Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (San Juan Pablo II).

miércoles, 16 de enero de 2019

Potenciar la educación en la fe


“…hay que potenciar la educación en la fe, impartiendo una formación religiosa a fondo; estableciendo la orgánica concatenación entre la catequesis infantil, juvenil y de adultos, y acompañando y promoviendo el crecimiento en la fe del cristiano durante toda la vida. Porque una “minoría de edad” cristiana y eclesial, no puede soportar las embestidas de una sociedad crecientemente secularizada.”
(Celebración de la Palabra con los educadores en la fe –Homilía de Juan Pablo II Granada, 5 de noviembre de 1982)
Catequesis, fe, educación, secularismo

martes, 15 de enero de 2019

Karol Wojtyla: Significado de la muerte y de la inmortalidad (2 de 2)



La filosofía contemporánea del hombre, que en análisis penetrantes ha sacado a la luz toda la realidad trascendente de la persona, ha elaborado una visión personalista de la muerte. Está claro, por la experiencia que tiene, que es un postulado precioso. La tradición cristiana encuentra en esa visión el fundamento para expresar, en categorías más próximas a la mentalidad contemporánea, la verdad revelada acerca del Encuentro con el Dios vivo, al que el hombre que muere está preparado en la medida de su participación en la vida divina, es decir en la gracia santificante.  La trascendencia propia de la persona humana en lo que se refiere a la verdad (pensamiento) y al bien (voluntad) alcanza las dimensiones, abiertas al hombre, del Absoluto, y al mismo tiempo se raeliza a través del encuentro con el «Tu» divino. La revelación divina nos perite esperar y creer que la trascendencia propia del ser humano no está suspendida por el aislamiento ultimo de la existencia; es decir que aquella está profundamente enlazada con la tendencia de la persona hacia otras personas, con la llamada, radicada en el hombre por el Creador: a la comunidad, a la vida, en la unidad y en la comunión: in communione personarum.

El cristianismo no profesa la verdad sobre la inmortalidad del alma bajo la forma de un existir abstracto en el mundo de las ideas puras, sino bajo la forma de verdad sobre el reino de Dios como realización ultima del hombre-persona en la unión beatísima con Dios «en la visión beatifica» , y al mismo tiempo en la plena realización de la comunión de personas creadas, denominada communio sanctorum. La realidad escatológica brota de las raíces que el Creador ha puesto en la naturaleza del hombre. En ella encuentra el hombre la realización de su tendencia insaciable a la verdad y al bien que responde a la trascendencia de la persona; encuentra, igualmente, la realización de la necesidad de comunión (communio), a través de la cual las personas participan en el Amor y ralizan el amor como forma de reciproca referencia y unión en la comunidad.
Al mismo tiempo, el crecer de la Realización definitiva de toda la obra de la Creación sucede no por derecho de la Naturaleza, sino debido a la fuerza de la Gracia. Es fruto de la acción atractiva y transformadora del mismo Dios, acción que llena toda la economía de la salvación. En el centro de esa economía se encuentran la Cruz y la Resurrección de Cristo.  

(de Karol Wojtyla: EL HOMBRE Y SU DESTINO, Trilogía inédita, Biblioteca Palabra, Madrid) Original publicado en italiano por Librería Editrice Vaticana, 1998.

sábado, 12 de enero de 2019

Karol Wojtyla: Significado de la muerte y de la inmortalidad (1 de 2)



Es necesario preguntar, ante todo, «que es el hombre», si queremos hacer la pregunta “¿Qué sucederá después de esta vida?”. Como leemos en Gaudium et spes, 10, el hombre constituye «una unidad de alma y  de cuerpo»  y «por su última condición física sintetiza en si los elementos del mundo material», «pero no se equivoca al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como particula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana.  Por su interioridad es,  en efecto,  superior al universo entero: a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y done el personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en si mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de la realidad» (GS,14)

