Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

sábado, 22 de abril de 2017

Breve historia del inicio de la devoción a la Divina Misericordia (1 de 4)


El padre Michał Sopoćko pudo comprobar durante su permanencia en Byałistok (en tiempos de la guerra)  que la devoción a la Divina Misericordia ya se había extendido  como devoción privada y espontanea de los fieles,  aún sin contar con una confirmación de la Iglesia; si bien el Primado, Cardenal August Hlond, favorecía la causa. La prudencia entonces sugería no avanzar demasiado rápido sin una firme y autentica seguridad sobre la necesidad y los frutos de la devoción y sin una solida preparación de las bases teológicas para el culto.

En 1947 el Cardenal Primado publicó el tratado  del padre Sopocko sobre la Divina Misericordia De Misericordia Dei deque eiusdem festo instituendo, escrito durante la guerra en Vilnius. El mismo año el Episcopado polaco presentó ante la  Sede Apostólica en Roma una solicitud por la aprobación del culto. Aquel gesto animó al padre Sopoćko  en su vivo intento por defender la devoción,  estimulándolo en su acción. La difusión de la devoción  habría constituido también un importante apoyo en la petición presentada ante la Santa Sede.

En 1947 fue publicado otro trabajo del padre Sopoćko “Oh, fiesta del Misericordioso Salvador”. Con la ayuda de las hermanas de la Congregación Madre de Dios de la Misericordia  trató de difundir entre los fieles las oraciones a la Divina Misericordia. También le solicitó apoyo a sus penitentes, sus hijas espirituales en Vilnius, Jadwiga Osínska e Izabela Naborowska quienes,  ya durante la guerra,  habían expresado su voluntad de abrazar la vida religiosa, manifestadolo primero en privado y luego concretado,  una vez que las religiosas lograron recomprar algunas de sus propiedades en Mysliborz. Fue allí  donde iniciaron la vida en comunidad de la orden y  la fundación de la Congregación de las Siervas de la Misericordia Divina, manteniendo estrecho contacto con el padre Michal y comprometidas por la obra encarada ya iniciada con él en Vilnius.

A partir del otoño de 1947 el padre Sopoćko mantuvo contactos con Julian Chroscienchowski que vivía emigrado en Londres y que ya se había comprometido desde los tiempos de la guerra en la acción apostólica de la Divina Misericordia, desarrollada por la Congregación Mariana en América y en Occidente.  Chróściechowski mismo se unió mas tarde a la Congregación de los sacerdotes marianos, fortaleciendo así la propagación  de la devoción de la Divina Misericordia. Fue gracias a él, y con su participación, que fueron publicadas las traducciones en lenguas extranjeras de los trabajaos del padre Sopoćko  y luego distribuidas en Occidente.

Ya antes del año 1950, año del jubileo, Sopoćko trato de estimular a obispos y confesores para la celebración particularmente solemne de la veneración a la Divina Misericordia. A tal fin aparecieron en 1949 otros escritos suyos. Conozcamos a Dios en Su Misericordia,  Reflexiones sobre la Misericordia Divina a la luz de las letanías y Hora santa y novena por la Misericordia divina por el mundo.  Además el mismo se embarca en una recorrida por  todas las diócesis para hablar  sobre la Divina Misericordia  y impulsar su devoción.


(traducido de Il camino di santitá di Don Michele Sopocko de D. Henryk Ciereszko, Librería Editrice Vaticana, 2008 - original publicado en Cracovia en 2002 por Wydawnictwo WAM

viernes, 21 de abril de 2017

La Madre de Cristo resucitado

(imagen de Wikimedia)


“Regina caeli lactare, alleluia/ quia quem meruisti portare, alleluia/ resurrexit, sicut dixit, alleluia/ ora pro nobis Deum, alleluia”.
El período pascual nos permite dirigirnos a Ella con las palabras de purísima alegría, con que la saluda la Iglesia…
La Iglesia con su antífona pascual “Regina caeli”, habla a la Madre, a la que tuvo la fortuna de llevar en su seno, bajo su corazón, y después en sus brazos, al Hijo de Dios y Salvador nuestro. Lo acogió entre sus brazos, por última vez, cuando lo depusieron de la cruz, en el Calvario. Ante sus, lo envolvieron en la sábana fúnebre y lo llevaron al sepulcro. ¡Ante los ojos de la Madre! Y he aquí que al tercer día la tumba se encontró vacía. Pero Ella no fue la primera en comprobarlo. Antes fueron allí las “tres Marías”, y entre ellas particularmente María Magdalena, la pecadora convertida. Lo comprobaron poco después los Apóstoles, avisados por las mujeres. Y, aunque los Evangelios no nos dicen nada de la visita de la Madre de Cristo al lugar de su resurrección, sin embargo, todos nosotros pensamos que Ella debía hacerse presente allí de algún modo cuanto antes. Ella cuanto antes debía participar en el misterio de la resurrección, porque éste era el derecho de la Madre.
La liturgia de la Iglesia respeta este derecho de la Madre, cuando le dirige esta invitación particular a la alegría de la resurrección: Laetare! Resurrexit sicut dixit! E inmediatamente la misma antífona añade la súplica para su intercesión: Ora pro nobis Deum. La revelación del poder divino del Hijo mediante la resurrección, es al mismo tiempo revelación de la “omnipotencia suplicante” (omnipotentia suplex) de María en relación con este Hijo…..

La Iglesia de nuestro tiempo, mediante el Concilio Vaticano II, ha hecho una síntesis de todo lo que se había desarrollado durante las generaciones. El capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen gentium es, en cierto sentido, una “carta magna” de la mariología para nuestra época: María presente de modo particular en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia, María, “Madre de la Iglesia”, como comenzó a llamarla Pablo VI (en el Credo del Pueblo de Dios), dedicándole después un documento aparte (Marialis cultus).

martes, 18 de abril de 2017

“Este es el día que hizo el Señor”

«Tomás el incrédulo», obra del pintor Mathias Stomer (1590–1656). Museo del Prado, Madrid 

