Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

martes, 25 de abril de 2017

Breve historia del inicio de la devoción a la Divina Misericordia (2 de 4)



A pesar de que el padre Sopoćko se empeñara tanto en la difusión del culto en su patria, su acción se vio  muy limitada dentro de su propia arquidiócesis de Białystok. El arzobispo Romuld Jałbrzykowski mantenía su posición prudente y moderada,  ya demostrada en Vilnius,  en cuanto al culto a la Divina Misericordia sobre todo en las formas privadas derivadas de las visiones de sor Faustina. Además en 1949 la Curia Metropolitana de Białystok publico una disposición dirigida a los párrocos prohibiendo la difusión en el territorio de la arquidiócesis de folletos, impresos o cualquier otro tipo de publicación acerca de la Divina Misericordia cuya autoría pertenecía al padre. La causa de esta prohibición, según aquel documento, era que la Iglesia no se había pronunciado en cuanto a las visiones de sor Faustina.

El arzobispo  Jałbrzykowski sostenía que el padre Sopoćko difundia el culto basado en visiones no verificadas y aprobadas, algo que efectivamente no debía hacerse.
No obstante esta falta de aceptación por parte de su Ordinario, el padre  Sopoćko trato de llegar y conquistar a otros obispos, sobre todo a los máximos dignatarios de la Iglesia en Polonia. Después de la muerte del Primado Hlond busco el apoyo de su sucesor, el primado Stefan, Cardinal Wyszyński y depositó en sus manos las peticiones acerca del culto.  Ante todo le interesaba que se instituyera la fiesta de la Divina Misericordia y se obtuviera la aprobación eclesiástica del culto.  Por lo tanto le presentó al Cardenal Wyszyński  no solo sus textos sino también toda la información en cuanto al culto, su esencia y desarrollo, las motivaciones para su introducción y las bases para que las autoridades de la Iglesia pudiesen aprobarla. Solicitó  también que le permitiera presentar personalmente la causa del culto a las Comisiones competentes del Episcopado.  Cuando aparecieron las incomprensiones y en consecuencia las prohibiciones del culto, sea por parte de teólogos como de algunos ordinarios, trato de explicar, y solicito tratar personalmente, estos problemas al foro del Episcopado para poder aclarar e informar de modo más completo y poder así superar los obstáculos.


En 1951 se dirigió al padre Primado con una consulta en la cual solicitaba unir el culto de la Divina Misericordia con actos de caridad. En 1956 presentó  una solicitud para la intercesión de la Capital Apostólica de la aprobación de la celebración de la Divina Misericordia el Domingo de Pascua y se dedicó a recoger entre los fieles peticiones para la introducción e esta fiesta. Estas peticiones, con la firma de numerosos fieles, fueron llevadas a Roma por el Primado Stefan Wyszyński en 1957. 

(traducido de Il camino di santitá di Don Michele Sopocko de D. Henryk Ciereszko, Librería Editrice Vaticana, 2008 - original publicado en Cracovia en 2002 por Wydawnictzo WAM

sábado, 22 de abril de 2017

Breve historia del inicio de la devoción a la Divina Misericordia (1 de 4)


El padre Michał Sopoćko pudo comprobar durante su permanencia en Byałistok (en tiempos de la guerra)  que la devoción a la Divina Misericordia ya se había extendido  como devoción privada y espontanea de los fieles,  aún sin contar con una confirmación de la Iglesia; si bien el Primado, Cardenal August Hlond, favorecía la causa. La prudencia entonces sugería no avanzar demasiado rápido sin una firme y autentica seguridad sobre la necesidad y los frutos de la devoción y sin una solida preparación de las bases teológicas para el culto.

En 1947 el Cardenal Primado publicó el tratado  del padre Sopocko sobre la Divina Misericordia De Misericordia Dei deque eiusdem festo instituendo, escrito durante la guerra en Vilnius. El mismo año el Episcopado polaco presentó ante la  Sede Apostólica en Roma una solicitud por la aprobación del culto. Aquel gesto animó al padre Sopoćko  en su vivo intento por defender la devoción,  estimulándolo en su acción. La difusión de la devoción  habría constituido también un importante apoyo en la petición presentada ante la Santa Sede.