La antropología materialista no puede explicar el hecho de la trascendencia propia del hombre, puede solo  negarla contra el testimonio de su experiencia, de la historia y dela cultura. Sin embargo, el concepto de la trascendencia personal resulta tratado a fondo en la filosofía contemporánea del hombre, como aquello que fundamentalmente define su realidad. El análisis de la trascendencia personal del hombre permea todos los análisis metafísicos, que especulan sobre la espiritualidad y, siguiendo a esta, sobre la inmortalidad del alma humana. El Vaticano II, hasta cierto punto, une las dos vías desde el momento que,  al argumentar sobre l vocación del hombre ligada a la dignidad personal, se remite de modo significativo a la experiencia. Asi, or ejemplo, cuando habla de la muerte:  «El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en si lleva, por ser irreductible a la sola materia se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del mas allá que surge ineluctablemente del corazón humano» (GS,18)

La muerte es la primera de las llamadas verdades ultimas del hombre. La filosofía contemporánea del hombre ha desarrollado la problemática de la muerte en el sentido de que con ella no solo llega el momento de la destrucción, sino también el de la prueba final del ser hombre, de la madurez en el ampo de la elección realizada. El hombre no está solo sometido a la muerte, sino que en ella se define a si mismo de modo definitivo; según esta autodefinición «se escoge a si mismo». Esta visión personalista de la muerte, aun cuando brota solo de premisas filosóficas, no es extraña – quede claro – a la tradición cristiana. Al contrario, es propia de ella. La tradición cristiana sostiene, en su modo de ver la muerte, ambos aspectos: el dolor de morir, al que nos remite la Constitución pastoral sobre la «Iglesia en el mundo contemporáneo» en el n. 18, debe mirar con la madurez ultima del hombre en la dimensión de su vida terrena, con el sentido de haber realizado la vida terrena, y por consiguiente también de haberse realizado a si mismo en ella y por ella. La fe funda tal realización,  se sitúa en cierto modo con la propia verdad sobre la muerte, en su centro: «La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entro en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitando el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte.» (GS, 18)

(de Karol Wojtyla: EL HOMBRE Y SU DESTINO, Trilogía inédita, Biblioteca Palabra, Madrid) Original publicado en italiano por Librería Editrice Vaticana, 1998.

jueves, 10 de enero de 2019

Y tu quién crees que soy? Papandreou Damaskinos (2 de 2) (de Tertium Millenium)

Así que a menos que tomemos la inseparable unidad de la divinidad y humanidad de Cristo como el punto de partida, la Iglesia es considerada como una organización sociológica o humana,  o institución, o quizás aun como una sociedad separada de los problemas de este mundo, basada en verdades parciales elegidas, las cuales mas o menos conscientemente, se consideran absolutas.
En la situación concreta de hoy si somos fieles a la imagen revelada de Cristo  comprenderemos nuestra relación con Dios tanto vertical como horizontal.
Vertical: el intercambio de amor entre criatura y Creador se realiza al mismo tiempo desde la base a la cima y desde la cima a la base.  Es así como se considera la relación del hombre con Dios.

Horizontal: se refiere a la relación del hombre con hermanos y hermanas. En ellos, el ama a Dios y le sirve a Dios a quien no ve. El no ve a sus hermanos y hermanas tan solo en relación a su vocación eterna, sino también en la perspectiva de su situación concreta en el presente.

El peligro de la verticalidad radica en que olvidemos a nuestros hermanos y hermanas mientras confiamos totalmente en Dios. Y el de la horizontalidad que olvidemos a Dios con la excusa de servir a nuestro prójimo.

El mayor peligro que debemos mencionar aquí es que trabajando en el mundo,   las Iglesias pueden llegar a secularizarse. La Iglesia debe seguir siendo Iglesia, aun cuando se asocia a los pobres, los oprimidos y los hambrientos. Al hacerlo asi, debe predicar el Cristo completo y total a la gente en su tiempo, proclamar tan solo a Él y su redención.