“Este es el día que hizo el Señor”
“Todos estos días, entre el Domingo de Pascua y el segundo domingo después de Pascua, in albis, constituyen en cierto sentido el único día. La liturgia se concentra sobre un acontecimiento, sobre el único misterio. “Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16, 6) Cumplió la Pascua. Reveló el significado del Paso. Confirmó la verdad de sus palabras. Dijo la última palabra de su mensaje: mensaje de la Buena Nueva, del Evangelio. Dios mismo que es Padre, esto es, Dador de la Vida, Dios mismo no quiere la muerte (cf. Ez 18, 23. 32), y “creó todas las cosas para la existencia” (Sab 1, 14), ha manifestado hasta el fondo, en Él y por Él, su amor. El amor quiere decir vida.
Su resurrección es el testimonio definitivo de la Vida, esto es, del Amor.
“La muerte y la vida entablaron singular batalla. El Señor de la vida, muerto, reina vivo” (Secuencia).
“Este es el día que hizo el Señor” (Sal 117 [118], 24): “más sublime que todos, más luminoso que los demás, en el que el Señor resucitó, en el que conquistó para Sí un pueblo nuevo... mediante el espíritu de regeneración, en el que ha llenado de gozo y exultación las almas de todos” (San Agustín, Sermo 168, in Pascha X, 1; PL 39, 2070).
Este único día corresponde, en cierto modo, a todos los siete días de que habla el libro del Génesis, y que eran los días de la creación (cf. Gén 1-2). Por esto los celebramos todos en este único día. En estos días, durante la octava, celebramos el misterio de la nueva creación. Este misterio se expresa en la persona de Cristo resucitado. El mismo es ya este misterio y constituye para nosotros su anuncio, la invitación a él. La levadura. En virtud de esta invitación y de esta levadura somos todos en Jesucristo la “nueva creatura”.
“Así, pues, festejémosla, no con la vieja levadura..., sino con los ácimos de la pureza y la verdad” (1 Cor 5, 8).

sábado, 15 de abril de 2017

“ Resucitó al tercer día, según las Escrituras”.


“Es un dogma de la fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado históricamente. Trataremos de investigar “con las rodillas de la mente inclinadas” el misterio enunciado por el dogma y encerrado en el acontecimiento, comenzando con el examen de los textos bíblicos que lo atestiguan.

El primero y más antiguo testimonio escrito sobre la resurrección de Cristo se encuentra en la primera Carta de San Pablo a los Corintios. En ella el Apóstol recuerda a los destinatarios de la Carta (hacia la Pascua del año 57 d. C.): “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo” (1 Co 15, 3-8).

Como se ve, el Apóstol habla aquí de la tradición viva de la resurrección, de la que él había tenido conocimiento tras su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18). Durante su viaje a Jerusalén se encontró con el Apóstol Pedro, y también con Santiago, como lo precisa la Carta a los Gálatas (1, 18 s.), que ahora ha citado como los dos principales testigos de Cristo resucitado.
Debe también notarse que, en el texto citado, San Pablo no habla sólo de la resurrección ocurrida el tercer día “según las Escrituras” (referencia bíblica que toca ya la dimensión teológica del hecho), sino que al mismo tiempo recurre a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente. Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad de creyentes, expresada por Pablo en la Carta a los Corintios, se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían todavía entre ellos. Estos “testigos de la resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22), son ante todo los Doce Apóstoles, pero no sólo ellos: Pablo habla de la aparición de Jesús incluso a más de quinientas personas a la vez, además de las apariciones a Pedro, a Santiago y a los Apóstoles.”


viernes, 10 de marzo de 2017

«¿Qué has hecho de tu hermano?»



“El fenómeno de las migraciones, con su compleja problemática, interpela, hoy más que nunca, a la comunidad internacional y a todos y cada uno de los Estados. Éstos, por lo general tienden a intervenir mediante el endurecimiento de las leyes sobre los emigrantes y el fortalecimiento de los sistemas de control de las fronteras, y las migraciones pierden así la dimensión de desarrollo económico, social y cultural que poseen históricamente. En efecto, se habla cada vez menos de la situación de emigrantes en los países de procedencia, y cada vez más de inmigrantes, haciendo referencia a los problemas que crean en los países en los que se establecen.
La emigración va tomando características de emergencia social, sobre todo por el aumento de los emigrantes irregulares, aumento que, a pesar de las restricciones en curso, resulta inevitable. La inmigración irregular ha existido siempre y a menudo ha sido tolerada porque favorece una reserva de personal, con el que se puede contar en la medida en que los emigrantes regulares suben en la escala social y se insertan de modo estable en el mundo del trabajo.
[…]
Es preciso prevenir la inmigración ilegal, pero también combatir con energía las iniciativas criminales que explotan la expatriación de los clandestinos. La opción más adecuada, destinada a dar frutos consistentes y duraderos a largo plazo, es la de la cooperación internacional, que tiende a promover la estabilidad política y a superar el subdesarrollo. El actual desequilibrio económico y social, que alimenta en gran medida las corrientes migratorias, no ha de verse como una fatalidad, sino como un desafío al sentido de responsabilidad del género humano.
[…]
Para la solución del problema de las migraciones en general, o de los emigrantes irregulares en particular desempeña un papel relevante la actitud de la sociedad a la que llegan. En esta perspectiva es muy importante que la opinión pública esté bien informada sobre la condición real en que se encuentra el país de origen de los emigrantes, los dramas que viven y los riesgos que correrían si volvieran. La miseria y la desdicha que les afectan son un motivo más para salir generosamente al encuentro de los inmigrantes.
Es necesario vigilar ante la aparición de formas de neorracismo o de comportamiento xenófobo, que pretenden hacer de esos hermanos nuestros chivos expiatorios de situaciones locales difíciles.
[…]
En la Iglesia nadie es extranjero, y la Iglesia no es extranjera para ningún hombre y en ningún lugar. Como sacramento de unidad y, por tanto, como signo y fuerza de agregación de todo el género humano, la Iglesia es el lugar donde también los emigrantes ilegales son reconocidos y acogidos como hermanos. Corresponde a las diversas diócesis movilizarse para que esas personas, obligadas a vivir fuera de la red de protección de la sociedad civil, encuentren un sentido de fraternidad en la comunidad cristiana.
La solidaridad es asunción de responsabilidad ante quien se halla en dificultad. Para el cristiano el emigrante no es simplemente alguien a quien hay que respetar según las normas establecidas por la ley, sino una persona cuya presencia lo interpela y cuyas necesidades se transforman en un compromiso para su responsabilidad. «¿Qué has hecho de tu hermano?» (cf. Gn 4, 9). La respuesta no hay que darla dentro de los límites impuestos por la ley, sino según el estilo de la solidaridad.
[…]
«Era forastero, y me acogisteis» (Mt 25, 35). Es tarea de la Iglesia no sólo volver a proponer ininterrumpidamente esta enseñanza de fe del Señor, sino también indicar su aplicación apropiada a las diversas situaciones que sigue creando el cambio de los tiempos. Hoy el emigrante irregular se nos presenta como ese forastero en quien Jesús pide ser reconocido. Acogerlo y ser solidario con él es un deber de hospitalidad y fidelidad a la propia identidad de cristianos.”

miércoles, 8 de marzo de 2017

Nowa Huta – Seguimos descubriendo….