En 1947 fue publicado otro trabajo del padre Sopoćko “Oh, fiesta del Misericordioso Salvador”. Con la ayuda de las hermanas de la Congregación Madre de Dios de la Misericordia  trató de difundir entre los fieles las oraciones a la Divina Misericordia. También le solicitó apoyo a sus penitentes, sus hijas espirituales en Vilnius, Jadwiga Osínska e Izabela Naborowska quienes,  ya durante la guerra,  habían expresado su voluntad de abrazar la vida religiosa, manifestadolo primero en privado y luego concretado,  una vez que las religiosas lograron recomprar algunas de sus propiedades en Mysliborz. Fue allí  donde iniciaron la vida en comunidad de la orden y  la fundación de la Congregación de las Siervas de la Misericordia Divina, manteniendo estrecho contacto con el padre Michal y comprometidas por la obra encarada ya iniciada con él en Vilnius.

A partir del otoño de 1947 el padre Sopoćko mantuvo contactos con Julian Chroscienchowski que vivía emigrado en Londres y que ya se había comprometido desde los tiempos de la guerra en la acción apostólica de la Divina Misericordia, desarrollada por la Congregación Mariana en América y en Occidente.  Chróściechowski mismo se unió mas tarde a la Congregación de los sacerdotes marianos, fortaleciendo así la propagación  de la devoción de la Divina Misericordia. Fue gracias a él, y con su participación, que fueron publicadas las traducciones en lenguas extranjeras de los trabajaos del padre Sopoćko  y luego distribuidas en Occidente.

Ya antes del año 1950, año del jubileo, Sopoćko trato de estimular a obispos y confesores para la celebración particularmente solemne de la veneración a la Divina Misericordia. A tal fin aparecieron en 1949 otros escritos suyos. Conozcamos a Dios en Su Misericordia,  Reflexiones sobre la Misericordia Divina a la luz de las letanías y Hora santa y novena por la Misericordia divina por el mundo.  Además el mismo se embarca en una recorrida por  todas las diócesis para hablar  sobre la Divina Misericordia  y impulsar su devoción.


(traducido de Il camino di santitá di Don Michele Sopocko de D. Henryk Ciereszko, Librería Editrice Vaticana, 2008 - original publicado en Cracovia en 2002 por Wydawnictwo WAM

viernes, 21 de abril de 2017

La Madre de Cristo resucitado

(imagen de Wikimedia)


“Regina caeli lactare, alleluia/ quia quem meruisti portare, alleluia/ resurrexit, sicut dixit, alleluia/ ora pro nobis Deum, alleluia”.
El período pascual nos permite dirigirnos a Ella con las palabras de purísima alegría, con que la saluda la Iglesia…
La Iglesia con su antífona pascual “Regina caeli”, habla a la Madre, a la que tuvo la fortuna de llevar en su seno, bajo su corazón, y después en sus brazos, al Hijo de Dios y Salvador nuestro. Lo acogió entre sus brazos, por última vez, cuando lo depusieron de la cruz, en el Calvario. Ante sus, lo envolvieron en la sábana fúnebre y lo llevaron al sepulcro. ¡Ante los ojos de la Madre! Y he aquí que al tercer día la tumba se encontró vacía. Pero Ella no fue la primera en comprobarlo. Antes fueron allí las “tres Marías”, y entre ellas particularmente María Magdalena, la pecadora convertida. Lo comprobaron poco después los Apóstoles, avisados por las mujeres. Y, aunque los Evangelios no nos dicen nada de la visita de la Madre de Cristo al lugar de su resurrección, sin embargo, todos nosotros pensamos que Ella debía hacerse presente allí de algún modo cuanto antes. Ella cuanto antes debía participar en el misterio de la resurrección, porque éste era el derecho de la Madre.
La liturgia de la Iglesia respeta este derecho de la Madre, cuando le dirige esta invitación particular a la alegría de la resurrección: Laetare! Resurrexit sicut dixit! E inmediatamente la misma antífona añade la súplica para su intercesión: Ora pro nobis Deum. La revelación del poder divino del Hijo mediante la resurrección, es al mismo tiempo revelación de la “omnipotencia suplicante” (omnipotentia suplex) de María en relación con este Hijo…..