 Es verdad que Jesus es testigo del amor y la presencia tan especial entre los marginados en la sociedad, los enfermos y los pobres, los débiles y los culpables. La Iglesia de hecho se asocia con aquellos que tienen todo en contra y quiere estar con los débiles y los privados de sus derechos. Pero esto no significa que uno deba identificar a Dios con los oprimidos, el mensaje de los Evangelios con el triunfo de la violencia y la injusticia. La Justicia nunca debe ser confundida con la justificación: la liberación política y la victoria sobre la pobreza no pueden estar al mismo nivel que la redención.  

Por otro lado Berdiaev dice que el tema de “el pan nuestro” es un tema material, mientras el tema del pan de nuestro prójimo es una cuestión espiritual. Sin dudas hay algo de verdad en esto.  Aquellos que no se comprometen espontáneamente en ayudar a los demás en sus sufrimientos concretos pueden ser considerados culpables de herejía como aquellos que niegan una u otra verdad de fe.

Que la humanidad tenga suficiente pan para vivir dependerá del hecho que la suficiente cantidad de personas comprenda que no solo de pan vive el hombre. En este sentido seria erróneo enfrentar lo “vertical” con lo “horizontal”. Cada dimensión de fe forma un todo con las demás. No existe separación clara entre la historia de la salvación y la historia del mundo. A propósito de esto, va por descontado que la Iglesia no es un medico inmunizador en la cabecera de una sociedad enferma. Vivimos en una sociedad, y con ella, podemos enfermar, esforzarnos y perder la esperanza.
 Sin embargo no es fácil preservar el equilibrio entre estas dos tendencias diversas, entre la horizontal y la vertical, entre la humanidad de Dios y la adopción de Dios por el hombre. Nuestra generación ha conocido estos “buenos Cristianos” cuyo ideal ha sido escapar del mundo, aunque ellos vivieron una vida confortable.  Hoy experimentamos una tentación opuesta. EN su deseo de dedicarse enteramente al servicio de los demás, muchos cristianos pierden de vista la trascendencia de Dios y asi al final solo en su inmanencia en el hombre, o solo esa humanidad común.

Esta tendencia es a menudo acompañada por una orientación teológica unilateral. Para el bien de la humanidad y el mundo, debemos permanecer teológicamente cerca de la profesión de fe de Pedro: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, que considera al mismo tiempo a Dios y al hombre sin confundirlos.

«Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», la memoria de dos mil años en la historia de la Cristiandad define en mayor o menor medida su responsabilidad también en vísperas del tercer milenio. En el primer milenio, la Iglesia cristiana asocia la paz del mundo Romano “pax romana” con la paz del cielo, fundamentada en el misterio de la encarnación de Cristo, como una “reconciliación” de la humanidad con Dios y como una nueva revelación del hombre con su prójimo en el contexto del humanismo teocéntrico de la Iglesia. Durante el segundo milenio los Cristianos de Oriente y Occidente  han tratado de extender su contribución al humanismo teocéntrico de la Iglesia a través de reflexiones teológicas (la teología escolástica de Occidente) y a través de la emancipación de su propia vida espiritual frente a frente con la experiencia espiritual de la Iglesia – que es “el Cuerpo de Cristo” perpetuado en el tiempo y la historia – descubriendo un humanismo antropocéntrico para la vida de la humanidad y del mundo.
Repasando la historia espiritual de los dos primeros milenios esquemáticamente se presenta la pregunta acerca de que clase de humanismo caracterizará el tercer milenio.   Los cristianos están volviendo a las fuentes que han irrigado su identidad espiritual durante dos milenios y le han dado respuestas creíbles a su angustia existencial. Esta  memoria les recuerda al mismo tiempo la confianza de Dios hacia el hombre y la del hombre a Dios con todos los elementos de las consecuencias que estos dos movimientos han tenido  en la identidad del hombre a través de las condiciones cambiantes de cada era. La Iglesia de Cristo trabaja a través del tiempo como una memoria que garantiza la continuidad y el equilibro entre cuestiones cíclicas y las peticiones de los cristianos. Para ello ella permanece – o al menos debería permanecer – alerta para lograr comprender el mensaje de los tiempos.
  