La lucha por construir la iglesia de Nowa Huta fue uno de los grandes choques  entre la Iglesia católica y los comunistas de la Polonia de la post guerra. De todos los conflictos entre la Iglesia y los comunistas en los cuales intervenía Karol Wojtyla, esta historia expresa cabalmente como fue creciendo el hasta convertirse en un líder político. Es una preciosa historia polifacética, construida a lo largo de veinte años, combinando todos los elementos del propio viaje político de Wojtyla –   dramático, gradual y sorprendente.  Finalmente esta historia es la revelación del hombre, del sacerdote, del líder emergente que comprendió la importancia de la tenacidad y el compromiso, y también de un gran comunicador quien entendió a la perfección tanto simbolismo como oportunidad. 
Nowa Huta, ciudad flamante,  nueva, construida por los comunistas a principios de los 50’ en los alrededores de Cracovia. La ciudad estaba dentro del radio apostólico de Wojtyla.  Proyectada para ser el paraíso de los trabajadores,  construida en base a los principios comunistas que aspiraba a ser un abierto reproche a la espiritualmente “decadente” fascinación de Cracovia. El régimen asumía que los trabajadores serian naturalmente ateos, de manera que la ciudad no necesitaría una iglesia.  Muy pronto la gente misma dio a entender  claramente que querían una.  Wojtyla comunicó estos deseos a las autoridades pero se encontró  con la negativa del régimen.

El conflicto fue en aumento hasta convertirse en un fuerte símbolo de la oposición entre la iglesia católica y el estado comunista.  Un conflicto dentro del mundo de los trabajadores, que supuestamente estaban más allá de la religión –  trabajadores de carne y hueso que cantaban himnos polacos que comenzaban con “Queremos a Dios”.  Finalmente el partido comunista, si bien de malas ganas,  otorgo el permiso en 1958, permiso que luego retiró en 1962.

Pasaron algunos años hasta que Karol Wojtyla, conjuntamente con otros sacerdotes – especialmente el padre Gorlaney – se reuniera con autoridades y continuara llenando formularios  y formularios solicitando nuevos permisos para la construcción.  Mientras tanto se fueron levantando cruces, una tras otra,  en el lugar elegido para la construcción de la iglesia, cruces que eran derribadas  sistemáticamente para que durante la noche misteriorsamente aparecieran nuevas días o semanas después.   Mientras tanto el Obispo Wojtyla y otros sacerdotes  continuaban con sus sermones al aire libre en campo campo abierto, en verano y en invierno, bajo un sol rajante o lluvias heladas y nevadas. Año tras año el Obispo Wojtyla celebraba la Misa de Nochebuena en el lugar donde se suponía debía construirse la iglesia. Pacíficamente alineados miles de fieles recibían la comunión,  pero la tensión fue aumentando hasta transformarse en violencia cuando las autoridades comunistas  mandaron una topadora para tirar abajo la cruz.  Lucjan Motyka se levanto de su lecho en el hospital para ser vivado por los manifestantes.   Motyka estaba convencido que fueron las palabras pacificadoras de Wojtyla que evitaron una confrontación potencialmente muy peligrosa.

Para entonces los comunistas, los líderes locales, residentes y la iglesia católica ya habían establecido sus inamovibles condiciones. El compromiso comunista de otorgar un permiso para construir una iglesia fuera de la ciudad fue rechazado –hasta que Karol Wojtyla, el realista, el negociador, zanjo el callejón sin salida  persuadiendo a todos que la existencia de la iglesia trascendía toda otra consideración. El tiempo estaba trazado.  En mayo de 1977, un año antes que se convirtiera en Papa, Karol Wojtyla consagró la iglesia de Nowa Huta.  El mayor orgullo – y fue un símbolo que Karol Wojtyla ayudo a hacer realidad – es la Crucifixión gigante que se levanta sobre el nuevo altar. Hecha de pedazos de hierro extraídos de las heridas de los soldados polacos, recolectados y enviados desde todos los puntos del país para hacer la escultura de la nueva iglesia.”


viernes, 3 de marzo de 2017

Cuaresma tiempo de conversión


“La Iglesia comienza la Cuaresma. Como todos los años, entramos en este período comenzando por el miércoles de ceniza, para prepararnos durante 40 días al triduo sagrado de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. La Cuaresma se relaciona también con aquel ayuno de 40 días que constituyó en la vida terrestre de Cristo la introducción a la revelación de su misión de Mesías y Redentor. La Iglesia durante la Cuaresma desea animarse a sí misma acogiendo con interés especial la misión de su Señor y Maestro en todo su valor salvífico. Por eso escucha con la máxima atención las palabras de Cristo, que anuncia inmutablemente el Reino de Dios, independientemente del desarrollo de las vicisitudes temporales en los diversos campos de la vida humana. Y su última palabra es la cruz sobre el monte Calvario: esto es, el sacrificio ofrecido por su amor para reconciliar al hombre con Dios. .

En el tiempo de Cuaresma todos debemos mirar a la cruz con especial atención para comprender de nuevo su elocuencia. No podemos ver en ella solamente un recuerdo de los acontecimientos ocurridos hace casi dos mil años. Debemos comprender la enseñanza de la cruz tal como habla a nuestro tiempo, al hombre de hoy: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Heb 13, 8).


En la cruz de Jesucristo se expresa una viva llamada a la metánoia, a la conversión: «Arrepentíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Y debemos aceptar esta llamada como dirigida a cada uno de nosotros y a todos, de manera particular con ocasión del período de la Cuaresma. Vivir la Cuaresma significa convertirse a Dios mediante  Jesucristo” 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Juan Pablo II: Pecado Mortal y venial