La Iglesia de nuestro tiempo, mediante el Concilio Vaticano II, ha hecho una síntesis de todo lo que se había desarrollado durante las generaciones. El capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen gentium es, en cierto sentido, una “carta magna” de la mariología para nuestra época: María presente de modo particular en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia, María, “Madre de la Iglesia”, como comenzó a llamarla Pablo VI (en el Credo del Pueblo de Dios), dedicándole después un documento aparte (Marialis cultus).

martes, 18 de abril de 2017

“Este es el día que hizo el Señor”

«Tomás el incrédulo», obra del pintor Mathias Stomer (1590–1656). Museo del Prado, Madrid 

“Este es el día que hizo el Señor”
“Todos estos días, entre el Domingo de Pascua y el segundo domingo después de Pascua, in albis, constituyen en cierto sentido el único día. La liturgia se concentra sobre un acontecimiento, sobre el único misterio. “Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16, 6) Cumplió la Pascua. Reveló el significado del Paso. Confirmó la verdad de sus palabras. Dijo la última palabra de su mensaje: mensaje de la Buena Nueva, del Evangelio. Dios mismo que es Padre, esto es, Dador de la Vida, Dios mismo no quiere la muerte (cf. Ez 18, 23. 32), y “creó todas las cosas para la existencia” (Sab 1, 14), ha manifestado hasta el fondo, en Él y por Él, su amor. El amor quiere decir vida.
Su resurrección es el testimonio definitivo de la Vida, esto es, del Amor.
“La muerte y la vida entablaron singular batalla. El Señor de la vida, muerto, reina vivo” (Secuencia).
“Este es el día que hizo el Señor” (Sal 117 [118], 24): “más sublime que todos, más luminoso que los demás, en el que el Señor resucitó, en el que conquistó para Sí un pueblo nuevo... mediante el espíritu de regeneración, en el que ha llenado de gozo y exultación las almas de todos” (San Agustín, Sermo 168, in Pascha X, 1; PL 39, 2070).
Este único día corresponde, en cierto modo, a todos los siete días de que habla el libro del Génesis, y que eran los días de la creación (cf. Gén 1-2). Por esto los celebramos todos en este único día. En estos días, durante la octava, celebramos el misterio de la nueva creación. Este misterio se expresa en la persona de Cristo resucitado. El mismo es ya este misterio y constituye para nosotros su anuncio, la invitación a él. La levadura. En virtud de esta invitación y de esta levadura somos todos en Jesucristo la “nueva creatura”.
“Así, pues, festejémosla, no con la vieja levadura..., sino con los ácimos de la pureza y la verdad” (1 Cor 5, 8).

sábado, 15 de abril de 2017

“ Resucitó al tercer día, según las Escrituras”.


“Es un dogma de la fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado históricamente. Trataremos de investigar “con las rodillas de la mente inclinadas” el misterio enunciado por el dogma y encerrado en el acontecimiento, comenzando con el examen de los textos bíblicos que lo atestiguan.

El primero y más antiguo testimonio escrito sobre la resurrección de Cristo se encuentra en la primera Carta de San Pablo a los Corintios. En ella el Apóstol recuerda a los destinatarios de la Carta (hacia la Pascua del año 57 d. C.): “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo” (1 Co 15, 3-8).

Como se ve, el Apóstol habla aquí de la tradición viva de la resurrección, de la que él había tenido conocimiento tras su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18). Durante su viaje a Jerusalén se encontró con el Apóstol Pedro, y también con Santiago, como lo precisa la Carta a los Gálatas (1, 18 s.), que ahora ha citado como los dos principales testigos de Cristo resucitado.
Debe también notarse que, en el texto citado, San Pablo no habla sólo de la resurrección ocurrida el tercer día “según las Escrituras” (referencia bíblica que toca ya la dimensión teológica del hecho), sino que al mismo tiempo recurre a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente. Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad de creyentes, expresada por Pablo en la Carta a los Corintios, se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían todavía entre ellos. Estos “testigos de la resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22), son ante todo los Doce Apóstoles, pero no sólo ellos: Pablo habla de la aparición de Jesús incluso a más de quinientas personas a la vez, además de las apariciones a Pedro, a Santiago y a los Apóstoles.”