En el umbral del tercer mileno, somos consientes del hecho que, queriendo hacer su propia interpretación de la identidad y su misión en el mundo, los hombres y mujeres modernos han acumulado muchos problemas en la humanidad que las personas ahora son incapaces de asimilar o manejar para el interes de la humanidad. Su clamor por basar la paz social de las gentes en la necesidad de la muerte de Dios, en la práctica, es vista no solo como una quimera , o peor aun una pesadilla que desafía la ansiedad espiritual del hombre.
  
Las penosas consecuencias de las recientes e inesperadas consecuencias ocasionadas por las quimeras ideológicas han demostrado que el hombre no puede saciar su sed soñando estar cerca de un manantial.  La sed y el hambre espiritual del hombre, causadas por los bloqueos de nuestra era están confirmadas a través de la instintiva y recurrente búsqueda de fuentes  de espiritualidad diacrónica, a pesar del hecho que la Iglesia no se halla aun lista para encontrar soluciones a estos puntos muertos que el hombre moderno debe enfrentar. No obstante, ella tiene el deber de ocuparse del hombre y la mujer modernos con todos sus problemas, encomendarlos a la Mesa del Señor donde está encarnado el realismo social de la Iglesia y se ofrece el “pan de vida! Y el “antídoto contra la muerte”.  Es solo ante el altar del Señor que la muerte se convierte en fuente de vida para alimento espiritual del hombre y para que el mundo pueda vivir. Esta humanidad cristocentrica es la tarea de la Iglesia y la esperanza del mundo para el tercer milenio.

(Papandreou Damaskinos  Metropolitamo Greco Ortodoxo de Suiza y secretario de la Secretaria para la preparación del Gran Concilio Ortodoxo de Iglesias. En su rol esta en permanente y regular contacto con todas las Iglesias Ortodoxas. Fundador y Director del Centro Ortodoxo en Chambesy.)

sábado, 5 de enero de 2019

El camino de los Magos de Oriente: comienzo de una gran procesión



(imagen de Wikimedia)