“ Pero he aquí, en el misterio del pecado, una nueva dimensión sobre la que la mente del hombre jamás ha dejado de meditar: la de su gravedad. Es una cuestión inevitable, a la que la conciencia cristiana nunca ha renunciado a dar una respuesta: ¿por qué y en qué medida el pecado es grave en la ofensa que hace a Dios y en su repercusión sobre el hombre? La Iglesia tiene su doctrina al respecto, y la reafirma en sus elementos esenciales, aun sabiendo que no es siempre fácil, en las situaciones concretas, deslindar netamente los confines.
Ya en el Antiguo Testamento, para no pocos pecados —los cometidos con deliberación[75], las diversas formas de impudicicia[76], idolatría[77], culto a los falsos dioses[78] — se declaraba que el reo debía ser «eliminado de su pueblo», lo que podía también significar ser condenado a muerte[79]. A estos pecados se contraponían otros, sobre todo los cometidos por ignorancia, que eran perdonados mediante un sacrificio[80].
Refiriéndose también a estos textos, la Iglesia, desde hace siglos, constantemente habla de pecado mortal y de pecado venial. Pero esta distinción y estos términos se esclarecen sobre todo en el Nuevo Testamento, donde se encuentran muchos textos que enumeran y reprueban con expresiones duras los pecados particularmente merecedores de condena[81], además de la ratificación del Decálogo hecha por el mismo Jesús[82]. Quiero referirme aqui de modo especial a dos páginas significativas e impresionantes.
San Juan, en un texto de su primera Carta, habla de un pecado que conduce a la muerte (pròs thánaton) en contraposición a un pecado que no conduce a la muerte (mè pròs thánaton)[83].(83) Obviamente, aquí el concepto de muerte es espiritual: se trata de la pérdida de la verdadera vida o «vida eterna», que para Juan es el conocimiento del Padre y del Hijo[84], la comunión y la intimidad entre ellos. El pecado que conduce a la muerte parece ser en este texto la negación del Hijo[85], o el culto a las falsas divinidades[86]. De cualquier modo con esta distinción de conceptos, Juan parece querer acentuar la incalculable gravedad de lo que es la esencia del pecado, el rechazo de Dios, que se realiza sobre todo en la apostasía y en la idolatría, o sea en repudiar la fe en la verdad revelada y en equiparar con Dios ciertas realidades creadas, elevándolas al nivel de ídolos o falsos dioses[87]. Pero el Apóstol en esa página intenta también poner en claro la certeza que recibe el cristiano por el hecho de ser «nacido de Dios» y por la venida del Hijo: existe en él una fuerza que lo preserva de la caída del pecado; Dios lo custodia, «el Maligno no lo toca». Porque si peca por debilidad o ignorancia, existe en él la esperanza de la remisión, gracias también a la ayuda que le proviene de la oración común de los hermanos.
En otro texto del Nuevo Testamento, en el Evangelio de Mateo[88], el mismo Jesús habla de una «blasfemia contra el Espíritu Santo», la cual es «irremisible», ya que ella es, en sus manifestaciones, un rechazo obstinado de conversión al amor del Padre de las misericordias.
Es claro que se trata de expresiones extremas y radicales del rechazo de Dios y de su gracia y, por consiguiente, de la oposición al principio mismo de la salvación[89], por las que el hombre parece cerrarse voluntariamente la vía de la remisión. Es de esperar que pocos quieran obstinarse hasta el final en esta actitud de rebelión o, incluso, de desafío contra Dios, el cual, por otro lado, en su amor misericordioso es más fuerte que nuestro corazón —como nos enseña también San Juan[90] — y puede vencer todas nuestras resistencias psicológicas y espirituales, de manera que —como escribe Santo Tomás de Aquino— «no hay que desesperar de la salvación de nadie en esta vida, considerada la omnipotencia y la misericordia de Dios»[91].
Pero ante el problema del encuentro de una voluntad rebelde con Dios, infinitamente justo, no se puede dejar de abrigar saludables sentimientos de «temor y temblor», como sugiere San Pablo[92]; mientras la advertencia de Jesús sobre el pecado que no es «remisible» confirma la existencia de culpas, que pueden ocasionar al pecador «la muerte eterna» como pena.
A la luz de estos y otros textos de la Sagrada Escritura, los doctores y los teólogos, los maestros de la vida espiritual y los pastores han distinguido los pecados en mortales y veniales. San Agustín, entre otros, habla de letalia o mortifera crimina, oponiéndolos a venialia, levia o quotidiana[93] El significado que él atribuye a estos calificativos influirá en el Magisterio posterior de la Iglesia. Después de él, será Santo Tomás de Aquino el que formulará en los términos más claros posibles la doctrina que se ha hecho constante en la Iglesia.
Al definir y distinguir los pecados mortales y veniales, no podría ser ajena a Santo Tomás y a la teología sobre el pecado, que se basa en su enseñanza, la referencia bíblica y, por consiguiente, el concepto de muerte espiritual. Según el Doctor Angélico, para vivir espiritualmente, el hombre debe permanecer en comunión con el supremo principio de la vida, que es Dios, en cuanto es el fin último de todo su ser y obrar. Ahora bien, el pecado es un desorden perpetrado por el hombre contra ese principio vital. Y cuando «por medio del pecado, el alma comete una acción desordenada que llega hasta la separación del fin último —Dios— al que está unida por la caridad, entonces se da el pecado mortal; por el contrario, cada vez que la acción desordenada permanece en los límites de la separación de Dios, entonces el pecado es venial»[94]. Por esta razón, el pecado venial no priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por lo tanto, de la bienaventuranza eterna, mientras que tal privación es precisamente consecuencia del pecado mortal.
Considerando además el pecado bajo el aspecto de la pena que incluye, Santo Tomás con otros doctores llama mortal al pecado que, si no ha sido perdonado, conlleva una pena eterna; es venial el pecado que merece una simple pena temporal (o sea parcial y expiable en la tierra o en el purgatorio).
Si se mira además a la materia del pecado, entonces las ideas de muerte, de ruptura radical con Dios, sumo bien, de desviación del camino que lleva a Dios o de interrupción del camino hacia Él (modos todos ellos de definir el pecado mortal) se unen con la idea de gravedad del contenido objetivo; por esto, el pecado grave se identifica prácticamente, en la doctrina y en la acción pastoral de la Iglesia, con el pecado mortal.
Recogemos aquí el núcleo de la enseñanza tradicional de la Iglesia, reafirmada con frecuencia y con vigor durante el reciente Sínodo. En efecto, éste no sólo ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado por el Concilio de Trento sobre la existencia y la naturaleza de los pecados mortales y veniales[95], sino que ha querido recordar que es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Es un deber añadir —como se ha hecho también en el Sínodo— que algunos pecados, por razón de su materia, son intrínsecamente graves y mortales. Es decir, existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave[96].
Esta doctrina basada en el Decálogo y en la predicación del Antiguo Testamento, recogida en el Kérigma de los Apóstoles y perteneciente a la más antigua enseñanza de la Iglesia que la repite hasta hoy, tiene una precisa confirmación en la experiencia humana de todos los tiempos. El hombre sabe bien, por experiencia, que en el camino de fe y justicia que lo lleva al conocimiento y al amor de Dios en esta vida y hacia la perfecta unión con él en la eternidad, puede detenerse o distanciarse, sin por ello abandonar la vida de Dios; en este caso se da el pecado venial, que, sin embargo, no deberá ser atenuado como si automáticamente se convirtiera en algo secundario o en un «pecado de poca importancia».
Pero el hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él (aversio a Deo), rechazando la comunión de amor con Él, separándose del principio de vida que es Él, y eligiendo, por lo tanto, la muerte.
Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los pecados de idolatría, apostasía y ateísmo; o de modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave. El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción.
Durante la asamblea sinodal algunos Padres propusieron una triple distinción de los pecados, que podrían clasificarse en veniales, graves y mortales. Esta triple distinción podría poner de relieve el hecho de que existe una gradación en los pecados graves. Pero queda siempre firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia.
Del mismo modo se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de «opción fundamental» —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental puede pues ser radicalmente modificada por actos particulares. Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a la constitución de una categoría teológica, como es concretamente la «opción fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal.

