del Niño está vuelta hacia el peregrino, sin embargo su mirada parece estar en otra parte. Ambas caras contienen la misma expresión pensativa, retratando algún tipo de inexistencia y gravedad. La mejilla derecha de Santa María está marcada por dos cuchilladas paralelas, cortadas por una tercera a la línea de la nariz. Hay seis cuchilladas en el cuello, dos de las cuales se ven más claramente comparado con las otras cuatro. El Niño, vestido en una túnica de color escarlata reposa en el brazo izquierdo de María. En su mano izquierda sostiene un libro, mientras que su mano derecha está levantada en un gesto autoritario de maestro o gobernante, o simplemente en un movimiento de bendición. La mano derecha de Maria reposa en Su pecho, señalando a Jesús, el único Salvador del mundo. El vestido azul zafiro oscuro y el manto de la Virgen están embellecidos con azucenas doradas de Angevin. Arriba de la frente de Santa María se puede apreciar una estrella de seis puntas. La imagen de la Madre de Dios está pintada sobre un fondo azul-verde que pasa a los tonos de azul marino. Los elementos dominantes del icono son los nimbos dorados alrededor de las cabezas de María y Jesús, siendo símbolo y formar una composición, constituyen un detalle importante que contrasta con la tez morena de las de las figuras santas. Es por eso que la Madre de Dios de Jasna Góra es a veces llamada "La Madonna Negra".