Para la Iglesia creyente y orante, los Magos de Oriente que, bajo la guía de la estrella, encontraron el camino hacia el pesebre de Belén, son el comienzo de una gran procesión que recorre la historia. Por eso, la liturgia lee el evangelio que habla del camino de los Magos junto con las espléndidas visiones proféticas de Isaías 60 y del Salmo 72, que ilustran con imágenes audaces la peregrinación de los pueblos hacia Jerusalén. Al igual que los pastores que, como primeros huéspedes del Niño recién nacido que yace en el pesebre, son la personificación de los pobres de Israel y, en general, de las almas humildes que viven interiormente muy cerca de Jesús, así también los hombres que vienen de Oriente personifican al mundo de los pueblos, la Iglesia de los gentiles -los hombres que a través de los siglos se dirigen al Niño de Belén, honran en él al Hijo de Dios y se postran ante él. La Iglesia llama a esta fiesta «Epifanía», la aparición del Divino. Si nos fijamos en el hecho de que, desde aquel comienzo, hombres de toda proveniencia, de todos los continentes, de todas las culturas y modos de pensar y de vivir, se han puesto y se ponen en camino hacia Cristo, podemos decir verdaderamente que esta peregrinación y este encuentro con Dios en la figura del Niño es una Epifanía de la bondad de Dios y de su amor por los hombres (cf. Tt 3,4).
(…)
Los hombres que entonces partieron hacia lo desconocido eran, en cualquier caso, hombres de corazón inquieto. Hombres movidos por la búsqueda inquieta de Dios y de la salvación del mundo. Hombres que esperaban, que no se conformaban con sus rentas seguras y quizás una alta posición social. Buscaban la realidad más grande. Tal vez eran hombres doctos que tenían un gran conocimiento de los astros y probablemente disponían también de una formación filosófica. Pero no solo querían saber muchas cosas. Querían saber sobre todo lo que es esencial. Querían saber cómo se puede llegar a ser persona humana. Y por esto querían saber si Dios existía, dónde está y cómo es. Si él se preocupa de nosotros y cómo podemos encontrarlo. No querían solamente saber. Querían reconocer la verdad sobre nosotros, y sobre Dios y el mundo. Su peregrinación exterior era expresión de su estar interiormente en camino, de la peregrinación interior de sus corazones. Eran hombres que buscaban a Dios y, en definitiva, estaban en camino hacia él. Eran buscadores de Dios.
(…)
La peregrinación interior de la fe hacia Dios se realiza sobre todo en la oración. San Agustín dijo una vez que la oración, en último término, no sería más que la actualización y la radicalización de nuestro deseo de Dios. En lugar de la palabra «deseo» podríamos poner también la palabra «inquietud» y decir que la oración quiere arrancarnos de nuestra falsa comodidad, del estar encerrados en las realidades materiales, visibles y transmitirnos la inquietud por Dios, haciéndonos precisamente así abiertos e inquietos unos hacia otros.
(…)
Ellos eran también y sobre todo hombres que tenían valor, el valor y la humildad de la fe. Se necesitaba tener valentía para recibir el signo de la estrella como una orden de partir, para salir –hacia lo desconocido, lo incierto, por los caminos llenos de multitud de peligros al acecho. Podemos imaginarnos las burlas que suscitó la decisión de estos hombres: la irrisión de los realistas que no podían sino burlarse de las fantasías de estos hombres. El que partía apoyándose en promesas tan inciertas, arriesgándolo todo, solo podía aparecer como alguien ridículo. Pero, para estos hombres tocados interiormente por Dios, el camino acorde con las indicaciones divinas era más importante que la opinión de la gente. La búsqueda de la verdad era para ellos más importante que las burlas del mundo, aparentemente inteligente.
(…)
Los Magos siguieron la estrella, y así llegaron hasta Jesús, a la gran luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn1,9). Como peregrinos de la fe, los Magos mismos se han convertido en estrellas que brillan en el cielo de la historia y nos muestran el camino. Los santos son las verdaderas constelaciones de Dios, que iluminan las noches de este mundo y nos guían. San Pablo, en la carta a los Filipenses, dijo a sus fieles que deben brillar como lumbreras del mundo (cf. 2,15).



viernes, 4 de enero de 2019

Y tu quién crees que soy? Papandreou Damaskinos (1 de 2)




«Tu eres Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16) es la respuesta que Simón Pedro da a la pregunta que Jesus le plantea a sus discípulos: «Quien dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (16,13). Esta es la primera profesión de fe que encontramos en el Nuevo Testamento y es la “roca”, el fundamento sobre el cual está construida su Iglesia. «Cristo es el Hijo del Dios vivo». El es la verdad que nos salva.

Que significa esto? Dios se hace hombre porque el hombre, como portador de las energías no creadas de Dios vive en unión con El. Este evento dinámico renueva toda la creación: Dios se hace hombre para hacerse cargo de las consecuencias del pecado original – sufrimiento y muerte: «aquello que no puede ser asumido, no puede ser salvado».

Toda la humanidad comparte, por así decirlo, orgánicamente en la naturaleza humana de Dios (Logos) encarnado. Aquellos que han sido redimidos se convierten en hijos,  no como Cristo «en naturaleza y verdad» (como dice Atanasio el Grande)  sino por disposición y gracia divina, a través de la participación en su espíritu y por imitación.» De esta manera el Padre realizo la salvación de todo el mundo en su Hijo y creó una relación entre todas las cosas.

Que significa esto?