Si bien es de apreciar todo intento sincero y prudente de clarificar el misterio psicológico y teológico del pecado, la Iglesia, sin embargo, tiene el deber de recordar a todos los estudiosos de esta materia, por un lado, la necesidad de ser fieles a la Palabra de Dios que nos instruye también sobre el pecado; y, por el otro, el riesgo que se corre de contribuir a atenuar más aún, en el mundo contemporáneo, el sentido del pecado.”

sábado, 18 de febrero de 2017

Juan Pablo II : Las diferentes facetas del pecado social

(The burghers of Calais - Auguste Rodin - Victoria Tower Gardens, Londres)

 Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que «toda alma que se eleva, eleva al mundo»[72]. A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana. Según esta primera acepción, se puede atribuir indiscutiblemente a cada pecado el carácter de pecado social.


Algunos pecados, sin embargo, constituyen, por su mismo objeto, una agresión directa contra el prójimo y —más exactamente según el lenguaje evangélico— contra el hermano. Son una ofensa a Dios, porque ofenden al prójimo. A estos pecados se suele dar el nombre de sociales, y ésta es la segunda acepción de la palabra. En este sentido es social el pecado contra el amor del prójimo, que viene a ser mucho más grave en la ley de Cristo porque está en juego el segundo mandamiento que es «semejante al primero»[73]. Es igualmente social todo pecado cometido contra la justicia en las relaciones tanto interpersonales como en las de la persona con la sociedad, y aun de la comunidad con la persona. Es social todo pecado cometido contra los derechos de la persona humana, comenzando por el derecho a la vida, sin excluir la del que está por nacer, o contra la integridad física de alguno; todo pecado contra la libertad ajena, especialmente contra la suprema libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y sus exigencias, dentro del amplio panorama de los derechos y deberes de los ciudadanos. Puede ser social el pecado de obra u omisión por parte de dirigentes políticos, económicos y sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan con sabiduría en el mejoramiento o en la transformación de la sociedad según las exigencias y las posibilidades del momento histórico; así como por parte de trabajadores que no cumplen con sus deberes de presencia y colaboración, para que las fábricas puedan seguir dando bienestar a ellos mismos, a sus familias y a toda la sociedad.

La tercera acepción de pecado social se refiere a las relaciones entre las distintas comunidades humanas. Estas relaciones no están siempre en sintonía con el designio de Dios, que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre los individuos, los grupos y los pueblos. Así la lucha de clases, cualquiera que sea su responsable y, a veces, quien la erige en sistema, es un mal social. Así la contraposición obstinada de los bloques de Naciones y de una Nación contra la otra, de unos grupos contra otros dentro de la misma Nación, es también un mal social. En ambos casos, puede uno preguntarse si se puede atribuir a alguien la responsabilidad moral de estos males y, por lo tanto, el pecado. Ahora bien, se debe pues admitir que realidades y situaciones, como las señaladas, en su modo de generalizarse y hasta agigantarse como hechos sociales, se convierten casi siempre en anónimas, así como son complejas y no siempre identificables sus causas. Por consiguiente, si se habla de pecado social, aquí la expresión tiene un significado evidentemente analógico.
En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en sentido analógico, no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a las conciencias de todos para que cada uno tome su responsabilidad, con el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas realidades y situaciones intolerables.

Dado por sentado todo esto en el modo más claro e inequívoco hay que añadir inmediatamente que no es legítimo ni aceptable un significado de pecado social, —por muy usual que sea hoy en algunos ambientes[74],— que al oponer, no sin ambigüedad, pecado social y pecado personal, lleva más o menos inconscientemente a difuminar y casi a borrar lo personal, para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales. Según este significado, que revela fácilmente su derivación de ideologías y sistemas no cristianos —tal vez abandonados hoy por aquellos mismos que han sido sus paladines—, prácticamente todo pecado sería social, en el sentido de ser imputable no tanto a la conciencia moral de una persona, cuanto a una vaga entidad y colectividad anónima, que podría ser la situación, el sistema, la sociedad, las estructuras, la institución.

Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Se trata de pecados muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas.

Una situación —como una institución, una estructura, una sociedad— no es, de suyo, sujeto de actos morales; por lo tanto, no puede ser buena o mala en sí misma.
En el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal situación puede cambiar en sus aspectos estructurales e institucionales por la fuerza de la ley o —como por desgracia sucede muy a menudo,— por la ley de la fuerza, en realidad el cambio se demuestra incompleto, de poca duración y, en definitiva, vano e ineficaz, por no decir contraproducente, si no se convierten las personas directa o indirectamente responsables de tal situación.”

miércoles, 15 de febrero de 2017

Rocco Buttiglione: “Respondería así a las dudas sobre ‘Amoris laetitia’”


El filósofo, profundo conocedor del magisterio de san Juan Pablo II, propone una respuesta personal a las «dubia» planteadas públicamente por cuatro cardenales sobre la interpretación del documento post-sinodal de Francisco en relación con los sacramentos para los divorciados que se han vuelto a casar
La discusión sobre «Amoris laetitia» continúa y se enriquece ahora con la contribución de cuatro eminentes cardenales, Walter Brandmüller, Raymond L. Burke, Carlo Caffarra y Joachim Meisner, que proponen juntos cinco cuestiones de gran importancia.

Le enviaron una carta al Santo Padre, quien no ha considerado oportuno responderles (creo con razón), y han interpretado el silencio del Papa como «una invitación a continuar la reflexión y la discusión, sosegada y respetuosa». Justamente por esta razón y con este mismo espíritu me atrevo, como pobre laico, a contribuir con la reflexión y la discusión. Añado a esta reflexión la experiencia de un esposo y padre de familia que ha leído su santo Tomás y que frecuenta asiduamente el confesionario, obviamente en calidad de penitente.

La primera de las cuestiones que plantean los eminentes cardenales es si es lícito, en algunos casos, dar la absolución a personas que, a pesar de estar vinculadas por un matrimonio anterior, convivan “more uxorio” y tengan relaciones sexuales entre sí. Me parece que, a la luz de la «Amoris laetitia», pero también de los principios generales de la teología moral, la respuesta debería ser positiva. Hay que distinguir claramente entre el acto, que es materia grave de pecado, y el agente, que puede encontrarse en condiciones que limiten su responsabilidad por el acto o, en algunos casos particulares, puedan incluso anularla. Imaginemos el caso de una mujer que viva en condiciones de absoluta dependencia económica y psicológica a la que se impongan relaciones sexuales contra su voluntad. Desgraciadamente no es un caso de escuela, sino una amarga realidad que sucede con mayor frecuencia de lo que se piense. Aquí faltan las condiciones subjetivas del pecado (plena advertencia y deliberado consenso). El acto sigue siendo malo, pero no pertenece (o no completamente) a la persona. En el derecho penal se diría que aquí no estamos dentro de la teoría del delito (si el acto es bueno o malo), sino de la teoría de la imputabilidad y de las atenuantes subjetivas.

Esto no implica que personas no casadas puedan legítimamente consumar actos sexuales .Los actos son ilegítimos. Las personas (en algunos casos) pueden incurrir en un pecado no mortal sino venial por la falta de la plena advertencia y del consenso deliberado. Pero, se podría objetar, ¿para recibir la absolución no es necesario el propósito de dejar de pecar? Claro que es necesario. El penitente debe tener el deseo de salir de su situación irregular y comprometerse a cumplir actos que le permitan salir de ella efectivamente. Pero es posible que no sea capaz de llevar a cabo este distanciamiento y volver a conquistar la propia soberanía sobre sí mismo inmediatamente. Aquí es importante el concepto de “situación de pecado”, ilustrado por Juan Pablo II. No se puede prometer creíblemente que ya no se cometerá cierto pecado si se vive en una situación que expone a la tentación irresistible de cometerlo. Habría que comprometerse, con tal de mantener el propio propósito, a salir de la situación de pecado.

(leer completo en La Stampa - español) 

jueves, 9 de febrero de 2017

«‘Amoris laetitia’ da un paso hacia la dirección que indicó Wojtyla»

andrea Tornielli
CIUDAD DEL VATICANO


Entrevista con el filósofo Rocco Buttiglione, gran conocedor del magisterio de San Juan Pablo II: «La perspectiva de Francisco es perfectamente tradicional. La novedad consiste en aplicar también al pecado cometido por los divorciados que se han vuelto a casar los posibles atenuantes previstos para todos los demás pecados tal y como aparecen citados en el Catecismo de san Pío X»

«‘Amoris laetitia’ implica riesgos pastorales. Algunos podrán decir que la consideran una decisión pastoral equivocada, pero, por favor, dejemos los tonos apocalípticos y no digamos que se está poniendo en discusión la doctrina sobre la indisolubilidad cuando nos encontramos frente a una decisión pastoral que tiene que ver con la disciplina de los sacramentos y que forma parte de un recorrido cuyas premisas fueron sentadas por Juan Pablo II». El profesor Rocco Buttiglione, filósofo, estudioso y gran conocedor del magisterio de Papa Wojtyla, quedó sorprendido por algunas de las críticas expresadas contra la exhortación post-sinodal de Francisco. Vatican Insider lo entrevistó.

¿Qué le parece en conjunto la exhortación ‘Amoris laetitia’?

Me parece un gran intento para decir la palabra de la fe en el contexto del mundo de hoy. Que era también la gran preocupación de Juan Pablo II: el hombre concreto, el hombre existente, el hombre de la realidad, no el que describen los libros o el que quisiéramos que fuera.

¿Qué relación hay entre este documento de Francisco y el magisterio de Papa Wojtyla?

Hace tiempo, la Iglesia excomulgaba a los divorciados que se han vuelto a casar. Lo hacía por una justa preocupación: no escandalizar o no poner en discusión la indisolubilidad del matrimonio. Pero entonces vivíamos en una cristiandad compacta. Se podía suponer que todos sabían qué era el matrimonio, un sacramento en el que los esposos se vuelven garantes recíprocamente del amor de Dios, por lo que si te abandono, de alguna manera, es como si Dios te abandonara. Juan Pablo II dijo que no pueden ser excomulgados los divorciados que se han vuelto a casar, recordando que existen factores objetivos y subjetivos en cualquier pecado. Hay personas que pueden hacer algo equivocado, un mal, pero sin ser completamente responsables. Y entonces Papa Wojtyla abrió, invitando a los divorciados a entrar en la Iglesia, acogiéndolos, bautizando a sus hijos, reintegrándolos en la comunidad cristiana. Pero sin volver a admitirlos a la comunión —es el punto 84 de la ‘Familiaris consortio’—, a menos que no volvieran con el cónyuge legítimo, que se separaran del nuevo cónyuge o que vivieran la segunda unión como hermano y hermana, es decir absteniéndose de las relaciones sexuales.

¿Y qué es lo que ahora propone ‘Amoris laetitia’?

Francisco da un paso más en esta dirección. No dice que los divorciados que se han vuelto a casar pueden recibir o pretender la comunión, ¡viva! ¡No! El divorcio es pésimo y no puede haber actos sexuales fuera del matrimonio. Esta enseñanza moral no ha cambiado. El Papa dice que ahora los divorciados que se han vuelto a casar pueden ir a confesarse, comenzar un recorrido de discernimiento con el sacerdote. Y, como en cualquier confesión, con cada pecado, el sacerdote debe sopesar si existen todas las condiciones para que un pecado sea considerado pecado mortal. A mis colegas que han dicho palabras fuertes contra ‘Amoris laetitia’, quisiera recordarles que san Pío X —que no era propiamente un Papa modernista— en su Catecismo recordaba que el pecado mortal exige la materia grave, pero también la plena advertencia y el consenso deliberado, es decir la plena libertad para asumir completamente la responsabilidad de lo que he hecho.

(leer completo en La Stampa español)

jueves, 2 de febrero de 2017

«Arka Pana» El Arca del Señor - la iglesia de la Madre de Dios, Reina de Polonia - Esteban Fernandez–Cobián

«Arka Pana»: la iglesia de la Madre de Dios, Reina de Polonia
Wojciech Pietrzyk y Jan Grabacki, Nowa Huta (Polonia), 1967/77

«La construcción de iglesias nuevas en Polonia representa una silenciosa epopeya que algún día será necesario historiar para que conozcamos los cristianos de Occidente el nivel de valentía y tenacidad alcanzado por nuestros hermanos polacos» (José María Javierre Ortas, «Nowa Huta, el hermoso templo del cardenal Wojtyla», ARA, 58 (1978), pág. 105).