 Quiere decir que todos los hombres y mujeres pueden llegar a ser hijos de Dios  por el poder del Espíritu. Son hijos de Dios guiados por el Espíritu de Dios. «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: !!Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. (RM 8,14-17).  Todas las personas, sin distinción de sexo, edad, clase, raza, opinión política o valor moral se convierten en miembros de la nueva familia de Dios por medio del Bautismo. Por el Bautismo los Cristianos comparten la labor redentora de Cristo, cooperan en su acción. El agua de la nueva creación que es el Bautismo consagra su transformación y es a través del Bautismo que comienzan a compartir en la vida de Dios-hombre y a trabajar con El para el bien de la humanidad. Ellos rezan incesantemente “que venga tu reino”.  Pues este reino une a toda la humanidad por su esencia y naturaleza. Esta familia, este “Cuerpo de Cristo” se llama Iglesia. Esta Iglesia que conformamos como miembros de este cuerpo no existe por si misma,  para afirmarse ella misma – sino para el mundo.

Y es precisamente porque la Iglesia representa el Cuerpo de El que “a través de su humanidad se hizo uno de nosotros”  y comparte en la vida de la Iglesia y la Historia, la Iglesia no existe a menos que sea la encarnación del Señor en el mundo y en la historia. Ella tiene una relación orgánica con el mundo. Esta relación es a su vez vivida en la Eucaristía.
La Eucaristía es el evento sacramental en el cual se celebra la comunidad renovada con Dios y completada por el poder del Espiritu Santo.  El hombre es colocado en esta comunidad y creado para ella. Si perdiera esta comunidad, la misma relación con sus hermanos y su entorno se quebraría en confusión., «Es en Jesucristo  que Dios renueva la comunidad en su dimensión dual (….) Nuestro compartir la mesa del Señor  fortalece indisolublemente en Jesucristo nuestra comunión con Dios y nuestros prójimos. La Eucaristía es el signo escatológico de salvación universal.»
  
En el centro de esta comunidad está el Dios-hombre, la humanidad divina de Jesus, la visión del “hombre nuevo”, la “nueva sociedad” que se caracteriza por dos movimientos que se cruzan indisolublemente, del altar hacia el mundo y del mundo hacia el altar: contemplación y acción, el servicio del hombre y el servicio de Dios, liturgia y diaconado espiritual y temporal.  Si partimos de Cristo, la salvación del mundo,  no hay diferencia entre servicio de desarrollo y servicios de reconciliación.  Es por eso que nuestra misión posee una vasta dimensión diaconal. Esta dimensión también comienza por partes iguales en la acción  total de Cristo quien “anduvo  enseñando, predicando y curando” (Mt5 9,35) y del total de la existencia humana.

«Tu eres Cristo, el Hijo del Dios vivo». Cristo, la fuente que renueva nuestra acción es «la misma ayer y hoy y siempre» (Heb 13,8)  Cualquier desviación grave en comprender la humanidad y la divinidad del Hijo en la persona misma del Dios-hombre tendría consecuencias para hombres y mujeres, en la Iglesia, por su comprensión de salvación. Para todos los propósitos practicos, esto ocure cuando una u otra verdad parcial es tomada dela profesión de fe y esta es la única verdad uno quiere escuchar. Como ejemplo de esta verdad parcial podriaser queel hombre oprimido por la pobreza y sufrimiento se ate exclusivametne a la naturaleza humana de Jesus de Nazaret en su sufrimiento mientras la inefable naturaleza de Dios «desaparece de su vision» (Lk 24,31b). Por lo tanto  no pensar en Jesus solamente como hombre.

Y esto sobreviene instintivamente si consideramos la divinidad de Cristo como tal, con el resultado que determina nuestra existencia humana y nuestra relación con el mundo.  Todo lo que se refiere a nosotros no debería ser sobreestimado y considerado como un absoluto, a menos que caigamos en este falso dilema: naturaleza humana o Naturaleza divina, humanismo o teocracia, cruz de resurrección. No podemos establecer estas verdades una contra otra, y de tal manera separarlas. Una se encuentra contenida en la otra.  La comprensión de la Iglesia también debe partir de Cristo. Ella es su “cuerpo”, La humanidad divina de Cristo determina la forma de la Iglesia, su existencia, su estructura. (Christus totus in capite et corpore).

(Jubileo 2000, Tertium Milenium, "Y tu quien crees", Papadreou Damaskinos)