1. NOWA HUTA


Durante los primeros años de la ocupación soviética de Polonia, las autoridades comunistas decidieron construir una nueva ciudad industrial en el cinturón metropolitano de Cracovia. Se trataba de erigir la ciudad socialista perfecta, planificada como oficialmente atea: sería «la ciudad sin Dios». La actuación tenía un profundo significado: se trataba de humillar a Cracovia, y por lo tanto, a Polonia entera. Porque Cracovia era la capital histórica, culta y refinada, universitaria y religiosa donde, entre otras cosas, se encontraban los panteones de los Reyes y de los hombre ilustres de Polonia; la ciudad monumental que se había salvado de la destrucción en numerosas ocasiones gracias a la tutela que había ejercido sobre ella el Imperio Austrohúngaro tras el reparto de 1795. En Nowa Huta (que significa «Nueva Siderurgia»), se construyeron los altos hornos más importantes del país, donde llegaron a trabajar cuarenta mil obreros procedentes de todos los rincones de Polonia.

Tadeusz Ptaszycki coordinó el equipo de arquitectos que realizó las construcciones más significativas. Para la ideología del social-realismo soviético, el arte debía ser nacional en su forma y socialista en su contenido; por eso, como después de la guerra sólo se había conservado la Cracovia renacentista, se tomó el Renacimiento como estilo nacional polaco, y de esta forma se decidió edificar Nowa Huta. Las obras comenzaron el 23 de junio de 1949.

Pero no todo se pudo realizar como el «establishment» soviético pretendía. En 1960 comenzaron las manifestaciones de ciudadanos que demandaban la construcción de una iglesia para la ciudad; hubo muertos y heridos. ¿Qué estaba ocurriendo?



2. LA DEFENSA DE LA CRUZ

De todos los estados satélites de la antigua URSS, Polonia fue el único que pudo conservar una cierta continuidad en la arquitectura religiosa; no obstante, los proyectos de edificación tuvieron que superar innumerables obstáculos, y muchos sacerdotes pagaron con su vida la osadía de desafiar al sistema. La iglesia de Nowa Huta —el Arca del Señor o «Arka Pana», como se la denominaría popularmente— se convirtió en todo un símbolo de la resistencia de la llamada «Iglesia del silencio» contra la imposición del ateísmo marxista. Sus promotores fueron dos: Karol Wojtyla, que entonces era obispo de Cracovia y que luego accedería al papado con el nombre de Juan Pablo II, y Jozef Gorzelany, que en 1965 sería nombrado párroco de la ciudad.


Como ha señalado el cardenal Giovanni Battista Re en la presentación del libro «¡Levantáos! ¡Vamos!», un rasgo que caracterizó a Karol Wojtyla durante toda su vida fue la valentía; una valentía que le llevó a afrontar sin temores las situaciones más difíciles, haciéndolo por Dios y por el bien de los hombres. Y precisamente, uno de los episodios más significativos de su coraje fue éste. El padre Werenfried van Straaten, que a través de la organización «Ayuda a la Iglesia que Sufre» recaudaba medios para realizar lugares de culto en la Europa del éste, consideraba la construcción de esta iglesia —«un arca en medio del Mar Rojo», como le gustaba decir— como «una de las actividades más arriesgadas que jamás se han llevado a cabo en un país comunista» (Cf. www.ain-es.org [20 de junio de 2005]).

El propio Juan Pablo II relataba años más tarde: «El conflicto comenzó en un gran barrio residencial, en Bienczyce. Inicialmente, después de las primeras solicitudes, las autoridades comunistas concedieron permiso para construir la iglesia y asignaron también el terreno. La gente puso inmediatamente en él una cruz. Sin embargo, el permiso acordado en tiempos del arzobispo Baziak fue retirado y las autoridades decidieron que se quitara la cruz. La gente se opuso inmediatamente. Siguió incluso un enfrentamiento con la policía, con víctimas y heridos. El alcalde de la ciudad pedía que se ‘calmara a la gente’. Este fue uno de los primeros episodios de una larga batalla por la libertad y la dignidad de aquella población, que el destino había llevado a la parte nueva de Cracovia» («¡Levantáos! ¡Vamos!», Plaza y Janés, Barcelona, 2004, pág. 77-78).
En efecto, como obispo auxiliar, Karol Wojtyla mantuvo una larga correspondencia con las autoridades para obtener el permiso para levantar una iglesia. Una y otra vez la respuesta fue negativa, hasta que en 1958 el partido concedió, con reticencias, la licencia de obras. Se puso una cruz en el solar designado. La cruz era derribada por la noche, y una y otra vez, reaparecía semanas después. Mientras tanto, Wojtyla y otros sacerdotes celebraban la misa allí, a cielo abierto, en invierno y en verano, bajo la lluvia y la nieve o bajo un sol abrasador. Pacientemente, miles de personas hacían fila para comulgar, pero la tensión iba en aumento.
La situación estalló el 27 de abril de 1960, cuando las autoridades enviaron un bulldozer para retirar la cruz. Ese mismo día, el Ministro de Cultura y Artes, Lucjan Motyka, fue duramente increpado por los manifestantes que se concentraron frente al hospital donde se encontraba convaleciente; como él recordaría más tarde, Motyka estaba convencido de que las palabras de calma del obispo habían evitado un peligroso altercado.

El 25 de diciembre de 1960, Wojtyla celebró la primera Misa del Gallo al lado de la cruz de madera, con una temperatura que rondaba los diez grados bajo cero. Le acompañó muchísima gente. Este gesto, repetido año tras año, constituyó un fuerte argumento en las negociaciones con las autoridades: los ciudadanos tenían derecho a participar en las celebraciones religiosas en condiciones más humanas que aquellas.

Sin embargo, en 1962 el gobierno retiró definitivamente el permiso de construcción. Entonces comenzó el enfrentamiento directo entre el obispo y las autoridades comunistas. Fue una agotadora guerra de nervios, sobre todo con el jefe de la Oficina Provincial encargada de las cuestiones religiosas, un hombre «comedido durante las conversaciones, pero muy duro e intransigente en las decisiones que tomaba después y que denotaban un ánimo desconfiado y malévolo» (Ibídem). Wojtyla, tenaz y a la vez prudente, evitó choques sangrientos, pero mantuvo la protesta y la presión hasta que en 1967 las autoridades permitieron a los obreros erigir la nueva iglesia; eso sí, la tendrían que levantar con sus propias manos.



El 14 de octubre de 1967, el recién creado cardenal Wojtyla celebró la misa que dio comienzo a la construcción de la iglesia. Se usó maquinaria muy rudimentaria, ya que ninguna empresa constructora pudo trabajar en el edificio. Don Karol acudió a la obra a trabajar de peón albañil codo con codo con tantos voluntarios. Para que se sintieran involucrados en la construcción del templo, el párroco Gorzelany tuvo la feliz idea de pedir a cada uno de los fieles que llevara una piedra. El 18 de mayo de 1969 se colocó la primera, que provenía de los restos de la basílica constantiniana de San Pedro y que había sido expresamente bendecida por el papa Pablo VI. La construcción del Arka Pana se convertía en un símbolo de la Iglesia universal.



Durante los diez años que duraron las obras, cada domingo se celebraban diez o doce misas al aire libre, alrededor de la cruz. A cada una de ellas asistía una media de cinco mil personas. Lo único que estaba cubierto era el altar. Según testigos presenciales, el ambiente que se respiraba era impresionante (Cf. M.A. de R.G., «Nowa Huta-Polonia», ARA, 41 (1974), pág. 108). Para mayor dolor de los mandos políticos, la iglesia de Nowa Huta se estaba haciendo con un coste económico nulo: todos los gastos y la mano de obra los aportaban los obreros que trabajaban en las fábricas comunistas. El pueblo polaco había ganado esa batalla. Cuando en 1977, un año antes de ser elegido Papa, el cardenal Wojtyla consagró la iglesia de la Madre de Dios, dijo: «¡En Polonia no se puede luchar contra la religión en nombre de los trabajadores porque para el trabajador polaco, la religión es riqueza, luz, verdad y vida!»

3. EL ARCA DEL SEÑOR

El enorme y magnífico edificio concebido por Wojciech Pietrzyk, en realidad alberga tres iglesias superpuestas; cada una de ellas posee una entrada a distinto nivel y numerosas obras de arte enviadas de todo el mundo; cada objeto, cada detalle, es un símbolo de la historia polaca y del mundo cristiano. Así, por ejemplo, el cardenal Franz Köenig (que luego resultaría decisivo en el cónclave que eligió a Wojtyla como sucesor de Pedro), envió desde Viena el material que se utilizó para construir la gran cruz exterior. Por su parte, los cristianos holandeses regalaron siete campanas, que más tarde se colgaron de un largo soporte dispuesto sobre la escalinata de acceso al templo.
Pietrzyk había propuesto una iglesia de formas blandas, que además de contrastar con la retícula uniforme de la ciudad, recordaba al Arca de Noé, metáfora perfectamente comprensible para la gente que, como había ocurrido con el diluvio, quería sobrevivir a la opresión del comunismo. El ingeniero Jan Grabacki se encargó de calcular la estructura.



Un mástil de sesenta metros de alto, donde se colocó una corona real, sostiene la malla tridimensional de acero que conforma la cubierta; una cubierta que flota ingrávida, aparentemente sostenida por la luz rasante que penetra en el templo a través de las ranuras que existen entre ella y los paramentos de cierre. Las fachadas del edificio son láminas curvas de hormigón armado que se recubrieron con miles de cantos rodados, colocados uno a uno sobre una capa de mortero dispuesta sobre el hormigón.


La iglesia se pensó para que pudiera acoger cuatro parroquias distintas. «Los equipos parroquiales funcionan bajo una coordinación programada, y están ensayando una fórmula pastoral de convivencia en la misma única iglesia. También desde este punto de vista, ‘la iglesia del cardenal Wojtyla’ ofrece sugestivo interés» (Javierre Ortas, J.M., cit., pág. 107).

En la entrada de la cripta se alinean distintos grupos escultóricos realizados en madera por Antoni Rzasa: la Piedad, la Piedad de la Westerplatte, la Piedad del réquiem, la Piedad de la Tierra Polaca, la Piedad de Auschwitz, la Piedad de Varsovia agonizante, así como el Cristo crucificado y María Magdalena, San Maximiliano Kolbe, y una imagen de la Virgen realizada con balas de cañón procedentes del campo de batalla de Montecassino (Italia). (Sobre Antoni Rzasa puede verse: Thibaudat, J-P., «La forêt de Christ d’Antoni Rzasa», Liberation, 02/10/2004, crónica de a la exposición realizada en el Centro Cultural de la Abadía Real de Fontevraud, Francia, 2004.)

Ya en el interior, la nave principal está presidida por un impresionante Crucificado de ocho metros de alto, obra de Bronislaw Chromy, que lleva en el pecho el escudo de Polonia. Fue fundido con la metralla de las heridas de los soldados polacos, recogida y enviada desde todas las partes del país. El resto del equipamiento litúrgico también es interesante. Bajo el altar, realizado con un gran bloque de mármol de Carrara, se guardan las reliquias de San Estanislao, procedentes de la catedral del Wawel. Detrás, se encuentra el tabernáculo, una piedra que simboliza el cosmos como morada de Dios, donde está encastrado el pequeño cristal de rutilo que trajo desde la Luna el equipo de astronautas del Apolo XI (Armstrong, Aldrin y Collins).


Asimismo, el techo de la nave se revistió con infinidad de tablillas de madera, que le dan al espacio un carácter cálido y acogedor. No deja de resultar sorprendente cómo se ha conseguido integrar en un mismo espacio piezas de vanguardia, el icono de Jasna Gora o la imagen de la Virgen de Fátima, y a la vez, lograr una amplia aceptación popular.

En los años siguientes a su consagración, esta iglesia siguió siendo uno de los principales símbolos de la resistencia de Polonia. Durante el estado de excepción que se decretó en 1981, en los alrededores del Arka Pana se desarrollaron enfrentamientos entre la Milicja y la gente de Nowa Huta. Estos altercados tenían lugar habitualmente después de las concentraciones que se celebraban para rezar por la liberación de la patria del yugo del totalitarismo. Para recordar estos hechos se erigió un pequeño monumento dedicado a las víctimas del estado de excepción, que se encuentra exactamente en el lugar donde mataron al obrero Boguslaw Wlosik


Durante la misa que celebró en la vecina abadía cisterciense de Mogila, en su primera peregrinación a Polonia (1979), Juan Pablo II se refirió varias veces a la historia de la construcción del Arka Pana. Y es que, como decía un antiguo embajador de España ante la Santa Sede, tal vez allí esté la mejor imagen, hecha templo, de la ilusión pastoral del sacerdote, obispo y Papa, Karol Wojtyla.
Esteban Fernández Cobián
Publicado originariamente en Ars Sacra (Madrid), 34 (2005), pág. 95-101

ARKA PANA






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El Dr. Esteban Fernández-Cobián es docente de la Universidad da Coruña, España. Quien desee investigar acerca de su fructífera labor puede consultarlo aqui 
Se ha publicado este estudio con su permiso. Desde aquí agradezco sinceramente su gentileza en otorgarlo. Todas las fotografías son de su publicación en el blog; sus publicaciones posteriores pueden verse en este sitio  
Personalmente para mí el tema Nowa Huta/Arka Pana es fascinante por lo que la construcción de este templo significó para el pueblo polaco y sus incansables pastores en aquellas épocas tan difíciles del comunismo.